lunes, 3 de septiembre de 2012

Quinta entrega de Deliciosamente Humano

Ángel de Virginia Carrillo, recogida del blog No hay como lo de uno.





Continuando con la saga de Deliciosamente Humano, he aquí una nueva entrega titulada:


                                                       Redención (Antifábula)

Sobre el suelo terroso de una madriguera se hallaba tumbada una alimaña. La cueva era más bien reducida y la alta fiebre que irradiaba de la raposa había caldeado la guarida hasta límites insoportables. Daba lástima contemplar al antaño orgulloso animal: su piel ya no lucía espesa como antes y se encontraba sucia y desastrada; los huesos le sobresalían transparentándose a través del pellejo; su cara se había afilado, haciéndose más ahusada, y los ojos, sin chispa de brillo casi, se hundían en las remotas cuencas disipándose en su fondo.
Durante largo tiempo, más del que su memoria podía retener, había hecho uso de todo tipo de trucos para poder llevarse sin éxito algo a la boca. Lo intentó mediante la astucia y fracasó, lo mismo ocurrió al utilizar la fuerza. Tras tan extensa lista de frustraciones continuas estaba llegando al cabo de su existencia. Se malmoría de puro hambre.
El Buen Dios, que todo lo ve y todo lo oye, no se explicó cómo el animal había dejado de luchar por su supervivencia; incomprensiblemente ese instinto primario estaba fallando con descaro. De ahí que enviara a un ángel para ver si éste averiguaba lo que le ocurría a la anómala zorra, quien en su antro aguardaba impaciente el final, completamente hastiada de la vida.
Al principio la raposa vio un minúsculo punto de luz flotando en la penumbra, si bien creyó que eran alucinaciones causadas por su extrema debilidad enfermiza. Después el resplandor aumentó de volumen y aquello ya empezó a inquietarla un tanto.
“¡Caray! Ya podría ser mi muerte un poquito más rápida”, pensó.
Luego la esfera luminosa dejó entrever en su interior a una figura difusa que acabó por materializarse bajo la forma de un ente tan bello que nadie hubiera sabido decir si era hombre o mujer. En cualquier caso, el ángel terminó por plantarse ante la zorra sentado con las piernas cruzadas y la mirada fija en el animal.
–¿Eres tú la Muerte? –Preguntó éste con voz reposada.
–No, ése es otro ángel. Yo sólo soy un enviado del Señor.
Ángel de la Muerte, hábilmente descosido del blog Linkmesh.
El Serafín habló con tono dulce, aunque profundo, y sus palabras provocaron ecos de cristal en la cueva. La zorra le echó un vistazo de arriba abajo guiñando los ojos para protegerlos del fulgurante ser celestial.
–¡Ah, ya! ¿Y bien?
Cualquiera hubiera reaccionado poniéndose como mínimo nervioso o incluso abrazándose para no dejarse llevar por el miedo; muchos hasta habrían caído de hinojos para esperar que el ángel les revelara su mensaje. Pero la raposa no actuó así. Y quizá el motivo de ello fuera que como en toda su extraña vida algo había funcionado tan anormalmente mal, la zorra supuso que Dios se había olvidado de ella y, claro, al final ella también terminó por olvidarse de Dios. Por eso su respuesta emocional fue la del que no prevé que le pueda llegar nada, ni bueno ni malo, por parte de un ángel, aunque éste se le aparezca a uno como por arte de magia.
–Te soy enviado para aclarar una duda –respondió el Serafín.
–Estupendo –exclamó con dejadez el animal–. Pues aquí estoy; a tu disposición.
–Nuestro Padre se preocupa por ti. Por muy raro que parezca, nos da la sensación de que te has abandonado a tu fin y no entra en el Plan que las bestias deban ni quieran suicidarse.
El ángel se calló un instante y miró a las paredes que oprimían el ambiente. Levantó entonces la mano señalando hacia la salida.
–¿Te importa si salimos?
–En absoluto –le atajó la zorra–. Adelante.
En un abrir y cerrar de ojos se encontraron al aire libre a la entada de la madriguera. Aunque los dos continuaban exactamente en la misma posición, el animal pareció que respiraba algo mejor. No obstante, al Serafín, por sí mismo, el cambio le resultaba indiferente y si había hecho aquello fue por la zorra.
–Como te iba diciendo, no es habitual que un animal quiera acabar con su vida de esa manera –prosiguió el mensajero de Dios.
–¿Lo llamas suicidio?
–Sí, por supuesto. No tiene otro nombre.
–¡Pues yo digo que es impotencia y rabia! –Gritó la raposa apartando la mirada del ángel y clavándola en una pareja de cuervos que volaban por allí recortando sus negros perfiles contra el limpio añil del cielo. Las aves se posaron en la rama de una encina cercana y se quedaron contemplando la extraña escena. Uno de ellos llevaba un trozo de queso blanco en el pico.
–¿No reconoces en mí a nadie? –Continuó diciendo el animal–. ¿No puedes ver quién soy yo en realidad?
–La verdad es que no caigo –reconoció el Serafín.
–Soy muy vieja. Tanto como la historia escrita en la imaginación de los hombres. Soy uno de los personajes principales de cuentos y leyendas. Represento a una generalidad.
–¡Vaya! Y siendo tan importante, ¿deseas morirte? –Inquirió con curiosidad el investigador divino.
–Sí, lo quiero –los ojos de la zorra se tornaron amarillos de ira–. ¿Qué han hecho de mí los fabulistas? ¡Absolutamente nada! Tan sólo soy un medio para que ellos puedan terminar “bien” el relato que se inventan –sentenció con ácida sorna–. De la moraleja soy el ejemplo que no se debe de seguir, soy la representación del mal… ¿No es irónico que ahora esté hablando tranquilamente con un ángel?
–Creo adivinar ya quién eres –afirmó el Serafín–. Y, sin embargo, me parece recordar que alguna vez ya conseguiste tus fines.
Precioso dibujo de la fábula la zorra
y el cuervo cogido de cuentos.eu

Al decir esto el ángel miró a la encina donde estaban los cuervos y la zorra siguió la mirada del ser celestial.
–¡Oh sí! Claro. Un mísero trozo de queso mohoso y bastante amargo. Pero eso no me basta para toda una eternidad –pronunció–. Y ya está bien; estoy cansada de hacer siempre el bufón. Lo que no entiendo es cómo me ponían el apelativo de “astuta zorra” cuando la verdad es que me han estado mostrando una y otra vez como a un animal estúpido hasta la saciedad, que sólo es capaz de superar a otro aún más estúpido que yo. Lo dicho, ya está bien; si nadie se fija en mí tal y como soy realmente, ¡acabo con todo ahora mismo!
–Bueno, me da la sensación de que eso no depende enteramente de ti. Aunque no lo quieras, ¿Cómo vas a evitar que cualquier escritor no te vuelva a resucitar recuperándote para otra narración? –Quiso saber el ángel.
–Me rebelaría entonces –escupió la raposa.
–De nada te iba a servir; lo sabes muy bien. No posees una voluntad propia, puesto que la tienes repartida entre los humanos que hacen de ella lo que les viene en gana, porque ellos sí que son libres.
La zorra gimió desesperada.
–¡Qué absurda es mi vida! –Saltó–. ¡Qué injusta es mi existencia!
–¡Cuán instructiva para los demás! –Replicó el ángel-. Y quien quiera entender, que entienda.
La zorra miró con odio al ángel. Le aborrecía a él y al Creador, porque se sentía sola e indefensa frente a su manipulado destino y nadie movía un dedo para ayudarla y, mucho menos, para comprenderla. Pero enseguida su ánimo, en un cambio brusco y repentino, se relajó hasta el extremo de que incluso terminó por sonreír.
–Oye, ¿es verdad lo que has dicho antes? –Le preguntó al ángel.
–¿A qué te refieres?
–A eso de que en el fondo tengo mi utilidad. ¿No es eso lo que has querido decir?
–¡Muy cierto! –Dijo el Serafín riendo–. Tú misma lo has apuntado: eres todo un ejemplo. Y, si bien es verdad que tampoco eres el modelo que hay que imitar, ese mal que crees tener en el interior de tu ser lleva siempre a un fin bueno, por tanto no es una maldad en el sentido estricto.
–Entonces mi vida tiene un sentido.
–Sentido en la fantasía de los hombres, sí.
–¡Donde sea! Me da igual con tal de que tenga sentido… Sí, quizá tengas razón. Era una tontería dejarme morir como estaba haciendo.
–En especial cuando ni siquiera puedes morir –el ángel se incorporó y alzó el rostro a lo alto–. ¿Quién sabe? A lo mejor cambia todo para ti a partir de ahora.
–¿Qué pretendes insinuar? –Interrogó la zorra levantándose a su vez, pero no obtuvo respuesta, porque el Serafín ya se había ido del mismo modo como llegó–. ¡Vaya por Dios! Se marchó sin despedirse… Puede que no haya sido más que un sueño, aunque me encuentro mucho más animada.
La zorra se estiró desperezándose con elegancia y luego dio paso al aseo lamiendo sin prisas su pelaje. Su actividad matutina se vio interrumpida por unas risas que procedían de la encina.
–¡Eh, raposa! –Llamó el primero de los cuervos–. ¿Con quién hablabas? No me digas que empiezas a delirar por la edad.
–Sí. Nos encantaría ver que ya estás chocheando –refirió el segundo pájaro, quien había dejado el queso descansando seguro en un hueco de la rama–. O mejor todavía, que has perdido definitivamente la chaveta. A ver, chiflada, ¿por qué no intentas quitarme de nuevo el queso?
El cuervo adoptó una cómica postura de tenor, con una de las alas apoyada sobre el abultado pecho y la otra extendida hacia atrás, y lanzó un desagradable graznido haciendo como que cantaba. Acto seguido las dos aves tuvieron que sostenerse la una a la otra para evitar desplomarse de las carcajadas que soltaron.
La zorra, lejos de enojarse, se aproximó al árbol situándose justo debajo de la rama. Allí se sentó cómodamente sobre sus cuartos traseros.
–Veo que tu voz sigue siendo tan espantosa como antes –declaró con suavidad.
Los córvidos volvieron a desternillarse con ganas.
–No creas, no. Que ahora me acerco todas las mañanas a casa del ruiseñor para recibir clases de melodía. ¿Acaso no te place? Lo hago en honor tuyo.
–Quizá sea verdad y quizá no. Yo no sabría decírtelo con seguridad, pobre de mí. Pero de una cosa estoy más que segura: y es que ese apuesto amigo tuyo canta mucho mejor; apostaría la cola.
El aludido se hinchó de orgullo y esa vez no coreó la risa de su alegre compañero.
–Para el carro, colega –dijo molesto–. ¿Se puede saber de qué te ríes? Lo que ha dicho no es ninguna tontería. Puede que ahora lo estés haciendo mal a posta para fastidiarla, pero es innegable que en realidad cantas de pena. Peor que yo, fijo.
El dueño del queso calló y se le quedó mirando perplejo.
Dibujo de dos cuervos sobre una rama

–No seas estúpido, muchacho –advirtió–. ¿No ves que lo hace queriendo porque eres un primerizo en estos lances y no distingues aún la mentira en sus dulces palabras?
La raposa se sonrió feliz. El engranaje ya estaba en marcha y a ella sólo le restaba esperar con paciencia.
–¡no, no, no! Lo único que veo es que tienes más envidia que vergüenza, viejo. Estás celoso de mí porque quien cayó en su trampa fuiste tú, y de una manera bastante grotesca… ¡Ja! Y me llama novato a mí, ¡no te fastidia el listillo éste! –Se burló el inexperto cuervo.
El otro montó en cólera al ver que no se podía razonar con su envanecido compañero y le propinó un doloroso picotazo saltándole tres plumas azabaches del cuello. La raposa las vio caer flotando perezosas como señal de buen augurio y se notó satisfecha.
Arriba, en la encina, las dos aves se mataban literalmente a golpes de pico y zarpazos entre insultos y graves injurias. En una de las oscilaciones provocadas por la pelea el queso se deslizó de la rama y la zorra lo atrapó ágil en pleno vuelo.
Los cuervos cesaron de inmediato en su idea de desplumarse mutuamente y permanecieron quietos, atónitos ante el nuevo engaño. La raposa, sin embargo, no se regodeó en su victoria; por el contrario, les dio la espalda, levantó el rabo y ventoseó para demostrar su desprecio hacia aquel par de cretinos carroñeros.
La zorra y las uvas, recogida esta imagen
de Argumentos PTapias
Un tanto repuesta con el refrigerio prefirió pasearse antes que volverse al cubil. Al cabo de una hora acertó a pasar por un lugar asaz conocido que despertó malos recuerdos en ella: en el patio de una finca de campo crecía una elevada parra de la que pendían hermosos racimos de uvas doradas.
Cebeceó escarmentada rememorando la vez anterior y se acercó a la mata que colgaba de un techo para dar sombra al portal de la casa. “De nuevo demasiado altas”, pensó, si bien no se marchó enseguida. De repente, un viento fresco y fuerte, que tenía prisa por llegar a una cita en el lejano Norte, hizo tambalear a la cepa tumbando en su envite a muchas de las uvas que rebotaron en el suelo con sordos sonidos de madurez. La zorra no podía creer en su buena fortuna y, sin pensárselo dos veces, se dio un atracón con los jugosos frutos.

–Estuvo bien como postre –se felicitó relamiéndose–. Aunque también me gustaría probar un poco de carne.
Miró a su alrededor buscando alguna gallina despistada o a un tierno lechoncillo perdido del cuidado de su madre, pero en aquella granja no se veía a nadie.
–¡Bah! Seguramente caminando daré con algo. No hay que desaprovechar un día como el de hoy.
Continuó su marcha y se adentró en un bosquecillo de donde procedía un jolgorio de bulliciosas voces. Al llegar al riachuelo que atravesaba la foresta de parte a parte se topó con una llamativa reunión de animales como sólo otra vez había visto la raposa.
–¿Qué pasa aquí? –Preguntó a un enorme oso pardo que departía despreocupado con un viejo y canoso jabalí de retorcidas defensas.
–Se han vuelto a retar –respondió el maleducado plantígrado sin ni siquiera volverse para mirar a su interlocutor.
–Pero ¿quién?
–La liebre le ha pedido la revancha a la tortuga –aclaró un conejo antes de apartarse aterrado al descubrir quién era la que hacía las preguntas.
–No te preocupes, pequeño mío, que ya vengo comida –dijo la zorra sin poder disimular el babeo que goteaba de sus fauces.
De todas formas, el conejo ya se había alejado lo suficiente, resguardándose tras de una familia de erizos, como para sentirse a salvo. La zorra decidió no hacerle caso y se encaminó hasta la línea de salida donde se hallaban dispuestos los contrincantes. No se olvidó de saludar a la inaccesible tortuga, pero a la veloz liebre se la llevó a un aparte.
–Querida amiga –le susurró confidencial al oído–, esta vez no seas tonta y corre desde el principio. Tienes todas las de ganar. Luego ya habrá tiempo para descansar en el podio del campeón y entonces podrás comer todo cuanto quieras en el banquete de la victoria.
La liebre estiró sus prolongadas orejas amoscada por la excesivamente amable preocupación de la raposa.
–¿Y tú qué negocio tienes en todo esto? –Consultó–. ¿Por qué te interesa que yo gane la carrera?
La zorra hizo un mohín con el morro, como para quitarle importancia al asunto, y volvió a hablar en voz baja:
–Verás, me molesta sobremanera que las cosas no sean como son. Así de sencillo. Si tú eres infinitamente más rápida que la tortuga, lo normal es que la venzas con facilidad en esta competición. Aquí no valen astucias ni tesones. Sólo hay que correr y demostrar quién es la mejor. Punto.
La zorra y la liebre, de clubaccionpositiva

–¿Sabes? Desde luego razón no te falta… Amiga. Sí, sí. Eso haré: correré sin parar y demostraré a todos lo equivocados que estaban conmigo.
–Así me gusta –le animó la raposa–. Por cierto, ¿no te gustaría que te calentara con mi cola el sitio mientras tanto? La mañana está fría y podrías resfriarte por el esfuerzo que vas a hacer.
–No me importa –aseguró la liebre invitando a la zorra a que se sentara en el trono del ganador, que en realidad no era más que un tronco de árbol seco bastante parecido en su forma a una silla.
Un lobo gris facilitó la señal y el desafío dio comienzo. Como era de esperar, la tortuga perdió finalmente, ya que su rival siguió al pie de la letra el consejo de la raposa y no ofreció cuartel a su adversaria hasta que traspasó la meta como una exhalación. Los animales celebraron su triunfo, que suponía la vuelta al orden natural de las cosas, entregándole un trofeo a base de flores de trébol y una gran comilona a la que la zorra no se presentó, puesto que aguardaba sentada en el trono.
Cuando acabó el festejado festín la liebre se acercó a la raposa.
–¿Cómo fue todo?
–Fantástico. No podía ir mejor. Hice lo que me dijiste y gané de sobra. Además, me he atiborrado de comer y me siento ahora muy pesada –contestó la liebre con un bostezo de cansancio–. Gracias por tus desprendidos servicios.
–Fue un placer, querida –afirmó la zorra cediendo el asiento a la ganadora de la jornada.
La liebre se acomodó y en un instante se hallaba profundamente dormida, sin mostrar temor alguno, puesto que la raposa le había demostrado con creces su amistad. Pero ésta, no bien comprobó que la respiración de la ingenua era profunda y acompasada, se abalanzó sobre ella y la devoró degustando contenta su sabrosa carne.
Lo hizo sin remordimientos de ningún tipo, sabiendo que no la había matado porque la liebre, al igual que la zorra, era una  fantasía inmortal del hombre, incapaz de desaparecer, tal y como antes se lo había explicado el ángel a ella.
Con las primeras sombras del crepúsculo el renacido animal se alejó hacia su cado, pero antes de entrar exclamó:
–A fe mía que Dios existe y que es justo, y no como otros.
Y al decir esto último volvió sus expresivas pupilas hacia mí, con una mirada que quería decir mucho más que si hubiese hablado con palabras.


Me gusta siempre que puedo añadir un toque de humor. Este chiste que me ha hecho sonreír lo recogí del blog El Rechiste

Y ahora el esperado toque musical. Nada mejor que el "Looking for a fox", de Clarence Carter (1968):



Por si alguno tienen curiosidad, he aquí la letra y su respectiva traducción:

I'm all alone and fancy free (Estoy absolutamente solo y libre por completo)
But this ain't the way I wanna be (pero no es el estado en el que quiero estar)
Now, girls, get your game up tight (así que, nenas, liberad vuestro juego más prieto)
We're gonna have a (vamos a tener un)
Wing ding doodle(*)  tonight (chirripaun dauntaun esta noche)
But right now (pero ahora mismo)
I'm looking for a fox (estoy buscando una zorra)
I'm looking for a fox (estoy buscando una zorra)
I'm looking for a fox (estoy buscando una zorra)

Tonight, the sky's the limit (Esta noche, el límite es el cielo)
I got some money and I wanna spend it (tengo algo de dinero y quiero gastarlo)
It's Saturday night and I wanna play (Es sábado por la noche y quiero jugar)
I'm gonna groove til the break of day (voy a menearme hasta que rompa el día)
Now lookie here (Ahora echa un vistazo a esto)
I'm looking for a fox  (estoy buscando una zorra)
I'm looking for a fox  (estoy buscando una zorra)
I'm looking for a fox  (estoy buscando una zorra)
Got a brand new (me he conseguido)
Pinstripe suit of clothes (ropa con un traje de rayas)
Big wide polka dot tie (corbata con un gran nudo tipo polka)
Cufflinks as big as jaybird eggs (gemelos tan grandes como huevos de cuervo)
And look at this (y mira esto)
Shoes made out of alligator hide (zapatos confeccionados con piel de caimán)
Wanna say something else here (ahora quiero decir algo más)
I'm ripe and ready and hot to trot (estoy maduro y dispuesto y caliente para el baile)
Girl, and you can get anything I got (nena, y tú puedes conseguir todo lo que tengo)
I got the money, girl (Tengo el dinero, nena)
If you got the time (y si tú tienes el tiempo)
All you've go to do now (todo lo que tienes que hacer ahora)
Is give me the sign (es darme la señal)
Look here (mira esto)
I'm looking for a fox  (estoy buscando una zorra)
I'm looking for a fox  (estoy buscando una zorra)
I'm looking for a fox  (estoy buscando una zorra)
I'm looking for a fox to move me  (estoy buscando una zorra que me mueva)
I'm looking for a fox to groove me  (estoy buscando una zorra que me haga menearme)
I'm looking for a fox  (estoy buscando una zorra)
That's outta sight (eso está fuera de toda duda)
Help me now when I say it (ayúdame enseguida cuando digo eso)
Looking for a fox (estoy buscando una zorra)
Help me again, said ooh (ayúdame otra vez, di ¡uh!)
Looking for a fox  (estoy buscando una zorra)
I know you can do that (sé que puedes hacerlo)
Looking for a fox...  (estoy buscando una zorra)
(*) El wing ding doodle es un baile sensual y sexual que popularizó el famoso cantante de Soul norteamericano y ciego Clarence Carter en 1968. El baile implica sacudidas y meneos de zonas bajas durante toda la noche. Pero yo lo he traducido como me ha dado la Santa Gana. ¡Faltaría más!

lunes, 20 de agosto de 2012

Transparente transparencia de amargo y ácido limón


Imagen prestada de La Vanguardia. Con un fino sentido del humor.

Buen chiste tomado de Passimblog.com y que supone el primero de la siguiente
tanda sobre la crisis española vista desde el exterior.







Buen chiste que viene ni que pintado del blog Puerta de Babel. 

Chiste de Bennet cogido de Gatos Sindicalistas.

Otro buen ejemplo de sentido del humor atrapado de Rankia.


Éste de Forges ya es realmente sangrante. Recopilado de El Disidente.

Desde hace algún tiempo, meses, participo con mi firma (mi bolsillo tiene un inmenso agujero)  en varias de las campañas mundiales que se llevan a cabo desde Avaaz, una curiosa comunidad activista a través de Internet, que cuenta con más de 15,5 millones de seguidores en todo el mundo.
La verdad es que creo que se trata de un movimiento que por el momento tiene la fuerza (y la fe) suficiente como para mover objetos inamovibles aplicando una fuerza irresistible (a través de la recogida de firmas). Y muchos de los gobiernos del planeta han hecho caso ya en numerosas ocasiones a tantas voces, que, pese a hablar idiomas diferentes, han conseguido encontrar una canalización lo suficientemente inteligente como para dar salida a las demandas que preocupan al común de los mortales. Pequeñas cosas que, pretendiendo mejorar un mínimo el equilibrio natural de las cosas, suelen chocar de forma chirriante y brutal contra los intereses económicos de una selecta clase inalcanzable, pero que, gracias al Gran Modernista, están encontrando en este movimiento la horma de su zapato (lo que los convierte en más peligrosos que antes, si cabe).
Contando con el amparo de este inmenso colectivo, me he atrevido a plantear una reivindicación que considero justa para la totalidad de los españoles, tengan la mentalidad que tengan, alienten la ideología que alienten y defiedan los pensamientos que defiendan. El planteamiento es muy simple: Tan sólo quiero conocer las cantidades que se les dieron a cada banco durante los rescates que se llevaron a cabo a comienzos de la crisis. El texto de la propuesta reza como sigue (y si lo consideras medianamente justo, te pediría, ¡oh lector!, que la apoyes con tu magnánima y poderosa firma:
"No es lógico que al principio de la crisis (2007) se realizara un esfuerzo por parte de todos los contribuyentes españoles para salvar mediante una potente inyección económica a las entidades bancarias de este país (rescate) y que a fecha de hoy (tras el paso por Moncloa de dos presidentes de distinto signo político) desconozcamos por completo las cantidades exactas que han recibido cada una de ellas, y cuántas veces han sido rescatadas desde el Gobierno (con o sin ayuda de la UE). Quiero recordar que el grifo de los bancos sigue estando bastante duro como para que se abra a nuevas oportunidades de negocio, que son lo único que puede salvar a este extraño y melancólico país de la amenazadoramente ambiciosa voluntad imperialista merkeliana...
Necesitamos conocer con pelos y señales (detalles y cifras concretas) las cantidades percibidas por cada una de las entidades bancarias rescatadas en España, cuántas veces han sido rescatadas y cuál ha sido el fin real de ese rescate. Y es que la finalidad no siempre casa con el bien común de un pueblo, y el pueblo, al menos, tiene derecho a satisfacer su sanísima curiosidad".

Creo que el enlace para firmar es éste (¡ja, ja, ja! Por ahora sólo está mi firma y queda patético, ¡ja, ja, ja! Pero, eso sí, la solicitud no es ninguna payasada):

 http://www.avaaz.org/es/petition/Transparencia_en_el_sistema_financiero_de_cajas_y_bancos/?cXgmCbb

La música que acompaña a este tema es por razones obvias Pretty Green, de The Jam. Aquí tenéis la letra y la traducción. Que la disftrutéis:

I've got a pocket full of pretty green - Tengo el bolsillo hasta arriba de pasta.
I'm gonna put it in the fruit machine - Me lo voy a jugar en la máquina tragaperras.
I'm gonna put it in the juke box - Lo voy a gastar en la máquina de música
It's gonna play all the records in the hit parade - Voy a escuchar todos los discos de la lista de éxitos.
This is the pretty green - this is society - Ésta es la pasta - Esto es la sociedad.
You can't do nothing - unless it's in the pocket - No puedes hacer nada - salvo si estás dentro del bolsillo.
- oh no -
I've got a pocket full of pretty green - Tengo el bolsillo hasta arriba de pasta.
I'm gonna give it to the man behind the counter - Se lo voy a dar al tío que está detrás del mostrador.
He's gonna give me food and water - Me dará comida y agua.
I'm gonna eat that and look for more - Me comeré eso y me iré a buscar más.
And they didn't teach me that in school - Y eso no me lo enseñaron en la escuela.
It's something that I learnt on my own - Es algo que aprendí por mi propia cuenta.
That power is measured by the pound or the fist - Que el poder lo miden la libra o el puño
It's as clear as this oh - Y eso está tan claro como esto, ¡oh!
I've got a pocket full of Pretty Green! ¡Tengo el bolsillo hasta arriba de pasta!



miércoles, 15 de agosto de 2012

Encuentros en la primerísima fase


Me he tenido que sacudir durante meses la vergüenza (y el denso polvo dorado acumulado en las quebradizas telarañas de mi memoria) para incluir esta experiencia en el blog. Y si me da apuro es porque se trata de lo que Iker Jiménez denominaría un encuentro con lo insólito, algo que no entra en la cabeza del común de los mortales, que lo considera “cuentos de hadas” (en el más peyorativo sentido del término), por lo que no te acaban tomando en serio.
Pero, por otro lado, uno empieza a tener una edad en la que la opinión ajena no pesa ya tanto en mi actitud ante la vida, por lo que mi tendencia natural es hacer lo que me apetece; y eso no es otra cosa que narrar lo ocurrido en aquella nubosa tarde de sábado de 1984 en Pamplona.
He de aclarar que, para desgracia de mis padres, me gustaba más lo que rodeaba al mundo universitario que el estudio propiamente dicho. Quizá por ello, y aunque acabé Periodismo (Ciencias de la Información, que se llamaba por entonces) en la mejor Universidad de aquella época (La de Navarra), soy a mi edad un mero juntaletras mediocre, incapaz de salir de la base para alcanzar una miserable jefatura, mientras que el resto de mi promoción (1989) se codea con las altas esferas entre los forjadores de opinión de este siniestro y peculiar país (conste que lo digo sin acritud de ningún tipo, pese al recochineo que se adivina latiendo entre líneas y palabras).
Así, por ejemplo, allí obtuve mi primer cero (patatero y literal) por parte de una profesora, Rosa María Echevarría, de la que apenas aprendí nada de nada y que me pedía que en lugar de ejecutar una prueba de conocimientos le redactara un examen como si se tratara de una novela (paradójicamente, se trataba de la asignatura de Literatura). Por contra, del Maestro (con mayúsculas) José Antonio Vidal-Quadras tomé prestados sus amplios conocimientos en redacción (de todo tipo, desde la periodísticas hasta la literaria, pasando por la epistolar y, si me apuran, la cinematográfica), mientras que gracias a Carlos Soria me considero una mejor persona (me auguró que sería un buen padre, y así lo creo que soy) y un mejor profesional, intentando por todos los medios ubicar la ética por encima y por delante de cualquier tipo de privilegio malavenido, ya sea personal, político o económico (quizá también por eso no termino de despegar de la base, ¿quién sabe?). Una práctica, para desgracia de esta imposible profesión, harto difícil y no siempre aplicable (mi cara se enrojece, y no sólo de rabia, al escribir esto).
Por entonces prefería crear clubes de relatos cortos, participar en encuentros sobre Tolkien (contando, incluso, con la presencia de José Miguel Odero entre nosotros), abrir charlas filosóficas acompañadas de un buen coñac (“Instalamos nuestras colonias en las encías de los recién operados”, así se llamaban) o disfrutar de la organización de ciclos de cine (como el dedicado a Andrei Tarkovski,en 1988  de la mano de Rafael Llano, al que se presentó ni más ni menos que la mismísima Tarkovskaya –Larissa- y el vástago de ambos, Andrei Andreevich, para recibir el homenaje a su fallecido marido y padre, respectivamente). Con estos mimbres, poca cosa se puede esperar de alguien como yo (a nivel académico, claro está).
Pues bien, en mi primer año en Pamplona, viviendo como estaba en el Colegio Mayor Belagua, en Torre I, un muy melancólico sábado de otoño (entre octubre y noviembre, no recuerdo bien), mientras estudiaba (curioso, ¿verdad?), pude contemplar y contemplé a mis anchas por la ventana de mi habitación, situada en el tercer piso del alto edificio, un fenómeno que, como mínimo, se podría considerar llamativo, extraño o inquietante.
Al fondo se ve la Torre I, donde viví cuando estudié en Pamplona y mi habitación
era la ventana de en medio que se ve en el tercer piso.

El cielo estaba por completo cubierto de nubes conformando una extraña autopista de algodón añil mirando en dirección a unos montes ubicados a escasos cinco kilómetros al este del casco urbano pamplonés. Pero la visión era clara y límpida (algo propio de la atmósfera de esa ciudad por aquella época), porque no había niebla baja. Atardecía lánguidamente y de repente, por el rabillo del ojo, captó mi atención una luz nerviosa que surgió de entre las nubes hasta quedarse inmóvil flotando justo por debajo de ellas. Digamos que ese resplandor redondo carecía de color, pero no era blanca ni tampoco despedía destellos que iluminaran su entorno. Sencillamente, era “algo” claramente visible para el ojo humano, aunque sin llegar tampoco a mostrar detalles de su contorno o tamaño.
Algo parecido a este cielo era el que vi ese día en Pamplona.
Lo primero que pensé era que se trataba del foco de un helicóptero (silencioso, eso sí), porque desconocía de cualquier otra aeronave que por entonces pudiera mantenerse inmóvil en el aire en el mismo punto y sin temblar un ápice. Pero descarté la idea en cuanto comenzó a moverse de una extraña manera: subía y bajaba entrando y saliendo del manto de nubes como si fuera un juego. Y es que recuerdo que pensé que fuera quien fuera quien pilotara “aquello” estaba disfrutando de lo lindo. Su absoluta libertad de movimientos en capacidad de vuelo le permitía hacer lo que quería y poco a poco se fue alejando en dirección hacia los montes hasta que finalmente desapareció.
Evidentemente, me quedé de piedra. Pero todavía no le di la importancia real que podría llegar a tener hasta que de repente volvió a aparecer en el mismo punto que al principio. Supuse que se trataba del mismo objeto por tamaño y composición, pero descarté del todo aquello cuando apareció acompañado de otro punto de luz dedicándose ambos a realizar juegos similares al primero que contemplé.
Con los ojos desorbitados y respirando con rapidez, me levanté de la mesa, que quedaba en perpendicular a la ventana en su lado izquierdo y, tras echar un último vistazo a aquel fenómeno me fui corriendo a la habitación de al lado para ver si había alguien. Y, en efecto, así era. Allí estaba Jorge González de Matauco, natural de Vitoria, de mi misma edad y que tenía que estudiar bastante más que yo, puesto que había cometido la imprudencia de meterse de cabeza en la carrera de Derecho. Recuerdo, porque se me quedó grabado, que tenía puesto un jersey de lana gruesa de un color similar a la mostaza y le conminé, siempre por favor, que me acompañara a mi cuarto a que viera algo por la ventana (efectivamente, el ángulo de la suya impedía ver bien lo que estaba ocurriendo, porque la masa de Torre II se lo impedía).
Éste es Jorge González Matauco, con quien compartí aquella
extraña experiencia y que he "cogido" de su página web.
Cuando en breves segundos  llegamos a mi ventana le pregunté si él también podía contemplar lo que yo mismo estaba viendo. Y ante mi sorpresa (y alivio) dijo que sí. Así permanecimos un rato largo admirando sin hablar las acrobacias de aquellas cosas hasta que le pregunté: “¿Qué crees que es eso?”. “No lo sé”, contestó con sencillez y realismo, puesto que ni yo mismo sabría cómo calificarlo. Había ya hasta tres objetos pasándoselo en grande entre las nubes moviéndose de forma imposible, como si un enorme niño invisible manipulara aviones a su antojo, de una manera que la navegación aérea consideraría una falacia. Hasta que me dijo que tenía que estudiar y se fue a su cuarto, supongo que para meditar un poco sobre lo experimentado antes de sumergirse en las plúmbeas páginas de su libro.
No lo consideré extraño. Sencillamente le vi marcharse y yo continué con mi observación. Dos de los objetos, finalmente, ascendieron con rapidez y no volvieron a aparecer nunca más (queda melancólico, ¿verdad?), pero el tercero adquirió velocidad y acabó estampándose sin estallidos ni explosiones ni exceso de luces contra la ladera derecha del pico más alto de aquellas montañas lejanas (he intentado averiguar si tienen algún nombre, pero Internet no llega tan lejos como nosotros creemos) y se disipó. No es que se apagara, más bien es como si hubiera entrado dentro de la montaña: literalmente desapareció de la vista. Y ya no hubo más.
No es exactamente lo que aparece en esta foto de zonalibre.org, pero se parece algo a lo que vi en Pamplona. Ni eran tantas luces ni se veían dobles como aquí, y además no eran amarillas.

Si alguien se pregunta la razón por la que un estudiante de Periodismo no dio a conocer aquello antes, como se supone que tendría que haber hecho alguien con aspiraciones de comunicador, he de contestarle sin tapujos que la vergüenza pudo más que la vocación y además estaba demasiado verde (aún hoy en día sigo considerándome algo inmaduro a nivel profesional) para escribir esta historia de forma conexa y que tuviera algo de sentido.

 Como no podía ser de otro modo, aquí entra la banda sonora de UFO, una de mis series favoritas en los años 70 del siglo pasado, cuando todo era en blanco y negro y todos veíamos exactamente lo mismo, con lo que al día siguiente las conversaciones sobre la televisión irremediablemente giraban en torno al mismo tema:

viernes, 3 de agosto de 2012

BATWAYNE

Diferentes símbolos de Batman (pillado en el blog de Fuitamo).

Batman no es simplemente un símbolo que puede ser usado por cualquiera, como dan a entender en la tercera entrega de la estupenda saga filmada para la gran pantalla por Christopher Nolan. Batman ha tenido durante 70 largos e incombustibles años nombres y apellidos: Bruce Wayne (Bruno Díaz para los hispanohablantes de antaño) y ningún otro personaje de la DC tiene derecho a llevar la capucha y la capa del Caballero Oscuro bajo esa misma denominación.
A decir verdad, soy más deceniano que marvelita, sólo por el hecho de que mis dos principales superhéroes son de la Casa DC (Batman y Superman, por ese orden), muy a pesar de que prefiero mucho antes el universo Marvel, más apegado al mundo real con ciudades y ubicaciones que existen físicamente, que la invención originada por la cabecita de Malcolm Wheeler-Nicholson y que tuvo como escenarios primordiales a Metropolis, Smallville o Gotham City para sus interesantísimas historias de ficción. No en balde, me inicié en los comics de la mano de Los Cuatro Fantásticos y me hice muy amigo -por similitudes conmigo- de Peter Parker/Spiderman, o lo que es lo mismo merced a la portentosa y muy envidiada por mi parte imaginación de Stan “The Man” Lee, cuando todavía era un pipiolo preadolescente en mi Cáceres natal (adoro con toda mi alma ese quiosco del Paseo de Cánovas que tenía el lateral izquierdo siempre plagado de portadas de historietas con la firma del genial Rafael López Espí y que, Gracias a Google, he comprobado con gozo infinito que todavía existe).
Imagen del quiosco de Cánovas (Cáceres) donde me abastecía de cómics.

Volviendo al caso que me concierne, el descubrimiento de Batman fue para mí como una apertura de ojos a lo San Pablo. Estaba un tanto harto de la colorida densidad con la que en los 70 la Marvel trataba al mundo de los superhéroes y volví la mirada hacia la refrescante oscuridad del Hombre Murciélago. No porque fuera más simple que sus colegas de la casa rival, que no era el caso, sino por lo que entrañaba ese personaje nacido en mayo de 1939 del entusiasmo primitivo de Bob Kane: Un hombre de carne y hueso, que se alejaba del prototipo de metahumano con poderes de ninguna índole y cuyas armas principales eran su extremada destreza física (fruto de un entrenamiento más allá de lo racional y del conocimiento profundo de las artes marciales), su increíble poder de observación y deducción (no en balde se le apellida como “el mejor detective del mundo” y actúa como líder natural de la Liga de la Justicia Americana, LJA), su inconmensurable riqueza (que le permite obtener todo tipo de carísimos y utilísimos juguetitos) y su obsesión (surgida a raíz de ver cómo sus padres eran asesinados ante sus ojos, lo que le llevó a crear un alter-ego en forma de murciélago humano, que prácticamente acaba fagotizando su vida entera, para aterrorizar a los delincuentes que habían ocupado como una infestación su ciudad natal durante los penosos años de la Depresión) y que le otorga, a través del paso inexorable de las décadas, la fuerza necesaria para continuar incluso más allá de cualquier límite físico o mental.
Ése es Batman y no ningún otro. Puedo presumir de contar con una de las más amplias colecciones de comics y “novelas gráficas” de España acerca de este cercano personaje, y es cierto que se han postulado numerosas versiones sobre un mismo elemento (en su mayoría de mi gusto, aunque no en su totalidad), pero todos ellas manteniendo en común el hecho de que bajo la máscara y el disfraz, que es lo único que variaba en mayor o menor medida, se encontraba la misma persona: Bruce Wayne.
Imagen cogida de El bardo suicida en la que se ve a Batman/Bruce Wayne
dejando flores en la tumba de sus padres (la razón y el origen de que el
personaje oscuro exista).

Me temo que como todo en la vida, también en la DC fueron incapaces de sacarle el verdadero jugo a un Batman que en malas manos podría morir de éxito. Por ello consideraron que a principios de los 90 del siglo pasado había que dar un giro radical al superhéroe más afamado de la historia y lo único que se les ocurrió (supongo que a la parte más juvenil de los ejecutivos de la casa) fue quitarlo de en medio, no de forma tan radical como ocurrió con Clark Kent/Superman, al que asesinaron de forma burda, infantil y absurda (con un ser sacado de la manga llamado Juicio Final), pero sí dejándolo paralítico de la mano de un brutal Bane (que, precisamente, protagoniza la oposición a Batman en la tercera entrega  de Nolan). Pero es que a quien dañaron la espalda, quebrándole la moral y el espinazo, fue a Bruce Wayne, con lo que si Batman debía de continuar actuando tendría que ser a través de otra persona con nombres y apellidos diferentes para darle forma a un oscuro envoltorio traje que de otro modo se queda en una mera carcasa vacía.
Los “genios” de la DC pensaron entonces en Jean-Paul Valley, alias Azrael, quien se supone que ”mejora” el traje de murciélago agregándole ciertas armas y que basa toda su actuación en la mera fuerza física, obviando prácticamente la deducción y las dotes detectivescas del primero. Todo un fracaso que, por mi parte, se tradujo en el abandono de la serie habitual de Batman hasta que alguien decidió que tendría que regresar Bruce Wayne a ocupar el sitio que le corresponde bajo el manto de este  superhéroe único.
Es más, en uno de los números de esa (para mi gusto) lamentable saga la extremadamente sensual Selina Kyle/Catwoman se tropieza con Jean-Paul Valley en los tejados de Gotham y la gata le espeta directamente en su alma unas palabritas nacidas del chispeante genio del  apasionado juntaletras Doug Moench que de seguro le tuvieron que doler bastante al nuevo Caballero Oscuro: La voluptuosa felina le hace ver claramente que él no es “el” Batman y el hombre que está bajo la máscara se queda asombrado por el descubrimiento de la mujer, aunque insiste en señalar que es el Hombre Murciélago. “Puede que un Batman, pero no eres él… Lo que significa que fue gravemente herido por Bane”. “Yo superé eso. He vencido a Bane”, responde el muchacho herido en su orgullo. “Eso aún no te hace ser él. Y hay otra prueba”. “¿Cuál otra?”, inquiere un tanto mosqueado el rubio enmascarado. “Llámalo calor, feromonas…”. Valley desconoce a qué se refiere la Gata y se limita a intentar repetir “Feroz…”. “Atrayentes químicos. El Batman auténtico apesta a ellas. Tú eres casi estéril”, le aclara su oponente femenino. Casi nada.
Pocos números después, y siempre dentro de la saga KnightQuest (La Cruzada) al archienemigo de Wayne, el Joker, aprisiona al nuevo Batman y tras descubrir por sus movimientos y su brutalidad sin elegancia que no es tampoco el auténtico se desespera y pierde por completo el interés en él. En esta ocasión, fue Chuck Dixon quien también parece rebelarse, a través de las palabras y la actitud de los personajes a los que ha dado vida en su guión, contra un cambio tan sonoro que la DC no tardó en solventar con la vuelta de un Wayne recuperado casi en su totalidad.
Momento de la "muerte" de Batman por los rayos Omega de Darkside.

Tras un periodo de cierta normalidad, los “genios” de la DC volvieron a las andadas en 2009 (otra demostración de que cuando algo va bien siempre hay que estropearlo de alguna manera) y esta vez sí eligieron eliminar a lo calabrés a nuestro amigo Wayne. Matarlo. Así de simple. Fue a través de Darkside, que lo funde con sus rayos oculares tipo Omega. Eso es lo que intentaron dar a entender durante bastante tiempo, aunque luego se retractaron e hicieron volver al detective en una especie de odisea temporal que se inició en los tiempos prehistóricos (a donde fue enviado en realidad en lugar de morir) hasta llegar a la actualidad en lo que supone otra saga penosa donde las haya y totalmente carente de imaginación. Entre tanto, le cedieron el manto del murciélago a Dick Grayson (Ricardo Tapia para los hispanohablantes), alias primer Robin y posterior Nightwing), tras un rocambolesco encuentro con otro exmuerto (Jason Todd, AKA segundo Robin), quien en un primer momento se hacía pasar por Batman.

En efecto, una historia excesivamente enrevesada, absurda y carente de sentido, cuyo único fin era intentar aumentar las ventas y, de paso, darle un giro radical a su mejor personaje, obviando por completo a la internacional legión de seguidores de lo que es el concepto clásico de Batman para captar la atención de un público nuevo. Y me explico: Sin venir a cuento, y de nuevo en Gotham City, a Bruce Wayne le da la estúpida paranoia de dejar su legado en manos de diferentes “batmans” por todo el mundo elegidos personalmente por él, creando una especie de gran empresa con filiales en todos los países (Batman Inc.) que ahora explota la editorial ECC en lugar de la DC.
Pues ahí se lo coman ellos con papas, porque a mí me han perdido definitivamente como cliente.
No hay más que echarle un vistazo a las palabras de su fallecido creador (http://www.batmania.com.ar/paginas/bob_kane.htm) para darse cuenta de que la idea sin Bruce Wayne carecía de sentido. Y por si fuera poco, aquí tenéis un excelente trabajo de un psiquiatra (el doctor J. A. Ramos Brieva, curiosamente, un cacereño como el que suscribe este escrito) que ha estudiado la personalidad de Batman y que, según él  mismo dice es a Bruce Wayne a quien se está analizando, porque él es quien ha dado forma al manto que protege la noche gothamita. (http://www.sedice.com/modules.php?name=Documents&file=index&start=rinconautor&func=dlfile&target=&filename=Batman_visto_por_un_psiquiatra_2.pdf). Que lo disfrutéis tanto como yo lo estoy haciendo.
Esto es un añadido prácticamente obligado (lo siento):
http://www.abc.es/cultura/20140420/abci-batman-aniversario-201404202001.html?utm_source=abc.es&utm_medium=modulo-sugerido&utm_content=noticia-AB&utm_campaign=outbrain=obnetwork.


 Entre tanto, como no podía ser de otro modo, aquí se incluyen varias versiones del tema Batman de la genial serie (por inocente, colorida y graciosa) que en mi infancia me encantaba.

Esta es la versión de The Who (antes vuelve a sonar la versión original de la serie, pero merece la pena por las imágenes):



Y ésta, de The Jam:


Aunque parezca mentira, acabo de descubrir a esta estupenda voz (Lavern Baker) y nada mejor que darla a conocer con el tema Batman to the rescue:


jueves, 28 de junio de 2012

La Rosa Negra (capítulo V)

Lo prometido es deuda, y aquí está el siguiente capítulo de lo que más se lee en este blog con diferencia, ¡vaya que sí!






Capítulo V. Muerte en el río.

Y buscó en mar y tierra, por años incontables,
Y al final encontró, entre risas y llanto
Mujer tan radiante en su belleza
Que los hombres trillaban el cereal hasta la noche
Por  un rizo robado, por un pequeño rizo.

W. B. Yeats. La Rosa Secreta.



    Se encontraba tremendamente cansado. Tras salir del territorio del dragón recordó que se había olvidado de utilizar su poder de viajar a grandes velocidades con el deseo; por el contrario, se marchó de allí caminando con pesadez y sintiendo cómo se desmoronaban los secos terrones de tierra que se transformaban en polvo abrasador bajo las desnudas plantas de sus pies.
    “Bueno, ¿quién sabe? –procuró convencerse a sí mismo-. Quizá ni siquiera lo intentara por miedo a comprobar que ya no tenía la capacidad de moverse con el pensamiento. Puede que por eso me marchara andando de aquel maldito yermo”.
    En cualquier caso, el laberinto parecía proseguir hasta el infinito y Cunneda comenzaba a desesperar de veras. Por un momento llegó incluso a temer que el jardín de los elfos pudiera extenderse hasta abarcar el mundo entero.
    Esa posibilidad, en cierto modo, no era del todo falsa. El espacio en el que se movía el muchacho no poseía una configuración concreta, determinada e invariable, pues se trataba de una tierra antojadiza, caprichosa y dependiente de las extravagancias que le imponían sus habitantes con cada amanecer. Y así, cada uno de aquellos Seres Naturales podía provocar una variación palpable en la dimensión donde viviera, siempre y cuando no fuera contraria a la voluntad del Rey, que era precisamente el más voluble de todos ellos.
    Coincidiendo con la entrada de Cunneda en el País de los Elfos, el monarca había expandido su hermoso vergel hasta alcanzar los límites de la Tierra de los Hombres; pero, casi sin sospecharlo, ya empezaba a hartarse del experimento y estaba pensando en volver a condensarlo al mínimo permitido por la ley Física Feérica, acomodándose curiosamente a los deseos del aventurero muchacho.
    El agotamiento comenzaba a causar estragos en el joven, quien tambaleante mostraba unos pies hinchados, sangrantes, doloridos y llenos de ampollas. Había transcurrido una jornada –el equivalente a poco más de dos semanas en el mundo de los humanos-, y algunas estrellas se asomaron a un firmamento cada vez más teñido con delicadas tonalidades ígneas, moradas y violáceas. Cunneda no reconoció ninguna de ellas, pero tampoco se extrañó.
     “Lo mejor será que acampe aquí mismo –pensó sin resuello, aunque algo más sosegado por la fresca y opulenta vegetación que le rodeaba de nuevo susurrándole motivos de calma y seguridad-. Dentro de unas horas estaré mejor”.
    Empezó a dormitar nada más cerrar los ojos, esta vez sin que mediara encantamiento alguno, aunque tampoco tuvo sueños. No había pasado ni media hora cuando le despertó insistente un sonido monótono y cristalino. A escasos pasos de donde reposaba discurría un ancho río ensombrecido por gigantescos sauces que hundían sus raíces en el fango de la orilla.
    -¿Y esto? –Susurró nervioso. Juraría que antes no estaba.
    Si aquello ya era de por sí de una infrecuencia asaz insólita, no menos lo fue el particular ambiente que se removía en la atmósfera. El muchacho acusó el atisbo de algo sutil y renovador que le hizo experimentar en su ser recóndito una plétora de energías junto a una apremiante necesidad de derrochar como fuera ese vigor: se le aceleró el pulso, respiraba con angustiosa dificultad y una fuerza interna y salvaje pugnaba por reventar su pecho y salir libremente cobrando forma de grito.
    Por fin pudo recuperar la compostura cerrando los ojos y abrazándose a  sus rodillas para evitar salir disparado hacia el misterioso torrente lanzando aullidos más propios de un lobo que de un hombre. Era noche cerrada y en el cielo ya no había luna, sin embargo el caudal y todo lo que le rodeaba podían distinguirse sin dificultad; las cosas brillaban como si tuvieran luz propia.
    Cientos de miles de luceros, agrupados en constelaciones totalmente diferentes a las que él estaba acostumbrado a ver en su mundo, se habían adueñado de la bóveda celeste y bendecían con sus destellos aquella tierra fantástica. El joven quedó tan extasiado que estuvo a punto de sucumbir ante el irresistible influjo del espíritu de la Naturaleza, que es el que suele desvelar la genuina esencia que permanece oculta en el último rincón del ser humano.
    -Ahora sí que me creo que estoy en el País de los Elfos –se dijo acercándose con calma a la corriente para introducir sus pies heridos en el agua. Al instante notó una intensa oleada de alivio y placer que casi le hace desvanecerse.
    Si bien el crepúsculo y las horas siguientes son hermosos en tierra de duendes, es también, empero, el momento más peligroso para los humanos, ya que entonces los Elfos Oscuros se desligan de sus prisiones bajo tierra al encuentro de víctimas a las que hacen perder el sano juicio con su pesado humor de mal gusto.
Trasgos, de Alan Lee.

    Cunneda, por inspiración natural, husmeó preocupado el aire. Cerca de la orilla percibió el sonido de cuerpos que se arrastran y roncas carcajadas entrecortadas. La sangre se le heló en las venas cuando una abultada masa peluda pasó reiteradamente con el morro pegado al suelo por donde poco antes é había permanecido recostado. El joven no se movió un ápice, ni siquiera cuando aquel ser sin nombre de ojos verdosos oteó el borde del río para localizar a su presa.
    En su fuero interno volvió a maldecir a los parroquianos de la taberna por haberle despojado de sus armas antes de iniciar el viaje. Pero la bestia se volvió con un gruñido para mirar a un punto fuera del alcance de la vista del muchacho. Allí, un gran venado negro parecía retar al lobuno animal a que le alcanzara en una carrera a vida o muerte. Finalmente el ciervo dio un salto y se adentró en la espesura seguido por la bestia. A Cunneda, sin embargo, aquello le pareció más una huida que otra cosa.
    “¡Dioses! ¿Qué puede haber asustado a algo como eso?”, se comentó con angustia al tiempo que se internaba un poco más en el cauce hasta que el agua le acarició el estómago con manos heladas.
    A modo de respuesta, un buen número de sombras furtivas surgieron de improviso de entre la maleza y permanecieron agazapadas no lejos del río. Luego fueron incorporándose con lentitud hasta que Cunneda los pudo atisbar en detalle. Eran trasgos.
    El pequeño ejército estaba formado por medio centenar de criaturas perversas y deformes de metro y medio de altura, gordas cabezas y brazos desmesuradamente largos. Sus puntiagudas orejas se estiraban hasta tres dedos por encima del abombado cráneo, sus narices se encorvaban hacia abajo como los picos de las rapaces y sus ojos eran brasas al rojo vivo incrustadas en unas caras verduscas y arrugadas. Vestían farragosas corazas sobre sus andrajos de color gris y, quien más quien menos, iba armado con una cimitarra de hoja dilatada o lanzas de un metal irreconocible del mismo color que el sílex.
    El más corpulento de todos parecía ser también el más osado y fue él quien, tras avistar al muchacho medio hundido en las aguas, dio la voz de alarma con un estridente alarido y señalándole con un dedo huesudo.
    Cunneda también gritó francamente asustado mientras sus entorpecidas manos pugnaban por localizar la campana que le habían entregado en el poblado de los pescadores. La inicua horda se acercó con rapidez al lugar donde crecían los sauces.
    Era incapaz de encontrarla, en parte por culpa de su avivada imaginación, que le mostraba con nitidez los horrores que podían causarle los trasgos si caía en sus manos; lo más suave que se le ocurrió fue  que le arrancaran las vísceras mientras aún seguía vivo para devorarlas después con espeluznante apetito. Algunas de las criaturas se habían adentrado varios centímetros en el agua, pero por alguna razón no siguieron avanzando, sino que se quedaron clavados en el sitio alargando sus brazos simiescos en un inútil intento por atraparle.
    Por fin halló la campana enganchada a uno de los pliegues de su túnica, la levantó y extrajo una solitaria y líquida nota metálica sin estar muy seguro tampoco de que fuera a producir el efecto que esperaba. Pero la idea dio su fruto: los trasgos se llevaron las manos a los oídos gimiendo con dolor, retorciéndose en el fango como si estuvieran siendo torturados por alguien todavía más depravado que ellos mismos.
    Fascinado, el joven no pudo apartar la mirada de aquella escena dantesca hasta que algo le enganchó del cinturón y la arrastró hacia atrás con un fuerte chapoteo. Entre las burbujas y la confusión alcanzó a distinguir fugazmente una forma veloz que se movía tan ágil como un pez, aunque era mucho más grande.
    El cimbalillo se le había resbalado de los dedos y se había perdido yendo a parar al fondo.
    En cuanto se vio libre de nuevo braceó con prisas hacia la superficie. Una vez fuera escupió tosiendo toda el agua que había tragado en su repentino rapto, se enjugó los ojos y quedó desolado por lo que descubrió: a su alrededor sólo se podía ver un interminable conjunto de olas que le mecían con uniforme delicadeza arriba y abajo.
    Parecía que el río se hubiera transformado en un mar tenebroso, aunque rielante de estrellas, o en un lago gigantesco por la ausencia de corrientes marinas. Pero no; no podía ser un lago, puesto que la tierra, los trasgos, los árboles y todo lo demás habían desaparecido totalmente de la vista. Además, el agua tenía un sabor salado inconfundible y vomitivo.
    “Tengo que moverme –pensó-. Dirigirme a alguna parte antes de que me agote y acabe ahogándome como un miserable”.
    Suavemente, para no fatigarse enseguida, comenzó a nadar sin importarle la dirección que tomaba, sin importarle siquiera si podría volver a ver la luz del sol. Estaba más que harto de aventuras, aunque su instinto le impedía cesar de mover las extremidades para dejarse hundir en las pacíficas profundidades marítimas.
    -Ven con nosotras –creyó escuchar entonces-. Ven y te daremos esa paz que ansías.
    Esas palabras procedían de lo más hondo del océano y, pese a ello, las escuchó como si se las hubieran pronunciado al oído. En principio Cunneda no le dio importancia a si se trataba de una alucinación o si las voces eran reales, lo que realmente temía era que pudiera estar comenzando otro de aquellos inoportunos sueños encantados, así que nadó con más ahínco a fin de evitar que le venciera la modorra.
Perfil de una sirena atrapado de defondos.com.
    Pasó el tiempo y no tuvo más remedio que detenerse a descansar, permaneciendo alerta mientras flotaba para recuperar el aliento.
    -Por favor, dioses; que no me duerma y juro que abandonaré esta búsqueda sin sentido –oró con la vista vuelta al cielo.
    -Ven con nosotras, mi hermoso muchacho, y acabaremos con tu pesar de una vez para siempre –fue la respuesta que obtuvo.
    Cunneda miró a todas partes sin descubrir a nadie. Pero la verdad era que no estaba solo.
    Por debajo de él sintió un roce ligero y se alarmó cuando unos dedos fríos le toquetearon la espalda, aunque al volverse no vio nada. Luego, bruscamente, volvió a ser sumergido en las aguas con un desnudo cuerpo femenino pegado al suyo y unas manos que le aferraban la cara. La mujer le besó con pasión en los labios antes de soltarlo riendo como una niña.
    -¡Oh, hermanas! En verdad os aseguro que este joven es más dulce que las almas de los recién nacidos.
    -Y bien que lo has comprobado, hermanita.
    -Pero miradle con atención, vosotras –dijo una tercera voz-. El miedo hace que su olor sea tan agrio como vejiga de pez.
    Tres mujeres, tan perfectas en sus facciones que parecían haber sido modeladas por un dios escultor, rodeaban a Cunneda. Eran tan imposiblemente bellas que provocaban pavor y su impúdica desnudez turbaron al joven.
    -¿Quiénes sois? ¿Demonios del mar? –Preguntó.
    -Somos Xanas –comentó una, llamada Deseo.
    -Nereidas –afirmó la siguiente, que respondía al nombre de Moderación.
    -Sirenas –resolvió la última con un evanescente brillo de broma en los ojos. Resignación se llamaba.
    -¡Sirenas! –Exclamó Cunneda-. ¿Y qué queréis de mí si no tengo nada que os pueda interesar?
    Comenzaba de veras a echar de menos su campana de hierro.
    -¡Vaya si lo tienes, mi agraciado nuevo amor! –Dijo la que antes le había besado acercándosele zalamera-. Anhelamos tu cuerpo.
    -Tu juventud.
    -Tu alma –volvió a sentenciar Resignación, la que parecía la mayor de las tres, soltando una risotada que levantó columnas de espuma en torno a ella-. Pero no temas, te conquistaremos sin dolor.
    Cunneda sentía los brazos como si fueran de plomo y ya comenzaba a hundirse cuando Deseo le atrapó rodeándole por debajo de las axilas y aplastando sus pechos contra el dorso del joven.
    -Mi adorada hermana –suplicó soltando su fragante aliento sobre la nuca del muchacho-, ¿no podríamos cumplir con nuestra voluntad sólo por esta vez?
    -Él no lo permitiría –respondió la más anciana de las tres beldades con alarma en sus palabras.
    -Él lo sabría –afirmó como un eco Moderación.
    -Pero, ¿es que acaso no lo iba a entender? –Insistió la melosa manteniendo a Cunneda en su sensual abrazo.
    -¡Es nuestro señor y le debemos obediencia! –Se adelantó Moderación al responder.
    El joven prácticamente se había quedado al margen de la discusión y, esperando a recobrar sus fuerzas, comenzó a idear un plan para librarse de las xanas.
    -¡Almas, almas! ¿De qué le van a servir al viejo? –Contestó fastidiada Deseo, quien en su enfado había soltado por fin a su presa para encararse con las otras dos náyades-. Nosotras podemos sacarle más provecho, hermanas.
    -Nuestro deber no es discutir las funciones del Merrow –aclaró tranquilamente Resignación-. Tenemos que conseguirle como sea todas las almas que podamos para aumentar su colección, nada más. Y, por cierto, parece que a tu “hermoso muchacho” no le hace mucha gracia nada de todo esto.
Cuadro de Guayasamín recogido de artedebolsilloblogspot.com
y que para mí representa la angustia que genera la ira.
    Éste, aprovechando la confusión, se había sumergido y se alejaba lo más posible del peligroso trío.     Una mano viscosa le agarró con fuerza el tobillo cortando en seco su intento de fuga. La xana que se había encaprichado de él ahora le miraba con ojos duros mientras clavaba profunda en su muslo una garra que, en vez de uñas, enarbolaba cinco afiladas espinas. Cunneda aulló de dolor pese a estar zambullido.
    -¡Bastardo desagradecido! –Le reprendió Deseo-. Te ofrezco un goce sin límites y tú me lo desprecias, desgraciado.
    La otra zarpa le desgarró con saña el costado.
    -¡Suéltalo! ¡Lo estás matando! –Ordenó la más experta que se acercaba a toda marcha acompañada por Moderación-. Si muere su alma no valdrá nada.
    La visión de Cunneda se iba nublando a medida que se desangraba por sus heridas. Y así, no vio cómo dos de las lamias marinas le quitaban de encima a Deseo, que estaba dispuesta a desmenuzarle el cuerpo a arañazos.
    -¿Y qué si ha de morir de todos modos? –Protestó furibunda la despechada mujer del mar.
    -Pero debe de perecer de manera natural y no a manos de ninguna de nosotras. Podemos incitarle, provocarle, ayudarle incluso –explicó Resignación-; pero en ningún caso asesinarle.
    Deseo hizo rechinar los dientes, aguzados hasta parecerse a los de un tiburón. Daba la impresión de estar algo más calmada, pero sólo en apariencia. Bastaba con una simple excusa para desgarrarle la carne a mordiscos.
    -¿Qué tiene éste de especial? –Preguntó Moderación en mitad del silencio que se había formado-. Que yo recuerde, con los otros nunca te habías puesto así y no es el primer desengaño que te llevas. Muchos de ellos también te rechazaron.
    -¡No tantos, y sólo cuando supieron demasiado tarde lo que iba a ser de ellos! Antes de eso se me habían rendido como los estúpidos que son –aclaró Deseo entremezclando con sus palabras agudos silbidos similares a los que emiten las ballenas. Su figura empezaba a cubrirse de escamas y sus orejas habían desaparecido dando paso a unas branquias muy parecidas a las de los escualos-. Además, hay algo en él que me deja intranquila… Una amenaza; no sé qué es, pero todos mis sentidos me dicen que éste es diferente. ¿Quién eres tú en realidad? ¡Quiero la verdad! –Preguntó directamente al muchacho, a quien le faltaba bien poco para ahogarse.
Un espanto recopilado de fotosguapas.net que representa la transformación de Deseo en su verdadero yo.

    La sirena se lanzó contra él antes de que sus hermanas pudieran impedírselo, pero esta vez se tropezó con la hoja ferrosa del cuchillo que Cunneda empuñaba con firmeza para defenderse. La xana pareció sorprendida y retrocedió unos metros arrastrando consigo el arma alojada en su vientre y que le había sido entregada al muchacho con un fin bien diferente a aquél, puesto que su utilidad radicaba en la búsqueda de hierbas, musgo y muérdagos con capacidad para contemplar el áurea de los seres vivos, pero no para arrebatar la existencia a nadie. La mujer miró la empuñadura y luego paseó los ojos por el grupo como exigiendo una explicación a aquella anomalía, al tiempo que escupía convulsivamente un líquido denso y oscuro por la boca.
    -¿Qué tienes, hermana? –Interrogó sobresaltada moderación.
    -¿No lo ves? Sufre espasmos de muerte –dijo Resignación contemplando cómo la sirena fatalmente herida giraba sobre sí misma, intentando evitar que la vida se le escapara del cuerpo.
    Chillaba con mil voces diferentes: todas estridentes; todas formando parte del penetrante mundo submarino. Eran preguntas planteadas en infinitos idiomas acerca de cómo podía haber ocurrido aquello, de cómo la diversión placentera había desembocado en tan trágico final. Ninguna de las xanas había visto nunca morir con violencia a una de las de su especie y el espectáculo, incluso para Cunneda, era espantoso. Por último, Deseo relajó el cuerpo, que quedó inmóvil flotando entre dos aguas. Había perdido todos sus atributos femeninos y mostraba el aspecto de un enorme pescado atrapado indefenso entre las redes de un afortunado cazador del mar.
    Moderación tuvo miedo y lloró alejándose de la escena. Su hermana mayor abrazó con ternura a Deseo y canturreando entre dientes la atrajo consigo hacia las profundidades abisales.
    El entristecido joven inició entonces su marcha hacia la superficie, hacia la supervivencia. Detrás de él escuchó la voz de la solitaria nereida que había optado por no perseguirle para cobrarse venganza:
    -Has derramado la sangre de uno de los Privilegiados. Has mancillado la Tierra de la Eterna Juventud con una acción salvaje. Acabas de marcar tu destino y las consecuencias habrán de acosarte hasta el final de tu camino. ¡Maldito seas! Tres veces maldito y que no halles nunca lo que has venido a buscar.
    Fuera, la noche élfica seguía cubriendo los cielos. “¿Es que nunca va a amanecer en este aborrecible lugar?”, pensó respirando ansioso el fresco aire nocturno. No se veía tierra firme por ninguna parte, pero la maldición, en vez de amedrentarle, le animó a no rendirse.
    Al rato, escuchó cerca el sonido de algo voluminoso deslizándose sobre las olas. Cunneda nadó en dirección a donde procedía el sinuoso roce, y lo hizo sin miedo, porque creía que ya no le podía suceder nada peor de lo que hasta entonces había experimentado. Por fin vio aparecer un alargado barco bayo, con la vela hinchada, aunque no se había levantado viento, y que se desplazaba sin remos.
    La nave se detuvo a poca distancia invitando al joven a que lo abordara. Alcanzando un cabo que colgaba de la proa trepó apoyando los pies en las maderas que forraban el cuerpo de la embarcación y, una vez en cubierta, se tumbó en el suelo.
    “Que se dirija a donde quiera, ya me da igual”, fue su último pensamiento antes de posar su brazo sobre la frente en un gesto de desasosiego.


Para esto, nada mejor que un trago de sidrina en el puerto de Cudillero, mientras se escucha este temita:

la letra:

So les agües Deva foi
la diosa qu'atapeció.
Nun cantu cande alba nuechi
una piedra xorreció.
So les Agües Deva foi
la diosa qu'atapeció.


Entemecióse so la mar
deva nes agües d'Oriente.
Piedra dura, sable llandiu,
prieta murnia alredeor.
Los pixuetos de la Deva
les neñes del Rebeón.