lunes, 13 de junio de 2011

La banderita (de unos, pero no de todos)

Nada más propio ni "españós" que esto para representar a la bandera, ¡ea!
    Da la sensación de que los nuevos (adjetivo que no arrastra ninguna connotación y es meramente denotativo en este caso, aséptico como pocos) aires que soplan sobre la piel de toro ha insuflado extraños ánimos a una nueva raza de vecinos que se ha envalentonado para ostentar los colores de la bandera española en pulseritas, mecheros, llaveros, pegatinas de coche y (mucha) moto, collares de perros (muy, pero que muy españoles ellos, aunque defecan del mismo color que los que no parecen serlo), tirantes o cinturones, por poner sólo unos ejemplos.
    Conste que no estoy ligando el fenómeno al enorme éxito de la Selección Española en Suráfrica y que logró que por unos cuantos días la banderita fuera el símbolo de muchos españoles con independencia de su ideología, color de piel, religión o filosofía de vida. Porque aquella emocionante explosión de alegría por el triunfo deportivo manaba directamente de las tripas, sin pasar previamente por el odioso tamiz cerebral que todo lo digiere, lo analiza, lo estropea y lo condiciona, tal cual suena.
    Lo que está pasando en la actualidad tiene su fuente en la política y es tan sencillo que sonroja tener que exponerlo en su más profunda sencillez: La derecha ha ganado (y hay que felicitarla por ello), y la inmensa y aterradora multitud que liga sin pudor alguno y de forma impune fe con ideología o desarrollo económico con sacrificios sociales y laborales, se considera más español que nadie sólo por el hecho de llevar el trapo bicolor en algunas de sus múltiples acepciones y confecciones. Actúan con prepotencia, como si este país fuera algo propio de ellos y llevan esa actitud hasta las últimas consecuencias: O mío o de nadie, y no dudan en enfangar su imagen ante los ojos del mundo o apuñalarlo oralmente hasta desangrarlo cuando saben fehacientemente que los oídos del universo atienden con necedad a sus palabras. En esto, son como los machistas recalcitrantes que prefieren ver a sus parejas muertas y bien muertas antes que en manos de otro o, simplemente, no en sus manos ni bajo su malsano influjo.
    Ni un país es de un colectivo concreto, ni un ser humano pertenece a nadie ni un símbolo puede ser manipulado hasta ese punto. De nuevo me tengo que remitir, muy a mi pesar, al ejemplo británico, donde la bandera, lejos de ser una insignia patria de la derecha, representa a todos los británicos (Mod-ernistas incluidos) de cualquier ideología y todos la asumen como algo propio.
    Eso en España jamás podrá ser, porque se asimila prácticamente desde la Guerra Civil como símbolo de unos pocos. Y eso, en el fondo, no deja de ser algo triste.





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