domingo, 8 de mayo de 2011

Segundo de los cuentos de los "Terrores de la calle Osario"

Está visto que o me obligo a algo o no avanzó. Lo conseguí con el primero de los cuentos de "Terrores de la calle Osario", que fue confeccionándose poco a poco, en vivo y en directo en este pequeño blog hasta que finalmente vio la luz, y voy a intentar hacer lo mismo con este otro, que todavía no tiene ni título, pero que, como bien decía Amadeus en su película, lo tengo (casi) todo en la cabeza y sólo hace falta garabatear, garabatear, garabatear...
Dice así:



Iglesia de San Miguel que se menciona en el cuento

                                                                REFLEJOS



    Había dejado atrás la hiriente luminosidad en el gran ojo del cíclope de piedra que era el templo de San Miguel, y caminaba ensimismado contemplando bajo mis pies el ajado empedrado de la calle Ramírez Arellano, en cuyas enmarañadas calvas de cemento asomaban con angustia y como necesitadas de luz las rosadas piedras del adoquinado original a modo de voces silenciosas para un pasado remoto. Toda aquella delgada vía rezumaba Historia pura por sus millones de microporos y el olor acre que desprendía provocaba vaporosas visiones antiguas pendientes en hilos de polvo temporal que se desvanecían temblorosas con cada gota de sudor real provocado por el intenso calor.
    La primavera se mostraba bravía ese año y todo hacía presagiar una Feria de la Salud abrasadora en sus mediodías y bien regada de cerveza, fino y otras bebidas refrescantes a partir de la caída del sol.
    Yo venía literalmente aplastado por el colosal peso del sol cordobés, que inflamaba insistente con las primeras horas de la tarde, y, así, llegué casi sin advertirlo a la Plaza de los Carrillos, ya en plena calle Osario, saliendo del estrecho acoso de dos elevadas paredes que pretendían encajonarme para siempre en la memoria de sus ladrillos hacia una libertad moderada por la amplitud del lugar. Y ese cambio espacial fue lo que me arrancó de mis profundamente tontos pensamientos, en los que, por lo general, una repetitiva tonadilla mental de índole céltica me solía transportar lejos de las vanalidades sociales que transcurrían a mi alrededor haciéndome creer que yo era alguien especial y totalmente fuera de lugar.
    La minúscula plazoleta estaba llena de gente a esa hora. Trabajadores que aprovechaban la jornada partida para tomarse un aperitivo antes del almuerzo cómodamente sentados en  la terraza del Mesón El Perol, progenitores con niños recién salidos de clase y escasa prisa por llegar a sus hogares, dueños de tiendas que miraban directamente al coqueto emplazamiento y que entonces bajaban las persianas marcando el final de la mañana, algún que otro turista primaveral que no se sentía desplazado en toda aquella maraña de gente y, por supuesto, yo.
    Reconozco que me gusta mirarme fugazmente en los escaparates. Me devuelven una imagen robada elegantemente oscura y de contornos algo difusos de mí mismo que difumina mis errores físicos, atenúa mis fealdades y me hacen agradable a mi vista. Me obsesiona comprobar cómo me sienta determinada ropa, especialmente los polos Fred Perry, según el movimiento de mi cuerpo o si llevo el pelo despeinado o demasiado largo o si mi perfil me sigue resultando atractivo por una ausencia tenaz y obligada de papada, así como de cualquier sombra de bigote y barba.
Imagen inquietante captada del blog Tejiendo el mundo
     En esas estaba en la enorme luna que cubre el frontal del citado mesón cuando junto a mi reflejo descubrí una imagen que me puso el vello de los brazos de punta. Era una niña vestida con el uniforme del vecino colegio de la Divina Pastora, ubicado en la paralela calle de Conde de Torres Cabrera, y que me llegaba a algo más arriba de la altura de las caderas. Estaba situada algo por detrás de mí y lo que me horrorizó no fue su presencia repentina, sino más bien el hecho de que yo me estuviera moviendo y ella se desplazara conmigo como si fuera un apéndice mío sin necesidad de utilizar los pies. De hecho, permanecía completamente inmóvil, con los hombros ligeramente encorvados hacia adelante, los brazos pegados al cuerpo y su largo cabello cubriéndole por completo la cara.
     Evidentemente, no tardé ni una décima en volverme y, como no podía ser de otro modo, junto a mí no había nadie que calzara con esa descripción.
     En ese momento, la maraña de gente que tenía a mi alrededor y ese murmullo relajante que arrastraba consigo se disiparon sin prisas. Era algo por completo normal, porque cada cuestión tiene su momento y esa plaza, sencillamente, estaba predestinada a vaciarse en ese instante. Lo sabía, y era consciente de que habría sido así, incluso a pesar de no haber tenido junto a mi asustado reflejo a aquel silencioso ser flotante y ajeno a todo lo que supone el mundo natural. Únicamente permanecieron en su sitio un hombre acoplado a una mesa de la minúscula terraza del mesón con un tubo de cerveza delante y sentados a su lado, una pareja de avanzada edad, quizá alemanes por su aspecto, que inspeccionaban un sinfín de folletos turísticos agradecidos y aliviados por que en este país de bárbaros que vive del turismo todo lo relativo al ocio está traducido a varios idiomas (películas de DVD incluidas).
     La verdad es que si me fijé en todos esos detalles fue para intentar obviar lo que, a la postre, me resultó imposible. Ellos, por el contrario, ni se fijaron en mí, aunque me di cuenta de que el hombre solitario evitaba a toda costa cruzar su mirada con la mía, como si supiera de mi súplica silenciosa por aferrarme de alguna manera a la realidad cotidiana y apartara conscientemente el salvavidas de sus ojos más por miedo que por otra cosa.
    ¡Sí! Aquel hombre estaba aterrorizado, y yo quería averiguar la razón, aunque intuía que tenía que ver, y mucho, con mi extraña situación. Necesitaba su ayuda, porque la alarma de mi cerebro comenzaba a zumbar de forma similar al instinto arácnido de Spiderman mostrando su reflejo en un ligero temblor de mis rodillas y manos. No me avergüenza decirlo: estaba a punto de perder el control por pánico a lo que aún estaba por llegar, así que escoré mis pasos hacia su persona para exigirle una palabra tranquilizadora y fue entonces cuando la niña flotante comenzó a mover la cabeza en dirección a mi persona.
    Me detuve en seco y por el rabillo de mi visión ansiosa contemplé sin respirar el acartonado movimiento de su cuello que le desplazaba el cabello de su rostro hasta dejarlo poco a poco a la vista. Escuché, o simplemente me lo imaginé, el crujido de sus secos mechones emulando un cortinaje de plástico de tipo del Río, como las que tenían la mayoría de los bares durante la década de los 60 en el siglo pasado para evitar el paso de las moscas en las horas más calurosas de la siesta, y cuando su faz quedó libre de obstáculos comprobé con un escalofrío que no tenía rasgos de ningún tipo. Mejor dicho, aunque no carecía de ellos, se mostraban latentes y eran distinguibles casi por intuición: unos inmensos y desapasionados ojos sin párpados ni brillo de vida en su interior, una nariz carcomida por algún tipo de virus similar al de la lepra y una boca inexpresiva, aunque impresionantemente grande que casi le partía en dos la parte inferior de la cara.
    Allí clavé mis pupilas para contemplar sin sorpresa que la abría hasta mostrar unos amarillentos y retorcidos dientes puntiagudos detrás de los cuales no asomaba lengua alguna; sólo un tremendo vacío palpitante que prometía dolor y sufrimiento como el que sentí cuando la cerró de golpe sobre mi hombro.
    No la vi saltar ni realizar movimiento de ningún tipo. Tan sólo apareció a la altura de mi cabeza y ya me estaba dando la dentellada de la que comenzó a manar abundante sangre. Lo peor de todo es que carecía de cualquier pasión en su actitud. No parecía buscar alimentarse con ello. Únicamente causar daño y provocar miedo. Y, por Dios mismo, que lo consiguió.
    Con un alarido, que sacó bruscamente de su ensimismamiento a la pareja de alemanes y obligó a mirarme por fin, bajo una sombra de tristeza, al misterioso solitario, salí corriendo hacia las profundidades de la calle Osario dejando atrás la plaza. Y entonces lo noté. La presión del mordisco había desaparecido, aunque la herida permanecía. Fue algo casi instantáneo, pero el horror que me inundaba me obligó a seguir corriendo un trecho más. El polo sobre mi hombro estaba desgarrado y manchado de fluidos varios, algunos míos, otros del espanto que ya no estaba, y me llevé la mano hacia allí para apaciguar con ese infantil gesto el latido de mi infectada herida.
     ¿Por qué se había marchado? ¿Me seguía acechando de alguna forma en la invisibilidad del aire? Me giré con rapidez y los pelos de la nuca erizados esperando ver a la niña flotante sobre el empedrado de la calle, pero únicamente atisbé la cara del solitario asomando desde la sombreada esquina de la plazoleta, y me pregunté si todo aquello que estaba pasando tenía algo que ver con él.
    Por si acaso, opté por una retirada discreta. Además, el hombro estaba cada vez más dolorido y bajo mis dedos noté que se empezaban a formar sacos supurientos bajo la piel que variaban el tamaño a modo de minúsculos corazones. La cabeza se me iba y mis sentidos se aminoraron bajo una sensación generalizada de malestar y náuseas.
    A la altura de una tienda suministradora de colchones, ubicada justo antes de la Plaza Vaca de Alfaro y del colegio Divina Pastora, el ser silencioso volvió a dar signos de vida, por llamarlo de algún modo. El establecimiento tenía tres inmensas vidrieras a modo de escaparates, más una puerta de cristal, y "ella" surgió de repente nada más asomar mi dramática y cenicienta imagen por la primera de las ventanas. Me atacó de nuevo; en esta ocasión, en la mano y el dolor fue todavía más intenso que la vez anterior. No me quedaban fuerzas para gritar, pero las lágrimas brotaron silenciosas haciendo que mi visión se emborronara, aliviando, al menos, el horror de su imagen carente de sentimientos. La "niña" presentaba los ojos de un tiburón antes de que se velaran para cazar a su víctima con las mandíbulas y eso me asustó incluso más.
Del blog Taringa
    Por fin pude usar los pies para correr. La segunda de las vidrieras contaba con unos barrotes de hierro y, ya fuera por el tipo de metal con los que estaban confeccionados -los seres feéricos, por ejemplo, carecen de poder alguno frente al hierro, o eso cuentan las leyendas- o por cualquier otra extraña ley caprichosa del "más allá", el caso es que la niña inexpresiva quedó aprisionada tras aquella celda de cristal intentando abrirse camino con los dientes a través del reflejo de los barrotes. Por pura clarividencia supe que estaba a salvo y la conexión neuronal fue más allá hasta comprender que me hacía daño sólo a través de mi reflejo. Algo que pude comprobar al saltar al siguiente escaparate, también bajo la protección de travesaños metálicos.
    El ser babeaba mientras intentaba arrancar mi defensa mágica y por fin soltó un gemido de impotencia. Pero lanzó sus brazos a través de los travesaños y me aferraron como una fría tenaza una de mis muñecas. Tiró de mí hacia su posición lanzando bocados hacia mi cara frenados por los barrotes. Sus movimientos eran cada vez más ansiosos y venían acompañados de fantasmales gruñidos, hasta que de un potente tirón el reflejo de mis brazos quedó a su alcance. Antes de morderme me miró con unos clarísimos ojos de odio y se recreó en mi miedo con la boca abierta previa a la acometida.
    Me abrió sendas heridas en los antebrazos y en una de ellas vislumbré lúgubres gusanos que se adentraban en la carne macilenta a través de huecos y venas para seguir devorándome desde el interior. Grité bien alto, como nunca antes lo había hecho, pero la calle seguía desierta y sin ruidos de ningún tipo, y por un instante me cuestioné si seguía estando en la realidad o me movía ya dentro de un reflejo.
    Sólo había una manera de averiguarlo. Lancé una patada con todas mis fuerzas, que eran más bien escasas, contra la macabra imagen gris que tenía delante y la enorme luna vibró obligando a la niña a soltarme con la ondulación. Lo siguiente fueron dos puñetazos seguidos y una nueva acometida con el pie y el cristal se vino abajo con estruendo llenando de nuevo de luz mi entorno.
    Ahora era yo el que estaba repleto de ira. Arranqué, no sé cómo (eso quizá explicara por qué perdí tres uñas y tenía el dedo anular de la mano derecha roto por tres puntos), una piedra de la calzada y la arrojé contra la puerta, que saltó en añicos. Hice otro tanto con el último ventanal usando el mismo proyectil y con la última rotura un enorme suspiro se hizo oír por toda la calle arrastrado por un malsano viento ardiente. Por fin caí a tierra y entre las nubes de mi cerebro embotado llegué a pensar que Osario era quizá la vía menos transitada del mundo. Era imposible que nadie estuviera siendo testigo de mi terrorífica experiencia. Me estaba desangrando vivo con más celeridad que un cochino en su matanza y no había ni un alma que viniera a socorrerme. Pero el dolor interno era lo peor. Percibía el vómito a punto de asomarse a la garganta y nunca acababa de llegar, y el malestar por el mareo me inundaba por completo.
     Había que avanzar y salir de aquella asfixiante calle.
     La verdad es que tuve suerte, porque, previo paso sin incidentes por otra tienda de copiado de llaves, en la Plaza Vaca de Alfaro, allí donde se levantó un busto en homenaje a "Lagartijo", me encontré entre unos arbustos que formaban parte de un parterre a modo de jardincito el palo metálico que en su día había formado parte de una escoba. La punta estaba partida y oxidada, pero nada me importó y lo así a modo de garrote con ambas manos.
     Me lancé, entonces, en una carrera loca hacia la desembocadura de la calle en la Plaza de Colón, dejando atrás el borrón amarillo y blanco del colegio de la Divina Pastora y lanzando otro golpe inocuo con el palo de la escoba contra los cristales de una boutique de belleza llamada "Carmelina" algo más adelante. Repetí la operación contra el escaparate del siguiente portal (un negocio al que la crisis había devorado sin piedad) y continué la carrera agachándome lo máximo que podía para evitar las protegidas ventanas del Círculo Taurino, lo que me hizo resoplar y regurgitar algo de amarga bilis.
    La salida estaba relativamente cerca. Más allá se abría un inmenso espacio libre de reflejos con un parque que era la imagen vívida de la cuadratura del círculo en medio, mirando directamente al curioso Palacio de La Merced, donde alguno insinúa que Colón se entrevistó con Isabel y Fernando con el famoso huevo de testigo para reflejar la redondez de éste nuestro mercenario planeta. Pero todavía quedaba un peligroso trecho por recorrer, si bien era cierto que aquella maldad flotante parecía que me hubiera rehuído desde que rompí aquella ventana.
Imagen del blog Crees en fantasmas
    Nada más lejos de la verdad.
    Pasé sin problemas ante una tienda donde se vendían antigüedades, de nombre San Barandán (como el famoso monje viajero de origen gaélico, que ahora es patrón de los marinos), pero al llegar a la altura de la librería Don Bosco, justo enfrente del Hotel la Boutique que ocupaba lo que había sido la antigua sede de la Inspectoría Salesiana, sentí el aplastante peso del terror en mis plúmbeas piernas y trastabillé con lágrimas en los ojos y maldiciendo mi suerte hasta caer de bruces contra la fría piedra del suelo.
    Sobre mí (ya no sé si en la realidad o en la imaginación refractaria) estaba aquella niña horrorosa. Apenas pesaba, pero mantenía sobre mi presa clavados en el cuello ocho uñas largas, punzantes, frías y duras; mientras que con los pulgares marcaba un rítmico suave masaje en la nuca. Tragué saliva de incomprensión, de ésa que sabe a la nada más absoluta con un ligero aroma a cobre añejo, y desde mi baja posición contemplé su cara perfilada en el espejo del cristal. Me devolvió la mirada y en sus enormes ojos de pez descubrí el brillo de la tristeza. Una enorme cicatriz, que parecía haberle provocado un intenso dolor, le cruzaba la cara en oblicuo de derecha a izquierda y desde la sien hasta el centro de la barbilla. Gracias al Cielo, mantenía la boca cerrada, pero su baba goteaba sobre mi polo y reconozco que eso me sentó peor que la mancha frontal que se había formado por haber caído sobre un fangoso charco. Pero eran esos estúpidos detalles los que me permitían fijarme a la escasa cordura que me quedaba.
    ¿A qué venía ese impulso de tristeza en sus pupilas blandas? Me había acosado, maltratado, asustado hasta el límite, y ahora daba la sensación vulgar de ser una amante desdeñada, casi defraudada por algo que yo hice.
    Su boca tembló y el líquido baboso volvió a gotear en abundancia sobre mi Fred Perry café con leche. Los dientes brillaron a la luz del sol, y eso parecía estar por completo descontextualizado por el fulgor diurno, cuando, en teoría, nada puede ocurrir fuera de lo natural.
    "Ya está. Me va a dar el golpe de gracia, sin razón ni motivo aparente. Sin testigos de mi locura...", pensé. Me resultaba extremadamente injusto, no porque fuera yo quien sufriera esta pesadilla, sino porque, sin considerarme precisamente un santo, no recordaba haber cometido alguna acción especialmente punible. Porque si aquello no era un castigo divino o algo por el estilo, carecía por completo de sentido; y el terror sin sentido es directamente uno de los anillos del Averno no mencionados por Dante en su obra magna.
     Pero no acabó el movimiento.
     Por el rabillo del ojo vi los zapatos de un varón adulto que se detenía a mi lado. ¡No me lo podía creer! Alguien vivo que podría contemplar mi sufrimiento y al que podría pedir ayuda, aunque no sabía ni cómo empezar a explicarle cuál era mi problema.
    No hizo falta. Al levantar la mirada, contemplé el pánico en su cara. Al mismo tiempo, la bestia que se asentaba sobre mis espaldas lo contempló a él con interés y asombro, y aflojó su presa sobre mi cuello.
    A decir verdad, me vanaglorio de mi intuición natural. Es un don; un regalo absurdo, sin ninguna aplicación práctica en lo que la sociedad actual considera como útil, ya que no aportaba ganancias ni demostraba mi abrumadora superioridad sobre el resto de la humanidad. Soy, por ejemplo, de ésos a los que posee la magia primordial universal para notar la lluvia, la escarcha en la hierba o el cambio del viento antes que nadie; de fijarme de forma eminente en la primera hoja amarilla de la temporada otoñal o en la llegada y huida de las aves migratorias; de admirar fenómenos atmosféricos de la índole de un cometa o una estrella fugaz dejando una estela azul sobre el negro cielo cordobés. Y en aquel momento supe fehacientemente que me encontraba a salvo.
Plaza de los Carrillos, con el Mesón El Perol al fondo
    Me fijé en el que, sin saberlo, estaba tomando el relevo de mi macabro yugo y tuve la consciencia de que se me parecía mucho. Sobremanera. No tanto en lo físico, que también, sino en las formas, en sus maneras de moverse o estarse quieto, en la mirada... Era como una mala copia de mí mismo viéndome irónicamente reflejado en un espejo. Pero él ni siquiera me dedicó una mirada, porque sus ojos estaban clavados en los de ella a través del escaparate, en ese segundo que se eterniza por la famosa relatividad de cada instante, y, finalmente, salió huyendo calle Osario abajo en dirección a San Miguel.
    La presencia fantasmal dejó de ser un peso y, de repente, me quedé solo, en silencio, con una inmensa necesidad de llorar de alivio.
    El camino a casa fue un martirio apenas recordado, salvo por vagos retazos de detalles futiles. Gracias al Cielo, apenas sí había cristales en los que reflejarme, pero es verdad que, desde entonces, no hay espejos en mi casa, las cortinas siempre están echadas sobre las ventanas y casi ni me atrevo a asomarme a la oscura pantalla del televisor antes de encenderlo.
    Pero he de decir que tuve suerte. Muchísima, la verdad.
    Al día siguiente de mi espantosa experiencia, evitando como la peste la presencia de la calle Osario, recalé, no obstante, en la Plaza de los Carrillos donde todo empezó. Agradecí mudo el murmullo de la gente y los ruidos del tráfico, pero enseguida me puse a buscar mi objetivo, pero tardó en llegar. Se sentó en la misma mesa que el día anterior y me miró con más descaro en esta ocasión, como invitándome a compartir la mesa con él. Así lo hice, con avidez, porque tenía el pecho dolorosamente cargado de preguntas.
    Estúpido de mí. Ni abrí la boca. Él también se arropó con un manto de silencio cómplice y delante de nosotros, sin que nadie se lo pidiera, el camarero plantó delante de cada uno un tubo de cerveza para él y un tercio de Mahou para mí. Justo lo que yo necesitaba. Justo lo que él también requería.
    "¿Tú también ves a la niña?". Era la pregunta que me abrasaba la lengua sin que terminara de cobrar forma de palabras sentidas. ¿Y si él veía otra cosa? ¿Y si su terror era largo y oscuro o mostraba otra horrenda cara?
    Entonces, su mirada se amansó y seguí la línea de sus ojos medio bajos hasta toparme con el hombre que, sin saberlo, me había salvado. Respiraba con ansia contemplando la enorme luna del mesón. Yo sabía, y mi compañero de mesa también, que su prueba todavía estaba siendo y cuando buscó ayuda en el personal sentado en la terraza, ambos apartamos la mirada con vergüenza y cobardía.
    Por nada en el mundo quería repetir esa vivencia, y algo muy dentro me decía que si socorría a ese pobre desgraciado, que también tenía ese toque inútilmente "especial" como nosotros, la niña volvería a acosarme a través de los cristales.
    Me limité a cerrar los ojos cuando el hombre, asustado hasta rozar el colapso, gritó mientras se perdía por las sombras de la escurridiza calle Osario...

4 comentarios:

  1. Vaya descubrimiento tu blog, Hubi. Me ha encantado y aterrorizado a partes iguales este relato de terror tuyo. ¿Has probado a mandarlo a algún concurso? Yo lo hago con los míos, que son parecidos a los que cuelgo en mi fotolog, pero con un estilo más cuidado. En España hay muchos concursos, y tu relato tiene calidad de sobra.
    ¡Un abrazo!
    Albert (Landsknecht)

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  2. Gracias a mansalva, amigo Albert. ¿Concursos? A montones, pero sólo me publicaron un relato en un recopilatorio de extremeños fuera de su tierra hace la tira de años.
    Yo prefiero dejarlos aquí para el disfrute de todo el mundo.
    La verdad es que los comentarios satisfacen más que las pelas, ¡je, je, je! Salvo, evidentemente, que te digan que son un asco, en cuyo caso me enzarzaría en una innoble pelea con el gañán que así opine y en paz.

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  3. Hubiiii...!!! Pero porque no lo "imprimes" y presentas a algún sitio... Esta muy bien...!!! (Joder, acojona, cabrón... jajajajaja...) Espero que no se lo cuentes a tus niñas... :-) Un abrazo, M

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  4. ¡¡¡MERC!!!!! Feliz encuentro de nuevo. No es la idea. Este blog es para que todos accedan a los rincones oscuros de mi cabeza sin tener que cobrarles por ello. La cultura (si es que a esto se le puede denominar así) está concebida para el pueblo y no para las minorías (que son los insufribles e infumables culturetas). Y sino, mira lo que ha pasado con el Bautista y su jodida SGAE. ¡Qué vergüenza! Con lo bien que cantaba Soul el muy jodido y al final ha manchado todo lo que representaban Los Canarios.
    Evidentemente, mis niñas se están criando con otros "terrores" más mundanos (el Telediario y cosillas por el estilo, que dan más canguele).
    Saludos a millares a tus dos damitas.

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