martes, 22 de enero de 2013

La Rosa Negra (capítulo IX)

Éste es el penúltimo capítulo de La Rosa Negra, una novelita que, al parecer, es lo que más agrada a los que se adentran en las Visiones aromatizadas de añil (aunque también desconozco por completo la razón por la que el capítulo I apenas sí lo ha leído nadie, y eso que lo tiene todo el mundo a su disposición). A disfrutar de lo que está por venir, mis ansiosos lectores:


Capítulo IX. Cambios inevitables.
-En su laberinto sobran tres líneas -dijo
por fin-. Yo sé de un laberinto griego que
es una línea única, recta. En esa línea se
han perdido tantos filósofos que bien puede
perderse un mero detective.
J.L. Borges. La muerte y la brújula.


El morro de Celebinish golpeó con dulzura el rostro del muchacho, quien por fin acabó despabilándose gracias a la tenaz insistencia del animal. El caballo lanzó un amistoso relincho cuando Cunneda se puso en pie tambaleándose inseguro.
-¿Dónde estamos, amigo?
La noche había caído sobre el Monte Negro, pues ésa era su designación tal y como averiguó el joven posteriormente. Sus acuciantes inspecciones en torno suyo no despejaron la incógnita de su pregunta, aunque el paisaje tenía unos toques familiares que le pusieron aún más nervioso.
-¡Madre mía! ¿Qué te ha ocurrido? -Dijo acercándose cauteloso a Celebinish. Su pelaje, antes del color del carbón, era ahora blanco grisáceo y su mirada revelaba una aflicción versada, propia de los que ya han vivido demasiado o de los que han experimentado el mayor de los sufrimientos. Por un momento Cunneda se preguntó si él también tendría el mismo aspecto, pero el caballo le rehuyó antes de que el muchacho lograra acariciarlo.
-¿Qué pasa? Soy yo. ¿Tanto he cambiado o qué?
No se trataba de eso. De hecho, Cunneda no había experimentado ninguna variación física, salvo por la grieta transversal que ahora le partía la frente de parte a parte y el hecho de haber perdido la facilidad de sonrisa habitual en los niños y adolescentes. Si Celebinish se alteró fue por la sigilosa aparición de tres figuras que irrumpieron desde las sombras cercanas. Eran elfos y el más adelantado de ellos, de majestuosa estatura y espesa cabellera roja, iba fuertemente armado. Al verlo más de cerca creyó estar en presencia de un aparecido, tal era su semejanza con el guerrero al que encontró herido de muerte en el bosque.
Los elfos se detuvieron saludándole con una respetuosa reverencia. Luego el más alto invitó al joven a que le siguiera con un gesto del brazo; los otros dos se situaron a ambos lados del caballo. Como Cunneda se mostraba reticente a ir detrás de su anfitrión Celebinish le propinó un empujón en la espalda y el elfo, siempre sin hablar, se sirvió de la situación para tomarle de la mano.
-Aguarda un momento -pidió Cunneda dirigiéndose al animal-. No hay que ser muy listo para imaginarse que ya no nos veremos más. Y eso me duele; no sabes cuánto. Pero lo que más me preocupa es pensar que yo pueda haber sido el culpable de lo que te ha sucedido. No estoy muy seguro de ello, pero por si acaso es así te pido por lo que más quieras que me perdones.
Los elfos sonrieron con simpatía ante la escena mostrando sus blancas y perfectas dentaduras y, durante un segundo, los ojos de Celebinish lucieron con la energía de antaño. El muchacho se dio por absuelto cuando el noble corcel se dejó pasar la ano por la frente antes de marcharse escoltado por los caballerizos.
"Otra despedida", pensó amargado mientras se dejaba arrastrar pacíficamente por el guerrero pelirrojo.
Decenas de luciérnagas les abrían camino revoloteando incansables a gran velocidad; algunas, en línea recta, las más, formando complejas figuras en el aire. Aunque si uno ponía su atención fija podía llegar a descubrir que aquellas traviesas lucecitas verdiamarillas no eran en realidad insectos, sino diminutas hadas silvestres, de ésas que no hablan, pero cuya pueril malicia había provocado que numerosos viajeros del Mundo de los Humanos extraviaran sus pasos en pos de engañosas maravillas visibles sólo para sus ojos.

Efecto de luciérnagas, cogido de blog.educastur.es.
Enseguida llegaron a una sala sin techo, aunque con paredes naturales, puesto que se trataban de aquellas rocas con forma de fortaleza que Cunneda había divisado a lo lejos. Una doble hilera de menhires desiguales seccionaban el habitáculo en tres partes y justo el pasillo que se formaba en el medio, alfombrado con una oscura capa de tierra perfumada, remataba en una plataforma de granito a la que se habían añadido dos amplias abrazaderas sobre las que se podían descansar cómodamente los brazos, manteniendo, al mismo tiempo, una digna postura sedente. En efecto, aquello era el trono del Rey de los Elfos.
No bien lo vio el joven se sacudió la modorra de encima y se soltó de un tirón de la mano de su guía. Aunque su instinto no percibía ningún peligro inmediato debía de tener cuidado, ya que era perfectamente consciente de que él era un intruso llegado hasta allí para robarles a aquellas gentes su tesoro más preciado y eso, de una manera u otra, tendría que pagarlo.
"Me van a juzgar. En cualquier momento aparecerá el rey y me mandará matar", desconfió poniéndose en guardia.
Muy al contrario, con una refinada delicadeza, el elfo le cogió del brazo y le encaminó hasta el sillar de piedra. Allí el estupefacto muchacho fue obligado a sentarse y entonces la habitación se iluminó con un resplandor azulado que confirió a la sala un aspecto grandioso. El mayordomo se retiró unos pasos sin ofrecerle la espalda y se hizo a un lado.
Ante el joven las sombras danzantes de los hincados menhires comenzaron a materializarse en un número imposible de formas; algunas enormes y ominosas, otras más menudas y que inspiraban simpatía, pero todas increíblemente reales, de carne, sangre y huesos, con vida propia, y ninguna amenazante.
El primero en aparecer fue un hombrecillo de fiera apariencia, pero de ancha y campechana sonrisa. El elfo hizo la presentación:
-Cada uno de los pueblos ha enviado a la corte a un representante para brindarte sus respetos y darte de nuevo la bienvenida, mi señor. Éste es Liam, el Puka.
El citado se inclinó grotescamente haciendo que su cerdosa y desmeñada cabellera de color castaña le cubriera buena parte de su fisonomía y posó ante Cunneda una cesta de mimbre pelado repleta de frutos secos sucios de barro, entre los que asomaban hojas de menta, pequeñas ramas de alcornoque, gusanos, larvas y alguna que otra mosca. El elfo no pudo reprimir una rápida mirada golosa al regalo. Por su parte, el joven no supo cómo reaccionar por el presente.
Una vez cumplido su encargo el Puka cedió su puesto al siguiente invitado. Se trataba de una mujer alta y joven vestida con una capa gris sobre un largo vestido verde. Cunneda crispó las manos sobre los brazos del trono con disgusto manifiesto.
"¿Qué condenada broma es ésta?", pensó contemplando con ira el rostro de la mujer de ojos malva. Era exactamente igual al de su madre muerta.
-Ella es Bás de Rí, la Banshee -anunció el elfo que hacía las funciones de maestro de ceremonias.
-No has de preocuparte -aclaró la Banshee, cuyos pies no llegaban a rozar el suelo-. Hoy no derramaré lágrimas en señal de duelo. Antes bien he venido a entregarte lo que nunca antes había dado a nadie.
Banshee idealizada por Michelle Monique.
Se produjo un instante de expectación y, ante el pasmo de la fantástica muchedumbre que se agolpaba al fondo de la estancia, la mujer únicamente sonrió.
Los histéricos murmullos, y alguna carcajada nerviosa, rompieron el silencio ante aquel rarísimo acontecimiento: por vez primera desde que el mundo era mundo, una Banshee no sólo había hablado, sino que se había aventurado a manifestar una significativa muestra de alegría.
-Puedes considerarlo como el mayor de los honores rendidos jamás a un rey -sentenció alguien a su lado.
Cunneda giró ansioso la cabeza en esa dirección porque había reconocido de quién se trataba. La dama élfica, su dama, aquélla a la que vio antes de entrar en el jardín, estaba junto a él, magnífica en su porte y sobrecogedoramente sencilla al mismo tiempo; mirándole de manera peculiar, cual si estuviera realizando un agotador esfuerzo por no lanzarse a su encuentro y demostrarle lo mucho que le amaba. Pero permaneció íntegra en su sitio, con las manos enlazadas tranquilas en su regazo, de pie, en un gesto de curiosa sumisión hacia él.
"¿Me ha llamado rey? ¿A mí?", reflexionó receloso. Miró entonces a los que debían de ser pues sus súbditos y vio que éstos doblaban cortésmente la cabeza ante la recién llegada. Antes de que pudiera reclamar una explicación a alguien la Banshee volvió a tomar la palabra.
-No puedo permanecer aquí por más tiempo, pero antes quiero que sepas que, sea cual sea tu elección, siempre me tendrás a tu lado para velar por ti hasta que llegue la Noche de los Tiempos.
Dicho lo cual la mujer que encarnaba la tristeza lanzó un estridente chillido y se marchó en dirección a las estrellas.
"Y ahora ésta va y me habla de una elección", masculló el muchacho. "¡Dioses! ¿Es que nadie me va a decir claramente qué es lo que está pasando?"
Efectivamente, nadie le hizo ese favor. "Cada cosa a su tiempo -creyó oír en su interior-; vive el ahora y disfruta dejándolo fluir". Supo que esa franca vocecita era la suya propia y permitió que se sucedieran las presentaciones.
Y así fue que ante él pasaron elementales de todos los rincones del mundo entonces conocido, que era paralelo en extensión y perfil al desconcertante país al que había accedido Cunneda. De la fértil Hispania acudieron Beles, el Basajaún, y Turinnus, el Nuberu, así como pícaros Follets y voluptuosas lamias con fíbulas y broches de un material blanco que no era ni metal ni piedra y que confiaron de todo corazón a su rey. Kornikaneds, Korils y Poulpikans fueron mandados en embajada desde la frondosa Galia para hacer entrega de elaborados cuernos de marfil labrados en las defensas de animales extinguidos hacía ya varias eras. Un grupo de Mineros, encabezados por el gigante Geinon, de las húmedas tierras de Gales obsequiaron al soberano con todo tipo de joyas vírgenes extraídas de remotas vetas profundamente enterradas en el subsuelo de las colinas de Presseleu, y las córnicas Muryans, minúsculas entre la Gente Menuda, dejaron muestra de su presencia con una armadura de piedra, resistente y liviana, que tenía la facultad de adaptarse a cualquier cuerpo que se la calzara.
"¿Y a todos éstos qué les pasa? ¿Por qué no me hablan?", refunfuñó. "¿Quizá porque no les iba a entender?". Echó un vistazo de soslayo a la mujer que estaba levantada a su lado. "¿Y ella? ¿Por qué ni siquiera me mira? ¿Me tendrá miedo o algo así?"
-¡Vaya, vaya, vaya! Mira tú por dónde, éstas que vienen por ahí no necesitan presentación -comentó al volver su atención a la sala.
Tres xanas, Resignación, Deseo y Moderación, avanzaron en toda su espléndida desnudez como emisarias, ironía o burla expresa, del vastísimo Pueblo del Mar. Cunneda clavó los ojos en Deseo, pero ésta no parecía trastornada, o por lo menos lo disimulaba demasiado bien.
-¿Vosotras tampoco tenéis nada que decirme? -Indagó rápidamente el joven.
Las tres se miraron con aire de inocencia y entonces Resignación, adelantándose a las otras, respondió misteriosa:
-¿Quiénes somos nosotras para cuestionar las razones de un rey cuando hace lo que hace cumpliendo con su voluntad?
-¿O discutir sus inquietudes? -Añadió Moderación.
-¿O sus más íntimos deseos? -Puntualizó la que respondía a este mismo nombre.
-¡Oh! ¡Palabras, palabras y nada más que palabras! -Saltó Cunneda visiblemente airado-. ¡No os entiendo nada! ¡Pero, bueno! ¿Nadie sabe decir las cosas con claridad?
El muchacho miró desesperado tanto a su maestro de ceremonias como a su dama. Pero quien habló otra vez fue la más veterana de las xanas.
-Si el rey llora, el Mundo se estremece -dijo.
-Si sueña, el Mundo se transforma -apuntó la segunda.
-Si el rey juega a ser hombre, ¿quién habrá de oponerse a su capricho? -Culminó Deseo entrecerrando ladina los ojos.
Aquello sonaba descaradamente a reproche. Sin embargo, antes de que Cunneda pudiera dar rienda suelta a su enojo la dama élfica rompió su quietud y, con dedos de seda, le tapó la boca. Su otra mano aferraba la del enfadado rey. La mujer hizo un gesto de asentimiento a Resignación, la cual mostró una cajita de coral rojo en cuyo interior reposaba una inmensa perla gris perfectamente esférica.
-Con los saludos de mi pueblo, mi señor.
Ni el tono ni las maneras de la Sirena denotaban malestar o desagrado. El trío comenzó a retirarse con la cabeza gacha y caminando de espaldas. En esto, Deseo volvió a alzar la mirada contemplando directamente al monarca.
Oleaje en el Cantábrico, donde siempre tuve la sensación que el mar estaba plagado de "otros" seres...
-Por los besos de un rey bien merece la pena morir -anunció con afecto.
Sus hermanas la miraron arredradas mientras se ensombrecía el rostro de Cunneda.
En la lejanía se escuchó el furioso bramido de la mar. Una burbujeante lengua de agua salada prosperó desde el fondo del salón y se detuvo bajo las xanas bañándoles los pies.
-Insolente -recriminó Resignación a Deseo.
-Serás nuestra perdición -se quejó temerosa Moderación.
Las tres se fundieron con el agua, que comenzó a replegarse al lugar de donde manó. Y así se esfumaron dejando tras de sí solamente el eco de la risa provocada por la más joven.
Tan abatido quedó Cunneda que ni reaccionó ante la niebla que comenzaba a condensarse en medio de la estancia. La dama ya se había despojado totalmente del manto de impasibilidad con el que se arropó al emerger desde detrás del trono y, en un ademán de infinito cariño, se agachó frotando su sien contra la del joven, mostrándole así que compartía su desasosiego.
-¿Dónde estabas todo este tiempo? -Musitó dejándose mimar porque sentía la necesidad de sustento.
-Esperándote -respondió la dama en el mismo matiz insinuante-. Hace una verdadera eternidad que aguardo tu regreso.
-Eso no puede ser. Estoy seguro de que si te hubiera conocido antes nunca te habría dejado -aseveró mirándola embelesado. Tanto más la contemplaba más se perdía en el embrollado universo de su atemporal belleza-. Dime una cosa, ¿eres una reina?... No, espera; quiero decir si eres mi reina.
La mujer se apartó alagada recorriendo con los dedos el contorno de la cara del rey y, alzando una ceja, señaló con la cabeza hacia el centro de la sala.
-Más tarde, mi vida -advirtió incorporándose-. Aún hay quienes requieren de tu atención.
Impregnado con las brumas vaporosas del imperecedero Norte, de donde procedía, Woepodk, un enorme Troll de Bunnerfjäll, ofreció sin mediar palabra su maza y su escudo hechos de roca viva. El desconcierto de Cunneda fue mayúsculo cuando vio aproximarse a un Trasgo que llevaba en las manos un singular trofeo: el ensangrentado pellejo de un venado de dieciocho puntas.

Imagen de la película The troll hunter, cogida de www.cinemaseries.es.
-¡Tu arma! ¡Maldita sea! -Gritó al edecán botando nervioso del trono-. ¿Es que no ves que el enemigo está aquí?
El maestro de ceremonias, que hasta entonces mantenía los brazos cruzados sobre el pecho, se abrió la capa para mostrar que iba desarmado.
"¿Cómo es esto? Juraría que antes tenía una espada", se dijo Cunneda comprobando, en efecto, que los pertrechos de guerra que antes vestía el elfo habían desaparecido. "Pero si yo la vi, ¡la vi!"
- Aquí no hay enemigos que valgan, mi señor -explicó el otro con calma-. Todos los pueblos son uno, sin distinciones, y como uno solo se somete a tu voluntad por amor a tu persona. Éste es Adonain, el Portador de la Corona.
El Trasgo de anaranjadas pupilas brincó ligero al asiento real y desde su nueva estatura colocó la piel del pardo ciervo sobre la cabeza del muchacho. Éste dio un respingo al notar la pringosa frialdad de la muerte reciente refrescando su cráneo, pero le sorprendió que la espesa cornamenta no le resultara para nada pesada. El resto del pellejo se vertió, a modo de cálida bernia, sobre sus ropas manchándolas de grasientos lamparones y apelmazados grumos de sangre seca.
Ante la feroz facha que mostraba el coronado, Adonain alzó los brazos bramando con estridencia y la masa obediente de Enanos, Duergars, Redcaps, Trolls y Goblins que le acompañaban hincaron a un tiempo la rodilla en tierra.
El monarca recorrió con la mirada a los que se humillaban ante él y evidenció su contento, tal era el poder que empezaba a calibrar que tenía. Entonces, tan repentino como un rayo tarda en aparecer y desvanecerse, se hizo la oscuridad. Las sombras de los megalitos volvieron a tragarse hambrientas a las figuras de sus vasallos y a Cunneda le sobrevino un pesaroso sentimiento de abandono.
-¡No! ¡Aguardad! Todavía faltan más por venir. Decidme, si no, ¿dónde están Lucífero y el Padre de los Gusanos? ¡Tampoco se ha presentado el que gobierna al Pueblo de los Muertos! ¡Contestad a vuestro rey! ¡Os lo ordeno!
Este estupendo dibujo del dios celta Cernunnos me sirve perfectamente
para ilustrar la forma en que el trasgo coronó a Cunneda. Está cogida de dancingmooncoven.blogspot.com.es. 
Pero ya no había nadie; ni siquiera su flemático mayordomo estaba ya allí para atender a sus exigencias. La sala, como si hubiera perdido parte de su magia, pasó a ser una simple agrupación de rocas entre las que correteaba ruidoso el rociado viento de las zonas altas. En el cielo, un trillón de estrellas lanzaban tunantes guiños cómplices al solitario joven, quien salió presuroso del lugar abandonando los bienes que le habían cedido los delegados de las razas.
En su precipitada fuga llegó sin darse cuenta hasta el único árbol que crecía en la colina y bajo su denso ramaje se detuvo sobrecogido por la altura y la supuesta edad que tendría aquel roble. A través de una mínima rendija de su corteza tanto él como Celebinish habían salido del Mundo Subterráneo, pero eso era algo que él ignoraba y que, de haberlo sabido, tampoco le hubiera importando mucho, tan deprimido estaba.
-Queda muy poco tiempo, mi señor, y todavía tienes que cumplir tu destino.
El rey se dio la vuelta con lágrimas en los ojos y la dama se estremeció al ver el inesperado llanto de su amado.
-¿Qué es eso de que no hay tiempo? -Formuló Cunneda nada más controlarse-. ¿Tiempo para qué?
-Ven conmigo -le dijo la mujer asiéndole del brazo-. Te llevaré a donde está lo que tanto ansías.

Para esto, me gustaría que sonara Triskell y su mágico tema Ar voerion.



Y no me resisto a incluir al maestro de las cuerdas, Alan Stivel, con su dulcísima Suite des montagnes (¡Vive la Bretagne! Va por ti, monsieur Jean-Yves Kerzulec).



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