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miércoles, 1 de mayo de 2013

Última entrega de "Deliciosamente Humano"

Algo me impulsa y me apremia para acabar cuanto antes este ciclo de "Deliciosamente Humano". Así que, sin más dilación, el último relato que cerraría este libro si se hubiera publicado en papel. Gracias por su atención estimado público y a disfrutar de


La Negación (o el sueño del Diablo)
Caída de Lucifer, cogida de expedientecopernicus.blogspot.com.es

En lo más profundo del Abismo existencial, allí donde nada hay y donde se abarca el vacío más absoluto, existe un Reino lejano en el tiempo y en el espacio.
Se trata de un Reino que fue, es y será; cualquier tiempo que se emplee -ya sea presente perpetuo, pasado relativo o futuro absoluto- sirve para describirlo; cualquier verbo que signifique desolación, angustia, desconsuelo, sufrimiento o soledad sirve para definirlo porque, aunque se le denomina la Nada y es imposible de concebir mediante la razón, está plagado de la oscuridad más total, más negra que el mismo concepto de negritud, relleno de cosas que no son, rebosante de efectos sin causa y de seres negados a ser para siempre; por siempre jamás.
Un infinito y eterno Reino de los horrores sin límite, carente de Amor. Donde la Palabra es puro Odio y el Odio no se puede ni explicar ni definir con palabras.
Allí la negación es completa; ausencia de cariño y equilibrio, falta de Dios. Como si un gran arquitecto hubiera creado un hueco permanente en medio de lo que Es. Un vacío interminable, profundo, ancho, pero que, a su vez, no es capaz de quebrar el nivel de cadencia perfecta que lo cubre y lo arropa.
Está allí desde el Principio y desde tal momento fue gobernado por aquél que un día estuvo predestinado a ello.
Un ángel está tumbado sobre una roca incandescente. Un ente casi perfecto, pero luz que se alumbra sólo a sí mismo, dando lugar a una carencia inigualable.
¿Privación de qué?
Una vez guardó en su seno la causa, el motivo, de lo Sagradamente Hecho. Su alma brilló cegando a la tiniebla que tenía delante. Una vez fue lo más amado que se podía amar por el Amor. Pero algo ocurrió.
¿Qué fue lo que le hundió?
El ángel, aún el más hermoso de todos los creados, sueña en silencio. El ambiente de la pesadilla es febril, rápido, inquieto. Soñando le oyeron hablar las sombras sin cuerpo y huyeron de sus gestos angustiados.
Gozaba de la paz que ahora le falta y que tanto ansía. Enfrente, y en derredor suyo, tenía el porqué de su existencia; e Él dirigía de continuo su mirada, no había hastío, y cuanto más tenía más quería. Pero, al mismo tiempo, se encontraba satisfecho, sin necesidad de nada más.
Cruz sangrante, de triunfoarciniegas.blogspot.com.es
"¿Una prueba? ¿Para qué? ¿Por qué? ¿No te basta con el amor que nos tenemos?... No es una prueba para algo, sino por algo. No sé qué es eso que pretendes, pero yo por Ti, porque soy el que más goza de Tu presencia, acepto mi muestra de amor sin reservas hacia Tu persona... ¿Qué he de hacer?"
El ángel, al llegar a este punto del sueño, se removió intranquilo. Ahora iba a surgir la escena que desde entonces pervivió congelada en su mente. El fruto de su arrogante soberbia. La demostración de que únicamente se quería a sí mismo. La pérdida de la felicidad completa y de la Luz.
Una imagen comenzó a brotar en su privilegiada mente; una despiadada estampa de brutalidad que todavía estaba por venir y que, sin embargo, ya estaba siendo desde el Principio hasta el Fin de los Días: Había una escuálida persona sangrante, con la mirada de humano suplicio en alto, taladrado su muy maltrecho cuerpo en varios puntos, pendiente de un poste, agónicamente asfixiado y con sus brazos bien amarrados con clavos hirientes a un áspero madero.
No entendía lo que significaba, aunque lo intuyó.
"¿Eres Tú? ¿Mi Amado, Tú?... ¿Cómo? ¡Imposible! Lo más grande, mi fin último y mi ejemplo ¿de esa manera? ¡No! ¡No! ¡No! ¡Jamás! Non Serviam! Non Serviam!
La roca sobre la que descansaba el ángel encadenado empezó a agrietarse. Las palabras del sueño se materializaron en aquel Reino perdido, y éste se quebró con estruendo. El ángel despertó con lágrimas de fuego en los ojos y, todavía murmurando aquella negación entre labios, se perdió por túneles insondables de eterna penumbra largamente olvidados...

Como no podía ser de otro modo, aquí no puede faltar el "Devil's dream", en esta ocasión interpretado por Beer Belly. Es una tonadilla interpretada con asaz cachondeo y, en efecto, dan ganas de meterse entre pecho y espalda un par de Guinness.




Y como la cosa va de lágrimas, aquí está el "96 Tears" de Question Mark and The Misterians, todo un ídolo del Mod-ernismo cacereño primitivo (el mío, y a mucha honra).




He aquí la letra y su traducción (por cierto, que con lo que se muestra, tiene todavía más que ver con Lucifer y su mala leche; los deseos de venganza y de humillación ajena nunca llevan a nada bueno. Eso sí, la canción es c-o-j-o-n-u-d-a):


 96 tears (96 lágrimas)


Too many teardrops (demasiadas lágrimas)
For one heart to be crying (para que las llore un corazón)
Too many teardrops (demasiadas lágrimas)
For one heart to carry on (para que las soporte un corazón)

You`re way on top now since you left me (Desde que me dejaste estás en lo más alto)
You`re always laughing way down at me (te estás siempre riendo de mi caída)
But watch out now, I`m gonna get there (pero ten cuidado ahora, estoy a punto de llegar)
We`ll be together for just a little while (y vamos a estar juntos durante un ratito)
And then I`m gonna put you way down here (y entonces, te humillaré yo a ti)
And you`ll start crying ninety-six tears (y empezarás a llorar noventa y seis lágrimas)
Cry, cry (Llora, llora)

And when the sun comes up, I`ll be on top (Y cuando salga el sol, seré yo quien esté en la cima)
You`ll be right down there, looking up (estarás ahí abajo en tu sitio, mirando hacia lo alto)
And I might wave, come up here (Y haré la ola, sube conmigo)
But I don`t see you waving now (pero ya no te veo haciendo la ola)
I`m way down here, wondering how (estoy cayendo aquí, preguntándome cómo)
I`m gonna get you but I know now (voy a conseguirte, pero ahora sé)
I`ll just cry, cry, I`ll just cry (que sólo voy a llorar, sólo voy a llorar)

Too many teardrops (demasiadas lágrimas)
For one heart to be crying (para que las llore un corazón)
Too many teardrops (demasiadas lágrimas)
For one heart to carry on (para que las soporte un corazón)

You`re gonna cry ninety-six tears (Vas a llorar noventa y seis lágrimas)
You`re gonna cry ninety-six tears (Vas a llorar noventa y seis lágrimas)
You`re gonna cry, cry, cry, cry now (Vas a llorar, llorar, llorar, llorar ahora)
You`re gonna cry, cry, cry, cry (Vas a llorar, llorar, llorar, llorar)
Ninety-six tears (noventa y seis lágrimas)

Come on and lemme hear you cry, now (Venga y déjame oírte llorar, ahora)
Ninety-six tears, woo (noventa y seis lágrimas, güu)
I wanna hear you cry (Voy a oírte llorar)
Night and day, yeah, all night long (Día y noche, sí, durante toda la noche)

Uh, ninety-six tears, cry cry cry (¡Uh! Noventa y seis lágrimas, llora, llora, llora)
Come on, baby (venga, nena)
Let me hear you cry now, all night long (Déjame oírte llorar, durante toda la noche)
Uh, ninety-six tears, yeah, come on now (¡Uh! Noventa y seis lágrimas, sí, venga ahora)
Uh, ninety-six tears (¡Uh! Noventa y seis lágrimas)

jueves, 25 de abril de 2013

Leyenda Altoaragonesa (penúltima entrega de "Deliciosamente Humano")

Nos acercamos al final de otro ciclo. Terminé La Rosa Negra y ahora estamos a punto de finiquitar Deliciosamente Humano. Éste es el penúltimo cuento de esta colección y luego habrá que empezar con otra cosa. Ya veremos. Esta leyenda me la inspiró la imagen tomada por Olga Burzaco Ojeda, hermana de mi gran amigo Pedro Burzaco, profesor de violín en Barcelona, que espero reproducir luego. Lean, lean y lo entenderán. Por cierto, que el Alto Aragón es una delicia, en todos los sentidos...



Imagen de Olga Burzaco que refleja una de las tradiciones más curiosas del Alto Aragón.


Leyenda Altoaragonesa

Como una sombra, se deslizó dentro del pajar. Aprovechando cada retazo oscuro, avanzó literalmente pegado a la pared de piedra; con lentitud, sin ruidos. Se detuvo y miró la hierba seca perfectamente empacada, a la espera paciente del invierno,  tan crudo en aquellas tierras altas. Sus ojillos mostraron un brillo amarillento de malicia y se pasó la lengua relamiéndose los labios dibujados en una sonrisa.
Bruscamente extendió los brazos hacia adelante y su delgado cuerpo se contorsionó en una danza de flexibilidad y salvajismo.
Al principio salió humo, gris y tenue; más tarde unas pequeñas llamas cubrieron el dorado tesoro hasta que el fuego creció devorando con gula toda la paja. Pronto las crepitantes llamas lamieron también la madera de las vigas que sostenían el techo y el local se transformó en una monumental pira que iluminaba con rojos intensos la noche violeta.
Desde el interior de la casa cercana un hombre joven salió corriendo atraído por el estruendo y la antinatural luz. Se llevó las manos a la cabeza al ver su almiar consumiéndose entre el fuego, pero su expresión cambió en odio al escuchar una estridente carcajada en la oscuridad. Una mujer tocada con un camisón blanco y un chal crema sobre los hombros se aproximó al hombre, su marido, y con voz ronca le preguntó:
-¿Qué ocurre, Pedro?
Quedó petrificada de espanto al comprobar por sí misma lo que sucedía. Todo el trabajo del verano había desaparecido con la humareda de la gran hoguera. Se cogió del brazo de su esposo sin apartar la vista del espectáculo. Pedro, con los dientes apretados de rabia, se separó de su mujer y se metió en la casa. Al rato volvió a salir con un enorme trabuco dispuesto a disparar.
-¿Qué vas a hacer? ¡Pedro!
Pero el hombre ya no la escuchaba.
La risa se volvió a oír en el interior del pajar. Pedro se extrañó.
-¡No! Si el muy imbécil encima se ha quedado dentro -comentó en voz baja.
Se aproximó luego a la entrada por la que el calor y la humareda salían a raudales e intentó atisbar algo entre el fuego. No vio a nadie.
-¡Qué  raro! Juraría...
De repente se dio la vuelta y en la oscuridad logró distinguir una furtiva figura que huía hacia el monte a una velocidad vertiginosa. Sin pensárselo dos veces Pedro disparó su arma.

Caserío altoaragonés, de romanicoaragones.
Al amanecer sólo quedaban en pie dos paredes medio derruidas y negras; el resto: cenizas y algún que otro madero inutilizado por el desastre. Durante toda la noche Pedro y los vecinos habían intentado salvar algo de la pira, pero fue del todo inútil. Ahora todos ellos sostenían en sus manos sendos tazones de fuerte café caliente preparado por María.-Por lo menos lo intentamos -se atrevió a decir uno de los que ayudaron en la dura faena.
-Pues, ya ves, no ha servido de mucho -respondió otro que se lavaba la cara y los brazos en un barreño de agua ya teñida por el tizón.
Pedro permanecía callado sentado en una silla, mirando con fijeza a los restos de su maltrecha hacienda.
-¿Y cómo se formó el incendio? -Cuestionó el hombre que se había lavado mientras buscaba algo para secarse. María le tendió un paño.
-¿No escuchasteis el disparo? -Dijo Pedro saliendo por fin de su mutismo.
-Sí, pero creímos que se trataba de otra cosa. Nadie podía imaginar que...
-Eran dos -sentenció Pedro.
-¿Cómo lo sabes?
-Uno se quedó dentro y al otro le descerrajé un tiro cuando salía corriendo. Luego fui a ver, y ni rastro, ¿eh?
-Pues ahí en el pajar no hay nada que se parezca a un cuerpo.
-¡Estoy más que harto de los malditos forasteros! -Gritó Pedro levantándose de la silla. Los demás quedaron perplejos-. Esa gentuza que viene de fuera y se divierten de esa manera. Al principio son todo sonrisas y luego mira: Lobos con piel de corderos...
-Di mejor de cabra -atajó el más viejo de los allí congregados.
Hasta el propio Pedro se calló y se le quedó mirando.
-¿De qué hablas? -Preguntó Pedro sintiendo que los cabellos de la nuca se le erizaban con un curioso escalofrío.
-Lo sabes muy bien, y todos éstos también -respondió el anciano-. Ni eran dos ni mucho menos era humano.
Se hizo un silencio cargado de expectación supersticiosa. El viejo siguió hablando.
-Pedro, esta noche a ti te ha visitado un diaple.
-¿Cómo? -Contestó perplejo su interlocutor.
-Un diablo -aclaró el viejo tras un corta pausa.
-¡Ja! ¿Y por qué a mí? -Preguntó medio en broma.
-Fácil: Por haberte casado hace poco y porque os iba bien a ambos. Sólo por eso, y por la mala leche que gastan esos cabritos.
María se acercó a su marido y se aferró a él en un gesto que tanto significaba una búsqueda de protección como una señal de apoyo incondicional hacia el hombre que amaba y con el que se había comprometido de por vida. Pedro también le tomó de las manos apretándoselas con afecto para disimular su miedo.
-Lo mejor que puedes hacer es ir a ver al mosen. Nosotros mientras tanto te ayudaremos en lo que podamos.
Pedro asintió con la cabeza, a pesar de que los curas no fueran precisamente santos de su devoción. El resto de vecinos se limitó a afirmar con gravedad las palabras del viejo. Porque la tradición pesa más, en algunos casos, que la propia fe.
Figuras demoniacas en un templo románico del Alto Aragón, de arquivoltas.com.

Por la mañana temprano Pedro tomó el sendero que bajaba al pueblo.
Caminaba despacio, con los pies buceándoles bajo la fría niebla, preguntándose si el sacerdote, el mismo que los había unido en matrimonio cuatro meses antes, se iba a creer o no aquella pamplina. Por dos veces estuvo a punto de cambiar de parecer y volverse a casa con su mujer para levantar cuanto antes otro pajar, pero algo le obligó a seguir adelante.
La iglesia, de fuerte piedra con sabor a románico, se hallaba en la parte más alta del pueblo. Su campanario se recortaba con claridad por sobre la masa gris y húmeda que empañaba el paisaje. Al verlo, Pedro se detuvo sobrecogido y el tañido de la campana le hizo dar un salto. Se avergonzó del susto y se introdujo finalmente en el templo de sombras antiguas.
Los bancos estaban aún vacíos. En el altar un monaguillo encendía las velas y cirios para la misa que iba a celebrarse en breve. Pedro avanzó por el pasillo y se dirigió al muchacho:
-Oye, el mosen ¿está?
-Sí.  En la sacristía -contestó el rapaz señalando una puerta a la izquierda del altar.
Después de llamar suavemente Pedro pasó a una pequeña habitación donde un hombre bajito y con aspecto bonachón luchaba con tesón por introducirse en las vestiduras sagradas.
-Sea quien sea, ¿me podría echar una mano? -Dijo el cura con la voz ahogada por la ropa.
Pedro no perdió el tiempo y pronto se encontró frente a un rostro arrugado y enrojecido que le sonreía.
-Gracias... ¡Oh! Pedro, eres tú. ¿Cómo está María? Me acabo de enterar de vuestra desgracia. Lo siento mucho.
-Precisamente vengo a hablar de eso, mosen. El Tío Celes me aconsejó que viniera a verle. Según él...
-Un diablo quemó tu pajar -terminó diciendo el sacerdote.
-¿Usted qué opina? -Inquirió Pedro sonriendo.
-Puede que sí y puede que no -fue la respuesta-. De todas formas, me inclino a pensar que lo que diga el Tío Celestino sea cierto.
Pedro levantó una ceja con ironía. El cura advirtió el gesto y meneó la cabeza resignadamente.
-¿Qué quieres? -Se disculpó-. Yo también soy hombre y nací aquí. Además, los diablos no son ajenos a mi religión. De hecho, tengo que vérmelas con ellos a diario.
-Bien está, mosen, y yo le deseo la mejor de las suertes en esa batalla diaria, pero yo busco soluciones a mi problema.
-Claro, claro -reconoció el cura-. Sí, lo más probable es que ese cornudo vuelva a intentarlo en cuanto construyáis otro pajar y es seguro que regrese acompañado por alguno de los de su ralea.
Pedro abrió los ojos con terror. El sacerdote le hizo un ademán para restarle importancia al asunto.
-¡Bah, hombre! No te preocupes. Yo sé lo que hay que hacer.
-Pero, ¿lo dice usted en serio?
-¡Faltaría más! -La expresión del cura mostraba una seriedad fuera de dudas que obligó a Pedro a disculparse.
-Lo siento, mosen, pero, no sé, usted dice las cosas como si no pasara nada y estamos hablando de un diablo, ¿no?
-Ya. Ya lo sé. Es la costumbre. Olvídalo.
Tras soltar un suspiro el cura se dirigió a un armario de madera negra y carcomido por el paso de los años, luego lo abrió con una pesada llave que escondía en un cajón e introdujo medio cuerpo en su interior. Cuando volvió a salir en sus manos descansaba un paquete que guardaba una muy singular forma. Estaba tan cubierto de polvo y telarañas como el mismo mueble donde había permanecido escondido durante tanto tiempo.
-Toma -dijo el cura tendiendo el paquete a Pedro.
-¿Qué es esto? -Preguntó el otro sopesando el regalo con cierto asco y recelo.
-Bueno, está un poco sucio, y es que lleva ahí dentro no sé cuántos años. La verdad es que nunca creí que fuera a servir para algo -el cura se volvió para guardar otra vez la llave del armario-. ¿Que qué es? Ya lo verás... No, no. Ahora no lo abras.
Pedro puso cara de fastidio.
-Te aseguro que funcionará -sentenció el sacerdote-. Cuando te hagas otro pajar avisas al Tío Celestino y le preguntas a él, pero no lo abras antes, ¿eh?
-Muy bien, mosen. Usted sabrá lo que más conviene hacer en estas cuestiones y le haré caso. Bueno, con Dios.
-Ve tú con Él -le respondió el cura viéndole marchar con una mirada de complicidad divertida en los ojos.

Elementos para una buena recena, de coriensesdelconvento.blogspot.com.es.
Poco tardaron Pedro y sus vecinos en levantar un nuevo edificio donde almacenar la yerba seca para que las bestias no quedaran sin forraje durante el duro invierno que ya comenzaba a asomarse en aquellas tierras altas. La culminación de la obra se celebró con una opípara recena, en la que no faltó el buen vino, abundante comida caliente y las jotas cantadas hasta bien entrada la noche. Y cuando ya la buena gente comenzaba a retirarse con paso cansino hacia sus hogares, Pedro llamó en un aparte al Tío Celestino y le pidió con aire de misterio que se quedara un rato más.
El joven sirvió a su invitado otro vaso de oscuro caldo y ambos se liaron sendos cigarrillos sentados frente a la chimenea encendida. Sin dilaciones ni explicaciones previas Pedro se metió en materia.
-María, hazme el favor de traer el paquete.
El Tío Celestino retiró el cigarrillo de los labios para sonreír a sus anchas.
-¿Te lo dio el mosen? -Quiso saber.
-Sí. El mismo día que fui a verle -contestó Pedro-. Me dijo que te preguntara, que tú ya sabrías.
El anciano asintió mientras María entregaba el pedido a su marido.
-Aquí está. El mosen dijo que lo abriéramos hoy mismo y que los diablos no vendrían más -explicó Pedro.
El viejo seco y quemado por los años estudió el envoltorio con mirada experta y antes de que lo desempaquetaran soltó una sonora carcajada asombrando con ello a la joven pareja.
-¿Qué tiene de gracioso el tema? -Indagó pedro.
-Tú ábrelo, anda -fue la respuesta-. ¡Qué jodido! Sí que tiene buenas ideas el hombre éste.
Pedro lo desenvolvió despacio, con mimo y respeto, como si tuviera en sus manos una antigua y frágil reliquia. Al quedar al descubierto lo que había en el interior tanto Pedro como María ahogaron una exclamación. El Tío Celestino, sin embargo, ni se inmutó.
-Por Dios, ¡qué asco! -Dijo Pedro.
-Es repugnante -coreó María.
-Pero nos será de gran ayuda -concluyó el viejo.

Pedro y el Tío Celestino se encontraban ocultos tras de unos árboles cerca de la entrada del nuevo pajar; ambos se envolvían en mantas para combatir el frío intenso de la noche. El de menor edad llevaba una lamparilla apagada.
-¿Cuánto tiempo más vamos a esperar? En un par de horas amanecerá.
El anciano le hizo un gesto apremiante de silencio.  Ante la puerta del edificio se recortaban tres figuras delgadas y oscuras que cuchicheaban jocosas entre sí en una jerga incomprensible y extraña.
-¿Son ellos? -Preguntó Pedro con voz temblorosa.
-¡Venga! Enciende la lámpara ahora.
Un chorro de luz cálida calló de lleno sobre los demonios permitiendo contemplar con claridad su aspecto: eran mitad hombres y mitad cabras. Sus cabezas, grandes como calabazas maduras, así como las patas pertenecían a la parte animal, mientras que el resto del cuerpo se cubría con una grasienta mata de pelo negro y rizoso. Los ojos amarillos de los diablos reflejaron una profunda maldad al ver a los dos hombres que se acercaban corriendo armados cada uno de ellos con un hacha. El Tío Celestino gritaba al tiempo que corría:
-Mirad ahí arriba, ¡ved! Eso es lo que le pasó a otro de los vuestros que llegó antes para quemar el pajar, y eso es lo que os ocurrirá a vosotros ahora.
Los demonios miraron hacia donde señalaba el viejo y chillaron de puro espanto. En la viga que servía de marco superior a la puerta se encontraba clavada recta la cabeza momificaba de un enorme macho cabrío; aún mostraba algo de piel pegada al cráneo, y bajo la pálida sonrisa una luenga barba le caía hacia abajo mecida suavemente por el viento. Los inmensos cuernos, retorcidos como caracolas de mar, hacían resaltar todavía más las cuencas vacías de los ojos. Aquella visión y la de los hombres con las hachas fue suficiente para que los seres infernales salieran huyendo con pánico y poder salvar así sus cabezas, que seguramente irían destinadas también como adorno y aviso en cualquier otro pajar de la zona, tal y como había ocurrido con la de aquel "congénere" suyo.
Pedro y el Tío Celestino se detuvieron bajo la momia de la cabra y tomaron un respiro. Luego se rieron con ganas de la situación.
-¡No te digo! Pues la idea del mosen ha funcionado. ¡Qué jodido! -Comentó el viejo justo antes de liarse uno de sus cigarrillos.

Hombre-cabra, cogido del blog de ruerrero.blogspot.com.es.




Evidentemente, para que suene algo bueno, nada mejor que un grupo de la tierra. Hato de Foces en directo.



Y como toque Mod-ernista, un grupito aragonés de buen soul: The Faith Keepers con su tema "Don´t Worry ´bout Later".


jueves, 11 de abril de 2013

El Rey Arcoiris (novena entrega de Deliciosamente Humano)

Este cuento lo redacté coincidiendo con la película "El estanque dorado", de Mark Rydell (1981). De ahí que lo dejara apartado por completo o que lo acabara incluyendo en 1996 dentro de la colección "Deliciosamente Humano". Las razones son obvias para entonces, ahora da exactamente igual...

Una trucha arcoiris, de www.zazzle.es



El Rey Arcoiris
A Dolores Medio, mi admirada tía Doly.
Xuan salió de su casa silbando, como hacía cada mañana. Sobre el hombro le descansaba una vieja caña construida en madera que su padre le había regalado cuando era tan sólo un guajín.
"Para ser pescador no sólo hay que sacar peces del agua -le explicó su progenitor la primera vez que se lo llevara consigo para disfrutar de tan personal deporte-. Para ser un pescador de verdad hay que saber preparar el anzuelo y colocar la plomada; hay que saber desenredar el hilo cuando se engancha en las piedras y, sobre todo, hay que saber quitar la presa del cebo sin tener que destrozarle la boca. Si sabes eso eres pescador, si no, no lo eres". Desde ese mismo instante grabó las sabias palabras en su cabeza y ya al día siguiente, según lo señalado por su padre, se sabía un auténtico caceador con su primera captura en las manos y un brillo de victoria en sus grises ojos.
Con los años, su fama de avezado truchero se extendió por todo el Valle del Saliencia.
Xuan se llegó hasta el sendero que llevaba a la salida de la aldea, pero antes pasó a saludar a Josefina, la panadera.
-¡Buenos días! -Llamó el anciano.
-¡Muy buenos! -Gritó una voz desde el interior del local.
Una mujerona salió al exterior con el delantal manchado de harina y un pan tierno entre sus grandes manos. El penetrante olorcillo que emanaba del bollo indicaba que éste estaba recién hecho.
-¡Qué! ¿Ya va por él?
-Pues sí respondió Xuan-. A ver si tengo suerte hoy y me cae por fin.
-Sí, home, sí... Bueno, tenga esto y que le aproveche, ¿eh? -Dijo Josefina entregándole su pan de cada día al jubilado.
-Muchas gracias. Adiós.
-Con Él -se despidió la panadera volviéndose al trabajo mientras Xuan continuaba su camino.
A la altura de la ermita aspiró el fiero aroma de la yerba cortada que con el viento le llegaba desde los campos. Los segadores llevaban ya una hora larga en faena y cuando el viejo pescador se acercó a ellos todos, sin excepción, le desearon que viera cumplido lo que era su anhelo desde hacía cuatro años. Xuan contestó agradeciéndoles en el alma las muestras de amistad de aquélla que era su gente.
Algo más adelante redujo ostensiblemente el paso y levantó el labio superior con disgusto. Antes incluso de verla pudo escuchar el filoso sonido de metales chocando, marcando el ritmo de un añejo ritual mágico; preludio de una visión terrorífica que le helaba la sangre y sometía su alma, aún infantil, a la opresión de un miedo cerval muy relacionado con su avanzada edad.
Manolín El Coxu segando, de www.asturias.es
Maruxa, la gallega, viuda hacía ya siete años, se hallaba en medio del prado, guadañando primero y levantando después la dalla para volverla a amolar. Desde que su marido la abandonara para rendir cuentas al Creador ella cuidaba sola de la hacienda, en silencio y sin ninguna queja más que el eterno luto que la cubría de pies a cabeza. Hasta el pañuelo que aprisionaba sus cabellos era más negro que el Principado de Satanás. La mujer también saludó con la mano cuando le vio llegar. Xuan movió la caña con timidez en señal de respuesta."Hoy tampoco me tendrás, vieja; no hasta que él sea mío. Entonces, ya veremos", pensó y continuó caminando.
Torció luego a la izquierda, cerca de una valla de piedra sobre la que alguien había escrito con grandes letras blancas "ocalitos, non", y muy pronto, entre algunos helechos todavía verdes, encontró el sendero que sus propios pies habían ido modelando a los largo de los años. Lo siguió subiendo la suave pendiente, jadeando por el esfuerzo. Al llegar a la cima miró al otro lado de la cuesta y allá abajo lo vio correr libre, perdiéndose entre los castaños y volviendo a aparecer en toda su transparencia.
La visión del río siempre le rejuvenecía el espíritu; le hacía volver a la fantasía de la niñez cuando imaginaba a la corriente como vivienda de tradicionales seres mitológicos.
"A éste nunca me lo envenenarán -se dijo-, está bien vigilado. Las Xanas y Lavanderas lo cuidan y además está él, esperándome para siempre; a mí. Sólo a mí".
Respiró hondo y bajó con cuidado. Antes de llegar ya podía escuchar el saludo del río chocando contra los cantos que sobresalían del agua,  en el centro del cauce. Multitud de voces diferentes le hablaban y le decían claramente:
- Está aquí, Xuan, está aquí. Aguardándote.
Y él se daba prisa entonces, murmurando "ya voy. Ya llego".
En la orilla, y tras echar una breve ojeada, preparó la caña y lanzó su desafío particular consistente en pasar la punta de su instrumento de pesca sobre la superficie. Después quedó quieto. Las ondas se deshicieron fundiéndose con la corriente dorada y repitió el gesto, aunque no hubo respuesta.
-Ya aparecerá -masculló entre dientes.
El fresco de la mañana dio paso a un calor asfixiante. La escarcha de la hierba se derritió y las gotas prendidas en las telarañas brillaron como perlas atrapadas en hilos de plata.
Xuan se había introducido en el agua con sus altas botas de goma verde. La fresca presión de la corriente contra sus tobillos le alivió y dejó de sudar. Muchas veces, demasiadas para su gusto, alguna que otra trucha se dejaba atrapar, pero Xuan rápidamente la desenganchaba y la devolvía al río.
La mejor hora pasó y el viejo salió del agua dejando la caña en el suelo para liarse un cigarrillo con el tabaco de su petaca. Lo prendió y mientras daba la primera bocanada miró a su alrededor. Salvajemente hermoso. La paz que flotaba en aquel lugar le indujo a tumbarse y contemplar el cielo entre las copas de los árboles. Cuando terminó el lento cigarrillo se acercó al agua, metió la mano ahuecándola y apagó la brasa con el líquido que había recogido. Después se guardó la colilla en el bolsillo del chaleco y se secó la palma frotándosela reiteradamente contra el pantalón de pana marrón.
-Hoy no vendrá -comentó al tiempo que comenzaba a mordisquear el pan-. El muy hijo de su madre está jugando conmigo.
El tiempo transcurrió rápido. Xuan recogió sus cosas y se dispuso a partir. Antes de abandonar su rincón realizó un rito que venía practicando desde la primera vez que fuera a pescar: Arrojó por encima del hombro el último pedazo de pan.
-Para el urogallo -decía, sabiendo que ese ave se alimentaba de otras sustancias bien diferentes de la que le ofrecía el viejo.
Urogallo, de www.elmundo.es
En los prados los trabajos de siega ya habían finalizado y se empezaban a cargar los carros con la yerba cortada.
-¿Qué? -Le gritaron hombres y mujeres sin cesar en su tarea.
-¡Nada!
-¡Vaya por Dios! ¡Bueno, pues mañana entonces!
-¡Sí! ¡Mañana!
Y Xuan se dirigía al bar de Avelino tras despedirse de los segadores para degustar unos chatos de vino.

Amanecer encapotado; la masa esponjosa de nubes grises y violeta semejaba una celestial cantera de piedra amontonada en bloques redondeados que amenazaba con caer sobre los cristianos en cualquier momento. Pese a ello, volvióse a escuchar el habitual y mañanero silbidito de Xuan.
Ese día el viejo inquieto oyó una voz interna y especial que era como un grito de júbilo que no se atrevía a salir. Parecía un presagio, de ésos que presionan insistentes el pecho, indicando que algo bueno estaba por venir.
Cuando llegó al final de los campos volvió a reducir de manera pueril el paso, pero sólo atendió al silencio.
"¡Vaya! -Pensó-. Igual no está".
En efecto, la anciana vestida de negro no se encontraba cuidando de sus tierras.
-Un buen augurio -exclamó-. Todo señala a una cosa: Hoy va a caer en mis manos.
 Con el ánimo a flor de piel, marchó a grandes trancos hasta el río. Allí, por enésima vez, sin hastiarse nunca, saboreó la belleza sana del lugar y luego repitió el reto. Fue contestado: Un enorme pez saltó fuera del agua y volvió a caer levantando con su peso una lluvia de agua y espuma. El hombre se sobresaltó; casi había olvidado el tamaño alcanzado por aquella grandiosa trucha.
-¡El Rey Arcoiris! Por fin ha venido.
Algo más de cuatro años habían transcurrido ya desde que Xuan lo divisara por vez primera, y ya era grande. Por entontes, el animal nadó mansamente, con estudiada lentitud, y se quedó paralizado justo a la vista del asombrado viejo. Desde ese momento, y sin saber exactamente el motivo de semejante ritual, Xuan llamaba al pez pasando la punta de la caña por la superficie y el animal aparecía. Misterio de misterios. Casi un lustro -toda una curiosa hazaña, habida cuenta que las truchas apenas sí sobrepasan esa edad- hacía que pez y hombre se conocían jugando a ser ratón y gato. Eran inevitables rivales y, sin embargo, entre ambos surgió una especie de atracción irremediable; de hecho, Xuan había llegado a alimentarla en la mismísima orilla y la trucha acudió a comer casi en su mano. Parecía más bien un pacto entre honrosos caballeros, con unas reglas que ninguno de los dos se atrevía a quebrantar por miedo o respeto mutuo.
El pescador se metió en el agua, procurando no hacer ruido, y llegó hasta el centro del cauce. El Rey Arcoiris tenía que andar cerca; era más que seguro que se había ido a otra zona. El juego comenzaba de nuevo. Lanzó la mosca lejos a su izquierda para recogerla sin prisas. Repitió la maniobra durante un cuarto de hora y el sedal seguía sin tensarse.
De repente, la caña se dobló por su punta y Xuan notó que se le aceleraban los latidos del corazón. Dio un tirón seco y comenzó a recuperar carrete. La trucha se defendía en verdad como un condenado demonio.
-Puede ser él -se dijo excitado, aunque en su interior algo le decía que no era así, puesto que el pez no ofrecía la resistencia propia de su auténtico competidor.
La trucha se iba agotando y se dejó arrastrar hasta el hombre tras una demasiado breve lucha. El ejemplar era grande, pero estaba lejos de lo que Xuan anhelaba, así que lo soltó y lo devolvió al seno del río. Por unos instantes el rayo plateado se deslizó incrédulo ante su vista y luego desapareció en el fondo rocoso. Xuan lo miraba algo entristecido cuando detrás de él oyó un chapoteo y el agua le salpicó la espalda. Echó el cuerpo hacia adelante y se volvió de golpe. Las ondas que pudo ver en la superficie no podía haberlas causado más que el Rey Arcoiris.
-No quieres mosca. Lombriz tendrás.
Silueta de pescador, obra del serbio Goce Risteski. Me gusta

Una vez cambiado el cebo, no sin cierto nerviosismo, paseó la mirada por todo el río intentando adivinar dónde podría encontrarse el pez y, sin pensárselo mucho tiempo, lanzó la caña al azar. Había tirado con tanta fuerza que el hilo quedó enganchado en una rama de uno de los árboles que se inclinaban sobre la corriente hasta casi rozarla.
-¡Joder, Xuan! Pareces un novato -se recriminó colérico.
Observó la rama. Se encontraba demasiado alta como para alcanzarla sin tener que saltar, y si lo hacía seguramente el ruido ahuyentaría a su presa. Dejó pues el carrete suelto, apoyó luego la caña contra el tronco del árbol y comenzó a trepar procurando no resbalar con la plaga musgosa que lo recubría. La rama era bastante gruesa en su nacimiento, pero más adelante se estiraba hacia arriba haciéndose cada vez más delgada y débil.
-Ésta no aguanta mi peso -sentenció con fastidio.
la impotencia de su situación ridícula lo dejó inmóvil contemplando el agua, al tiempo que se le teñía de rojo la cara de pura vergüenza, incluso sabiendo que nadie le podía ver en ese momento.
-¿Te moverás de una vez, viejo estúpido? -Soltó-. ¡No irás a echarte para atrás!
Avanzó unos centímetros y se quedó sentado sobre el gran brazo vegetal. Luego situó las manos ante él y tomó impulso para continuar arrastrándose, sin preocuparse por los desgarrones que se podían producir en su pantalón. De vez en vez miraba cómo la lombriz que pendía viva del anzuelo se hundía en el agua para volver a salir por las oscilaciones de la rama. Cuando creyó que ya no podía avanzar más sin que la madera se quebrara bajo su peso ocurrió el milagro: El Rey Arcoiris saltó fuera del cauce tragándose el cebo hasta la garganta.
Tan grande fue el susto que Xuan cayó cuan largo era al río con un fuerte estruendo. Empapado hasta los tuétanos y con agudos dolores en el hombro por el accidente sonrió, sin embargo, ante la tensión del hilo sesgando limpiamente el agua. En cuestión de segundos el sedal se detuvo con brusquedad, ya que la rama le impedía seguir adelante. Pese al dolor los ojos del anciano chispearon de triunfo.
-¡Ja! Tú mismo te has atrapado -rió Xuan-. Me hubiera gustado cogerte de manera más deportiva, pero al fin eres mío. ¡Mío!
Corrió hasta el hilo y lo asió con ambas manos, aunque al tirar de él no halló resistencia.
-¿Qué te pasa? ¡Pelea, cabrito! -Gritó-. No me niegues ahora el placer del momento.
Como si le hubiera escuchado, el pez se movió con rapidez y el hilo corrió entre las manos del hombre, quien chilló entre maldiciones por el resquemor sentido en las palmas. Las introdujo en el agua para calmarlas y miró con odio la punta del sedal, que se introducía profundo en el cauce. Entre negros pensamientos gruñó y volvió a tomar el hilo; esta vez lo fue recogiendo con más cuidado enrollándolo alrededor del brazo, usando el ángulo del codo como separador de seguridad.
Aún así, la trucha se defendía y Xuan tuvo la sensación de que el hilo le fuera a seccionar el miembro de cuajo. Gimió sacando la lengua, pero continuó tirando. El pez intentaba por todos los medios soltarse saltando varias veces en el aire, cada vez más cerca del viejo.
Finalmente, cuando ya Xuan pensaba en abandonar la partida de puro dolor, el pez se relajó y se transformó en un peso muerto. El anciano lo vio venir casi al ras del agua y con gran esfuerzo lo levantó en vilo sonriendo.
Pero el gesto se le congeló en la boca.
Los ojos del animal se fijaron en él con una mirada que rozaba lo humano y los movimientos de sus finos labios, en realidad apremiantes bocanadas en busca de húmedo oxígeno, confirieron al pez el aire de un abatido guerrero quien, lejos de suplicar por su vida ante el vencedor, le retaba aún en su derrota.
-¿Y ahora qué, viejo? -Parecía decirle la monstruosa trucha.
"¿Qué pretendes decir con eso?", respondió mentalmente Xuan, a sabiendas de que conocía perfectamente la referencia de la pregunta.
-¿Quién soy, viejo? -Volvió a interrogar el pez-. Quizá yo sea tú mismo. Mírame; mírate, hombre. Como os ocurre a todos vosotros, tú también has sido incapaz de vivir tu propia vida sin tener que trasladarla hacia algo que está fuera de ti. ¡Qué singular pobreza! ¿Y ahora qué, viejo? Te has quedado sin metas...
Xuan cayó de rodillas al río presa del miedo.
-Se acabó -prosiguió la trucha-. Me has atrapado y ya no tienes nada más que hacer en este mundo sin sentido para ti. Te has quedado sin excusas para que Ella deje de afilar su guadaña y venga hoy mismo para llevarte en un último abrazo helado. ¿Te atreverás a pasar ante su prado? ¿Cómo la esquivarás?
Xana, cogida de xane.espacioblog.com
Los ojos del pez se tornaron vidriosos mientras su boca se abría y se cerraba marcando un ritmo de muerte lenta fuera de su elemento natural. El hombre se vio reflejado a sí mismo en la trucha y, como a un niño pequeño, la acogió entre sus brazos meciéndola con ternura y cantó en voz baja:
-"¡Ay! Qué nenín tan guapo,
¡ay! Qué guapo es el mí nenín.
Ya no te digo nada
hasta el muelle de Xixón;
dando la vuelta al tren,
con la i, con la o,
que me voy.
Ea, ea, ea, ea, eaé.
Ea, ea, ea, ea, eaé".
Al acabar la nana introdujo el dedo dentro de la boca del Rey Arcoiris y sacó el anzuelo sangrante. Miró a la trucha otra vez antes de meterla en el agua sosteniéndola entre sus manos. Cuando comprobó que el pez no reaccionaba se desesperó.
-¡Venga ya, amigo! No me hagas esto -pidió medio sollozando-. No puedes morirte; ¡no debes! ¿Me entiendes?
Meneó entonces al animal hacia adelante y hacia atrás; sus aletas se movían flotando carentes de vida. Las lágrimas del viejo discurrieron por sus mejillas rugosas y cayeron a la corriente. En ese instante el pez se agitó. Xuan enarcó las cejas con sorpresa y respiró hondo mientras la trucha se marchaba sin su ayuda. El hombre se incorporó de golpe y rompió a reír con ganas.
-¡Ah, granuja! ¡Sigues vivo! -chilló al pez, quien ya se alejaba de Xuan arrastrando consigo los temores del viejo.
La jornada había finalizado, pero cuando el pescador se aprestaba a retirarse tuvo una especie de visión que le dejó atónito: Había creído ver nadando junto a la trucha a una bellísima muchacha de piel blanca y cabellos dorados que le sonreían agradecida. Luego el pez y la mujer desaparecieron, y en su lugar los rayos del sol bailaron una danza luminosa y multicolor sobre la corriente.de vuelta a casa los segadores le volvieron a preguntar por el pez.
-¿Hoy tampoco? -Gritaron.
-¡No! -Respondió Xuan.
-¡Bueno, pues mañana!
-¡Mañana! ¡Sí! -Dijo el anciano mostrando los dientes en una amplia sonrisa, yéndose feliz a su manera, anclado en su gris rutina.
Me apetece, y mucho, incluir este tema para esta historia: A la gueta, de Beleño.


Y si puede ser, este enlace a su mejor tema con diferencia Na Ca'l Fuau:

¿Su letra? Hétela acá:

Vou'n Bulina, dixu'l viantu
dendi'l Norti al tou llau lligaré
ya siampri tarei unda eiquí
na Ca'l Fuau.
Ya nun bichoqui vian la nuechi
de lus tiempus,
fasta nos, perviaya vian,
guyamusla puas, trouxi virdá
na Ca'l Fuau.
Iba la seru
llonxi diban lus tous sonis
miou ca
pudi güir
ya'l miou sen quedou
cau de tí
na Ca'l Fuau.


Pero yo no sería yo si no ofreciera un tema como éste: Friggin' in the riggin' (Cascándote una paja arriba en el carajo), de los Sex Pistols.




La letra de este tema, que canta Steve Jones (el guitarrista), es la que sigue (advierto muy mucho de que es un pelín burra, ¿eh?):

It was on the good ship Venus (Érase una vez un buen barco llamado Venus)
By Christ, ya shoulda seen us (¡Por Cristo! Seguro que ya nos has visitado)
The figurehead was a whore in bed (El mascarón era una puta encamada)
And the mast, a mammoth penis (y el mástil, el pene de un mamut)

The captain of this lugger (el capitán de este cascarón)
He was a dirty bugger (era un sucio putero)
He wasn't fit to shovel shit (No estaba preparado para llevar mierda a paladas)
From one place to another (de un sitio a otro)
Friggin' in the riggin'  (Cascándote una paja arriba en el carajo)
Friggin' in the riggin'  (Cascándote una paja arriba en el carajo)
Friggin' in the riggin'  (Cascándote una paja arriba en el carajo)
There was fuck all else to do (No hay otra jodida cosa que hacer)

Captain's name was Morgan (El nombre del capitán era Morgan)
By Christ, he was a gorgon (¡Por Cristo, que era una górgona!)
Ten times a day he'd stop and play (diez veces al día tenía que pararse y tocar)
With his fuckin' organ (con su puto órgano)

The first mate's name was Cooper (El nombre del primero de sus colegas era Cooper)
By Christ he was a trooper. (¡Por Cristo, que era todo un patrullero!)
He jerked and jerked until he worked (Se sacudió y se sacudió hasta que llegó)
Himself into a stupor (a quedarse catatónico)

Friggin' in the riggin'  (Cascándote una paja arriba en el carajo)
Friggin' in the riggin'  (Cascándote una paja arriba en el carajo)
Friggin' in the riggin'  (Cascándote una paja arriba en el carajo)
There was fuck all else to do (No hay otra jodida cosa que hacer)

The second mate was Andy (El segundo colega era Andy)
By Christ, he had a dandy (¡Por Cristo, que era todo un dandy!)
Till they crushed his cock on a jagged rock (hasta que se machacó la polla con una piedra filosa)
For cumming in the brandy (por eyacular en el coñac)

The cabin boy was Flipper (El grumete se llamaba Flipper)
He was a fuckin' nigger (era un jodido negro)
He stuffed his ass with broken glass (se atiborró el culo con cristales rotos)
And circumcised the skipper (y circuncidó el prepucio al patrón)
Friggin' in the riggin'  (Cascándote una paja arriba en el carajo)
Friggin' in the riggin'  (Cascándote una paja arriba en el carajo)
Friggin' in the riggin'  (Cascándote una paja arriba en el carajo)
There was fuck all else to do (No hay otra jodida cosa que hacer)

Friggin' in the riggin'  (Cascándote una paja arriba en el carajo)
Friggin' in the riggin'  (Cascándote una paja arriba en el carajo)
Friggin' in the riggin'  (Cascándote una paja arriba en el carajo)
There was fuck all else to do (No hay otra jodida cosa que hacer)

The Captain's wife was Mabel (La mujer del capitán era Mabel)
To fuck she was not able (pero no era capaz de follar)
So the dirty shits, they nailed her tits (Así que el muy cabrón le clavó las tetas)
Across the barroom table (a lo largo de la mesa de la taberna)

The Captain had a daughter (El capitán tenía una hija)
Who fell in deep sea water (que se cayó a las profundidades abisales)
And by her squeals we knew the eels (y por sus berridos supimos que las anguilas)
Had found 'er sexual quarters (se habían acomodado en su sexo)

Friggin' in the riggin'  (Cascándote una paja arriba en el carajo)
Friggin' in the riggin'  (Cascándote una paja arriba en el carajo)
Friggin' in the riggin'  (Cascándote una paja arriba en el carajo)
There was fuck all else to do (No hay otra jodida cosa que hacer)

*Por carajo se entiende la canastilla de vigía que había en los mástiles de los antiguos galeones y carabelas. De ahí la expresión "Vete al carajo".


sábado, 24 de noviembre de 2012

Octava entrega de Deliciosamente Humano

Siento ser tan rápido a la hora de volcar últimamente contenidos en el blog, pero me siento acosado por el tiempo que se me va de las manos. Me da la sensación de que se agota con rapidez y tengo demasiadas cosas que mostrar. Como el silencio de los lectores es abismal, continúo por la saga de Deliciosamente Humano, a pesar de que La Rosa Negra es, con diferencia, lo que más se lee. Quien quiera peces, que se moje la rabadilla, que dice el refrán; o lo que es lo mismo, quien quiera algo que lo pida claramente, ¿ok?.
Dicho esto, aquí os regalo otro cuentecillo más:


                                                   Amago de superhombre
En la estancia no entraba casi luz. Las persianas estaban bajadas y sólo por alguna rendija un débil rayo de sol se esforzaba por iluminar un rincón, confiriéndole a la habitación un cierto aire de celda. En el centro había una cama con ruedecillas en las patas y sobre el lecho descansaba una anciana que acababa de ser operada. La mujer se hallaba en periodo de recuperación, de ahí que el flujo de enfermeras fuera cada vez menor.
El flotante olor de las flores era demasiado intenso y dulzón y empezaba a fastidiar al joven sentado en uno de los sillones situados a ambos lados de la camilla.
Sustituía momentáneamente a su hermana, quien había bajado al bar del hospital para comer algo. La enferma era la abuela de ambos. Si ésta daba visos de encontrarse mal su nieto debía de notificarlo a las enfermeras; por lo demás, atendía también las llamadas telefónicas, en exceso numerosas para su gusto.
El cuarto estaba muy caldeado y la temperatura parecía aumentar por momentos. Para combatir el calor el joven se despojó del jersey soltando el aire con un sonoro bufido. La mujer no se despertó.
Me gusta la luz filtrada a través de barras
y barrotes. Imagen cogida de
jansenson.blogspot.com.es.
Golpearon a la puerta suavemente y acto seguido Begoña entró sonriendo. Aquella estudiante en prácticas resultaba fantásticamente atractiva para el joven, pero éste no sabía cómo decírselo; de hecho, creía que ni siquiera tenía derecho a hacerlo. Una de esas tontas situaciones tan comunes a las personas de talante tímido, como era el caso. Begoña saludó en voz baja y se dirigió hasta una mesita rodante donde reposaban los restos de la comida ingerida por la anciana.
-¿Qué tal se encuentra? -Susurró la chica señalando a la camilla.
-Mejor, gracias -respondió el joven sonrojándose levemente sin poder evitarlo en la penumbra del sillón.
-Si necesitáis algo, no tenéis más que avisar, ¿vale? -Begoña retiró la bandeja y se despidió educada con su gracioso acento navarro. El joven se levantó rápidamente para abrirle la puerta haciendo que la muchacha bajara los ojos murmurando unas palabras de agradecimiento. Durante un momento vio cómo la enfermera se alejaba por el pasillo, fijándose en la suave cadencia de sus firmes caderas, luego se metió en la habitación y cerró la puerta. La abuela continuaba durmiendo.
El teléfono quebró la quietud y la anciana, abriendo los ojos alarmada, se quedó mirando a su nieto en silencio.
-¿Digo que estás durmiendo? -Inquirió éste antes de descolgar.
-Si es de la familia, me lo pasas.
El joven mantuvo al aparato una conversación breve, tajante, aburrida y monótona, en contestación a las típicas preguntas que se suelen hacer al llamar a un enfermo. Después colgó.
-¿Quién era?
-Una amiga tuya; bastante plasta, por cierto.
-¡Oh! No lo sabes tú bien -apuntó la abuela-. Les agradezco muchísimo que se preocupen por mí, pero si me pongo siempre es que acabo agotada.
-¡Bah! No te preocupes. Anda, duérmete.
-¿Y tu hermana?
-Bajó a comer. Vuelve ahora.
El joven se acomodó de nuevo en el sillón y su abuela cayó en un sueño profundo nada más cerrar los párpados. Los sedantes que tomaba para calmar el dolor eran realmente fuertes y la mantenían atontada la mayor parte del día.
Para matar el tiempo se dedicó a estudiar la camilla. Era de ésas móviles que se podían subir o bajar tanto en la cabecera como en los pies; bastaba con darle vueltas a un gato grisáceo que ponía en marcha un sistema simple de ruedas y tuercas. El joven se movió hacia adelante y retiró el gato de la palanca a la que estaba acoplado. Luego se recostó en su asiento entreteniéndose en hacer rotar el retorcido instrumento sobre su eje alrededor de la mano.
Acto seguido dejó volar la imaginación cuando sus ojos se posaron sobre la enferma.
Visión enfermiza titulada "La Peste", tomada de www.elhorizontal.com
La vio tan frágil, tan segura, tan sumamente arropada por sus nietos...
"Sería irónico -se dijo mentalmente- que la persona que la vigilaba fuera también la que la acabara matando". Bastaría con un simple golpe certero en la cabeza y ni tan siquiera sufriría. Pasaría a dormir para siempre en una muerte indolora y dulce.
Después se vio a sí mismo dejando con calma el arma homicida sobre la cama para a la enfermera que estuviera de turno. "Ojalá que fuera Begoña". Ella vendría quedándose horrorizada ante la escena. "No, mejor que no sea Begoña; esa clase de chicas tan finas no se suelen enamorar de los asesinos. Pero sí la que trabaja por las tardes, la que tiene cara de vinagre. Démosle una pequeña sorpresa".
-Debería usted de dar aviso sobre lo que ha pasado, ¿no le parece? -Le diría.
Luego permanecería en la habitación aguardando a las fuerzas del orden; incluso abriría la persiana a fin de que la estancia se llenara de luz y poder contemplar así, a sus anchas, su repugnante obra. Primero el histérico sonido de las sirenas llenando el lugar, unos pasos rápidos en el exterior y la irrupción de varios agentes de marrón con caras de pocos amigos.
Entonces encendería un relajante cigarrillo preparándose para el inevitable interrogatorio.
-¿Por qué lo hizo? ¿No era usted familiar suyo? ¿No se encontraba la víctima a su cargo?
¿Cómo les iba a explicar a esos cabezas de chorlito que si había actuado así fue porque se sentía capaz de ello, porque le apetecía matar, porque su valor era mayor que el de cualquiera, que asesinó porque sí? Veía como algo imposible que los policías llegaran a entenderlo, y por eso se limitaría a responder:
-La maté porque roncaba...
Dejó tan malsana fantasía a un lado y de nuevo se encontró en la habitación de un hospital, con las ventanas cerradas, ya en las tinieblas del norteño invierno.
Alegoría sobre la afinidad entre mujeres, de Jodorovski (creo),
cogida de planocreativo.wordpress.com
Su hermana entró en ese momento encendiendo las luces y la anciana despertó finalmente. Tenía más afinidad con ella, por mera cuestión de carácter, y le gustaba departir con la joven sobre cualquier cosa, porque tenía una capacidad de detalle que la entretenía. Su nieto, por contra, era demasiado parco en palabras y no sabía llenar su prolongado tedio tras tantos días hospitalizada.
-¿Comiste bien? -Quiso saber la abuela.
-De maravilla. Hola, tú -saludó al hermano, quien se puso en pie tras colocar el gato en su sitio. Luego se vistió el jersey y se apresuró a despedirse.
-Bueno, yo me tengo que marchar -dijo dando un beso a cada una de ellas. En la puerta sacó un pitillo del abrigo.
-Estaré aquí para la cena. Hasta luego.
En el pasillo aspiró ansioso el humo del tabaco, porque en el interior del cuarto, durante las visitas, no estaba permitido fumar y se alejó en dirección a los ascensores. Pasó ante el control de las enfermeras y vio a Begoña atendiendo una llamada telefónica. Cuando la chica levantó la mirada al paso del joven éste le sonrió y le lanzó un furtivo guiño. Incomprensiblemente, esta vez fue ella la que se sonrojó.
Para amenizar la lectura, he preferido volver la mirada al Revival Mod-ernista. El grupo elegido, Secret Affair (me encantaban) y su tema, ¡cómo no!, el Time for action. Equilicuá:


Letra y traducción, evidentemente:
Standing in the shadows, (Permaneciendo en las sombras)
Where the in-crowd meet (donde se cita la multitud*)
We're all dressed up for the evening (estamos todos vestidos para pasar la noche)
We hate the punk elite (who are the punk elite) (odiamos a la élite punk-¿quién es la élite punk?)
So take me to your leader (así que llévame ante tu líder)
Because its time you realised... (porque es el momento de que te liberes...)
CHORUS (ESTRIBILLO)
That this is the time (Que éste es el momento)
This is the time for action (time for action) (Éste es el momento para la acción)
This is the time to be seen (time to be seen) (Éste es el momento para exhibirse)
This is the time for action (Éste es el momento para la acción)
Time to be seen (El momento para exhibirse)
They can laugh in our face (Podrán reírse en nuestras cara)
Cos we know we're right (porque sabemos que estamos bien)
Looking good's the answer (la respuesta es la buena apariencia)
And living by night (y vivir para la noche)
So take me to your leader (así que llévame ante tu líder)
Because its time you realised... (porque es el momento de que te liberes...)

REPEAT CHORUS (REPETIR ESTRIBILLO)
Look at Sweet Julia (Echa un vistazo a la dulce Julia)
Speeding on the late night train (A toda leche en el último tren de la noche)
They're laughing at the way she dresses (Se ríen de su forma de vestir)
Too smart and clean (Demasiado elegante y limpia)
But she don't care (Pero a ella le da igual)
because she know's she's right (porque sabe que está bien)
And you know we're only two steps away (Y sabes que estamos sólo a dos pasos de distancia)
REPEAT CHORUS (REPETIR EL ESTRIBILLO)
* The in-crowd en este caso no alude únicamente a una masa de gente, sino a un tipo muy determinado de personas con mucha clase para vestir y, especialmente, para escuchar determinado tipo de música, por lo que acudían a determinados clubes musicales no aptos para los no sibaritas.

jueves, 22 de noviembre de 2012

Séptima entrega de Deliciosamente Humano

El club de los estúpidos
Los héroes y los santos son crucificados siempre, pero se levantan una vez más para ser adorados por los mismos que antes les crucificaron.
Liam O'Flaherty.
Imagen de la Sierra de Santa Bárbara, donde transcurre esta oscura historia. Cogida de guijosantabarbara.blogspot.com.es
Ahí los tengo delante. Horas y horas en el mismo bar bebiendo cerveza y hablando; vomitando palabras desde siete bocas. Uno de ellos soy yo.
Recuerdo a Jaime abriendo la puerta, arrastrando consigo el frío de la noche. Y mientras tanto, continuaban llegando más jarras rebosantes de espuma. Jaime, todo sonrisas y escepticismo, se nos apareció con un poema recién escrito para que nos lo leyera, y accedimos:
–Las rugosidades de la pared;
Mis dedos acariciando pezones llagados,
Reposando en el cáncer mortal
Que acapara el cuerpo de la mujer.
Sudor y vómito en un bajel
Y el océano que grita su impotencia.
Sobre las olas cabalga,
Sacando la lengua al compás,
El diablo burlón de almas.
Si él supiera,
Si todos supiéramos...
Dificultad de un parto
En una pelvis estrecha,
El dolor de ser alguien
Por el mero hecho de ser.
Encontrar la muerte a voluntad,
La muerte voluntaria y el goce
Del amor en tus brazos fríos.
Ojalá fuera lícito matar
Y ser consecuente con el odio:
Muerte a voluntad;
Desgarrar el amor imposible.
Bienvenido al mundo del
Absurdo, hijo mío.
¡Qué estúpidos! ¡Qué estúpidos!
Buscar el sentido del no sé qué
Para creerse dueños del aire.
Han muerto, solos, pudriéndose,
El asceta y el místico.
Impotencia del inocente,
Guerrero paciente, voluntario único
Al que se ha de pisar
Hasta que sus huesos blancos
Reluzcan con la luna.
Si Dios quisiera...
Si Dios quiere.
Mientras tanto hay que seguir llorando,
Sin rosas secretas ni glorias
Que conquistar.
Sólo seguir llorando
Ante la risa del burlón.
Bienvenido al mundo del absurdo,
Maldito imbécil.
"Bien, ¿qué os ha parecido? -Nos preguntó el autor.
Pobre Jaime. Dio margaritas a los cerdos. Insensibles, permanecimos mudos y luego alguno incluso se atrevió a decir que le había gustado, pero no dio ningún motivo. Pobres de nosotros porque ni aquello era poesía ni nunca entendimos nada de artes; nos limitábamos a disertar sobre temas generales, adentrándonos en la metafísica, para no llegar nunca a un fin definido ni definitivo. Y, sobre todo, pobre de mí, que hablé de más aquella noche para opinar sobre algo que se encontraba muy por encima de mis modestas posibilidades.
–Te faltó hablar de la voluntad, Jaime. La voluntad para matar. Creo que es un poema cobarde, para seres débiles e incapaces de afrontar la vida cara a cara.
Los demás me miraron. Jaime también, un poco molesto. En sus caras descubrí una necesidad de escuchar que no supe satisfacer, porque todo lo que tenía que exponer lo había dicho ya. Todo. O más bien nada.
–¿Voluntad para matar? ¿Qué quieres decir con eso?
–Quizá Javier se refiera a la posibilidad de poder matar porque sí –dijo Joaquín.
–¿Y por qué matar y no voluntad para suicidarse? –Preguntó Jorge.
De nuevo esa charla baladí. El torrente de preguntas sin respuestas. Siento todavía unas ganas terribles de hacerles callar, pero después de lo ocurrido es mejor que silencie mis labios y deje transcurrir el tiempo sin decir nada. Escuchando sin hablar. Con vergüenza. Como obligan a hacer a los niños.
A Jorge le contesté yo:
–Para suicidarse hay que estar libre de ataduras. Y la mayor de todas es el miedo. Para matar a otro hombre no se necesita más que las ganas de acabar con él, es algo muy simple. Pero para quitarse la vida es necesario un auténtico acto de voluntad. Los suicidas por una causa son despreciables; odiosamente cobardes.
Algunos, como José o Juan, prendieron las pipas, señal de que les atraía el tema. El humo espeso, denso, pesado, flotando lento en el espacio intermedio entre ambos aportó una nota fantástica al ambiente de nuestro pequeño rincón privado.
Mesón similar al que aparece en el relato, de elroalicodemanue.blogspot.com.es.
–Yo, sin embargo, pienso que tan cobarde es el que se quita la vida como el que no se atreve a hacerlo –puntualizó Julián–, y me da exactamente lo mismo que se haga por voluntad, como tú dices, o por presiones sociales, económicas o sentimentales... Es igual.
–Pero es que yo aún diría más –era Jaime el que hablaba–; nadie que se suicida lo hace por un acto puro de voluntad. Sería de una idiotez incomprensible.
Mis ojos entrecerrados. Aguantando la carga. Y después la acción estúpida, más propia de un inquieto adolescente que muestra las plumas de sus nuevas alas que de un adulto hecho y derecho, como se supone que yo era. Me perdí en la vorágine de mi posición a la que debía de defender a capa y espada, como si me fuera la existencia en ello. Cuestión de un mal comprendido sentido del honor.
–Te puedo demostrar que en eso estás equivocado –le dije.
–¿Sabes de algún ejemplo? –Preguntó Juan.
–Yo mismo –contesté acalorado.
Los demás sonrieron. Nuestras reuniones teóricas e imaginativas adoptaban un nuevo cariz. Era la primera vez que uno del grupo pretendía moverse en el terreno de la acción práctica. Y eso les resultó francamente interesante a mis compañeros.
A pesar de todo, los dos fumadores negaron incrédulos con la cabeza. El humo de las pipas escondía sus cínicas muecas de sorna. En ese momento les hubiera escupido: la saliva rompiendo la telaraña que les servía de escudo con un sinuoso sonido de seda desgarrada. Luego el impacto en sus caras, claro y agradable, dejándome a mí desahogado por completo. En vez de eso me levanté para enfrentarme a todos con la mirada, uno a uno por separado y luego nuevamente a todos en conjunto. Me ardía el rostro. El corazón acelerado, resonando en el silencio, formando un eco sordo bajo la respiración agitada. Me temblaban las manos cuando tomé la jarra para apurarla de un interminable trago. Después llamé al tabernero a gritos.
–¡Jonás! ¡Ven un momento!
El hombre me miró sobresaltado. Nunca nos había visto así. Eran ya demasiados años parapetado tras de sus limpios vidrios, en su refugio de paz y alcoholes. Se asustó de veras cuando vio quebrado el solaz de su mesón.
–¿Tienes aún la pistola a mano? –Le pedí en voz baja.
Jonás asintió pálido, aunque se quedó inmóvil, esperando, con su enjuta cara más alargada si podía por el hueco que dejaba su boca abierta.
–¿Está cargada?
–Sí señor, pero...
–Tráesela –solicitó Jaime–. No va a pasar nada.
El tabernero alzó los hombros descarnados y se marchó en busca del arma. Le seguí tambaleante hasta el cuartucho trasero de la casa. A la luz de una vela sacó una caja polvorienta que guardaba la pistola y me la ofreció. Estaba oxidada y herrumbrosa, pero cuando eché el percutor hacia atrás el gatillo se movió sin ningún esfuerzo dejándola preparada para disparar.
–Cuidado, señor. Estas cosas las carga el Diablo.
–No te preocupes, buen amigo. Tú vuelve a tu negocio que nosotros seguiremos con nuestras cuitas.
Regresé con mi grupo. La sonrisa ebria como una mueca grotesca en la boca. La pistola en la mano apuntando al suelo. Me detuve frente a la mesa.
–Bueno, colegas míos. Llegó el momento. Me iré al monte para no molestar a alguien con tan desagradable espectáculo.
Sus expresiones no cambiaron un ápice. Aquello me enfureció y me embocé con la capa. En la puerta pude sentir las seis miradas fijas en mi espalda. Salí por fin sin escuchar una palabra, ni siquiera una despedida. O bien les daba igual que yo me pegara un tiro o bien estaban muy seguros de que no me atrevería a hacerlo. Las dos posibilidades me encolerizaron todavía más, a pesar de la contradicción que suponían. Quizá esperara a que me detuvieran o simplemente dijeran que la broma había ido demasiado lejos. Nada. Callados, mirando, rodeados de cerveza y humo.
El mesón era el último edificio de la localidad. Más allá, en el seno de la noche, comenzaba el campo abierto. Hacía frío, pero yo sudaba. El farol de la rúa brindaba una luz mortecina en forma de círculo, bajo el cual me centré. El vaho de mis respiración me recordó las pipas y la añorada intimidad del calor. Por un instante flaqueé, pero luego me puse a andar dejando atrás el pueblo y su relativa comodidad.
Debía de cumplir una palabra dada; tenía que demostrar que mi teoría era cierta; estaba obligado a ser uno de esos cretinos románticos, tan de moda, habilitados para morir con fanatismo manifiesto en defensa de un ideal.
Conjunto megalítico por sobre la nieva caída, de www.crienaturavila.com.
Los primeros copos entibiaron mi empeño y despejaron la roja embriaguez que me tenía sometido.
Con la nieve llegó también una especie de resplandor azulado que clareaba la senda. Intuí la luna oculta entre los oscuros nubarrones. Al mismo tiempo me envolvió el fresco olor rural y no tuve miedo. Así caminé durante más de una hora sin darme cuenta. Remitió luego la copiosa nevada permitiendo que la vieja Selene encendiera con sus múltiples brazos la blancura del manto helado.
El paisaje que se me ofreció entonces me resultó alucinante: una gama de verdes, casi negros, mezclados con albas manchas dejadas por la cellisca, servían de alfombrada base a un conjunto de grandes rocas que se alzaban como dientes lobunos desde sus encías terrosas. Toda la campiña se encontraba salpicada de flores pálidas indiferentes a los rigores de la temperatura glacial. Pese a mis escasos conocimientos de botánica las reconocí como Limonium dichotomum; inexistentes en aquella región.
Limonium dichotomum, de biodiversidadvirtual.orgherbarium
Finalmente, me apoyé algo mareado en una de aquellas erguidas piedras. Dejé pasar el tiempo mirando absorto a mi alrededor; realmente había olvidado el motivo por el que me hallaba en un lugar extraño, a esas horas tan tardías, con un arma en la mano.
La confusión se disipó enseguida y supe de golpe que había llegado hasta allí para suicidarme. ¿Para qué negarlo? Estaba aterrado. La angustia hizo que me temblara la cabeza, así que cerré los ojos a fin de intentar serenarme. Procuré concentrarme en esos pequeños acontecimientos que nos hacen pensar en que uno está vivo; cosas tan simples como el roce de la ropa contra la piel, el viento besándome la cara, la dura presión de la roca sobre los omóplatos o la pesadez de las piernas después de una larga e irregular caminata... Pero si algo eché realmente en falta en esos momentos fue el familiar y entrañable canto de los grillos.
Poco a poco acerté a calmarme. Aún así, persistía el ansia ante el hecho de que en breve tendría que asomarme al abismo donde se arrojan los que dejan de ser.
Mi existencia se iba a terminar sólo por una tonta apuesta de mezquinos borrachos que no me aportaría beneficio alguno más que el de demostrar que yo tenía razón. ¿De qué valía eso una vez en la fosa? Ni siquiera mis camaradas de taberna se dignarían en recordarme después como el único del grupo que contaba con el valor suficiente para llegar hasta el final con todas las consecuencias; al contrario, más bien me acabarían evocando como el "idiota ése que se reventó los sesos porque sí".
No; porque sí, no. La inspiración, como suele ocurrir, me llegó de pronto arrancándome una breve risa de complicidad hacia mi persona. Y es que el mero hecho de estar allí ya contradecía mis propias palabras, todo lo que yo había apologizado frente al ataque del resto de mis amigos, puesto que si me iba a suicidar con la intención de evidenciar que no hacía falta un motivo para ello, eso de por sí ya era un pretexto y, por tanto, yo carecía de razón. Increíble; había perdido. Mis argumentos se desmoronaban incluso antes de empezar.
Visto lo cual, no tenía más que desandar el camino para volver a casa y abandonar tan absurda empresa. Derrotado, por supuesto.
Mi orgullo en entredicho; ¡ay! Aquello era lo que más dolía. Razoné fascinado que ya no podía echarme atrás por puro temor al ostracismo, ya que todo aquel que mercadea con su palabra, la acaba desvirtuando; y quien no tiene palabra se priva del honor.
Levanté el arma.
Mis manos estaban azuladas, inutilizables. Ni siquiera podía articular los dedos, pues no me obedecían, y acerté en ello con una excelente excusa: "cometí el error de salir sin guantes; me vi incapaz de apretar el gatillo". Sonaba disparatado, pero no tenía nada mejor para ocurrírseme.
De lo lejos me llegaron los sones de una arrítmica sinfonía de cencerros. Parecían cabras u ovejas. Después escuché una flauta acompañada por el canto ronco de un anciano. Algunas de las frases las entendí claramente; decían así:
-"En el aire flota una fragancia de promesas remotas,
Tanto que llegan a ser invisibles a los ojos
Del hombre ansioso.
Las infinitas posibilidades van casadas con la mentira
Y el fruto de esa penosa unión es
La más grande desesperación del alma.
¿De qué sirve amar hasta la locura cierta?
¿Para qué arde una llama de cariño
Si éste es imposible?"
Ovejas negras, recopiladas de petalofucsia.blogia.
El resto de los versos cantados, si es que los había, fueron arrastrados por la fuerza del viento haciéndolos incomprensibles. Luego, de entre la tiniebla, surgió un zagal de cabellos negros y ojos castaños. Al verme cesó el toque de su instrumento y sonrió. No parpadeaba y la extraña curva de su boca me resultó forzada. Sentí repugnancia y algo de pánico. Posteriormente apareció el rebaño. Ovejas; todas negras, arrancando implacables de raíz la yerba en su avance, dejando tras de sí un rectilíneo rastro de desolación. No balaban, no producían más ruido que el de sus badajos golpeando las campanas de cobre. Por último vino el pastor, cubierto por una raída capa tan oscura y opaca que casi le hacía pasar desapercibido a la vista, fundiendo su altísima y espigada figura con la noche. La cabeza, protegida por un sombrero de paja de amplias alas, se alzó sin prisas y dejó al descubierto sus pupilas profundas, brillantes, rojas como ascuas.
El pastor colocó una de sus manos sarmentosas sobre la tierna cabeza del rapaz, quien de repente pareció sufrir una infinita y tormentosa agonía por ello. Volví a escuchar entonces esa voz rasposa, cascada por el tiempo, que me saludaba:
-Buenas noches tenga, caballero.
Bramó luego el viento con insólita potencia, arrancando de cuajo a las siemprevivas. Su gélida furia era tal que una bofetada de ofensa, y así noté que la piel se me secaba con su agudo tacto. Si tuviera que buscar un símil que describiera tan dolorosa y desagradable sensación, diría que dos dedos de filosas uñas se entretenían en tejer sangrientos mapas de lejanos países de fábula aprovechando las rugosidades naturales de mi rostro.
Me resguardé al otro lado de la peña a fin de evitar el frío envite del aire y allí recapacité sobre lo que estaba aconteciendo: era imposible que, a esas horas y con ese temporal, alguien medianamente normal se dedicara a apacentar su ganado. ¿Quiénes eran, pues, aquéllos que hacían de la noche la hora habitual para ejercer unas labores tradicionalmente diurnas, sin pensar siquiera en el bienestar de unos animales que, a postremas, suponían su sustento y supervivencia?
Intrigado, me asomé de nuevo para echarles otro vistazo, sin embargo ya no había nadie; ni pastor ni zagal ni ovejas. Pero sí la nítida pista sin hierba que dejaron las voraces rumiantes a su paso. En esto lo vi y, por tanto, ¡Dios me guarde!, lo que fuera motivo de leyenda pasó a ser para mí una realidad muy difícil de olvidar. Una bestia, mitad yegua mitad jabalí, cruzó rauda siguiendo los pasos del pastor con su cerduno hocico pegado al suelo, chasqueando las amoladeras, y los vivaces ojillos fijos en su meta. Hincado al enorme cuerno que le nace en mitad de la frente se descomponía el cadáver de un lobo adulto. No obstante, el monstruo no daba muestras de sentir el peso añadido y, con una agilidad y fortaleza envidiables, desapareció a su vez en los límites de la noche.
Dibujo (creo que el único que existe) del Escornáu, escaneado (penosamente) del libro Personajes imaginarios en peligro de extinción, de Pilar Alonso y Alberto Gil, con dibujos de Jesús Gabán.
Soltando un suspiro de alivio me sequé los regueros de sudor del cuello con el pañuelo para luego quedarme inmóvil durante un buen rato, intentando adivinar en la roca sobre la que me apoyaba un oasis de sano verismo y cordura. Por un momento creí escuchar las campanillas en el horizonte; luego, nada. Silencio sepulcral. Entonces me di cuenta de que había perdido la pistola.
No me dio tiempo a reaccionar. Hasta mí llegaba nebulosa una voz femenina que canturreaba sin palabras. Me hice el sordo cerrando en vano mis oídos a esa nueva ilusión, pero me fue imposible no hacerle caso. Caminaba desnuda, como una ninfa griega, recogiendo las flores víctimas del vendaval con las que confeccionaba una suave corona. Se aproximó y con sus delicadas manos me concedió el privilegio de hacerme rey al ceñirme la frente con la diadema aún sin terminar.
-¿La reconoces? -Preguntó alguien por encima de mí. Miré hacia arriba y vi a un joven sentado en los alto de la piedra con las piernas colgando, balanceándolas juguetón. Fruncí el ceño. Luego contemplé de nuevo a la muchacha.
-¿No? ¡Qué lástima! -Continuó el joven-. Ella sí que te conoce bien. Antaño anduvo tan enamorada de ti que acabó por abandonarte. ¿Sabes ya de quién hablamos?
¡Y tanto! Se refería a Gema; la única mujer a la que me había atrevido a querer hasta la locura. La tenía delante, mirándome sin ver, como dicen que les ocurre a los fumadores de opio allá en Oriente, con interrogantes ojos de ida, casi babeando. Una pobre imagen de lo que fue. No pude ni abrir la boca y ella comenzó a irse con lentitud, permitiéndome retener en la memoria cada nimio detalle de su delicioso soma.
-¿Recuerdas ese extraño dolor que te causó su fuga?
Perfectamente, maldito ladrón de membranzas, como si hubiera ocurrido hace sólo unos segundos. Me dijo que necesitaba ver mundo y escapar de ese pequeño pueblo que la estaba asfixiando.
-¡Falso! ¿Cómo pudiste creer en semejante justificación? -Se rió en clara burla-. Seamos sinceros: se fue porque te amaba y eso la estaba consumiendo; sentía auténtico horror a quererte, ¿no es maravilloso?
¿Maravilloso? No; más bien absurdo. Nadie teme al amor, sino a sus consecuencias y yo nunca di motivos a Gema para que perdiera su fe en nuestra ideal relación.
Siempre me imaginé que este caballero (y el de Nitrato de Chile)
eran el Diablo, de desdetemplolucero.blogspot.com.es
-¡Cuidado! Nos no tenemos necesidad de mentir; adoramos la Verdad. Tu duda nos ofende. Habrá, pues, que refrescar ésa tu voluble retentiva cerrada al pasado. Veamos, sospecho que la dama decía algo parecido a esto: "Javier, tienes que contener tu pasión desbordante...
...Porque es como un huracán que me arrastra, y yo no puedo corresponderte". Cierto; aún guardaba con celo aquella carta que me envió durante mi viaje a Bilbao. Al parecer, no fui capaz de dominarme, tal y como ella me suplicaba en su misiva.
-¿Ves? Ahora muéstranos en qué te convertiste desde entonces.
Un amargado.
-Con la facultad de acusar una aversión creciente hacia las mujeres; esos encantadores animalitos que te acosaron en cuanto ella desapareció.
Actuó por cobardía.
-E hizo de ti un pusilánime inverecundo. Posees todo el derecho del mundo para odiarla, amigo mío.
Apreté los dientes con rabia. La aborrecía, sí. En ese momento hubiera entregado gustoso mi alma a cambio de tener la ocasión de estrangularla, así que la busqué frenético para realizar mi obcecado deseo. Empero, la voz habló de nuevo.
-Hasta aquí lo que ya conoces. Sin embargo, lo peor vino después, durante su vida en la gran ciudad, donde se abandonó a los placeres de la experiencia imperdonable por parte de las buenas gentes puritanas... Siempre teniéndote presente -su risa me acosaba dejándome como hipnotizado-. Cada vez que yacía con un hombre, y fueron muchos, ella imaginaba que se trataba de ti; estabas por encima de cualquiera. ¡Oh! ¡Cuántos mensajes rotos donde intentaba explicarte el por qué de su decisión! ¿Y noches? Eternas, interminables, dando vueltas en su habitación, viendo tu rostro en cada esquina. Lloraba a menudo y otras tantas veces estuvo tentada de regresar contigo, pero, ¡claro!, no podía ser. Tampoco tú la olvidaste nunca y aún hoy sigues sufriendo. Nos queremos que eso termine, mi buen amigo. Ella ha muerto... Y su alma es nuestra.
La vi en lontananza, fugazmente pequeña, casi perdida. Grité su nombre, aunque no respondió ni volví a verla nunca más. El joven apareció a mi lado sonriente, pasando su brazo por sobre mis hombros.
Gema perdida, de hipogeo.blogspot.com.es.
-¡Vamos, vamos! Nada de lágrimas. Deseamos lo mejor para ti y queremos que muestres a esos bárbaros amigos tuyos que la razón está de tu parte. Te ayudaremos a que se callen de una vez para siempre. ¿Buscabas esto? -Me entregó la pistola, que yo recibí con ansia arrebatándosela-. Ahora demuestra tu valía, Nos haremos que seas un hombre de nuevo. Dispara.
Obedecí la orden llevándome la boca del cañón hasta la sien. He de reconocer que me encontraba relajado, realmente a gusto y en paz.
-Dispara -insistió apremiante el joven.
¿De dónde vino la repentina tormenta? Hubo un trueno y varios relámpagos nos rodearon formando una especie de jaula a nuestro alrededor. La cara de mi acompañante se descompuso.
-¡Dispara! -Me chilló.
La tempestad se desató con toda su furia. El joven se separó de mí y contempló el cielo. Yo seguía igual, con la misma postura, pero confuso e inseguro.
-¡No! ¡Él tiene que ser nuestro! -Dijo el otro señalándome con su mano en forma de garra bestial-. ¡Está perdido! ¡Perdido!
Después se escuchó un disparo.
Al cabo de tres días reaparecí por el mesón. Me presenté con un aparatoso apósito en la cabeza que pretendía cubrir un rasguño ocasionado por bala. Nadie dijo nada cuando entré. Ni siquiera Jonás, al que devolví el arma posándola sobre el mostrador.
Los seis, Jaime, Joaquín, Jorge, José, Juan y Julián, me miraron sin poder contener un gesto de sorpresa por mi aspecto. Me acerqué a ellos y ninguno hizo alusión ni al vendaje ni a las canas que inundaban mi cabello, antes totalmente oscuro. En mi fuero interno sinceramente les agradecí en el alma su piadoso silencio.
Volví al Club, al refugio, con sus charlas y disertaciones inútiles. Volví a formar parte de los hombres pacientes para beberme el tiempo y también la cerveza que Jonás me puso delante e intentar olvidar de una vez por todas que durante demasiados años había perdido mi preciada humanidad.
Aquí me viene de perlas el Confutatis Lacrimosa, del Requiem de Mozart. Sencillamente, me apasiona.



No puedo por menos que insertar algo de mi tierra. Y creo que lo mejor es un tema de la Sierra del Norte de Cáceres. Manantial Folk y su Amanecer en Gredos, con letra del vate Pedro Lahorascala.




La letra de este poema dice así:
Recibo el día en la cumbre
de la ruda crestería
y corto una rebanada
de las mañaneras brisas,
para mojarla en el néctar
de la leche clara y limpia
que manan las ubres prietas
de las montañas bravías
Recibo el día en la cresta
de la alzada serranía:
Al norte por Majalardos,
en donde Gredos alía
águila, nieve y laguna
sobre la azul maravilla,
bajo los rayos del sol
que lo besan y acarician.
En mi almuerzo como y bebo
de la vieja tierra mía.