Estatua de Viriato en Guijo de Santa Bárbara cogida de Extremaduracasina
A veces me sorprendo pensando auténticas idioteces que no vienen a cuento. Una de esas ideas que me asaltan como moscas cojoneras es que el falso mito del mundo celta es puramente e intensamente europeo.
Todas esas historias de bruma agónica; de magia natural en manos de druidas y bardos; de indómita libertad frente a la imposición de un gigante; de peligrosas diosasligadas al cielo, al mar y a la tierra; de dioses guerreros que admiran el valor y el sacrificio por sobre todas las cosas; de hadas cambiantes y caprichosas que aman y odian a la humanidad; de destinos inevitables; de tesoros ocultos bajo enormes piedras que miran al espacio; de soles y lunas amándose ante los ojos de las estrellas; de naves que surcan ligeras las aguas o flotan sobre vientos indomables; de miradas siempre destinadas al horizonte; de almas melancólicas; de abrumadoras tormentas, lluvias densas y oleajes temibles en espumosos mares embravecidos; de cielos plomizos y grises y vientos que cantan y gritan nombres perpetuos de héroes y heroínas de un pasado extenso que se asoma a la Historia con profundas arrugas en el rostro; de hidromiel, cerveza amarga y vino oscuro; de helechos, robles y de inmensos mantos imperiales de hierba sobre una tierra de secretos insondables...
Símbolos celtas en piedra cogida de Amoresceltas.com
Todo eso y mucho más es del mundo Indoeuropeo. Del viejo, viejo, viejo y ajado continente plagado de pueblos diferentes con una cultura que parece común.
Desde las heladas tierras celtíberas de Iberia-Hispania y Lusitania, hasta la fértil Galia, pasando por la Italia septentrional a la sombras de Las Dolomitas; sin olvidarse de Bélgica y la tierra de los gálatas en Anatolia; hasta allende los mares en las islas de Britania, Alba-Caledonia, Cymru, Mannin y Éire.
Gálata o galo moribundo en el Museo Capitolino de Roma
Con nombres reales o míticos destacados como Viriato, Istolacio, Tangino, Indortes, Indíbil y Mandonio, Cúchulainn, Vercingetórix, Brenno, Breogán, Lucterio, Cauceno, Carataco, Cunobelino, Togodumno, Cartimandua, Caisaro, Calgaco, Kenneth MacAlpin, Míl, Vortigern, Conn, Arturo, Boudica, Púnico Apimano, Nuada...
Estatua de Boudica en Londres, cogida de worldhistory.org
Cultura celta europea. Mundo Antiguo que a día de hoy asombra y sigue apasionando, pero que sigue siendo nuestra. Nuestra y de nadie más. Octubre en Europa.
Me desvanezco en la niebla fría del olvido permanente,
y allí dentro me encojo con las manos marchitas
protegiendo una inmensa bellota de piedra.
Mi nombre se desgaja como arena blanca de playa
y se arranca con violencia de una mente indolora y pesada.
Brota sangre de una nariz en pendiente.
Jamás me había sentido más solo;
más vacío de alma y vida.
El maná de rojo vibrante marca los surcos de la piel hendida y seca.
Escarcha en la garganta y en lo más profundo del cuerpo.
Oculto en la noche perenne de zumbantes neones hipnóticos
retraso lo inevitable con una lastimera lágrima de sal
en tu mortecinos labios de princesa muerta.
Y entonces me hago niebla sobre océanos oscuros.
Un roble de oro recoge en sus ramas de infinita distancia
los restos de una lluvia que llega lenta desde el pasado.
Y entre las ruinas de cientos de naufragios profundos
las gotas como perlas de un transparente tesoro
lavan las impurezas de un estridente silencio obsceno.
Sangre, llanto, lluvia y escarcha.
Y ese frío intenso que me acompaña como un hermano a la tumba.
Para esta entrada lo más lógico es incluir música falsamente denominada celta que, no obstante, me encanta (literalmente, porque me deja embobado). He optado por la canción 'Matalalluna' de los asturianos Llan de Cubel; el tema 'La Dixebra', de los también asturianos Beleño, 'Foliada de Berducido', de los gallegos Milladoiro y 'O son do ar' de los gallegos Luar Na Lubre. A ver qué os parece.
Sólo dos personas se merecen leer el epílogo, porque son los únicos que me lo han solicitado. Así que va por ellos:
Epílogo
El hombre no
podía saber y someterse a un mismo tiempo.
E.A. Poe. El coloquio de Monos y
Una.
Las gaviotas
saludaban al sol naciente planeando con placidez por encima del océano. Sobre
el acantilado, el grupo de hombres armados se detuvo a descansar. Uno de ellos
hizo un aparte para orinar, pero enseguida volvió corriendo haciendo
aspavientos como un loco.
-Creo que le
he visto -aseguró-. Está ahí abajo.
-¿Donde?
-Interrogó uno de los dos ancianos que lideraban la partida.
-Abajo, en
la playa -insistió el otro.
Una hora más
tarde, los cinco hombres llegaban a una pequeña cala con forma de media luna.
Aproximadamente en mitad de la ensenada, a unos siete metros de la orilla, se
erguía una roca de gran tamaño recubierta por pobladas colonias de lapas y
mejillones. Sobre ella, un joven de cuclillas miraba a las olas que arremetían
furiosas contra su otero; una mugrienta piel de ciervo le caía desde la cabeza
sobre la espalda y no hizo ningún movimiento cuando el grupo llegó hasta la
arena, pese a que habían formado más escándalo que un jabalí rompiendo monte.
-Puede que
sí sea él -comentó el que respondía al nombre de Malech-. Voy a llamarle y
saldremos de dudas. ¡Cunneda! ¡Eh, Cunneda!
El muchacho
ni se inmutó.
-¡Los Fomorianos
me lleven! O estoy perdiendo la voz o ése está sordo de veras -dijo contrariado
el viejo.
-O, a lo
peor, no es él -le contestó Sorensen, el antiguo vikingo.
-¡Por vida
de mi madre! ¿Es que supones que un padre no va a conocer a su hijo en cuanto
lo ve? -Argumentó Malech-. Ése de ahí es Cunneda, seguro, pero algo le pasa.
¿Por qué no vas allí y le preguntas?
-¿Yo? -Se
defendió Sorensen-. ¡Tú eres el padre! Ve tú.
Malech gruñó
remolón.
-No sé nadar
-explicó por fin lanzando una furibunda mirada de desafío al resto de la
estupefacta cuadrilla-. Al primero que se ría de mí juro que le...
-Vale, vale.
Ya voy yo -le atajó Palap, quien se consideraba el mejor amigo que tenía
Cunneda en el poblado.
-¿Ves? Es un
buen chaval -aseguró Sorensen a Malech, quien seguía rojo de rabia y con las
mandíbulas apretadas en señal de reto.
El guerrero
se despojó de la túnica antes de lanzarse a las frías aguas y en breves
brazadas alcanzó la roca. Luego la bordeó agarrándose a los rasposos salientes
para quedar frente al joven que estaba arriba. Aparte de los despojos del
animal con los que se adornaba Cunneda, otro detalle llamó la atención de
Palap: su inmóvil compañero de armas sostenía tercamente en las manos un
maloliente manojo de algas negras.
-¡El Dagda
te confunda! -Exclamó el nadador-. ¡Eh!, ¿quieres soltar esa porquería y
ayudarme a subir de una maldita vez?
Cunneda le
contempló soñoliento, pero unos segundos después las comisuras de sus labios se
elevaron levemente en una sonrisa de reconocimiento.
-Pareces un
brujo con esos cuernos -bromeó el pobre Palap escupiendo agua cada vez que
batía una ola sobre él-. ¿Lo has cazado tú solito? ¡Anda! Échame una mano. Me
estoy cansando.
-No, déjalo.
Ahora bajo yo -Cunneda abandonó las algas y la piel sobre la piedra y se
zambulló al lado de Palap. Poco más tarde, ambos se reunieron con los demás,
quienes les aguardaban aliviados en la ribera.
-Llevamos
más de una semana buscándote, ¡diablo de chico! ¿Se puede saber por dónde has
estado? -Quiso saber Malech mientras abrazaba con rudeza a su empapado hijo.
-No lo sé;
no recuerdo nada -respondió mientras su padre hacía comprobaciones para ver si
Cunneda tenía algún hueso roto.
-Bueno,
pareces sano. Pero, ¡juro por mi alma que estás más flaco que un muerto! -Eso me recuerda
que llevamos casi dos jornadas sin probar bocado -advirtió el corpulento Tarba,
también compañero de Cunneda y el campeón de la tribu.
-No hay
problema -resolvió Briotán, el quinto miembro de la banda, de quien se decía
que su voz era capaz de serenar las tempestades-. Ven, Tarba, hagamos un fuego
y preparemos algo de comer, a ver si Cunneda nos acaba diciendo por qué su
melena está salpicada de cabellos blancos. Quizá su historia merezca una buena
canción.
-Y, claro
está, serás tú quien la componga -añadió Palap acompañando a los otros dos
jóvenes que ya habían empezado a recoger los maderos más secos desperdigados
por la playa.
El vikingo
aprovechó para llamar la atención de Cunneda y preguntarle con aire de
complicidad:
-Di, ¿la
encontraste? ¿Eh?
-¿El qué?
-Dijo el muchacho arrugando la frente.
-¡Qué va a
ser! La Rosa Negra.
-¡No me
fastidies! -Clamó Malech incrédulo-. ¡A ver si al final nos has tenido
preocupados a todos por semejante memez!
-Déjale en
paz -justificó Sorensen-. Que yo sepa, la culpa es tuya. ¿A quién se le ocurre
llenarle la cabeza con magia y cuentos de vieja?
-Lo último
que me esperaba es que este tonto se lo creyera.
-Dejadlo
estar, los dos. ¡Ya está bien! –Cunneda cortó la discusión enfadado-. No sé
nada sobre esas cosas de las que habláis. Tú dices que llevo una semana perdido
y lo único que me importa ahora es saber qué me ha pasado mientras tanto.
-¿Seguro que
no tienes ningún recuerdo? –Intentó sonsacarle Malech.
-Sólo
sensaciones, padre. Y todas muy confusas.
Cunneda
desvió la mirada hacia la roca sobre la que había permanecido hasta entonces y
no dijo más. La visión persistente de unos brillantes ojos esmeralda que se
vislumbraban en la neblina nebulosa de su mente le inquietaba por encima de
todo; pero cada vez que intentaba capturarlos en algún rincón de su memoria
volvían a fugarse hasta una distancia inalcanzable. Ensimismado en sus
pensamientos, daba la impresión de que había dejado de ser un muchacho para
madurar hasta convertirse en un hombre. Su progenitor, sin embargo, seguía
debatiendo acaloradamente con el vikingo algo sobre un casco y un escudo que le
había prestado al hijo y que nadie sabía dónde estaban.
-¿Padre?
La llamada
fue tan suave que Malech cerró por fin la boca.
-Ya va
siendo hora de que me hables con más calma sobre mi madre y también sobre tu
Dios.
El robusto anciano
abrió los ojos perplejo, pero esa vez no soltó ningún improperio.
-Cuando
volvamos a casa, hijo. Necesitaré de toda una vida para contarte las
excelencias de tu madre, y no más de una tarde, con unas jarras delante, para
hacer que conozcas a mi Dios.
Tal y como le había asegurado el Nimbi, Celebinish era sumamente dócil con los que él permitía cargar encima. Tan cómo iba Cunneda que no tuvo necesidad ni de bridas ni de agarrarse a ninguna parte, y eso que el desfile se desarrollaba a todo galope. Por la velocidad, el glorioso efecto de ingravidez y cierto vértigo nacido de la boca del estómago, creía estar volando y así se dejó llevar unos minutos, con la cabeza ladeada, los párpados bajados en arrebato y los brazos ligeramente extendidos permitiendo a las rápidas corrientes de aire que se colaran bajo ellos haciendo ahuecar sus ropajes. Al volver a abrir los ojos vio al unicornio cabalgando gallarda a su lado.
-¡Esto es maravilloso! ¡Maravilloso! -Aclamó alborozado sin darse cuenta de que lo hacía en voz alta.
"Pues mira para atrás", le recomendó el Nimbi.
Así lo hizo, colocando una mano en la cruceta del caballo y la otra en sus cuartos traseros. A lo lejos, en mitad del verde mar de hierba, se encontraba la yeguada. Cada una de las bestias mantenía alzada su larga cabeza, en actitud oferente; un incipiente resplandor que abarcaba toda la gama de colores comenzó a emanar de las potras y poco después un descomunal arcoíris cubrió toda la bóveda celestial por encima de ellos.
El espectáculo sobrepasaba con creces su imaginación, ya de por sí bastante activa, y permaneció mudo olvidándose incluso de respirar. El unicornio, mientras, se limitó a corretear con gozo alrededor de Celebinish dejando escuchar de nuevo su risa infantil. El muchacho adoptó aquello como un buen augurio, lo que incrementó tanto su coraje como su confianza en acabar la aventura con un final felizmente adecuado.
Justo entonces se detuvo el caballo bruscamente, puesto que ya habían llegado a la base del monte. Literalmente la senda terminaba allí, como si penetrara en el seno de la montaña, y no se adivinaba ningún otro sendero por el que se pudiera alcanzar la cima. Para mal de males, la pendiente del cerro caía en picado durante más de diez metros en todo su perímetro abortando cualquier posible intento por escalarlo. Cunneda, desolado, miró inquisitivamente al Nimbi, quien le devolvió la misma mirada.
"¿Y cómo se sube hasta allí arriba?"
"Haces demasiadas preguntas", le reprochó el unicornio.
"Es que yo creí que la cima era a donde tenía que llegar".
"Y lo es", se apresuró a responder el animal. "Y éste de aquí es el punto en el que tú y yo nos separamos definitivamente. A partir de ahora ya no me verás más y tendrás que seguir solo".
A Cunneda se le vino el mundo encima. No había disfrutado de mucho tiempo junto al Nimbi, pero se había acostumbrado a su presencia y hasta le había llegado a tomar auténtico cariño.
"¿Cómo piensas irte? ¿Vas a desaparecer o algo así?"
La inocente ocurrencia del muchacho divirtió al unicornio, aunque su risa no sonó tan alegre como antes.
"Me iré caminando, si ése es tu deseo".
"Lo que de verdad quiero es acabar ya mismo con esta pesadilla".
"Pero no puedes. Quizá te quede todavía lo más duro por recorrer".
"¡Y me lo dices así! ¡Tan tranquila!", saltó el joven. "Me figuré que eras mi amiga, caramba, pero pareces disfrutar intentando meterme miedo".
"¿Hubieras preferido que te mintiera?"
"¡Por lo más sagrado! Claro que no. Lo siento", se disculpó. "Supongo que las cosas no pueden ser de otro modo. Pero antes de que te vayas hazme el favor de decirme por dónde tengo que ir".
"En realidad, Celebinish es el único que conoce el camino. Deja que él escoja libremente la ruta y nunca le fuerces a hacer lo que él no quiera. Bueno, ahora sí que llegó el momento de irme".
Como despedida el unicornio tocó con su asta iluminada la mano que le mostraba el joven y se volvió con rapidez. Al instante se había perdido entre las altas hierbas. Cunneda se contemplaba las yemas de los dedos, notando un nudo en la garganta, cuando maldijo con un juramento su torpeza.
-Me olvidé de preguntarle su nombre -se dijo-. ¡Eh! ¡Vuelve! ¡Has de decirme cómo te llamas!
Nadie contestó. "Me lo imaginaba; ya verás cómo voy a acabar por olvidarla". Entonces una voz muy lejana resonó en su cabeza:
"Lucífero, es mi nombre".
Eclipse, cogido de lamascarayelespejo.blogspot.com.es.
Algo más confortado, el muchacho palmeó con conformidad el grueso cuello de Celebinish dándole a entender que estaba preparado para seguir adelante. El caballo se desvió a la izquierda, recorrió una docena de metros y giró repentinamente en dirección a la pared de piedra. Visto y no visto, tan instantáneo que el mozo no tuvo tiempo ni de gritar, se encontraron en las entrañas del monte tras atravesar, emulando a los fantasmas, la falda de la solitaria altura. Habían pasado de la luz clara del día a una húmeda oscuridad que dejó parcialmente ciego a Cunneda, no obstante eso no lo acobardó.
-¡Oye! ¿Acaso eres un druida y has conjurado un rito mágico para traspasar la roca?-Inquirió el joven a su montura, pero Celebinish no se dio por aludido-. Por supuesto. Tú eres lo único normal que hay por estos contornos y seguramente no sabes hablar. Pues eso es algo que se agradece, ¿sabes?
Si bien Cunneda era incapaz de verse las manos colocadas a un palmo de su nariz, Celebinish, al contrario, caminaba con paso elástico y firme, sabiendo en todo momento por dónde pisaba, siguiendo en parte su instinto y guiándose además por la vista, ya que habiendo nacido en Tir Na N'og estaba capacitado para vislumbrar lo que encubrían las tinieblas y sus ojos despedían un intrigante esplendor lechoso.
Al cabo del tiempo el muchacho se dio cuenta de que todavía no habían iniciado el ascenso y, según sus cálculos, ya tendrían que haber empezado a tomar la pendiente que les llevara a la cima. Agarró, por tanto, de las crines al poderoso zaíno y le obligó a pararse.
-Hace rato que tendríamos que estar subiendo. ¿Estás seguro de que vamos bien por aquí?
Celebinish, encabritándose, respondió con un relincho tan potente que el joven sintió que todas sus tripas vibraban.
-Vale, vale. Tú mandas... ¡Espera! ¿Qué es eso?
Cunneda se había fijado en una luz verde que lucía al fondo en la lejanía. Un viento frío impulsó consigo lúgubres gemidos de ultratumba que se multiplicaron en innumerables ecos al rebotar en las paredes de la caverna. Del techo caían, provocando un sonido repetitivo, heladas gotas de lo que parecía ser agua subterránea.
-¡Dagda me asista! ¿Por qué te has puesto tan nervioso?
El caballo intentaba retroceder angustiado y sus ijares temblaban de pavor. En un momento dado cesó el ulular del aire y Cunneda pudo percibir algo parecido al arrastrar de pies sobre la grava y el rumor de roncas respiraciones. Al fondo, el brillo mortecino se iba acercando lentamente.
-¡Mira, mira! -Chilló con todo el vello del cuerpo en erección-. ¡Estamos en el infierno ése del que habla mi padre!
En mitad del resplandor esmeralda centenares de cuerpos intangibles se deslizaban hacia ellos. Eran almas en pena; algunas mostraban la forma de repugnantes cadáveres descompuestos, otros parecían mantenerse jóvenes en la muerte, aunque sus cuerpos tenían señales de violencia y heridas provocadas por instrumentos inhumanos. Todos acusaban algo en común: una mirada ansiosa hacia la persona de Cunneda y su caballo. Los muertos les rodearon y entonces el muchacho escuchó una voz conocida.
Hematófago en el infierno de Dante.
-Vuestra sangre, hijo mío. Dadnos vuestra sangre.
-¡Madre! -Llamó al reconocer a la mujer que le había otorgado la vida. A su lado se encontraba también su hermano, fallecido a los trece años de unas fiebres malignas y fatales.
-Tu sangre, hermanito -dijo el pequeño-. La necesitamos para seguir siendo.
Luego un coro de voces les reclamó su fluido vital mientras los espectros extendían los dedos hacia el animal y su jinete. El niño y la mujer abrieron sus bocas con desmesura y de ellas surgieron sendos enjambres de moscas grises que rodearon furiosas a Cunneda y Celebinish picándoles por todas partes. Algunas manos les palparon y su contacto quemaba; finalmente el joven sintió un feroz mordisco en una de sus piernas.
Cunneda profirió un alarido de dolor y pánico y ésa fue la señal para que el caballo, que había aguantado hasta el borde de sus fuerzas, se lanzara desbocado hacia adelante en una frenética carrera por huir de aquella locura.
Los hematófagos no pudieron hacer nada por detenerlos y cuando ya estaban a bastante distancia el muchacho oyó la súplica de su madre, con una voz tan quejumbrosa que se le desgarró el alma.
-¡Hijo! No me dejes aquí. Esto es tan triste y vacío...
Cunneda cerró los ojos para reprimir las lágrimas y se aferró al cuello de su montura, la cual continuaba su lunática cabalgada.
Desde entonces Celebinish no aminoró la velocidad de su fuga y el joven sólo se atrevió a abrir los párpados muy de cuando en cuando. Una de esas veces descubrió que él también podía ver merced a la luz natural que irradiaba del mineral con el que estaba compuesta la interminable cueva. Y así supo que la concavidad principal se subdividía en un sinfín de pasillos, corredores y recovecos secundarios por los que se hubiera obligado a vagar de por vida perdido si no contara con la inestimable compañía de Celebinish.
Esta tarántula tiene cara de no haber roto nunca un plato...
En otra ocasión el caballo torció en un pasadizo a su derecha accediendo a una especie de amplia cámara donde se respiraba un ambiente viciado y podrido. La curiosidad de Cunneda volvió a excitarse cuando una sustancia fina, pegajosa y desagradable quedó adherida a su cuerpo. Entreabrió una rendija a través de sus párpados y su corazón dejó de latir cuando contempló una multitud de gordas tarántulas, algunas de hasta dos metros de envergadura por uno de alto, que permanecían quietas cubriendo todo el piso, encimadas unas sobre otras o descansando sus bulbosos vientres contra los excrementos del suelo en aletargada espera de una presa.
Por lo general, las más grandes acababan por devorar a las de menor tamaño, y el muchacho pudo asistir a una de esas espantosas escenas. Había una araña enganchada boca abajo al elevado techo de cuyas fauces sobresalía una nudosa pata peluda. El monstruoso arácnido inmediatamente dejó de mover las mandíbulas en cuanto posó su racimo de malévolos ojillos en él y su caballo y se descolgó pesadamente, dejándose caer, de la bóveda. Luego mantuvo una breve persecución tras de ellos a la que renunció cuando intuyó que su cacería era del todo inútil.
El frágil equilibrio mental de Cunneda estaba a punto de quebrarse, de transformarse en minúsculas motas de polvo desintegrado, de desparramarse en la vorágine de su alma inmortal que corría libre por la intrincada red de venas y arterías a través de la plenitud de su ser. Tan pronto se veía a sí mismo como un niño campeón que vive una inocente aventura que como un adulto inmaduro vagando errante en busca de un mínimo de sentido a su existencia. Llegó incluso a contemplarse como un gran monarca de expresión indefinida, sentado sobre un alto trono y gobernando una tierra que no necesitaba de administraciones ni de orden.
El Big Bang, cogido de mostintolerantreligion.com.
Fugaces visiones espontáneas le permitieron admirar el doloroso parto del mundo, su ardiente llanto al ver la luz en medio de la vacua nebulosidad cósmica y una multiplicidad de seres vivientes recreándose con gozo en la aparición del Mundo-Madre universal. Las estrellas surgirían mucho después.
Todas esas imágenes mentales no despertaron en él ningún deseo ni pensamiento concreto. Tenía la mente en blanco, concentrando su energía en absorber el inacabable flujo de ideas recreativas que le asaltaban, pese a mantener los ojos herméticamente sellados. De esa manera vio continentes enteros hundirse bajo las bravas aguas de océanos primitivos que luego regurgitaban nuevas tierras sobre las que se agitaron los primeros trazos de vida no acuática.
Imperios milenarios y complicadas culturas nacían y se exterminaban fagocitados por el paso del tiempo. Dioses con formas protoplasmáticas o habitando en cuerpos de descomunales animales verminosos; espíritus naturales de todos los tamaños y caracteres; hombres de razas dispares; bestias creíbles o bien del todo inimaginables; conformaban en conjunto un multimillonario ejército que desfilaba en hileras silenciosas hacia el seno de una hermosa mujer, cuyos brazos abiertos los recibía en un gesto preñado de amor y deseo.
El muchacho improvisaba los apurados momentos de lucidez que, de vez en vez, acudían a él con oraciones dirigidas a las inalcanzables deidades de su panteón racial; oró también al nuevo y único Dios acogido por su padre; aunque presumió que sus rezos quedarían aprisionados para siempre entre los inextricables muros de aquella dimensión blasfema.
Futuro y pasado se confundían de manera disparatada, haciendo que cualquier esfuerzo por comprender nada de nada fuera totalmente ineficaz. Con todo, aprendió que la periódica degradación del ente humano era redimida de continuo por actos de sacrificio individuales, cuyos artífices poseían una valía personal infinitamente superior al conjunto de los que eran salvados. Si bien el valor de los redentores se medía única y exclusivamente por la magnitud de su acción. Y los acontecimientos se repetían una y otra vez, independiente de la época en que discurrían aquellas historias eternamente iguales unas a otras sobre la grandeza y la miseria del Hombre. Le anegó la felicidad, la esperanza, el odio y la tristeza, y cuando todo se volvió negro de nuevo sólo permaneció en él un perturbador sentimiento de piedad.
Imagen infernal, de necromorty.blogspot.com.
-Tu compasión es francamente desagradable.
La voz procedía de una sombra informe y profunda que se alzó ante ellos. Celebinish se había detenido de golpe.
-Habéis extraviado el camino -prosiguió la Voz-. En mi casa no hay lugar para los vivos. Así que idos.
Cunneda no osó decir palabra mientras la sombra sin rostro abría una puerta a su espalda. Una ardiente ráfaga encarnada brotó de la oquedad en la roca y la sombra pareció disolverse en medio del resplandor.
Celebinish, al paso, se introdujo en las llamas abrasadoras que barrían la grieta de salida.
Para la ocasión, Llan de Cubel, con su tema La casa gris.
Como segundo plato, un delicioso Eileen Óg, por parte de The Dubliners.
Lo prometido es deuda, y aquí está el siguiente capítulo de lo que más se lee en este blog con diferencia, ¡vaya que sí!
Capítulo V. Muerte en el río.
Y buscó en mar y tierra, por años incontables,
Y al final encontró, entre risas y llanto
Mujer tan radiante en su belleza
Que los hombres trillaban el cereal hasta la noche
Porun rizo
robado, por un pequeño rizo.
W. B. Yeats. La Rosa Secreta.
Se encontraba tremendamente cansado. Tras salir del
territorio del dragón recordó que se había olvidado de utilizar su poder de
viajar a grandes velocidades con el deseo; por el contrario, se marchó de allí
caminando con pesadez y sintiendo cómo se desmoronaban los secos terrones de
tierra que se transformaban en polvo abrasador bajo las desnudas plantas de sus
pies.
“Bueno,
¿quién sabe? –procuró convencerse a sí mismo-. Quizá ni siquiera lo intentara por miedo a comprobar que ya no tenía la
capacidad de moverse con el pensamiento. Puede que por eso me marchara andando
de aquel maldito yermo”.
En cualquier caso, el laberinto parecía proseguir
hasta el infinito y Cunneda comenzaba a desesperar de veras. Por un momento
llegó incluso a temer que el jardín de los elfos pudiera extenderse hasta
abarcar el mundo entero.
Esa posibilidad, en cierto modo, no era del todo
falsa. El espacio en el que se movía el muchacho no poseía una configuración
concreta, determinada e invariable, pues se trataba de una tierra antojadiza,
caprichosa y dependiente de las extravagancias que le imponían sus habitantes
con cada amanecer. Y así, cada uno de aquellos Seres Naturales podía provocar
una variación palpable en la dimensión donde viviera, siempre y cuando no fuera
contraria a la voluntad del Rey, que era precisamente el más voluble de todos
ellos.
Coincidiendo con la entrada de Cunneda en el País
de los Elfos, el monarca había expandido su hermoso vergel hasta alcanzar los
límites de la Tierra de los Hombres; pero, casi sin sospecharlo, ya empezaba a
hartarse del experimento y estaba pensando en volver a condensarlo al mínimo
permitido por la ley Física Feérica, acomodándose curiosamente a los deseos del
aventurero muchacho.
El agotamiento comenzaba a causar estragos en el
joven, quien tambaleante mostraba unos pies hinchados, sangrantes, doloridos y
llenos de ampollas. Había transcurrido una jornada –el equivalente a poco más
de dos semanas en el mundo de los humanos-, y algunas estrellas se asomaron a
un firmamento cada vez más teñido con delicadas tonalidades ígneas, moradas y
violáceas. Cunneda no reconoció ninguna de ellas, pero tampoco se extrañó. “Lo mejor
será que acampe aquí mismo –pensó sin resuello, aunque algo más sosegado
por la fresca y opulenta vegetación que le rodeaba de nuevo susurrándole
motivos de calma y seguridad-. Dentro de
unas horas estaré mejor”.
Empezó a dormitar nada más cerrar los ojos, esta
vez sin que mediara encantamiento alguno, aunque tampoco tuvo sueños. No había
pasado ni media hora cuando le despertó insistente un sonido monótono y
cristalino. A escasos pasos de donde reposaba discurría un ancho río
ensombrecido por gigantescos sauces que hundían sus raíces en el fango de la
orilla.
-¿Y esto? –Susurró nervioso. Juraría que antes no
estaba.
Si aquello ya era de por sí de una infrecuencia
asaz insólita, no menos lo fue el particular ambiente que se removía en la
atmósfera. El muchacho acusó el atisbo de algo sutil y renovador que le hizo
experimentar en su ser recóndito una plétora de energías junto a una apremiante
necesidad de derrochar como fuera ese vigor: se le aceleró el pulso, respiraba
con angustiosa dificultad y una fuerza interna y salvaje pugnaba por reventar
su pecho y salir libremente cobrando forma de grito.
Por fin pudo recuperar la compostura cerrando los
ojos y abrazándose asus rodillas para
evitar salir disparado hacia el misterioso torrente lanzando aullidos más
propios de un lobo que de un hombre. Era noche cerrada y en el cielo ya no
había luna, sin embargo el caudal y todo lo que le rodeaba podían distinguirse
sin dificultad; las cosas brillaban como si tuvieran luz propia.
Cientos de miles de luceros, agrupados en
constelaciones totalmente diferentes a las que él estaba acostumbrado a ver en
su mundo, se habían adueñado de la bóveda celeste y bendecían con sus destellos
aquella tierra fantástica. El joven quedó tan extasiado que estuvo a punto de
sucumbir ante el irresistible influjo del espíritu de la Naturaleza, que es el
que suele desvelar la genuina esencia que permanece oculta en el último rincón
del ser humano. -Ahora sí que me creo que estoy en el País de los
Elfos –se dijo acercándose con calma a la corriente para introducir sus pies
heridos en el agua. Al instante notó una intensa oleada de alivio y placer que
casi le hace desvanecerse. Si bien el crepúsculo y las horas siguientes son
hermosos en tierra de duendes, es también, empero, el momento más peligroso
para los humanos, ya que entonces los Elfos Oscuros se desligan de sus
prisiones bajo tierra al encuentro de víctimas a las que hacen perder el sano
juicio con su pesado humor de mal gusto.
Trasgos, de Alan Lee.
Cunneda, por inspiración natural, husmeó preocupado
el aire. Cerca de la orilla percibió el sonido de cuerpos que se arrastran y
roncas carcajadas entrecortadas. La sangre se le heló en las venas cuando una
abultada masa peluda pasó reiteradamente con el morro pegado al suelo por donde
poco antes é había permanecido recostado. El joven no se movió un ápice, ni
siquiera cuando aquel ser sin nombre de ojos verdosos oteó el borde del río
para localizar a su presa. En su fuero interno volvió a maldecir a los
parroquianos de la taberna por haberle despojado de sus armas antes de iniciar
el viaje. Pero la bestia se volvió con un gruñido para mirar a un punto fuera
del alcance de la vista del muchacho. Allí, un gran venado negro parecía retar
al lobuno animal a que le alcanzara en una carrera a vida o muerte. Finalmente
el ciervo dio un salto y se adentró en la espesura seguido por la bestia. A
Cunneda, sin embargo, aquello le pareció más una huida que otra cosa. “¡Dioses!
¿Qué puede haber asustado a algo como eso?”, se comentó con angustia al
tiempo que se internaba un poco más en el cauce hasta que el agua le acarició
el estómago con manos heladas. A modo de respuesta, un buen número de sombras
furtivas surgieron de improviso de entre la maleza y permanecieron agazapadas
no lejos del río. Luego fueron incorporándose con lentitud hasta que Cunneda
los pudo atisbar en detalle. Eran trasgos. El pequeño ejército estaba formado por medio
centenar de criaturas perversas y deformes de metro y medio de altura, gordas
cabezas y brazos desmesuradamente largos. Sus puntiagudas orejas se estiraban
hasta tres dedos por encima del abombado cráneo, sus narices se encorvaban
hacia abajo como los picos de las rapaces y sus ojos eran brasas al rojo vivo
incrustadas en unas caras verduscas y arrugadas. Vestían farragosas corazas
sobre sus andrajos de color gris y, quien más quien menos, iba armado con una
cimitarra de hoja dilatada o lanzas de un metal irreconocible del mismo color
que el sílex. El más corpulento de todos parecía ser también el
más osado y fue él quien, tras avistar al muchacho medio hundido en las aguas,
dio la voz de alarma con un estridente alarido y señalándole con un dedo huesudo. Cunneda también gritó francamente asustado mientras
sus entorpecidas manos pugnaban por localizar la campana que le habían
entregado en el poblado de los pescadores. La inicua horda se acercó con
rapidez al lugar donde crecían los sauces. Era incapaz de encontrarla, en parte por culpa de
su avivada imaginación, que le mostraba con nitidez los horrores que podían
causarle los trasgos si caía en sus manos; lo más suave que se le ocurrió
fueque le arrancaran las vísceras
mientras aún seguía vivo para devorarlas después con espeluznante apetito.
Algunas de las criaturas se habían adentrado varios centímetros en el agua,
pero por alguna razón no siguieron avanzando, sino que se quedaron clavados en
el sitio alargando sus brazos simiescos en un inútil intento por atraparle. Por fin halló la campana enganchada a uno de los
pliegues de su túnica, la levantó y extrajo una solitaria y líquida nota
metálica sin estar muy seguro tampoco de que fuera a producir el efecto que
esperaba. Pero la idea dio su fruto: los trasgos se llevaron las manos a los
oídos gimiendo con dolor, retorciéndose en el fango como si estuvieran siendo
torturados por alguien todavía más depravado que ellos mismos. Fascinado, el joven no pudo apartar la mirada de
aquella escena dantesca hasta que algo le enganchó del cinturón y la arrastró
hacia atrás con un fuerte chapoteo. Entre las burbujas y la confusión alcanzó a
distinguir fugazmente una forma veloz que se movía tan ágil como un pez, aunque
era mucho más grande. El cimbalillo se le había resbalado de los dedos y
se había perdido yendo a parar al fondo. En cuanto se vio libre de nuevo braceó con prisas
hacia la superficie. Una vez fuera escupió tosiendo toda el agua que había
tragado en su repentino rapto, se enjugó los ojos y quedó desolado por lo que
descubrió: a su alrededor sólo se podía ver un interminable conjunto de olas
que le mecían con uniforme delicadeza arriba y abajo. Parecía que el río se hubiera transformado en un
mar tenebroso, aunque rielante de estrellas, o en un lago gigantesco por la
ausencia de corrientes marinas. Pero no; no podía ser un lago, puesto que la
tierra, los trasgos, los árboles y todo lo demás habían desaparecido totalmente
de la vista. Además, el agua tenía un sabor salado inconfundible y vomitivo. “Tengo que
moverme –pensó-. Dirigirme a alguna
parte antes de que me agote y acabe ahogándome como un miserable”. Suavemente, para no fatigarse enseguida, comenzó a
nadar sin importarle la dirección que tomaba, sin importarle siquiera si podría
volver a ver la luz del sol. Estaba más que harto de aventuras, aunque su
instinto le impedía cesar de mover las extremidades para dejarse hundir en las
pacíficas profundidades marítimas. -Ven con nosotras –creyó escuchar entonces-. Ven y
te daremos esa paz que ansías. Esas palabras procedían de lo más hondo del océano
y, pese a ello, las escuchó como si se las hubieran pronunciado al oído. En
principio Cunneda no le dio importancia a si se trataba de una alucinación o si
las voces eran reales, lo que realmente temía era que pudiera estar comenzando
otro de aquellos inoportunos sueños encantados, así que nadó con más ahínco a
fin de evitar que le venciera la modorra.
Perfil de una sirena atrapado de defondos.com.
Pasó el tiempo y no tuvo más remedio que detenerse
a descansar, permaneciendo alerta mientras flotaba para recuperar el aliento. -Por favor, dioses; que no me duerma y juro que
abandonaré esta búsqueda sin sentido –oró con la vista vuelta al cielo. -Ven con nosotras, mi hermoso muchacho, y
acabaremos con tu pesar de una vez para siempre –fue la respuesta que obtuvo. Cunneda miró a todas partes sin descubrir a nadie.
Pero la verdad era que no estaba solo. Por debajo de él sintió un roce ligero y se alarmó
cuando unos dedos fríos le toquetearon la espalda, aunque al volverse no vio
nada. Luego, bruscamente, volvió a ser sumergido en las aguas con un desnudo
cuerpo femenino pegado al suyo y unas manos que le aferraban la cara. La mujer
le besó con pasión en los labios antes de soltarlo riendo como una niña. -¡Oh, hermanas! En verdad os aseguro que este joven
es más dulce que las almas de los recién nacidos. -Y bien que lo has comprobado, hermanita. -Pero miradle con atención, vosotras –dijo una
tercera voz-. El miedo hace que su olor sea tan agrio como vejiga de pez. Tres mujeres, tan perfectas en sus facciones que
parecían haber sido modeladas por un dios escultor, rodeaban a Cunneda. Eran
tan imposiblemente bellas que provocaban pavor y su impúdica desnudez turbaron
al joven. -¿Quiénes sois? ¿Demonios del mar? –Preguntó. -Somos Xanas –comentó una, llamada Deseo. -Nereidas –afirmó la siguiente, que respondía al
nombre de Moderación. -Sirenas –resolvió la última con un evanescente
brillo de broma en los ojos. Resignación se llamaba. -¡Sirenas! –Exclamó Cunneda-. ¿Y qué queréis de mí
si no tengo nada que os pueda interesar? Comenzaba de veras a echar de menos su campana de
hierro. -¡Vaya si lo tienes, mi agraciado nuevo amor! –Dijo
la que antes le había besado acercándosele zalamera-. Anhelamos tu cuerpo. -Tu juventud. -Tu alma –volvió a sentenciar Resignación, la que
parecía la mayor de las tres, soltando una risotada que levantó columnas de
espuma en torno a ella-. Pero no temas, te conquistaremos sin dolor. Cunneda sentía los brazos como si fueran de plomo y
ya comenzaba a hundirse cuando Deseo le atrapó rodeándole por debajo de las
axilas y aplastando sus pechos contra el dorso del joven. -Mi adorada hermana –suplicó soltando su fragante
aliento sobre la nuca del muchacho-, ¿no podríamos cumplir con nuestra voluntad
sólo por esta vez? -Él no lo permitiría –respondió la más anciana de
las tres beldades con alarma en sus palabras. -Él lo sabría –afirmó como un eco Moderación. -Pero, ¿es que acaso no lo iba a entender?
–Insistió la melosa manteniendo a Cunneda en su sensual abrazo. -¡Es nuestro señor y le debemos obediencia! –Se
adelantó Moderación al responder. El joven prácticamente se había quedado al margen
de la discusión y, esperando a recobrar sus fuerzas, comenzó a idear un plan
para librarse de las xanas. -¡Almas, almas! ¿De qué le van a servir al viejo? –Contestó
fastidiada Deseo, quien en su enfado había soltado por fin a su presa para
encararse con las otras dos náyades-. Nosotras podemos sacarle más provecho,
hermanas. -Nuestro deber no es discutir las funciones del
Merrow –aclaró tranquilamente Resignación-. Tenemos que conseguirle como sea
todas las almas que podamos para aumentar su colección, nada más. Y, por
cierto, parece que a tu “hermoso muchacho” no le hace mucha gracia nada de todo
esto.
Cuadro de Guayasamín recogido de artedebolsilloblogspot.com
y que para mí representa la angustia que genera la ira.
Éste, aprovechando la confusión, se había sumergido
y se alejaba lo más posible del peligroso trío.Una mano viscosa le agarró con fuerza el tobillo
cortando en seco su intento de fuga. La xana que se había encaprichado de él
ahora le miraba con ojos duros mientras clavaba profunda en su muslo una garra
que, en vez de uñas, enarbolaba cinco afiladas espinas. Cunneda aulló de dolor
pese a estar zambullido. -¡Bastardo desagradecido! –Le reprendió Deseo-. Te
ofrezco un goce sin límites y tú me lo desprecias, desgraciado. La otra zarpa le desgarró con saña el costado. -¡Suéltalo! ¡Lo estás matando! –Ordenó la más
experta que se acercaba a toda marcha acompañada por Moderación-. Si muere su
alma no valdrá nada. La visión de Cunneda se iba nublando a medida que
se desangraba por sus heridas. Y así, no vio cómo dos de las lamias marinas le
quitaban de encima a Deseo, que estaba dispuesta a desmenuzarle el cuerpo a
arañazos. -¿Y qué si ha de morir de todos modos? –Protestó
furibunda la despechada mujer del mar. -Pero debe de perecer de manera natural y no a
manos de ninguna de nosotras. Podemos incitarle, provocarle, ayudarle incluso
–explicó Resignación-; pero en ningún caso asesinarle. Deseo hizo rechinar los dientes, aguzados hasta
parecerse a los de un tiburón. Daba la impresión de estar algo más calmada,
pero sólo en apariencia. Bastaba con una simple excusa para desgarrarle la
carne a mordiscos. -¿Qué tiene éste de especial? –Preguntó Moderación
en mitad del silencio que se había formado-. Que yo recuerde, con los otros
nunca te habías puesto así y no es el primer desengaño que te llevas. Muchos de
ellos también te rechazaron. -¡No tantos, y sólo cuando supieron demasiado tarde
lo que iba a ser de ellos! Antes de eso se me habían rendido como los estúpidos
que son –aclaró Deseo entremezclando con sus palabras agudos silbidos similares
a los que emiten las ballenas. Su figura empezaba a cubrirse de escamas y sus
orejas habían desaparecido dando paso a unas branquias muy parecidas a las de
los escualos-. Además, hay algo en él que me deja intranquila… Una amenaza; no
sé qué es, pero todos mis sentidos me dicen que éste es diferente. ¿Quién eres
tú en realidad? ¡Quiero la verdad! –Preguntó directamente al muchacho, a quien
le faltaba bien poco para ahogarse.
Un espanto recopilado de fotosguapas.net que representa la transformación de Deseo en su verdadero yo.
La sirena se lanzó contra él antes de que sus
hermanas pudieran impedírselo, pero esta vez se tropezó con la hoja ferrosa del
cuchillo que Cunneda empuñaba con firmeza para defenderse. La xana pareció
sorprendida y retrocedió unos metros arrastrando consigo el arma alojada en su
vientre y que le había sido entregada al muchacho con un fin bien diferente a
aquél, puesto que su utilidad radicaba en la búsqueda de hierbas, musgo y
muérdagos con capacidad para contemplar el áurea de los seres vivos, pero no
para arrebatar la existencia a nadie. La mujer miró la empuñadura y luego paseó
los ojos por el grupo como exigiendo una explicación a aquella anomalía, al
tiempo que escupía convulsivamente un líquido denso y oscuro por la boca. -¿Qué tienes, hermana? –Interrogó sobresaltada
moderación. -¿No lo ves? Sufre espasmos de muerte –dijo Resignación
contemplando cómo la sirena fatalmente herida giraba sobre sí misma, intentando
evitar que la vida se le escapara del cuerpo. Chillaba con mil voces diferentes: todas
estridentes; todas formando parte del penetrante mundo submarino. Eran
preguntas planteadas en infinitos idiomas acerca de cómo podía haber ocurrido
aquello, de cómo la diversión placentera había desembocado en tan trágico final.
Ninguna de las xanas había visto nunca morir con violencia a una de las de su
especie y el espectáculo, incluso para Cunneda, era espantoso. Por último,
Deseo relajó el cuerpo, que quedó inmóvil flotando entre dos aguas. Había
perdido todos sus atributos femeninos y mostraba el aspecto de un enorme
pescado atrapado indefenso entre las redes de un afortunado cazador del mar. Moderación tuvo miedo y lloró alejándose de la
escena. Su hermana mayor abrazó con ternura a Deseo y canturreando entre
dientes la atrajo consigo hacia las profundidades abisales. El entristecido joven inició entonces su marcha
hacia la superficie, hacia la supervivencia. Detrás de él escuchó la voz de la
solitaria nereida que había optado por no perseguirle para cobrarse venganza: -Has derramado la sangre de uno de los Privilegiados.
Has mancillado la Tierra de la Eterna Juventud con una acción salvaje. Acabas
de marcar tu destino y las consecuencias habrán de acosarte hasta el final de
tu camino. ¡Maldito seas! Tres veces maldito y que no halles nunca lo que has
venido a buscar. Fuera, la noche élfica seguía cubriendo los cielos.
“¿Es que nunca va a amanecer en este
aborrecible lugar?”, pensó respirando ansioso el fresco aire nocturno. No
se veía tierra firme por ninguna parte, pero la maldición, en vez de
amedrentarle, le animó a no rendirse. Al rato, escuchó cerca el sonido de algo voluminoso
deslizándose sobre las olas. Cunneda nadó en dirección a donde procedía el
sinuoso roce, y lo hizo sin miedo, porque creía que ya no le podía suceder nada
peor de lo que hasta entonces había experimentado. Por fin vio aparecer un
alargado barco bayo, con la vela hinchada, aunque no se había levantado viento,
y que se desplazaba sin remos. La nave se detuvo a poca distancia invitando al
joven a que lo abordara. Alcanzando un cabo que colgaba de la proa trepó
apoyando los pies en las maderas que forraban el cuerpo de la embarcación y,
una vez en cubierta, se tumbó en el suelo. “Que se
dirija a donde quiera, ya me da igual”, fue su último pensamiento antes de
posar su brazo sobre la frente en un gesto de desasosiego.
Para esto, nada mejor que un trago de sidrina en el puerto de Cudillero, mientras se escucha este temita:
la letra:
So les agües Deva foi
la diosa qu'atapeció.
Nun cantu cande alba nuechi
una piedra xorreció.
So les Agües Deva foi
la diosa qu'atapeció.
Entemecióse so la mar
deva nes agües d'Oriente.
Piedra dura, sable llandiu,
prieta murnia alredeor.
Los pixuetos de la Deva
les neñes del Rebeón.