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domingo, 11 de noviembre de 2012

La Rosa Negra (capítulo VII)

Capítulo VII. Pureza en mitad de la Fantasía.
 
 
 
Y a medida que andaba y cantaba, el valle se iba poniendo verde de hierba que, tras los pasos del león, se fue extendiendo como un lago.
                                                                                                       C.S. Lewis. El sobrino del mago.
 
 
"Ahí está -se dijo antes de descender al valle-. Me parece que ya he llegado por fin".
La tierra limpia del sendero actuaba como un bálsamo cicatrizante para las heridas de sus pies, al tiempo que la visión del viento meciendo sin ruido la alta hierba virgen sanó las azarosas inquietudes de su alma. Su ánimo fue a mejor y no sintió la necesidad de volverse para despedir al invierno que se había adueñado del bosque a sus espaldas, pese a que no dejaba de ser un espléndido espectáculo.
"¡Qué raro que no tenga hambre!", pensó haciendo cuentas de su larga estancia en aquella región mágica sin haber probado un solo bocado. Se detuvo un instante distraído con esta banal idea. Del mismo modo recorrió con la vista el perfil de la colina que se erguía ante él ya a poca distancia.
Carecía de una forma particularmente vistosa, aunque mostraba algunos detalles dignos de ser destacados. El pico de la cima, por ejemplo, era completamente negro, en contraste con los verdes, ocres y marrones del resto del conjunto, como si sobre él, de forma exclusiva, hubiera caído una nevada impregnada de noche sin luna. A media altura, un árbol señero montaba guardia frente a lo que parecía ser una fortaleza de piedra, pero en realidad se trataba de una agrupación de rocas armonizadas de tal manera que su imagen alejada era muy similar a la figura de un castillo.
Colina solitaria en el desierto de las Bardenas con lo que parece ser una fortaleza
en su pico. Imagen cogida de www.gonzaloiza.com
"Aquello podría ser la morada del Rey -razonó atendiendo a esta última circunstancia-. Y puede que dentro esté la flor".
Tan pronto se percató de lo que estaba pensando saltó alarmado entre la yerba a uno de los lados del camino.
-Si seré tonto -se lamentó oteando con mil ojos desde su escondrijo, pero no alcanzó a ver a nadie por los alrededores-. Una de dos : o es un rey muy descuidado o está muy seguro de sí mismo.
Ninguna de las dos posibilidades barajadas le tranquilizó lo bastante como para ponerse de nuevo en marcha. Un gorjeo, como de risa infantil, rompió el silencio justo detrás de su nuca sobresaltando al joven en mitad de la calma.
-¡Mi madre! ¿Qué es esto? -Exclamó precipitándose hacia adelante con el vello de los brazos totalmente erizado.
Anduvo un buen trecho arrastrándose a gatas hasta que se dio la vuelta para hacer frente al nuevo horror con que le ponía a prueba aquella atroz y desalmada tierra.
Delante tenía a un pequeño ciervo blanco de grandes ojos azules que le escudriñaban tranquilos y sin ningún temor. Por el contrario, Cunneda sintió pánico, más incluso que cuando estuvo con el dragón. Y su miedo procedía del cuerno recto que le nacía a la criatura en la frente, medio palmo por encima de las cuencas oculares. La cabeza del simpático animalillo se ladeó chanceándose del absurdo terror que atenazaba al muchacho. Si bien tampoco hizo nada por evitarlo.
-¿Qué eres tú? -Preguntó sabiendo que aquel prodigio de la naturaleza tendría algún medio de comunicarse con él.
El Nimbi meneó su larga cola de león y pareció sonreír.
-¡Venga, háblame! Sé que puedes hacerlo. En este lugar cualquier cosa es posible.

Dibujo del libro "Unicornios (de la Historia y la Verdad)", de
Michael Green, que un servidor tiene la enorme suerte de poseer.
Enseguida vio que el animal no parecía tener malas intenciones y, además, su mera presencia le llenaba de sosiego. El pitón, formado por tres espirales acijados que se entrelazaban hasta fundirse en uno en la punta, ya no le resultaba tan terrible. Fulguraba con una extraña luz casi divina. Entonces Cunneda, sin que mediase motivo, se abrió confiado al unicornio:
-No me contestas, aunque parece que me entiendes. ¿No es así? ¿Eres tú el Rey de los Elfos? ¿Son éstas tus tierras? Pues has de saber que he venido a llevarme la Rosa Negra. No quiero utilizar la violencia, me caes bien, pero, después de todo lo que he pasado, no pienso renunciar ahora.
El Nimbi agitó sus tupidas crines rubias y emitió una especie de enincho que al joven le sonó como una carcajada.
-¿Te ríes de mí o es que a lo mejor estoy equivocado? No, ya veo. No eres el Rey de los Elfos, pero bien podrías serlo si quisieras. Rezumas majestad...
Cunneda, quien ni siquiera se había percibido del uso de palabras que no existían en su lengua natal, extendió una mano intentando acariciar el hocico del Nimbi, pero éste se apartó raudo y desapareció.
-¡Hey! ¡Aguarda! -Llamó-. No voy a hacerte daño; te he dado mi palabra de honor. ¿Por dónde andas? ¡Por favor, vuelve!
Su repentina ausencia le dejó desolado. Desconocía lo que era un unicornio, nunca se lo había oído mentar a nadie, pero reconoció con inteligencia que el escurridizo animal era pura amistad, y en esos momentos lo que más necesitaba era un amigo.
"No te he abandonado", anunció el Nimbi. Estaba a su lado, asomado entre unos crecidos matojos de pasto. Cunneda respiró con alivio al verlo.
-Demasiados seres que hablan con pensamientos -respondió el joven en tono de broma.
"Primadinas ahora teme a la palabra, porque si hiciera uso de ella podría morir", aclaró el unicornio.
-¿Quién es ese tal Prima-no-sé-qué?
"Primadinas es el dragón con quien jugaste a no hablar", dijo el Nimbi saliendo hasta el centro del camino de grupas a la colina. El viento provocaba centelleantes torbellinos con los bucles de sus melenas y de su corta barba mientras parecía aguardar por algo.
-Jugar no es precisamente lo que hicimos el dragón y yo, creo. ¿Tú y él sois lo mismo? -Quiso saber Cunneda obviando la cuestión de que el unicornio supiera de su encuentro con el pérfido saurio.
"En cuanto que criaturas somos iguales. Pero, en realidad y en esencia, somos contrarios".
La respuesta del animal no satisfizo al muchacho.
"Lo siento, pero no te entiendo -declaró cambiando sin brusquedad al registro del unicornio-. No soy un hombre sabio y tendrás que hablarme con claridad".
"Crees que Primadinas y yo somos uno porque para ti ambos nos expresamos de la misma manera. ¿Es que no eres capaz de distinguir la diferencia?"
Cunneda negó con la cabeza arqueando las cejas.
"La verdad es que no. Claro que veo que el dragón era repugnante y tú eres lo más bello que he visto hasta ahora, pero aparte de eso para mí actuáis igual", confesó.
El Nimbi sonrió para sus adentros antes de alentar al joven mientras se daba la vuelta de cara a la colina.
"Recapacita; piénsalo bien", le aconsejó.
"¿Qué es lo que miras?". El cambio de tema demostraba que Cunneda no parecía muy dispuesto a devanarse los sesos por una cuestión que, aunque le interesaba sobremanera, no consideraba tampoco imprescindible para cumplir su autoimpuesta misión.
El unicornio se giró entonces para mirar de frente al joven.
"¿Piensas de verdad que la sabiduría es inútil?"
"¿Y quién ha dicho eso?", se defendió molesto el muchacho.
"Muy bien, pues contéstame y serás más sabio".
El nerviosismo de Cunneda dio paso al enfado.
"Me fastidia que me trates como a un niño. ¿Por qué no me lo dices tú y acabamos antes? Deja de burlarte de mí, ¿quieres?"
"Si no fueras un niño yo nunca me habría acercado a ti", fue la enigmática réplica del Nimbi, el cual volvió a contemplar atentamente el horizonte.
Ofendido hasta su límite se alejó unos pasos del animal, pero no pasó mucho tiempo antes de que se detuviera en seco con gesto triunfante. Tenía la respuesta; ya sabía cuál era la abismal desemejanza entre dragón y unicornio. Hubiera querido decir "tú eres pensamiento y el monstruo, palabra", pero se calló porque la sentencia le resultó demasiado pobre para expresar la amalgama de ideas fugaces que se concentraron de manera instantánea en su cerebro hasta dar con la solución.
Rechinó los dientes al no hallar los conceptos precisos para explicar que el reptil, al comunicarse, lo hacía de forma forzada denotando así que lo natural en él era la palabra hablada, a la que había renunciado a cambio de disfrutar engañosamente de una retorcida diversión, que bien podría haber acabado de forma estúpida con su propia vida. El Nimbi, sin embargo, cabalgaba recta y libremente por el interior mismo del pensamiento del joven, sin necesidad siquiera de proyectar la palabra mental desde su cerebro al de Cunneda.
Con una mezcla de satisfacción e impotencia el muchacho desanduvo lo andado y se situó junto al unicornio.
"Tengo la respuesta, pero desconozco cómo dártela", admitió por fin.
"Lo sé".
El cuerno refulgió adamantino con una luz blanca tan radiante que prácticamente se hizo invisible a los ojos del muchacho.
"Verás, el mejor conocimiento no es el que se refleja en palabras, sino el que se confirma con acciones. No permitas que tus limitaciones te inhiban en la búsqueda de la Verdad. Para mí, has demostrado ser un hombre sabio, y eso es lo mismo que decir que eres un buen hombre".
Cunneda no le entendió muy bien, aunque captó perfectamente el mensaje secundario que le había lanzado aquel extraordinario animal tan distinto del resto de las bestias. Henchido de orgullo y nuevas esperanzas rastreó los alrededores a ver si podía encontrar algo para entregárselo a modo de agradecimiento. A pocos metros de donde estaban brotaba una planta de graciosas flores color violeta y dulce aroma. Arrancó una y se la ofreció al Nimbi. Éste no pudo ocultar su impresión al percibir el olor de la lavanda que le tendía el joven.
Flor de lavanda.
"Y esto, ¿por qué?", inquirió.
"Porque supongo que a todas las mujeres os agradan los regalos y ahora no tengo nada mejor que entregarte".
El unicornio no dijo nada, pero aceptó el obsequio con una mirada cargada de ternura. De repente tendió sus orejas hacia el camino.
"¡Ah! Aquí llegan", señaló.
"¿Quién llega?", cuestionó Cunneda atontado aún por el agradable cosquilleo que le produjo alimentar al excelente animal. Aparte de que sentía cierta recóndita soberbia por haber averiguado que se trataba de una hembra.
"Una pequeña ayuda para ti".
El ruido de los cascos mordiendo la tierra se escuchó incluso antes de que una nube de polvo mostrara el lugar de donde procedían los caballos. Se trataba de una manada liderada por un gran macho azabache y cuatro yeguas cuyos pelajes variaban de colorido con cada galopada que daban. Dos rezagados potrillos canela cerraban la marcha procurando no perder de vista las cerdas de las colas de sus respectivas madres.
"Los hombres suelen confundirme con ellos", apuntó el unicornio echando una ojeada a Cunneda.
"¿A quién? ¿A ti y a ésos? Qué absurdo -respondió boquiabierto-. Tú eres mucho más... Más hermosa. Aunque ese caballo negro que va delante, cualquiera diría que pertenece a un dios".
"A un dios no, pero es la montura preferida del Rey de los Elfos. Su nombre es Celebinish. Los demás no tienen dueño".
"¿Del Rey de los Elfos?"
"Sí. Ése al que buscas".
Cunneda creyó notar una mirada irrisoria en el Nimbi.

Hermoso animal cogido de www.fondosescritoriogratis.net
"Te equivocas. Yo no le busco. Todo lo contrario; estoy procurando no tropezarme con él", aseguró.
"¡Vaya! ¿De veras?"
Antes de que el joven pudiera decir nada el titánico semental se paró frente a ellos agitando la testuz como saludo. Visto a esa distancia el bruto no sólo impresionaba, sino que llegaba a imponer serio respeto. El resto de la gavilla permaneció alejada pastando de la jugosa hierba.
"No te preocupes. No te hará nada. Vamos, móntalo".
"¿Qué? Yo nunca me he subido a un caballo", comentó el muchacho con alarma.
"Siempre hay una primera vez. De todos modos, Celebinish tiene la virtud de no tirar nunca a quien tenga encima, aunque también cuenta con la mala costumbre de no dejar montar al que él no quiera. Comprobemos en qué grupo estás tú".
El caballo relinchó mostrando los dientes en asentimiento a lo que había apuntado el unicornio. Cunneda, entonces, alzó los hombros resignado y se acercó al flanco derecho del frisón. Celebinish le miró un instante y se apartó cuando el joven hizo el amago de subirse.
-Tranquilo, bonito -le espetó Cunneda, pero la operación se repitió por segunda vez con el mismo resultado.
"¿Lo ves? Ahora ya sabemos que no me deja. ¡Menuda ayuda que me has traído!"
"No te enfades. Inténtalo por el otro lado", le aconsejó el Nimbi.
Rodeando al corcel, que persistió en su sitio, Cunneda subió a su lomo de un ágil salto. Luego esperó un tiempo prudente antes de atreverse a sonreír.
"Tenías razón", admitió dando algunos pasos sobre el caballo. "¿Y ahora qué?"
"Ahora sígueme. Debes de rematar tu viaje de una vez".
Avanzaron en dirección al cerro, el unicornio primero, seguido por Cunneda y Celebinish. El resto de la recua no los acompañó.


Para acompañar la lectura ofrezco a Milladoiro y su especialísimo tema "Muiñeira de Pontesampaio".
 

jueves, 4 de octubre de 2012

La Rosa Negra (capítulo VI)


Rosa Negra, recogida de Taringa.net.
 
 
                                        Capítulo VI. El secreto de la guerra.

–Pequeño Mastín –dijo Cathbad–, ¿ves lo que está haciendo esa muchacha? Está lavando tus ropas rojas, y lavándolas llora, porque sabe que vas a la muerte contra el gran ejército de Maeve.
                                                Lady Gregory. Cuchulain de Muirthemne.

La nave se detuvo trabándose en tierra con estruendo y substrayendo a Cunneda de su letargo. En lo alto, las estrellas menguaban ante la inminente salida del sol élfico y el temible encanto de la noche se difuminaba con las primeras claridades del día que estaba por nacer.
El joven, en sus prisas, saltó desde la cubierta dañándose los pies al caer contra los picudos cantos dispersos por la orilla. No era una playa; lo que él había tomado por todo un extenso océano no era sino la corriente con la que se había topado al salir del territorio del peculiar reptil. Y ahora, simplemente, se hallaba en la ribera opuesta del río. Aunque su percepción del tiempo le gritaba en su alma, en su corazón y en su cabeza que había pasado toda la noche navegando.
El dolor se le pasó enseguida y antes de continuar echó un último vistazo a la embarcación que le había salvado de morir extenuado bajo las aguas. Pero, tal y como había supuesto, ya no estaba allí. En su lugar, un cisne de esponjoso plumaje gris y pico dorado se elevó por los aires arrastrando tras de sí una transparente llovizna de espuma batida que empapó su rostro, obligándole a sonreír.
"Lo peor de todo es que aquí llega un momento en que ya nada te asombra", reconoció equivocado haciendo un mohín de disgusto con la boca mientras el ave se perdía de vista en lontananza. Después escogió como senda una estrecha apertura entre dos sombríos castaños, con los troncos invadidos por el musgo, y por allí se abrió paso decidido finalmente a encontrar el camino de vuelta a su añorado hogar.
Con una obstinación propia de su edad, durante lo que siguió del trayecto se negó a hacer caso de los prodigios con que la espesura le regalaba los sentidos a medida que avanzaba. Y así, se desvió queriendo de un claro plagado de unas raras flores vivas de finísimo cristal inmaculado, de tal pureza en su magistral y rico acabado que cada una de ellas hubiera servido para pagar tres veces el valor de un reino en el mundo de los Humanos.

Rosa de cristal.
 
Despreció también la más que tentadora invitación de parte de un corrillo de minúsculas y agraciadas mujeres aladas, quienes, tras rodearle con algarabía musical, le ofrecieron a beber hidromiel en un cuerno de oro exquisitamente decorado con espirales, cuadrados y triángulos conjuntados en una formidable combinación mágica. Con que sólo hubiera mojado los labios con un beso en aquel néctar divino el muchacho habría podido disfrutar de una larga existencia fuera del País de los Elfos, libre de enfermedades y conservando siempre una sana apariencia juvenil.
Procuró, además, hacer oídos sordos a las canciones entonadas por las Fuentes Perdidas, cuyas límpidas letras hablaban de hazañas realizadas en el pasado, proezas que se estaban llevando a cabo en ese mismo instante y heroicidades que aún estaban por cumplir. Acontecimientos todos ellos que se hubieran hecho realidad si Cunneda los hubiera escuchado con atención, porque esos cantarse épicos se referían a él y a nadie más. De esta manera, perdió la oportunidad de llegar a ser el héroe infatigable de quien tan necesitada estaba su patria chica; el mayor sabio de todos los tiempos que desnudara cualquiera de los secretos de este mundo y del más allá; el hombre sin miedo que siempre quiso ser.
Se apartó luego de un grupo de risueños gigantes que forjaban con sus puños cerrados hermosas armaduras de combate y armas encantadas sobre elevadas fraguas de piedra. Eran en extremo pacíficos y le habrían acogido con cariño para descubrirle el hermético enigma del arte de la Herrería. Con ello, no sólo se hubiera elevado a la categoría de dios viviente entre los suyos, además la dicha de saberse todo un maestro artesano le habría llenado de felicidad hasta el punto de acabar riendo de por vida como hacían aquellos colosos.
Curiosa imagen de gigantes, tomada de
albertocanosa.blogspot.com.

Pero la mayor pérdida de todas fue desaprovechar la ocasión de contemplar expuesta su alma en el Espejo de la Verdad, que yacía olvidado y cubierto de polvo en el último rincón de una vaporosa caverna. De todas las maravillas, sin embargo, aquélla era la más ambigua, puesto que el Espejo es incapaz de mentir y, al mostrar el interior de cada ser que se refleja en su cárdena superficie, no siente remordimientos ni tiene voluntad para mitigar el maniático horror de la Verdad que se oculta en la mayoría de los casos.
Caminaba con la mirada baja, tan absorto que no percibió los curiosos efectos causados por el sol del amanecer sobre el tupido follaje de los árboles. Los rayos incidían directamente sobre todas y cada una de las hojas de aquel vasto e insondable bosque multimilenario, provocando cascadas de haces irisados que estallaban silenciosas al tocar el suelo. Las sombras perfiladas en tierra recreaban un decorado fantástico, el cual, visto en conjunto y mediante escenas móviles, semejaba una representación teatral acerca de la verdadera historia de aquel legendario país; y la sombra del muchacho parecía ser el actor principal.
La fría mañana vino acompañada de salvajes y coloridas ventiscas que, juguetonas, se complacían en arrebatar sin pudor alguno cualquier sonido naciente, zarandeándolo de un lado a otro hasta atravesar de parte a parte el laberíntico jardín. Fue de esa forma como llegó a los oídos de Cunneda un gemido lastimero que le arrancó de su ensueño despertando su curiosidad. Con el ceño fruncido y pies ligeros se dispuso a buscar el origen de tan amarga queja.
No tardó mucho. El olor acre e intenso de la muerte le atacó de frente impregnándole las narices con el inconfundible aroma de la sangre recientemente derramada. Apartó unos altos arbustos de boj y penetró con respetuosa cautela en lo que había sido el escenario de una cruenta batalla.
Cientos de cuerpos mutilados, desgarrados con rabia, atravesados por lanzas y dardos; centenares de bocas abiertas y brazos extendidos a lo alto en un desesperado intento por detener el ánima que se escapa hacia su última morada; miles de ojos mirando invidentes y con la sombra de una pregunta sin contestar impresa en las veladas retinas. Todo ello esparcido por la selva, entre los ofendidos árboles que se esforzaban por camuflar con sus ramas lo quebrados estandartes, sobre la yerba que saciaba su sed con la ofrenda de la sangre, como si una deidad menor hubiera arrojado en un momento de locura momentánea sus semillas para recolectar luego la macabra cosecha.
Restos de una batalla recopilada de la web elitonia.org.
 
Anduvo entre los cadáveres observándolo todo con esmerada visión de experto. Su alma guerrera se sublimó mientras reproducía el desarrollo de la contienda y sopesaba las armas blandiéndolas con intriga y cuidado.
–¡Dioses! En mi vida había visto nada parecido –profirió cortando el aire con una espada equilibrada, pero de adelgazado filo.
De repente, el objeto se hizo tan pesado que no tuvo más remedio que soltarlo si no quería lesionarse el brazo. Luego intentó volver a levantarlo, aunque fue en vano; el arma no se movió ni un milímetro y permaneció fiel junto a su dueño. Esto le permitió fijar su atención en los caídos.
Ninguno era humano. Había elfos de gran estatura, acorazados con plata y acero, junto a bajos arqueros bogans tocados con boinas adornadas con plumas de faisán. Frente a ellos multitud de goblins de oscuros ropajes y corazones ponzoñosos, algunas formaciones de bogies y redcaps y grupos aislados de duergars se habían aliado a titánicos trolls del Norte y cohortes de enanos asilvestrados para llevar el caos hasta Tir Tairngiri.
No se trataba de una guerra continua contra el orden, ya que el País de los Elfos no se regía precisamente por una norma armónica. Era, más bien, el enfrentamiento entre la confusión ordenada asociada a la Buena Gente y el desorden natural propio de los de la Corte Maldita, que nunca habían pisado la Tierra de la Alegría.
En cualquier caso, mirara hacia donde mirara, la cantidad de difuntos era tal que el bosque prácticamente se había transformado en una inmensa necrópolis abierta al aire libre. El muchacho suspiró.
–Demasiado salvaje –comentó–. ¿Es que no ha quedado ni uno vivo o qué? ¡Pues vaya desastre! Aquí no ha vencido nadie.
Entonces volvió a escuchar el gemido que le había atraído hasta ese lugar. Procedía de un grupo de cuerpos amontonados cerca de un maltratado madroño bajo el que se encontraba un elfo herido de gravedad. Parecía dormido, pero se agitaba por el dolor. Cunneda libró al moribundo de los cadáveres que tenía encima y le pasó suavemente los dedos por la frente. El elfo abrió los ojos asustado.
–¿Mi señor! –Dijo sonriendo, como si hubiera reconocido al joven–. Mi señor, ¿qué os aparecido la batalla?
Cunneda se retiró aturdido, sin embargo el elfo alargó con premura una mano y le retuvo a su lado cogiéndole de la muñeca. Pese a su penosa situación el guerrero mostraba una fuerza insual. Los andrajos blancos y dorados que cubrían su jubón mallado, así como su capote negro con los bordes de rojo y oro, denotaban que aquel ser, hermoso como seguramente lo fue el primer amanecer de los tiempos, era un elemento destacado de su ejército: un capitán o puede que el mismísimo general.
–Esta vez ha sido realmente duro –volvió a decir con palabras entrecortadas–, luchamos durante toda la noche, pero vencimos, mi señor. ¿Estáis complacido?
“¡Ja! ¿Habéis ganado realmente?”, pensó Cunneda con cierta repulsa por lo que él consideraba una derrota por partida doble.
–¿Por qué iba a estarlo? –Respondió–. ¿Y quieres dejar de tratarme como a tu señor?
El elfo de largos cabellos rojizos tosió convulsivamente escupiendo esputos sanguinolientos; el menor de los movimientos le suponía una auténtica agonía y, sin embargo, en ningún momento perdió la sonrisa.
-Aprenden rápido, mi señor, y su número medra. Cada vez nos cuesta más trabajo contenerlos. Creo que la frontera del Este está abierta al mundo exterior y por allí entran en oleadas de a miles. Pero no hay por qué preocuparse; son muy inferiores a nosotros en todos los sentidos y aún los dominamos.
Espada élfica Orcrist, de
armasyseresmagicos.blogspot
 
–¿El Este? –Preguntó Cunneda sintiéndose culpable–. Ése es el camino que tomé para venir hasta aquí.
–¿Os fijasteis en cómo los envolvimos cuando entraron en el bosque? –Continuó el herido sin que diera señales de haber escuchado al muchacho–. La maniobra los pilló por sorpresa y barrimos con facilidad su primera línea. Pero se reagruparon rápidamente: retrocedieron sobre sus pasos y lograron rodearnos al ser superiores en número. ¿Veis a ésos? ¿Los más altos? Ésos se quedaron en el centro para detener nuestro ataque. ¡Por el Hacedor que nunca había visto antes batirse con tanta furia como a esos monstruos! Nos tuvieron ocupados hasta que se cerró el cerco a nuestro alrededor. Entonces no tuvimos más remedio que pelear en todos los frentes.
Cunneda tuvo la impresión de volver a estar ante su padre durante una de sus habituales charlas de “entendido en todas las materias”, pues aunque el aspecto del elfo era el de un joven de su edad, por los ojos supo que el guerrero contaba sus años por centenares. Sintió una profunda veneración por él y le siguió la corriente.
–Estoy contento por la valentía que habéis mostrado todos.
–Mi señor, vos sois mi inspiración y mi ejemplo en el combate. Ahora que me ronda la muerte no me avergüenza confesarlo. Desde niño os he estado espiando para escuchar fascinado vuestras narraciones de guerra, las estrategias que usabais en cada batalla y, sobre todo, os admiraba porque habéis sabido hacer de la lucha un hermoso arte. A partir de entonces soñé con emularos y acabé haciendo mías las que eran vuestras teorías guerreras.
–¿Me espiabas? –Cunneda contuvo una carcajada de sorpresa ante lo absurdo de esa posibilidad.
–Por favor, por favor, no os ofendáis, mi señor –el agonizante vomitó sangre de nuevo y se aferró con esfuerzo al hombro del joven intentando incorporarse–. Siempre os he servido como mejor pude.
–Tranquilízate, no me ofendo –contestó Cunneda empujando con suavidad al elfo para que volviera a tenderse–. Te escucho, habla.
El rostro del elfo se tornó ceniciento. Parecía incómodo por tener que sincerarse con Cunneda y anduvo titubeando antes de hablar, aunque para ello tuvo que apartar la mirada.
–No lo entiendo, mi señor. Se me escapa.
–¿Qué no entiendes? –Le animó conciliador el muchacho.
–¡Es posible que me sienta tan vacío! Toda, toda mi existencia dedicada a la guerra y, ahora que estoy a punto de abandonarla, no logro encontrarle un sentido –volvió a mirarle con miedo en los ojos–. Debe de haber una explicación; ¿he hecho mal? ¿Me he equivocado en algo, acaso?
“¡Sagrada Madre Tierra! ¡Y yo qué sé! ¿Crees que puedo entender nada de lo que está pasando?”, fue la reacción mental del confundido joven. Ahora bien, no podía dejar al otro sumido en la angustia antes de que muriera. Carraspeó y, sin pensarlo, sin saber siquiera lo que estaba diciendo, le respondió con palabras de consuelo.
–¡Qué vas a equivocarte, hombre! Has cumplido con tu deber y eso es lo único válido; lo único que debe de tener sentido para ti –levantó la cabeza mirando pensativo los restos de la batalla en su entorno–. No intentes entender el porqué de la guerra, existe y punto. Pero no es culpa tuya. Además, ninguna guerra es para siempre y tú habrás contribuido a que eso algún día sea una realidad.
Cuando bajó otra vez la vista comprobó que el elfo estaba muerto. Al parecer había oído lo suficiente de lo que dijo Cunneda, porque falleció con una sonrisa en los labios y una expresión de paz en sus relajadas facciones.
Justo entonces los árboles se agitaron con crujiente estruendo y las hojas amarillearon en las ramas. La escarcha surgió repentina cubriendo como un sudario el campo de batalla. El joven notó un frío intenso, pero su respingo fue de temor: un aullido prolongado recorrió la foresta ahuyentando a los tímidos grajos y urracas que picoteaban alimentándose de algunos cadáveres; las hojas temblaron un instante antes de caer, pero no llegaron a tocar el suelo porque un viento gélido las transportó lejos, fuera de los límites del bosque; fuera, quizá, del propio mundo élfico. Hojas de oro que guardaban, como un secreto, un mensaje de catástrofe escrito entre sus intrincadas ramificaciones nerviosas.
Todos los muertos comenzaron a levitar. Se elevaron por encima de la arboleda y viajaron llevados por el vendaval hasta desaparecer en medio de las nubes púrpuras. Cesó el aullido y cualquier otro sonido en la espesura. Desapareció cualquier vestigio del bestial combate que se había librado aquella misma noche. Nada se movía. A su alrededor una gruesa capa de hielo invadía campos y foresta, y de las ramas caían en suspenso agudas estacas heladas que brillaban como diamantes a la luz del temprano sol.
Mientras tenía lugar todo aquello, Cunneda creyó entrever la figura de una vieja magra y reseca, aunque tan alta como un ciprés. Cubría su desnudez con una túnica desgarrada por las costuras y con sus sarmentosas manos asía una vara larga y delgada con la que tocaba cuanto se ponía a su alcance. Su rostro, azulado, no mostraba emoción alguna. Sus larguísimos cabellos, rojos, dorados, verdes y blancos, oscilaban a su espalda como serpientes aprisionadas a la piel, flotando con lentitud exasperante. Iba acompañada de un llamativo rebaño de ciervos, lobos y jabalíes que la seguían con familiaridad. La vieja y su séquito se volatilizaron en el aire, dejando al joven caminando en soledad con sus pensamientos.
Árboles escarchados, de johnny-detodito.blogspot.
 
Reconoció con fastidio que en el fondo se había burlado del elfo, sin embargo presentía que tampoco le había mentido totalmente al hablarle de aquella manera. Le intrigó, además, el hecho de que el otro conociera sus propias ideas sobre la guerra; un arte, le había dicho, y sí, como tal la consideraba Cunneda. Allá, en su aldea, había visto trabajar a los herreros no sólo fabricando armas y otros aperos útiles para las labores agrarias, algunos eran tan hábiles en la confección de joyas que los jefes se disputaban sus favores llegando, incluso, a arruinar a sus familias. Otro tanto ocurría con los filé, los poetas que componían con una facilidad pasmosa los más bellos cantos en cualquier momento y para cualquier situación. Para el muchacho aquello era arte, pero se trataban de aptitudes ajenas a su persona, más allá de su capacidad y paciencia.
Por ese motivo Cunneda decidió hacer de la guerra un arte; un elemento de satisfacción creadora personal. No se trataba de matar y procurar salir ileso de un combate, como pensaban sus compañeros de armas. Cada movimiento ante el contrincante, cada desplazamiento en defensa o en ataque debían de ser concebidos como una danza de infinita gracia que extasiara tanto a vencedor como a vencido.
Este plano individual tenía también su reflejo en las grandes contiendas, donde la danza tenía que ser aplicada a la evolución de ejércitos enteros. La estrategia, por tanto, era también un arte y el premio, ni más ni menos que el respeto del adversario, porque en aquellos tiempos los estrategas estaban muy bien considerados y la sociedad los terminaba elevando al rango de héroes.
Por supuesto, nunca había hablado de eso con nadie. Se habrían mofado con crueldad de él. Y, claro está, como ocurre con la mayor parte de los artistas, nunca mezclaba teoría y práctica a la hora de actuar. Solamente combatió una vez. Fue en una expedición de robo de ganado. Mató a un hombre, pero lo hizo con torpeza, con miedo, preservando su propia vida antes que arriesgarse a alcanzar el sublime júbilo de la obra bien hecha.
Se sonrojó al recordar aquel episodio que parecía haberse producido miles de años atrás, aunque sus cavilaciones pasaron a un segundo plano: ante él emergió un único camino que atravesaba un cerrado valle cubierto de altos pastos mecidos por el viento. En mitad de la vaguada se alzaba un monte al que iba a morir el sendero.
El laberinto había finalizado.
 
 
Acompaña a la lectura un tema de Milladoiro, titulado "Muiñeira do Areal".
 
 
No puedo evitar incluir un clásico de la guerra de independencia irlandesa: Irish soldier laddie, de Danny Doyle (la mejor versión sobre este tema bélico):
 
 
 
Perdonad mi pésima educación y mi falta de corrección hacia vosotros. Aquí tenéis la letra y su traducción, of course!:
 
Irish Soldier Laddie (Soldadita irlandesa)
 
'Twas a morning in July, (Fue una mañana de julio,)
I was walking to Tipperary (Iba caminando hacia Tipperary)
When I heard a battle cry (cuando escuché un grito de batalla)
From the mountains over head (procedente de las montañas que tenía sobre mi cabeza)
As I looked up in the sky (Y cuando miré hacia el cielo)
I saw an Irish soldier laddie (Vi a una soldadita irlandesa)
He looked at me right fearlessly and said: (Me miró fijamente intrépida y me dijo:)

Will ye stand in the band like a true Irish man, (¿Estarás con el grupo como un auténtico irlandés)
And go and fight the forces of the crown? (Para ir a combatir a las fuerzas de la corona?)
Will ye march with O'Neill to an Irish battle field? (¿Marcharás junto a O'Neill (*) hacia un campo de batalla irlandés?)
For tonight we go to free old Wexford town! (¡Para que esta noche vayamos a liberar la vieja ciudad de Wexford!)

Said I to that soldier lad (Así que le dije a esa soldadita)
"Won't you take me to your captain (¿Podrías llevarme ante tu capitán?)
T'would be my pride and joy (Sería para mí un orgullo y motivo de alegría)
For to march with you today. (Desfilar hoy contigo)
My young brother fell in Cork (Mi hermano menor cayó en Cork)
And my son at Innes Carthay!" (Y mi hjo en Enniscorthy)
So to the noble captain I did say: (Así que al noble capitán le diré:)

I will stand in the band like a true Irish man, (Estaré con el grupo como un auténtico irlandés)
And go and fight the forces of the crown (Para ir a combatir a las fuerzas de la corona)
I will march with O'Neill to an Irish battle field (Marcharé junto a O'Neill hacia un campo de batalla irlandés)
For tonight we go to free old Wexford town!  (¡Para que esta noche vayamos a liberar la vieja ciudad de Wexford!)

As we marched back from the field (Marchábamos de vuelta desde el campo)
In the shadow of the evening (A la sombra del atardecer)
With our banners flying low (Con los estandartes bajos)
To the memory of the dead (En memoria de los muertos)
We returned unto our homes (Volvíamos de vuelta a nuestras casas)
But without my soldier laddie (pero sin mi soldadita)
And I still can hear those braves words that she said: (Y todavía puedo oír esas valientess palabras que dijo:)

Will ye stand in the band like a true Irish man, (¿Estarás con el grupo como un auténtico irlandés)
And go and fight the forces of the crown?  (Para ir a combatir a las fuerzas de la corona?)
Will ye march with O'Neill to an Irish battle field? (¿Marcharás junto a O'Neill hacia un campo de batalla irlandés?)
For tonight we go to free old Wexford town!  (¡Para que esta noche vayamos a liberar la vieja ciudad de Wexford!)

(*) Podría referirse a Denis O'Neill, quien presuntamente asesinó a Michael Collins en una emboscada, aunque me inclino más por Donal O'Neill, pesudónimo usado por Eoin Neeson, un escritor al que se calificó como el Walter Scott de la Isla Esmeralda).

martes, 12 de julio de 2011

LA ROSA NEGRA (CAPÍTULO III)

                                                                         Capítulo III. El Puente Invisible.

Ciudad irreal,/Bajo la parda niebla de una madrugada/De invierno, un caudal de gentes vi pasar/Sobre el Puente de Londres; y siendo tantos,/Nunca pensé que la muerte llevara a tantos.
T.S. Eliot. El entierro de los muertos.

Estuvo corriendo durante lo que le parecieron larguísimas horas, rebasando en su alocada marcha setos laboriosamente trabajados con formas disparatadas, pero que no por ello dejaban de ser sumamente atractivas. Había también robles centenarios, alcornoques, encinas y hayas que ocultaban el cielo con sus frondosos ramajes, y rocas de todos los tamaños rebozadas de multicolores colonias de líquenes junto a gigantescos helechos capaces de llegarle a un hombre bien alimentado a la altura del pecho. Galopó como alma que lleva el Demonio hasta llegar, exhausto y desorientado, a un umbroso rincón donde acabó por tumbarse resoplando con agitación sobre el césped.
Descansó unos minutos con la cabeza gacha, si bien le asaltaron de nuevo las prisas por continuar. "La mujer ya habrá dado la voz de alarma entre los suyos -discurrió-. Ahora estarán buscándome por todas partes". Al mirar al frente se encontró de golpe ante dos caminos que transcurrían por direcciones prácticamente opuestas. En realidad, aquel jardín era más bien un laberinto y, aunque Cunneda desconocía su concepto, supo por instinto que el constructor de aquel engañoso edén había abierto numerosos senderos con la única idea de despistar y confundir a toda persona ajena al Reino de los Elfos.
La vereda de la derecha se mostraba por completo limpia de malezas y el sol daba de lleno sobre ella iluminándola casi de manera insultante; "demasiado bonito", sospechó como buen hibernés. La otra era, hablando claro, un sombrío túnel vegetal, en el que la humedad reinante favorecía la profusión de todo tipo de hongos, setas y malas hierbas; "¡Buaj! Demasiado lúgubre".
-¡Pues qué bien! -Prorrumpió, escupiendo las palabras tras estudiar con detenimiento la doble posibilidad que tenía delante. La tercera vía de avanzar campo a través la había descartado por temor a acabar perdiéndose-. Y ahora, ¿qué?
La inconveniencia le hizo chistar con fastidio, pero se incorporó a medias aguzando la vista para intentar descubrir la menor referencia que le indicara, aunque fuera como mera excusa, el camino que debía de tomar. ¡Ajá! Allí estaba por fin. A siniestra, pese a la abundancia de árboles, tan sólo había tras hojas adheridas a la pegajosa superficie de las setas. El joven se permitió el lujo de sonreír teniéndose por muy perspicaz.
-¿Lo ves? Ya está. Los dioses se han puesto de mi parte. Todo el suelo tendría que estar cubierto de hojas, así que por narices tiene que ser una señal. ¡Estupendo!
Ya se iba a mover en ese sentido cuando a su diestra observó, por el rabillo del ojo, a seis grandes cuervos de plumaje plateado saltando y picoteando despreocupados entre las matas de tréboles que crecían en los bordes del camino. Por supuesto, un segundo antes las aves no estaban allí. Cunneda enarcó las cejas y se detuvo en seco. Se hallaba tan confuso que ni se molestó en espantarse de la sudorosa mejilla a una mosca empachosa que acabó por extraviarse perezosamente zumbando enttre las sombras, antes de acabar en las fauces de un avispado sapo emboscado junto a un charco de aguas púrpura.
-Cuervos de plata -bufó-. Las mascotas de la Morrigan que vienen a enredarme con otra señal.
Los carroñeros alzaron el vuelo repentinamente y poco después el joven quedó turbado al ver a un pequeño lirón de ojos desorbitados por el pánico que sostenía entre los dientes media bellota. Nueve hambrientos zorros rojos perseguían de cerca al animalillo con las fauces babeando con anticipado apetito.
El ruidoso grupo cruzó en tropel por delante de Cunneda y se introdujo en el camino de la izquierda; allí, como por arte de encantamiento, todos ellos se esfurmaron en el aire, si bien dejaron patentemente marcadas las huellas de su paso sobre los destrozados fungos.
-Pero, ¿qué es todo esto? -Se preguntó soltando una risita de impotencia.
Agobiado ante tanto absurdo manifiesto, se dejó caer sobre una roca de tamaño considerable que se asemejaba bastante a un asiento, con respaldo y todo, y que previamente tampoco estaba allí. Después miró de nuevo a ambos senderos para sopesar todos los signos que se le habían manifestado e intentar concluir con una explicación vanamente razonable. Lentamente, sus párpados se fueron cerrando mientras le invadía un sopor pesado, lo más probable provocado por un hechizo élfico con semillas de viento como ingrediente principal.
De inmediato, se sumergió en un colorido y denso sueño iluminado por breves estallidos de luz que fueron conformando imágenes ya vividas por el joven. Cunneda se vio a sí mismo llegando al pueblo del que le había hablado el anciano vikingo antes de salir en busca de aventuras sin despedidas de ningún tipo.
Volvió a evocar la sensación de inquietud cuando se topó con las cuatro casuchas y media que suponían el conjunto del indefenso poblado, espectralmente bañado por el brillo lechoso de una ya muy menguante luna. Al fondo, envuelto en una tiniebla azulada, el acéano canturreaba una fluida nana dedicada a todos los niños que habían muerto ahogados en sus maternales brazos.
"En este asqueroso pueblo no puede vivir nadie", el joven soñó que pensaba.
Por encima de la siempre cambiante canción de cuna marina, a los oídos de Cunneda llegó nítido el sonido de un arpa y la voz de una mujer que la acompañaba. Descubrió que uno de los edificios rebosaba de vida. Era la taberna.
Cuando entró, el muchacho no se sintió en absoluto un extraño. Por el contrario, nadie le miró y la mujer -en realidad, una niña aún- continuó entonando su poema consagrado a los héroes de antaño:
"¿Quién esgrimirá ahora la espada
Para vengar nuestras afrentas?
La sangre nueva duerme ociosa
Mecida por la calma de la paz,
Aunque el Enemigo no descansa.
El futuro es incierto,
Y la guerra acecha en la sombra
Mientras los jóvenes pasan la vida
Retozando entre las flores.
¡Oh, Cuchulain!
¿Engañarás a la muerte
Para poder regresar a nosotros?
¡Oh, gran Nuadha!
El futuro es realmente incierto".
Un respetuoso silencio siguió a las últimas estrofas, al tiempo que el arpista pellizacaba alterado las cuerdas de su instrumento dispuesto a atacar con otro tema. Cunneda sorteó las mesas situadas en desorden por el local, abarrotado de clientela, y acabó apoyando los codos en una tabla sostenida por dos altos y panzudos toneles desde donde el posadero servía las bebidas.
"¿Y de dónde ha salido tanta gente?", volvió a reflexionar, dándose cuenta a través del sueño que era imposible que tan escasas casas acogieran a tan poblado y multiforme gentío.
Pidió cerveza haciendo tintinear unas monedas arrojadas sobre la madera. El tabernero gruñó como respuesta y desapareció tras de una ajada red de pesca que hacía las veces de cortinaje.
El muchacho aprovechó la ocasión para echar un vistazo más detallado al interior de la casa y también, de manera disimulada, al personal que asiduamente acudía al lugar para eliminar sus penas con unos vasos o en busca de un poco de compañía que les hiciera sentirse algo más vivos.
Eran, sobre todo, pescadores con los duros rostros blanqueados de salitre y las palmas de las manos agrietadas por el arrastre de las mallas utilizadas en las faenas diarias. También podían verse algún que otro viajero de paso, los menos, y comerciantes que iban periódicamente al pueblo para vender sus mercancías y relatar las últimas noticias acontecidas en el exterior.
A los nativos de la zona les encantaba escuchar especialmente truculentas historias de batallas, así como de uniones matrimoniales entre los más altos nobles y las familias reales más conocidas; a cambio, el narrador no sólo se desembarazaba más rápidamente de las chucherías que traía consigo, sino que, además, dependiendo de su facilidad de palabra y si satisfacía la natural curiosidad de los lugareños, podía pasarse toda una velada trasegando gratuitamente a la salud de sus anfitriones. Nadie en el local estaba visiblemente armado y en el ambiente se respiraba un agradable aroma de camaradería entre los más sedentarios.
La casa tampoco es que fuera muy llamativa de por sí. Tenía forma rectangular y era ancha y alta, con dos pisos por lo menos. Su base estaba erigida en piedra y el resto se alzaba en madera hasta el techo, compuesto de apretados montones de piorno traído del cálido Sur. El muchacho supuso que la planta superior servía de alojamiento para los contados forasteros que pernoctaban en el poblado.
El mesonero regresó con una gran jarra de cerámica llena hasta el borde. Agradecido, Cunneda sorbiío el amargo néctar de la malta con los ojos cerrados. pero al abrirlos de nuevo se atragantó tosiendo y soltando espuma por las fosas nasales cuando vio un sorprendente aspecto del edificio que hasta el momento le había pasado desapercibido: las paredes estaban exageradamente inclinadas hacia el mar, como si una fuerza intangible las atrajera inexorable hacia su seno.
El muchacho se dio la vuelta de golpe señalando con el dedo a lo alto; parecía que quisiera compartir con alguien su más que asombroso descubrimiento, pero los parroquianos ya le contemplaban fijamente y sin hablar. En medio de aquel silencio sepulcral, hasta el arpista había apartado su instrumento para levantarse con lentitud haciendo un gesto con su prominente mentón hacia el recién llegado. Aquel hombre era flaco en extremo y desproporcionadamente alargado, muy similar a la desagradable imagen que tenían de la Muerte los seguidores de la nueva fe procedente del Este, y a la que se había unido recientemente el padre de Cunneda.
-¿Se puede saber qué has venido a buscar por estas tierras de las que ni los todopoderosos dioses logran acordarse? -Le preguntó con sarcasmo el músico, que, por sus trazas, parecía no pertenecer a este mundo.
Cunneda no se acobardó, aunque por pura prudencia instintiva se llevó la mano al pomo de la espada, camuflada bajo la amplia capa.
-Sólo estoy haciendo un alto en mi viaje para descansar esta noche -respondió con voz tranquila-. No sé aquí, pero en el lugar de donde vengo consideramos sagrada la hospitalidad.
-Ya -le atajó impertinente su interlocutor. Era tan escaso en carnes y desgarbado que Cunneda, a pesar de la tensión que se respiraba en el aire, se regodeó pensando en que el estrafalario personaje debía de pasar al menos dos veces por el mismo sitio para poder proyectar sombra-. Un simple paseo por nuestra insignificante isla y armado como si fueras a iniciar una guerra tú solito. ¡Ah! Y por cierto, aquí la hospitalidad hay que pagarla.
El resto de la concurrencia, inclusive el tabernero, el cual parecía carecer de un cerebro con el que trabajar la cabeza, rió divertida las gracias del arpista, quien había enfatizado sus palabras dando un despacioso y afectado paseo por toda la sala. Cunneda, guardando un sensato mutismo, tuvo la sensación de estar presenciando una especie de rito que se hubiera estado repitiendo hasta la saciedad a lo largo de los años cada vez que llegaba un extranjero. El arpista dio la espalda al muchacho y habló de cara a su público.
-Parece un gran luchador, ¿eh? -Asintió haciendo un guiño de complicidad-. Estoy seguro de que es uno de esos valientes, pero estúpidos, héroes que ha venido hasta aquí para liberarnos de nuestra terrible maldición.
El arpista gimió posando el anverso de la mano sobre su frente en un teatral ademán y dirigió la mirada a la techumbre aguardando la esperada reacción del inexperto joven. Sus paisanos y conocidos a duras penas podían contener la risa.
-¿Una maldición? -Tartamudeó Cunneda con los ojos brillando de ansiedad. Tan excitado estaba que no se llegó a dar cuenta del insulto proferido por el músico para ultrajarle.
-¡Pues claro que sí! -El arpista bufón se giró con brusquedad apretando los dientes para arrostrarse con el sorprendido muchacho; el tono que utilizó era de amenaza-. La maldición de tener que aguantar durante el resto de nuestra existencia a gentuza como tú que se cree el centro del Universo.
Cunneda enrojeció de ira. Tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para no estrangular con sus manos a aquel hombrecillo de edad indefinida que, sin venir a cuento, se mofaba de él con crueldad. Otra idea que también tuvo que descartar con desgana fue la de decapitarlo limpiamente de un solo tajo y destrozarle después su estúpida cara a patadas. En vez de eso, sostuvo la mirada del arpista hasta que éste se vio obligado a apartar la suya cerrando con fuerza los párpados.
Los demás también bajaron los ojos posándolos en sus bebidas mientras el posadero, con un carraspeo, se dedicó a limpiar frenéticamente unas cuantas jarras apiladas a un lado del improvisado mostrador.
-¡Diablos, chaval! Tienes carácter -musitó el músico alejándose de Cunneda, quien se sirvió de la tregua para dar a conocer su demanda.
-Estoy buscando la entrada al País de la Buena Gente -soltó antes de libar de nuevo de su cerveza para disimular el ligero temblor de hombros provocado por los nervios.
-Eso no es ninguna sorpresa; ya lo sabíamos -replicó el otro soltando un sentido suspiro. Parecía haber envejecido cien años por el hastío que reflejaban sus facciones-. Bueno, se acabó lo que se daba. ¡Oh, sí! Tendrás que perdonar nuestras burlas, pero es que prácticamente es la única oportunidad que tenemos de divertirnos en este retirado lugar, y puedes estar seguro de que la aprovechamos al máximo. Da igual que vengan gente como tú o guerreros veteranos, ¿verdad? ¡Bah! En el fondo sois todos iguales y nos reímos a vuestra costa, porque ése es nuestro derecho. Sólo nosotros tenemos la respuesta a esa pregunta y nadie nos la puede arrebatar por la fuerza.
-¿Así que no soy el primero? -Interrogó el muchacho dejando el recipiente sobre la tabla a su espalda.
-¡Qué va, hombre! Ya han venido demasiados antes que tú. Y, a este paso, me temo que tampoco vas a ser el último.
El músico, aún más encorvado de lo que ya era habitualmente, regresó junto a su arpa y arrancó algunas notas con dedos nostálgicos. La mayoría de los presentes era consciente de que ese supuesto privilegio del que disfrutaban para el escarnecimiento, y al que había aludido antes el hombre pellejudo, no era sino una burda manera de velar su propia cobardía, o pereza en algunos casos, y eso parecía avergonzarlos a todos por igual. Eran siempre los otros quienes se atrevían a acometer la hazaña, mientras que ellos, incluso teniendo la clave del secreto en su poder, a sólo un paso de lo fantástico, que por su proximidad llegaba a transformarse en lo cotidiano, permanecían cómodamente sentados en espera de que fueran llegando nuevos campeones, sin atreverse a asomar las narices a un mundo tan peligroso como lleno de prodigios y maravillas.
-Y ¿qué ha sido de ellos? -Cunneda se removió nervioso en plena somnolencia mágica.
-¡Ja! Lo más probable es que abandonaran la empresa antes de llegar al Otro Lado -comentó con frialdad el arpista-. Y si alguno logró pasar el Puente y cruzar el Portal fue sólo para hallar una muerte espantosa a manos del Pueblo Gentil. Tan seguro estoy de ello como de que no tengo nombre.
Incluso dormido como estaba, el joven sonrió ante aquella peculiariedad: "Es verdad; en ningún momento me dijo cómo se llamaba. Qué raro que no me haya dado cuenta hasta ahora", le insinuó la vocecilla de su yo consciente. Pero lo olvidó enseguida, porque en su sueño se superpusieron rápidas visiones de los siniestros trofeos que había visto a la entrada del jardín y de nuevo tuvo miedo, aunque no estaba muy seguro de si se trataba de un temor recordado o de la zozobra que le atenazaba en ese momento.
-¿Quiere eso decir que si soy capaz de llegar voy a tener que defenderme peleando contra esas criaturas?
El hombre sin identidad puso un cómico gesto de perplejidad por la pregunta de Cunneda.
-¿Cómo? No te entiendo. ¿De dónde has sacado esa idea? ¡Oh! Ya veo, ya. Es por lo que acabo de predecir, ¿no? -El arpista se frotó las sienes como si intentara arreglar algo que no funcionara bien en el interior de su mente-. No, no, no. Olvídalo, era sólo una forma de hablar. Nada de violencia y, sobre todo, nada de sangre...
El muchacho inspiró aire con alivio bajo la atenta mirada del extraño artista, a quien también se le aligeró el alma cuando comprobó que Cunneda no le había concedido importancia a su obtusa metedura de pata.
-¡Ah! Eso está bien. Yo creía que me iba a tener que enfrentar a peligros y pruebas y cosas por el estilo -declaró el joven subiendo los hombros.
-¡Y tanto que tendrás que superar pruebas, peligros y, como tú mismo has dicho, cosas por el estilo! -respondió el poeta algo más animado-. De hecho, ya has salvado con éxito la primera dificultad: nuestras burlas, que supongo ya habrás perdonado, era una verificación de tu capacidad para el autodominio. Porque nadie, absolutamente nadie, debe de entrar en Tir Na N'og si no puede controlar sus pasiones. Por supuesto, esto no es una condición, sino más bien un buen consejo que te damos.
La clientela de la posada, que parecía reaccionar de manera instantánea a los estímulos del arpista, se aprestó a comentar y a asentir exultantes la verdad que encerraban las palabras de su bardo. Aquello sí que era rotundamente cierto.
-¿Sabes? En el fondo puede que sí vivamos bajo una maldición que se pierde en la memoria del tiempo -prosiguió divertido el músico-. No tenemos ni idea de por qué ni desde cuándo estamos aquí. Ése de ahí, por ejemplo -explicó señalando a uno de los comerciantes que compartía mesa y conversación con tres marineros-, ¿a que tiene pinta de ser extranjero? Pues yo siempre le he visto sentado justo donde está y contando siempre lo mismo. ¡Eh, tú! ¿Puedes recordar de dónde procedes?
-La verdad es que no -contestó el referido con una risita contagiosa que corearon de inmediato sus compañeros.
-A todos los que están aquí presentes no les ocurre lo mismo; algunos han llegado más tarde, pero ya ves -el arpista chistó con fingido fastidio-. Lo único que sabemos es que somos los guardianes de un arcano que nos ha sido impuesto. ¿Por quién? ¿El Rey de los Elfos, quizá? ¿Ese ser que actúa por capricho como si fuera un humano demente? -Sus ojos se clavaron censuradores en Cunneda haciendo que el joven se sintiera inquietantemente culpable-. Insisto, no lo sé. A veces creo que nunca hemos disfrutado de la niñez, que siempre hemos sido así: inmutables. Por mucho que queramos, no podemos, ¡no debemos!, marcharnos y dejar el Portal de lo Oculto cerrado para siempre. Por lo menos, no hasta que alguien logre el objetivo que se haya marcado. Así que te echaremos una mano, pero no por ti, sino para ayudarnos a nosotros mismos.
El sueño vaciló tembloroso, al igual que la superficie de un estanque cuando es violada por una piedra, rompiendo el frágil equilibrio de las imágenes y cambiando de escena sin brusquedad. Ahora se veía en una pequeña cala arenosa, desarmado y aguardando a que subiera la marea. Sobre él, la luna mostraba orgullosa la voluptuosa redondez de su plenitud. "No puede ser -se oyó decir sin mucho convencimiento-. Hace un rato no estaba llena". De todas maneras, logró apartar con bastante esfuerzo ese molesto pensamiento para recrearse con las últimas indicaciones ofrecidas de buena fe por los habitantes de aquel tétrico poblado, que llegaron hasta él como si fueran ecos de un pasado ya distante.
"Tus armas sobran -le ordenó uno de ellos-. Deberás afrontarte al peligro sólo con tu ingenio".
"El hierro de esta campana y de esta daga te servirán para alejar de ti a las presencias indeseables -le aseguró otro haciéndole entrega de ambos objetos-. Pero ten muy en cuenta que la hoja es más un símbolo que otra cosa y no puede utilizarse ni para cortar ni para clavarlo ni, mucho menos, para herir a nadie con ella".
"Fuera ese casco, y el escudo también. No pretenderás acudir en presencia de un rey (en especial, ese rey) vestido al modo de un asesino sanguinario, ¿verdad? Esta ropa que te prestamos te dará todo el aspecto de un gran señor. Aunque puede que eso al soberano de la Buena gente le importará un bledo".
"Si en realidad piensas así, ¿por qué le das entonces esa ropa?", criticó una voz intrusa, pero no desconocida para el muchacho.
"¿Y a mí qué me cuentas? -Se justificó el anterior-. Yo sólo pienso lo que él quiere que piense; al fin y al cabo, éste es su sueño, ¿o no es cierto?"
Cunneda frunció el ceño alarmado, aunque no llegó a despertarse.
"Pero lo más importante de todo y lo único que no debes de olvidar es que el nombre de las cosas es la verdadera base de la Magia -apuntó finalmente el arpista con su familiar entonación, haciendo que el sueño recuperara su normalidad-, y que hasta el más pequeño de los encantamientos necesita de la palabra".
Poco después de la medianoche el femenil astro nocturno comenzó a lanzar su cremoso hechizo sobre el mar y, en la hora tercera, toda la espeluznante potencia del océano se abatió contra la costa bramando furioso como un condenado. Se levantó también el viento y con éste una densa y escurridiza niebla procedente de aguas adentro.
"Es el momento", pensó el muchacho y avanzó hacia el mar.
Sin saber muy bien cómo, quizá por pura fuerza de voluntad o cualquier otro motivo desconocido, Cunneda pudo caminar firme y sin trabas por sobre la espuma de las olas. Con cada paso que daba se iba tendiendo ante él un sólido puente invisible, mientras que arriba, en lo más alto, el firmamento se aclaraba pausadamente con el intermitente resplandor de las estrellas. La paz y la reserva que le rodeaban le hicieron pensar de manera natural en la muerte: "Así debe de ser -recapacitó-. Así de dulce".
De esta manera, anduvo sin reposo hasta el amanecer y, justo entonces, uno de sus pies se posó sobre las plateadas arenas de una playa sin nombre que empezaba a caldearse absorbiendo afanosa las primeras luces del nuevo día. Frente al muchacho, sobre la duna más elevada, se erguía un sencillo portal negro y franco. Una vez cubierta la distancia que los separaba Cunneda intentó atisbar algo a través del vano abierto, pero más allá tan sólo estaba el vacío. Luego probó a introducir el brazo y su mano se vio repelida dolorosamente con una sacudida parecida a un bastonazo.
Cunneda saltó hacia atrás sacudiendo los dedos y haciendo gala de todo su profuso repertorio de maldiciones gaélicas. Tantas soltó que, de haber estado presente, hubiera dejado en ridículo el comparativamente pobre vocabulario de su padre. Minutos después se le ocurrió bordear la puerta para comprobar que tras ella únicamente había más dunas.
Al menos, las jambas eran físicamente palpables y descubrió con admiración una serie de dibujos en relieve sensibles al tacto de las yemas, aunque ciegos para los ojos de cualquiera que no estuviera mínimamente versado en el mundo de la Hechicería.
"Éstas tienen que ser las famosas runas de Sorensen, pero a mí no me sirven para mucho", reflexionó intentando concentrarse en buscar una solución que le despejara aquel obstáculo infranqueable. Las últimas palabras del bardo eran clave: Sonriendo para sus adentros, hinchó el pecho y gritó con fuerza su nombre.
Una de las runas empezó a lanzar destellos hasta alcanzar la incandescencia. Entonces, el Portal se resquebrajó como si fuera de cristal.