domingo, 11 de noviembre de 2012

La Rosa Negra (capítulo VII)

Capítulo VII. Pureza en mitad de la Fantasía.
 
 
 
Y a medida que andaba y cantaba, el valle se iba poniendo verde de hierba que, tras los pasos del león, se fue extendiendo como un lago.
                                                                                                       C.S. Lewis. El sobrino del mago.
 
 
"Ahí está -se dijo antes de descender al valle-. Me parece que ya he llegado por fin".
La tierra limpia del sendero actuaba como un bálsamo cicatrizante para las heridas de sus pies, al tiempo que la visión del viento meciendo sin ruido la alta hierba virgen sanó las azarosas inquietudes de su alma. Su ánimo fue a mejor y no sintió la necesidad de volverse para despedir al invierno que se había adueñado del bosque a sus espaldas, pese a que no dejaba de ser un espléndido espectáculo.
"¡Qué raro que no tenga hambre!", pensó haciendo cuentas de su larga estancia en aquella región mágica sin haber probado un solo bocado. Se detuvo un instante distraído con esta banal idea. Del mismo modo recorrió con la vista el perfil de la colina que se erguía ante él ya a poca distancia.
Carecía de una forma particularmente vistosa, aunque mostraba algunos detalles dignos de ser destacados. El pico de la cima, por ejemplo, era completamente negro, en contraste con los verdes, ocres y marrones del resto del conjunto, como si sobre él, de forma exclusiva, hubiera caído una nevada impregnada de noche sin luna. A media altura, un árbol señero montaba guardia frente a lo que parecía ser una fortaleza de piedra, pero en realidad se trataba de una agrupación de rocas armonizadas de tal manera que su imagen alejada era muy similar a la figura de un castillo.
Colina solitaria en el desierto de las Bardenas con lo que parece ser una fortaleza
en su pico. Imagen cogida de www.gonzaloiza.com
"Aquello podría ser la morada del Rey -razonó atendiendo a esta última circunstancia-. Y puede que dentro esté la flor".
Tan pronto se percató de lo que estaba pensando saltó alarmado entre la yerba a uno de los lados del camino.
-Si seré tonto -se lamentó oteando con mil ojos desde su escondrijo, pero no alcanzó a ver a nadie por los alrededores-. Una de dos : o es un rey muy descuidado o está muy seguro de sí mismo.
Ninguna de las dos posibilidades barajadas le tranquilizó lo bastante como para ponerse de nuevo en marcha. Un gorjeo, como de risa infantil, rompió el silencio justo detrás de su nuca sobresaltando al joven en mitad de la calma.
-¡Mi madre! ¿Qué es esto? -Exclamó precipitándose hacia adelante con el vello de los brazos totalmente erizado.
Anduvo un buen trecho arrastrándose a gatas hasta que se dio la vuelta para hacer frente al nuevo horror con que le ponía a prueba aquella atroz y desalmada tierra.
Delante tenía a un pequeño ciervo blanco de grandes ojos azules que le escudriñaban tranquilos y sin ningún temor. Por el contrario, Cunneda sintió pánico, más incluso que cuando estuvo con el dragón. Y su miedo procedía del cuerno recto que le nacía a la criatura en la frente, medio palmo por encima de las cuencas oculares. La cabeza del simpático animalillo se ladeó chanceándose del absurdo terror que atenazaba al muchacho. Si bien tampoco hizo nada por evitarlo.
-¿Qué eres tú? -Preguntó sabiendo que aquel prodigio de la naturaleza tendría algún medio de comunicarse con él.
El Nimbi meneó su larga cola de león y pareció sonreír.
-¡Venga, háblame! Sé que puedes hacerlo. En este lugar cualquier cosa es posible.

Dibujo del libro "Unicornios (de la Historia y la Verdad)", de
Michael Green, que un servidor tiene la enorme suerte de poseer.
Enseguida vio que el animal no parecía tener malas intenciones y, además, su mera presencia le llenaba de sosiego. El pitón, formado por tres espirales acijados que se entrelazaban hasta fundirse en uno en la punta, ya no le resultaba tan terrible. Fulguraba con una extraña luz casi divina. Entonces Cunneda, sin que mediase motivo, se abrió confiado al unicornio:
-No me contestas, aunque parece que me entiendes. ¿No es así? ¿Eres tú el Rey de los Elfos? ¿Son éstas tus tierras? Pues has de saber que he venido a llevarme la Rosa Negra. No quiero utilizar la violencia, me caes bien, pero, después de todo lo que he pasado, no pienso renunciar ahora.
El Nimbi agitó sus tupidas crines rubias y emitió una especie de enincho que al joven le sonó como una carcajada.
-¿Te ríes de mí o es que a lo mejor estoy equivocado? No, ya veo. No eres el Rey de los Elfos, pero bien podrías serlo si quisieras. Rezumas majestad...
Cunneda, quien ni siquiera se había percibido del uso de palabras que no existían en su lengua natal, extendió una mano intentando acariciar el hocico del Nimbi, pero éste se apartó raudo y desapareció.
-¡Hey! ¡Aguarda! -Llamó-. No voy a hacerte daño; te he dado mi palabra de honor. ¿Por dónde andas? ¡Por favor, vuelve!
Su repentina ausencia le dejó desolado. Desconocía lo que era un unicornio, nunca se lo había oído mentar a nadie, pero reconoció con inteligencia que el escurridizo animal era pura amistad, y en esos momentos lo que más necesitaba era un amigo.
"No te he abandonado", anunció el Nimbi. Estaba a su lado, asomado entre unos crecidos matojos de pasto. Cunneda respiró con alivio al verlo.
-Demasiados seres que hablan con pensamientos -respondió el joven en tono de broma.
"Primadinas ahora teme a la palabra, porque si hiciera uso de ella podría morir", aclaró el unicornio.
-¿Quién es ese tal Prima-no-sé-qué?
"Primadinas es el dragón con quien jugaste a no hablar", dijo el Nimbi saliendo hasta el centro del camino de grupas a la colina. El viento provocaba centelleantes torbellinos con los bucles de sus melenas y de su corta barba mientras parecía aguardar por algo.
-Jugar no es precisamente lo que hicimos el dragón y yo, creo. ¿Tú y él sois lo mismo? -Quiso saber Cunneda obviando la cuestión de que el unicornio supiera de su encuentro con el pérfido saurio.
"En cuanto que criaturas somos iguales. Pero, en realidad y en esencia, somos contrarios".
La respuesta del animal no satisfizo al muchacho.
"Lo siento, pero no te entiendo -declaró cambiando sin brusquedad al registro del unicornio-. No soy un hombre sabio y tendrás que hablarme con claridad".
"Crees que Primadinas y yo somos uno porque para ti ambos nos expresamos de la misma manera. ¿Es que no eres capaz de distinguir la diferencia?"
Cunneda negó con la cabeza arqueando las cejas.
"La verdad es que no. Claro que veo que el dragón era repugnante y tú eres lo más bello que he visto hasta ahora, pero aparte de eso para mí actuáis igual", confesó.
El Nimbi sonrió para sus adentros antes de alentar al joven mientras se daba la vuelta de cara a la colina.
"Recapacita; piénsalo bien", le aconsejó.
"¿Qué es lo que miras?". El cambio de tema demostraba que Cunneda no parecía muy dispuesto a devanarse los sesos por una cuestión que, aunque le interesaba sobremanera, no consideraba tampoco imprescindible para cumplir su autoimpuesta misión.
El unicornio se giró entonces para mirar de frente al joven.
"¿Piensas de verdad que la sabiduría es inútil?"
"¿Y quién ha dicho eso?", se defendió molesto el muchacho.
"Muy bien, pues contéstame y serás más sabio".
El nerviosismo de Cunneda dio paso al enfado.
"Me fastidia que me trates como a un niño. ¿Por qué no me lo dices tú y acabamos antes? Deja de burlarte de mí, ¿quieres?"
"Si no fueras un niño yo nunca me habría acercado a ti", fue la enigmática réplica del Nimbi, el cual volvió a contemplar atentamente el horizonte.
Ofendido hasta su límite se alejó unos pasos del animal, pero no pasó mucho tiempo antes de que se detuviera en seco con gesto triunfante. Tenía la respuesta; ya sabía cuál era la abismal desemejanza entre dragón y unicornio. Hubiera querido decir "tú eres pensamiento y el monstruo, palabra", pero se calló porque la sentencia le resultó demasiado pobre para expresar la amalgama de ideas fugaces que se concentraron de manera instantánea en su cerebro hasta dar con la solución.
Rechinó los dientes al no hallar los conceptos precisos para explicar que el reptil, al comunicarse, lo hacía de forma forzada denotando así que lo natural en él era la palabra hablada, a la que había renunciado a cambio de disfrutar engañosamente de una retorcida diversión, que bien podría haber acabado de forma estúpida con su propia vida. El Nimbi, sin embargo, cabalgaba recta y libremente por el interior mismo del pensamiento del joven, sin necesidad siquiera de proyectar la palabra mental desde su cerebro al de Cunneda.
Con una mezcla de satisfacción e impotencia el muchacho desanduvo lo andado y se situó junto al unicornio.
"Tengo la respuesta, pero desconozco cómo dártela", admitió por fin.
"Lo sé".
El cuerno refulgió adamantino con una luz blanca tan radiante que prácticamente se hizo invisible a los ojos del muchacho.
"Verás, el mejor conocimiento no es el que se refleja en palabras, sino el que se confirma con acciones. No permitas que tus limitaciones te inhiban en la búsqueda de la Verdad. Para mí, has demostrado ser un hombre sabio, y eso es lo mismo que decir que eres un buen hombre".
Cunneda no le entendió muy bien, aunque captó perfectamente el mensaje secundario que le había lanzado aquel extraordinario animal tan distinto del resto de las bestias. Henchido de orgullo y nuevas esperanzas rastreó los alrededores a ver si podía encontrar algo para entregárselo a modo de agradecimiento. A pocos metros de donde estaban brotaba una planta de graciosas flores color violeta y dulce aroma. Arrancó una y se la ofreció al Nimbi. Éste no pudo ocultar su impresión al percibir el olor de la lavanda que le tendía el joven.
Flor de lavanda.
"Y esto, ¿por qué?", inquirió.
"Porque supongo que a todas las mujeres os agradan los regalos y ahora no tengo nada mejor que entregarte".
El unicornio no dijo nada, pero aceptó el obsequio con una mirada cargada de ternura. De repente tendió sus orejas hacia el camino.
"¡Ah! Aquí llegan", señaló.
"¿Quién llega?", cuestionó Cunneda atontado aún por el agradable cosquilleo que le produjo alimentar al excelente animal. Aparte de que sentía cierta recóndita soberbia por haber averiguado que se trataba de una hembra.
"Una pequeña ayuda para ti".
El ruido de los cascos mordiendo la tierra se escuchó incluso antes de que una nube de polvo mostrara el lugar de donde procedían los caballos. Se trataba de una manada liderada por un gran macho azabache y cuatro yeguas cuyos pelajes variaban de colorido con cada galopada que daban. Dos rezagados potrillos canela cerraban la marcha procurando no perder de vista las cerdas de las colas de sus respectivas madres.
"Los hombres suelen confundirme con ellos", apuntó el unicornio echando una ojeada a Cunneda.
"¿A quién? ¿A ti y a ésos? Qué absurdo -respondió boquiabierto-. Tú eres mucho más... Más hermosa. Aunque ese caballo negro que va delante, cualquiera diría que pertenece a un dios".
"A un dios no, pero es la montura preferida del Rey de los Elfos. Su nombre es Celebinish. Los demás no tienen dueño".
"¿Del Rey de los Elfos?"
"Sí. Ése al que buscas".
Cunneda creyó notar una mirada irrisoria en el Nimbi.

Hermoso animal cogido de www.fondosescritoriogratis.net
"Te equivocas. Yo no le busco. Todo lo contrario; estoy procurando no tropezarme con él", aseguró.
"¡Vaya! ¿De veras?"
Antes de que el joven pudiera decir nada el titánico semental se paró frente a ellos agitando la testuz como saludo. Visto a esa distancia el bruto no sólo impresionaba, sino que llegaba a imponer serio respeto. El resto de la gavilla permaneció alejada pastando de la jugosa hierba.
"No te preocupes. No te hará nada. Vamos, móntalo".
"¿Qué? Yo nunca me he subido a un caballo", comentó el muchacho con alarma.
"Siempre hay una primera vez. De todos modos, Celebinish tiene la virtud de no tirar nunca a quien tenga encima, aunque también cuenta con la mala costumbre de no dejar montar al que él no quiera. Comprobemos en qué grupo estás tú".
El caballo relinchó mostrando los dientes en asentimiento a lo que había apuntado el unicornio. Cunneda, entonces, alzó los hombros resignado y se acercó al flanco derecho del frisón. Celebinish le miró un instante y se apartó cuando el joven hizo el amago de subirse.
-Tranquilo, bonito -le espetó Cunneda, pero la operación se repitió por segunda vez con el mismo resultado.
"¿Lo ves? Ahora ya sabemos que no me deja. ¡Menuda ayuda que me has traído!"
"No te enfades. Inténtalo por el otro lado", le aconsejó el Nimbi.
Rodeando al corcel, que persistió en su sitio, Cunneda subió a su lomo de un ágil salto. Luego esperó un tiempo prudente antes de atreverse a sonreír.
"Tenías razón", admitió dando algunos pasos sobre el caballo. "¿Y ahora qué?"
"Ahora sígueme. Debes de rematar tu viaje de una vez".
Avanzaron en dirección al cerro, el unicornio primero, seguido por Cunneda y Celebinish. El resto de la recua no los acompañó.


Para acompañar la lectura ofrezco a Milladoiro y su especialísimo tema "Muiñeira de Pontesampaio".
 

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Iria (una utopía)


No creí que pudiera existir nada similar a lo descrito en el relato, pero la realidad siempre, siempre, siempre sobrepasa a la ficción. Esto que se ve aquí es el Desierto de los desterrados, en Islandia, cogido de www.fotonatura.org. Allí se enviaban a los asesinos y demás personal considerados la escoria social para morir o si sobrevivían, rehabilitarse.


“Allá, en la tierra de Iria, en mitad de la más árida nada esteparia, se alza un avejentado baluarte de plomo y barro; abrasador y ardiente bajo el aplastante sol del verano y helado hasta quemar la piel con las ventosas mordidas matutinas del gris invierno. Es inmenso en altura, aunque mediano en extensión. Depende su percepción, sobre todo, de las personas que haya confinadas en su interior en un momento determinado, pero todos sus habitantes tienen marcado en lo más profundo de sus ojos un mismo origen: las mazmorras infestadas de ratas de la lejana capital, Lasombre.
“Y también comparten idéntico destino: morir en el olvido, lejos de todo y de todos. Desaparecer de la memoria colectiva de un pueblo que se deshace de ellos por ser los putrescentes despojos de una sociedad a la que ofende la vileza de haber nacido pobre, haber surgido llorando del seno de una puta, haber sido alejado del cariño familiar tras su abandono en plena calle o ser, sencillamente, en algo diferentes.
“El roce del viento es lo más similar a un beso que se estila por aquellos lares. El gruñido de odio es el saludo habitual –si no es más bien una amenaza–, y la única música de la que se puede disfrutar es el sonido de una paliza brutal propinada para arrancar a golpes de bastón candente el alma en jirones de un cuerpo falto de fuerza y de energía para seguir existiendo.
“Era, es y será el lugar más parecido al concepto de Infierno en la Tierra: Piedra, polvo y lodo en la boca; lacerados dedos de yemas sangrantes y sin uñas y amarillentos ojos secos de tanto llorar en silencio ácido esmeralda y dorado sulfuro. Allí los sentidos se envilecen, la edad se marchita y el espíritu se encoje bajo una lluvia incesante de malos augurios, esperanzas muertas, pensamientos funestos y fuentes de diarrea existencial.
Muy inquietante imagen elaborada por Anton Semenov, pillada de www.inkultmagazine.com, que se me antoja lo más parecido a lo que se puede encontrar en un Infierno cualquiera. Quizá el tuyo.
“ ¿Hasta cuándo? ¡Hasta siempre! ¿Hasta cuándo? ¡Hasta siempre! ¿Hasta cuándo? ¡Hasta siempre!¿Hasta cuándo? ¡Hasta siempre! ¿Hasta cuándo? ¡Hasta siempre!...

“…Siempre. Nunca. Palabras que pesan como losas por su tremendo sentido realista…
“…Y aún así, muchos de los que allí habitan se sienten más libres que los que dicen serlo en el resto del orbe. Quizá sea porque tienen tiempo de pensar en que existen y que son, a pesar de lo absurdo que puede resultar semejante reflexión.
“Puede también que porque sean capaces de sentir crecer en sus pechos el vértigo de la existencia inyectando en momentos de soledad infinita ese chorro de adrenalina suficiente para hace volar los corazones hasta desbocarse durante un precioso e intenso segundo. Y hay veces, incluso, en los que una sonrisa de asombro ha iluminado, como si saliera el sol en plena noche, alguna celda y los guardias sombríos no se han atrevido a indagar la razón de ese extraño fulgor apenas percibido por ojos que no sean los de un búho nocturno.
Estrella moribunda, del blog www.lapandorica.com
“Son instantes casi divinos que, por ser a la vez profundamente humanos, ahondan en el mayor de los contrastes percibidos. Porque mientras que en el seno de una prisión perdida se sigue absorbiendo a pequeños sorbos la vida áspera y amarga, fuera las hordas de muertos que se mueven continúan agotando sus densas existencias sin vivir realmente. Repitiendo, una y otra vez, los mismos pensamientos, manteniendo idénticos anhelos, realizando gestos gemelos y ya aprendidos, soltando sin hablar palabras repetidas y sin contenido profundo, ofreciendo egoístas besos sin pasión, lanzando miradas sin inteligencia ni curiosidad. Es el mundo terrible del nada asombra y todo aburre; del estar de vuelta de todo o de la pose excesiva para demostrar que se es un espíritu libre tras haberse asomado a todos y cada uno de los rincones del mundo para regresar trayendo consigo, como una carga inútil, el mensaje de que no hay nada diferente bajo el mismo sol y en un planeta demasiado pequeño para los espíritus ociosos.

“Holgada disparidad en la que a un lado se concentran las existencias teñidas de blanco que se pierden en las sombras, frente a las profundamente grises resaltando sin perfiles bajo el colorido y amplio vacío del exterior. Vidas intermitentemente plenas en un extremo, o presencias continuas, pero flojas e inertes, casi inapetentes, en el opuesto.
“Eso es lo que ha llegado a representar Iria en la mente del colectivo hastiado por la ausencia de novedades. Iria es la capacidad de recuperar el orgullo de seguir siendo, a pesar de los obstáculos. Iria es respirar conscientemente el aire que nos rodea y notar que con cada bocanada fresca el cuerpo se revigoriza para seguir avanzando paso a paso. Iria es negarse a que el músculo se agote definitivamente. Iria es esa brazada de más que se da pese al agotamiento extremo cuando tienes la playa a la vista, al alcance de los dedos. Iria es negarse a dejar de ser. Iria es intentar ser inmortales mientras dura un pestañeo de los párpados. Iria es heroicidad en estado puro.
Espectro de las almas blancas, de es.artquid.com
“Pensad en Iria cuando el abrir los ojos por la mañana sea una tarea ingrata e imposible de cumplir. Invocad a Iria cuando creáis que el amor se ha extinguido definitivamente en vuestros pechos. Recordad a Iria cuando la nada viscosa y vermiforme se apodere de vuestros pensamientos. Despertad a Iria cuando penséis que ya es demasiado tarde para empezar de nuevo”.
El portavoz de la Divinidad, desde su improvisado atril en la plaza central de Lasombre, se cayó un momento y recorrió con la mirada al ejército de desesperados que tenía delante. Nadie se movía. Querían más; lo necesitaban, carentes de esperanza como estaban. Pero ya no había nada más que añadir, tan sólo plantearles la cuestión que bien podría prender con su chispa la llama de la revolución o bien acabaría perdiéndose con el viento en alguno de los rincones del mundo hasta dispersarse como si nunca antes la hubieran pronunciado:
“¿Qué es preferible para vosotros? ¿Ser realmente libres en Iria, saberos hombres y mujeres plenos de existencia en esas sombras tan llenas de vida o recrearos en una opulencia vana, sin esperanza ni futuro que os ofrece una ciudad ardiente bajo el sol, que esclaviza las mentes a cambio de vuestra mismísima esencia?”
El silencio se hizo insoportable. Una gota enorme resbaló por la sien derecha del portavoz de la Divinidad hasta alcanzar la comisura de su labio. Abajo, la masa humana se contemplaba con prudencia, intentando adivinar en el ojo del vecino cuál tendría que ser la mejor respuesta, cuando ésta se encontraba en el interior de cada uno. Se oía el viento azotar las cabelleras y arriba en los balcones de los edificios más altos que rodeaban la plaza central, por encima del pueblo, esperaba la respuesta el estamento de los privilegiados.
No había ejército en Lasombre. No hacía falta. Se había logrado adormecer los instintos primarios de la población a base de abundante ocio gratuito para sus escasos momentos de esparcimiento y alimento excesivamente asequible, suficiente como para abastecer las diferentes necesidades que se habían creado de forma artificial según cada barriada y mantenerlas a todas ellas agónicamente sumisas. A cambio, sólo reclamaban el mantenimiento absoluto de esa élite dedicada exclusivamente a la contemplación y la vida pasiva, sin reservas y con una fidelidad a prueba de toda duda. Los gobernantes sabían que eso no podría durar más allá de tres o cuatro generaciones, pero no importaba. Tenían trabajando de forma incansable a un ingente grupo de expertos para crear nuevas formas de diversión sin coste alguno a fin de seguir envileciendo los espíritus durante los años venideros.
De cuando en cuando, permitían que alguno de la base particularmente maleable ascendiera a las alturas para demostrar que existía permeabilidad entre estamentos, pero no era más que un espejismo. Previamente, se practicaba un exhaustivo examen del individuo para determinar su ausencia absoluta de escrúpulos antes de siquiera plantearle la posibilidad de seguir manteniendo inamovible el número de privilegiados o de ingresar algo de sangre fresca, bella y joven en tan hermético círculo.
Otra imagen de Anton Semenov.
Pero algo había fallado. Un minúsculo resquicio del infalible plan hacía tambalear su impresionante estructura desde los cimientos, porque a nadie se le había ocurrido incluir en los cálculos la posibilidad de semejante percepción en la masa irreflexiva: Hastío y aburrimiento absoluto.
Unos pocos comenzaron a cuestionar un sistema incapaz de cumplir con sus más íntimos anhelos y hacer reales sus aspiraciones más ínfimas en comparación con el torrente imparable de necesidades vacías  que se hacía llegar al conjunto de ciudadanos desde la cumbre. Algo removía sus estómagos incapaces de reconocer que ese hueco en sus esencias era la libertad de elección, muerta ya por la ingente cantidad de información percibida a diario para obturar el raciocinio y dejar que otros más preparados y mejor dispuestos resolvieran los problemas cotidianos.
Unos se mantenían en rincones oscuros para elaborar intrincados dibujos en blanco y negro que les despejaba por unos segundos la visión. Otros, se imaginaban formas en la piedra y lloraban por su desconocimiento absoluto ante la posibilidad de arrancarlas de su seno, porque no conocían técnica alguna para poder hacerlo. Los había que en su locura se arrancaban los ojos para evitar esa búsqueda inútil e incansable de algo que les satisfaciera de verdad, y hasta se llegaban a quitar la vida por lo insoportable de una situación rutinaria y sin salida.
A muchos de ellos los denunciaron sus propios familiares y vecinos, temerosos ante una actitud carente de lógica que bien podría ocultar una enfermedad insondable que acabara con sus cómodas existencias. Y desaparecieron de la faz de la tierra como si nunca antes hubieran existido.
Pero quienes tuvieron contacto con los extraños recogieron y sembraron sin saberlo una semilla de inquietud que les hacía brillar en mitad de la uniformidad generalizada y, finalmente, acabaron ellos también por evaporarse de las calles. Así que, a partir de entonces, reinó el silencio en la mayoría de los casos para preservar la vida y el azul de la enfermedad acabó extendiéndose como la cianosis en los cuerpos carentes de oxígeno.
Y ahora, un portavoz de la Divinidad, Ésa a la que muchos de los gobernantes despreciaban porque no se veían reflejados en Ella, desataba su lengua ante una inquieta e inquietante multitud de personas que luchaban y se afanaban por recuperar el pensamiento perdido.
El silencio también se hizo insoportable para los que estaban asomados a los balcones y alguno tuvo que reprimir un escalofrío, cerrando los ojos a lo que allá abajo estaba por venir. Una mujer desdentada por la piorrea se aclaró la garganta y con voz clara proclamó:
–¡Iria!
Su palabra quedó suspendida en el aire, quebró la vergüenza que atenazaba las lenguas y abrió las compuertas para que una avalancha de ideas cobrara forma en un único concepto.
–¡Iria! –Berreó el que se encontraba a su lado afirmando con la cabeza y esbozando algo parecido a una sonrisa.
Idea de la pesadilla de Anton Semenov.
–¡Iria! –Repitió al fondo una joven de apenas quince años levantando a la vez un puño en lo alto.
–¡Iria!
–¡Iria!
–¡Iria!
La percepción del tiempo se detuvo para todos. El portavoz de la Divinidad, los de arriba y toda la masa congregada en la plaza central de Lasombre supieron de inmediato que, a pesar de que no todos se unieron al grito casi generalizado, aquella sociedad tan asentada en cátedras de acero que todos creían constantes viraba de improviso hacia un destino por completo nuevo y desconocido que nadie de los presentes alcanzaba a vislumbrar.
El siguiente paso aún estaba por dar. Hubo miedo, pero su sabor era fresco y muchos le dieron la bienvenida, porque había nacido de un albedrío individual aliado a otras muchas voluntades similares, que no iguales, y cada uno pensaba en que comenzaba a ser el verdadero dueño de sus personas.
Y, por fin, alguien reaccionó…
Nada mejor que relajar el ambiente con un buen tema musical. El artista, Otis Redding, la canción, (Sitting On) The Dock Of The Bay. Perdonad si a alguien he ofendido con este relato. Pero sabed que he disfrutado redactándolo...

viernes, 26 de octubre de 2012

El iris en el arco

"BN", obra de Valerio merino.


Del negro alza la vista
y la luz menguante del crepúsculo
teñirá de púrpura
las sombras del Obelisco.

Canta la lechuza entre las ramas de la encina solitaria
con notas errantes
y perdidas
que te abren la senda
en la tiniebla de tu alma fría.
Maquillaje-pop2, de nuestro amigo Roy.

El dolor rojo pasará
sin virtudes a su espalda
aligerando la carga
de la vida gris.

Al blanco vuelve la mirada
para que el alba
bañe de amarillo
tu rostro envolvente.

Pasó la noche azul
sin pena ni gloria.
Mira ahora la verde senda
del nuevo y deslumbrante día.


Brochazo irisado cogido de cosasdejosep.blogspot.



Con tanto color, sólo se me ocurre mostrar aquí el buen hacer y el saber estar de esta genial grupo británico, The Action, quienes se definieron claramente por una frase: "Our Music Is Red With Purple Flashes" (nuestra música es roja con flashes púrpura). Toda una declaración de intenciones. Su tema, Biff, Bang, Pow! A bailarlo.

jueves, 25 de octubre de 2012

Una (mínima) alternativa

Estupenda imagen de respuestario.com que me sirve para reflejar la actual dependencia de Occidente del sistema capitalista.



No hace mucho que en una de las múltiples manifestaciones contra los recortes aplicados por el Ejecutivo central español a instancias (como todos sabemos) de la que realmente maneja los hilos en Europa, Angela Merkel –y que, a tenor de que los tiene bien puestos debería de seguir llamándose Angela Dorothea Kasner– se solicitó un referéndum para que todo el agobiado pueblo que habita la asolada piel de toro pueda posicionarse acerca de lo que realmente le está afectando, tanto en su vida laboral como privada, religiosa, sexual y hasta psicológica.
Estoy totalmente de acuerdo con ello. Es algo que se hace ahora con el Gobierno de Mariano Rajoy y que también se hizo en su momento cuando José Luis Rodríguez Zapatero fue inquilino en el Palacio de La Moncloa. Y no es para menos, puesto que al ser distintas caras de una misma moneda, ambos se armaron con la tijera de la indiferencia previa inclinación anal ante los designios de la gran águila negra de Centroeuropa. Zapatero no hizo ni caso y Rajoy hará otro tanto, porque para ninguno de ellos la palabra (y la queja) del pueblo tiene el menor interés, porque ninguno gobierna-gobernó para bien de sus conciudadanos, sino para mayor gloria y boato de sus respectivos partidos.
Zapatero, a punto de ser machacado por aquello que le costó la salida de Moncloa:
el monocultivo del ladrillo. Imagen de todosloscaminoshaciati.blogspot
Ese referéndum, como bien señaló aquí, en Córdoba, José Rojas, presidente del Consejo del Movimiento Ciudadano, tiene como fin último, y por encima de todo, “que lo que tengamos que asumir lo tenemos que hacer todos juntos”, y no a base de recetas y dolorosos pildorazos de insano y obligado sacrificio anunciados cada viernes en Consejo de Ministros.
De nuevo estoy de acuerdo con que la germana no nos siga dictando desde la distancia cómo morir de inanición lentamente mientras ella se llena los bolsillos a costa de nuestra miseria (y de la de Grecia, Portugal e Irlanda). Yo también quiero su "stille" y hasta su "ruhe" si me apuran para que, de una vez, se pueda escuchar la palabra quebrada y la voz llorosa del pueblo español.
Ahora bien, mi deformación profesional me obligó a ponerme en contacto con el propio Rojas, porque no me conformo con eso y quiero dar un paso más allá. Referéndum, sí, pero en el caso de que el clamor popular se posicionara en contra de más recortes asfixiantes, ¿cuál es la alternativa?
Porque lo cierto es que si la mayoría considera que un mero plan de medidas de austeridad (que también es necesario y con todas las consecuencias) no basta para salir del abismo en el que seguimos cayendo desde la comodidad de nuestros sillones, tal y como se empieza a hacer ver en foros de barrio, de Internet y otros lugares de encuentro, hace falta ir más allá y aportar alternativas reales para reactivar la economía. Porque eso es lo único que funciona dentro del aceptado sistema capitalista en el que estamos inmersos.
Y, de nuevo, sale la microeconomía al rescate de las excesivas divagaciones sin sentido socialistas y la actitud “burrorejérica” de los populares. El ejemplo no es otro que el de una familia cualquiera (porque es la manera más amable de contemplar a un estado) que tiene que afrontar una deuda (habitualmente el de las odiadas hipotecas, aunque también se le añaden otras cuestiones como un coche, un ordenador, los teléfonos, la comida, la ropa y demás elementos que hacen que cada fin de mes sea un infierno) y hay voluntad de hacerla efectiva. Al Gobierno nuestro no se le cayeron los anillos a la hora de dilapidar como descosidos amparado en la falsa magia del ladrillo (conste que fue una época de especial movimiento monetario, con lo que el estado de bienestar parecía una fórmula adecuada y aceptada por todos), eso generó una deuda monstruosa (calculada en de 1,78 billones de euros en julio de 2012; es decir, el 167% del PIB nacional) sobre la que se han lanzado los petreles internacionales para hacerla aún más sangrante, y el actual Ejecutivo estatal no tiene más remedio que afrontarla y pagarla. Hasta ahí, todo correcto.
Dibujo tomado de fernandezalejandro2.blogspot
que me sirve para mostrar la situación forzada de una Humanidad
para elegir entre la superviviencia del mundo en que vive
o la pervivencia de una economía que le supera.
Pero, que yo sepa, a una familia cualquiera el banco no le concede créditos a cinco años, porque no hay humano que lo pueda afrontar. La mayoría estamos con la argolla al cuello durante un cuarto de siglo –que se dice pronto–; considerado un plazo normal para, en situaciones de bienestar económico, poder liquidar la deuda de la hipoteca y contar, al mismo tiempo, con algo de liquidez que permita “vivir” día a día. Así funcionan las cosas y, por el momento, no iban tan mal para quienes tuvieran la suerte de contar en su haber con un sueldo.
Por tanto, es toda una insensatez pensar que un país como el nuestro pueda pagar ese débito a corto plazo, teniendo que utilizar para ello uno de cada cuatro euros con los que cuenta. Es como si a un mileurista su banco le arrancara de un bocado 250 euros, dejándole para todo lo demás (incluida la hipoteca) 750 euros. Lo más probable es que se acabara encerrando en su casa, sin salir, sin entretenerse, casi sin respirar, ni mucho menos consumir. Es decir, sería la muerte social para la mayoría.
Lo mismo le ocurre a esta piel de toro (querida para unos, prescindible para otros, pero, por el momento, la tierra sobre la que todos nos asentamos). Si en lugar de tener que utilizar un cuarto de todos nuestros bienes para acabar con esa deuda (y sus malditos intereses) fuera, quizá, medio euro de cada cuatro y a un plazo mayor de tiempo (bastante mayor, quiero decir), nuestros deudores (los buitres) acabarían cobrándolo todo sin tener que asesinar a la gallina de los huevos de oro. España no estaría tan asfixiada, generaría movimiento de dinero a través de algún tipo de actividad económica diferente a la construcción –Luis Planas, a mi parecer y consideración el futuro dirigente de la oposición de izquierdas en este país, se denomine como se denomine al final , ya apuntó a las enormes posibilidades que tiene la agroindustria andaluza– y no se tendría por qué morir en el intento.
Nada mejor que el humor para arrostrar tan aciagos tiempos. El chiste, recogido de toupeiratoupeiro.es, se titula los tres pilares de la economía.
 
Y es que insisto a determinados gobiernos de la UE (léase Gran Bretaña y Alemania): La Península Ibérica NO es el enemigo, no es la economía a la que hay que hundir para salvar sus importantes y blanqueados traseros. Búsquense otra víctima en algún oscuro rincón de sus maldecidas y putrescentes almas y déjennos vivir en paz. En caso contrario, uno de los países que más han apostado por la existencia del euro y de la Unión se tendría que pensar si su continuación en el seno de una Europa insolidaria merece o no la pena.

Nuestro Gobierno, si nos escuchara, tendría detrás el respaldo suficiente para ir a Bruselas y decir: “Hasta aquí hemos llegado. Permitidnos pagar la deuda, que hemos asumido, pero actuad con un mínimo de inteligencia: dadme oxígeno y yo os devolveré riqueza”. No hay más misterio.

Por cierto que dicho todo esto, mi recomendación es echarle un vistazo a esta página que, de forma ágil, explica cómo está la situación en España: http://www.auditoria15m.org/index.php/es/entendiendo-la-deuda

Aquí me viene de perlas un temita titulado Ven que estoy hirviendo, del maravilloso grupo uruguayo Los Iracundos. Ellos aluden a unas circunstancias algo más sensuales en su título, pero yo lo hago propio para reflejar el profundo malestar de un pueblo al que la miseria le empieza a morder el trasero sin decoro de ningún tipo.

jueves, 11 de octubre de 2012

La lección del rey

Una nueva (y cortita) entrega de la serie Deliciosamente Humano, para los que gustan de lo insólito sin salirse de lo común. La idea, no es original mía, sino que se la escuché en Pamplona a uno de mis profesores (no recuerdo muy bien si a Carlos Soria o a Gómez Antón) y se me quedó grabada. Luego descubrí, que se trataba de una historia del Siglo XI, que difiere de la mía en personajes, habla y moraleja.  Reza así:
 
 
Picapedreros, del excelente dibujante argentino Ignacio Segesso, pillados amablemente de su blog http://ignaciosegesso.wordpress.com/
 
 

Había una vez un rey que no admitía más punto de vista que el suyo propio. Y así, cuando él aportaba su opinión sobre cualquier materia nadie, absolutamente nadie, podía exponer otra diferente porque entonces el rey le apartaba de su lado y perdía su favor de manera vergonzosa.
Al margen de esto, y doy fe de ello, el monarca era una bella persona y gobernaba rodeado de consejeros y ministros que le ayudaban gustosos en lo que podían, siempre que el rey no hubiera optado aún por tomar una decisión irreversible de ésas tan suyas.
Pero, insisto, en cuanto se posicionaba a favor o en contra de algo o de alguien todos sus consultores y amigos, que los tenía y en gran cantidad, pasaban a ser inútiles y veían cómo su intrincada y fina labor dejaba de tener sentido, lo cual era francamente frustrante.
Uno de aquellos ministros, bastante harto ya de la situación, decidió un buen día dar una lección al soberano. Si bien se vio obligado a poner en práctica su idea de tal manera que ni el monarca pudiera llegar a sentirse ofendido ni que él tuviera que afrontar el peligro cierto de acabar con sus huesos en una oscura mazmorra por la osadía.
El escarmiento que le dio fue el siguiente:
Una mañana el ministro le pidió al rey que le acompañara a pasear por las afueras del palacio. El soberano aceptó con ganas y como era un tanto campechano y le gustaba salir de incógnito nadie más les acompañó. Aprovechándose de la curiosidad natural del rey el cortesano se lo llevó a contemplar unas obras; allí se encontraban tres trabajadores machacando rocas. Al verlos el monarca quiso saber de inmediato lo que hacían y fue hacia ellos a toda prisa.
–¿Cuál es tu labor, buen hombre? –Le preguntó al primero.

El obrero se intimidó ante su rey, puesto que le había reconocido, y humildemente respondió:

–Estoy trabajando para ganar el pan de mi familia; soy pobre, mi señor.

El rey se apiadó de él y le entregó una moneda de oro que, evidentemente, pidió prestada a su ministro, ya que él nunca viajaba con dinero encima.

Luego el secretario recomendó al rey, con muchos dimes y diretes, que hiciera la misma pregunta al segundo, un extranjero libre de toda atadura y que no entendía de reyes ni de reinos.

–¿Qué es los que estáis haciendo? –Inquirió de nuevo haciendo caso a su ministro.

El requerido dejó de golpear con su mazo y secándose el sudor de la frente contestó con mala gana:

–Pico piedra, a la vista está. ¿Qué creéis si no que estoy haciendo? –Y sin esperar a obtener una respuesta regresó a su ocupación.

El rey se sintió francamente violento y decidió dar por terminado el paseo. Pero el ministro, quien por un momento había palidecido ostensible y ostentosamente ante el descaro del extraño, insistió aplicando todas sus artes de persuasión para que repitiera la misma operación con el tercero.

–A ver, tú. ¿Qué estás haciendo?

El otro miró al rey sonriendo y recogió una de las piedras de gran tamaño que había logrado arrancar a la tierra para mostrársela al monarca como si fuera un tesoro.
Construcción de una catedral gótica, de www.kalipedia.com
–Estoy construyendo una catedral –explicó contemplando extasiado el lugar donde iba a ser levantado el templo.

El rey quedó asombrado por la respuesta alejándose del tercer obrero, quien todavía miraba al infinito.

De regreso al castillo el rey detuvo al ministro y comenzó a cavilar sobre lo que había visto-

–Lo habéis hecho a posta –le dijo con cierto reproche–. Pero ¿cómo sabíais que iban a responder de diferente modo?

–Porque, majestad, nadie es capaz de ver las cosas de igual manera –aclaró el ministro–. Y os aseguro que no hay mayor riqueza en este mundo que la diversidad de puntos de vista, puesto que todo el mundo tiene siempre algo que aprender de los demás.

A partir de entonces el rey cambió radicalmente de actitud y procuró adoptar una postura más abierta a la hora de tratar los problemas con sus fieles cortesanos.

En cuanto al más capacitado de todos ellos, aquél que se atrevió a abrir los ojos del monarca, fue recompensado con un importante cargo en los confines del reino, lo más lejos de palacio.

¡Oh, bueno! Habrá quien diga que aquello no fue precisamente una recompensa y que, en realidad, el rey se quitó de encima a un listillo que algún día le podría poner en entredicho recordándole cierta experiencia enriquecedora. Nada más lejos de la verdad; salvo por las esporádicas incursiones bélicas de nuestros bárbaros pueblos vecinos, aquí se está muy bien, muy tranquilo, muy relajado… ¡Aunque a veces eche tanto de menos mi fastuosa vida en la corte!
 
 
Para rematar esta faena, nada mejor que un temita titulado Greensleeves, que según dicen compuso Enrique VIII para su esposa Ana Bolena (¿quién sabe si es cierto o no? El caso es que me encanta. Esta versión es la céltica, porque me da la REAL gana, ¡eah!):




Pero la vida no sería vida sin un ligero toque Mod-ernista, de ahí que haya escogido a un "rey" para la ocasión: Ni más ni menos que B. B. King y su canción How blue can you get: