Apocalypse de Albert Goodwin(1903). Sencillamente, me gusta.
Madrid, sus malsanos políticos y su juventud ebria y gritona me generan pesadillas en sueños y en vigilia. Urbe sin alma, o mejor dicho, con más de 3,5 millones de andróginas almas disgregadas, dispersas, dispares, solitarias, perdidas, individuales y ningún corazón que lata por todas ellas al unísono.
No es de extrañar, pues, que los ruidos en la noche, que las sombras en las esquinas de las calles, que la intensa quietud del conticinio provoque más inquietud que paz y más ansiedad que calma, de modo que la imaginación se desata ante el miedo al miedo.
Sólo el Metro me tranquiliza un poco. Es entrar por una de las 303 bocas que tiene el Gran Gusano Subterráneo de 275 kilómetros de red y envolverme una calidez arropadora de una maternal manta en plena noche invernal. Me permito sonreír deambulando por los coloridos túneles, disfrutando de la fauna humana que se cruza conmigo o que me adelanta con sus prisas absurdas para acabar encogidos entre cientos de cuerpos que retan impasibles la impenetrabilidad de sus físicas.
Estación fantasma de Chamberí en el Metro de Madrid, en una imagen de Turismo de Madrid
El olor es intenso, aunque no nauseabundo y sirve perfectamente para cobrar conciencia de que uno está vivo.
El exterior, sin embargo, es caos discordante; un vicioso teatro que recrea cientos de miles de obras simultáneas sin apenas público descreído y demasiados actores egoístas que juegan a ser minúsculos dioses carentes de poder.
Pero, el implacable tiempo habla de que en Madrid lloverán cuerpos ensangrentados que chocarán contra el suelo haciendo astillas sus huesos y papilla sus órganos internos. Una torrencial tormenta de fuego y metralla en abrasadora danza de pureza tangencial borrará las grandes avenidas solitarias. Sólo las ratas osarán adueñarse del mundo externo mientras la violencia se desata en las calles con muerte y rabia... De nuevo.
La ira divina desatada sin razón ni motivo. Otra vuelta de tuerca y vuelta a empezar.
EL ÚLTIMO
En plena noche; en mitad de la noche,
un ave inmensa y lenta escupió su gorjeo final.
Se fundía con las sombras grises y negras
mientras su enorme cuerpo de plumas de fuego violeta
se agitaba oscilante de atrás a adelante
dejando escapar con tristeza inmortal su vida.
Y la tiniebla que la ocultaba de miradas indiscretas
la arropó en su último paso vacilante.
Alzó la vista líquida del suelo brillante.
Una súplica al cielo antes de extinguirse
y transformarse en estatua de densa ceniza.
El viento meció sus crines con un crujido.
La garganta seca ansiaba la dulzura de la sangre,
pero de su afilada boca no salió ruido alguno.
Nunca más. El mundo pierde. Jamás volverá.
El último invisible ante la indiferencia general
flota con su primer y postrero vuelo
hacia un cielo oculto y vaciado de estrellas.
Completado el singular declive, de su cadáver
nace vida nueva que ignora involuntaria su origen.
Gira la noria con agua renovada
mientras el río fluye consumiendo el tiempo
en un espacio mínimo. Sencillo. Latente.
Este canto me sobrevino la pasada madrugada. Y juro que escuché ese grito de agonía que sonaba a tremenda soledad, parecido al grito estertóreo de los zorros en celo durante las noches de febrero. Una despedida sagrada. Y allí en el centro del parque, entre árboles sin hojas, pero en los que asomaban ya los primeros brotes primaverales, me imaginé al tristísimo monstruo que se iba.
Sus alas eran prolongadas guadañas apoyadas en tierra y el vientre medio enterrado estaba cubierto de un plumaje largo y gris-morado, similar al musgo español de los robles sureños que aparecen en las películas del dulcemente amargo Sur Confederado.
Robles sureños cubiertos de musgo español en Orlando (Florida) en una imagen de expedia.es
De golpe, se quedó inmóvil y pasó a ser una estatua fusionada con su entorno hasta que desapareció de mi vista como frondosa vegetación en la que se había transformado. Luego el viento disipó el embrujo devolviendo asfalto y cemento a sus fueros.
Me da la sensación que la protagonista de mi visión era hembra. De ahí la densidad de su tristeza, porque con ella desaparecía tanto la herencia de su estirpe como también la promesa de su progenie. No sólo era la última; es que no habría nunca más nadie como ella. Por eso escojo el tema Mná na hÉireann de The Chieftains, porque me ofrece el mismo aire melancólico, como si hablara de las últimas mujeres de Irlanda.
Los Negativos, en una imagen cogida (al igual que la letra de la canción) de juanroyo.blogspot.com
También os incluyo un tema de Los Negativos, titulado Graduado en Underground, porque este grupo barcelonés es único en su especie, y siempre me ha dado la impresión de que rompieron el molde al descomponerse. Lo formaron en 1984 Alfredo Calonge (voz y guitarra), Carles Estrada (voz y bajo), Roberto Grima (guitarra) y Valentín Morato. De los cuatro ya no están ni Alfredo ni Valentín. La mitad, como ocurre con The Who, sólo que muchísimo antes de tiempo. Demasiado pronto.
Graduado en Underground
Vive en una casa del Estado; nadie sabe bien su dirección: vive en el 13, pero el 1 cayó hace un mes. No le gusta que la gente le moleste. No quedó una sola puerta en su cabeza. Cubrió la pared con fotos de Elliot Ness. Así es él. No quiere hablar de historias que han quedado atrás ¿Qué vale más [que] un solo instante de verdad? Allí está, escuchando discos de los Seeds. Debes saber que es el graduado en underground. No busques más su número en la guía: hace meses que no paga ni un recibo. Ve el mundo girar escondido tras su gafas de color. Cada sábado sin falta a la 1:00 resplandece su camisa bajo el sol. Su única pasión en un mundo sin color es ser él. No quiere hablar de historias que han quedado atrás ¿Qué vale más [que] un solo instante de verdad? Allí está, escuchando discos de los Seeds. Debes saber que es el graduado en underground.
Recuerdo que cuando estaba estudiando en Pamplona y yo comencé a escribir cuentos, relatos y demás inquietudes juntando como buenamente podía letras y más letras, mi padre, Luis Martínez Hellín, me sorprendió enviándome una carta en la que me comentaba que tenía redactado un cuentecito cargado de sorna, gracejo y buen humor y que me lo remitía con mucho cariño. Lo leí y me gustó. Me agradó su redacción (que sobrepasaba con creces a la mía), tuve envidia de su arte, y me acabé diciendo que algún día lo iba a publicar (siempre de forma gratuíta) en cuanto tuviera la oportunidad.
Este blog, sin lugar a dudas, me va a servir para esa meta en cuanto me sea posible (tiene que estar oculto en algún rincón de mi oscura, amada y profunda casa).
Pero lo que vengo a trasladar en esta ocasión es otra sorpresa. Una buena amiga, Auxi Fernández, tuvo una idea genial. Es una de esas madres que no tienen el menor reparo en participar en el colegio donde cursan sus hijos, y así fue que le pidieron el favor de ir a leer varios cuentos a distintas clases con motivo del Día Internacional del Libro (instituido el 23 de Abril). Evidentemente, aceptó. Y como es de espíritu inquieto (¡oh, sí que lo es, sí!) y odia el camino fácil, prefirió aportar su granito de arena para convertir un acto nimio, común y habitual en algo especial, en lugar de limitarse a coger un libro y narrar con distintas voces y poses algo que otro había escrito.
Se le ocurrió, por tanto, crear su propia historia con el fin último de intentar hacer ver a todo un aula de infantes lo interesante que podría resultar una lectura. No sólo eso. Se trata de una historia que es perfectamente adaptable a cualquier clase de cualquier colegio del mundo. Basta con modificar un poco los nombres de los alumnos, el de los centros educativos donde se pueda leer o el de la ciudad en los que se enmarquen.
Tiene una manera fresca de expresarse. Escribe tal cual habla, sin grandes pretensiones, pero con mucha imaginación. Hoy (7 de Abril de 2014) lo ha leído por vez primera en la clase de su hijo, Jesús, y parece que ha sido todo un éxito entre sus (muy) jóvenes oyentes. Una vez que ya lo ha estrenado, le he pedido permiso para publicarlo aquí, y me ha concedido la gracia, lo que implica que cualquiera de vosotros puede usarlo para la misma finalidad.
He de decir que yo únicamente aporté un poco de forma escrita a la narración hablada, que queda como sigue:
Imaginaos un día cualquiera. Por ejemplo, el 23 de abril de 2014. Es por la mañana y todos los niños van entrando al Colegio:
—¡¡¡Bien!!!! Hoy toca educación física —exclama un niño de 8 años llamado David Murillo.
Y se oye luego a varios de sus compañeros de clase que le hacen eco:
—¡E-du-ca-ción fí-si-ca! ¡E-du-ca-ción fí-si-ca!
Todo son prisas, carreras por las escaleras, risas, alboroto, hasta que por fin entran en el aula.
¡¡¡¡Anda, es verdad!!!! Se me olvidaba decir dónde estamos. Hablamos del Colegio Pablo García Baena, que está en Córdoba, y en concreto de una clase, 3º B, y de un suceso que ocurrió hace ya algún tiempo.
Un curioso y extraño hecho que intentaré explicaros, pero, ¡claro! ha pasado ya tanto tiempo que, a veces, los recuerdos y los nombres puede que me fallen. Pero, bueno, intentaré ser todo lo fiel que pueda a aquella historia asombrosa. Y si en algo me equivoco espero que seáis benévolos y podáis perdonar a ésta vuestra narradora de unos acontecimientos que fueron reales, verdaderos y ciertos. Estad atentos.
Como iba diciendo, el día transcurría de forma normal: cono, mates, lengua, ejercicios, más ejercicios, el recreo, la merienda, educación física... La verdad es que todos tenían ganas de aprender sí, pero quizá más ganas de reír, de jugar o de saltar. Por eso, se podría decir que había cierta inquietud y una extraña sensación en el ambiente. Así que los chavales aprovechaban cualquier descanso entre clase y clase para comentar cosas con los compañeros y compañeras:
Y así parecía transcurrir todo:de lo más normal y sin cambios. Hasta que una profesora cuyo nombre ahora mismo no recuerdo entró en la clase debido al alboroto que se estaba formando en el cambio de hora.
—¡A ver! ¿Qué pasa aquí?
Se produjo un silencio total.
—Vamos a ver. Ahora que estáis calladitos os voy a comentar un tema importante. Mañana hay que presentar sin falta a la Consejería de Educación un trabajo sobre los castillos en España y en el resto del mundo. Quiénes vivían en ellos, cómo se abastecían sus habitantes de comida, las costumbres de la época, los caballeros y damas que vivían en ellos.... En fin, un trabajo complejo que requiere de la ayuda de toda la clase.
¡Oh, oh! Eso sonaba a muchísimo trabajo...
—El único problema es que hay que presentarlo con urgencia, así que, por favor, tenéis que ir a la biblioteca. Y para trabajar más rápido y mejor tenéis que formar pequeños grupos—comentó la profesora.
Y ésas fueron las palabras mágicas para que se formara el lío padre:
—¡Oye, yo contigo y tú conmigo!
—¡Jesús, tú en mi equipo! —Dijo Ignacio.
—Vale —le contestó el avispado chaval—. David, Carlos, veniros con nosotros.Verónica, Paula, Laura y Hada formaron otro grupo.
En fín, que toda la clase fue haciendo pequeños grupos y con la ayuda de la seño se repartieron las tareas a investigar.
Así que todos se marcharon a la biblioteca y, poco a poco, se fueron elaborando pequeños trabajos de investigación. Unos empezaron a buscar libros sobre las estrategias en la batalla, otros sobre las vestimentas (ropajes, armaduras, corazas, botas, sombreros....), otros sobre los alimentos y la forma que había de conservarlos en los castillos. Y, paso a paso –casi sin darse cuenta—los chicos se fueron interesando más y más en descubrir ese estilo de vida medieval tan lleno de detalles que lo hacen único y, a la vez, tan parecido al nuestro. Porque a esta clase, en concreto, le gustaba bucear en los libros, buscar y descubrir formas de vida diferentes, viajar con la imaginación y sin moverse del sitio a lugares muy remotos. Digamos que era una clase especial en este sentido.
—¡Mirad todos! Así se preparaban para los banquetes reales.
—¡Hala!
—¡¡Guau!!! Ésta es una fotografía real del castillo de Averdeen, en Escocia.
—Y mira ésta otra del Castillo de Almodóvar del Río, en Córdoba, ¡qué chulada!
—¡Qué pasada, mirad cómo era una armadura real, y cuánto pesaba.
—¡Mirad! —Dijo Pilar—, aquí hablan sobre la magia y la brujería en esa época.
Y entonces empezaron todos a hablar sobre el poderoso mago Merlín y la famosa Mesa Redonda del Rey Arturo, y de luchas entre los clanes por conseguir el poder y la tierra.
De repente, Laura cogió un libro un tanto peculiar de la biblioteca. Estaba escondido entre muchos otros tomos sobre biología y ciencias, pero tenía la pasta un tanto diferente del resto. Yo diría que el libro estaba incluso escondido, oculto detrás de un muro. Pero el paso de los años y las diferentes obras que se habían ido haciendo para mejorar la biblioteca al final consiguieron que el ladrillo que lo cubría cediera y lo dejara al descubierto.
Vicente, que estaba a su lado, le dijo:
—¡Pero qué libro más raro!
—Es cierto —dijo ella—. Espera que lo voy a abrir.
—Aguarda un momento —respondió Vicente—. Vamos a enseñárselo al resto de la clase. ¡Venid, mirad esto!
Todos se apiñaron a su alrededor y miraron con curiosidad el libro que Laura sostenía entre sus manos. Mostraba un anagrama en la carátula muy, pero que muy extraño, con la forma de un árbol de ramas altas y un sinfín de retorcidas raíces. Y, claro, Laura lo tocó, y lo tocó, pasando la mano por cada una de las raíces y de las ramas que parecían salirse como una prolongación del libro. Y al tocar ese extraño objeto incrustado en la cubierta todo se quedó a oscuras por un momento.
Hubo gritos, risas y caídas.
Entonces, Vicente fue corriendo a encender la luz pero no pudo, porque la habitación había cambiado por completo. No estaba el interruptor y terminó tropezándose con algo parecido a una escoba.
—¿Pero qué es esto? —Exclamó extrañado.
Entonces, la habitación se fue iluminando poco a poco de nuevo y cuando sus ojos se acostumbraron del todo a la luz, comprobaron que ya no estaban en la biblioteca del colegio.
¡Pero no sabían dónde se encontraban!
Hay que reconocer que al principio todos se inquietaron bastante. Ignacio tomó el mando de la situación y dijo muy alto para que todos lo oyeran:
—¡Vamos a tranquilizarnos, porque nada se resuelve dando gritos ni llamando a mamá y papá!
Y, aunque estaban asustados, sabían que en el fondo Ignacio llevaba razón. Al fin y al cabo, todos tenían ya entre 8 y 9 años, y no eran niños de Infantil. Así que debían de tener un comportamiento maduro, de mayores, para poder afrontar esta situación. Había que relajarse, y pudieron serenarse paulatinamente.
Gracias a eso, al menos todos pudieron tener dos ideas claras: la primea era que debían de permanecer unidos; nada de separarse. Y la segunda, que estaban dentro de una especie de biblioteca, pero muy antigua, con una escalera de caracol que permitía subir al piso superior plagado de estanterías repletas de libros. Había también una gran mesa hecha de una madera maciza, de roble por lo menos.
Lo más curioso era que todo les resultaba extraño, pero a la vez casi todos los muebles, la decoración, los cuadros les resultaban familiares, pero ¿de qué? Se quedaron pensando intentando recordar hasta que Jesús se quedó mirando fijamente un cuadro y, de repente, entendió en qué lugar estaban. Y la verdad era que la mayoría de ellos la conocían, aunque nunca antes habían pisado aquel lugar.
—¡Rápido venid! ¿No os habéis dado cuenta? Estamos en la biblioteca de la Escuela de Magia de Howarts.
Pero entonces todos se fijaron mejor en los libros que había en la estantería: “Magia para alumnos de primer curso”, “Cómo usar una escoba w2.0”, “Pociones para triunfar en el amor”, “Conjuros y hechizos de efecto retardado”. Y, entonces,cuando comprendieron que la teoría de Jesús podía tener algún sentido, la puerta se abrió y el mismísimo Harry Potter, junto con Hermione y Ron, entraron por la puerta y exclamaron:
—¡Por fin os encuentro! Ya no sabía por dónde más mirar.
La cara que pusieron todos era de “NO ME LO PUEDO CREER”. Las preguntas comenzaron a brotar de algunos labios, y digo algunos, porque la mitad de la clase se había quedado MUDA del todo y sin saber muy bien si lo que estaba ocurriendo era la realidad o el fruto de su imaginación. Porque, si lo pensáis bien, aquello era imposible que fuera verdad. La biblioteca de la Escuela de Magia de Howarts era un lugar inventado, no era real. Pero, claro, a esas alturas ya nadie sabía dónde estaba la realidad y dónde la ficción.
—¿Dónde estamos?
—¿Y el cole?
—¿Y los profesores?
—¿Esto es una broma, no?
—¡Tranquiiiiloooosss! —dijo Harry Potter—. Esperad que os cuente. Era necesario que nos trajésemos a Howarts a toda una clase de un colegio del mundo real. A ser posible un grupo numeroso.
Los niños permanecieron callados. Harry Potter sabía que todo había sido demasiado rápido y que apenas les estaba explicando lo que sucedía, y eso estaba poniendo cada vez más nerviosa a toda la clase. Así que respiró profundamente, les pidió que se sentaran alrededor de él y comenzó a decir:
—Hola a todos, mi nombre algunos ya los conocéis, pero para los que no lo mejor es que me presente: soy Harry Potter y esto es la Escuela de Magia de Howarts. ¡Sí, sí! Ya sé que pensabais que esto no era real y que había salido de la imaginación de una escritora. La verdad es que mi mundo está lejos de vuestra realidad, pero no por ellos no existimos. De hecho, vivimos en vuestra mente, en vuestra imaginación, y todo cuanto acontece en nuestra vida es real gracias a que vosotros, los humanos, lo leéis y lo sentís.
Harry Potter hizo una pausa para ver si le estaban entendiendo, y como nadie hizo preguntas, continuó con voz tétrica:
—Pero está sucediendo algo terrible. Algo que ni la magia más grande de Howarts puede arreglar. Como algunos de vosotros sabéis, yo tengo un enemigo terrible, Lord Voldemort, que es un mago oscuro y malvado. Lo único que quiere es dominar el mundo mágico para imponer sus ideas de eliminar a los muggles, que son los humanos que carecen de habilidades mágicas, y que sólo queden los magos de sangre pura. Su verdadero nombre es Tom Marvolo Riddle.
Algunos de los niños habían soltado exclamaciones de asombro, porque no se esperaban poder encontrarse con alguien tan perverso y peligroso como Lord Voldemort.
—Él sabe que siempre, siempre, siempre en este mi mundo imaginario el bien vence al mal—continuó diciendo el chico que tenía una cicatriz con forma de rayo en la frente—. Y por mucho que él lo intente la luz prevalece sobre las tinieblas y el mundo oscuro que él quiere crear. Y está ya tan harto de salir siempre derrotado que ha realizado el peor conjuro que jamás se ha inventado ni dicho; El conjuro “Non existere numquam”, el conjuro del No existir nunca.
Se produjo un silencio tan denso que se podría cortar con un cuchillo. Harry Potter continuó con su explicación:
—Y lo peor de todo es que Voldemort prefiere dejar de existir a seguir perdiendo eternamente la batalla contra el bien. Con ese conjuro tan poderoso y terrible, todo este mundo, todo el mundo de Howarts, desaparecerá. ¿Y sabéis lo único que le hace falta para conseguirlo? —Los niños negaron con la cabeza—. Pues tan sólo le basta conseguir que un grupo de niños elegidos al azar, una clase entera del mundo real como la vuestra, deje de leer durante una semana sin mostrar el más mínimo interés por coger un libro. Es más, que pasen al lado de un libro y lo ignoren por completo.
Hubo algunos, como David y Verónica, que pusieron cara de incredulidad, pero cuando escucharon lo que Harry Potter dijo a continuación, cambiaron totalmente de idea:
—¡Cuidado! Porque Voldemort no ha calculado realmente el mal que va a realizar. Es verdad que la desgana y la apatía comenzará destruyendo Howarts, pero no se va a detener ahí. Va a continuar desintegrando el resto de mundos imaginarios: El de Greg, el mundo de las Crónicas de Narnia, el de Tolkien y el Señor de los Anillos y El Hobbit.....
El joven mago por fin había captado toda la atención de sus pequeños interlocutores.
—Y esto sucedió hace apenas seis días y medio. Voldemort escogió una clase al azar del norte de España (25 niños y niñas de un curso parecido al vuestro) y les ha logrado inculcar la abulia y el desinterés por conocer otros mundos, otras culturas, otras formas de ver la vida, por vivir aventuras, duelos, amores, emboscadas... Y si la magia de la lectura desaparece, Howarts y todo mi mundo se verá abocado a la nada más absoluta. Lo peor de todo es que, por ahora el plan le está funcionando, porque los niños están empezando a olvidar y cada vez que eso ocurre mi mundo desaparece un poco.
Vicente, entonces, exclamó:
—¡Vale, muy bien! ¿Y qué pintamos nosotros aquí, entonces?
Harry le miró sonriendo por encima de las gafas y respondió:
—¡Ah, tú eres el niño que casi me rompe la escoba antes! Pues verás, la respuesta es muy fácil: Os necesitamos para poner en marcha un contraconjuro. Hermione me ha ayudado a buscar una solución que, aunque arriesgada, era la única posible. Escuchad, sólo otro grupo de igual número de niños del mundo real puede deshacer el hechizo de Voldemort. Esta misma noche mis amigos y yo realizamos un conjuro para que una clase espacial del mundo real llegara hasta Howard, un grupo de niños capaces de creer que con la lectura se abre la puerta a un mundo maravilloso y lleno de vivencias increíbles. Yo pedí una clase valiente, inteligente y con ganas de ayudar a los demás y, bueno, la magia insondable os ha traído a vosotros. En fin, me imaginaba a unos niños algo más mayores, pero, por alguna razón, vosotros sois los elegidos.
—¿Nosotros? Pero, si somos una clase normal y corriente. Somos gugels de ésos que has dicho antes. —Se quejó Verónica.
—Verónica, se dice muggles—le contestó con dulzura Harry—. Verás, nadie es exactamente normal y corriente y mucho menos vosotros. De verdad que no sé por qué sois los elegidos, pero yo no cuestiono lo que la magia determina, y hay una razón por la que habéis sido llamados.
—¿Y qué tenemos que hacer? —Preguntó Ignacio.
—La verdad es que no tenemos mucho tiempo, porque el hechizo de Voldemort se incremente y se hace más fuertes a cada momento que pasa, pero nosotros, los seres del mundo imaginario, no podemos influir en los corazones de las personas reales para que el deseo de leer entre de nuevo en sus mentes y corazones.
—Pero seguimos sin saber lo que podemos hacer nosotros. No conocemos a esos niños ni dónde viven ni cómo se llaman —se lamentó Carlos.
—Lo sé, lo sé, tranquilos. Por eso os he tenido que traer aquí. Porque sólo desde el mundo imaginario en el que ahora mismo estáis podéis realizar mi plan. Es sencillo.
Los chavales se aproximaron más a Harry para no perderse detalle.
—Quiero que sepáis que desde este mundo imaginario podéis acceder a sus mentes, pero sólo a través de los sueños cuando ellos duerman, que es cuando es más fácil entrar, y una vez dentro les tenéis que intentar convencer de que leer es la llave para que la magia no desaparezca y de que el mundo entero de Howarts depende de que vuelvan a sentir ganas de tener de nuevo un libro en sus manos, de querer vivir mil y una aventuras, de transmitirles que, a veces, un libro se puede convertir en el mejor acompañante.
Nadie dijo ni una palabra.
—Vale, venid conmigo —dijo Harry Potter.
Todos salieron de la biblioteca y fueron visitando la Escuela de Magia. Era igual que en la película, incluso los cuadros les saludaban al pasar: “¡Hola chicos reales de 3º B!”, les decían, “¡Hola Ignacio! ¿Cómo estás, Hada?”… Pero había habitaciones que ya no existían. Por ejemplo, el famoso comedor con las lámparas colgando llenas de velas había desaparecido por completo y eso era triste, o la sala para aprender a volar en las escobas estaba ya por la mitad. La otra parte sencillamente ya no existía y en su lugar había un oscuro y tétrico negro; un espeluznante vacío que daba miedo. Ése era el resultado de la desgana y la apatía de los niños hacia la lectura.
Por fin llegaron a un salón cubierto de tapices y donde estaría a salvo de los efectos de la desgana, allí Harry les dijo:
—En círculo debéis de sentaros y daros las manos. Dentro de poco llegará la hora de dormir para la clase embrujada y es el momento idóneo para entrar en su mente y lanzarles un mensaje que sólo vosotros podéis hacer, porque en el sueño la conciencia baja la guardia y el mago maldito deja de tener poder sobre ellos.
—Eso es muy difícil —comenzaron todos a protestar.
—Yo no puedo —señaló uno.
—Yo no sé —dijo otro.
—Yo quiero volver a casa —gimoteó un tercero.
—Sólo puedo deciros que si sois vosotros lo elegidos entre todos los niños del mundo será por algo. Pero si no nos ayudáis, todo este mundo se esfumará y nunca más se oirá el nombre de Hermione, Ron, Albus Dumbledore o incluso el mío.
Dicho esto, Harry les entregó a todos y cada uno de ellos un extraño medallón con el mismo símbolo que aparecía en el libro que Laura cogió de la estantería del cole, el árbol con grandes raíces.
—Significa la unión entre los dos mundos, el real y el imaginario —explicó el joven aprendiz de mago—. En muy pocas ocasiones debe de abrirse el canal entre ambos mundos, y sólo en los casos de muy grave necesidad se abre. Cada uno de vosotros conectará con el sueño de un niño o niña concreto de la clase embrujada por Voldemort, y cada uno de vosotros seguramente conectará con el que sea más parecido a vosotros, y así la conexión entre cada pareja será más fuerte y el contagio de las ganas de leer será igualmente mayor.
—¿Y es peligroso? —Preguntó muy preocupada Pilar— Si Voldemort nos descubre, ¿no nos hará daño?
Harry no contestó enseguida. Se había puesto muy serio.
—Supongo que sí, que es peligroso, Laura. Lord Voldemort es verdaderamente malvado, como lo demuestra su rostro monstruoso y pálido, y yo no puedo obligaros a ayudarnos. Lo dejo en vuestras manos.
Todos comprendieron que la labor que Harry les estaba encomendando era francamente difícil, pero todos supieron también que, al menos, había que intentarlo. En sus corazones el veneno del miedo dio paso a un valor que no conocían, porque entendieron que la ayuda a los demás es fundamental en la vida. Y ocurrió que todos, sin mediar palabra, se miraron unos a otros y supieron que las cosas, al menos, hay que intentarlas.
Harry sonrió agradecido y empezó a comprender que cuando en su conjuro había solicitado chicos dispuestos a hacer el bien por los demás, estaba pidiendo justamente eso, generosidad, y por fin comprendió por qué los de la clase de 3º B habían sido los elegidos.
Todos a una cogieron sus medallones y comenzaron a concentrarse. Harry, para ayudarles, les dijo:
—Tenéis que pensar en aquella historia o libro que os haya enganchado de verdad, que os gustara tanto que tengáis una conexión muy, muy fuerte con él. Pensad en la risa que os provocó, el escalofrío de miedo que sentisteis al leerlo o ese cosquilleo en el estómago que provoca lo desconocido. Recordad ese deseo enorme de volar sobre un dragón o de querer ser caballeros en una batalla o bien guerreras que salvan a todo un pueblo. Después tenéis que infundir a ese niño que os ha tocado el deseo de leerlo también, contagiadles las ganas de que crean en mundo imaginarios, en gigantes, piratas, pueblos mágicos, elfos y hadas, guerreros valientes y en mujeres fuertes e inteligentes que saben cómo vencer al enemigo. Pero hacedlo rápido, porque la desgana avanza y no quiero que nos acabe atrapando.
Guiados por las palabras de Harry, todos ellos comenzaron a pensar e imaginar rápidamente. Unos recordaron las historias de Batman o Superman; otros tendieron hacia los mundos imaginarios (y un poco terribles) del Señor de los Anillos o del Hobbit; algunos sonrieron rememorando las aventuras Mortadelo y Filemón… Y todos y cada uno de ellos volvieron a sentir y a disfrutar recordando. Incluso se escucharon algunas risas, a pesar del riesgo que estaban corriendo.
La verdad era que costaba trabajo concentrarse y entrar en los sueños de los otros niños. Y la razón era que algunos de los embrujados estaban demasiado aferrados a su desgana y no consentían que la ilusión por la lectura les fuera contagiada. Además, a algunos de ellos se les apareció de repente la cara blanquecina, viscosa y sin nariz de Lord Voldemort para infundirles el miedo en el alma. Pero los chicos y chicas de la de 3º B aferraban fuertemente el medallón en las manos y se animaban unos a otros:
—¡Venga, vamos que podemos!
—¡Ánimo!
Y, de repente, toda la concentración de aquellos valerosos niños provocó un ruido impresionante en la sala en la que estaban. Las paredes retumbaron y crujieron y parecieron rajarse de arriba abajo, hasta que la densa oscuridad que lo invadía todo dio paso a la suave luz de la mañana. El sol salía en paz y era un amanecer precioso.
Harry entró en la sala y gritó feliz:
—¡Lo habéis logrado! ¡Lo habéis conseguido! Ahora sólo resta que un niño abra su primer libro, sólo eso. Vosotros ya habéis sembrado la semilla y sobre esa base ellos deben de dar el primer paso… Pero ¿cuándo sucederá? —Se preguntó a sí mismo Harry—. Eso sólo depende de él.
Todos esperaban impacientes noticias, y Harry se estaba poniendo cada vez más nervioso por momentos. Sus elegidos del mundo real habían cumplido su parte de la misión, es decir transmitir el deseo de la lectura a esa otra clase embrujada, pero el resto no dependía de ellos, ni siquiera del propio Harry.
El tiempo transcurría y ya quedaba poco para el plazo final. Si antes del mediodía cualquier niño o niña de la clase hechizada por Voldemort no abría un libro por propia iniciativa, todo estaba perdido. Entre tanto, los niños de 3º B se pasearon por los edificios de Howarts y vieron los baños y las clases, y la sala de pociones mágicas, pero veían horrorizados cómo poco a poco todo iba desapareciendo y sin más dejaba de verse. Harry empezaba a estar realmente asustado y su miedo era contagioso.
En el reloj de la Escuela de Magia sonaron las doce menos cuarto y todos ya en la sala de la biblioteca esperaban el inevitable desencadenante.
Y entonces, como en un hechizo, Harry empezó a narrar con los ojos cerrados:
—Veo a una niña llamada Julia… Una niña a la que ayer alguien le estuvo hablando de Howarts… Una niña que desde que ha llegado al colegio siente una enormes ganas de ir a la biblioteca a conocer mi mundo, pero siempre hay algo que la detiene…
El conjuro de Harry permitió que los niños de 3º B también tuvieran la misma visión mágica que Harry y así pudieron contemplar a Julia con una de sus amigas que le decía:
—¡Anda ya y pasa de ir a la biblioteca! Mejor te vienes conmigo a hablar con Estela.
Así que, guiados por el joven mago, todos ellos comenzaron a pensar
“Julia, ¡vamos! Abre cualquier libro, ¡venga!”
Pero Julia duda y no sabe bien qué hacer. Por un lado, le apetece ir con sus amigas, pero, por otro, la curiosidad que tiene por el mundo mágico de Harry Potter le impide bajar las escaleras hacia el patio. Y de repente Julia responde a su amiga:
—Vete tú al patio, que yo iré en un momento.
Así que la chica de la visión de Harry sube un piso más hacia la biblioteca del colegio, pero justo cuando va a abrir la puerta el jefe de estudios la llama:
—¡Julia! ¿Qué haces? ¿No deberías ir al recreo?
De nuevo la niña duda. De repente se le ha olvidado lo que quería hacer, pero logra reponerse y le contesta al jefe de estudios:
—Un momento. Es que quiero comprobar una cosa, ¿puedo?
—Sí, venga. Pero cuando termines cierra la puerta, ¿de acuerdo?
Por fin Julia entra a la sala y se dirige a la estantería, pero la duda otra vez la invade y se para en seco mirando los libros como hipnotizada.
—¿Qué le pasa? ¿Por qué no se decide de una vez a coger el libro? —Se preguntó enfadado Vicente.
—Es Voldemort que hasta el último instante va a hacer todo lo posible por conseguir su malsano objetivo —respondió Harry—. Está intentando que en vez de elegir un libro escoja una película.
“¡¡¡NOOOOO!!!!”, pensaron todos. “¡No lo hagas! ¡Tienes que abrir el libro! ¡El que quieras! ¡Vamos, venga!”
Los niños de la clase de 3º B aprietan con fuerza el medallón, cada uno el suyo, todos con el mismo pensamiento.
Pero Julia dirige sus pasos hacia el mueble de los DVD y, entonces, una fuerza que ella no sabe de dónde procede le obliga a cambiar de parecer. Su mirada se despierta y parece cada vez más limpia. Regresa hacia la estantería y levanta la mano hacia un libro con un título atractivo y extraño: “La historia interminable”. Por fin sus dedos rozan el lomo…
—¡¡¡¡ABRELOOOOOOOO!!!! —Gritan todos.
El tiempo parece detenerse y Julia cierra los ojos, respira profundamente y con una lentitud exasperante abre por fin el libro.
De repente, todo se vuelve oscuro…
Isabel, que es la profesora que les había encargado el trabajo sobre los castillos al principio de esta historia, ¿os acordáis?, entra en la biblioteca y dice a los sorprendidos chicos y chicas de 3º B
—¿Pero se puede saber qué hacéis? ¿Habéis terminado ya el trabajo? ¿Por qué está todo tan en silencio?
Los niños se miran unos a otros sin entender. ¿Y Harry? ¿Y Julia? ¿Qué ha pasado?
Curiosamente, los trabajos sobre los castillos estaban todos perfectamente hechos. Nadie dijo nada, ni siquiera quisieron hablar delante de los profesores. Pero en el recreo se junta toda la clase.
—¿Pero qué ha pasado? Se atrevió a preguntar Verónica.
Todos empezaron a hacer conjeturas, pero las cosas eran cada vez más confusas.
Dieron las dos de la tarde, y lo que hasta entonces les había parecido tan real como la vida misma ya empezaban a creer que lo hubieran estado soñando, y el ajetreo del día hizo que la noche llegara pronto.
La mayoría no podía dormir pensando en lo ocurrido. No obstante, el cansancio por la maravillosa aventura vivida hizo que, finalmente, los párpados se les cerraran a todos de forma progresiva, y entonces todos los niños de 3ª B tuvieron el mismo sueño:
Estaban en Howarts de nuevo y Harry Potter les explicó que todo había salido muy bien. Julia, al abrir el libro, había roto por completo el hechizo de Lord Voldemort y, así, de nuevo el mundo imaginario volvió a cobrar forma, renovándose otra con más belleza que antes.
Julia fue la primera en abrir el libro. Después de ella lo hizo Antonio y luego Mario, Pedro, Enrique, Julio... Todos volvieron a sentir ganas de leer y a disfrutar de la lectura. Y todo gracias a ellos, gracias a su generosidad y valentía y por haber sido capaces de creer en él, en Harry Potter y su maravilloso mundo.
A la mañana siguiente, cuando todos volvieron al colegio y comentaron el sueño entre ellos supieron que algo mágico había ocurrido esa misma noche. Y, sin que nadie hubiera sabido cómo, en un intercambio de clases, se dieron cuenta de que había aparecido dibujado en la pizarra el árbol con las raíces; el símbolo de la conexión entre los dos mundos.
Y ellos eran verdaderamente merecedores de tal símbolo.
Creo correcto incluir un tema que me entusiasma y despierta en mí anhelos de magias envueltas en brumas vaporosas, donde acecha el peligro tanto como el placer: "She moved trought the fair", cantado por Van Morrison al cadencioso y oportuno compás que le marcan ese grupo increíble de músicos celestiales apodados The Chieftains.
La letra y su traducción: She moved trought the fair (Se movió como un hada) My young love said to me (Mi joven amor me dijo) My mother won't mind (que mi madre no la tiene en cuenta) And my father won't slight you (y mi padre te menosprecia) For your lack of kind (por tu falta de clase) Then she stepped away from me (Entonces ella se apartó de mí) And this she did say (Y esto fue lo que dijo:) "It will not be long love, ("No habrá más amor) till our wedding day". (hasta el día en que nos casemos") She stepped away from me (Se apartó de mí) and she moved through the fair (y se movió como un hada) and fondly I watched her (y con cariño la miré) Move here and move there (moverse de aquí para allá) Then she made her way homeward (a continuación tomó el camino de vuelta) with one star awake (evocándome a una estrella) As the swan in the evening (como el cisne en la noche) moves over the lake (se mueve en la superficie del lago) I dreamt it last night (Soñé la pasada noche) That my dead love came in (que mi amor muerta regresaba) So softly she moved (se movía tan suave) That her feet made no din (que sus pies no hacían ruido alguno) Then she came close beside me (Entonces se colocó cerca a mi lado) And this she did say (y esto fue lo que dijo:) "It will not be long love, ("No habrá más amor) till our wedding day". (hasta el día en que nos casemos")
Un toque de Mod-ernismo nunca viene mal. Me ha costado un pelín buscar algo para esta entrada, aunque una vez conseguido, creo que le da mucha chispa. Un tema de Frank Wilson titulado "Do I love you" (por cierto de 1966, ¡gran añada, vive el Gran Mod-ernista!). Es pura delicia...
Letra (y traducción, por supuesto) Do I love you? (¿Te quiero?) Here I am on bended knees (Aquí me tienes postrado de rodillas) I lay my heart down at your feet (y arrojo mi corazón a tus pies) Now do I love you (ahora, ¿te quiero?) All you have to do is ask (Todo lo que tienes que hacer es pedir) I'll give until there's nothing left (te lo daré hasta que no me quede nada) do I love you (¿te quiero?) As long as there is life in me (Tanto como me dure esta vida) Your happiness is guaranteed (tu felicidad está garantizada) I'll fill your heart with ecstasy, forever darling (Voy a llenar tu corazón de éxtasis, para siempre, cariño) Do I love you? (¿te quiero?) Do I love you? (¿te quiero?) Do I love you? (¿te quiero?) Indeed I do Indeed I do (de hecho, lo hago; de hecho, lo hago) The very thing that I want most (La cosa que realmente más quiero) Is just to have and hold you close (es tenerte y mantenerte cerca) Do I love you? (¿te quiero?) From early morning until late at night (Desde temprano por la mañana hasta bien entrada la noche) You fill my heart with pure delight (llenas mi corazón de puro gozo) Do I love you? (¿te quiero?) whenever I lay me down to sleep (Cada vez que me voy a acostar) I pray the Lord your soul to keep (ruego al Señor que cuide tu alma) And bring you home safe to me, for ever darling (y te traiga a casa a salvo conmigo, para siempre, cariño) Do I love you? (¿te quiero?) Do I love you? (¿te quiero?) Do I love you? (¿te quiero?) Indeed I do, sweet darling, indeed I do (de hecho, lo hago, dulce cariño; de hecho, lo hago) Now whenever I lay me down to sleep (Y ahora cada vez que me voy a acostar) I pray the Lord your soul to keep (ruego al Señor que cuide tu alma) And bring you home safe to me (y te traiga a casa a salvo conmigo) for ever darling (para siempre, cariño) Do I love you? (¿te quiero?) Do I love you? (¿te quiero?) Do I love you? (¿te quiero?) Indeed I do, little darling, indeed I do (de hecho, lo hago, pequeña mía; de hecho, lo hago)
Aquí tenemos otra historia escrita en mis inicios que se enmarca en la famosa Batalla de Elviña, muy cerquita de A Coruña. Por entonces, carecíamos de Internet y no podíamos acceder de inmediato a importantes detalles, como puede ocurrir ahora, para recrear una narración. Así que las fuentes que se usaban provenían de oriundos de un lugar que habían escuchado historias y que luego te narraban con orgullo mal disimulado, porque su tierra chica formó parte de la Historia, con mayúsculas, modelándola. En Pamplona, mientras estudiaba Periodismo, me codeé con un buen número de gallegos de todo tipo, desde amantes de lo fantástico (curiosamente, los que optaron por carreras de ciencias) hasta los que más se aferraban a una realidad impoluta y que coincidían con los que estudiaban de Derecho. El caso es que uno de ellos (no recuerdo bien el bando al que pertenecía) me contó esta curiosidad de la Guerra de la Independencia española, y yo no desaproveché la ocasión de plasmar mi punto de vista sobre ella en forma de cuento (quien tenga memoria reconocerá detrás también el claro influjo de Barry Lindon, película realizada por Stanley Kubrick en 1975, y que tuve la inmensa suerte de ver en pantalla grande con mi buen amigo Pedro Burzaco en los Cines Iturrama). Se enmarca dentro de la serie "Cuentos Absurdos", he realizado una serie de modificaciones actuales para que adquiriera cierto barniz histórico y se titula:
Representación de la Batalla de Elviña. El cuadro está en la actualidad en el Palacio de Versalles.
EL TAMBORILERO
El capitán Creagh, del Regimiento 51 de Highlanders, miró al cielo del mediodía, en el que se empezaban a formar nubarrones, aunque el sol se hacía notar a través de los cada vez más escasos claros que, de cuando en cuando, se abrían allá en lo alto. Se había puesto una mano en la frente haciéndole sombra sobre los ojos que, a pesar de todo, guiñaban a la luz. Fue bajando lentamente la cabeza, saboreando el paisaje gallego. Le resultaba increíble el parecido de esta tierra con su natal Escocia. Cuando llegó a España había creído que iba a encontrarse con un secarral desierto y árido y plagado de víboras, pero en vez de arena tenía yerba verde bajo sus pies y en vez de serpientes —que las había, y en abundancia, pero bien ocultas— halló refrescantes ríos donde saciar la sed. Eso sí, la huida del Ejército británico acosado por el mismísimo emperador francés había sido un desastre y también le había mostrado la peor cara de aquel sureño país bajo el frío y la nieve embarrada, por lo que un poco de sol, que era el mismo en todas partes, era muy de agradecer en aquel gris y gélido invierno. Miró hacia la extensión que tenía delante, de espaldas a la costa, y admiró el contraste: verde puro contra azul puro; "una esmeralda junto a un zafiro", se dijo el capitán. Se olvidó finalmente del panorama para fijarse en sus hombres. Gente dura; algunos jóvenes, otros no tanto, y todos valientes y sufridos. Eran soldados escoceses elegidos expresamente para retener a las tropas francesas el tiempo suficiente como para que en retaguardia, allá en La Coruña, el grueso del ejército inglés desembarcara hacia las islas, a casa, para lamer sus heridas y regresar algo más repuestos. Ésa era la idea del general Moore. El viejo militar era un astuto y curtido hueso bien duro de roer y a los gabachos, como gustaban en llamar los españoles a los casacas azules, se les podía atragantar si se lo intentaban tragar. Su compañía se encontraba a la izquierda del frente inglés, si bien el veterano líder, al frente de la Brigada 95 de Infantería de Fusileros, se había llevado por ahora la peor parte de la refriega. Pero la Union Jack todavía hondeaba orgullosa en el centro de la cuña británica y en aquél de los varios recesos que se suelen producir en mitad de una batalla como aquélla, considerada "civilizada", el capitán se permitió el lujo de contemplar aquel trapo tricolor que abrigaba bajo su maternal yugo a galeses, ingleses, irlandeses y escoceses por igual. De hecho, a su alrededor el Regimiento 50 de Fusileros Reales Galeses estaba siendo despedazado por la artillería desplegada por el indeciso, aunque inteligente, mariscal Soult. Creagh pensó en los pocos de los suyos que sobrevivirían aquel día. Por un momento creyó verlos igual que si fueran carneros caminando hacia el matadero, auténtica y literal carne de cañón; pero luego, enfadándose consigo mismo, desechó la idea. —No. Son hombres —susurró mirando al suelo mientras cerraba la mano en un puño de enojo y vergüenza hacia su persona. —¿Señor? —Era el joven tamborilero Finbar O'Rourke. Un nativo de Cork de apenas quince años, que se había extrañado sinceramente al oír hablar a su lado al capitán. Éste se le quedó mirando un momento. "Por Dios, pero si es un niño", pensó y le apoyó con cariño la mano en la cabeza. —No pasa nada, chaval —le respondió y se alejó en busca del sargento Adair Irwin. Lo encontró departiendo animadamente en gaélico con un soldado raso de nombre Dermoth acerca de las mujeres de pelo pajizo que les aguardaban en su tierra y de lo que él haría en ese mismo momento con una de ellas si la tuviera a mano. Ambos se reían a carcajadas. No en balde, todavía guardaban algunas botellas de vino procedentes del saqueo sistemático realizado en todas las casas que se habían encontrado por el camino en dirección al puerto salvador. —Thoir Toigh!Cum samhach!—Le advirtió entonces el soldado con un ligero acento pastoso y el sargento se giró con una agilidad pasmosa para su gigantesco tamaño cuadrándose ante el capitán. Creagh respondió al saludo con desgana y volvió a pasear la mirada por la zona con los brazos en jarras. —Irwin... De los españoles no se ven ni las sombras. ¡Maldita sea! —Gritó el capitán—. ¿No es ésta su guerra? El sargento miró a su vez en la dirección que contemplaba su superior y se rascó sus rojizas y abundantes patillas.
Aspecto que tiene un highlander del 42
Regimiento en las guerras napoleónicas.
cogido de accionunoseis.org.
—Sin duda, señor. Pero ellos tienen otras batallas que atender. Eso sin contar los que ya han caído junto a nosotros en la retirada y que dos de sus regimientos nos apoyan desde la ciudad —comentó prudente—. En cierto modo, lo nuestro es una escaramuza que no les concierne del todo. El enano corso sabe bien lo que se hace... —¡Así se queden helados los malditos franceses con este frío venido del Infierno! —Respondió el capitán mientras se secaba el sudor con un pañuelo sucio de sangre y ceniza tras quitarse el sombrero. —Señor —exclamó el sargento—, si lo ve conveniente a la tropa se le podría dar un pequeño respiro. Llevamos horas de tensión y de combate y los franceses nos acosan, pero no terminan de atacar. El capitán miró a Irwin con una sonrisa irónica. —¿Cansado, sargento? —¡Dios me libre, señor! En mi familia nunca estuvieron permitidos esos lujos más propios de nobles que de una plebe pobre como las ratas; no sé si me entiende —respondió el aludido casi con indignación—. Lo digo más bien por ellos. El capitán miró a sus hombres, se volvió a cubrir con el sombrero y mientras se alejaba dijo: —Evidentemente, por ellos. Está bien, dé la orden. Pero que los hombres se vayan alternando. Irwin comenzó a gritar bien alto para que toda la compañía le pudiera escuchar sin excesivos problemas. —¡Atención! —Los soldados se tensaron con un entrechocar de talones y armas recogidas en los arsenales coruñeses—. ¡Primer batallón! ¡Sobre el lugar... Descansen! La mayor parte se dejó caer al suelo con satisfacción y comenzaron a charlar como si se encontraran a miles de kilómetros de allí, aislándose del desastre que se cernía a su alrededor. El resto se mantuvo alerta a los movimientos del enemigo, que en cualquier momento podría reiniciar las hostilidades hacia la zona en la que se encontraban, muy próxima a un lugar llamado Pedralonga. Caía la tarde y las sombras se alargaban para devorar con hambre los perfiles de todo lo tangible e intangible. Durante ese mínimo periodo de tranquilidad Finbar O'Rourke contemplaba pensativo su tambor. No comprendía exactamente la razón por la que se había presentado voluntario para aquel suicidio. Quizá fuera porque no tenía familia ni en Irlanda ni mucho menos en España, o quizá creyera bueno transformarse en un héroe y entrar a formar parte de una Historia que se teñía cada vez más de negro bajo la oscura sombra de Napoleón. Un emperador absolutista, con Julio César y Alejandro Magno como principales ejemplos en los que reflejarse, que tuvo sus orígenes en una teórica Revolución del pueblo para el pueblo, y a la que acabó traicionando con un golpe de estado por el bien de una Francia que medraría como nunca gobernada por su férrea mano. Pero la política no le importaba al joven tamborilero ni tampoco a los soldados con los que compartía camaradería y destino y que en ese momento tenían ánimos para bromear incluso sobre la muerte. —¿Os habéis dado cuenta? —Dijo uno de ellos señalando con el dedo por encima del hombro hacia retaguardia—. Esos cretinos han dado por segura nuestra muerte. —¿Por qué lo dices? —Quisieron saber varios a la vez; en sus caras se leía una curiosa alegría. Esperaban que el chiste fuera bueno. —Ni siquiera nos han dejado víveres para la cena de hoy. Por un momento se hizo el silencio y poco después un coro de risas sacó a Finbar de su ensueño. El chaval también sonrió, aunque ligeramente. Creagh contemplaba estas muestras de ánimo con satisfacción. "¡Qué ser tan curioso el hombre!—Caviló—; éstos van a la muerte y se lo toman a broma. Realmente asombroso". Uno de los cabos se le acercó corriendo e hizo el saludo antes de informarle: —Señor, los franceses —tenía la respiración entrecortada por el ansia. —¿Se mueven? —Han formado para el avance delante de nosotros. —Bien. Avise al sargento Irwin. Que se presente de inmediato ante mí —fue hacia el bulto donde se acomodaban sus enseres personales y sacó un catalejo, regalo personal del propio comandante Wesley. Lo desplegó por completo y avanzó unos pasos antes de llevárselo al ojo. A su lado aparecieron el sargento y el cabo. —¿Señor? —Preguntó Irwin en posición de firmes y bastante más despejado que antes. —El general Hope ya debe de estar al tanto, pero envíe a un hombre a darle aviso y esperaremos órdenes —dijo Creagh sin sacarse el catalejo del ojo—. ¡Por San Jorge que vamos a tener un buen baile! Nos tocan unos cuantos... La masa de soldados bajo el mando del muy astuto general Delaborde se desplazaba hacia el valle donde se encontraba la minúscula localidad de Pedralonga. En el centro de las líneas británicas los franceses habían concentrado el fuego de artillería y la batalla allí estaba resultando especialmente dura y sangrienta. "Nos toca de nuevo", se dijo el capitán, mientras calculaba las fuerzas enemigas a las que se tenía que enfrentar en pocos minutos. —¿Cuántos cree que son, señor? —Unos cinco mil... Quizá más —respondió su superior sin inmutarse—. Pero no hay caballería y tienen muy pocos cañones. La orden no vino de Hope, sino del general Leith, que se encontraba a su derecha, y no era otra que acudir al encuentro de los franceses. Por entonces, el general Moore había fallecido en combate, mientras que su sucesor, el general Baird estaba muy malherido, con lo que Hope se hizo con el mando supremo. Pero de eso los escoceses no tenían noticias. —Tenemos trabajo, Irwin, y hay que hacerlo deprisa y bien. El sargento volvió a saludar y se alejó gritando órdenes. La compañía ya estaba preparada y el sargento se encontró a todos de pie y dispuestos para cualquier eventualidad. Sus caras, sin embargo, mostraban una gravedad gris y macilenta y más de uno tuvo que disimular sus náuseas.
Un tamborilero y un gaitero vestidos a la manera de las guerras napoleónicas. Foto cogida de royalgreenjackets.blogspot.com.es.
—¡En formación! ¡Muchachos! ¡Deprisa! Vamos a defender con uñas y dientes el vino que nos hemos encontrado por el camino. Que no caida en manos de los franceses.
Hubo algunas risas, pero enseguida el entrechocar de armas dio paso a un silencio inquietante. La brisa fresca movía los penachos de sus gorras y traía el ruido de cientos de pies avanzando en la distancia y algunas órdenes gritadas en francés.
El capitán Creagh llegó a paso firme y se colocó de espaldas a sus hombres, en primera línea. Detrás de él se situó el sargento, aguardando paciente. Miraba al cielo, pero no rezaba. Su superior le habló sin volverse para mirarle.
—Nuestra compañía abrirá la marcha. Estaremos apoyados por otras dos compañías de fusileros ingleses y galeses que nos flanquearán en el avance —luego elevó la voz para que todo el mundo le escuchara—. ¡Por la gloria de Escocia en nuestros corazones! ¡Quiero que la música suene bien alta por encima de los disparos!... ¡Aaaatención! Creagh desenvainó su espada y los 350 hombres de su compañía comenzaron a escuchar el sonido de una decena de roncones sonando a la vez. Enseguida las gaitas interpretaron "Highland Laddie", la melodía tan conocida por aquellos rudos hijos de la Caledonia céltica. La sangre empezó a bullir en sus venas y sin moverse del sitio comenzaron a marcar el ritmo con los pies. El capitán dio la orden de avance y, al mismo tiempo que entraba el redoble de los tambores, toda la compañía se puso en marcha. Finbar superó el terror inicial gracias a la música. Golpeaba frenéticamente el parche de su instrumento junto a otros cuatro chicos que caminaban a sus lados. Detrás de él iban los soldados con sus fusiles en bajo y las ballonetas caladas. Miró al capitan que marchaba a buen ritmo con el sable descansando sobre el hombro. Los franceses se habían detenido poco antes de alcanzar Pedralonga. Todavía estaban lejos y no se escuchaban disparos. Frente a ellos se habían colocado las piezas de artillería —no más de seis— y numerosos efectivos de artillería. Galeses e ingleses también habían iniciado el avance a ritmo de tambores y flautines de guerra. Los últimos estarían acosados por la mitad de los 1.600 dragones del general Lorges. El joven tamborilero analizó fríamente su situación y consideró que era mejor que la de una carga de caballería, aunque en aquel terreno abrupto y plagado de obstáculo la efectividad en combate de aquellos animales era por completo nula.
Monumento a Sir John Moore donde cayó en la batalla.
Había prisa. La tarde se movía con rapidez y la débil luz invernal del sol en breve se apagaría. Sault no las tenía todas consigo, y no se atrevía a lanzar un ataque final, porque podría derivar en un auténtico desastre. Pero los británicos querían tener cerrada la evacuación del ejército esa misma noche. Así que la labor de los voluntarios que quedaban en el frente era la de seguir frenando la falta natural de iniciativa por parte del enemigo y evitar que éste acabara utilizando su cañones contra los barcos fondeados en la bahía de A Coruña. El primer disparo de cañón sobresaltó al joven. Era un proyectil de cálculo. Cayó a unos veinte metros delante de la compañía, abriendo una espantosa herida negra en el verde del valle. No volvió a escuchar más cañonazos hasta que llegaron a la altura del hueco producido por la primera granada. Entonces las seis bocas vomitaron sus balas a discreción y fue como estar en el corazón de una tormenta espantosa. Tardaron algunos segundos en caer a tierra, y cuando lo hicieron varios cuerpos destrozados quedaron esparcidos por la yerba sin darles tiempos a gritar. Las gaitas plañeron más fuerte y los tambores golpearon duro el cuero para ensordecer el rugido de las detonaciones. Los franceses esperaron a regular el tiro otra vez y de nuevo abrieron fuego. Una bomba estalló delante de Finbar levantando terrones de tierra y piedras que golpearon en su tambor y le hirieron e las piernas desnudas bajo el kilt verde del uniforme escocés. Su cara se oscureció con el humo y de la boca le salían esputos terrosos. Observó al capitán que continuaba igual de erguido, mirando siempre adelante. Había perdido el sombrero y su peluca blanca quedaba a la vista de sus hombres. El sargento Irwin había caído decapitado por una bala de cañón que le arrancó de cuajo la cabeza, y era un cabo el que ahora ocupaba su puesto. A partir de entonces y hasta el final los cañones no cesaron en su empeño de desgarrar la carne y los huesos de los furiosos escoceses. Finbar imitó al capitán: apuntó la cara al frente, pero sin ver el objetivo; sólo caminaba, siempre, sin pausa, pensando que quizá así lograría esquivar a la muerte. Sus compañeros caían en silencio, ahorrando aspavientos, como si fueran muñecos de trapo sin el sostén que proporciona la vida. De cuando en cuando, Finbar llegaba a divisar los huecos que dejaban a su lado los muertos. Sonaron los primeros disparos de fusil: una interminable hilera de franceses abría fuego dejando cantidad de pequeñas nubes de humo blanco que se elevaban hacia el cielo, indiferentes al pedestre escenario de la guerra. Las redondas balas la mayoría de las veces no eran mortales, pero sí muy dolorosas y, a la larga, el herido no llegaba a salvarse. Tras la compañía el campo aparecía sembrado de moribundos que gemían con los brazos en alto solicitando ayuda. Creagh recibió el primer impacto en la pierna. Dio un traspié y se tuvo que apoyar en la espada para no caer. Finbar vio cómo aquel hombre realizaba enormes esfuerzos por incorporarse y antes de que el resto del grupo le alcanzara, él ya estaba de pie y andando a buen paso. Cada movimiento de sus piernas hacía que el capitán encogiera la boca en un gesto de dolor y que un chorro de sangre manara libremente de la herida. Los ojos del capitán apenas podían enfocar nada a través de los chispazos de luz que le provoca aquel tormento. Los escoceses por fin abrieron fuego y algún que otro francés cayó del mismo modo: en silencio y sin gestos superfluos. Simplemente morían. Quedaban pocos galeses a su izquierda y de los ingleses no se sabía nada; había un silencio inquietante en su zona. Finbar temió que hubieran muerto todos, aunque en realidad las otras dos compañías se habían replegado concentrando en los soldados gaélicos la totalidad del fuego enemigo. Sin embargo, el momento más angustioso para el joven irlandés fue cuando notó que el sonido de las gaitas y tambores había disminuido drásticamente, y que el ruido de pasos marcando el ritmo en tierra era débil, casi imperceptible a sus espaldas. "¡Dios mío! No hay casi nadie. Me estoy quedando solo", pensó asustado sin atreverse a echar un vistazo ni atrás ni a los lados, aunque la tentación era intensa. En otra tanda de disparos el capitán cayó por fin. Se quedó apoyado en rodillas y manos y con la cabeza gacha. Finbar recibió un proyectil en el tambor, pero no se dio ni cuenta, ya que en ese momento estaba dando la vuelta al instrumento para continuar golpeándolo en su parte inferior; la otra se había roto. Justo entonces se percibió del absoluto silencio que se había hecho en el campo. No había música ni pasos a su alrededor, y los franceses que entreveía a través de las columnas de humo habían dejado de disparar. Finbar se encontraba al lado de su capitán, que jadeaba con rabia defendiendo el último aliento de vida. El joven comenzó a llorar quedamente y notó la mano de Creagh que le empujaba, animándole a seguir. —Venga, muchacho... ¡Adelante! Finbar vaciló un instante, contemplando la súplica en los ojos del capitán. —¡Vamos! —Repitió éste y Finbar comenzó a tocar de nuevo, avanzando poco a poco al principio, tratando de disimular el temblor de sus piernas, y al ritmo después. Justo detrás, Creagh había empezado a entonar como buenamente podía el "Rules Britannia", pero parte del aire se le escapaba en burbujeantes espumarajos rosados por sus perforados pulmones. Delante los franceses se habían transformado en formas borrosas a causa de las lágrimas. Varios de ellos se cuadraron ante Finbar formando un pasillo para dejarle pasar con las armas en alto, saludando al valiente hijo de Hibernia. Creagh había dejado de cantar y yacía muerto en tierra ahogado en su propia sangre, y Finbar avanzaba hacia adelante, con el sol poniente a su espalda, redoblando con fuerza su tambor. La misión se había cumplido.
Representación de una carga de infantería británica en las guerras napoleónicas. Cogida de www.hisinsa.com
Por alusiones, voy a introducir dos videoclips de Barry Lindon. El primero es la Marcha del Liliburlero, una delicia para el cuerpo y el alma:
La siguiente es British Grenadiers y una danza tradicional con la forma de bailar típica irlandesa, bajo el título de "Piper's Maggot Jig" e interpretada por The Chieftains.
Y una de los temas más célebres del grupo Luar Na Lubre, gallegos hasta la médula, "O Son Do Ar", del que Mike Oldfield quedó por completo prendado (y no me extraña).
Por cierto que si alguna productora gallega tiene la buena idea de llevar esta batalla al cine, no va a tener problemas con los extras, porque cada año en A Coruña se celebra el aniversario de este encuentro bélico entre casacas rojas y azules con una representación muy bien ambientada. He aquí una pequeña muestra:
El toque Mod-ernista: The Jam y su "The Eton Rifles".