jueves, 22 de noviembre de 2012

Séptima entrega de Deliciosamente Humano

El club de los estúpidos
Los héroes y los santos son crucificados siempre, pero se levantan una vez más para ser adorados por los mismos que antes les crucificaron.
Liam O'Flaherty.
Imagen de la Sierra de Santa Bárbara, donde transcurre esta oscura historia. Cogida de guijosantabarbara.blogspot.com.es
Ahí los tengo delante. Horas y horas en el mismo bar bebiendo cerveza y hablando; vomitando palabras desde siete bocas. Uno de ellos soy yo.
Recuerdo a Jaime abriendo la puerta, arrastrando consigo el frío de la noche. Y mientras tanto, continuaban llegando más jarras rebosantes de espuma. Jaime, todo sonrisas y escepticismo, se nos apareció con un poema recién escrito para que nos lo leyera, y accedimos:
Las rugosidades de la pared;
Mis dedos acariciando pezones llagados,
Reposando en el cáncer mortal
Que acapara el cuerpo de la mujer.
Sudor y vómito en un bajel
Y el océano que grita su impotencia.
Sobre las olas cabalga,
Sacando la lengua al compás,
El diablo burlón de almas.
Si él supiera,
Si todos supiéramos...
Dificultad de un parto
En una pelvis estrecha,
El dolor de ser alguien
Por el mero hecho de ser.
Encontrar la muerte a voluntad,
La muerte voluntaria y el goce
Del amor en tus brazos fríos.
Ojalá fuera lícito matar
Y ser consecuente con el odio:
Muerte a voluntad;
Desgarrar el amor imposible.
Bienvenido al mundo del
Absurdo, hijo mío.
¡Qué estúpidos! ¡Qué estúpidos!
Buscar el sentido del no sé qué
Para creerse dueños del aire.
Han muerto, solos, pudriéndose,
El asceta y el místico.
Impotencia del inocente,
Guerrero paciente, voluntario único
Al que se ha de pisar
Hasta que sus huesos blancos
Reluzcan con la luna.
Si Dios quisiera...
Si Dios quiere.
Mientras tanto hay que seguir llorando,
Sin rosas secretas ni glorias
Que conquistar.
Sólo seguir llorando
Ante la risa del burlón.
Bienvenido al mundo del absurdo,
Maldito imbécil.
"Bien, ¿qué os ha parecido? -Nos preguntó el autor.
Pobre Jaime. Dio margaritas a los cerdos. Insensibles, permanecimos mudos y luego alguno incluso se atrevió a decir que le había gustado, pero no dio ningún motivo. Pobres de nosotros porque ni aquello era poesía ni nunca entendimos nada de artes; nos limitábamos a disertar sobre temas generales, adentrándonos en la metafísica, para no llegar nunca a un fin definido ni definitivo. Y, sobre todo, pobre de mí, que hablé de más aquella noche para opinar sobre algo que se encontraba muy por encima de mis modestas posibilidades.
Te faltó hablar de la voluntad, Jaime. La voluntad para matar. Creo que es un poema cobarde, para seres débiles e incapaces de afrontar la vida cara a cara.
Los demás me miraron. Jaime también, un poco molesto. En sus caras descubrí una necesidad de escuchar que no supe satisfacer, porque todo lo que tenía que exponer lo había dicho ya. Todo. O más bien nada.
¿Voluntad para matar? ¿Qué quieres decir con eso?
Quizá Javier se refiera a la posibilidad de poder matar porque sí dijo Joaquín.
¿Y por qué matar y no voluntad para suicidarse? Preguntó Jorge.
De nuevo esa charla baladí. El torrente de preguntas sin respuestas. Siento todavía unas ganas terribles de hacerles callar, pero después de lo ocurrido es mejor que silencie mis labios y deje transcurrir el tiempo sin decir nada. Escuchando sin hablar. Con vergüenza. Como obligan a hacer a los niños.
A Jorge le contesté yo:
Para suicidarse hay que estar libre de ataduras. Y la mayor de todas es el miedo. Para matar a otro hombre no se necesita más que las ganas de acabar con él, es algo muy simple. Pero para quitarse la vida es necesario un auténtico acto de voluntad. Los suicidas por una causa son despreciables; odiosamente cobardes.
Algunos, como José o Juan, prendieron las pipas, señal de que les atraía el tema. El humo espeso, denso, pesado, flotando lento en el espacio intermedio entre ambos aportó una nota fantástica al ambiente de nuestro pequeño rincón privado.
Mesón similar al que aparece en el relato, de elroalicodemanue.blogspot.com.es.
Yo, sin embargo, pienso que tan cobarde es el que se quita la vida como el que no se atreve a hacerlo puntualizó Julián, y me da exactamente lo mismo que se haga por voluntad, como tú dices, o por presiones sociales, económicas o sentimentales... Es igual.
Pero es que yo aún diría más era Jaime el que hablaba; nadie que se suicida lo hace por un acto puro de voluntad. Sería de una idiotez incomprensible.
Mis ojos entrecerrados. Aguantando la carga. Y después la acción estúpida, más propia de un inquieto adolescente que muestra las plumas de sus nuevas alas que de un adulto hecho y derecho, como se supone que yo era. Me perdí en la vorágine de mi posición a la que debía de defender a capa y espada, como si me fuera la existencia en ello. Cuestión de un mal comprendido sentido del honor.
Te puedo demostrar que en eso estás equivocado le dije.
¿Sabes de algún ejemplo? Preguntó Juan.
Yo mismo contesté acalorado.
Los demás sonrieron. Nuestras reuniones teóricas e imaginativas adoptaban un nuevo cariz. Era la primera vez que uno del grupo pretendía moverse en el terreno de la acción práctica. Y eso les resultó francamente interesante a mis compañeros.
A pesar de todo, los dos fumadores negaron incrédulos con la cabeza. El humo de las pipas escondía sus cínicas muecas de sorna. En ese momento les hubiera escupido: la saliva rompiendo la telaraña que les servía de escudo con un sinuoso sonido de seda desgarrada. Luego el impacto en sus caras, claro y agradable, dejándome a mí desahogado por completo. En vez de eso me levanté para enfrentarme a todos con la mirada, uno a uno por separado y luego nuevamente a todos en conjunto. Me ardía el rostro. El corazón acelerado, resonando en el silencio, formando un eco sordo bajo la respiración agitada. Me temblaban las manos cuando tomé la jarra para apurarla de un interminable trago. Después llamé al tabernero a gritos.
¡Jonás! ¡Ven un momento!
El hombre me miró sobresaltado. Nunca nos había visto así. Eran ya demasiados años parapetado tras de sus limpios vidrios, en su refugio de paz y alcoholes. Se asustó de veras cuando vio quebrado el solaz de su mesón.
¿Tienes aún la pistola a mano? Le pedí en voz baja.
Jonás asintió pálido, aunque se quedó inmóvil, esperando, con su enjuta cara más alargada si podía por el hueco que dejaba su boca abierta.
¿Está cargada?
Sí señor, pero...
Tráesela solicitó Jaime. No va a pasar nada.
El tabernero alzó los hombros descarnados y se marchó en busca del arma. Le seguí tambaleante hasta el cuartucho trasero de la casa. A la luz de una vela sacó una caja polvorienta que guardaba la pistola y me la ofreció. Estaba oxidada y herrumbrosa, pero cuando eché el percutor hacia atrás el gatillo se movió sin ningún esfuerzo dejándola preparada para disparar.
Cuidado, señor. Estas cosas las carga el Diablo.
No te preocupes, buen amigo. Tú vuelve a tu negocio que nosotros seguiremos con nuestras cuitas.
Regresé con mi grupo. La sonrisa ebria como una mueca grotesca en la boca. La pistola en la mano apuntando al suelo. Me detuve frente a la mesa.
Bueno, colegas míos. Llegó el momento. Me iré al monte para no molestar a alguien con tan desagradable espectáculo.
Sus expresiones no cambiaron un ápice. Aquello me enfureció y me embocé con la capa. En la puerta pude sentir las seis miradas fijas en mi espalda. Salí por fin sin escuchar una palabra, ni siquiera una despedida. O bien les daba igual que yo me pegara un tiro o bien estaban muy seguros de que no me atrevería a hacerlo. Las dos posibilidades me encolerizaron todavía más, a pesar de la contradicción que suponían. Quizá esperara a que me detuvieran o simplemente dijeran que la broma había ido demasiado lejos. Nada. Callados, mirando, rodeados de cerveza y humo.
El mesón era el último edificio de la localidad. Más allá, en el seno de la noche, comenzaba el campo abierto. Hacía frío, pero yo sudaba. El farol de la rúa brindaba una luz mortecina en forma de círculo, bajo el cual me centré. El vaho de mis respiración me recordó las pipas y la añorada intimidad del calor. Por un instante flaqueé, pero luego me puse a andar dejando atrás el pueblo y su relativa comodidad.
Debía de cumplir una palabra dada; tenía que demostrar que mi teoría era cierta; estaba obligado a ser uno de esos cretinos románticos, tan de moda, habilitados para morir con fanatismo manifiesto en defensa de un ideal.
Conjunto megalítico por sobre la nieva caída, de www.crienaturavila.com.
Los primeros copos entibiaron mi empeño y despejaron la roja embriaguez que me tenía sometido.
Con la nieve llegó también una especie de resplandor azulado que clareaba la senda. Intuí la luna oculta entre los oscuros nubarrones. Al mismo tiempo me envolvió el fresco olor rural y no tuve miedo. Así caminé durante más de una hora sin darme cuenta. Remitió luego la copiosa nevada permitiendo que la vieja Selene encendiera con sus múltiples brazos la blancura del manto helado.
El paisaje que se me ofreció entonces me resultó alucinante: una gama de verdes, casi negros, mezclados con albas manchas dejadas por la cellisca, servían de alfombrada base a un conjunto de grandes rocas que se alzaban como dientes lobunos desde sus encías terrosas. Toda la campiña se encontraba salpicada de flores pálidas indiferentes a los rigores de la temperatura glacial. Pese a mis escasos conocimientos de botánica las reconocí como Limonium dichotomum; inexistentes en aquella región.
Limonium dichotomum, de biodiversidadvirtual.orgherbarium
Finalmente, me apoyé algo mareado en una de aquellas erguidas piedras. Dejé pasar el tiempo mirando absorto a mi alrededor; realmente había olvidado el motivo por el que me hallaba en un lugar extraño, a esas horas tan tardías, con un arma en la mano.
La confusión se disipó enseguida y supe de golpe que había llegado hasta allí para suicidarme. ¿Para qué negarlo? Estaba aterrado. La angustia hizo que me temblara la cabeza, así que cerré los ojos a fin de intentar serenarme. Procuré concentrarme en esos pequeños acontecimientos que nos hacen pensar en que uno está vivo; cosas tan simples como el roce de la ropa contra la piel, el viento besándome la cara, la dura presión de la roca sobre los omóplatos o la pesadez de las piernas después de una larga e irregular caminata... Pero si algo eché realmente en falta en esos momentos fue el familiar y entrañable canto de los grillos.
Poco a poco acerté a calmarme. Aún así, persistía el ansia ante el hecho de que en breve tendría que asomarme al abismo donde se arrojan los que dejan de ser.
Mi existencia se iba a terminar sólo por una tonta apuesta de mezquinos borrachos que no me aportaría beneficio alguno más que el de demostrar que yo tenía razón. ¿De qué valía eso una vez en la fosa? Ni siquiera mis camaradas de taberna se dignarían en recordarme después como el único del grupo que contaba con el valor suficiente para llegar hasta el final con todas las consecuencias; al contrario, más bien me acabarían evocando como el "idiota ése que se reventó los sesos porque sí".
No; porque sí, no. La inspiración, como suele ocurrir, me llegó de pronto arrancándome una breve risa de complicidad hacia mi persona. Y es que el mero hecho de estar allí ya contradecía mis propias palabras, todo lo que yo había apologizado frente al ataque del resto de mis amigos, puesto que si me iba a suicidar con la intención de evidenciar que no hacía falta un motivo para ello, eso de por sí ya era un pretexto y, por tanto, yo carecía de razón. Increíble; había perdido. Mis argumentos se desmoronaban incluso antes de empezar.
Visto lo cual, no tenía más que desandar el camino para volver a casa y abandonar tan absurda empresa. Derrotado, por supuesto.
Mi orgullo en entredicho; ¡ay! Aquello era lo que más dolía. Razoné fascinado que ya no podía echarme atrás por puro temor al ostracismo, ya que todo aquel que mercadea con su palabra, la acaba desvirtuando; y quien no tiene palabra se priva del honor.
Levanté el arma.
Mis manos estaban azuladas, inutilizables. Ni siquiera podía articular los dedos, pues no me obedecían, y acerté en ello con una excelente excusa: "cometí el error de salir sin guantes; me vi incapaz de apretar el gatillo". Sonaba disparatado, pero no tenía nada mejor para ocurrírseme.
De lo lejos me llegaron los sones de una arrítmica sinfonía de cencerros. Parecían cabras u ovejas. Después escuché una flauta acompañada por el canto ronco de un anciano. Algunas de las frases las entendí claramente; decían así:
-"En el aire flota una fragancia de promesas remotas,
Tanto que llegan a ser invisibles a los ojos
Del hombre ansioso.
Las infinitas posibilidades van casadas con la mentira
Y el fruto de esa penosa unión es
La más grande desesperación del alma.
¿De qué sirve amar hasta la locura cierta?
¿Para qué arde una llama de cariño
Si éste es imposible?"
Ovejas negras, recopiladas de petalofucsia.blogia.
El resto de los versos cantados, si es que los había, fueron arrastrados por la fuerza del viento haciéndolos incomprensibles. Luego, de entre la tiniebla, surgió un zagal de cabellos negros y ojos castaños. Al verme cesó el toque de su instrumento y sonrió. No parpadeaba y la extraña curva de su boca me resultó forzada. Sentí repugnancia y algo de pánico. Posteriormente apareció el rebaño. Ovejas; todas negras, arrancando implacables de raíz la yerba en su avance, dejando tras de sí un rectilíneo rastro de desolación. No balaban, no producían más ruido que el de sus badajos golpeando las campanas de cobre. Por último vino el pastor, cubierto por una raída capa tan oscura y opaca que casi le hacía pasar desapercibido a la vista, fundiendo su altísima y espigada figura con la noche. La cabeza, protegida por un sombrero de paja de amplias alas, se alzó sin prisas y dejó al descubierto sus pupilas profundas, brillantes, rojas como ascuas.
El pastor colocó una de sus manos sarmentosas sobre la tierna cabeza del rapaz, quien de repente pareció sufrir una infinita y tormentosa agonía por ello. Volví a escuchar entonces esa voz rasposa, cascada por el tiempo, que me saludaba:
-Buenas noches tenga, caballero.
Bramó luego el viento con insólita potencia, arrancando de cuajo a las siemprevivas. Su gélida furia era tal que una bofetada de ofensa, y así noté que la piel se me secaba con su agudo tacto. Si tuviera que buscar un símil que describiera tan dolorosa y desagradable sensación, diría que dos dedos de filosas uñas se entretenían en tejer sangrientos mapas de lejanos países de fábula aprovechando las rugosidades naturales de mi rostro.
Me resguardé al otro lado de la peña a fin de evitar el frío envite del aire y allí recapacité sobre lo que estaba aconteciendo: era imposible que, a esas horas y con ese temporal, alguien medianamente normal se dedicara a apacentar su ganado. ¿Quiénes eran, pues, aquéllos que hacían de la noche la hora habitual para ejercer unas labores tradicionalmente diurnas, sin pensar siquiera en el bienestar de unos animales que, a postremas, suponían su sustento y supervivencia?
Intrigado, me asomé de nuevo para echarles otro vistazo, sin embargo ya no había nadie; ni pastor ni zagal ni ovejas. Pero sí la nítida pista sin hierba que dejaron las voraces rumiantes a su paso. En esto lo vi y, por tanto, ¡Dios me guarde!, lo que fuera motivo de leyenda pasó a ser para mí una realidad muy difícil de olvidar. Una bestia, mitad yegua mitad jabalí, cruzó rauda siguiendo los pasos del pastor con su cerduno hocico pegado al suelo, chasqueando las amoladeras, y los vivaces ojillos fijos en su meta. Hincado al enorme cuerno que le nace en mitad de la frente se descomponía el cadáver de un lobo adulto. No obstante, el monstruo no daba muestras de sentir el peso añadido y, con una agilidad y fortaleza envidiables, desapareció a su vez en los límites de la noche.
Dibujo (creo que el único que existe) del Escornáu, escaneado (penosamente) del libro Personajes imaginarios en peligro de extinción, de Pilar Alonso y Alberto Gil, con dibujos de Jesús Gabán.
Soltando un suspiro de alivio me sequé los regueros de sudor del cuello con el pañuelo para luego quedarme inmóvil durante un buen rato, intentando adivinar en la roca sobre la que me apoyaba un oasis de sano verismo y cordura. Por un momento creí escuchar las campanillas en el horizonte; luego, nada. Silencio sepulcral. Entonces me di cuenta de que había perdido la pistola.
No me dio tiempo a reaccionar. Hasta mí llegaba nebulosa una voz femenina que canturreaba sin palabras. Me hice el sordo cerrando en vano mis oídos a esa nueva ilusión, pero me fue imposible no hacerle caso. Caminaba desnuda, como una ninfa griega, recogiendo las flores víctimas del vendaval con las que confeccionaba una suave corona. Se aproximó y con sus delicadas manos me concedió el privilegio de hacerme rey al ceñirme la frente con la diadema aún sin terminar.
-¿La reconoces? -Preguntó alguien por encima de mí. Miré hacia arriba y vi a un joven sentado en los alto de la piedra con las piernas colgando, balanceándolas juguetón. Fruncí el ceño. Luego contemplé de nuevo a la muchacha.
-¿No? ¡Qué lástima! -Continuó el joven-. Ella sí que te conoce bien. Antaño anduvo tan enamorada de ti que acabó por abandonarte. ¿Sabes ya de quién hablamos?
¡Y tanto! Se refería a Gema; la única mujer a la que me había atrevido a querer hasta la locura. La tenía delante, mirándome sin ver, como dicen que les ocurre a los fumadores de opio allá en Oriente, con interrogantes ojos de ida, casi babeando. Una pobre imagen de lo que fue. No pude ni abrir la boca y ella comenzó a irse con lentitud, permitiéndome retener en la memoria cada nimio detalle de su delicioso soma.
-¿Recuerdas ese extraño dolor que te causó su fuga?
Perfectamente, maldito ladrón de membranzas, como si hubiera ocurrido hace sólo unos segundos. Me dijo que necesitaba ver mundo y escapar de ese pequeño pueblo que la estaba asfixiando.
-¡Falso! ¿Cómo pudiste creer en semejante justificación? -Se rió en clara burla-. Seamos sinceros: se fue porque te amaba y eso la estaba consumiendo; sentía auténtico horror a quererte, ¿no es maravilloso?
¿Maravilloso? No; más bien absurdo. Nadie teme al amor, sino a sus consecuencias y yo nunca di motivos a Gema para que perdiera su fe en nuestra ideal relación.
Siempre me imaginé que este caballero (y el de Nitrato de Chile)
eran el Diablo, de desdetemplolucero.blogspot.com.es
-¡Cuidado! Nos no tenemos necesidad de mentir; adoramos la Verdad. Tu duda nos ofende. Habrá, pues, que refrescar ésa tu voluble retentiva cerrada al pasado. Veamos, sospecho que la dama decía algo parecido a esto: "Javier, tienes que contener tu pasión desbordante...
...Porque es como un huracán que me arrastra, y yo no puedo corresponderte". Cierto; aún guardaba con celo aquella carta que me envió durante mi viaje a Bilbao. Al parecer, no fui capaz de dominarme, tal y como ella me suplicaba en su misiva.
-¿Ves? Ahora muéstranos en qué te convertiste desde entonces.
Un amargado.
-Con la facultad de acusar una aversión creciente hacia las mujeres; esos encantadores animalitos que te acosaron en cuanto ella desapareció.
Actuó por cobardía.
-E hizo de ti un pusilánime inverecundo. Posees todo el derecho del mundo para odiarla, amigo mío.
Apreté los dientes con rabia. La aborrecía, sí. En ese momento hubiera entregado gustoso mi alma a cambio de tener la ocasión de estrangularla, así que la busqué frenético para realizar mi obcecado deseo. Empero, la voz habló de nuevo.
-Hasta aquí lo que ya conoces. Sin embargo, lo peor vino después, durante su vida en la gran ciudad, donde se abandonó a los placeres de la experiencia imperdonable por parte de las buenas gentes puritanas... Siempre teniéndote presente -su risa me acosaba dejándome como hipnotizado-. Cada vez que yacía con un hombre, y fueron muchos, ella imaginaba que se trataba de ti; estabas por encima de cualquiera. ¡Oh! ¡Cuántos mensajes rotos donde intentaba explicarte el por qué de su decisión! ¿Y noches? Eternas, interminables, dando vueltas en su habitación, viendo tu rostro en cada esquina. Lloraba a menudo y otras tantas veces estuvo tentada de regresar contigo, pero, ¡claro!, no podía ser. Tampoco tú la olvidaste nunca y aún hoy sigues sufriendo. Nos queremos que eso termine, mi buen amigo. Ella ha muerto... Y su alma es nuestra.
La vi en lontananza, fugazmente pequeña, casi perdida. Grité su nombre, aunque no respondió ni volví a verla nunca más. El joven apareció a mi lado sonriente, pasando su brazo por sobre mis hombros.
Gema perdida, de hipogeo.blogspot.com.es.
-¡Vamos, vamos! Nada de lágrimas. Deseamos lo mejor para ti y queremos que muestres a esos bárbaros amigos tuyos que la razón está de tu parte. Te ayudaremos a que se callen de una vez para siempre. ¿Buscabas esto? -Me entregó la pistola, que yo recibí con ansia arrebatándosela-. Ahora demuestra tu valía, Nos haremos que seas un hombre de nuevo. Dispara.
Obedecí la orden llevándome la boca del cañón hasta la sien. He de reconocer que me encontraba relajado, realmente a gusto y en paz.
-Dispara -insistió apremiante el joven.
¿De dónde vino la repentina tormenta? Hubo un trueno y varios relámpagos nos rodearon formando una especie de jaula a nuestro alrededor. La cara de mi acompañante se descompuso.
-¡Dispara! -Me chilló.
La tempestad se desató con toda su furia. El joven se separó de mí y contempló el cielo. Yo seguía igual, con la misma postura, pero confuso e inseguro.
-¡No! ¡Él tiene que ser nuestro! -Dijo el otro señalándome con su mano en forma de garra bestial-. ¡Está perdido! ¡Perdido!
Después se escuchó un disparo.
Al cabo de tres días reaparecí por el mesón. Me presenté con un aparatoso apósito en la cabeza que pretendía cubrir un rasguño ocasionado por bala. Nadie dijo nada cuando entré. Ni siquiera Jonás, al que devolví el arma posándola sobre el mostrador.
Los seis, Jaime, Joaquín, Jorge, José, Juan y Julián, me miraron sin poder contener un gesto de sorpresa por mi aspecto. Me acerqué a ellos y ninguno hizo alusión ni al vendaje ni a las canas que inundaban mi cabello, antes totalmente oscuro. En mi fuero interno sinceramente les agradecí en el alma su piadoso silencio.
Volví al Club, al refugio, con sus charlas y disertaciones inútiles. Volví a formar parte de los hombres pacientes para beberme el tiempo y también la cerveza que Jonás me puso delante e intentar olvidar de una vez por todas que durante demasiados años había perdido mi preciada humanidad.
Aquí me viene de perlas el Confutatis Lacrimosa, del Requiem de Mozart. Sencillamente, me apasiona.


No puedo por menos que insertar algo de mi tierra. Y creo que lo mejor es un tema de la Sierra del Norte de Cáceres. Manantial Folk y su Amanecer en Gredos, con letra del vate Pedro Lahorascala.



La letra de este poema dice así:
Recibo el día en la cumbre
de la ruda crestería
y corto una rebanada
de las mañaneras brisas,
para mojarla en el néctar
de la leche clara y limpia
que manan las ubres prietas
de las montañas bravías
Recibo el día en la cresta
de la alzada serranía:
Al norte por Majalardos,
en donde Gredos alía
águila, nieve y laguna
sobre la azul maravilla,
bajo los rayos del sol
que lo besan y acarician.
En mi almuerzo como y bebo
de la vieja tierra mía.

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