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jueves, 31 de enero de 2013

La Rosa Negra (capítulo final)

Amigos, hemos llegado al final del camino. Se trata, por fin, del último capítulo de esta novelita corta que espero os haya gustado y, sobre todo, de la que hayáis podido sacar algún provecho (aunque sólo sea anímico). Es, con diferencia, el más largo, pero sus motivos tiene. Aunque os advierto una cosa, estimados lectores: quedaría un epílogo por publicar y dependerá de vosotros que salga o no en este blog. Así que, para obligaros a romper vuestro denso (y doloroso) silencio, o me decís abiertamente a base de comentarios (cuantos más numerosos mejor) que también queréis esa última parte de la Rosa Negra u os quedáis con las ganas, ¡eah, con Dios!

"Rosa Negra", de Adrián García, de su blog  adriangrfo.blogspot.com.es.
Capítulo X. El poder de la Rosa.
Mi destino es ser amante
de una sirenita del mar,
pues amar no podré nunca
mujer alguna mortal.
Jesús Callejo. Hadas (cantinela popular cántabra).


Ascendieron por la empinada cuesta aparentemente sin esfuerzo y al cabo de un rato se encontraron con una agreste plantación de rosas negras que se hallaba justo en la cima del monte. Las flores no brotaban de los arbustos, como hubiera sido lo normal, sino que progresaban de una en una, al igual que los solitarios tulipanes. Entre las sorprendentes flores se desplegaba una vereda forrada de mullido césped por la que llegaron hasta el centro del bancal.
Allí se alzaba, pura entre las puras, la Rosa Negra; la meta de Cunneda, aunque no por ello el final de su viaje. Era hermosa por sí misma, sin necesidad de tener que compararla con ninguna otra cosa, conocida o desconocida, de este mundo o de cualquier otro. Su largo tallo estaba desprovisto de espinas y sus abiertos ocho pétalos, barnizados con el color que compendia a todo el irisado espectro luminoso, despedían una extraña luz negra, visible incluso en plena noche.
"Eso debe de ser la magia que me comentó mi padre", caviló emocionado el muchacho. "Y la tengo aquí mismo, al alcance de la mano".
Precisamente, sus codiciosos dedos estaban ya a punto de rozarla cuando le detuvo un respiro entrecortado a su espalda. Se giró y vio el espanto reflejado en el rostro de su dama.
El ambiente se tornó gélido y una neblina celestial, sinuosa como una sierpe, apagó en su lento avance a los astros nocturnos. Todas las flores se marchitaron y cayeron sin vida al suelo donde se transformaron en fino polvo ceniciento. Todas, excepto Ella, que permaneció tentadoramente desafiante ante la pareja real.
-¿Qué está ocurriendo? ¿A qué viene esto? -Cunneda miró despreciativo a la mujer-. ¿Tienes algo que ver con lo que ha pasado? ¡Responde, bruja! Más vale que te dejes de hechizos y me aclares por qué primero me traes aquí y luego te pones a jugar conmigo.
La dama se quedó quieta, con la cabeza gacha, afanándose por no exteriorizar el tremendo dolor que le habían causado las hirientes palabras del joven. Después, con languidez, alzó la reluciente mirada. Era tal la tristeza reflejada en sus pupilas que hasta el propio Cunneda reconoció que su iracunda reacción había sido injusta. La atrajo hacia sí y la estrechó con fuerza.
-Estoy cansado de pedir continuamente disculpas -dijo con voz contenida-. Estoy más que harto de no entender nada. Parece que perdí el control y ahora sólo puedo esperar que lo comprendas.
La dama asintió con un gesto mientras eludía el abrazo del rey.
-Tenía la esperanza de que lo descubrieras por ti mismo, pero no ha sido así. Ahora tendrás que oír de mis labios una historia a la que ni siquiera querrás creer. Pero yo te aseguro que es tan cierta como tu propia existencia. Si tú me pedías comprensión yo te exijo a cambio confianza y fe en mí. Escúchame atentamente porque después tendrás que actuar siguiendo los dictados de tu alma.
Cunneda tomó asiento en el suelo cruzando las piernas y cuando la mujer comenzó a hablar tuvo la impresión de que le estaban cantando un poema en vez de narrarle un relato de los tiempos remotos:
-Somos lo que somos porque Él así lo quiso. Nos otorgó dones que el hombre no entendió ni entenderá nunca. Al principio convivimos con ellos en una misma tierra; éramos partes complementarias de una misma idea divina y la paz reinó entre los pueblos. Pero no duró mucho. Algo rompió la concordia y los hombres nos odiaron sin que les hubiéramos dado motivos para ello. Nos acosaron, nos persiguieron y nos dieron muerte. Entre los nuestros surgieron entonces dos facciones: los que se negaban a quedarse inactivos ante la matanza, hasta entonces impune, y pedían contraatacar a la violencia, y los que evitaban alzar las armas contra los preferidos del Creador. También nuestra gente acabó así dividida. Una parte prefirió hacer frente a la amenazante locura humana; son los que permanecen aún en el Mundo del Tiempo, compartiéndolo en clandestinidad con el hombre, haciendo que el temor creciera en sus supersticiosos corazones hasta que acabaron por llamarles demonios. Pero su número y su fuerza menguan, porque el paso del tiempo también les termina afectando y, por tanto, no son inmortales como los hombres suponen que son. Además, están desorganizados y eso es lo que ha impedido hasta ahora que sus ataques no acabaran en el exterminio de naciones enteras.
"Pero la mayoría de nosotros contuvo su rabia y escuchó tus sabias palabras de sosiego y apaciguamiento. Prometiste ir a hablar con el Gran Hacedor para pedirle, en nuestro nombre bien una explicación a la anomalía de los Hombres o bien que nos concediera la gracia de sortear esa indecente agresión sin que ello supusiera la desaparición de nuestra raza. Tu promesa incluía la condición de no regresar hasta no haber cumplido con lo dicho y, mientras, los demás debíamos esperar el tiempo que fuera menester. Aceptamos y te llevaste nuestra esperanza contigo. Fue tu primer viaje, que duró lo que tres generaciones tardan en madurar. Te aguardamos siempre, protegidos en moradas bajo tierra o en lo más profundo de los bosques primigenios a los que los humanos no osaban entrar a explorar. Nos tragamos nuestro orgullo original y procuramos paliar en parte el mal que generaban los Renegados con acciones ocultas, y por eso algunos nos llaman la Buena Gente.
"Por fin un buen día regresaste, pero no ya como uno más de nosotros. Llegaste envuelto en un doloroso halo de majestad que agobiaba toda tu esencia interior. Con paso vacilante y esa alta frente perlada en febril sudor nos dijiste que todo estaba hecho. Lo supimos al verte y, maravillados, te reconocimos como Rey.
Paisaje islandés, captado de caladeloshumos.wordpress.com.
-En ese caso, tú eres mi reina -interrumpió el joven, quien no mostraba sorpresa alguna ante lo que estaba oyendo.
-No exactamente -contestó la dama sonriendo-. Nuestro concepto de rey es diferente del que tienen los humanos. Tú eres el único que hemos tenido y sólo porque llevas la marca del Creador grabada en tu ánimo. No puedes obligarnos a ninguno a hacer nada que vaya en contra de nuestra naturaleza. Tu labor no es gobernar ni tampoco ordenar, pero esta tierra a la que nos trajiste depende únicamente de tu persona. Nuestra deuda hacia ti no se basa en una estúpida sumisión a tu voluntad, sino en el intenso amor que te profesamos a raíz de tu sacrificio en nuestro favor. Por eso, nadie más que tú puede ser el Rey, ¿lo entiendes?
-Pero entonces, ¿qué pasa contigo? -El joven vaciló-. Sé que eres algo mío.
La mujer se aproximó acuclillándose y dejando su boca a escasos milímetros de la de Cunneda.
-Soy tu esposa -le susurró.
Aquello sí que sobresaltó al aguerrido muchacho, pero la dama disipó su comprensible turbación con un ardiente beso que se prolongó durante una eternidad. Luego ambos rieron y se contemplaron el uno al otro con sentimientos contrapuestos; el rey, intentando despertar la memoria aletargada; la mujer, con un recóndito temor de volverle a perder de vista en breve.
-De todas maneras, nada de lo que has dicho me explica qué es toda esta aventura que me ha ocurrido ni por qué tampoco puedo recordar siquiera cómo te llamas.
Volvía a asomar un atisbo de dureza en las palabras de Cunneda. La dama suspiró paciente, aunque el joven la retuvo cuando intentó levantarse para continuar con la historia.
-No, por favor. Quédate conmigo.
-Tenemos demasiada prisa, mi vida -suplicó la mujer mirando apremiante a su alrededor-. Y aún me queda tanto que decir...
Descansó la cabeza sobre el pecho del monarca tomándose el tiempo justo para deshacer el nudo que se le había formado en la garganta; rogando ferviente por que su nefasta premonición no se llevara a efecto. Después, de golpe, se puso en pie y se alejó unos pasos.
-Ya te he hablado del tremendo cambio que sufriste después de tu partida -prosiguió-. Nuestro país es realmente espléndido, ningún otro se le puede igualar y en él se colman con creces todos nuestros anhelos. Cualquiera que lo viera afirmaría que aquí es inconcebible la infelicidad. Sin embargo, tú te sentías desdichado. Tenías una idea que se removía en tu interior sin concederte ni un instante de reposo, consumiendo como un parásito toda tu vitalidad. Por entonces, recuerdo que solías apartarte de los que te querían bien sin permitir que nadie se atreviera a interrumpir tus penosos pensamientos. Sólo yo logré una vez quebrantar ese malsano aislamiento y sonsacarte con perseverancia el secreto que te atormentaba. ¡Oh, Sagrada Madre! Cómo maldigo el momento en que decidiste ir a ver al Creador; lo maldigo mil veces porque tu sacrificio fue mucho mayor de lo que nuestro pueblo supone.
"Él no sólo te dio la solución a nuestro grave problema. No. Me dijiste, además, que Su mera visión te desveló repentinamente un ansia irrefrenable por saber acerca de todas las cosas. Pero esa nueva sed de conocimientos se centró más que nada en el Hombre y en su compleja naturaleza. No hubo respuestas a tus obsesivos interrogantes. Ni insistiendo conseguiste que el Gran Hacedor satisficiera tu curiosidad con palabras de sabiduría.
En busca del Gran Hacedor Circular, cogida de livanvivo.blogspot.com.es.
"Lo peor fue que finalmente supiste la horrible verdad: la única manera de ver cumplido tu deseo era haciéndote un igual a ellos; gestarte, formarte y nacer del seno de una hembra humana. Sólo mediante esa atrocidad podrías empezar a llegar a entenderlos.
Cunneda torció el gesto incrédulo. "¡Qué idiotez!", pensó. "Con una mujer como ésta, viviendo en este lugar, con la posibilidad de obtener todo lo que uno quiera... No. Es imposible que me haya podido ir de aquí en busca de no sé qué cosa sin que me obligaran a ello. Desde luego, Yo no lo hubiera hecho. Y ese creador que tanto menciona, ¿es uno de los dioses o qué?"
Inconscientemente, Cunneda delató sus razonamientos con un movimiento negativo de la cabeza y un mohín despectivo en los labios. El gesto no pasó desapercibido para la fascinante mujer que tenía delante temblando de pies a cabeza por el frío creciente. Su persistente silencio devolvió al rey la atención perdida.
-Pues sí. Créeme que te volviste a marchar, pero sin despedidas, sin condiciones previas ni explicaciones de ninguna clase. Y esta vez la gente, tus amigos de verdad, no lo entendieron. No veían motivos de peso para que los abandonaras de nuevo y te negaron su confianza. Hasta nuestra propia hija renegó de ti porque por mí supo también que te hiciste hombre.
-¿Una hija? ¡Válgame el Dagda! ¿Tengo una hija?
-Te-ne-mos una hija, sí -recalcó la dama élfica-. Pero di más bien que tú la perdiste. Ella tampoco comprende a qué venía eso de que te fueras, modificaras del todo tu esencia y te convirtieras en un humano más, uno de nuestros enemigos, uno de los que tanto daño nos causó, con todo lo que ello implica de debilidades y anomalías. Por eso pensó que en realidad les dabas la espalda a nuestro pueblo y a ella misma y, por eso, ahora abomina de ti. La viste a la entrada del jardín, ¿recuerdas? Yo iba detrás y cuando descubrí las cabezas ensartadas en las picas supe que habías regresado. Tu hija también las vio y no dijo nada.
Cunneda se incorporó tragando saliva desquiciado.
-¿Me estás queriendo decir que ella supone que maté a esa gente y la dejé ahí para que se pudrieran? ¿Es que como rey soy capaz de cometer esas atrocidades? ¿Tan cruel soy... O lo era? ¡Pero si yo fui el primero que se asustó al ver aquello!
-Lo que quiero decir es que puede que esos hombres ni siquiera existan; tampoco estoy muy segura.
-¡Venga ya! Tus aclaraciones sólo logran confundirme más -gritó el joven gesticulando como loco alrededor de la dama.
-Tan sólo conozco con seguridad el pasado; lo que ya ha sido. Pero al presente le estamos dando forma en este preciso momento, y el futuro depende enteramente de lo que decidas hacer.
Cunneda rió con amargura.
-Ya estamos con ésas -se limitó a comentar.
-Te estoy hablando muy en serio -fue la réplica a su sarcasmo-. Piensa que, por ejemplo, ésta es la primera vez que yo veía a esas rosas que estaban ahí hace un rato. Antes no existían, ni la que todavía no ha desaparecido ni esta colina ni el valle donde está emplazada. ¿No te das cuenta? Las cosas van sucediendo a medida que tú te las imaginas.
-¡Ah! ¿Sí? ¿Y cómo sabías entonces lo que estaba buscando? -Cuestionó el rey con suspicacia-. Si este sitio no es real ni las flores tampoco, ¿cómo es que me has guiado hasta la Rosa Negra? Es más, ¿qué hacíais todos esperándome en el lugar ése de antes?
La mujer se llevó la mano a la frente y dio un traspié. Preocupado, el muchacho tuvo que sostenerla para evitar que cayera.
-¿Qué te pasa?
-Descuida, no es nada -respondió relajándose entre los brazos de su amado-. Pero siento mucho frío.
Respiraba con dificultad y, al levantar la mirada, el brillo de sus ojos se había apagado.
-Tus dudas son comprensibles -continuó diciendo-, si yo estuviera en tu lugar también las tendría, aunque la única respuesta que te puedo dar es que tu alma es aún demasiado humana y eso está afectando a nuestro mundo. Me temo que, sin quererlo, estás haciendo que se cumplan todas esas ridículas leyendas que los hombres cuentan sobre nosotros. Si te preguntas por qué te recibimos los que estábamos en la Sala del trono seguramente fue porque así lo querías tú. Esto también puede servirte para explicar tu presunta crueldad, y si en el otro mundo te dijeron que aquí había una rosa mágica entonces te has visto obligado a que eso se materializara y adquiriera forma. Y ahí la tienes.
El rey miró el objeto de su aventurado viaje. La oscura luminosidad que emanaba de su corola comenzó a extenderse colina abajo desdibujando tenuemente el perfil de las rocas y de la hierba. En algunas zonas del paisaje ya era imposible diferenciar la línea del horizonte que divide el cielo de la tierra.
"Luz Negra", del pintor José Orús, cogida de www.aacadigital.com
-La verdad es que a estas alturas me resulta difícil distinguir entre lo que es cierto y lo que es producto de mi imaginación -sentenció Cunneda-. Todo acaba por confundirse con demasiada ligereza. Resulta que soy ése al que los hombres llaman el Rey de los Elfos, pero, al mismo tiempo, soy humano hijo de humana. Quizá este país sea perfecto para habitarlo, no seré yo quien lo discuta, sin embargo he tenido que hacer frente al peligroso caos que reina en este lugar. En esa fortaleza de piedra, o lo que sea que fuese, he visto a algunos con los que me había tropezado a lo largo de mi camino, aunque también me he encontrado con seres de los que nunca había oído hablar cuando vivía entre los hombres. Incluso he llegado a dar muerte a una de los que dicen que me aman, pero fue ella la que me obligó a hacerlo, ¡y luego aparece viva como si nada hubiera pasado!
"Según tú, parte de lo que me ha ocurrido es auténtico y otras tantas cosas no lo son. Con sinceridad, tienes que reconocer que tu historia no es muy creíble que digamos. Fíjate que hasta he llegado a pensar en que tú tampoco existes de verdad.
La dama tomó suavemente el rostro de Cunneda entre las palmas de sus manos y le besó en los labios con una lentitud exasperante hasta que el devenir colapsó y volvió a fluir a la misma velocidad que su sangre desbocada.
-¿Lo has notado, mi amor?
-Absolutamente -contestó atontado-. Con toda claridad.
-Y vagando por nuestra tierra, ¿no tuviste miedo? ¿Acaso no sentiste sueño y te echaste a dormir? -El rey lo confirmó a su vez-. Vamos, enséñame el codo; esta herida que tienes ahí, ¿tampoco te parece real?
-En lo sueños también se sangra. ¿A dónde quieres ir a parar?
-¡Un sueño! ¿Todavía crees que estás dormido? Aquí tenemos maestros en la elaboración de sueños y te aseguro que ninguno ha confeccionado uno ni tan continuado ni tan complicado como éste.
-No lo sé -respondió escéptico-. Quizá ahora mismo esté en casa de mi padre, enfermo y delirando en sueños por la fiebre.
-Estás enfermo, sí, pero de humanidad. Lo siento, mi vida; mi intención no es dañarte, sino demostrar que ambos somos reales y que estamos aquí, ahora.
La pareja fue interrumpida por un violento temblor que dio con ellos en el sueño. Cunneda, encomendándose a todos los dioses de su panteón, clavó con fuerza las uñas en tierra.
La sacudida duró unos segundos, tras lo cual volvió la calma. Pero el terremoto dio paso a una escena de tales proporciones oníricas que el joven acabó por convencerse de que se debatía en mitad de una pesadilla: lo único visible era una reducida porción del cerro; el resto buceaba bajo una insondable masa de negritud flotante que retenía los sonidos apagándolos. La dama seguía echada de bruces y sin moverse.
Entretanto, la Rosa permanecía estática mostrando una actitud de satisfacción, por muy disparatado que pudiera parecer en una flor; daba incluso la sensación de sonreír traviesa. Cunneda intentó levantarse para auxiliar a la mujer, pero se detuvo a medio camino al ver que su mano aferraba un huidizo puñado de arena.
Me encantan los relámpagos, y esta imagen de uno múltiple me viene muy bien para la historia. está cogido de www.friki.net.
-La tierra, se está deshaciendo -musitó reparando absorto en aquellas diminutas motas del color de la harina de trigo que se le escurrían de entre los dedos.
-Es el Tiempo que irrumpe en nuestro mundo -refirió la dama tras recobrarse de su desvanecimiento-. Debes decidirte sin tardanza.
-Sigo sin saber qué es lo que tengo que hacer -el joven se sacudió el polvo de su mano y comenzó a retirarse de la cabeza la piel de ciervo que le servía de corona élfica, pero la mujer se lo impidió.
-¡Espera! Primero habrás de elegir entre arrancar la Rosa y marcharte con ella o quedarte junto a tu pueblo como rey, olvidándote para siempre de los hombres.
-Así que todo se limitaba a eso: o vosotros o ellos.
Un grueso relámpago rasgó la noche, pero no se escuchó el estallido posterior del trueno. La Rosa se meció coqueta impulsada por un viento casi imperceptible..
-¿Lo ves? -Dijo Cunneda-. Me llama. Me está pidiendo que me acerque y la coja... ¿Hay algo que me lo impida?
-No has aprendido nada de tus veinte años viviendo como un hombre -le echó en cara la dama con voz ronca-. La elección es sencilla: o la felicidad eterna entre los tuyos, conmigo, o una miserable existencia mortal junto a ellos.
El confín del País de los Elfos volvió a iluminarse con una triple centella muda.
-De fácil, nada. ¿Quiénes son realmente los míos? ¿Cómo quieres que me quede si hasta mi propia hija dices que me odia? Si hasta el que tú afirmas que es mi pueblo me ha negado su confianza. Al menos, en el Otro Lado cuento con mi padre y con algunos buenos amigos. ¿Te atreves a decir que es sencillo? ¡No! Para nada.
-Parece que ya has hecho tu elección -admitió resignada la mujer élfica.
-¡Ayúdame, por favor! ¡Haz lo que sea! ¡Convénceme, incluso! ¡Oblígame a creer! Pero no permitas que escoja lo peor. Por el amor que me tienes, no lo permitas.
La aprensión de Cunneda se concretó en una múltiple descarga eléctrica que tiñó de violeta los cielos y la agobiante Nada que los envolvía.
Quisiera pensar que se trata de Deseo,
cuyo papel es más importante del
que parecía al principio.
-¡Qué más quieres! -Gritó la dama con indefensión-. Durante todo este tiempo has tenido delante la demostración fehaciente de que tu gente te quiere bien. Desde el principio, sin quejas y con infinita paciencia, se prestaron a interpretar el papel que tú les asignaste en este estúpido juego y lo único que les sostenía era la esperanza de que al final pudieras recuperar tu identidad, recordando quién eres. Una de ellas saboreó el amargo y penoso gusto de la muerte por ti; si es no es amor, si no eres capaz de verlo así, es que ya no hay manera de explicártelo.
-Nos lo pudimos haber evitado si tú, en vez de huir, me lo hubieras contado antes de que yo entrara en el jardín.
-Habría sido en vano, y tú lo sabes -contestó ella ahogando un sollozo.
En su fuero interno Cunneda tuvo que dar la razón a la mujer. Pero quedaban demasiados cabos sueltos y sus únicos recuerdos, tras la fantástica experiencia, seguían siendo netamente humanos. Aquella idea acabó por inclinar definitivamente la balanza y el joven se alejó de la dama sin apartar los ojos de ella.
-Lo siento -se disculpó con timidez antes de descuajar la flor.
La tempestad entonces se desató en toda su magnitud. Los ruidos que hasta entonces habían permanecido contenidos por la niebla negra retornaron de golpe ensordeciendo al muchacho con la sinfonía más salvaje jamás compuesta por genio alguno. El mugido del viento se alió a los secos crujidos de los truenos, que esta vez sí escoltaron a los centenares de rayos que parecían surgir simultáneamente de todas partes. Cunneda procuró proteger la Rosa de la densa lluvia escondiéndola bajo los pliegues de la piel de venado, pero resultaba una tarea ardua, ya que, al mismo tiempo, debía intentar guardar el equilibrio ante el inmisericorde azote de los elementos. La tierra también habló con un quejido de agonía mientras bloques enteros de roca viva se desgajaban para asomarse a través de la bruma y salir despedidos hacia lo alto.
-Se ha consumado lo inevitable -las palabras de la mujer se escucharon por encima del aplastante estruendo del cataclismo-. Te estaré esperando, vida mía. Siempre. Hasta que regreses de nuevo a mí.
Cunneda reaccionó buscándola ansioso sin ningún éxito. El pedazo de monte sobre el que él se afanaba por no caer comenzó también a gravitar elevándose con lentitud. Entonces se asomó al borde de la piedra y pudo ver a su dama que le contemplaba desde abajo, disminuyendo gradualmente de tamaño, perdiéndola por tercera vez. En ese instante evocó todo su pasado élfico, tan fresco y contundente que a punto estuvo de saltar al abismo. Pero era demasiado tarde.
-¡Laureleï! ¡Te recuerdo, Laureleï! -Chilló hasta quedar afónico mientras subía cada vez más alto, cada vez más rápido.
La mujer sonrió agradecida por aquel último regalo. Luego se dio la vuelta y se esfumó con el resto del Mundo de la Fantasía.
Tras de ella, una puerta se cerró indefinidamente.
Preciosa imagen que me hace pensar en Laureleï, la dama élfica, tras la marcha de Cunneda. Está sacada de httprudyardbonilla.blogspot.com.es. Una delicia, ¡ya te digo!
Me encanta Beleño, y este tema en especial, La dixebra, me resulta lo suficientemente melancólico como para acompañar a la lectura. No se os ocurra llorar.

martes, 22 de enero de 2013

La Rosa Negra (capítulo IX)

Éste es el penúltimo capítulo de La Rosa Negra, una novelita que, al parecer, es lo que más agrada a los que se adentran en las Visiones aromatizadas de añil (aunque también desconozco por completo la razón por la que el capítulo I apenas sí lo ha leído nadie, y eso que lo tiene todo el mundo a su disposición). A disfrutar de lo que está por venir, mis ansiosos lectores:


Capítulo IX. Cambios inevitables.
-En su laberinto sobran tres líneas -dijo
por fin-. Yo sé de un laberinto griego que
es una línea única, recta. En esa línea se
han perdido tantos filósofos que bien puede
perderse un mero detective.
J.L. Borges. La muerte y la brújula.


El morro de Celebinish golpeó con dulzura el rostro del muchacho, quien por fin acabó despabilándose gracias a la tenaz insistencia del animal. El caballo lanzó un amistoso relincho cuando Cunneda se puso en pie tambaleándose inseguro.
-¿Dónde estamos, amigo?
La noche había caído sobre el Monte Negro, pues ésa era su designación tal y como averiguó el joven posteriormente. Sus acuciantes inspecciones en torno suyo no despejaron la incógnita de su pregunta, aunque el paisaje tenía unos toques familiares que le pusieron aún más nervioso.
-¡Madre mía! ¿Qué te ha ocurrido? -Dijo acercándose cauteloso a Celebinish. Su pelaje, antes del color del carbón, era ahora blanco grisáceo y su mirada revelaba una aflicción versada, propia de los que ya han vivido demasiado o de los que han experimentado el mayor de los sufrimientos. Por un momento Cunneda se preguntó si él también tendría el mismo aspecto, pero el caballo le rehuyó antes de que el muchacho lograra acariciarlo.
-¿Qué pasa? Soy yo. ¿Tanto he cambiado o qué?
No se trataba de eso. De hecho, Cunneda no había experimentado ninguna variación física, salvo por la grieta transversal que ahora le partía la frente de parte a parte y el hecho de haber perdido la facilidad de sonrisa habitual en los niños y adolescentes. Si Celebinish se alteró fue por la sigilosa aparición de tres figuras que irrumpieron desde las sombras cercanas. Eran elfos y el más adelantado de ellos, de majestuosa estatura y espesa cabellera roja, iba fuertemente armado. Al verlo más de cerca creyó estar en presencia de un aparecido, tal era su semejanza con el guerrero al que encontró herido de muerte en el bosque.
Los elfos se detuvieron saludándole con una respetuosa reverencia. Luego el más alto invitó al joven a que le siguiera con un gesto del brazo; los otros dos se situaron a ambos lados del caballo. Como Cunneda se mostraba reticente a ir detrás de su anfitrión Celebinish le propinó un empujón en la espalda y el elfo, siempre sin hablar, se sirvió de la situación para tomarle de la mano.
-Aguarda un momento -pidió Cunneda dirigiéndose al animal-. No hay que ser muy listo para imaginarse que ya no nos veremos más. Y eso me duele; no sabes cuánto. Pero lo que más me preocupa es pensar que yo pueda haber sido el culpable de lo que te ha sucedido. No estoy muy seguro de ello, pero por si acaso es así te pido por lo que más quieras que me perdones.
Los elfos sonrieron con simpatía ante la escena mostrando sus blancas y perfectas dentaduras y, durante un segundo, los ojos de Celebinish lucieron con la energía de antaño. El muchacho se dio por absuelto cuando el noble corcel se dejó pasar la ano por la frente antes de marcharse escoltado por los caballerizos.
"Otra despedida", pensó amargado mientras se dejaba arrastrar pacíficamente por el guerrero pelirrojo.
Decenas de luciérnagas les abrían camino revoloteando incansables a gran velocidad; algunas, en línea recta, las más, formando complejas figuras en el aire. Aunque si uno ponía su atención fija podía llegar a descubrir que aquellas traviesas lucecitas verdiamarillas no eran en realidad insectos, sino diminutas hadas silvestres, de ésas que no hablan, pero cuya pueril malicia había provocado que numerosos viajeros del Mundo de los Humanos extraviaran sus pasos en pos de engañosas maravillas visibles sólo para sus ojos.

Efecto de luciérnagas, cogido de blog.educastur.es.
Enseguida llegaron a una sala sin techo, aunque con paredes naturales, puesto que se trataban de aquellas rocas con forma de fortaleza que Cunneda había divisado a lo lejos. Una doble hilera de menhires desiguales seccionaban el habitáculo en tres partes y justo el pasillo que se formaba en el medio, alfombrado con una oscura capa de tierra perfumada, remataba en una plataforma de granito a la que se habían añadido dos amplias abrazaderas sobre las que se podían descansar cómodamente los brazos, manteniendo, al mismo tiempo, una digna postura sedente. En efecto, aquello era el trono del Rey de los Elfos.
No bien lo vio el joven se sacudió la modorra de encima y se soltó de un tirón de la mano de su guía. Aunque su instinto no percibía ningún peligro inmediato debía de tener cuidado, ya que era perfectamente consciente de que él era un intruso llegado hasta allí para robarles a aquellas gentes su tesoro más preciado y eso, de una manera u otra, tendría que pagarlo.
"Me van a juzgar. En cualquier momento aparecerá el rey y me mandará matar", desconfió poniéndose en guardia.
Muy al contrario, con una refinada delicadeza, el elfo le cogió del brazo y le encaminó hasta el sillar de piedra. Allí el estupefacto muchacho fue obligado a sentarse y entonces la habitación se iluminó con un resplandor azulado que confirió a la sala un aspecto grandioso. El mayordomo se retiró unos pasos sin ofrecerle la espalda y se hizo a un lado.
Ante el joven las sombras danzantes de los hincados menhires comenzaron a materializarse en un número imposible de formas; algunas enormes y ominosas, otras más menudas y que inspiraban simpatía, pero todas increíblemente reales, de carne, sangre y huesos, con vida propia, y ninguna amenazante.
El primero en aparecer fue un hombrecillo de fiera apariencia, pero de ancha y campechana sonrisa. El elfo hizo la presentación:
-Cada uno de los pueblos ha enviado a la corte a un representante para brindarte sus respetos y darte de nuevo la bienvenida, mi señor. Éste es Liam, el Puka.
El citado se inclinó grotescamente haciendo que su cerdosa y desmeñada cabellera de color castaña le cubriera buena parte de su fisonomía y posó ante Cunneda una cesta de mimbre pelado repleta de frutos secos sucios de barro, entre los que asomaban hojas de menta, pequeñas ramas de alcornoque, gusanos, larvas y alguna que otra mosca. El elfo no pudo reprimir una rápida mirada golosa al regalo. Por su parte, el joven no supo cómo reaccionar por el presente.
Una vez cumplido su encargo el Puka cedió su puesto al siguiente invitado. Se trataba de una mujer alta y joven vestida con una capa gris sobre un largo vestido verde. Cunneda crispó las manos sobre los brazos del trono con disgusto manifiesto.
"¿Qué condenada broma es ésta?", pensó contemplando con ira el rostro de la mujer de ojos malva. Era exactamente igual al de su madre muerta.
-Ella es Bás de Rí, la Banshee -anunció el elfo que hacía las funciones de maestro de ceremonias.
-No has de preocuparte -aclaró la Banshee, cuyos pies no llegaban a rozar el suelo-. Hoy no derramaré lágrimas en señal de duelo. Antes bien he venido a entregarte lo que nunca antes había dado a nadie.
Banshee idealizada por Michelle Monique.
Se produjo un instante de expectación y, ante el pasmo de la fantástica muchedumbre que se agolpaba al fondo de la estancia, la mujer únicamente sonrió.
Los histéricos murmullos, y alguna carcajada nerviosa, rompieron el silencio ante aquel rarísimo acontecimiento: por vez primera desde que el mundo era mundo, una Banshee no sólo había hablado, sino que se había aventurado a manifestar una significativa muestra de alegría.
-Puedes considerarlo como el mayor de los honores rendidos jamás a un rey -sentenció alguien a su lado.
Cunneda giró ansioso la cabeza en esa dirección porque había reconocido de quién se trataba. La dama élfica, su dama, aquélla a la que vio antes de entrar en el jardín, estaba junto a él, magnífica en su porte y sobrecogedoramente sencilla al mismo tiempo; mirándole de manera peculiar, cual si estuviera realizando un agotador esfuerzo por no lanzarse a su encuentro y demostrarle lo mucho que le amaba. Pero permaneció íntegra en su sitio, con las manos enlazadas tranquilas en su regazo, de pie, en un gesto de curiosa sumisión hacia él.
"¿Me ha llamado rey? ¿A mí?", reflexionó receloso. Miró entonces a los que debían de ser pues sus súbditos y vio que éstos doblaban cortésmente la cabeza ante la recién llegada. Antes de que pudiera reclamar una explicación a alguien la Banshee volvió a tomar la palabra.
-No puedo permanecer aquí por más tiempo, pero antes quiero que sepas que, sea cual sea tu elección, siempre me tendrás a tu lado para velar por ti hasta que llegue la Noche de los Tiempos.
Dicho lo cual la mujer que encarnaba la tristeza lanzó un estridente chillido y se marchó en dirección a las estrellas.
"Y ahora ésta va y me habla de una elección", masculló el muchacho. "¡Dioses! ¿Es que nadie me va a decir claramente qué es lo que está pasando?"
Efectivamente, nadie le hizo ese favor. "Cada cosa a su tiempo -creyó oír en su interior-; vive el ahora y disfruta dejándolo fluir". Supo que esa franca vocecita era la suya propia y permitió que se sucedieran las presentaciones.
Y así fue que ante él pasaron elementales de todos los rincones del mundo entonces conocido, que era paralelo en extensión y perfil al desconcertante país al que había accedido Cunneda. De la fértil Hispania acudieron Beles, el Basajaún, y Turinnus, el Nuberu, así como pícaros Follets y voluptuosas lamias con fíbulas y broches de un material blanco que no era ni metal ni piedra y que confiaron de todo corazón a su rey. Kornikaneds, Korils y Poulpikans fueron mandados en embajada desde la frondosa Galia para hacer entrega de elaborados cuernos de marfil labrados en las defensas de animales extinguidos hacía ya varias eras. Un grupo de Mineros, encabezados por el gigante Geinon, de las húmedas tierras de Gales obsequiaron al soberano con todo tipo de joyas vírgenes extraídas de remotas vetas profundamente enterradas en el subsuelo de las colinas de Presseleu, y las córnicas Muryans, minúsculas entre la Gente Menuda, dejaron muestra de su presencia con una armadura de piedra, resistente y liviana, que tenía la facultad de adaptarse a cualquier cuerpo que se la calzara.
"¿Y a todos éstos qué les pasa? ¿Por qué no me hablan?", refunfuñó. "¿Quizá porque no les iba a entender?". Echó un vistazo de soslayo a la mujer que estaba levantada a su lado. "¿Y ella? ¿Por qué ni siquiera me mira? ¿Me tendrá miedo o algo así?"
-¡Vaya, vaya, vaya! Mira tú por dónde, éstas que vienen por ahí no necesitan presentación -comentó al volver su atención a la sala.
Tres xanas, Resignación, Deseo y Moderación, avanzaron en toda su espléndida desnudez como emisarias, ironía o burla expresa, del vastísimo Pueblo del Mar. Cunneda clavó los ojos en Deseo, pero ésta no parecía trastornada, o por lo menos lo disimulaba demasiado bien.
-¿Vosotras tampoco tenéis nada que decirme? -Indagó rápidamente el joven.
Las tres se miraron con aire de inocencia y entonces Resignación, adelantándose a las otras, respondió misteriosa:
-¿Quiénes somos nosotras para cuestionar las razones de un rey cuando hace lo que hace cumpliendo con su voluntad?
-¿O discutir sus inquietudes? -Añadió Moderación.
-¿O sus más íntimos deseos? -Puntualizó la que respondía a este mismo nombre.
-¡Oh! ¡Palabras, palabras y nada más que palabras! -Saltó Cunneda visiblemente airado-. ¡No os entiendo nada! ¡Pero, bueno! ¿Nadie sabe decir las cosas con claridad?
El muchacho miró desesperado tanto a su maestro de ceremonias como a su dama. Pero quien habló otra vez fue la más veterana de las xanas.
-Si el rey llora, el Mundo se estremece -dijo.
-Si sueña, el Mundo se transforma -apuntó la segunda.
-Si el rey juega a ser hombre, ¿quién habrá de oponerse a su capricho? -Culminó Deseo entrecerrando ladina los ojos.
Aquello sonaba descaradamente a reproche. Sin embargo, antes de que Cunneda pudiera dar rienda suelta a su enojo la dama élfica rompió su quietud y, con dedos de seda, le tapó la boca. Su otra mano aferraba la del enfadado rey. La mujer hizo un gesto de asentimiento a Resignación, la cual mostró una cajita de coral rojo en cuyo interior reposaba una inmensa perla gris perfectamente esférica.
-Con los saludos de mi pueblo, mi señor.
Ni el tono ni las maneras de la Sirena denotaban malestar o desagrado. El trío comenzó a retirarse con la cabeza gacha y caminando de espaldas. En esto, Deseo volvió a alzar la mirada contemplando directamente al monarca.
Oleaje en el Cantábrico, donde siempre tuve la sensación que el mar estaba plagado de "otros" seres...
-Por los besos de un rey bien merece la pena morir -anunció con afecto.
Sus hermanas la miraron arredradas mientras se ensombrecía el rostro de Cunneda.
En la lejanía se escuchó el furioso bramido de la mar. Una burbujeante lengua de agua salada prosperó desde el fondo del salón y se detuvo bajo las xanas bañándoles los pies.
-Insolente -recriminó Resignación a Deseo.
-Serás nuestra perdición -se quejó temerosa Moderación.
Las tres se fundieron con el agua, que comenzó a replegarse al lugar de donde manó. Y así se esfumaron dejando tras de sí solamente el eco de la risa provocada por la más joven.
Tan abatido quedó Cunneda que ni reaccionó ante la niebla que comenzaba a condensarse en medio de la estancia. La dama ya se había despojado totalmente del manto de impasibilidad con el que se arropó al emerger desde detrás del trono y, en un ademán de infinito cariño, se agachó frotando su sien contra la del joven, mostrándole así que compartía su desasosiego.
-¿Dónde estabas todo este tiempo? -Musitó dejándose mimar porque sentía la necesidad de sustento.
-Esperándote -respondió la dama en el mismo matiz insinuante-. Hace una verdadera eternidad que aguardo tu regreso.
-Eso no puede ser. Estoy seguro de que si te hubiera conocido antes nunca te habría dejado -aseveró mirándola embelesado. Tanto más la contemplaba más se perdía en el embrollado universo de su atemporal belleza-. Dime una cosa, ¿eres una reina?... No, espera; quiero decir si eres mi reina.
La mujer se apartó alagada recorriendo con los dedos el contorno de la cara del rey y, alzando una ceja, señaló con la cabeza hacia el centro de la sala.
-Más tarde, mi vida -advirtió incorporándose-. Aún hay quienes requieren de tu atención.
Impregnado con las brumas vaporosas del imperecedero Norte, de donde procedía, Woepodk, un enorme Troll de Bunnerfjäll, ofreció sin mediar palabra su maza y su escudo hechos de roca viva. El desconcierto de Cunneda fue mayúsculo cuando vio aproximarse a un Trasgo que llevaba en las manos un singular trofeo: el ensangrentado pellejo de un venado de dieciocho puntas.

Imagen de la película The troll hunter, cogida de www.cinemaseries.es.
-¡Tu arma! ¡Maldita sea! -Gritó al edecán botando nervioso del trono-. ¿Es que no ves que el enemigo está aquí?
El maestro de ceremonias, que hasta entonces mantenía los brazos cruzados sobre el pecho, se abrió la capa para mostrar que iba desarmado.
"¿Cómo es esto? Juraría que antes tenía una espada", se dijo Cunneda comprobando, en efecto, que los pertrechos de guerra que antes vestía el elfo habían desaparecido. "Pero si yo la vi, ¡la vi!"
- Aquí no hay enemigos que valgan, mi señor -explicó el otro con calma-. Todos los pueblos son uno, sin distinciones, y como uno solo se somete a tu voluntad por amor a tu persona. Éste es Adonain, el Portador de la Corona.
El Trasgo de anaranjadas pupilas brincó ligero al asiento real y desde su nueva estatura colocó la piel del pardo ciervo sobre la cabeza del muchacho. Éste dio un respingo al notar la pringosa frialdad de la muerte reciente refrescando su cráneo, pero le sorprendió que la espesa cornamenta no le resultara para nada pesada. El resto del pellejo se vertió, a modo de cálida bernia, sobre sus ropas manchándolas de grasientos lamparones y apelmazados grumos de sangre seca.
Ante la feroz facha que mostraba el coronado, Adonain alzó los brazos bramando con estridencia y la masa obediente de Enanos, Duergars, Redcaps, Trolls y Goblins que le acompañaban hincaron a un tiempo la rodilla en tierra.
El monarca recorrió con la mirada a los que se humillaban ante él y evidenció su contento, tal era el poder que empezaba a calibrar que tenía. Entonces, tan repentino como un rayo tarda en aparecer y desvanecerse, se hizo la oscuridad. Las sombras de los megalitos volvieron a tragarse hambrientas a las figuras de sus vasallos y a Cunneda le sobrevino un pesaroso sentimiento de abandono.
-¡No! ¡Aguardad! Todavía faltan más por venir. Decidme, si no, ¿dónde están Lucífero y el Padre de los Gusanos? ¡Tampoco se ha presentado el que gobierna al Pueblo de los Muertos! ¡Contestad a vuestro rey! ¡Os lo ordeno!
Este estupendo dibujo del dios celta Cernunnos me sirve perfectamente
para ilustrar la forma en que el trasgo coronó a Cunneda. Está cogida de dancingmooncoven.blogspot.com.es. 
Pero ya no había nadie; ni siquiera su flemático mayordomo estaba ya allí para atender a sus exigencias. La sala, como si hubiera perdido parte de su magia, pasó a ser una simple agrupación de rocas entre las que correteaba ruidoso el rociado viento de las zonas altas. En el cielo, un trillón de estrellas lanzaban tunantes guiños cómplices al solitario joven, quien salió presuroso del lugar abandonando los bienes que le habían cedido los delegados de las razas.
En su precipitada fuga llegó sin darse cuenta hasta el único árbol que crecía en la colina y bajo su denso ramaje se detuvo sobrecogido por la altura y la supuesta edad que tendría aquel roble. A través de una mínima rendija de su corteza tanto él como Celebinish habían salido del Mundo Subterráneo, pero eso era algo que él ignoraba y que, de haberlo sabido, tampoco le hubiera importando mucho, tan deprimido estaba.
-Queda muy poco tiempo, mi señor, y todavía tienes que cumplir tu destino.
El rey se dio la vuelta con lágrimas en los ojos y la dama se estremeció al ver el inesperado llanto de su amado.
-¿Qué es eso de que no hay tiempo? -Formuló Cunneda nada más controlarse-. ¿Tiempo para qué?
-Ven conmigo -le dijo la mujer asiéndole del brazo-. Te llevaré a donde está lo que tanto ansías.

Para esto, me gustaría que sonara Triskell y su mágico tema Ar voerion.



Y no me resisto a incluir al maestro de las cuerdas, Alan Stivel, con su dulcísima Suite des montagnes (¡Vive la Bretagne! Va por ti, monsieur Jean-Yves Kerzulec).



domingo, 30 de diciembre de 2012

La Rosa Negra (Capítulo VIII)

Capítulo VIII. Viaje bajo tierra.
 
 

Por mí se va a la ciudad doliente,

Por mí al abismo del tormento fiero,

Por mí a vivir con la perdida gente.

Dante Alighieri. La divina comedia.

 
 
Tal y como le había asegurado el Nimbi, Celebinish era sumamente dócil con los que él permitía cargar encima. Tan cómo iba Cunneda que no tuvo necesidad ni de bridas ni de agarrarse a ninguna parte, y eso que el desfile se desarrollaba a todo galope. Por la velocidad, el glorioso efecto de ingravidez y cierto vértigo nacido de la boca del estómago, creía estar volando y así se dejó llevar unos minutos, con la cabeza ladeada, los párpados bajados en arrebato y los brazos ligeramente extendidos permitiendo a las rápidas corrientes de aire que se colaran bajo ellos haciendo ahuecar sus ropajes. Al volver a abrir los ojos vio al unicornio cabalgando gallarda a su lado.

-¡Esto es maravilloso! ¡Maravilloso! -Aclamó alborozado sin darse cuenta de que lo hacía en voz alta.

"Pues mira para atrás", le recomendó el Nimbi.

Así lo hizo, colocando una mano en la cruceta del caballo y la otra en sus cuartos traseros. A lo lejos, en mitad del verde mar de hierba, se encontraba la yeguada. Cada una de las bestias mantenía alzada su larga cabeza, en actitud oferente; un incipiente resplandor que abarcaba toda la gama de colores comenzó a emanar de las potras y poco después un descomunal arcoíris cubrió toda la bóveda celestial por encima de ellos.

El espectáculo sobrepasaba con creces su imaginación, ya de por sí bastante activa, y permaneció mudo olvidándose incluso de respirar. El unicornio, mientras, se limitó a corretear con gozo alrededor de Celebinish dejando escuchar de nuevo su risa infantil. El muchacho adoptó aquello como un buen augurio, lo que incrementó tanto su coraje como su confianza en acabar la aventura con un final felizmente adecuado.

Justo entonces se detuvo el caballo bruscamente, puesto que ya habían llegado a la base del monte. Literalmente la senda terminaba allí, como si penetrara en el seno de la montaña, y no se adivinaba ningún otro sendero por el que se pudiera alcanzar la cima. Para mal de males, la pendiente del cerro caía en picado durante más de diez metros en todo su perímetro abortando cualquier posible intento por escalarlo. Cunneda, desolado, miró inquisitivamente al Nimbi, quien le devolvió la misma mirada.

"¿Y cómo se sube hasta allí arriba?"

"Haces demasiadas preguntas", le reprochó el unicornio.

"Es que yo creí que la cima era a donde tenía que llegar".

"Y lo es", se apresuró a responder el animal. "Y éste de aquí es el punto en el que tú y yo nos separamos definitivamente. A partir de ahora ya no me verás más y tendrás que seguir solo".

A Cunneda se le vino el mundo encima. No había disfrutado de mucho tiempo junto al Nimbi, pero se había acostumbrado a su presencia y hasta le había llegado a tomar auténtico cariño.

"¿Cómo piensas irte? ¿Vas a desaparecer o algo así?"

La inocente ocurrencia del muchacho divirtió al unicornio, aunque su risa no sonó tan alegre como antes.

"Me iré caminando, si ése es tu deseo".

"Lo que de verdad quiero es acabar ya mismo con esta pesadilla".

"Pero no puedes. Quizá te quede todavía lo más duro por recorrer".

"¡Y me lo dices así! ¡Tan tranquila!", saltó el joven. "Me figuré que eras mi amiga, caramba, pero pareces disfrutar intentando meterme miedo".

"¿Hubieras preferido que te mintiera?"

"¡Por lo más sagrado! Claro que no. Lo siento", se disculpó. "Supongo que las cosas no pueden ser de otro modo. Pero antes de que te vayas hazme el favor de decirme por dónde tengo que ir".

"En realidad, Celebinish es el único que conoce el camino. Deja que él escoja libremente la ruta y nunca le fuerces a hacer lo que él no quiera. Bueno, ahora sí que llegó el momento de irme".

Como despedida el unicornio tocó con su asta iluminada la mano que le mostraba el joven y se volvió con rapidez. Al instante se había perdido entre las altas hierbas. Cunneda se contemplaba las yemas de los dedos, notando un nudo en la garganta, cuando maldijo con un juramento su torpeza.

-Me olvidé de preguntarle su nombre -se dijo-. ¡Eh! ¡Vuelve! ¡Has de decirme cómo te llamas!

Nadie contestó. "Me lo imaginaba; ya verás cómo voy a acabar por olvidarla". Entonces una voz muy lejana resonó en su cabeza:

"Lucífero, es mi nombre".
Eclipse, cogido de lamascarayelespejo.blogspot.com.es.
 

Algo más confortado, el muchacho palmeó con conformidad el grueso cuello de Celebinish dándole a entender que estaba preparado para seguir adelante. El caballo se desvió a la izquierda, recorrió una docena de metros y giró repentinamente en dirección a la pared de piedra. Visto y no visto, tan instantáneo que el mozo no tuvo tiempo ni de gritar, se encontraron en las entrañas del monte tras atravesar, emulando a los fantasmas, la falda de la solitaria altura. Habían pasado de la luz clara del día a una húmeda oscuridad que dejó parcialmente ciego a Cunneda, no obstante eso no lo acobardó.

-¡Oye! ¿Acaso eres un druida y has conjurado un rito mágico para traspasar la roca?-Inquirió el joven a su montura, pero Celebinish no se dio por aludido-. Por supuesto. Tú eres lo único normal que hay por estos contornos y seguramente no sabes hablar. Pues eso es algo que se agradece, ¿sabes?

Si bien Cunneda era incapaz de verse las manos colocadas a un palmo de su nariz, Celebinish, al contrario, caminaba con paso elástico y firme, sabiendo en todo momento por dónde pisaba, siguiendo en parte su instinto y guiándose además por la vista, ya que habiendo nacido en Tir Na N'og estaba capacitado para vislumbrar lo que encubrían las tinieblas y sus ojos despedían un intrigante esplendor lechoso.

Al cabo del tiempo el muchacho se dio cuenta de que todavía no habían iniciado el ascenso y, según sus cálculos, ya tendrían que haber empezado a tomar la pendiente que les llevara a la cima. Agarró, por tanto, de las crines al poderoso zaíno y le obligó a pararse.

-Hace rato que tendríamos que estar subiendo. ¿Estás seguro de que vamos bien por aquí?

Celebinish, encabritándose, respondió con un relincho tan potente que el joven sintió que todas sus tripas vibraban.

-Vale, vale. Tú mandas... ¡Espera! ¿Qué es eso?

Cunneda se había fijado en una luz verde que lucía al fondo en la lejanía. Un viento frío impulsó consigo lúgubres gemidos de ultratumba que se multiplicaron en innumerables ecos al rebotar en las paredes de la caverna. Del techo caían, provocando un sonido repetitivo, heladas gotas de lo que parecía ser agua subterránea.

-¡Dagda me asista! ¿Por qué te has puesto tan nervioso?

El caballo intentaba retroceder angustiado y sus ijares temblaban de pavor. En un momento dado cesó el ulular del aire y Cunneda pudo percibir algo parecido al arrastrar de pies sobre la grava y el rumor de roncas respiraciones. Al fondo, el brillo mortecino se iba acercando lentamente.

-¡Mira, mira! -Chilló con todo el vello del cuerpo en erección-. ¡Estamos en el infierno ése del que habla mi padre!

En mitad del resplandor esmeralda centenares de cuerpos intangibles se deslizaban hacia ellos. Eran almas en pena; algunas mostraban la forma de repugnantes cadáveres descompuestos, otros parecían mantenerse jóvenes en la muerte, aunque sus cuerpos tenían señales de violencia y heridas provocadas por instrumentos inhumanos. Todos acusaban algo en común: una mirada ansiosa hacia la persona de Cunneda y su caballo. Los muertos les rodearon y entonces el muchacho escuchó una voz conocida.
Hematófago en el infierno de Dante.
 

-Vuestra sangre, hijo mío. Dadnos vuestra sangre.

-¡Madre! -Llamó al reconocer a la mujer que le había otorgado la vida. A su lado se encontraba también su hermano, fallecido a los trece años de unas fiebres malignas y fatales.

-Tu sangre, hermanito -dijo el pequeño-. La necesitamos para seguir siendo.

Luego un coro de voces les reclamó su fluido vital mientras los espectros extendían los dedos hacia el animal y su jinete. El niño y la mujer abrieron sus bocas con desmesura y de ellas surgieron sendos enjambres de moscas grises que rodearon furiosas a Cunneda y Celebinish picándoles por todas partes. Algunas manos les palparon y su contacto quemaba; finalmente el joven sintió un feroz mordisco en una de sus piernas.

Cunneda profirió un alarido de dolor y pánico y ésa fue la señal para que el caballo, que había aguantado hasta el borde de sus fuerzas, se lanzara desbocado hacia adelante en una frenética carrera por huir de aquella locura.

Los hematófagos no pudieron hacer nada por detenerlos y cuando ya estaban a bastante distancia el muchacho oyó la súplica de su madre, con una voz tan quejumbrosa que se le desgarró el alma.

-¡Hijo! No me dejes aquí. Esto es tan triste y vacío...

Cunneda cerró los ojos para reprimir las lágrimas y se aferró al cuello de su montura, la cual continuaba su lunática cabalgada.

Desde entonces Celebinish no aminoró la velocidad de su fuga y el joven sólo se atrevió a abrir los párpados muy de cuando en cuando. Una de esas veces descubrió que él también podía ver merced a la luz natural que irradiaba del mineral con el que estaba compuesta la interminable cueva. Y así supo que la concavidad principal se subdividía en un sinfín de pasillos, corredores y recovecos secundarios por los que se hubiera obligado a vagar de por vida perdido si no contara con la inestimable compañía de Celebinish.
Esta tarántula tiene cara de no haber roto nunca un plato...
En otra ocasión el caballo torció en un pasadizo a su derecha accediendo a una especie de amplia cámara donde se respiraba un ambiente viciado y podrido. La curiosidad de Cunneda volvió a excitarse cuando una sustancia fina, pegajosa y desagradable quedó adherida a su cuerpo. Entreabrió una rendija a través de sus párpados y su corazón dejó de latir cuando contempló una multitud de gordas tarántulas, algunas de hasta dos metros de envergadura por uno de alto, que permanecían quietas cubriendo todo el piso, encimadas unas sobre otras o descansando sus bulbosos vientres contra los excrementos del suelo en aletargada espera de una presa.

Por lo general, las más grandes acababan por devorar a las de menor tamaño, y el muchacho pudo asistir a una de esas espantosas escenas. Había una araña enganchada boca abajo al elevado techo de cuyas fauces sobresalía una nudosa pata peluda. El monstruoso arácnido inmediatamente dejó de mover las mandíbulas en cuanto posó su racimo de malévolos ojillos en él y su caballo y se descolgó pesadamente, dejándose caer, de la bóveda. Luego mantuvo una breve persecución tras de ellos a la que renunció cuando intuyó que su cacería era del todo inútil.

El frágil equilibrio mental de Cunneda estaba a punto de quebrarse, de transformarse en minúsculas motas de polvo desintegrado, de desparramarse en la vorágine de su alma inmortal que corría libre por la intrincada red de venas y arterías a través de la plenitud de su ser. Tan pronto se veía a sí mismo como un niño campeón que vive una inocente aventura que como un adulto inmaduro vagando errante en busca de un mínimo de sentido a su existencia. Llegó incluso a contemplarse como un gran monarca de expresión indefinida, sentado sobre un alto trono y gobernando una tierra que no necesitaba de administraciones ni de orden.
El Big Bang, cogido de mostintolerantreligion.com.
Fugaces visiones espontáneas le permitieron admirar el doloroso parto del mundo, su ardiente llanto al ver la luz en medio de la vacua nebulosidad cósmica y una multiplicidad de seres vivientes recreándose con gozo en la aparición del Mundo-Madre universal. Las estrellas surgirían mucho después.

Todas esas imágenes mentales no despertaron en él ningún deseo ni pensamiento concreto. Tenía la mente en blanco, concentrando su energía en absorber el inacabable flujo de ideas recreativas que le asaltaban, pese a mantener los ojos herméticamente sellados. De esa manera vio continentes enteros hundirse bajo las bravas aguas de océanos primitivos que luego regurgitaban nuevas tierras sobre las que se agitaron los primeros trazos de vida no acuática.

Imperios milenarios y complicadas culturas nacían y se exterminaban fagocitados por el paso del tiempo. Dioses con formas protoplasmáticas o habitando en cuerpos de descomunales animales verminosos; espíritus naturales de todos los tamaños y caracteres; hombres de razas dispares; bestias creíbles o bien del todo inimaginables; conformaban en conjunto un multimillonario ejército que desfilaba en hileras silenciosas hacia el seno de una hermosa mujer, cuyos brazos abiertos los recibía en un gesto preñado de amor y deseo.

El muchacho improvisaba los apurados momentos de lucidez que, de vez en vez, acudían a él con oraciones dirigidas a las inalcanzables deidades de su panteón racial; oró también al nuevo y único Dios acogido por su padre; aunque presumió que sus rezos quedarían aprisionados para siempre entre los inextricables muros de aquella dimensión blasfema.

Futuro y pasado se confundían de manera disparatada, haciendo que cualquier esfuerzo por comprender nada de nada fuera totalmente ineficaz. Con todo, aprendió que la periódica degradación del ente humano era redimida de continuo por actos de sacrificio individuales, cuyos artífices poseían una valía personal infinitamente superior al conjunto de los que eran salvados. Si bien el valor de los redentores se medía única y exclusivamente por la magnitud de su acción. Y los acontecimientos se repetían una y otra vez, independiente de la época en que discurrían aquellas historias eternamente iguales unas a otras sobre la grandeza y la miseria del Hombre. Le anegó la felicidad, la esperanza, el odio y la tristeza, y cuando todo se volvió negro de nuevo sólo permaneció en él un perturbador sentimiento de piedad.
Imagen infernal, de necromorty.blogspot.com.
 

-Tu compasión es francamente desagradable.

La voz procedía de una sombra informe y profunda que se alzó ante ellos. Celebinish se había detenido de golpe.

-Habéis extraviado el camino -prosiguió la Voz-. En mi casa no hay lugar para los vivos. Así que idos.

Cunneda no osó decir palabra mientras la sombra sin rostro abría una puerta a su espalda. Una ardiente ráfaga encarnada brotó de la oquedad en la roca y la sombra pareció disolverse en medio del resplandor.

Celebinish, al paso, se introdujo en las llamas abrasadoras que barrían la grieta de salida.
 
 
 
Para la ocasión, Llan de Cubel, con su tema La casa gris.
 

Como segundo plato, un delicioso Eileen Óg, por parte de The Dubliners.
 

domingo, 11 de noviembre de 2012

La Rosa Negra (capítulo VII)

Capítulo VII. Pureza en mitad de la Fantasía.
 
 
 
Y a medida que andaba y cantaba, el valle se iba poniendo verde de hierba que, tras los pasos del león, se fue extendiendo como un lago.
                                                                                                       C.S. Lewis. El sobrino del mago.
 
 
"Ahí está -se dijo antes de descender al valle-. Me parece que ya he llegado por fin".
La tierra limpia del sendero actuaba como un bálsamo cicatrizante para las heridas de sus pies, al tiempo que la visión del viento meciendo sin ruido la alta hierba virgen sanó las azarosas inquietudes de su alma. Su ánimo fue a mejor y no sintió la necesidad de volverse para despedir al invierno que se había adueñado del bosque a sus espaldas, pese a que no dejaba de ser un espléndido espectáculo.
"¡Qué raro que no tenga hambre!", pensó haciendo cuentas de su larga estancia en aquella región mágica sin haber probado un solo bocado. Se detuvo un instante distraído con esta banal idea. Del mismo modo recorrió con la vista el perfil de la colina que se erguía ante él ya a poca distancia.
Carecía de una forma particularmente vistosa, aunque mostraba algunos detalles dignos de ser destacados. El pico de la cima, por ejemplo, era completamente negro, en contraste con los verdes, ocres y marrones del resto del conjunto, como si sobre él, de forma exclusiva, hubiera caído una nevada impregnada de noche sin luna. A media altura, un árbol señero montaba guardia frente a lo que parecía ser una fortaleza de piedra, pero en realidad se trataba de una agrupación de rocas armonizadas de tal manera que su imagen alejada era muy similar a la figura de un castillo.
Colina solitaria en el desierto de las Bardenas con lo que parece ser una fortaleza
en su pico. Imagen cogida de www.gonzaloiza.com
"Aquello podría ser la morada del Rey -razonó atendiendo a esta última circunstancia-. Y puede que dentro esté la flor".
Tan pronto se percató de lo que estaba pensando saltó alarmado entre la yerba a uno de los lados del camino.
-Si seré tonto -se lamentó oteando con mil ojos desde su escondrijo, pero no alcanzó a ver a nadie por los alrededores-. Una de dos : o es un rey muy descuidado o está muy seguro de sí mismo.
Ninguna de las dos posibilidades barajadas le tranquilizó lo bastante como para ponerse de nuevo en marcha. Un gorjeo, como de risa infantil, rompió el silencio justo detrás de su nuca sobresaltando al joven en mitad de la calma.
-¡Mi madre! ¿Qué es esto? -Exclamó precipitándose hacia adelante con el vello de los brazos totalmente erizado.
Anduvo un buen trecho arrastrándose a gatas hasta que se dio la vuelta para hacer frente al nuevo horror con que le ponía a prueba aquella atroz y desalmada tierra.
Delante tenía a un pequeño ciervo blanco de grandes ojos azules que le escudriñaban tranquilos y sin ningún temor. Por el contrario, Cunneda sintió pánico, más incluso que cuando estuvo con el dragón. Y su miedo procedía del cuerno recto que le nacía a la criatura en la frente, medio palmo por encima de las cuencas oculares. La cabeza del simpático animalillo se ladeó chanceándose del absurdo terror que atenazaba al muchacho. Si bien tampoco hizo nada por evitarlo.
-¿Qué eres tú? -Preguntó sabiendo que aquel prodigio de la naturaleza tendría algún medio de comunicarse con él.
El Nimbi meneó su larga cola de león y pareció sonreír.
-¡Venga, háblame! Sé que puedes hacerlo. En este lugar cualquier cosa es posible.

Dibujo del libro "Unicornios (de la Historia y la Verdad)", de
Michael Green, que un servidor tiene la enorme suerte de poseer.
Enseguida vio que el animal no parecía tener malas intenciones y, además, su mera presencia le llenaba de sosiego. El pitón, formado por tres espirales acijados que se entrelazaban hasta fundirse en uno en la punta, ya no le resultaba tan terrible. Fulguraba con una extraña luz casi divina. Entonces Cunneda, sin que mediase motivo, se abrió confiado al unicornio:
-No me contestas, aunque parece que me entiendes. ¿No es así? ¿Eres tú el Rey de los Elfos? ¿Son éstas tus tierras? Pues has de saber que he venido a llevarme la Rosa Negra. No quiero utilizar la violencia, me caes bien, pero, después de todo lo que he pasado, no pienso renunciar ahora.
El Nimbi agitó sus tupidas crines rubias y emitió una especie de enincho que al joven le sonó como una carcajada.
-¿Te ríes de mí o es que a lo mejor estoy equivocado? No, ya veo. No eres el Rey de los Elfos, pero bien podrías serlo si quisieras. Rezumas majestad...
Cunneda, quien ni siquiera se había percibido del uso de palabras que no existían en su lengua natal, extendió una mano intentando acariciar el hocico del Nimbi, pero éste se apartó raudo y desapareció.
-¡Hey! ¡Aguarda! -Llamó-. No voy a hacerte daño; te he dado mi palabra de honor. ¿Por dónde andas? ¡Por favor, vuelve!
Su repentina ausencia le dejó desolado. Desconocía lo que era un unicornio, nunca se lo había oído mentar a nadie, pero reconoció con inteligencia que el escurridizo animal era pura amistad, y en esos momentos lo que más necesitaba era un amigo.
"No te he abandonado", anunció el Nimbi. Estaba a su lado, asomado entre unos crecidos matojos de pasto. Cunneda respiró con alivio al verlo.
-Demasiados seres que hablan con pensamientos -respondió el joven en tono de broma.
"Primadinas ahora teme a la palabra, porque si hiciera uso de ella podría morir", aclaró el unicornio.
-¿Quién es ese tal Prima-no-sé-qué?
"Primadinas es el dragón con quien jugaste a no hablar", dijo el Nimbi saliendo hasta el centro del camino de grupas a la colina. El viento provocaba centelleantes torbellinos con los bucles de sus melenas y de su corta barba mientras parecía aguardar por algo.
-Jugar no es precisamente lo que hicimos el dragón y yo, creo. ¿Tú y él sois lo mismo? -Quiso saber Cunneda obviando la cuestión de que el unicornio supiera de su encuentro con el pérfido saurio.
"En cuanto que criaturas somos iguales. Pero, en realidad y en esencia, somos contrarios".
La respuesta del animal no satisfizo al muchacho.
"Lo siento, pero no te entiendo -declaró cambiando sin brusquedad al registro del unicornio-. No soy un hombre sabio y tendrás que hablarme con claridad".
"Crees que Primadinas y yo somos uno porque para ti ambos nos expresamos de la misma manera. ¿Es que no eres capaz de distinguir la diferencia?"
Cunneda negó con la cabeza arqueando las cejas.
"La verdad es que no. Claro que veo que el dragón era repugnante y tú eres lo más bello que he visto hasta ahora, pero aparte de eso para mí actuáis igual", confesó.
El Nimbi sonrió para sus adentros antes de alentar al joven mientras se daba la vuelta de cara a la colina.
"Recapacita; piénsalo bien", le aconsejó.
"¿Qué es lo que miras?". El cambio de tema demostraba que Cunneda no parecía muy dispuesto a devanarse los sesos por una cuestión que, aunque le interesaba sobremanera, no consideraba tampoco imprescindible para cumplir su autoimpuesta misión.
El unicornio se giró entonces para mirar de frente al joven.
"¿Piensas de verdad que la sabiduría es inútil?"
"¿Y quién ha dicho eso?", se defendió molesto el muchacho.
"Muy bien, pues contéstame y serás más sabio".
El nerviosismo de Cunneda dio paso al enfado.
"Me fastidia que me trates como a un niño. ¿Por qué no me lo dices tú y acabamos antes? Deja de burlarte de mí, ¿quieres?"
"Si no fueras un niño yo nunca me habría acercado a ti", fue la enigmática réplica del Nimbi, el cual volvió a contemplar atentamente el horizonte.
Ofendido hasta su límite se alejó unos pasos del animal, pero no pasó mucho tiempo antes de que se detuviera en seco con gesto triunfante. Tenía la respuesta; ya sabía cuál era la abismal desemejanza entre dragón y unicornio. Hubiera querido decir "tú eres pensamiento y el monstruo, palabra", pero se calló porque la sentencia le resultó demasiado pobre para expresar la amalgama de ideas fugaces que se concentraron de manera instantánea en su cerebro hasta dar con la solución.
Rechinó los dientes al no hallar los conceptos precisos para explicar que el reptil, al comunicarse, lo hacía de forma forzada denotando así que lo natural en él era la palabra hablada, a la que había renunciado a cambio de disfrutar engañosamente de una retorcida diversión, que bien podría haber acabado de forma estúpida con su propia vida. El Nimbi, sin embargo, cabalgaba recta y libremente por el interior mismo del pensamiento del joven, sin necesidad siquiera de proyectar la palabra mental desde su cerebro al de Cunneda.
Con una mezcla de satisfacción e impotencia el muchacho desanduvo lo andado y se situó junto al unicornio.
"Tengo la respuesta, pero desconozco cómo dártela", admitió por fin.
"Lo sé".
El cuerno refulgió adamantino con una luz blanca tan radiante que prácticamente se hizo invisible a los ojos del muchacho.
"Verás, el mejor conocimiento no es el que se refleja en palabras, sino el que se confirma con acciones. No permitas que tus limitaciones te inhiban en la búsqueda de la Verdad. Para mí, has demostrado ser un hombre sabio, y eso es lo mismo que decir que eres un buen hombre".
Cunneda no le entendió muy bien, aunque captó perfectamente el mensaje secundario que le había lanzado aquel extraordinario animal tan distinto del resto de las bestias. Henchido de orgullo y nuevas esperanzas rastreó los alrededores a ver si podía encontrar algo para entregárselo a modo de agradecimiento. A pocos metros de donde estaban brotaba una planta de graciosas flores color violeta y dulce aroma. Arrancó una y se la ofreció al Nimbi. Éste no pudo ocultar su impresión al percibir el olor de la lavanda que le tendía el joven.
Flor de lavanda.
"Y esto, ¿por qué?", inquirió.
"Porque supongo que a todas las mujeres os agradan los regalos y ahora no tengo nada mejor que entregarte".
El unicornio no dijo nada, pero aceptó el obsequio con una mirada cargada de ternura. De repente tendió sus orejas hacia el camino.
"¡Ah! Aquí llegan", señaló.
"¿Quién llega?", cuestionó Cunneda atontado aún por el agradable cosquilleo que le produjo alimentar al excelente animal. Aparte de que sentía cierta recóndita soberbia por haber averiguado que se trataba de una hembra.
"Una pequeña ayuda para ti".
El ruido de los cascos mordiendo la tierra se escuchó incluso antes de que una nube de polvo mostrara el lugar de donde procedían los caballos. Se trataba de una manada liderada por un gran macho azabache y cuatro yeguas cuyos pelajes variaban de colorido con cada galopada que daban. Dos rezagados potrillos canela cerraban la marcha procurando no perder de vista las cerdas de las colas de sus respectivas madres.
"Los hombres suelen confundirme con ellos", apuntó el unicornio echando una ojeada a Cunneda.
"¿A quién? ¿A ti y a ésos? Qué absurdo -respondió boquiabierto-. Tú eres mucho más... Más hermosa. Aunque ese caballo negro que va delante, cualquiera diría que pertenece a un dios".
"A un dios no, pero es la montura preferida del Rey de los Elfos. Su nombre es Celebinish. Los demás no tienen dueño".
"¿Del Rey de los Elfos?"
"Sí. Ése al que buscas".
Cunneda creyó notar una mirada irrisoria en el Nimbi.

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"Te equivocas. Yo no le busco. Todo lo contrario; estoy procurando no tropezarme con él", aseguró.
"¡Vaya! ¿De veras?"
Antes de que el joven pudiera decir nada el titánico semental se paró frente a ellos agitando la testuz como saludo. Visto a esa distancia el bruto no sólo impresionaba, sino que llegaba a imponer serio respeto. El resto de la gavilla permaneció alejada pastando de la jugosa hierba.
"No te preocupes. No te hará nada. Vamos, móntalo".
"¿Qué? Yo nunca me he subido a un caballo", comentó el muchacho con alarma.
"Siempre hay una primera vez. De todos modos, Celebinish tiene la virtud de no tirar nunca a quien tenga encima, aunque también cuenta con la mala costumbre de no dejar montar al que él no quiera. Comprobemos en qué grupo estás tú".
El caballo relinchó mostrando los dientes en asentimiento a lo que había apuntado el unicornio. Cunneda, entonces, alzó los hombros resignado y se acercó al flanco derecho del frisón. Celebinish le miró un instante y se apartó cuando el joven hizo el amago de subirse.
-Tranquilo, bonito -le espetó Cunneda, pero la operación se repitió por segunda vez con el mismo resultado.
"¿Lo ves? Ahora ya sabemos que no me deja. ¡Menuda ayuda que me has traído!"
"No te enfades. Inténtalo por el otro lado", le aconsejó el Nimbi.
Rodeando al corcel, que persistió en su sitio, Cunneda subió a su lomo de un ágil salto. Luego esperó un tiempo prudente antes de atreverse a sonreír.
"Tenías razón", admitió dando algunos pasos sobre el caballo. "¿Y ahora qué?"
"Ahora sígueme. Debes de rematar tu viaje de una vez".
Avanzaron en dirección al cerro, el unicornio primero, seguido por Cunneda y Celebinish. El resto de la recua no los acompañó.


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