martes, 24 de marzo de 2026

El último

Apocalypse de Albert Goodwin (1903). Sencillamente, me gusta.


Madrid, sus malsanos políticos y su juventud ebria y gritona me generan pesadillas en sueños y en vigilia. Urbe sin alma, o mejor dicho, con más de 3,5 millones de andróginas almas disgregadas, dispersas, dispares, solitarias, perdidas, individuales y ningún corazón que lata por todas ellas al unísono.

No es de extrañar, pues, que los ruidos en la noche, que las sombras en las esquinas de las calles, que la intensa quietud del conticinio provoque más inquietud que paz y más ansiedad que calma, de modo que la imaginación se desata ante el miedo al miedo.

Sólo el Metro me tranquiliza un poco. Es entrar por una de las 303 bocas que tiene el Gran Gusano Subterráneo de 275 kilómetros de red y envolverme una calidez arropadora de una maternal manta en plena noche invernal. Me permito sonreír deambulando por los coloridos túneles, disfrutando de la fauna humana que se cruza conmigo o que me adelanta con sus prisas absurdas para acabar encogidos entre cientos de cuerpos que retan impasibles la impenetrabilidad de sus físicas.

Estación fantasma de Chamberí en el Metro de Madrid, en una imagen de Turismo de Madrid

El olor es intenso, aunque no nauseabundo y sirve perfectamente para cobrar conciencia de que uno está vivo. 

El exterior, sin embargo, es caos discordante; un vicioso teatro que recrea cientos de miles de obras simultáneas sin apenas público descreído y demasiados actores egoístas que juegan a ser minúsculos dioses carentes de poder.

Pero, el implacable tiempo habla de que en Madrid lloverán cuerpos ensangrentados que chocarán contra el suelo haciendo astillas sus huesos y papilla sus órganos internos. Una torrencial tormenta de fuego y metralla en abrasadora danza de pureza tangencial borrará las grandes avenidas solitarias. Sólo las ratas osarán adueñarse del mundo externo mientras la violencia se desata en las calles con muerte y rabia... De nuevo. 

La ira divina desatada sin razón ni motivo. Otra vuelta de tuerca y vuelta a empezar.


EL ÚLTIMO

En plena noche; en mitad de la noche,

un ave inmensa y lenta escupió su gorjeo final.

Se fundía con las sombras grises y negras

mientras su enorme cuerpo de plumas de fuego violeta

se agitaba oscilante de atrás a adelante

dejando escapar con tristeza inmortal su vida.


Y la tiniebla que la ocultaba de miradas indiscretas

la arropó en su último paso vacilante.

Alzó la vista líquida del suelo brillante.

Una súplica al cielo antes de extinguirse

y transformarse en estatua de densa ceniza.


El viento meció sus crines con un crujido.

La garganta seca ansiaba la dulzura de la sangre,

pero de su afilada boca no salió ruido alguno.

Nunca más. El mundo pierde. Jamás volverá.


El último invisible ante la indiferencia general

flota con su primer y posterior vuelo

hacia un cielo oculto y vaciado de estrellas.


Completado el singular declive, de su cadáver

nace vida nueva que ignora involuntaria su origen.


Gira la noria con agua renovada

mientras el río fluye consumiendo el tiempo

en un espacio mínimo. Sencillo. Latente.


Este canto me sobrevino la pasada madrugada. Y juro que escuché ese grito de agonía que sonaba a tremenda soledad, parecido al grito estertóreo de los zorros en celo durante las noches de febrero. Una despedida sagrada. Y allí en el centro del parque, entre árboles sin hojas, pero en los que asomaban ya los primeros brotes primaverales, me imaginé al tristísimo monstruo que se iba. 

Sus alas eran prolongadas guadañas apoyadas en tierra y el vientre medio enterrado estaba cubierto de un plumaje largo y gris-morado, similar al musgo español de los robles sureños que aparecen en las películas del dulcemente amargo Sur Confederado

Robles sureños cubiertos de musgo español en Orlando (Florida) en una imagen de expedia.es

De golpe, se quedó inmóvil y pasó a ser una estatua fusionada con su entorno hasta que desapareció de mi vista como frondosa vegetación en la que se había transformado. Luego el viento disipó el embrujo devolviendo asfalto y cemento a sus fueros.

Me da la sensación que la protagonista de mi visión era hembra. De ahí la densidad de su tristeza, porque con ella desaparecía la herencia de su estirpe, sino también la promesa de su progenie. No sólo era la última; es que no habría nunca más nadie como ella. Por eso escojo el tema Mná na hÉireann de The Chieftains, porque me ofrece el mismo aire melancólico, como si hablara de las últimas mujeres de Irlanda.

Los Negativos, en una imagen cogida (al igual que la letra de la canción) de juanroyo.blogspot.com

También os incluyo un temas de Los Negativos, titulado Graduado en Underground, porque este grupo barcelonés es único en su especie, y siempre me ha dado la impresión de que rompieron el molde al descomponerse. Lo formaron en 1984 Alfredo Calonge (voz y guitarra), Carles Estrada (voz y bajo), Roberto Grima (guitarra) y Valentín Morato. De los cuatro ya no están ni Alfredo ni Valentín. La mitad, como ocurre con The Who, sólo que muchísimo antes de tiempo. Demasiado pronto.







Graduado en Underground

Vive en una casa del Estado;
nadie sabe bien su dirección:
vive en el 13, pero el 1 cayó
hace un mes.
No le gusta que la gente le moleste.
No quedó una sola puerta en su cabeza.
Cubrió la pared con fotos de Elliot Ness.
Así es él.
No quiere hablar
de historias que han quedado atrás
¿Qué vale más [que]
un solo instante de verdad?
Allí está, escuchando discos de los Seeds.
Debes saber
que es el graduado en underground.
No busques más su número en la guía:
hace meses que no paga ni un recibo.
Ve el mundo girar escondido tras su 
gafas de color.
Cada sábado sin falta a la 1:00
resplandece su camisa bajo el sol.
Su única pasión en un mundo sin color
es ser él.
No quiere hablar
de historias que han quedado atrás
¿Qué vale más [que]
un solo instante de verdad?
Allí está, escuchando discos de los Seeds.
Debes saber
que es el graduado en underground.

No hay comentarios:

Publicar un comentario