Me he tenido que sacudir durante meses la vergüenza (y el
denso polvo dorado acumulado en las quebradizas telarañas de mi memoria) para
incluir esta experiencia en el blog. Y si me da apuro es porque se trata de lo
que Iker Jiménez denominaría un encuentro con lo insólito, algo que no entra en
la cabeza del común de los mortales, que lo considera “cuentos de hadas” (en el
más peyorativo sentido del término), por lo que no te acaban tomando en serio.
Pero, por otro lado, uno empieza a tener una edad en la que
la opinión ajena no pesa ya tanto en mi actitud ante la vida, por lo que mi
tendencia natural es hacer lo que me apetece; y eso no es otra cosa que narrar
lo ocurrido en aquella nubosa tarde de sábado de 1984 en Pamplona.
He de aclarar que, para desgracia de mis padres, me gustaba
más lo que rodeaba al mundo universitario que el estudio propiamente dicho.
Quizá por ello, y aunque acabé Periodismo (Ciencias de la Información, que se
llamaba por entonces) en la mejor Universidad de aquella época (La de Navarra),
soy a mi edad un mero juntaletras mediocre, incapaz de salir de la base para
alcanzar una miserable jefatura, mientras que el resto de mi promoción (1989)
se codea con las altas esferas entre los forjadores de opinión de este
siniestro y peculiar país (conste que lo digo sin acritud de ningún tipo, pese
al recochineo que se adivina latiendo entre líneas y palabras).
Así, por ejemplo, allí obtuve mi primer cero (patatero y literal)
por parte de una profesora, Rosa María Echevarría, de la que apenas aprendí
nada de nada y que me pedía que en lugar de ejecutar una prueba de
conocimientos le redactara un examen como si se tratara de una novela
(paradójicamente, se trataba de la asignatura de Literatura). Por contra, del
Maestro (con mayúsculas) José Antonio Vidal-Quadras tomé prestados sus amplios
conocimientos en redacción (de todo tipo, desde la periodísticas hasta la
literaria, pasando por la epistolar y, si me apuran, la cinematográfica),
mientras que gracias a Carlos Soria me considero una mejor persona (me auguró
que sería un buen padre, y así lo creo que soy) y un mejor profesional,
intentando por todos los medios ubicar la ética por encima y por delante de
cualquier tipo de privilegio malavenido, ya sea personal, político o económico
(quizá también por eso no termino de despegar de la base, ¿quién sabe?). Una
práctica, para desgracia de esta imposible profesión, harto difícil y no
siempre aplicable (mi cara se enrojece, y no sólo de rabia, al escribir esto).
Por entonces prefería crear clubes de relatos cortos, participar
en encuentros sobre Tolkien (contando, incluso, con la presencia de José Miguel
Odero entre nosotros), abrir charlas filosóficas acompañadas de un buen coñac
(“Instalamos nuestras colonias en las encías de los recién operados”, así se
llamaban) o disfrutar de la organización de ciclos de cine (como el dedicado a Andrei
Tarkovski,en 1988 de la mano de Rafael
Llano, al que se presentó ni más ni menos que la mismísima Tarkovskaya
–Larissa- y el vástago de ambos, Andrei Andreevich, para recibir el homenaje a
su fallecido marido y padre, respectivamente). Con estos mimbres, poca cosa se puede esperar de
alguien como yo (a nivel académico, claro está).
Pues bien, en mi primer año en Pamplona, viviendo como
estaba en el Colegio Mayor Belagua, en Torre I, un muy melancólico sábado de
otoño (entre octubre y noviembre, no recuerdo bien), mientras estudiaba
(curioso, ¿verdad?), pude contemplar y contemplé a mis anchas por la ventana de
mi habitación, situada en el tercer piso del alto edificio, un fenómeno que,
como mínimo, se podría considerar llamativo, extraño o inquietante.
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| Al fondo se ve la Torre I, donde viví cuando estudié en Pamplona y mi habitación era la ventana de en medio que se ve en el tercer piso. |
El cielo estaba por completo cubierto de nubes conformando
una extraña autopista de algodón añil mirando en dirección a unos montes
ubicados a escasos cinco kilómetros al este del casco urbano pamplonés. Pero la visión
era clara y límpida (algo propio de la atmósfera de esa ciudad por aquella época),
porque no había niebla baja. Atardecía lánguidamente y de repente, por el
rabillo del ojo, captó mi atención una luz nerviosa que surgió de entre las
nubes hasta quedarse inmóvil flotando justo por debajo de ellas. Digamos que
ese resplandor redondo carecía de color, pero no era blanca ni tampoco despedía
destellos que iluminaran su entorno. Sencillamente, era “algo” claramente
visible para el ojo humano, aunque sin llegar tampoco a mostrar detalles de su
contorno o tamaño.
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| Algo parecido a este cielo era el que vi ese día en Pamplona. |
Lo primero que pensé era que se trataba del foco de un
helicóptero (silencioso, eso sí), porque desconocía de cualquier otra aeronave
que por entonces pudiera mantenerse inmóvil en el aire en el mismo punto y sin temblar un ápice. Pero
descarté la idea en cuanto comenzó a moverse de una extraña manera: subía y
bajaba entrando y saliendo del manto de nubes como si fuera un juego. Y es que
recuerdo que pensé que fuera quien fuera quien pilotara “aquello” estaba
disfrutando de lo lindo. Su absoluta libertad de movimientos en capacidad de
vuelo le permitía hacer lo que quería y poco a poco se fue alejando en
dirección hacia los montes hasta que finalmente desapareció.
Evidentemente, me quedé de piedra. Pero todavía no le di la
importancia real que podría llegar a tener hasta que de repente volvió a
aparecer en el mismo punto que al principio. Supuse que se trataba del mismo
objeto por tamaño y composición, pero descarté del todo aquello cuando apareció
acompañado de otro punto de luz dedicándose ambos a realizar juegos similares
al primero que contemplé.
Con los ojos desorbitados y respirando con rapidez, me
levanté de la mesa, que quedaba en perpendicular a la ventana en su lado
izquierdo y, tras echar un último vistazo a aquel fenómeno me fui corriendo a
la habitación de al lado para ver si había alguien. Y, en efecto, así era. Allí
estaba Jorge González de Matauco, natural de Vitoria, de mi misma edad y que
tenía que estudiar bastante más que yo, puesto que había cometido la
imprudencia de meterse de cabeza en la carrera de Derecho. Recuerdo, porque se
me quedó grabado, que tenía puesto un jersey de lana gruesa de un color similar
a la mostaza y le conminé, siempre por favor, que me acompañara a mi cuarto a
que viera algo por la ventana (efectivamente, el ángulo de la suya impedía ver
bien lo que estaba ocurriendo, porque la masa de Torre II se lo impedía).
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| Éste es Jorge González Matauco, con quien compartí aquella extraña experiencia y que he "cogido" de su página web. |
Cuando en breves segundos
llegamos a mi ventana le pregunté si él también podía contemplar lo que
yo mismo estaba viendo. Y ante mi sorpresa (y alivio) dijo que sí. Así
permanecimos un rato largo admirando sin hablar las acrobacias de aquellas
cosas hasta que le pregunté: “¿Qué crees que es eso?”. “No lo sé”, contestó con
sencillez y realismo, puesto que ni yo mismo sabría cómo calificarlo. Había ya
hasta tres objetos pasándoselo en grande entre las nubes moviéndose de forma
imposible, como si un enorme niño invisible manipulara aviones a su antojo, de
una manera que la navegación aérea consideraría una falacia. Hasta que me dijo
que tenía que estudiar y se fue a su cuarto, supongo que para meditar un poco
sobre lo experimentado antes de sumergirse en las plúmbeas páginas de su libro.
No lo consideré extraño. Sencillamente le vi marcharse y yo
continué con mi observación. Dos de los objetos, finalmente, ascendieron con
rapidez y no volvieron a aparecer nunca más (queda melancólico, ¿verdad?), pero
el tercero adquirió velocidad y acabó estampándose sin estallidos ni
explosiones ni exceso de luces contra la ladera derecha del pico más alto de
aquellas montañas lejanas (he intentado averiguar si tienen algún nombre, pero
Internet no llega tan lejos como nosotros creemos) y se disipó. No es que se
apagara, más bien es como si hubiera entrado dentro de la montaña: literalmente
desapareció de la vista. Y ya no hubo más.
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| No es exactamente lo que aparece en esta foto de zonalibre.org, pero se parece algo a lo que vi en Pamplona. Ni eran tantas luces ni se veían dobles como aquí, y además no eran amarillas. |
Si alguien se pregunta la razón por la que un estudiante de
Periodismo no dio a conocer aquello antes, como se supone que tendría que haber
hecho alguien con aspiraciones de comunicador, he de contestarle sin tapujos
que la vergüenza pudo más que la vocación y además estaba demasiado verde (aún hoy
en día sigo considerándome algo inmaduro a nivel profesional) para escribir
esta historia de forma conexa y que tuviera algo de sentido.



