Mostrando entradas con la etiqueta Cuentos absurdos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cuentos absurdos. Mostrar todas las entradas

martes, 25 de febrero de 2014

El artista y el diablo

Una nueva entrega de la saga "Cuentos absurdos", cuyo único interés es que lo escribí en mis más tiernos inicios (el segundo curso de Periodismo en la Universidad de Navarra). De hecho, no deja de ser el clásico encuentro entre alguien que necesita algo y "el de siempre", que le ofrece cumplir su deseo, pero, por supuesto, a cambio de algo. Como curiosidad, lo usamos un grupo de amigos del curso para elaborar un guión de cortometraje que acabó en forma de película. En ella Miguel Ángel Jimeno (amante acérrimo de la música que elaboraban los Cuatro de Liverpool, fumador compulsivo de Ducados y hoy todo un profesor universitario con numerosos libros y artículos publicados en su haber y un currículum de vértigo) interpretaba con maestría a un muy atormentado escultor —con bata blanca incluida—, mientras que mi muy admirado Antonio Sánchez-Escalonilla (profesor de Guion Audiovisual en la Universidad Rey Juan Carlos y autor, entre otros de "El príncipe de Tarsis" o "La palabra impronunciable", cuya lectura recomiendo vivamente, porque son tremendamente amenos, amén de ser el director del único cortometraje que pudimos hacer ambos, "Hambre mortal", del que hablaré cuando pueda colgar aquí la película) daba vida a un Señor de la Oscuridad, con el que se lo pasó en grande haciendo un inmenso papel. ¿El director de ese bodrio sin sentido? Un servidor. En fin, aquí tenéis el relato titulado:


Momento en que el violinista Giuseppe Tartini soñó que vendía su esencia al Diablo a cambio de una sonata fuera de lo común (inhumana, vaya). Fue en 1713. Cogido de lucus-conversacionesvarias.blogspot.com.

El Artista y el Diablo
El estudio se encontraba en penumbra. Sólo unas pocas velas esparcían su brillo dorado, formando círculos luminosos que atravesaban la oscuridad y daban de lleno en las estatuas diseminadas por la austera habitación. Sus sombras oscilaban bailando al ritmo impuesto por las diminutas llamas que se agitaban merced a las corrientes de aire. El ambiente, más que pobre, por la escasez de enseres y propiedades, resultaba bohemio acentuado por el desorden indolente que se respiraba. Allí vivía y trabajaba un hombre por completo dedicado al arte; el dinero, en el fondo, no le interesaba y era casi un lastre, una penosa obligación con la que acceder a la alimentación diaria y contar con un local para dar rienda suelta a su insatisfactoria habilidad.
Todo su ser tendía a la consecución de una sola idea: La perfección en el realismo del cuerpo humano.
Se encontraba frente a su última obra. La bata blanca mostraba lamparones de grasa y polvo, pero eso no parecía importarle mucho. Los brazos le colgaban inermes a los lados, y en sus manos sostenía un cincel y un gran mazo de madera. Miraba a la forma pétrea delante de él. Le inundaba la desilusión y la impotencia, aquella estatua se burlaba de su incapacidad artística y el hombre reaccionó por fin.
—¡No! —Gritó levantando el mazo por encima de su cabeza—. ¡No es esto!
Descargó el brazo con fuerza para golpear a la escultura repetidas veces, hasta destrozarla casi por completo, haciendo imposible el reconocimiento de su forma primigenia. Luego se calmó quedándose quieto. Se alejó del desastre que había causado, caminando con lentitud, hasta llegar a la altura de una mesa baja de madera donde dejó caer ruidosamente los instrumentos para esculpir. Se sentó en una silla contemplando sus demás obras. Todas estaban cubiertas con sábanas.
"Eso es —pensó—, no sois más que meros fantasmas de los que quiero hacer; reflejos pálidos y mortecinos de lo que me arde en la cabeza".
Dio un potente golpe sobre la mesa que hizo vacilar peligrosamente la vela y levantó en vilo, por unos instantes, los demás enseres repartidos por la superficie. Luego hizo un gesto de resignación con los hombros.
—La perfección. ¡Ja!... ¡Imposible! —Durante algunos segundos mantuvo fija la mirada en un punto del espacio hasta que la desesperación acabó por hundirle. Apoyó los brazos sobre la mesa y escondió la cabeza entre ellos negando en silencio.
Al otro lado de la estancia se escuchaba un ruido curioso y cadencioso. Al principio no le hizo caso, pero cuando el compás se intensificó, haciéndose más rápido, tuvo que mirar para descubrir la causa del sonido. Sus ojos se agrandaron con espanto y multitud de gotitas frías le perlaron la frente.
Sudaba de miedo.
Había visto cómo la representación del brazo de la escultura aniquilada se movía oscilando sobre un punto de equilibrio. La danza de aquel miembro de piedra se hizo frenético, cada vez más acelerada, hasta que estalló silenciosamente en pedazos que salieron disparados en todas direcciones y no se escuchó nada más que el respirar agitado del artista.
Una voz procedente del rincón más oscuro de la habitación dijo entonces:
—Bien. Aquí estoy. —El hombre se giró rápidamente y contempló a una persona que se adentraba con pasos lentos en el intimismo del círculo de luz.
Sensacional escultura de Kevin Francis Gray.
Era alto y fibroso, vestía con ropas negras y elegantes. Se cubría con una gran capa y guantes de color claro. En su pelo, largo y peinado hacia atrás, cuatro mechones blancos destacaban sobre el negro azabache del resto del cabello: dos de ellos le nacían de la base de las sienes y circundaban la cabeza por sus flancos; los otros dos se proyectaban simétricamente a ambos lados de la crisma e iban a morir en la coronilla. La nariz era delgada y algo aguileña y por debajo asomaba y arreglado bigote que no impedía la visión de unos labios pálidos y muy finos. Sus ojos verdes claro brillaban con malicia y su voz sonó dulce y agradable en los oídos del artista.
Éste enseguida supo quién era su huésped.
—¡Tú! —Dijo horrorizado—. ¿Por qué?
El Príncipe de las Tinieblas chisteó con la boca e hizo un gesto excesivamente teatral, como indicando indignación, ofensa y enfado.
—¡Vamos hombre! ¿Es que acaso no me has llamado? Es una desconsideración por tu parte darme primero el aviso con tanta urgencia para después querer dejarme en la estacada —señaló mientras se despojaba de la capa y tomaba asiento frente al escultor. Satanás aguardó paciente la respuesta, aunque ya la conocía de antemano.
—Pero si yo no he dicho nada, ¡no pronuncié palabra! ¡Y mucho menos con ningún tipo de urgencia! —Chilló con histeria el artista llevándose las manos al pecho.
El intruso levantó una ceja apoyando un codo en la mesa. Luego se dirigió al hombre como quien habla con un chiquillo.
—¡Oh! Sabes bien, muy bien, que me refiero a una llamada interior —su largo y huesudo dedo índice se disparó hacia adelante—. Sin voces, sin palabras. Sólo pensamiento, y muy fuerte, he de añadir. Dentro de ti ya no hay nadie más que yo. Tú mismo te has apartado para dejarme hueco... Estás dulcemente desesperado —terminó susurrando.
El escultor había ido negando cada palabra pronunciada por el otro. Se notaba desarmado e indefenso, derrotado en cierto modo. Lo que el Príncipe de la Mentira había dicho era verdad, porque había pedido ayuda, pero no se había dirigido a nadie en concreto. Satanás vio sus gestos y le dijo:
—¡Venga, venga! ¡Vamos! Sé sincero —y al decir esto sus ojos rieron irónicos—, al menos contigo mismo.
Aquello fastidió bastante al escultor. Le irritaba dialogar con alguien facultado para leer en su mente. Sus palabras, acompañadas de aspavientos impulsivos, sonaron lejanas ara él. Como si fuera otra persona quien las pronunciara.
—Yo no sé nada —balbuceó—. Yo... Yo sólo siento. ¡Soy artista!
Satanás se echó hacia atrás en su asiento y expulsó el aire con un bufido.
—¿Y yo no? Comprendo perfectamente lo que sientes.
—¿Tú? —Preguntó asombrado el modelista.
El Maestro del Engaño acercó su cara a la del hombre y bajó la voz hasta que al pronunciar las palabras sonaron como el susurro de una serpiente venenosa.
—Síiiii. No basta con poner todo de su parte para conseguir eso que quieres... Eso que te quema febrilmente en tu interior y te marca el alma —el artista frunció el ceño—. Hace falta en múltiples ocasiones cierta ayuda sobrenatural...
El tallista alejó con repugnancia el rostro. Ahora tenía la oportunidad que tanto había ansiado a lo largo de toda la conversación, y atacó:
—Sí. Pero para eso está Él...
—¡Estoy yo! —Le atajó el Gran Diablo golpeando bruscamente la mesa y levantándose de repente a velocidad del pensamiento. Su voz sonaba atronadora—. ¡Yo, y basta! Soy el único que te puede echar una mano... —La voz volvió a endulzarse, aunque se adivinaba un ligero tono de resentimiento—. No eres nada tonto; no, no lo eres.
El hombre se había encogido con pánico cuando estalló la violencia del ángel. Todavía temblando le vio levantar una pierna y apoyarla sobre la mesa. Al posar el pie, gran cantidad de motas d polvo se habían alzado para caer después en una suave y lenta danza sobre el brillante zapato de Satanás. Éste, sin mostrar mucha preocupación por ello, extendió el brazo hacia la oscuridad y, al retirarlo, apareció en su mano un delicado pañuelo negro con el que se dispuso a limpiar el calzado. El Ángel Caído contempló un momento al artista y luego se rió suavemente.
Detalle de "El Jardín de las Delicias", de
El Bosco. Cogido de pladelafont.blogspot.com.es
—Tienes miedo de perder tu alma —dijo—. ¿No es eso? Crees que es lo que busco, ¿verdad?
Al ver que no obtenía respuesta volvió a reírse con una sonora carcajada. Retiró el pie de la mesa y sacó del interior de su chaleco color gris perla una bien labrada pitillera de plata. Con mucha calma extrajo un pitillo liado y le dio unos golpecitos contra la petaca. Luego se inclinó hacia la vela y lo prendió. El humo se elevó espeso y pesado haciendo toser al tallista.
—Bueno. ¿Qué me dices? —Preguntó el Demonio Abatido.
—La verdad —respondió con un hilo de voz—, el ejemplo de Fausto...
Satanás volvió a cortarle en seco y habló con animación mientras se paseaba por la habitación.
—Fausto, Ambrosio, Melmoth, Keawe, Teófilo, Grandier, y tú mismo, Orencio Domenico Brahmstein ¡cualquiera! No hay nadie en este mundo que no pretenda algo en la vida. ¡Amigo mío! El arte es nuestro nexo de unión y si ambos estamos ligados es por nuestra virtuosa esencia artística. Somos creadores, tú lo has dicho antes; los dos sentimos de igual modo —abrió los brazos para abarcar toda la habitación—. Los artistas pretendemos, necesitamos, llegar a la realidad en piedra, en pintura, en palabras. Yo también cultivo mi propio talento, igualmente trabajo con mi propio material, tengo mis métodos particulares... Diferentes, ¡claro! Pero sublimes, al fin y al cabo.
El hombre caso no le escuchaba, aunque las palabras pronunciadas y arrastradas hasta sus oídos quedaban grabadas en su espíritu más recóndito, como si estuvieran hechas de hierro al rojo vivo. Dolían. Abrasaban. Tentaban.
—Pero mi alma... —La voz le temblaba en la garganta y tuvo que tragar saliva para continuar—. Sí, tengo miedo.
Satanás gesticuló como restando importancia al asunto.
—Tu alma no tiene nada que temer. Verás, te pertenece, es tuya por completo... Por ahora, eso sí. —Se detuvo al contemplar la cara del escultor y se apresuró a aclarar sus palabras—. ¡No! No quiero decir que te esté engañando. Cada alma tiene un destino y yo no soy libre ni tengo capacidad para poder variarlo; tengo las manos bien atadas para ciertos temas.
La Antigua Luz se calló un momento sopesando al hombre.
—Bien —dijo al fin—. ¿Quieres mi ayuda?
El escultor respondió ansiosamente.
—No sé, no sé... No estoy seguro. Prométeme que no me estás engañando. Porque no entiendo lo que ganas tú en este negocio.
—¡Hummm! Desde luego no busco lo que tú temes perder. Mis ganancias son problema mío y de Dios —respondió el Diablo de Múltiples Nombres—. A ti te bastará con conseguir lo que quieres, y lo que es mejor: saberlo luego. Darte cuenta de que lo has conseguido.
—¡Prométemelo! —Insistió el aterrado humano.
—¡Por descontado!
Se produjo un corto silencio que pareció prolongarse una efímera eternidad y cuando el escultor volvió a hablar, notó en la cabeza como si el cerebro le flotara en el seno del cráneo; un ligero zumbido le impidió escuchar su respuesta:
—De acuerdo... Tú ganas. Acepto.
Satanás rió con ganas. El triunfo se reflejaba en su voz:
—Sea.
-------------------------- 

La sala del museo estaba inundada de luz. Allí se habían reunido las obras más geniales de todos los tiempos. De continuo, una riada de curiosos y entendidos cruzaban sus puertas para pasar el rato, los primeros, o intentar alcanzar esa experiencia estética que les llevaría al séptimo cielo, a los menos. l museo tenía dos partes: una dedicada a la pintura y otra donde se exponía todo tipo de esculturas. En ésta última, en la zona más iluminada y preeminente, se podía observar la estatua en mármol de un hombre sedente. Sus rasgos, claramente angustiados, semejaban en extremo a los del escultor y reflejaban una exactitud y un realismo del todo increíbles hasta en el más mínimo detalle.
Parecía tener vida y muchos eran los que debían alargar la mano y tocar la fría piedra para convencerse de que no era de carne y hueso. La imagen se encontraba en una silla, parte de la escultura también, y se sostenía sobre una mesa de pequeña alzada cubierta de velas y utensilios para esculpir. En la parte inferior de la obra aparecía un cartel que rezaba: "El artista".
Frente a la estatua se encontraba una pareja. Los dos estaban entrados en años, aunque mostraban una vitalidad envidiable.. La señora se dirigió a su marido.
 —Francamente magnífica.
—Fíjate en los detalles —dijo éste en respuesta—. ¡Es increíble!
La señora pareció buscar algo en un papel que guardaba en las manos. Al cabo de un instante comentó desconcertada:
—Aquí pone que su autor es desconocido —le pasó la guía a su acompañante, quien la examinó atentamente.
—¿Desconocido? —Exclamó— ¡Vaya! Pues habría que averiguar a quién pertenece y hacerle a él mismo una estatua.
Miró un poco más atentamente la obra.
—Desconocido, es curioso.
—¿Verdad que sí? —Sentenció una voz a sus espaldas. Ambos se volvieron con sorpresa—. Dicen que el autor de esta obra desapareció justo después de terminarla. ¿Qué me dicen a eso?
Los señores se movieron incómodos. Aquella persona les ponía nerviosos sin saber por qué exactamente. Quizá por el aire gélido que le envolvía y que contagiaba todo lo que se hallaba en sus proximidades. El anciano contestó como pudo.
—Bueno. Parece que se hace tarde —se llevó la mano al sombrero—. Mucho gusto, caballero —luego le ofreció el brazo a su mujer—. ¿Querida?
la mujer se lo tomó y los dos se fueron cuchicheando entre ellos. Satanás les observó divertido cómo se marchaban, luego se volvió lentamente hacia la estatua. Le miró fijamente a los ojos y acercó su boca a la oreja de piedra.
—¡Estúpido! Todo está atado y bien atado. Tan densamente sellado que es imposible desliarlo —dijo en un susurro y soltó una carcajada profunda como sus pupilas, haciendo que varias miradas de desaprobación le siguieran hasta la salida.
Nadie se fijó en un hecho maravilloso: por el rostro de la estatua corría una silenciosa lágrima.

Imagen de la obra "Fucking Hell", de los hermanos británicos Jake y Dinos Chapman. Cogida de cookingideas.es.

Quiero dejar aquí una increíble versión del "Devil's dream", tema que ya ha salido en otra entrada (http://jmjcollantes.blogspot.com.es/2013/05/ultima-entrega-de-deliciosamente-humano.html). En esta ocasión, el maestro violinista Jean Carignan le aporta ese aire verdaderamente diabólico, en el que los dedos apenas se perciben sobre las cuerdas por la velocidad que llevan. De hecho es la mejor forma de tocarlo, como si vinieras del Más Allá... Aunque prefiero la cadencia que le confiere mi gran amigo el maestro violinista Pedro Burzaco, quien comienza de forma suave, sin prisas y saboreando cada nota como si ésta le pesara toneladas sobre el hombro, hasta acabar frenético casi contorsionado en el suelo, ligero como un alma, ágil como un elfo en celo. En fin.




No entendería que en esta entrada no apareciera "Simpathy for the Devil", de los Rolling Stones, por razones lógicas y que no merece la pena explicar. Un temita que no cansa si vas leyendo la letra y su peligroso sentido. Ahí va eso.





La letra y traducción:
Simpathy for the Devil (Simpatía por el Diablo)

Please allow me to introduce myself (Por favor, concededme la venia de presentarme)
I'm a man of wealth and taste  (Soy un hombre con gusto y riqueza)
I've been around for a long, long year (he estado rondando por aquí durante muchos, muchos años)
Stole many a man's soul and faith (Robé muchas almas y la fe de los hombres)

I was 'round when Jesus Christ (Estuve allí cuando Jesucristo)
Had his moment of doubt and pain (tuvo su momento de duda y sufrimiento)
Made damn sure that Pilate (forzando por cojones que Pilato)
Washed his hands a’ sealed his fate (se lavara las manos y sellara su destino)

Pleased to meet you (Encantado de conocerte)
Hope you guess my name (espero que adivines mi nombre)
But what's puzzling you (pero lo que te está desconcertando)
Is the nature of my game (es la naturaleza de mi juego)

I stuck around St. Petersburg (Me encontraba en San Petersburgo)
When I saw it was a time for a change (cuando vi que era el momento de un cambio)
Killed the Czar and his ministers (Asesinados el zar y sus ministros)
Anastasia screamed in vain (Anastasia chilló en vano)

I rode a tank (Guié un tanque)
Held a general's rank (logré el grado de general)
When the Blitzkrieg raged (cuando se lanzó la Guerra Relámpago)
And the bodies stank (y los cuerpos apestaban)

Pleased to meet you (Encantado de conocerte)
Hope you guess my name, oh yeah (Espero que adivines mi nombre, ¡oh, sí!)
Ah, what's puzzling you (¡Ah! Lo que te está desconcertando)
Is the nature of my game, ah yeah (es la naturaleza de mi juego, ¡ah, sí!)

I watched with glee (Contemplé con gozo)
While your kings and queens (el modo en que vuestros reyes y reinas)
Fought for ten decades (combatieron durante diez décadas)
For the god they made (por el dios que ellos se habían hecho)

I shouted out, (Lo dije a gritos)
"Who killed the Kennedy's?" (¿Quién mató a los Kennedy?)
When after all (Cuando, después de todo,)
It was you and me (fuimos tú y yo)

Let me please introduce myself (Dejadme, por favor, que me presente)
I'm a man of wealth and taste (Soy un hombre con gusto y riqueza)
And I laid traps for troubadours (y tendí cepos para trovadores)
Who get killed before they reached Bombay (que fueron asesinados antes de que pudieran alcanzar Bombay)

Pleased to meet you (Encantado de conocerte)
Hope you guessed my name, oh yeah (Espero que hayas adivinado mi nombre, ¡oh, sí!)
But what's puzzling you (pero lo que te está desconcertando)
Is the nature of my game, ahhh yeah, get down, baby (es la naturaleza de mi juego, ¡aaah, sí!, abajo, nena)

(2:54) woo
(3:03) woooah

Pleased to meet you (Encantado de conocerte)
Hope you guess my name, oh yeah (Espero que adivines mi nombre, ¡oh, sí!)
But what's confusing you (Pero lo que te está confundiendo)
Is just the nature of my game mmm yeah (Es sólo la naturaleza de mi juego, ¡mmmm, sí!)
Just as every cop is a criminal (Tanto como que cada poli es un asesino)
And all the sinners saints (y que todos los pecadores, santos)
As heads is tails (como que los primeros serán los últimos)
Just call me Lucifer (Tan sólo llámame Lucifer)
'Cause I'm in need of some restraint (Porque estoy necesitado de algo de templanza)

So if you meet me (Y si me llegas a conocer)
Have some courtesy (ten algo de cortesía)
Have some sympathy, have some taste (sé un poco simpático, ten algo de gusto)
Use all your well-learned politesse (utiliza toda tu bien aprendida buena educación)
Or I'll lay your soul to waste, mmm yeah (o enviaré tu alma a que se consuma, ¡mmm, sí!)

Pleased to meet you (Encantado de conocerte)
Hope you guess my name, mmm yeah  (Espero que adivines mi nombre, ¡mmm, sí!)
But what's puzzling you (pero lo que te está desconcertando)
Is the nature of my game, mmm mean it, get down (es la naturaleza de mi juego, ¡mmm! significa, abajo)

(4:43) Woo, who
ah yeah, get on down (¡Ah, sí! Sube y baja)
Oh yeah (¡Oh, sí!)
(4:52) bum bum ba ba ba do a, bum bum ba ba ba do a
(5:06) yea Ahh yeah! (¡Síiii, sí!)

Tell me baby, what's my name (Dime, nena, cuál es mi nombre)
Tell me honey, a can ya guess my name (Dime, dulzura, seguro que adivinas mi nombre)
Tell me baby, what's my name (Dime, nena, cuál es mi nombre)
I tell you one time, you're to blame (Te lo digo una vez, tú eres el culpable)

Oh, who (¡Oh, quién!)
woo, woo
Woo, who alright (¡Wu! quién está bien)
(5:35) oo, oo oo
Woo, who, who (¡Wu! quién, quién)
Woo, who, who (¡Wu! quién, quién)
Oh, yeah (¡Oh, sí!)
Woo, who, who (¡Wu! quién, quién)
Woo, who, who (¡Wu! quién, quién)
Oh, yeah (¡Oh, sí!)

Well, what's my name (Bueno, cuál es mi nombre)
Tell me, baby, a what's my name (Dime, nena, y cuál es mi nombre)
Tell me, sweetie, a what's my name (Dime, dulcecito, y cuál es mi nombre)

oo, who, who  (¡Uh! quién, quién)
oo, who, who (¡Uh! quién, quién)
oo, who, who (¡Uh! quién, quién)
oo, who, who (¡Uh! quién, quién)

oo, who, who (¡Uh! quién, quién)
oo, who, who (¡Uh! quién, quién)
oo, who, who (¡Uh! quién, quién)
Ahhhhh, yeah (¡Aaaaah, sí!)

Woo woo


Y como la imprudencia lleva a la soledad, un temita de mi añada (1966) que siempre me llamó la atención: "No milk today", de los Herman's Hermits. Me encanta. ¡Oh, sí, claro! Habla de la soledad.




La letra y su castellanización:
No milk Today (Hoy no hay leche)

No milk today, my love has gone away (Hoy no hay leche, mi amor se ha ido)
The bottle stands forlorn, a symbol of the dawn (la botella permanece abandonada, un símbolo del amanecer)
No milk today, it seems a common sight (No hay leche hoy, parece que va a ser lo normal)
But people passing by don't know the reason why (pero la gente pasa de esto, no sé el motivo de ello)
How could they know just what this message means? (¿Cómo van a saber siquiera lo que significa ese mensaje?)
The end of my hopes, the end of all my dreams (el final de mis esperanzas, el final de todos mis sueños)
How could they know the palace there had been (Cómo podían saber del palacio que aquí hubo)
Behind the door where my love reigned as queen (detrás de la puerta, donde mi amor reinaba como una reina)
No milk today, it wasn't always so (Hoy no hay leche, no fue siempre así)
The company was gay, we'd turn night into day (La empresa era alegre, convertíamos la noche en día)
But all that's left is a place dark and lonely (pero de todo aquello sólo queda un lugar oscuro y solitario)
A terraced house in a mean street back of town (una casa con terraza en un miserable callejón de ciudad)
Becomes a shrine when I think of you only (se convierte en un santuario cuando pienso en ti sólo)
Just two up two down (Únicamente dos arriba, dos abajo)
No milk today, it wasn't always so (Hoy no hay leche, no siempre fue así)
The company was gay, we'd turn night into day (La empresa era alegre, convertíamos la noche en día)
As music played the faster did we dance (y bailábamos tan rápido como sonaba la música)
We felt it both at once, the start of our romance (lo sentimos ambos a la vez, el inicio de nuestro romance)
How could they know just what this message means? (¿Cómo van a saber siquiera lo que significa ese mensaje?)
The end of my hopes, the end of all my dreams (el final de mis esperanzas, el final de todos mis sueños)
How could they know a palace there had been  (Cómo podían saber del palacio que aquí hubo)
Behind the door where my love reigned as queen (Cómo podían saber del palacio que aquí hubo)
No milk today, my love has gone away (Hoy no hay leche, mi amor se ha ido)
The bottle stands forlorn, a symbol of the dawn  (la botella permanece abandonada, un símbolo del amanecer)
But all that's left is a place dark and lonely (pero de todo aquello sólo queda un lugar oscuro y solitario)
A terraced house in a mean street back of town  (una casa con terraza en un miserable callejón de ciudad)
Becomes a shrine when I think of you only  (se convierte en un santuario cuando pienso en ti sólo)
Just two up two down (Únicamente dos arriba, dos abajo)
No milk today, my love has gone away (Hoy no hay leche, mi amor se ha ido)
The bottle stands forlorn, a symbol of the dawn  (la botella permanece abandonada, un símbolo del amanecer)
No milk today, it seems a common sight (No hay leche hoy, parece que va a ser lo normal)
But people passing by don't know the reason why  (pero la gente pasa de esto, no sé el motivo de ello)
How could they know just what this message means?  (¿Cómo van a saber siquiera lo que significa ese mensaje?)
The end of my hopes, the end of all my dreams (el final de mis esperanzas, el final de todos mis sueños)
How could they know a palace there had been (Cómo podían saber del palacio que aquí hubo)
Behind the door where my love reigned as queen  (detrás de la puerta, donde mi amor reinaba como una reina)
No milk today, it wasn't always so (Hoy no hay leche, no siempre fue así)
The company was gay, we'd turn night into day  (La empresa era alegre, convertíamos la noche en día)
But all that's left is a place dark and lonely (pero de todo aquello sólo queda un lugar oscuro y solitario)
A terraced house in a mean street back of town (una casa con terraza en un miserable callejón de ciudad)
Oh, all that's left is a place dark and lonely (¡Oh!, de todo aquello sólo queda un lugar oscuro y solitario)
A terraced house in a mean street back of town (una casa con terraza en un miserable callejón de ciudad)
Oh, all that's left is a place dark and lonely (¡Oh!, de todo aquello sólo queda un lugar oscuro y solitario)
A terraced house in a mean street back of town (una casa con terraza en un miserable callejón de ciudad)

miércoles, 29 de enero de 2014

Tan sólo un juego

Éste es otro relato de la saga "Cuentos Absurdos" que escribí en 1996 en homenaje a mi Tía Doly (Dolores Medio), que falleció ese mismo año (tengo otra entrada con un cuento dedicada a ella: http://jmjcollantes.blogspot.com.es/2013/04/el-rey-arcoiris-novena-entrega-de.html). En realidad, es la prima de mi abuela Nieves Estrada (también fallecida), pero mi madre la llamaba así, y yo lo adopté también cuando contacté con ella durante mis años de estudios en Pamplona. Más que un cuento es una narración con Asturias de fondo sobre un chaval cualquiera, haciendo lo que tendrían que hacer los demás chavales de su edad: disfrutar de la vida echándole imaginación. Se titula:


Representación del Cuélebre en una casa del municipio de Murias. Cogido de www.muriasdealler.com

Tan sólo un juego

Las tardes de Primavera eran buenas para pasear. Joaquín, un avispado chaval de doce años, tenía esa sana costumbre y de ahí que cada día, a eso de las cinco, cogiera su merienda y tomara el camino que conduce al hayedo. A medida que dejaba atrás las casas de la minúscula aldea el rapaz notaba que la hierba se mostraba más densa y jugosa, el aire se hacía más limpio y agradable y sus sentidos, más perceptibles y abiertos a todas esas maravillas que conforman la belleza de los campos asturianos. Era capaz de gozar realmente con la simple contemplación de la flor del trébol que zarandeaba su penacho morado al ritmo que le imponía la brisa baja, y se revolcaba chanceando a viva voz por los prados, aspirando en profundidad aquel olor salvaje que emanaba del verdín.
Aunque la mar se hallaba lejos, su imaginación podía raptar el salado perfume del Cantábrico, que él asociaba involuntariamente con la luminosa visión del río Monasterio serpenteando perezoso por el valle. Su mente infantil, entonces, se llenaba con oleadas de fantasías propias de un pequeño héroe: "Por allí llegarán los invasores —pensaba, creyendo ver las alargadas de aquellos hombres altos y rubios infestando la superficie de la corriente—, pero se las tendrán que ver conmigo".
Acto seguido, recogía una rama larga y flexible y la blandía ante sí para arrostrarse a los rubicundos guerreros de allende los mares boreales.
Flor del trébol. Tomada de www.fotonatura.org
—¡Tú, el jefe! —Gritaba con autoridad a un imaginario gigante de largas coletas y espesas barbas blondas, yelmo astado y una enorme hacha en sus nervudas manos—. Mejor te das la vuelta con toda tu gente o aquí va a haber algo más que palabras. Soy Don Joaquín, el mejor caballero del rey. Te burlas, ¿eh? Pues toma esto. Y esto para ti. ¡Quish! ¡Toma! ¡Muere! ¡Ja!
Uno a uno, los colosos del Norte iban cayendo bajo la fuerza imparable de sus mandobles hasta que no quedaba en pie ninguno de los incursores que habían osado horadar su amada tierra. Hecho el trabajo de defensor del reino, volvía a reír mientras arrojaba a gran distancia su Tizona de madera para continuar después con su marcha en pos de nuevas aventuras.
Al llegar por fin al bosque de Redes sus pisadas se hacían respetuosamente lentas, procurando caminar sin hacer muchos ruido. Bajo las frescas y cerradas sombras de las hayas y carbayos brotaban frondosas matas de helecho que susurraban a su paso invocaciones impregnadas de magia.
Allá en todas las aldeas del Caso se decía que en la espesura, escondidos acechantes por cualquier rincón, habitaban seres feéricos. Algunos muy peligrosos como los trasgus; otros, como las bellísimas xanas, no tanto. Pero todos, y de esto sabía la mayoría de los aldeanos "por experiencia propia", demasiado bromistas. El guaje no temía a nada, era en exceso audaz y se limitaba a admirar incansable las mil formas y colores con que se engalanaba la arboleda en aquella época del año.
Siguiendo una vez la llamada del urogallo y del pito, Joaquín se topó con un llamativo corro de retallinas y rapiegus que bailaban al son de extrañas gaitas y tamboriles; pero cuando la música cesó el niño tuvo que cubrirse la boca conteniendo la risa, porque, en realidad, aquellos animales no eran sino diaños burlones de puntiagudas orejas disfrazados bajo pieles.
Sin duda alguna, cuando mejor lo pasaba era al verse cara a cara con Laral, o por lo menos así decía ella que se llamaba. Dicho nombre aludía a una chiquitina muy hermosa, de abundantes cabellos caoba y ataviada a la manera de una auténtica princesa salida de un cuento de Christian Andersen. De hecho, la chiquilla, cuyos ojos color de atardecer parecían no ser de este mundo, se proclamaba a sí misma Reina de las Hadas, y Joaquín nunca lo puso en duda, aunque tampoco le concedía excesiva importancia; para él Laral era simplemente y antes que nada una excelente compañera de juegos.
¿Joaquín y Laral? Quizá. Dibujo del excelente artista Benjamin
Lacombe
, cuyo trazo me gusta tanto como
el arte de su compatriota Rebecca Dautrener.
Fue ella la que le enseñó los trucos necesarios para observar, sin ser visto y sin molestarlos, a los feeres en sus tareas habituales y la que le descubrió el intrigante misterio que se esconde en el hecho de que de un ínfima bellota pueda brotar a la larga un roble longevo de siglos y tan elevado que sus ramas acaben por rasgar en jirones las cabalgaduras esponjosas del irascible Nuberu.
Cada vez que Joaquín, el privilegiado, rozaba con sus dedos inocentes la estrella de oro que Laral ceñía sobre la frente el chico no podía dejar de reír por las cosquillas, y ambos se ponían a cantar tomados de la mano, llamando a la fina lluvia para que el orbayu acompañara el canto con su empapada melodía siempre cambiante.
Un triste día, años más tarde, Laral no acudió más a la cita. Pero, como digo, ese inevitable suceso ocurrió tiempo después.
Con sus idas y venidas, por entre musgos y colonias de setas pringosas que se adherían ansiosos a los troncos de los centenarios árboles, Joaquín averiguó que ese sorprendente estruendo —tan parecido al tronar de las grandes rocas cuando se despeñan por una empinada ladera— y ese temblor que a veces hacía rodar al rapaz por los suelos eran provocados por un enorme cuélebre negro, quizá el mayor del mundo, que moraba en una recóndita caverna de la Peña del Viento.
De cuando en cuando, la enorme bestia surgía del interior de su habitáculo, batiendo cansinamente sus alas correosas, en busca de Dios sabe qué. Lo más probable es que fuera de caza y, aunque los paisanos culparan siempre al lobo (y, en ocasiones, también al oso), Joaquín sospechaba que las vacas que pacían en Brañagallones eran atacadas y devoradas posteriormente por el legendario ofidio.
Evidentemente, el muchacho al verlo se ocultaba, sin perderlo de vista, en lo más aciago de la selva, porque, aunque valiente, Joaquín no era nada tonto.
A la hora en que las sombras se alargaban huidizas como gomas negras, el chico iniciaba el regreso a casa. Era también el momento en que le acuciaba el hambre y, tras un atracón inicial de moras, echaba mano al bocadillo encaminando sus pasos hacia el nacimiento del río. Una vez en la orilla, de cuclillas, viendo pasar el agua renovada y pura, consumía en pocos bocados el pan relleno de chocolate Cibeles, no sin antes repartir algunas migajas con las truchas que hacían bullir la superficie mientras atrapaban al vuelo a los imprudentes insectos de plata sucia.
Xanas engatusando a un pobre mortal, de atlantiscomplementos.wordpress.com.

En algunos puntos del cauce, allí donde había más profundidad, los rayos del sol poniente reverberaban con mayor intensidad que en otros, y entonces el niño, si se fijaba con atención, lograba distinguir, entre los destellos, a las insólitas damas fluviales, con su pelo largo y rutilante y sus caras pálidas radiantes de inquietante beldad.
Ellas le sonreían amistosas al tiempo que se acercaban a él murmurándole promesas que el pobre no llegaba a comprender... Por ser todavía demasiado joven. Joaquín se apartaba de las mujeres, aunque no por notarse molesto ni avergonzado, y ellas le dejaban ir en paz; si bien siempre había alguna que predecía convencida:
—Ya caerá.
Pero no todo era diversión. La inminente llegada del anochecer suponía para Joaquín la gran prueba. Era una hora temida de veras por el chico, ya que, dependiendo del tiempo que hiciera, el Mal podía presentarse con todo su perverso poder para intentar robarle el alma, tal y como había oído decir a Don Cerilo, el párroco del concejo, en más de una homilía.
El Mal se manifestaba silencioso en forma de pesados nubarrones que velaban las luces del día, sumiendo a la aldea en una extraña oscuridad prematura. Mientras las tinieblas adquirían firmeza en su sistemático avance el mocito sacaba como podía fuerzas de flaqueza y, encomendándose al Altísimo, chillaba a las sombras que dejaran de perturbar a su hogar y a sus seres queridos, y éstas, como impresionadas por el candor de su adversario, se retiraban pavorosas hacia el interior impulsadas por un viento divino, aligerando así en parte la aflicción que sentía el muchacho.
Joaquín no es que fuera un chico insociable ni nada por el estilo y, por supuesto, si lo quisiera, habría tenido más de un amigo con el que compartir sus particulares momentos de ocio. Pero es que él era así, diferente, especial, y el resto de la chiquillada percibía con envidia la discrepancia calificándola de locura; aunque tampoco se atrevían a dañarle.
Cuando le veían llegar de sus largos paseos, callaban y no le invitaban a unirse a ellos en sus juegos. De todos modos, el niño tocado por Dios no habría aceptado nunca el convite, puesto que prefería mil veces más ver a los traviesos pautos dando patadas a los granos de maíz que se habían soltado de las mazorcas almacenadas, en medio de un improvisado estadio dispuesto en el interior del hórreo familiar.
Las estrellas rielaban ya en el crepúsculo astur cuando Joaquín traspasaba el umbral de su casa y se iniciaba el ritual tantas veces repetido; su madre, despreocupada, le preguntaba qué había estado haciendo en toda la tarde, y el mozuelo, intuyendo la complicidad de la mujer, respondía estampándole un beso en la mejilla:
—Nada en especial, mamá. Sólo me divertía.


Hórreo asturiano con su maíz colgando. Cogido de www.panageos.es 




Un buen tema del grupo asturiano Los Murciélagos: "Taxi Driver".



Y éstos son los insignes Nikis, con la canción que los seguidores del Sporting han adoptado como suyo: "Soy minero". Es cachondo.



Hablar de Asturias sin el tema homónimo de Víctor Manuel carece por completo de sentido.


Y para cerrar, el Himnu d'Asturies, que más de uno ha convertido en el himno de todos los que se han pasado un pelín bebiendo en una juerga, en fin...


lunes, 20 de enero de 2014

El tamborilero

Aquí tenemos otra historia escrita en mis inicios que se enmarca en la famosa Batalla de Elviña, muy cerquita de A Coruña. Por entonces, carecíamos de Internet y no podíamos acceder de inmediato a importantes detalles, como puede ocurrir ahora, para recrear una narración. Así que las fuentes que se usaban provenían de oriundos de un lugar que habían escuchado historias y que luego te narraban con orgullo mal disimulado, porque su tierra chica formó parte de la Historia, con mayúsculas, modelándola. En Pamplona, mientras estudiaba Periodismo, me codeé con un buen número de gallegos de todo tipo, desde amantes de lo fantástico (curiosamente, los que optaron por carreras de ciencias) hasta los que más se aferraban a una realidad impoluta y que coincidían con los que estudiaban de Derecho. El caso es que uno de ellos (no recuerdo bien el bando al que pertenecía) me contó esta curiosidad de la Guerra de la Independencia española, y yo no desaproveché la ocasión de plasmar mi punto de vista sobre ella en forma de cuento (quien tenga memoria reconocerá detrás también el claro influjo de Barry Lindon, película realizada por Stanley Kubrick en 1975, y que tuve la inmensa suerte de ver en pantalla grande con mi buen amigo Pedro Burzaco en los Cines Iturrama). Se enmarca dentro de la serie "Cuentos Absurdos", he realizado una serie de modificaciones actuales para que adquiriera cierto barniz histórico y se titula:

Representación de la Batalla de Elviña. El cuadro está en la actualidad en el Palacio de Versalles.

EL TAMBORILERO

El capitán Creagh, del Regimiento 51 de Highlanders, miró al cielo del mediodía, en el que se empezaban a formar nubarrones, aunque el sol se hacía notar a través de los cada vez más escasos claros que, de cuando en cuando, se abrían allá en lo alto. Se había puesto una mano en la frente haciéndole sombra sobre los ojos que, a pesar de todo, guiñaban a la luz. Fue bajando lentamente la cabeza, saboreando el paisaje gallego. Le resultaba increíble el parecido de esta tierra con su natal Escocia.
Cuando llegó a España había creído que iba a encontrarse con un secarral desierto y árido y plagado de víboras, pero en vez de arena tenía yerba verde bajo sus pies y en vez de serpientes —que las había, y en abundancia, pero bien ocultas— halló refrescantes ríos donde saciar la sed. Eso sí, la huida del Ejército británico acosado por el mismísimo emperador francés había sido un desastre y también le había mostrado la peor cara de aquel sureño país bajo el frío y la nieve embarrada, por lo que un poco de sol, que era el mismo en todas partes, era muy de agradecer en aquel gris y gélido invierno.
Miró hacia la extensión que tenía delante, de espaldas a la costa, y admiró el contraste: verde puro contra azul puro; "una esmeralda junto a un zafiro", se dijo el capitán.
Se olvidó finalmente del panorama para fijarse en sus hombres. Gente dura; algunos jóvenes, otros no tanto, y todos valientes y sufridos.
Eran soldados escoceses elegidos expresamente para retener a las tropas francesas el tiempo suficiente como para que en retaguardia, allá en La Coruña, el grueso del ejército inglés desembarcara hacia las islas, a casa, para lamer sus heridas y regresar algo más repuestos. Ésa era la idea del general Moore. El viejo militar era un astuto y curtido hueso bien duro de roer y a los gabachos, como gustaban en llamar los españoles a los casacas azules, se les podía atragantar si se lo intentaban tragar.
Su compañía se encontraba a la izquierda del frente inglés, si bien el veterano líder, al frente de la Brigada 95 de Infantería de Fusileros, se había llevado por ahora la peor parte de la refriega. Pero la Union Jack todavía hondeaba orgullosa en el centro de la cuña británica y en aquél de los varios recesos que se suelen producir en mitad de una batalla como aquélla, considerada "civilizada", el capitán se permitió el lujo de contemplar aquel trapo tricolor que abrigaba bajo su maternal yugo a galeses, ingleses, irlandeses y escoceses por igual. De hecho, a su alrededor el Regimiento 50 de Fusileros Reales Galeses estaba siendo despedazado por la artillería desplegada por el indeciso, aunque inteligente, mariscal Soult.
Creagh pensó en los pocos de los suyos que sobrevivirían aquel día. Por un momento creyó verlos igual que si fueran carneros caminando hacia el matadero, auténtica y literal carne de cañón; pero luego, enfadándose consigo mismo, desechó la idea.
—No. Son hombres —susurró mirando al suelo mientras cerraba la mano en un puño de enojo y vergüenza hacia su persona.
—¿Señor? —Era el joven tamborilero Finbar O'Rourke. Un nativo de Cork de apenas quince años, que se había extrañado sinceramente al oír hablar a su lado al capitán. Éste se le quedó mirando un momento.
"Por Dios, pero si es un niño", pensó y le apoyó con cariño la mano en la cabeza.
—No pasa nada, chaval —le respondió y se alejó en busca del sargento Adair Irwin.
Lo encontró departiendo animadamente en gaélico con un soldado raso de nombre Dermoth acerca de las mujeres de pelo pajizo que les aguardaban en su tierra y de lo que él haría en ese mismo momento con una de ellas si la tuviera a mano. Ambos se reían a carcajadas. No en balde, todavía guardaban algunas botellas de vino procedentes del saqueo sistemático realizado en todas las casas que se habían encontrado por el camino en dirección al puerto salvador.
—Thoir Toigh! Cum samhach! —Le advirtió entonces el soldado con un ligero acento pastoso y el sargento se giró con una agilidad pasmosa para su gigantesco tamaño cuadrándose ante el capitán. Creagh respondió al saludo con desgana y volvió a pasear la mirada por la zona con los brazos en jarras.
—Irwin... De los españoles no se ven ni las sombras. ¡Maldita sea! —Gritó el capitán—. ¿No es ésta su guerra?
El sargento miró a su vez en la dirección que contemplaba su superior y se rascó sus rojizas y abundantes patillas.
Aspecto que tiene un highlander del 42
Regimiento en las guerras napoleónicas.
cogido de accionunoseis.org.
—Sin duda, señor. Pero ellos tienen otras batallas que atender. Eso sin contar los que ya han caído junto a nosotros en la retirada y que dos de sus regimientos nos apoyan desde la ciudad —comentó prudente—. En cierto modo, lo nuestro es una escaramuza que no les concierne del todo. El enano corso sabe bien lo que se hace...
—¡Así se queden helados los malditos franceses con este frío venido del Infierno! —Respondió el capitán mientras se secaba el sudor con un pañuelo sucio de sangre y ceniza tras quitarse el sombrero.
—Señor —exclamó el sargento—, si lo ve conveniente a la tropa se le podría dar un pequeño respiro. Llevamos horas de tensión y de combate y los franceses nos acosan, pero no terminan de atacar.
El capitán miró a Irwin con una sonrisa irónica.
—¿Cansado, sargento?
—¡Dios me libre, señor! En mi familia nunca estuvieron permitidos esos lujos más propios de nobles que de una plebe pobre como las ratas; no sé si me entiende —respondió el aludido casi con indignación—. Lo digo más bien por ellos.
El capitán miró a sus hombres, se volvió a cubrir con el sombrero y mientras se alejaba dijo:
—Evidentemente, por ellos. Está bien, dé la orden. Pero que los hombres se vayan alternando.
Irwin comenzó a gritar bien alto para que toda la compañía le pudiera escuchar sin excesivos problemas.
—¡Atención! —Los soldados se tensaron con un entrechocar de talones y armas recogidas en los arsenales coruñeses—. ¡Primer batallón! ¡Sobre el lugar... Descansen!
La mayor parte se dejó caer al suelo con satisfacción y comenzaron a charlar como si se encontraran a miles de kilómetros de allí, aislándose del desastre que se cernía a su alrededor. El resto se mantuvo alerta a los movimientos del enemigo, que en cualquier momento podría reiniciar las hostilidades hacia la zona en la que se encontraban, muy próxima a un lugar llamado Pedralonga.
Caía la tarde y las sombras se alargaban para devorar con hambre los perfiles de todo lo tangible e intangible. Durante ese mínimo periodo de tranquilidad Finbar O'Rourke contemplaba pensativo su tambor. No comprendía exactamente la razón por la que se había presentado voluntario para aquel suicidio. Quizá fuera porque no tenía familia ni en Irlanda ni mucho menos en España, o quizá creyera bueno transformarse en un héroe y entrar a formar parte de una Historia que se teñía cada vez más de negro bajo la oscura sombra de Napoleón. Un emperador absolutista, con Julio César y Alejandro Magno como principales ejemplos en los que reflejarse, que tuvo sus orígenes en una teórica Revolución del pueblo para el pueblo, y a la que acabó traicionando con un golpe de estado por el bien de una Francia que medraría como nunca gobernada por su férrea mano.
Pero la política no le importaba al joven tamborilero ni tampoco a los soldados con los que compartía camaradería y destino y que en ese momento tenían ánimos para bromear incluso sobre la muerte.
—¿Os habéis dado cuenta? —Dijo uno de ellos señalando con el dedo por encima del hombro hacia retaguardia—. Esos cretinos han dado por segura nuestra muerte.
—¿Por qué lo dices? —Quisieron saber varios a la vez; en sus caras se leía una curiosa alegría. Esperaban que el chiste fuera bueno.
—Ni siquiera nos han dejado víveres para la cena de hoy.
Por un momento se hizo el silencio y poco después un coro de risas sacó a Finbar de su ensueño. El chaval también sonrió, aunque ligeramente.
Creagh contemplaba estas muestras de ánimo con satisfacción. "¡Qué ser tan curioso el hombre! —Caviló—; éstos van a la muerte y se lo toman a broma. Realmente asombroso".
Uno de los cabos se le acercó corriendo e hizo el saludo antes de informarle:
—Señor, los franceses —tenía la respiración entrecortada por el ansia.
—¿Se mueven?
—Han formado para el avance delante de nosotros.
—Bien. Avise al sargento Irwin. Que se presente de inmediato ante mí —fue hacia el bulto donde se acomodaban sus enseres personales y sacó un catalejo, regalo personal del propio comandante Wesley. Lo desplegó por completo y avanzó unos pasos antes de llevárselo al ojo. A su lado aparecieron el sargento y el cabo.
—¿Señor? —Preguntó Irwin en posición de firmes y bastante más despejado que antes.
—El general Hope ya debe de estar al tanto, pero envíe a un hombre a darle aviso y esperaremos órdenes —dijo Creagh sin sacarse el catalejo del ojo—. ¡Por San Jorge que vamos a tener un buen baile! Nos tocan unos cuantos...
La masa de soldados bajo el mando del muy astuto general Delaborde se desplazaba hacia el valle donde se encontraba la minúscula localidad de Pedralonga. En el centro de las líneas británicas los franceses habían concentrado el fuego de artillería y la batalla allí estaba resultando especialmente dura y sangrienta.
"Nos toca de nuevo", se dijo el capitán, mientras calculaba las fuerzas enemigas a las que se tenía que enfrentar en pocos minutos.
—¿Cuántos cree que son, señor?
—Unos cinco mil... Quizá más —respondió su superior sin inmutarse—. Pero no hay caballería y tienen muy pocos cañones.
La orden no vino de Hope, sino del general Leith, que se encontraba a su derecha, y no era otra que acudir al encuentro de los franceses. Por entonces, el general Moore había fallecido en combate, mientras que su sucesor, el general Baird estaba muy malherido, con lo que Hope se hizo con el mando supremo. Pero de eso los escoceses no tenían noticias.  
—Tenemos trabajo, Irwin, y hay que hacerlo deprisa y bien.
El sargento volvió a saludar y se alejó gritando órdenes. La compañía ya estaba preparada y el sargento se encontró a todos de pie y dispuestos para cualquier eventualidad. Sus caras, sin embargo, mostraban una gravedad gris y macilenta y más de uno tuvo que disimular sus náuseas.

Un tamborilero y un gaitero vestidos a la manera de las guerras napoleónicas. Foto cogida de royalgreenjackets.blogspot.com.es.
—¡En formación! ¡Muchachos! ¡Deprisa! Vamos a defender con uñas y dientes el vino que nos hemos encontrado por el camino. Que no caida en manos de los franceses.
Hubo algunas risas, pero enseguida el entrechocar de armas dio paso a un silencio inquietante. La brisa fresca movía los penachos de sus gorras y traía el ruido de cientos de pies avanzando en la distancia y algunas órdenes gritadas en francés.
El capitán Creagh llegó a paso firme y se colocó de espaldas a sus hombres, en primera línea. Detrás de él se situó el sargento, aguardando paciente. Miraba al cielo, pero no rezaba. Su superior le habló sin volverse para mirarle.
—Nuestra compañía abrirá la marcha. Estaremos apoyados por otras dos compañías de fusileros ingleses y galeses que nos flanquearán en el avance —luego elevó la voz para que todo el mundo le escuchara—. ¡Por la gloria de Escocia en nuestros corazones! ¡Quiero que la música suene bien alta por encima de los disparos!... ¡Aaaatención!
Creagh desenvainó su espada y los 350 hombres de su compañía comenzaron a escuchar el sonido de una decena de roncones sonando a la vez. Enseguida las gaitas interpretaron "Highland Laddie", la melodía tan conocida por aquellos rudos hijos de la Caledonia céltica. La sangre empezó a bullir en sus venas y sin moverse del sitio comenzaron a marcar el ritmo con los pies.
El capitán dio la orden de avance y, al mismo tiempo que entraba el redoble de los tambores, toda la compañía se puso en marcha.
Finbar superó el terror inicial gracias a la música. Golpeaba frenéticamente el parche de su instrumento junto a otros cuatro chicos que caminaban a sus lados. Detrás de él iban los soldados con sus fusiles en bajo y las ballonetas caladas. Miró al capitan que marchaba a buen ritmo con el sable descansando sobre el hombro.
Los franceses se habían detenido poco antes de alcanzar Pedralonga. Todavía estaban lejos y no se escuchaban disparos. Frente a ellos se habían colocado las piezas de artillería —no más de seis— y numerosos efectivos de artillería. Galeses e ingleses también habían iniciado el avance a ritmo de tambores y flautines de guerra. Los últimos estarían acosados por la mitad de los 1.600 dragones del general Lorges. El joven tamborilero analizó fríamente su situación y consideró que era mejor que la de una carga de caballería, aunque en aquel terreno abrupto y plagado de obstáculo la efectividad en combate de aquellos animales era por completo nula.
Monumento a Sir John Moore donde cayó en la batalla.
Había prisa. La tarde se movía con rapidez y la débil luz invernal del sol en breve se apagaría. Sault no las tenía todas consigo, y no se atrevía a lanzar un ataque final, porque podría derivar en un auténtico desastre. Pero los británicos querían tener cerrada la evacuación del ejército esa misma noche. Así que la labor de los voluntarios que quedaban en el frente era la de seguir frenando la falta natural de iniciativa por parte del enemigo y evitar que éste acabara utilizando su cañones contra los barcos fondeados en la bahía de A Coruña.
El primer disparo de cañón sobresaltó al joven. Era un proyectil de cálculo. Cayó a unos veinte metros delante de la compañía, abriendo una espantosa herida negra en el verde del valle. No volvió a escuchar más cañonazos hasta que llegaron a la altura del hueco producido por la primera granada. Entonces las seis bocas vomitaron sus balas a discreción y fue como estar en el corazón de una tormenta espantosa. Tardaron algunos segundos en caer a tierra, y cuando lo hicieron varios cuerpos destrozados quedaron esparcidos por la yerba sin darles tiempos a gritar.
Las gaitas plañeron más fuerte y los tambores golpearon duro el cuero para ensordecer el rugido de las detonaciones. Los franceses esperaron a regular el tiro otra vez y de nuevo abrieron fuego. Una bomba estalló delante de Finbar levantando terrones de tierra y piedras que golpearon en su tambor y le hirieron e las piernas desnudas bajo el kilt verde del uniforme escocés. Su cara se oscureció con el humo y de la boca le salían esputos terrosos.
Observó al capitán que continuaba igual de erguido, mirando siempre adelante. Había perdido el sombrero y su peluca blanca quedaba a la vista de sus hombres. El sargento Irwin había caído decapitado por una bala de cañón que le arrancó de cuajo la cabeza, y era un cabo el que ahora ocupaba su puesto. A partir de entonces y hasta el final los cañones no cesaron en su empeño de desgarrar la carne y los huesos de los furiosos escoceses. Finbar imitó al capitán: apuntó la cara al frente, pero sin ver el objetivo; sólo caminaba, siempre, sin pausa, pensando que quizá así lograría esquivar a la muerte.
Sus compañeros caían en silencio, ahorrando aspavientos, como si fueran muñecos de trapo sin el sostén que proporciona la vida. De cuando en cuando, Finbar llegaba a divisar los huecos que dejaban a su lado los muertos.
Sonaron los primeros disparos de fusil: una interminable hilera de franceses abría fuego dejando cantidad de pequeñas nubes de humo blanco que se elevaban hacia el cielo, indiferentes al pedestre escenario de la guerra. Las redondas balas la mayoría de las veces no eran mortales, pero sí muy dolorosas y, a la larga, el herido no llegaba a salvarse. Tras la compañía el campo aparecía sembrado de moribundos que gemían con los brazos en alto solicitando ayuda.
Creagh recibió el primer impacto en la pierna. Dio un traspié y se tuvo que apoyar en la espada para no caer. Finbar vio cómo aquel hombre realizaba enormes esfuerzos por incorporarse y antes de que el resto del grupo le alcanzara, él ya estaba de pie y andando a buen paso. Cada movimiento de sus piernas hacía que el capitán encogiera la boca en un gesto de dolor y que un chorro de sangre manara libremente de la herida. Los ojos del capitán apenas podían enfocar nada a través de los chispazos de luz que le provoca aquel tormento.
Los escoceses por fin abrieron fuego y algún que otro francés cayó del mismo modo: en silencio y sin gestos superfluos. Simplemente morían.
Quedaban pocos galeses a su izquierda y de los ingleses no se sabía nada; había un silencio inquietante en su zona. Finbar temió que hubieran muerto todos, aunque en realidad las otras dos compañías se habían replegado concentrando en los soldados gaélicos la totalidad del fuego enemigo.
Sin embargo, el momento más angustioso para el joven irlandés fue cuando notó que el sonido de las gaitas y tambores había disminuido drásticamente, y que el ruido de pasos marcando el ritmo en tierra era débil, casi imperceptible a sus espaldas. "¡Dios mío! No hay casi nadie. Me estoy quedando solo", pensó asustado sin atreverse a echar un vistazo ni atrás ni a los lados, aunque la tentación era intensa.
En otra tanda de disparos el capitán cayó por fin. Se quedó apoyado en rodillas y manos y con la cabeza gacha. Finbar recibió un proyectil en el tambor, pero no se dio ni cuenta, ya que en ese momento estaba dando la vuelta al instrumento para continuar golpeándolo en su parte inferior; la otra se había roto.
Justo entonces se percibió del absoluto silencio que se había hecho en el campo. No había música ni pasos a su alrededor, y los franceses que entreveía a través de las columnas de humo habían dejado de disparar. Finbar se encontraba al lado de su capitán, que jadeaba con rabia defendiendo el último aliento de vida. El joven comenzó a llorar quedamente y notó la mano de Creagh que le empujaba, animándole a seguir.
—Venga, muchacho... ¡Adelante!
Finbar vaciló un instante, contemplando la súplica en los ojos del capitán.
—¡Vamos! —Repitió éste y Finbar comenzó a tocar de nuevo, avanzando poco a poco al principio, tratando de disimular el temblor de sus piernas, y al ritmo después.
Justo detrás, Creagh había empezado a entonar como buenamente podía el "Rules Britannia", pero parte del aire se le escapaba en burbujeantes espumarajos rosados por sus perforados pulmones.
Delante los franceses se habían transformado en formas borrosas a causa de las lágrimas. Varios de ellos se cuadraron ante Finbar formando un pasillo para dejarle pasar con las armas en alto, saludando al valiente hijo de Hibernia.
Creagh había dejado de cantar y yacía muerto en tierra ahogado en su propia sangre, y Finbar avanzaba hacia adelante, con el sol poniente a su espalda, redoblando con fuerza su tambor.
La misión se había cumplido.





Representación de una carga de infantería británica en las guerras napoleónicas. Cogida de www.hisinsa.com
Por alusiones, voy a introducir dos videoclips de Barry Lindon. El primero es la Marcha del Liliburlero, una delicia para el cuerpo y el alma:



La siguiente es British Grenadiers y una danza tradicional con la forma de bailar típica irlandesa, bajo el título de "Piper's Maggot Jig" e interpretada por The Chieftains.



Y una de los temas más célebres del grupo Luar Na Lubre, gallegos hasta la médula, "O Son Do Ar", del que Mike Oldfield quedó por completo prendado (y no me extraña).



Por cierto que si alguna productora gallega tiene la buena idea de llevar esta batalla al cine, no va a tener problemas con los extras, porque cada año en A Coruña se celebra el aniversario de este encuentro bélico entre casacas rojas y azules con una representación muy bien ambientada. He aquí una pequeña muestra:




El toque Mod-ernista: The Jam y su "The Eton Rifles".