miércoles, 7 de noviembre de 2012

Iria (una utopía)


No creí que pudiera existir nada similar a lo descrito en el relato, pero la realidad siempre, siempre, siempre sobrepasa a la ficción. Esto que se ve aquí es el Desierto de los desterrados, en Islandia, cogido de www.fotonatura.org. Allí se enviaban a los asesinos y demás personal considerados la escoria social para morir o si sobrevivían, rehabilitarse.


“Allá, en la tierra de Iria, en mitad de la más árida nada esteparia, se alza un avejentado baluarte de plomo y barro; abrasador y ardiente bajo el aplastante sol del verano y helado hasta quemar la piel con las ventosas mordidas matutinas del gris invierno. Es inmenso en altura, aunque mediano en extensión. Depende su percepción, sobre todo, de las personas que haya confinadas en su interior en un momento determinado, pero todos sus habitantes tienen marcado en lo más profundo de sus ojos un mismo origen: las mazmorras infestadas de ratas de la lejana capital, Lasombre.
“Y también comparten idéntico destino: morir en el olvido, lejos de todo y de todos. Desaparecer de la memoria colectiva de un pueblo que se deshace de ellos por ser los putrescentes despojos de una sociedad a la que ofende la vileza de haber nacido pobre, haber surgido llorando del seno de una puta, haber sido alejado del cariño familiar tras su abandono en plena calle o ser, sencillamente, en algo diferentes.
“El roce del viento es lo más similar a un beso que se estila por aquellos lares. El gruñido de odio es el saludo habitual –si no es más bien una amenaza–, y la única música de la que se puede disfrutar es el sonido de una paliza brutal propinada para arrancar a golpes de bastón candente el alma en jirones de un cuerpo falto de fuerza y de energía para seguir existiendo.
“Era, es y será el lugar más parecido al concepto de Infierno en la Tierra: Piedra, polvo y lodo en la boca; lacerados dedos de yemas sangrantes y sin uñas y amarillentos ojos secos de tanto llorar en silencio ácido esmeralda y dorado sulfuro. Allí los sentidos se envilecen, la edad se marchita y el espíritu se encoje bajo una lluvia incesante de malos augurios, esperanzas muertas, pensamientos funestos y fuentes de diarrea existencial.
Muy inquietante imagen elaborada por Anton Semenov, pillada de www.inkultmagazine.com, que se me antoja lo más parecido a lo que se puede encontrar en un Infierno cualquiera. Quizá el tuyo.
“ ¿Hasta cuándo? ¡Hasta siempre! ¿Hasta cuándo? ¡Hasta siempre! ¿Hasta cuándo? ¡Hasta siempre!¿Hasta cuándo? ¡Hasta siempre! ¿Hasta cuándo? ¡Hasta siempre!...

“…Siempre. Nunca. Palabras que pesan como losas por su tremendo sentido realista…
“…Y aún así, muchos de los que allí habitan se sienten más libres que los que dicen serlo en el resto del orbe. Quizá sea porque tienen tiempo de pensar en que existen y que son, a pesar de lo absurdo que puede resultar semejante reflexión.
“Puede también que porque sean capaces de sentir crecer en sus pechos el vértigo de la existencia inyectando en momentos de soledad infinita ese chorro de adrenalina suficiente para hace volar los corazones hasta desbocarse durante un precioso e intenso segundo. Y hay veces, incluso, en los que una sonrisa de asombro ha iluminado, como si saliera el sol en plena noche, alguna celda y los guardias sombríos no se han atrevido a indagar la razón de ese extraño fulgor apenas percibido por ojos que no sean los de un búho nocturno.
Estrella moribunda, del blog www.lapandorica.com
“Son instantes casi divinos que, por ser a la vez profundamente humanos, ahondan en el mayor de los contrastes percibidos. Porque mientras que en el seno de una prisión perdida se sigue absorbiendo a pequeños sorbos la vida áspera y amarga, fuera las hordas de muertos que se mueven continúan agotando sus densas existencias sin vivir realmente. Repitiendo, una y otra vez, los mismos pensamientos, manteniendo idénticos anhelos, realizando gestos gemelos y ya aprendidos, soltando sin hablar palabras repetidas y sin contenido profundo, ofreciendo egoístas besos sin pasión, lanzando miradas sin inteligencia ni curiosidad. Es el mundo terrible del nada asombra y todo aburre; del estar de vuelta de todo o de la pose excesiva para demostrar que se es un espíritu libre tras haberse asomado a todos y cada uno de los rincones del mundo para regresar trayendo consigo, como una carga inútil, el mensaje de que no hay nada diferente bajo el mismo sol y en un planeta demasiado pequeño para los espíritus ociosos.

“Holgada disparidad en la que a un lado se concentran las existencias teñidas de blanco que se pierden en las sombras, frente a las profundamente grises resaltando sin perfiles bajo el colorido y amplio vacío del exterior. Vidas intermitentemente plenas en un extremo, o presencias continuas, pero flojas e inertes, casi inapetentes, en el opuesto.
“Eso es lo que ha llegado a representar Iria en la mente del colectivo hastiado por la ausencia de novedades. Iria es la capacidad de recuperar el orgullo de seguir siendo, a pesar de los obstáculos. Iria es respirar conscientemente el aire que nos rodea y notar que con cada bocanada fresca el cuerpo se revigoriza para seguir avanzando paso a paso. Iria es negarse a que el músculo se agote definitivamente. Iria es esa brazada de más que se da pese al agotamiento extremo cuando tienes la playa a la vista, al alcance de los dedos. Iria es negarse a dejar de ser. Iria es intentar ser inmortales mientras dura un pestañeo de los párpados. Iria es heroicidad en estado puro.
Espectro de las almas blancas, de es.artquid.com
“Pensad en Iria cuando el abrir los ojos por la mañana sea una tarea ingrata e imposible de cumplir. Invocad a Iria cuando creáis que el amor se ha extinguido definitivamente en vuestros pechos. Recordad a Iria cuando la nada viscosa y vermiforme se apodere de vuestros pensamientos. Despertad a Iria cuando penséis que ya es demasiado tarde para empezar de nuevo”.
El portavoz de la Divinidad, desde su improvisado atril en la plaza central de Lasombre, se cayó un momento y recorrió con la mirada al ejército de desesperados que tenía delante. Nadie se movía. Querían más; lo necesitaban, carentes de esperanza como estaban. Pero ya no había nada más que añadir, tan sólo plantearles la cuestión que bien podría prender con su chispa la llama de la revolución o bien acabaría perdiéndose con el viento en alguno de los rincones del mundo hasta dispersarse como si nunca antes la hubieran pronunciado:
“¿Qué es preferible para vosotros? ¿Ser realmente libres en Iria, saberos hombres y mujeres plenos de existencia en esas sombras tan llenas de vida o recrearos en una opulencia vana, sin esperanza ni futuro que os ofrece una ciudad ardiente bajo el sol, que esclaviza las mentes a cambio de vuestra mismísima esencia?”
El silencio se hizo insoportable. Una gota enorme resbaló por la sien derecha del portavoz de la Divinidad hasta alcanzar la comisura de su labio. Abajo, la masa humana se contemplaba con prudencia, intentando adivinar en el ojo del vecino cuál tendría que ser la mejor respuesta, cuando ésta se encontraba en el interior de cada uno. Se oía el viento azotar las cabelleras y arriba en los balcones de los edificios más altos que rodeaban la plaza central, por encima del pueblo, esperaba la respuesta el estamento de los privilegiados.
No había ejército en Lasombre. No hacía falta. Se había logrado adormecer los instintos primarios de la población a base de abundante ocio gratuito para sus escasos momentos de esparcimiento y alimento excesivamente asequible, suficiente como para abastecer las diferentes necesidades que se habían creado de forma artificial según cada barriada y mantenerlas a todas ellas agónicamente sumisas. A cambio, sólo reclamaban el mantenimiento absoluto de esa élite dedicada exclusivamente a la contemplación y la vida pasiva, sin reservas y con una fidelidad a prueba de toda duda. Los gobernantes sabían que eso no podría durar más allá de tres o cuatro generaciones, pero no importaba. Tenían trabajando de forma incansable a un ingente grupo de expertos para crear nuevas formas de diversión sin coste alguno a fin de seguir envileciendo los espíritus durante los años venideros.
De cuando en cuando, permitían que alguno de la base particularmente maleable ascendiera a las alturas para demostrar que existía permeabilidad entre estamentos, pero no era más que un espejismo. Previamente, se practicaba un exhaustivo examen del individuo para determinar su ausencia absoluta de escrúpulos antes de siquiera plantearle la posibilidad de seguir manteniendo inamovible el número de privilegiados o de ingresar algo de sangre fresca, bella y joven en tan hermético círculo.
Otra imagen de Anton Semenov.
Pero algo había fallado. Un minúsculo resquicio del infalible plan hacía tambalear su impresionante estructura desde los cimientos, porque a nadie se le había ocurrido incluir en los cálculos la posibilidad de semejante percepción en la masa irreflexiva: Hastío y aburrimiento absoluto.
Unos pocos comenzaron a cuestionar un sistema incapaz de cumplir con sus más íntimos anhelos y hacer reales sus aspiraciones más ínfimas en comparación con el torrente imparable de necesidades vacías  que se hacía llegar al conjunto de ciudadanos desde la cumbre. Algo removía sus estómagos incapaces de reconocer que ese hueco en sus esencias era la libertad de elección, muerta ya por la ingente cantidad de información percibida a diario para obturar el raciocinio y dejar que otros más preparados y mejor dispuestos resolvieran los problemas cotidianos.
Unos se mantenían en rincones oscuros para elaborar intrincados dibujos en blanco y negro que les despejaba por unos segundos la visión. Otros, se imaginaban formas en la piedra y lloraban por su desconocimiento absoluto ante la posibilidad de arrancarlas de su seno, porque no conocían técnica alguna para poder hacerlo. Los había que en su locura se arrancaban los ojos para evitar esa búsqueda inútil e incansable de algo que les satisfaciera de verdad, y hasta se llegaban a quitar la vida por lo insoportable de una situación rutinaria y sin salida.
A muchos de ellos los denunciaron sus propios familiares y vecinos, temerosos ante una actitud carente de lógica que bien podría ocultar una enfermedad insondable que acabara con sus cómodas existencias. Y desaparecieron de la faz de la tierra como si nunca antes hubieran existido.
Pero quienes tuvieron contacto con los extraños recogieron y sembraron sin saberlo una semilla de inquietud que les hacía brillar en mitad de la uniformidad generalizada y, finalmente, acabaron ellos también por evaporarse de las calles. Así que, a partir de entonces, reinó el silencio en la mayoría de los casos para preservar la vida y el azul de la enfermedad acabó extendiéndose como la cianosis en los cuerpos carentes de oxígeno.
Y ahora, un portavoz de la Divinidad, Ésa a la que muchos de los gobernantes despreciaban porque no se veían reflejados en Ella, desataba su lengua ante una inquieta e inquietante multitud de personas que luchaban y se afanaban por recuperar el pensamiento perdido.
El silencio también se hizo insoportable para los que estaban asomados a los balcones y alguno tuvo que reprimir un escalofrío, cerrando los ojos a lo que allá abajo estaba por venir. Una mujer desdentada por la piorrea se aclaró la garganta y con voz clara proclamó:
–¡Iria!
Su palabra quedó suspendida en el aire, quebró la vergüenza que atenazaba las lenguas y abrió las compuertas para que una avalancha de ideas cobrara forma en un único concepto.
–¡Iria! –Berreó el que se encontraba a su lado afirmando con la cabeza y esbozando algo parecido a una sonrisa.
Idea de la pesadilla de Anton Semenov.
–¡Iria! –Repitió al fondo una joven de apenas quince años levantando a la vez un puño en lo alto.
–¡Iria!
–¡Iria!
–¡Iria!
La percepción del tiempo se detuvo para todos. El portavoz de la Divinidad, los de arriba y toda la masa congregada en la plaza central de Lasombre supieron de inmediato que, a pesar de que no todos se unieron al grito casi generalizado, aquella sociedad tan asentada en cátedras de acero que todos creían constantes viraba de improviso hacia un destino por completo nuevo y desconocido que nadie de los presentes alcanzaba a vislumbrar.
El siguiente paso aún estaba por dar. Hubo miedo, pero su sabor era fresco y muchos le dieron la bienvenida, porque había nacido de un albedrío individual aliado a otras muchas voluntades similares, que no iguales, y cada uno pensaba en que comenzaba a ser el verdadero dueño de sus personas.
Y, por fin, alguien reaccionó…
Nada mejor que relajar el ambiente con un buen tema musical. El artista, Otis Redding, la canción, (Sitting On) The Dock Of The Bay. Perdonad si a alguien he ofendido con este relato. Pero sabed que he disfrutado redactándolo...

viernes, 26 de octubre de 2012

El iris en el arco

"BN", obra de Valerio merino.


Del negro alza la vista
y la luz menguante del crepúsculo
teñirá de púrpura
las sombras del Obelisco.

Canta la lechuza entre las ramas de la encina solitaria
con notas errantes
y perdidas
que te abren la senda
en la tiniebla de tu alma fría.
Maquillaje-pop2, de nuestro amigo Roy.

El dolor rojo pasará
sin virtudes a su espalda
aligerando la carga
de la vida gris.

Al blanco vuelve la mirada
para que el alba
bañe de amarillo
tu rostro envolvente.

Pasó la noche azul
sin pena ni gloria.
Mira ahora la verde senda
del nuevo y deslumbrante día.


Brochazo irisado cogido de cosasdejosep.blogspot.



Con tanto color, sólo se me ocurre mostrar aquí el buen hacer y el saber estar de esta genial grupo británico, The Action, quienes se definieron claramente por una frase: "Our Music Is Red With Purple Flashes" (nuestra música es roja con flashes púrpura). Toda una declaración de intenciones. Su tema, Biff, Bang, Pow! A bailarlo.

jueves, 25 de octubre de 2012

Una (mínima) alternativa

Estupenda imagen de respuestario.com que me sirve para reflejar la actual dependencia de Occidente del sistema capitalista.



No hace mucho que en una de las múltiples manifestaciones contra los recortes aplicados por el Ejecutivo central español a instancias (como todos sabemos) de la que realmente maneja los hilos en Europa, Angela Merkel –y que, a tenor de que los tiene bien puestos debería de seguir llamándose Angela Dorothea Kasner– se solicitó un referéndum para que todo el agobiado pueblo que habita la asolada piel de toro pueda posicionarse acerca de lo que realmente le está afectando, tanto en su vida laboral como privada, religiosa, sexual y hasta psicológica.
Estoy totalmente de acuerdo con ello. Es algo que se hace ahora con el Gobierno de Mariano Rajoy y que también se hizo en su momento cuando José Luis Rodríguez Zapatero fue inquilino en el Palacio de La Moncloa. Y no es para menos, puesto que al ser distintas caras de una misma moneda, ambos se armaron con la tijera de la indiferencia previa inclinación anal ante los designios de la gran águila negra de Centroeuropa. Zapatero no hizo ni caso y Rajoy hará otro tanto, porque para ninguno de ellos la palabra (y la queja) del pueblo tiene el menor interés, porque ninguno gobierna-gobernó para bien de sus conciudadanos, sino para mayor gloria y boato de sus respectivos partidos.
Zapatero, a punto de ser machacado por aquello que le costó la salida de Moncloa:
el monocultivo del ladrillo. Imagen de todosloscaminoshaciati.blogspot
Ese referéndum, como bien señaló aquí, en Córdoba, José Rojas, presidente del Consejo del Movimiento Ciudadano, tiene como fin último, y por encima de todo, “que lo que tengamos que asumir lo tenemos que hacer todos juntos”, y no a base de recetas y dolorosos pildorazos de insano y obligado sacrificio anunciados cada viernes en Consejo de Ministros.
De nuevo estoy de acuerdo con que la germana no nos siga dictando desde la distancia cómo morir de inanición lentamente mientras ella se llena los bolsillos a costa de nuestra miseria (y de la de Grecia, Portugal e Irlanda). Yo también quiero su "stille" y hasta su "ruhe" si me apuran para que, de una vez, se pueda escuchar la palabra quebrada y la voz llorosa del pueblo español.
Ahora bien, mi deformación profesional me obligó a ponerme en contacto con el propio Rojas, porque no me conformo con eso y quiero dar un paso más allá. Referéndum, sí, pero en el caso de que el clamor popular se posicionara en contra de más recortes asfixiantes, ¿cuál es la alternativa?
Porque lo cierto es que si la mayoría considera que un mero plan de medidas de austeridad (que también es necesario y con todas las consecuencias) no basta para salir del abismo en el que seguimos cayendo desde la comodidad de nuestros sillones, tal y como se empieza a hacer ver en foros de barrio, de Internet y otros lugares de encuentro, hace falta ir más allá y aportar alternativas reales para reactivar la economía. Porque eso es lo único que funciona dentro del aceptado sistema capitalista en el que estamos inmersos.
Y, de nuevo, sale la microeconomía al rescate de las excesivas divagaciones sin sentido socialistas y la actitud “burrorejérica” de los populares. El ejemplo no es otro que el de una familia cualquiera (porque es la manera más amable de contemplar a un estado) que tiene que afrontar una deuda (habitualmente el de las odiadas hipotecas, aunque también se le añaden otras cuestiones como un coche, un ordenador, los teléfonos, la comida, la ropa y demás elementos que hacen que cada fin de mes sea un infierno) y hay voluntad de hacerla efectiva. Al Gobierno nuestro no se le cayeron los anillos a la hora de dilapidar como descosidos amparado en la falsa magia del ladrillo (conste que fue una época de especial movimiento monetario, con lo que el estado de bienestar parecía una fórmula adecuada y aceptada por todos), eso generó una deuda monstruosa (calculada en de 1,78 billones de euros en julio de 2012; es decir, el 167% del PIB nacional) sobre la que se han lanzado los petreles internacionales para hacerla aún más sangrante, y el actual Ejecutivo estatal no tiene más remedio que afrontarla y pagarla. Hasta ahí, todo correcto.
Dibujo tomado de fernandezalejandro2.blogspot
que me sirve para mostrar la situación forzada de una Humanidad
para elegir entre la superviviencia del mundo en que vive
o la pervivencia de una economía que le supera.
Pero, que yo sepa, a una familia cualquiera el banco no le concede créditos a cinco años, porque no hay humano que lo pueda afrontar. La mayoría estamos con la argolla al cuello durante un cuarto de siglo –que se dice pronto–; considerado un plazo normal para, en situaciones de bienestar económico, poder liquidar la deuda de la hipoteca y contar, al mismo tiempo, con algo de liquidez que permita “vivir” día a día. Así funcionan las cosas y, por el momento, no iban tan mal para quienes tuvieran la suerte de contar en su haber con un sueldo.
Por tanto, es toda una insensatez pensar que un país como el nuestro pueda pagar ese débito a corto plazo, teniendo que utilizar para ello uno de cada cuatro euros con los que cuenta. Es como si a un mileurista su banco le arrancara de un bocado 250 euros, dejándole para todo lo demás (incluida la hipoteca) 750 euros. Lo más probable es que se acabara encerrando en su casa, sin salir, sin entretenerse, casi sin respirar, ni mucho menos consumir. Es decir, sería la muerte social para la mayoría.
Lo mismo le ocurre a esta piel de toro (querida para unos, prescindible para otros, pero, por el momento, la tierra sobre la que todos nos asentamos). Si en lugar de tener que utilizar un cuarto de todos nuestros bienes para acabar con esa deuda (y sus malditos intereses) fuera, quizá, medio euro de cada cuatro y a un plazo mayor de tiempo (bastante mayor, quiero decir), nuestros deudores (los buitres) acabarían cobrándolo todo sin tener que asesinar a la gallina de los huevos de oro. España no estaría tan asfixiada, generaría movimiento de dinero a través de algún tipo de actividad económica diferente a la construcción –Luis Planas, a mi parecer y consideración el futuro dirigente de la oposición de izquierdas en este país, se denomine como se denomine al final , ya apuntó a las enormes posibilidades que tiene la agroindustria andaluza– y no se tendría por qué morir en el intento.
Nada mejor que el humor para arrostrar tan aciagos tiempos. El chiste, recogido de toupeiratoupeiro.es, se titula los tres pilares de la economía.
 
Y es que insisto a determinados gobiernos de la UE (léase Gran Bretaña y Alemania): La Península Ibérica NO es el enemigo, no es la economía a la que hay que hundir para salvar sus importantes y blanqueados traseros. Búsquense otra víctima en algún oscuro rincón de sus maldecidas y putrescentes almas y déjennos vivir en paz. En caso contrario, uno de los países que más han apostado por la existencia del euro y de la Unión se tendría que pensar si su continuación en el seno de una Europa insolidaria merece o no la pena.

Nuestro Gobierno, si nos escuchara, tendría detrás el respaldo suficiente para ir a Bruselas y decir: “Hasta aquí hemos llegado. Permitidnos pagar la deuda, que hemos asumido, pero actuad con un mínimo de inteligencia: dadme oxígeno y yo os devolveré riqueza”. No hay más misterio.

Por cierto que dicho todo esto, mi recomendación es echarle un vistazo a esta página que, de forma ágil, explica cómo está la situación en España: http://www.auditoria15m.org/index.php/es/entendiendo-la-deuda

Aquí me viene de perlas un temita titulado Ven que estoy hirviendo, del maravilloso grupo uruguayo Los Iracundos. Ellos aluden a unas circunstancias algo más sensuales en su título, pero yo lo hago propio para reflejar el profundo malestar de un pueblo al que la miseria le empieza a morder el trasero sin decoro de ningún tipo.

jueves, 11 de octubre de 2012

La lección del rey

Una nueva (y cortita) entrega de la serie Deliciosamente Humano, para los que gustan de lo insólito sin salirse de lo común. La idea, no es original mía, sino que se la escuché en Pamplona a uno de mis profesores (no recuerdo muy bien si a Carlos Soria o a Gómez Antón) y se me quedó grabada. Luego descubrí, que se trataba de una historia del Siglo XI, que difiere de la mía en personajes, habla y moraleja.  Reza así:
 
 
Picapedreros, del excelente dibujante argentino Ignacio Segesso, pillados amablemente de su blog http://ignaciosegesso.wordpress.com/
 
 

Había una vez un rey que no admitía más punto de vista que el suyo propio. Y así, cuando él aportaba su opinión sobre cualquier materia nadie, absolutamente nadie, podía exponer otra diferente porque entonces el rey le apartaba de su lado y perdía su favor de manera vergonzosa.
Al margen de esto, y doy fe de ello, el monarca era una bella persona y gobernaba rodeado de consejeros y ministros que le ayudaban gustosos en lo que podían, siempre que el rey no hubiera optado aún por tomar una decisión irreversible de ésas tan suyas.
Pero, insisto, en cuanto se posicionaba a favor o en contra de algo o de alguien todos sus consultores y amigos, que los tenía y en gran cantidad, pasaban a ser inútiles y veían cómo su intrincada y fina labor dejaba de tener sentido, lo cual era francamente frustrante.
Uno de aquellos ministros, bastante harto ya de la situación, decidió un buen día dar una lección al soberano. Si bien se vio obligado a poner en práctica su idea de tal manera que ni el monarca pudiera llegar a sentirse ofendido ni que él tuviera que afrontar el peligro cierto de acabar con sus huesos en una oscura mazmorra por la osadía.
El escarmiento que le dio fue el siguiente:
Una mañana el ministro le pidió al rey que le acompañara a pasear por las afueras del palacio. El soberano aceptó con ganas y como era un tanto campechano y le gustaba salir de incógnito nadie más les acompañó. Aprovechándose de la curiosidad natural del rey el cortesano se lo llevó a contemplar unas obras; allí se encontraban tres trabajadores machacando rocas. Al verlos el monarca quiso saber de inmediato lo que hacían y fue hacia ellos a toda prisa.
–¿Cuál es tu labor, buen hombre? –Le preguntó al primero.

El obrero se intimidó ante su rey, puesto que le había reconocido, y humildemente respondió:

–Estoy trabajando para ganar el pan de mi familia; soy pobre, mi señor.

El rey se apiadó de él y le entregó una moneda de oro que, evidentemente, pidió prestada a su ministro, ya que él nunca viajaba con dinero encima.

Luego el secretario recomendó al rey, con muchos dimes y diretes, que hiciera la misma pregunta al segundo, un extranjero libre de toda atadura y que no entendía de reyes ni de reinos.

–¿Qué es los que estáis haciendo? –Inquirió de nuevo haciendo caso a su ministro.

El requerido dejó de golpear con su mazo y secándose el sudor de la frente contestó con mala gana:

–Pico piedra, a la vista está. ¿Qué creéis si no que estoy haciendo? –Y sin esperar a obtener una respuesta regresó a su ocupación.

El rey se sintió francamente violento y decidió dar por terminado el paseo. Pero el ministro, quien por un momento había palidecido ostensible y ostentosamente ante el descaro del extraño, insistió aplicando todas sus artes de persuasión para que repitiera la misma operación con el tercero.

–A ver, tú. ¿Qué estás haciendo?

El otro miró al rey sonriendo y recogió una de las piedras de gran tamaño que había logrado arrancar a la tierra para mostrársela al monarca como si fuera un tesoro.
Construcción de una catedral gótica, de www.kalipedia.com
–Estoy construyendo una catedral –explicó contemplando extasiado el lugar donde iba a ser levantado el templo.

El rey quedó asombrado por la respuesta alejándose del tercer obrero, quien todavía miraba al infinito.

De regreso al castillo el rey detuvo al ministro y comenzó a cavilar sobre lo que había visto-

–Lo habéis hecho a posta –le dijo con cierto reproche–. Pero ¿cómo sabíais que iban a responder de diferente modo?

–Porque, majestad, nadie es capaz de ver las cosas de igual manera –aclaró el ministro–. Y os aseguro que no hay mayor riqueza en este mundo que la diversidad de puntos de vista, puesto que todo el mundo tiene siempre algo que aprender de los demás.

A partir de entonces el rey cambió radicalmente de actitud y procuró adoptar una postura más abierta a la hora de tratar los problemas con sus fieles cortesanos.

En cuanto al más capacitado de todos ellos, aquél que se atrevió a abrir los ojos del monarca, fue recompensado con un importante cargo en los confines del reino, lo más lejos de palacio.

¡Oh, bueno! Habrá quien diga que aquello no fue precisamente una recompensa y que, en realidad, el rey se quitó de encima a un listillo que algún día le podría poner en entredicho recordándole cierta experiencia enriquecedora. Nada más lejos de la verdad; salvo por las esporádicas incursiones bélicas de nuestros bárbaros pueblos vecinos, aquí se está muy bien, muy tranquilo, muy relajado… ¡Aunque a veces eche tanto de menos mi fastuosa vida en la corte!
 
 
Para rematar esta faena, nada mejor que un temita titulado Greensleeves, que según dicen compuso Enrique VIII para su esposa Ana Bolena (¿quién sabe si es cierto o no? El caso es que me encanta. Esta versión es la céltica, porque me da la REAL gana, ¡eah!):




Pero la vida no sería vida sin un ligero toque Mod-ernista, de ahí que haya escogido a un "rey" para la ocasión: Ni más ni menos que B. B. King y su canción How blue can you get:

 

jueves, 4 de octubre de 2012

La Rosa Negra (capítulo VI)


Rosa Negra, recogida de Taringa.net.
 
 
                                        Capítulo VI. El secreto de la guerra.

–Pequeño Mastín –dijo Cathbad–, ¿ves lo que está haciendo esa muchacha? Está lavando tus ropas rojas, y lavándolas llora, porque sabe que vas a la muerte contra el gran ejército de Maeve.
                                                Lady Gregory. Cuchulain de Muirthemne.

La nave se detuvo trabándose en tierra con estruendo y substrayendo a Cunneda de su letargo. En lo alto, las estrellas menguaban ante la inminente salida del sol élfico y el temible encanto de la noche se difuminaba con las primeras claridades del día que estaba por nacer.
El joven, en sus prisas, saltó desde la cubierta dañándose los pies al caer contra los picudos cantos dispersos por la orilla. No era una playa; lo que él había tomado por todo un extenso océano no era sino la corriente con la que se había topado al salir del territorio del peculiar reptil. Y ahora, simplemente, se hallaba en la ribera opuesta del río. Aunque su percepción del tiempo le gritaba en su alma, en su corazón y en su cabeza que había pasado toda la noche navegando.
El dolor se le pasó enseguida y antes de continuar echó un último vistazo a la embarcación que le había salvado de morir extenuado bajo las aguas. Pero, tal y como había supuesto, ya no estaba allí. En su lugar, un cisne de esponjoso plumaje gris y pico dorado se elevó por los aires arrastrando tras de sí una transparente llovizna de espuma batida que empapó su rostro, obligándole a sonreír.
"Lo peor de todo es que aquí llega un momento en que ya nada te asombra", reconoció equivocado haciendo un mohín de disgusto con la boca mientras el ave se perdía de vista en lontananza. Después escogió como senda una estrecha apertura entre dos sombríos castaños, con los troncos invadidos por el musgo, y por allí se abrió paso decidido finalmente a encontrar el camino de vuelta a su añorado hogar.
Con una obstinación propia de su edad, durante lo que siguió del trayecto se negó a hacer caso de los prodigios con que la espesura le regalaba los sentidos a medida que avanzaba. Y así, se desvió queriendo de un claro plagado de unas raras flores vivas de finísimo cristal inmaculado, de tal pureza en su magistral y rico acabado que cada una de ellas hubiera servido para pagar tres veces el valor de un reino en el mundo de los Humanos.

Rosa de cristal.
 
Despreció también la más que tentadora invitación de parte de un corrillo de minúsculas y agraciadas mujeres aladas, quienes, tras rodearle con algarabía musical, le ofrecieron a beber hidromiel en un cuerno de oro exquisitamente decorado con espirales, cuadrados y triángulos conjuntados en una formidable combinación mágica. Con que sólo hubiera mojado los labios con un beso en aquel néctar divino el muchacho habría podido disfrutar de una larga existencia fuera del País de los Elfos, libre de enfermedades y conservando siempre una sana apariencia juvenil.
Procuró, además, hacer oídos sordos a las canciones entonadas por las Fuentes Perdidas, cuyas límpidas letras hablaban de hazañas realizadas en el pasado, proezas que se estaban llevando a cabo en ese mismo instante y heroicidades que aún estaban por cumplir. Acontecimientos todos ellos que se hubieran hecho realidad si Cunneda los hubiera escuchado con atención, porque esos cantarse épicos se referían a él y a nadie más. De esta manera, perdió la oportunidad de llegar a ser el héroe infatigable de quien tan necesitada estaba su patria chica; el mayor sabio de todos los tiempos que desnudara cualquiera de los secretos de este mundo y del más allá; el hombre sin miedo que siempre quiso ser.
Se apartó luego de un grupo de risueños gigantes que forjaban con sus puños cerrados hermosas armaduras de combate y armas encantadas sobre elevadas fraguas de piedra. Eran en extremo pacíficos y le habrían acogido con cariño para descubrirle el hermético enigma del arte de la Herrería. Con ello, no sólo se hubiera elevado a la categoría de dios viviente entre los suyos, además la dicha de saberse todo un maestro artesano le habría llenado de felicidad hasta el punto de acabar riendo de por vida como hacían aquellos colosos.
Curiosa imagen de gigantes, tomada de
albertocanosa.blogspot.com.

Pero la mayor pérdida de todas fue desaprovechar la ocasión de contemplar expuesta su alma en el Espejo de la Verdad, que yacía olvidado y cubierto de polvo en el último rincón de una vaporosa caverna. De todas las maravillas, sin embargo, aquélla era la más ambigua, puesto que el Espejo es incapaz de mentir y, al mostrar el interior de cada ser que se refleja en su cárdena superficie, no siente remordimientos ni tiene voluntad para mitigar el maniático horror de la Verdad que se oculta en la mayoría de los casos.
Caminaba con la mirada baja, tan absorto que no percibió los curiosos efectos causados por el sol del amanecer sobre el tupido follaje de los árboles. Los rayos incidían directamente sobre todas y cada una de las hojas de aquel vasto e insondable bosque multimilenario, provocando cascadas de haces irisados que estallaban silenciosas al tocar el suelo. Las sombras perfiladas en tierra recreaban un decorado fantástico, el cual, visto en conjunto y mediante escenas móviles, semejaba una representación teatral acerca de la verdadera historia de aquel legendario país; y la sombra del muchacho parecía ser el actor principal.
La fría mañana vino acompañada de salvajes y coloridas ventiscas que, juguetonas, se complacían en arrebatar sin pudor alguno cualquier sonido naciente, zarandeándolo de un lado a otro hasta atravesar de parte a parte el laberíntico jardín. Fue de esa forma como llegó a los oídos de Cunneda un gemido lastimero que le arrancó de su ensueño despertando su curiosidad. Con el ceño fruncido y pies ligeros se dispuso a buscar el origen de tan amarga queja.
No tardó mucho. El olor acre e intenso de la muerte le atacó de frente impregnándole las narices con el inconfundible aroma de la sangre recientemente derramada. Apartó unos altos arbustos de boj y penetró con respetuosa cautela en lo que había sido el escenario de una cruenta batalla.
Cientos de cuerpos mutilados, desgarrados con rabia, atravesados por lanzas y dardos; centenares de bocas abiertas y brazos extendidos a lo alto en un desesperado intento por detener el ánima que se escapa hacia su última morada; miles de ojos mirando invidentes y con la sombra de una pregunta sin contestar impresa en las veladas retinas. Todo ello esparcido por la selva, entre los ofendidos árboles que se esforzaban por camuflar con sus ramas lo quebrados estandartes, sobre la yerba que saciaba su sed con la ofrenda de la sangre, como si una deidad menor hubiera arrojado en un momento de locura momentánea sus semillas para recolectar luego la macabra cosecha.
Restos de una batalla recopilada de la web elitonia.org.
 
Anduvo entre los cadáveres observándolo todo con esmerada visión de experto. Su alma guerrera se sublimó mientras reproducía el desarrollo de la contienda y sopesaba las armas blandiéndolas con intriga y cuidado.
–¡Dioses! En mi vida había visto nada parecido –profirió cortando el aire con una espada equilibrada, pero de adelgazado filo.
De repente, el objeto se hizo tan pesado que no tuvo más remedio que soltarlo si no quería lesionarse el brazo. Luego intentó volver a levantarlo, aunque fue en vano; el arma no se movió ni un milímetro y permaneció fiel junto a su dueño. Esto le permitió fijar su atención en los caídos.
Ninguno era humano. Había elfos de gran estatura, acorazados con plata y acero, junto a bajos arqueros bogans tocados con boinas adornadas con plumas de faisán. Frente a ellos multitud de goblins de oscuros ropajes y corazones ponzoñosos, algunas formaciones de bogies y redcaps y grupos aislados de duergars se habían aliado a titánicos trolls del Norte y cohortes de enanos asilvestrados para llevar el caos hasta Tir Tairngiri.
No se trataba de una guerra continua contra el orden, ya que el País de los Elfos no se regía precisamente por una norma armónica. Era, más bien, el enfrentamiento entre la confusión ordenada asociada a la Buena Gente y el desorden natural propio de los de la Corte Maldita, que nunca habían pisado la Tierra de la Alegría.
En cualquier caso, mirara hacia donde mirara, la cantidad de difuntos era tal que el bosque prácticamente se había transformado en una inmensa necrópolis abierta al aire libre. El muchacho suspiró.
–Demasiado salvaje –comentó–. ¿Es que no ha quedado ni uno vivo o qué? ¡Pues vaya desastre! Aquí no ha vencido nadie.
Entonces volvió a escuchar el gemido que le había atraído hasta ese lugar. Procedía de un grupo de cuerpos amontonados cerca de un maltratado madroño bajo el que se encontraba un elfo herido de gravedad. Parecía dormido, pero se agitaba por el dolor. Cunneda libró al moribundo de los cadáveres que tenía encima y le pasó suavemente los dedos por la frente. El elfo abrió los ojos asustado.
–¿Mi señor! –Dijo sonriendo, como si hubiera reconocido al joven–. Mi señor, ¿qué os aparecido la batalla?
Cunneda se retiró aturdido, sin embargo el elfo alargó con premura una mano y le retuvo a su lado cogiéndole de la muñeca. Pese a su penosa situación el guerrero mostraba una fuerza insual. Los andrajos blancos y dorados que cubrían su jubón mallado, así como su capote negro con los bordes de rojo y oro, denotaban que aquel ser, hermoso como seguramente lo fue el primer amanecer de los tiempos, era un elemento destacado de su ejército: un capitán o puede que el mismísimo general.
–Esta vez ha sido realmente duro –volvió a decir con palabras entrecortadas–, luchamos durante toda la noche, pero vencimos, mi señor. ¿Estáis complacido?
“¡Ja! ¿Habéis ganado realmente?”, pensó Cunneda con cierta repulsa por lo que él consideraba una derrota por partida doble.
–¿Por qué iba a estarlo? –Respondió–. ¿Y quieres dejar de tratarme como a tu señor?
El elfo de largos cabellos rojizos tosió convulsivamente escupiendo esputos sanguinolientos; el menor de los movimientos le suponía una auténtica agonía y, sin embargo, en ningún momento perdió la sonrisa.
-Aprenden rápido, mi señor, y su número medra. Cada vez nos cuesta más trabajo contenerlos. Creo que la frontera del Este está abierta al mundo exterior y por allí entran en oleadas de a miles. Pero no hay por qué preocuparse; son muy inferiores a nosotros en todos los sentidos y aún los dominamos.
Espada élfica Orcrist, de
armasyseresmagicos.blogspot
 
–¿El Este? –Preguntó Cunneda sintiéndose culpable–. Ése es el camino que tomé para venir hasta aquí.
–¿Os fijasteis en cómo los envolvimos cuando entraron en el bosque? –Continuó el herido sin que diera señales de haber escuchado al muchacho–. La maniobra los pilló por sorpresa y barrimos con facilidad su primera línea. Pero se reagruparon rápidamente: retrocedieron sobre sus pasos y lograron rodearnos al ser superiores en número. ¿Veis a ésos? ¿Los más altos? Ésos se quedaron en el centro para detener nuestro ataque. ¡Por el Hacedor que nunca había visto antes batirse con tanta furia como a esos monstruos! Nos tuvieron ocupados hasta que se cerró el cerco a nuestro alrededor. Entonces no tuvimos más remedio que pelear en todos los frentes.
Cunneda tuvo la impresión de volver a estar ante su padre durante una de sus habituales charlas de “entendido en todas las materias”, pues aunque el aspecto del elfo era el de un joven de su edad, por los ojos supo que el guerrero contaba sus años por centenares. Sintió una profunda veneración por él y le siguió la corriente.
–Estoy contento por la valentía que habéis mostrado todos.
–Mi señor, vos sois mi inspiración y mi ejemplo en el combate. Ahora que me ronda la muerte no me avergüenza confesarlo. Desde niño os he estado espiando para escuchar fascinado vuestras narraciones de guerra, las estrategias que usabais en cada batalla y, sobre todo, os admiraba porque habéis sabido hacer de la lucha un hermoso arte. A partir de entonces soñé con emularos y acabé haciendo mías las que eran vuestras teorías guerreras.
–¿Me espiabas? –Cunneda contuvo una carcajada de sorpresa ante lo absurdo de esa posibilidad.
–Por favor, por favor, no os ofendáis, mi señor –el agonizante vomitó sangre de nuevo y se aferró con esfuerzo al hombro del joven intentando incorporarse–. Siempre os he servido como mejor pude.
–Tranquilízate, no me ofendo –contestó Cunneda empujando con suavidad al elfo para que volviera a tenderse–. Te escucho, habla.
El rostro del elfo se tornó ceniciento. Parecía incómodo por tener que sincerarse con Cunneda y anduvo titubeando antes de hablar, aunque para ello tuvo que apartar la mirada.
–No lo entiendo, mi señor. Se me escapa.
–¿Qué no entiendes? –Le animó conciliador el muchacho.
–¡Es posible que me sienta tan vacío! Toda, toda mi existencia dedicada a la guerra y, ahora que estoy a punto de abandonarla, no logro encontrarle un sentido –volvió a mirarle con miedo en los ojos–. Debe de haber una explicación; ¿he hecho mal? ¿Me he equivocado en algo, acaso?
“¡Sagrada Madre Tierra! ¡Y yo qué sé! ¿Crees que puedo entender nada de lo que está pasando?”, fue la reacción mental del confundido joven. Ahora bien, no podía dejar al otro sumido en la angustia antes de que muriera. Carraspeó y, sin pensarlo, sin saber siquiera lo que estaba diciendo, le respondió con palabras de consuelo.
–¡Qué vas a equivocarte, hombre! Has cumplido con tu deber y eso es lo único válido; lo único que debe de tener sentido para ti –levantó la cabeza mirando pensativo los restos de la batalla en su entorno–. No intentes entender el porqué de la guerra, existe y punto. Pero no es culpa tuya. Además, ninguna guerra es para siempre y tú habrás contribuido a que eso algún día sea una realidad.
Cuando bajó otra vez la vista comprobó que el elfo estaba muerto. Al parecer había oído lo suficiente de lo que dijo Cunneda, porque falleció con una sonrisa en los labios y una expresión de paz en sus relajadas facciones.
Justo entonces los árboles se agitaron con crujiente estruendo y las hojas amarillearon en las ramas. La escarcha surgió repentina cubriendo como un sudario el campo de batalla. El joven notó un frío intenso, pero su respingo fue de temor: un aullido prolongado recorrió la foresta ahuyentando a los tímidos grajos y urracas que picoteaban alimentándose de algunos cadáveres; las hojas temblaron un instante antes de caer, pero no llegaron a tocar el suelo porque un viento gélido las transportó lejos, fuera de los límites del bosque; fuera, quizá, del propio mundo élfico. Hojas de oro que guardaban, como un secreto, un mensaje de catástrofe escrito entre sus intrincadas ramificaciones nerviosas.
Todos los muertos comenzaron a levitar. Se elevaron por encima de la arboleda y viajaron llevados por el vendaval hasta desaparecer en medio de las nubes púrpuras. Cesó el aullido y cualquier otro sonido en la espesura. Desapareció cualquier vestigio del bestial combate que se había librado aquella misma noche. Nada se movía. A su alrededor una gruesa capa de hielo invadía campos y foresta, y de las ramas caían en suspenso agudas estacas heladas que brillaban como diamantes a la luz del temprano sol.
Mientras tenía lugar todo aquello, Cunneda creyó entrever la figura de una vieja magra y reseca, aunque tan alta como un ciprés. Cubría su desnudez con una túnica desgarrada por las costuras y con sus sarmentosas manos asía una vara larga y delgada con la que tocaba cuanto se ponía a su alcance. Su rostro, azulado, no mostraba emoción alguna. Sus larguísimos cabellos, rojos, dorados, verdes y blancos, oscilaban a su espalda como serpientes aprisionadas a la piel, flotando con lentitud exasperante. Iba acompañada de un llamativo rebaño de ciervos, lobos y jabalíes que la seguían con familiaridad. La vieja y su séquito se volatilizaron en el aire, dejando al joven caminando en soledad con sus pensamientos.
Árboles escarchados, de johnny-detodito.blogspot.
 
Reconoció con fastidio que en el fondo se había burlado del elfo, sin embargo presentía que tampoco le había mentido totalmente al hablarle de aquella manera. Le intrigó, además, el hecho de que el otro conociera sus propias ideas sobre la guerra; un arte, le había dicho, y sí, como tal la consideraba Cunneda. Allá, en su aldea, había visto trabajar a los herreros no sólo fabricando armas y otros aperos útiles para las labores agrarias, algunos eran tan hábiles en la confección de joyas que los jefes se disputaban sus favores llegando, incluso, a arruinar a sus familias. Otro tanto ocurría con los filé, los poetas que componían con una facilidad pasmosa los más bellos cantos en cualquier momento y para cualquier situación. Para el muchacho aquello era arte, pero se trataban de aptitudes ajenas a su persona, más allá de su capacidad y paciencia.
Por ese motivo Cunneda decidió hacer de la guerra un arte; un elemento de satisfacción creadora personal. No se trataba de matar y procurar salir ileso de un combate, como pensaban sus compañeros de armas. Cada movimiento ante el contrincante, cada desplazamiento en defensa o en ataque debían de ser concebidos como una danza de infinita gracia que extasiara tanto a vencedor como a vencido.
Este plano individual tenía también su reflejo en las grandes contiendas, donde la danza tenía que ser aplicada a la evolución de ejércitos enteros. La estrategia, por tanto, era también un arte y el premio, ni más ni menos que el respeto del adversario, porque en aquellos tiempos los estrategas estaban muy bien considerados y la sociedad los terminaba elevando al rango de héroes.
Por supuesto, nunca había hablado de eso con nadie. Se habrían mofado con crueldad de él. Y, claro está, como ocurre con la mayor parte de los artistas, nunca mezclaba teoría y práctica a la hora de actuar. Solamente combatió una vez. Fue en una expedición de robo de ganado. Mató a un hombre, pero lo hizo con torpeza, con miedo, preservando su propia vida antes que arriesgarse a alcanzar el sublime júbilo de la obra bien hecha.
Se sonrojó al recordar aquel episodio que parecía haberse producido miles de años atrás, aunque sus cavilaciones pasaron a un segundo plano: ante él emergió un único camino que atravesaba un cerrado valle cubierto de altos pastos mecidos por el viento. En mitad de la vaguada se alzaba un monte al que iba a morir el sendero.
El laberinto había finalizado.
 
 
Acompaña a la lectura un tema de Milladoiro, titulado "Muiñeira do Areal".
 
 
No puedo evitar incluir un clásico de la guerra de independencia irlandesa: Irish soldier laddie, de Danny Doyle (la mejor versión sobre este tema bélico):
 
 
 
Perdonad mi pésima educación y mi falta de corrección hacia vosotros. Aquí tenéis la letra y su traducción, of course!:
 
Irish Soldier Laddie (Soldadita irlandesa)
 
'Twas a morning in July, (Fue una mañana de julio,)
I was walking to Tipperary (Iba caminando hacia Tipperary)
When I heard a battle cry (cuando escuché un grito de batalla)
From the mountains over head (procedente de las montañas que tenía sobre mi cabeza)
As I looked up in the sky (Y cuando miré hacia el cielo)
I saw an Irish soldier laddie (Vi a una soldadita irlandesa)
He looked at me right fearlessly and said: (Me miró fijamente intrépida y me dijo:)

Will ye stand in the band like a true Irish man, (¿Estarás con el grupo como un auténtico irlandés)
And go and fight the forces of the crown? (Para ir a combatir a las fuerzas de la corona?)
Will ye march with O'Neill to an Irish battle field? (¿Marcharás junto a O'Neill (*) hacia un campo de batalla irlandés?)
For tonight we go to free old Wexford town! (¡Para que esta noche vayamos a liberar la vieja ciudad de Wexford!)

Said I to that soldier lad (Así que le dije a esa soldadita)
"Won't you take me to your captain (¿Podrías llevarme ante tu capitán?)
T'would be my pride and joy (Sería para mí un orgullo y motivo de alegría)
For to march with you today. (Desfilar hoy contigo)
My young brother fell in Cork (Mi hermano menor cayó en Cork)
And my son at Innes Carthay!" (Y mi hjo en Enniscorthy)
So to the noble captain I did say: (Así que al noble capitán le diré:)

I will stand in the band like a true Irish man, (Estaré con el grupo como un auténtico irlandés)
And go and fight the forces of the crown (Para ir a combatir a las fuerzas de la corona)
I will march with O'Neill to an Irish battle field (Marcharé junto a O'Neill hacia un campo de batalla irlandés)
For tonight we go to free old Wexford town!  (¡Para que esta noche vayamos a liberar la vieja ciudad de Wexford!)

As we marched back from the field (Marchábamos de vuelta desde el campo)
In the shadow of the evening (A la sombra del atardecer)
With our banners flying low (Con los estandartes bajos)
To the memory of the dead (En memoria de los muertos)
We returned unto our homes (Volvíamos de vuelta a nuestras casas)
But without my soldier laddie (pero sin mi soldadita)
And I still can hear those braves words that she said: (Y todavía puedo oír esas valientess palabras que dijo:)

Will ye stand in the band like a true Irish man, (¿Estarás con el grupo como un auténtico irlandés)
And go and fight the forces of the crown?  (Para ir a combatir a las fuerzas de la corona?)
Will ye march with O'Neill to an Irish battle field? (¿Marcharás junto a O'Neill hacia un campo de batalla irlandés?)
For tonight we go to free old Wexford town!  (¡Para que esta noche vayamos a liberar la vieja ciudad de Wexford!)

(*) Podría referirse a Denis O'Neill, quien presuntamente asesinó a Michael Collins en una emboscada, aunque me inclino más por Donal O'Neill, pesudónimo usado por Eoin Neeson, un escritor al que se calificó como el Walter Scott de la Isla Esmeralda).