jueves, 28 de junio de 2012

La Rosa Negra (capítulo V)

Lo prometido es deuda, y aquí está el siguiente capítulo de lo que más se lee en este blog con diferencia, ¡vaya que sí!






Capítulo V. Muerte en el río.

Y buscó en mar y tierra, por años incontables,
Y al final encontró, entre risas y llanto
Mujer tan radiante en su belleza
Que los hombres trillaban el cereal hasta la noche
Por  un rizo robado, por un pequeño rizo.

W. B. Yeats. La Rosa Secreta.



    Se encontraba tremendamente cansado. Tras salir del territorio del dragón recordó que se había olvidado de utilizar su poder de viajar a grandes velocidades con el deseo; por el contrario, se marchó de allí caminando con pesadez y sintiendo cómo se desmoronaban los secos terrones de tierra que se transformaban en polvo abrasador bajo las desnudas plantas de sus pies.
    “Bueno, ¿quién sabe? –procuró convencerse a sí mismo-. Quizá ni siquiera lo intentara por miedo a comprobar que ya no tenía la capacidad de moverse con el pensamiento. Puede que por eso me marchara andando de aquel maldito yermo”.
    En cualquier caso, el laberinto parecía proseguir hasta el infinito y Cunneda comenzaba a desesperar de veras. Por un momento llegó incluso a temer que el jardín de los elfos pudiera extenderse hasta abarcar el mundo entero.
    Esa posibilidad, en cierto modo, no era del todo falsa. El espacio en el que se movía el muchacho no poseía una configuración concreta, determinada e invariable, pues se trataba de una tierra antojadiza, caprichosa y dependiente de las extravagancias que le imponían sus habitantes con cada amanecer. Y así, cada uno de aquellos Seres Naturales podía provocar una variación palpable en la dimensión donde viviera, siempre y cuando no fuera contraria a la voluntad del Rey, que era precisamente el más voluble de todos ellos.
    Coincidiendo con la entrada de Cunneda en el País de los Elfos, el monarca había expandido su hermoso vergel hasta alcanzar los límites de la Tierra de los Hombres; pero, casi sin sospecharlo, ya empezaba a hartarse del experimento y estaba pensando en volver a condensarlo al mínimo permitido por la ley Física Feérica, acomodándose curiosamente a los deseos del aventurero muchacho.
    El agotamiento comenzaba a causar estragos en el joven, quien tambaleante mostraba unos pies hinchados, sangrantes, doloridos y llenos de ampollas. Había transcurrido una jornada –el equivalente a poco más de dos semanas en el mundo de los humanos-, y algunas estrellas se asomaron a un firmamento cada vez más teñido con delicadas tonalidades ígneas, moradas y violáceas. Cunneda no reconoció ninguna de ellas, pero tampoco se extrañó.
     “Lo mejor será que acampe aquí mismo –pensó sin resuello, aunque algo más sosegado por la fresca y opulenta vegetación que le rodeaba de nuevo susurrándole motivos de calma y seguridad-. Dentro de unas horas estaré mejor”.
    Empezó a dormitar nada más cerrar los ojos, esta vez sin que mediara encantamiento alguno, aunque tampoco tuvo sueños. No había pasado ni media hora cuando le despertó insistente un sonido monótono y cristalino. A escasos pasos de donde reposaba discurría un ancho río ensombrecido por gigantescos sauces que hundían sus raíces en el fango de la orilla.
    -¿Y esto? –Susurró nervioso. Juraría que antes no estaba.
    Si aquello ya era de por sí de una infrecuencia asaz insólita, no menos lo fue el particular ambiente que se removía en la atmósfera. El muchacho acusó el atisbo de algo sutil y renovador que le hizo experimentar en su ser recóndito una plétora de energías junto a una apremiante necesidad de derrochar como fuera ese vigor: se le aceleró el pulso, respiraba con angustiosa dificultad y una fuerza interna y salvaje pugnaba por reventar su pecho y salir libremente cobrando forma de grito.
    Por fin pudo recuperar la compostura cerrando los ojos y abrazándose a  sus rodillas para evitar salir disparado hacia el misterioso torrente lanzando aullidos más propios de un lobo que de un hombre. Era noche cerrada y en el cielo ya no había luna, sin embargo el caudal y todo lo que le rodeaba podían distinguirse sin dificultad; las cosas brillaban como si tuvieran luz propia.
    Cientos de miles de luceros, agrupados en constelaciones totalmente diferentes a las que él estaba acostumbrado a ver en su mundo, se habían adueñado de la bóveda celeste y bendecían con sus destellos aquella tierra fantástica. El joven quedó tan extasiado que estuvo a punto de sucumbir ante el irresistible influjo del espíritu de la Naturaleza, que es el que suele desvelar la genuina esencia que permanece oculta en el último rincón del ser humano.
    -Ahora sí que me creo que estoy en el País de los Elfos –se dijo acercándose con calma a la corriente para introducir sus pies heridos en el agua. Al instante notó una intensa oleada de alivio y placer que casi le hace desvanecerse.
    Si bien el crepúsculo y las horas siguientes son hermosos en tierra de duendes, es también, empero, el momento más peligroso para los humanos, ya que entonces los Elfos Oscuros se desligan de sus prisiones bajo tierra al encuentro de víctimas a las que hacen perder el sano juicio con su pesado humor de mal gusto.
Trasgos, de Alan Lee.

    Cunneda, por inspiración natural, husmeó preocupado el aire. Cerca de la orilla percibió el sonido de cuerpos que se arrastran y roncas carcajadas entrecortadas. La sangre se le heló en las venas cuando una abultada masa peluda pasó reiteradamente con el morro pegado al suelo por donde poco antes é había permanecido recostado. El joven no se movió un ápice, ni siquiera cuando aquel ser sin nombre de ojos verdosos oteó el borde del río para localizar a su presa.
    En su fuero interno volvió a maldecir a los parroquianos de la taberna por haberle despojado de sus armas antes de iniciar el viaje. Pero la bestia se volvió con un gruñido para mirar a un punto fuera del alcance de la vista del muchacho. Allí, un gran venado negro parecía retar al lobuno animal a que le alcanzara en una carrera a vida o muerte. Finalmente el ciervo dio un salto y se adentró en la espesura seguido por la bestia. A Cunneda, sin embargo, aquello le pareció más una huida que otra cosa.
    “¡Dioses! ¿Qué puede haber asustado a algo como eso?”, se comentó con angustia al tiempo que se internaba un poco más en el cauce hasta que el agua le acarició el estómago con manos heladas.
    A modo de respuesta, un buen número de sombras furtivas surgieron de improviso de entre la maleza y permanecieron agazapadas no lejos del río. Luego fueron incorporándose con lentitud hasta que Cunneda los pudo atisbar en detalle. Eran trasgos.
    El pequeño ejército estaba formado por medio centenar de criaturas perversas y deformes de metro y medio de altura, gordas cabezas y brazos desmesuradamente largos. Sus puntiagudas orejas se estiraban hasta tres dedos por encima del abombado cráneo, sus narices se encorvaban hacia abajo como los picos de las rapaces y sus ojos eran brasas al rojo vivo incrustadas en unas caras verduscas y arrugadas. Vestían farragosas corazas sobre sus andrajos de color gris y, quien más quien menos, iba armado con una cimitarra de hoja dilatada o lanzas de un metal irreconocible del mismo color que el sílex.
    El más corpulento de todos parecía ser también el más osado y fue él quien, tras avistar al muchacho medio hundido en las aguas, dio la voz de alarma con un estridente alarido y señalándole con un dedo huesudo.
    Cunneda también gritó francamente asustado mientras sus entorpecidas manos pugnaban por localizar la campana que le habían entregado en el poblado de los pescadores. La inicua horda se acercó con rapidez al lugar donde crecían los sauces.
    Era incapaz de encontrarla, en parte por culpa de su avivada imaginación, que le mostraba con nitidez los horrores que podían causarle los trasgos si caía en sus manos; lo más suave que se le ocurrió fue  que le arrancaran las vísceras mientras aún seguía vivo para devorarlas después con espeluznante apetito. Algunas de las criaturas se habían adentrado varios centímetros en el agua, pero por alguna razón no siguieron avanzando, sino que se quedaron clavados en el sitio alargando sus brazos simiescos en un inútil intento por atraparle.
    Por fin halló la campana enganchada a uno de los pliegues de su túnica, la levantó y extrajo una solitaria y líquida nota metálica sin estar muy seguro tampoco de que fuera a producir el efecto que esperaba. Pero la idea dio su fruto: los trasgos se llevaron las manos a los oídos gimiendo con dolor, retorciéndose en el fango como si estuvieran siendo torturados por alguien todavía más depravado que ellos mismos.
    Fascinado, el joven no pudo apartar la mirada de aquella escena dantesca hasta que algo le enganchó del cinturón y la arrastró hacia atrás con un fuerte chapoteo. Entre las burbujas y la confusión alcanzó a distinguir fugazmente una forma veloz que se movía tan ágil como un pez, aunque era mucho más grande.
    El cimbalillo se le había resbalado de los dedos y se había perdido yendo a parar al fondo.
    En cuanto se vio libre de nuevo braceó con prisas hacia la superficie. Una vez fuera escupió tosiendo toda el agua que había tragado en su repentino rapto, se enjugó los ojos y quedó desolado por lo que descubrió: a su alrededor sólo se podía ver un interminable conjunto de olas que le mecían con uniforme delicadeza arriba y abajo.
    Parecía que el río se hubiera transformado en un mar tenebroso, aunque rielante de estrellas, o en un lago gigantesco por la ausencia de corrientes marinas. Pero no; no podía ser un lago, puesto que la tierra, los trasgos, los árboles y todo lo demás habían desaparecido totalmente de la vista. Además, el agua tenía un sabor salado inconfundible y vomitivo.
    “Tengo que moverme –pensó-. Dirigirme a alguna parte antes de que me agote y acabe ahogándome como un miserable”.
    Suavemente, para no fatigarse enseguida, comenzó a nadar sin importarle la dirección que tomaba, sin importarle siquiera si podría volver a ver la luz del sol. Estaba más que harto de aventuras, aunque su instinto le impedía cesar de mover las extremidades para dejarse hundir en las pacíficas profundidades marítimas.
    -Ven con nosotras –creyó escuchar entonces-. Ven y te daremos esa paz que ansías.
    Esas palabras procedían de lo más hondo del océano y, pese a ello, las escuchó como si se las hubieran pronunciado al oído. En principio Cunneda no le dio importancia a si se trataba de una alucinación o si las voces eran reales, lo que realmente temía era que pudiera estar comenzando otro de aquellos inoportunos sueños encantados, así que nadó con más ahínco a fin de evitar que le venciera la modorra.
Perfil de una sirena atrapado de defondos.com.
    Pasó el tiempo y no tuvo más remedio que detenerse a descansar, permaneciendo alerta mientras flotaba para recuperar el aliento.
    -Por favor, dioses; que no me duerma y juro que abandonaré esta búsqueda sin sentido –oró con la vista vuelta al cielo.
    -Ven con nosotras, mi hermoso muchacho, y acabaremos con tu pesar de una vez para siempre –fue la respuesta que obtuvo.
    Cunneda miró a todas partes sin descubrir a nadie. Pero la verdad era que no estaba solo.
    Por debajo de él sintió un roce ligero y se alarmó cuando unos dedos fríos le toquetearon la espalda, aunque al volverse no vio nada. Luego, bruscamente, volvió a ser sumergido en las aguas con un desnudo cuerpo femenino pegado al suyo y unas manos que le aferraban la cara. La mujer le besó con pasión en los labios antes de soltarlo riendo como una niña.
    -¡Oh, hermanas! En verdad os aseguro que este joven es más dulce que las almas de los recién nacidos.
    -Y bien que lo has comprobado, hermanita.
    -Pero miradle con atención, vosotras –dijo una tercera voz-. El miedo hace que su olor sea tan agrio como vejiga de pez.
    Tres mujeres, tan perfectas en sus facciones que parecían haber sido modeladas por un dios escultor, rodeaban a Cunneda. Eran tan imposiblemente bellas que provocaban pavor y su impúdica desnudez turbaron al joven.
    -¿Quiénes sois? ¿Demonios del mar? –Preguntó.
    -Somos Xanas –comentó una, llamada Deseo.
    -Nereidas –afirmó la siguiente, que respondía al nombre de Moderación.
    -Sirenas –resolvió la última con un evanescente brillo de broma en los ojos. Resignación se llamaba.
    -¡Sirenas! –Exclamó Cunneda-. ¿Y qué queréis de mí si no tengo nada que os pueda interesar?
    Comenzaba de veras a echar de menos su campana de hierro.
    -¡Vaya si lo tienes, mi agraciado nuevo amor! –Dijo la que antes le había besado acercándosele zalamera-. Anhelamos tu cuerpo.
    -Tu juventud.
    -Tu alma –volvió a sentenciar Resignación, la que parecía la mayor de las tres, soltando una risotada que levantó columnas de espuma en torno a ella-. Pero no temas, te conquistaremos sin dolor.
    Cunneda sentía los brazos como si fueran de plomo y ya comenzaba a hundirse cuando Deseo le atrapó rodeándole por debajo de las axilas y aplastando sus pechos contra el dorso del joven.
    -Mi adorada hermana –suplicó soltando su fragante aliento sobre la nuca del muchacho-, ¿no podríamos cumplir con nuestra voluntad sólo por esta vez?
    -Él no lo permitiría –respondió la más anciana de las tres beldades con alarma en sus palabras.
    -Él lo sabría –afirmó como un eco Moderación.
    -Pero, ¿es que acaso no lo iba a entender? –Insistió la melosa manteniendo a Cunneda en su sensual abrazo.
    -¡Es nuestro señor y le debemos obediencia! –Se adelantó Moderación al responder.
    El joven prácticamente se había quedado al margen de la discusión y, esperando a recobrar sus fuerzas, comenzó a idear un plan para librarse de las xanas.
    -¡Almas, almas! ¿De qué le van a servir al viejo? –Contestó fastidiada Deseo, quien en su enfado había soltado por fin a su presa para encararse con las otras dos náyades-. Nosotras podemos sacarle más provecho, hermanas.
    -Nuestro deber no es discutir las funciones del Merrow –aclaró tranquilamente Resignación-. Tenemos que conseguirle como sea todas las almas que podamos para aumentar su colección, nada más. Y, por cierto, parece que a tu “hermoso muchacho” no le hace mucha gracia nada de todo esto.
Cuadro de Guayasamín recogido de artedebolsilloblogspot.com
y que para mí representa la angustia que genera la ira.
    Éste, aprovechando la confusión, se había sumergido y se alejaba lo más posible del peligroso trío.     Una mano viscosa le agarró con fuerza el tobillo cortando en seco su intento de fuga. La xana que se había encaprichado de él ahora le miraba con ojos duros mientras clavaba profunda en su muslo una garra que, en vez de uñas, enarbolaba cinco afiladas espinas. Cunneda aulló de dolor pese a estar zambullido.
    -¡Bastardo desagradecido! –Le reprendió Deseo-. Te ofrezco un goce sin límites y tú me lo desprecias, desgraciado.
    La otra zarpa le desgarró con saña el costado.
    -¡Suéltalo! ¡Lo estás matando! –Ordenó la más experta que se acercaba a toda marcha acompañada por Moderación-. Si muere su alma no valdrá nada.
    La visión de Cunneda se iba nublando a medida que se desangraba por sus heridas. Y así, no vio cómo dos de las lamias marinas le quitaban de encima a Deseo, que estaba dispuesta a desmenuzarle el cuerpo a arañazos.
    -¿Y qué si ha de morir de todos modos? –Protestó furibunda la despechada mujer del mar.
    -Pero debe de perecer de manera natural y no a manos de ninguna de nosotras. Podemos incitarle, provocarle, ayudarle incluso –explicó Resignación-; pero en ningún caso asesinarle.
    Deseo hizo rechinar los dientes, aguzados hasta parecerse a los de un tiburón. Daba la impresión de estar algo más calmada, pero sólo en apariencia. Bastaba con una simple excusa para desgarrarle la carne a mordiscos.
    -¿Qué tiene éste de especial? –Preguntó Moderación en mitad del silencio que se había formado-. Que yo recuerde, con los otros nunca te habías puesto así y no es el primer desengaño que te llevas. Muchos de ellos también te rechazaron.
    -¡No tantos, y sólo cuando supieron demasiado tarde lo que iba a ser de ellos! Antes de eso se me habían rendido como los estúpidos que son –aclaró Deseo entremezclando con sus palabras agudos silbidos similares a los que emiten las ballenas. Su figura empezaba a cubrirse de escamas y sus orejas habían desaparecido dando paso a unas branquias muy parecidas a las de los escualos-. Además, hay algo en él que me deja intranquila… Una amenaza; no sé qué es, pero todos mis sentidos me dicen que éste es diferente. ¿Quién eres tú en realidad? ¡Quiero la verdad! –Preguntó directamente al muchacho, a quien le faltaba bien poco para ahogarse.
Un espanto recopilado de fotosguapas.net que representa la transformación de Deseo en su verdadero yo.

    La sirena se lanzó contra él antes de que sus hermanas pudieran impedírselo, pero esta vez se tropezó con la hoja ferrosa del cuchillo que Cunneda empuñaba con firmeza para defenderse. La xana pareció sorprendida y retrocedió unos metros arrastrando consigo el arma alojada en su vientre y que le había sido entregada al muchacho con un fin bien diferente a aquél, puesto que su utilidad radicaba en la búsqueda de hierbas, musgo y muérdagos con capacidad para contemplar el áurea de los seres vivos, pero no para arrebatar la existencia a nadie. La mujer miró la empuñadura y luego paseó los ojos por el grupo como exigiendo una explicación a aquella anomalía, al tiempo que escupía convulsivamente un líquido denso y oscuro por la boca.
    -¿Qué tienes, hermana? –Interrogó sobresaltada moderación.
    -¿No lo ves? Sufre espasmos de muerte –dijo Resignación contemplando cómo la sirena fatalmente herida giraba sobre sí misma, intentando evitar que la vida se le escapara del cuerpo.
    Chillaba con mil voces diferentes: todas estridentes; todas formando parte del penetrante mundo submarino. Eran preguntas planteadas en infinitos idiomas acerca de cómo podía haber ocurrido aquello, de cómo la diversión placentera había desembocado en tan trágico final. Ninguna de las xanas había visto nunca morir con violencia a una de las de su especie y el espectáculo, incluso para Cunneda, era espantoso. Por último, Deseo relajó el cuerpo, que quedó inmóvil flotando entre dos aguas. Había perdido todos sus atributos femeninos y mostraba el aspecto de un enorme pescado atrapado indefenso entre las redes de un afortunado cazador del mar.
    Moderación tuvo miedo y lloró alejándose de la escena. Su hermana mayor abrazó con ternura a Deseo y canturreando entre dientes la atrajo consigo hacia las profundidades abisales.
    El entristecido joven inició entonces su marcha hacia la superficie, hacia la supervivencia. Detrás de él escuchó la voz de la solitaria nereida que había optado por no perseguirle para cobrarse venganza:
    -Has derramado la sangre de uno de los Privilegiados. Has mancillado la Tierra de la Eterna Juventud con una acción salvaje. Acabas de marcar tu destino y las consecuencias habrán de acosarte hasta el final de tu camino. ¡Maldito seas! Tres veces maldito y que no halles nunca lo que has venido a buscar.
    Fuera, la noche élfica seguía cubriendo los cielos. “¿Es que nunca va a amanecer en este aborrecible lugar?”, pensó respirando ansioso el fresco aire nocturno. No se veía tierra firme por ninguna parte, pero la maldición, en vez de amedrentarle, le animó a no rendirse.
    Al rato, escuchó cerca el sonido de algo voluminoso deslizándose sobre las olas. Cunneda nadó en dirección a donde procedía el sinuoso roce, y lo hizo sin miedo, porque creía que ya no le podía suceder nada peor de lo que hasta entonces había experimentado. Por fin vio aparecer un alargado barco bayo, con la vela hinchada, aunque no se había levantado viento, y que se desplazaba sin remos.
    La nave se detuvo a poca distancia invitando al joven a que lo abordara. Alcanzando un cabo que colgaba de la proa trepó apoyando los pies en las maderas que forraban el cuerpo de la embarcación y, una vez en cubierta, se tumbó en el suelo.
    “Que se dirija a donde quiera, ya me da igual”, fue su último pensamiento antes de posar su brazo sobre la frente en un gesto de desasosiego.


Para esto, nada mejor que un trago de sidrina en el puerto de Cudillero, mientras se escucha este temita:
la letra:

So les agües Deva foi
la diosa qu'atapeció.
Nun cantu cande alba nuechi
una piedra xorreció.
So les Agües Deva foi
la diosa qu'atapeció.


Entemecióse so la mar
deva nes agües d'Oriente.
Piedra dura, sable llandiu,
prieta murnia alredeor.
Los pixuetos de la Deva
les neñes del Rebeón.

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