Un dinosaurio de hace 112 millones de años, cogido de National Geographic
Este canto lo inicié con la típica primera frase que te viene a la mente y te hace gracia por ser un tanto impactante. El resto es más de lo mismo, aunque si se escarba un poco alguna enseñanza (o placer) se podrá encontrar en sus versos. Estoy seguro de que la figura del dragón que tanta importancia tuvo en la Antigüedad y en muchísimos rincones del Mundo a la vez y en una misma época, tuvo que ver con el descubrimiento de fósiles y esqueletos de dinosaurios que afloraron en algunas canteras. Es como cuando los antiguos clásicos contemplaron por vez primera el cráneo pelado de un elefante muerto y vieron claramente en él la cabeza de un cíclope. De ahí a la leyenda hay un paso muy cortito.
La noche en que un dinosaurio vino a verme
las estrellas habían silenciado su rutilante charla
y el alba retrasaba su llegada como un juego
sonriendo tras de un seto.
Con pasos floridos llegó a mi altura
y estudió la luna y su doble cara
merced a su mirada de proximidad transparente,
como un fogonazo de sutil esencia primaria.
Con alma de dragón antiguo
me narró una historia de vespertinas verdades
a la liviana luz de un candil de plata
que iluminaba curvas ramas de olivo milenario.
Y dijo que del Mundo no se huye,
que la Vida usa piernas largas
y que el sentido de las cosas que son
te envuelve y te atrapa con saña.
En su universal mirada brilló una perla
de líquida tristeza ya olvidada
para apaciguar la tibia ausencia
de los que como él un día fueron.
Sus ojos amanecieron al tiempo que el sol,
el mismo que tiempo atrás le vio nacer,
para desgarrar las tinieblas de polvo estelar
a modo de manto de supremas palabras.
Pesa el tiempo que le hace eterno;
pesan las heridas de la inmortal presencia;
pesa el sonido de una lengua ya muerta
como pesa el amor a la ignorancia.
Y esa noche, esa particular noche
de cuentos con primitiva sustancia
y sabores añejos a veneno escarchado,
se extinguió la magia cuando se fue para siempre.
Los cuernos de la Madre Luna sobre el Ojo de Ra reflejada en las arterias del Tiempo, cogido de Vanity Fea - Blogia
No tengo más remedio que apreciar la ironía de haber sabido ocultar sin apuros mi purismo musical con un tema de corte celta que realmente me entusiasma, a pesar de que no casa con los cánones que solía escuchar gracias a las enseñanzas de mi gran amigo Pedro Burzaco (que me inició en las melodías mágicas de la tradición céltica).
La elección del gaitero asturiano Hevia y su tema 'Tierra de nadie' parece impuesta y con calzador, entre otras cuestiones porque en su día era más del gallego Carlos Núñez (quien en una Fiesta del PCE en Córdoba me firmó un más que original autógrafo a base de notas musicales), pero el caso es que este tema en concreto despierta en mí ensoñaciones ocultas que desconocía y que me hace volar por sobre la sagrada tierra asturiana como un alma alada y etérea sin temor ni a estrellarse ni a caerse ni tampoco a abrasarse en el Sol.
Tableau noir et blanc plexi psychédélique de scenolia.com
Es de esperar que ésta sea la última entrega de mi temor esencial en verso. Las limitaciones del blog (de espacio, se entiende), me ha impedido poner todo el poema en una única entrada. En fin.
Hasta la próxima, pequeñuelos y pequeñuelas.
Tan inútil me siento a veces como un murciélago atrapado por la luz diurna
Notar que uno es. Saber plenamente que se está vivo. Traspasar a velocidad hipersónica capas de conocimiento intuitivo sobre la existencia. Y notar el vértigo de que uno simplemente es en mitad de las cosas. Ése siempre ha sido uno de mis miedos más terribles y transparentes a los que me he enfrentado a lo largo de mi vida, especialmente en la juventud.
Ahora mis neuronas parecen dormidas, aburguesadas, asimilando esa genial idea que antes resultaba inconcebible por creerme la posibilidad de formar parte de un inmenso sueño divino que se acabaría disipando en el olvida con el despertar del monstruo.
Traté en su día de plasmas esa angustia en inmenso poema metafísico de proporciones apocalípticas que no he tenido más remedio que partir en varios trozos.
Tratad de no ser excesivamente críticos y mirad más allá de las palabras. A lo mejor alguno se reconoce en este escrito.
Por cierto, no tiene título...
I
Desequilibrio.
El vértigo oscuro de una estancia
Casi herméticamente sellada
Y sin luz.
Ni una gota de alcohol;
Tan sólo la vaga y terrible
Sensación de ser,
De existir,
De la unidad en mitad de millones
Que respiran en torno a mí.
Unidad y vértigo:
Un enorme insecto que devora mi interior
Excavando un negro túnel
De asombrosa longitud,
Tan turbio e intrincado,
En recodos y curvas perdido,
Que me consume en segundos
Únicamente dejando
El pellejo sobre los blandos huesos.
Sólida membrana rellena de vacío.
Estas manos que abrasan recorren ávidas
Cada detallado poro de mi eseidad,
Magna y renovada,
Como si acabara de surgir
En un parto rebosante de dolor y llanto
Por saberme existiendo.
Tengo horror hacia mí mismo
Al reconocerme siendo,
Plenamente vivo y sin ninguna realidad,
Más que la del mero hecho de estar,
A la que aferrarme.
II
Y de nuevo
La espantosa náusea que extingue
Cualquier rasgo de razón
En un suspiro.
Exhalación entrecortada,
Como si hiciera el amor;
visión extraviada,
con anhelo de concreción
Y unas lágrimas que nunca acaban de nacer.
El pánico de la ignorancia.
Igual que un niño hacia su madre
Vomito una penosa llamada
Capaz de deslacrar oídos sacros
Por sonar llana y desesperada;
Escucho mi voz que grita
Flotando en la densidad de la fiebre
Con violencia más que inusitada
¡Soy!
¡Dios mío!
¡Soy!
Súbitamente,
Violando la inmediación del tiempo,
Esa misma voz me responde:
¿Por qué?
Caverna anegada en ecos insistentes
Imitando el fluir de las horas
Yo repito angustiado el mismo claro,
Pero al fin permanece,
Como una reina gobernando la Nada,
Esa rala pregunta cargada
De perfectas intenciones.
III
Y me encojo,
Me encojo,
Me encojo...
Hasta transformarme
En un chiquillo lúcido
Que comprende en un fugaz instante
Lo que en treinta años
De genuina búsqueda constante
Un centenar de sensatos adultos
No lograron nunca explicarme.
La respuesta es simple y eterna:
Elección de la libertad madura.
Loado ídolo falso de concordia,
Sobada palabra plena de sentido;
Ocho letras de oro podrido
Que vertidas gota a gota,
Como lava destilada en torrentes,
Acabarían por inundar esta tierra
Ahogando en justicia
La horda sudorosa de necios intransigentes.
Ni un maldito respeto tengo.
Conjurada al hechizo del vértigo
Esa molesta voz que zumba
Y carece de buen dueño
Me impide soñar
Que estoy soñando que sueño,
Plácidamente tumbado
En un portal de arcos elevado
Al infinito por ser circular.
Prostituta zalamera, va y susurra:
"¿Para qué la libertad?"
IV
¿A qué la cruel Bestia risueña
En su chirriante preguntar
Con una precisión matemática
Musitando en vez de hablar
Va arrastrando sus palabras apática?
Pues se me antoja ahora pequeña
En comparación sincera
A la terrible empresa que me aguarda.
Su agotador acoso invisible
Me obliga a dar una postrer vuelta de tuerca.
Y ese mi yo,
Cada vez más raudo y duro,
Va escarbando sangrante,
Como un ciego topo oscuro,
La impenetrable roca de la Verdad.
Chasquido de uñas rotas;
Heridas lacerantes en las yemas de los dedos,
Alzo polvo bermejo en torbellinos
Saturados de apremiante ansiedad
En busca de la clave como meta.
Hasta que al fin vislumbro
El asombroso brillo del diamante
Escondido con celoso celo,
Casi rozando la superficie
Del inmenso menhir flotante.
Bajo la tapa porosa del arca de piedra
Se muestra, sin capacidad ya de herir,
La pura y clara sentencia:
Elección de la libertad;
Y ser libres para elegir.
Exclusivamente humana cualidad.
V
Escógeme o recházame.
¡Incesante manantial de vértigo divino!
Bondad sin mácula de sospecha;
En mis tímidas manos queda
El fino tesoro incomprendido.
Fulgor de múltiples hachas
Que derriten impasibles
Con su amargo río de cera
Éstas mis pobres palmas sucias
Chorreares de lenta y espesa brea.
Generosísimo secreto
Con el que jugamos inconscientes
A la vera del vital camino
Desde que por vez primera vemos
Este repleto mundo de mágicas lecciones.
Reflejo de un luminoso arcano
Al que, a medida que maduramos,
Vamos desvelando con exquisito mimo
O con egoísta desprecio arrojamos
En el espumoso mar del olvido.
Pero el saber libre obliga
Y, en perverso desafío al aforismo,
Ocupa altanero un lugar en el alma
Actuando como un noble carcelero
Cuyos brazos son firmes cadenas de plata.
De esa maternal semilla asignada
Y sembrada con parásita saña
Brotan vermiformes raíces de un olivo señero
Que desgarran impías las delicadas entrañas
Minando al mismo tiempo mi dulce fe,
Frágil como la flor de la jara.
VI
Resurge entonces amistosa
La mano gris y agria de la Duda,
Y en conciliador silencio se posa
Sobre las grietas de mi frente perlada.
No, mi perenne compañera de viaje:
Desconoces el sosiego y niegas la paz;
Eres un árido vendaval de Levante
Que anárquico y a la vez paciente
Erosiona la base segura del audaz
Pues no controlas tu enamoramiento salvaje.
"¿Y es inmutable la elección?"
Preguntas con odiosa ternura;
Tu sensual boca indecente
Va tejiendo sin rastro de pasión
Un rotundo laberinto
Con palabras como llagas que supuran
Cenagosas todo un lago rebosante
De falso saber y de locura.
Así alzas tu nefasto recinto.
Así creas tu eviterna prisión.
Somos uno,
Y es mi yo ahora quien inquiere
Preso de tu seca sonrisa
Envolvente como el humo
De una llama verde y fría.
Aunque el espíritu no lo quiere,
Mi cuerpo de animal siente prisa
Por beber tu aliento de arpía;
Pero tiemblo y gimo al contacto
Ya que ese acto sólo sirve
Para ocultar con vergüenza mi cobardía.