Voy a intentar escribir una novelilla bajo el título de 'Verano de colores'. Lo que hay plasmado en esta entrada es el prólogo o incluso la explicación de cómo era yo por entonces. Van a ser capítulos muy cortos, porque la inmensa mayoría son de impresiones, acompañadas de vívidos recuerdos. No hay acción propiamente dicha, no es una historia de héroes, sino de antihéroes y de su visión del mundo en un país en plena transición, donde la música arropó a una generación como si fueran hijos e hijas propias y a los que nos amamantó con canciones de todos los colores, sabores y gustos, forjándonos a fuego lento en nuestro propio caldo imaginativo, de la mano de la televisión, la radio y el cine.
Ocurren siempre en época estival, porque reconozco que fueron los meses más felices del año por aquel entonces. Los días eran eternos, las semanas eran casi meses y los meses parecían no agotarse nunca, hasta que de repente llegaba el día de regreso a clase. Casi sin esperarlo, con inmensa pereza, con melancolía de brillos solares en el mar y el sonido líquido de las olas azotando las rocas de la costa.
No sé cuantos capítulos habrá, pero prometo decir "hasta aquí hemos llegado" cuando redacte el último de todos. ¿De acuerdo? Sin más preámbulo aquí tenéis
VERANO DE COLORES
Hubo un tiempo en que los teléfonos no viajaban con nosotros constantemente y las personas eran mucho más libres. No son palabras mías, pero eso no lo hace menos real. Era un tiempo en que las estrellas mostraban sin pudor sus múltiples gamas de colores en un cielo transparente; en el que Marte estaba tan cerca que casi podías ver nítidas las naves despegando en ciudades espirales para invadirnos sin remedio.
Un tiempo en el que hablar no implicaba obligatoriamente discutir para imponer y en el que la principal preocupación de muchos de nosotros era saber si un vikingo era capaz de arrojar una lanza mucho más lejos y mucho más alta que cualquier otro guerrero de la Historia.
De sesiones dobles y continuas de cine con todo tipo de héroes y villanos, cada uno moviéndose y desarrollándose en sus encasilladas zonas blanca y negra y sin pisar (casi) nunca el inmenso área gris central, con romanos de capas escarlata y mosqueteros de sombreros emplumados y sonrisa eterna, indios y vaqueros de Almería, supermanes de pega, Cantinflas y De Funès, ovnis y marcianos, espías invencibles, Robin Hood y Arturo, caballeros medievales, un ingente ejército de monstruos de todo tipo con colmillos y garras, Gorgo, galaxias en guerra, el 'lejano' terror nuclear, la muy sangrienta (y algo picante) Hammer, soldados en todo tipo de guerras, Hércules con Ursus, Sansón y Maciste, hombres mosca o menguantes y con rayos X en los ojos, seres mitológicos de todo pelaje y color y, sobre todo, esa ingenua y maravillosa mezcla imposible entre los primeros seres humanos –con Raquel Welch abrasándonos la imaginación y el cerebro– conviviendo con los terribles lagartos gigantes.
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| Cartel de todo un clasicazo cinematográfico de mi época: Maciste contra los monstruos |
Una época en la que la calle, especialmente en el crepúsculo de la tarde, era sinónimo de juego, diversión, aprendizaje social, imaginación, piteras sangrantes, competiciones entre restos de basura en descampados de la desdentada ciudad y goles marcados con ambiguas y deformadas botellas de lejía plastificadas. Donde una tapadera de cubo de basura era un escudo estrellado de vibranio o adamantio y el cuerpo estallaba en llamas para volar ligeros como el gas, mientras que en las piscinas las toallas se transformaban en poderosas capas flotantes de poder.
Todo era de todos. Desde las hojas de morera para alimentar gusanos-mariposa en cajas de zapatos de seda, hasta las danzantes sanguijuelas rojas en charcos de la tierra que en invierno cristalizaban al helarse. Piedras, tierra, palos, bancos, jardines, gatos y perros, farolas y polillas o los terribles murciélagos que las cazaban en un visto y no visto asombroso, dejando tras de sí una leve nube de grisáceo polvo silencioso flotando ingrávido en la atmósfera del anochecer... Todo era de todos.
Se compartían chuches (incluso de una boca a otra) y minúsculos juguetes sorpresa ocultos en los sobres de cuadrados chicles con sabor insípido en segundos, tebeos, peonzas de madera con gruesos picos de acero para destrozar literalmente a los rivales o canicas como minúsculos universos siderales de cristal volando fuera del 'gua'; chapas de cerveza y refrescos para vencer en carreras con la elegancia de una flexible habilidad innata para calcular la fuerza necesaria con la que avanzar sin salirte del circuito.
Y, sobre todo, cromos. Bueno, mejor dicho se ganaban o perdían, más que compartir. Un irisado universo de aspiraciones y sueños impresos en rectángulos de cartón de temática infinita. Juro que acabé adquiriendo la misteriosa habilidad de descubrir en un grueso mazo y de un simple vistazo si eran pares o nones, ampliando considerablemente mi fortuna de fantasías o llevándome en segundos a la indiferente ruina 'cromera' sin derramar ni una pesarosa lágrima.
La victoria y la derrota estaban en el orden del día. Era normal, era habitual, era hasta recomendable probar ese doble filo de la espada de la vida sin histerias ni dramas, sin fastos ni vanaglorias. Algo sencillo y breve, como chasquear los dedos y al segundo siguiente continuar con otra cosa, porque el futuro era un constante, denso y eterno presente donde probarlo todo y destrozábamos el tiempo con la seguridad de ser naturalmente inmortales. Vivir tenía sabor y nos relamíamos incluso con los regustos más amargos, porque al día siguiente todo, absolutamente todo, volvía a ser esperanzadoramente nuevo.
La calle era un catalizador social de primer orden entre la última infancia y la primera adolescencia y allí se forjaron a fuego, dulce o agrio, las primeras fases de la personalidad de toda una generación, inquieta, de ojos abiertos, pícara y bastante independiente en gustos, pensamientos y opiniones.
La época en la que se miraba más allá de la atmósfera soñando con recorrer el espacio como astronauta o, algo mucho más cercano, surcar los cielos en un avión supersónico de acrobacias imposibles gracias al poder de la mente.
Hubo un tiempo de amistades duraderas en el tiempo. De ésas en las que, tras años de ausencia, se charla con naturalidad en el reencuentro, como si la última despedida se hubiera producido ayer mismo. Amistades que se amasan entre los 10 y los 16 años y que se asientan y hacen fuertes en los años previos a la pesarosa madurez y su "¡basta de juegos!"...
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| Nebulosa Mariposa. Fuente: NASA, ESA, and J. Kastner (RIT), cogida de cosmoaventura.com |
Nací en Cáceres, hace de esto ya 60 años. Nunca jamás he presumido de contar con una memoria portentosa; antes bien se me esfuman las vivencias con excesiva facilidad, al contrario de esas personas que aseguran atesorar recuerdos vívidos de cuando tenían dos años. Para mí esa edad es una bruma perpetua en una casa que yo recuerdo oscura (me refiero a que era de interior), aunque tengo anclado como un anzuelo en el cerebro la imagen de dos caballos de plástico –uno blanco y otro amarillo– cabalgando de la misma manera que los plasmó Theodore Gericault en su obra sobre carreras en Epsom, colocados en un alféizar de granito claro de una pequeña ventana que había en un patio interior. Y nada más.
También me llegan flashes de mis varias estancias en la casa de Madrid de mis abuelos paternos, en la calle Quintana, cuando me llevaban mis padres a que Fernando Olaizola me perforara los tímpanos con drenajes, porque las infecciones de oídos eran tremendamente dolorosas –hasta el punto de que con el tiempo mi madre me dijo que yo le pedía que me los arrancara–, o de navidades en Oviedo, en la Avenida de Galicia, donde vi nevar por primera vez en mi vida y pude tocar esa magia blanca tan extraña en determinados lugares de la Zona Sur ibérica.
Pero no soy de los que aseguran con certeza infinita tal o cual cosa me ocurrió cuando tenía tantos años. Las edades se entremezclan como la harina con la sal y el agua y conforman un todo, que es mi niñez con playas, sierras, montañas, pantanos, castillos y bosques milenarios, aviones y ciudades, carreteras interminables, sol abrasador y lluvia, frío y verdor, murciélagos y ciervos voladores, paisajes amarillos y polvorientos, poemas del Cid al destierro, guerras a pedradas en descampados; y es mi adolescencia con cerveza y cigarrillos, toneladas de música, sidra escanciada y verbenas nocturnas, discotecas estampadas, libros de fantasía, celtas, cómics y terrores, besos robados en cementerios, interminables sesiones continuas de cine, amores imposibles, reflejos agitados de Onán y un deseo irresistible de ser especial.
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| Luna creciente de agosto, símbolo de la noche, en una imagen tomada prestada del EMA Infoca |
Era un época en la que creía firmemente en el efecto de la Luna sobre todos nuestros líquidos internos, haciéndonos hervir la sangre y generando una fuerza interior extranatural. Creía en el poder controlado de la mente, en la ingravidez de los cuerpos aplicando el mismo principio de Arquímedes, pero sobre el éter y no sobre el agua. Creía que la voluntad y el deseo bastaban para conseguirlo todo, muy a pesar de la cantidad ingente de ocasiones que me mostraron y demostraron esa falsedad, porque entonces, con esa edad, los batacazos eran menos dolorosos que ahora. Es más, podría calificar aquella época de feliz, mientras que ahora me conformo con pequeños sorbos de alegría para estar de cuando en cuando contento.
Y sí, estaba firmemente convencido de que toda leyenda y mito tiene un trasfondo de realidad, especialmente cuando se repiten a lo largo y ancho del mundo en cualquier época de la Historia. Fantasmas, dragones (sustantivo mágico por excelencia), espíritus elementales, criaturas que se alimentan de nuestro cuerpo, nuestra sangre y nuestra alma, muertos que reviven, miedos del más allá profundo, seres extradimensionales, brujería encarnada en hombres y mujeres y, por supuesto, demonios o ángeles caídos, si se prefiere. He de reconocer que en estas cosas últimas no debería usar el tiempo en pasado, porque es el día de hoy y no estoy del todo convencido de que no estén ahí en las sombras, bajo tierra o a simple vista conviviendo con la Humanidad.
Todo esto que expongo, tiene mucho, muchísimo que ver con lo que voy a intentar plasmar a continuación, y que no es otra cosa que mis recuerdos infantiles y de primera juventud durante los meses de verano. No tengo más remedio que cambiar los nombres tanto de lugares como de personas, porque es que la inmensa mayoría siguen vivas, salvo una mujer que fue para mí una segunda madre y a la que quise y respeté siempre –incluso en los peores momentos de la adolescencia– por su bondad, su ternura y su maravillosa forma de ser. Pero el resto os juro por mi alma que es todo verdad, verdadera de la buena.
Para este prólogo me apetece 'pinchar' un tema que llevo relativamente poco tiempo escuchando, pero que me enamoró a primera vista, y es de 1979. Se titula 'Jah War', del grupo británico The Ruts. Tiene un bajo magnífico de los que penetran en el cerebro para anidar en la zona más interna y oscura del subconsciente. La banda nació en plena época Punk británica, cuando el National Front hacía la vida imposible a extranjeros, negros, mestizos y todo lo que no tuviera el culo de color blanco de leche. Sus letras y su actitud son profundamente antirracistas, en una época complicada (como lo es ahora) ante la que la música servía como arma arrojadiza y profundamente mortal y como elemento imprescindible para ampliar libertades personales y colectivas.
Jah War (Guerra de Dios)
The air was thick with a smell of oppression (El aire estaba cargado con un olor a opresión)
The militants joined with angry position (Los militantes se unieron en actitud de cabreo)
Redemption type with a strain of repression (Un tipo de redención, con matices de represión)
Young blood boiling hot with agression (Sangre joven hirviendo agresiva)
Jah war fighting fighting (Guerra de Dios, luchando, luchando)
Jah war, too close frightening (Guerra de Dios, demasiado cerca, acojona)
The winds were blowing and stirring up reaction (Los vientos soplaban y provocaban una reacción)
A storm broke out a militant action (Se desató una tormenta por una acción militante)
Hot heads came in uniform (Llegaron los uniformados de cabeza caliente)
Thunder and lightning in a violent form (Truenos y relámpagos de forma violenta)
Jah war fighting fighting (Guerra de Dios, luchando, luchando)
Jah war, too close frightening (Guerra de Dios, demasiado cerca, acojona)
Jah war fighting fighting (Guerra de Dios, luchando, luchando)
Jah war, too close frightening (Guerra de Dios, demasiado cerca, acojona)
The air
Jah war fighting fighting (Guerra de Dios, luchando, luchando)
Jah war, too close frightening (Guerra de Dios, demasiado cerca, acojona)
Fighting fighting jah war (Luchando, luchando, guerra de Dios)
Too close frightening jah war (Demasiado cerca, acojona, guerra de Dios)
Fighting fighting jah war (Luchando, luchando, guerra de Dios)
Too close frightening jah war (Demasiado cerca, acojona, guerra de Dios)
Clarence Baker (Clarence Baker)
No trouble maker (no es un alborotador)
Said the truncheon came down (dijo que la porra se descargó)
Knocked him to the ground (noqueándole al suelo)
Said the blood on the streets that day (Habló de la sangre en las calles ese día)
The blood and the madness (la sangre y la locura)
Said the blood on the streets that day (Habló de la sangre en las calles ese día)
Hey (¡Hey!)
Fighting fighting jah war (Luchando, luchando, guerra de Dios)
Fighting fighting jah war (Luchando, luchando, guerra de Dios)
Fighting fighting jah war (Luchando, luchando, guerra de Dios)
Fighting fighting jah war (Luchando, luchando, guerra de Dios)




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