martes, 22 de enero de 2013

La Rosa Negra (capítulo IX)

Éste es el penúltimo capítulo de La Rosa Negra, una novelita que, al parecer, es lo que más agrada a los que se adentran en las Visiones aromatizadas de añil (aunque también desconozco por completo la razón por la que el capítulo I apenas sí lo ha leído nadie, y eso que lo tiene todo el mundo a su disposición). A disfrutar de lo que está por venir, mis ansiosos lectores:


Capítulo IX. Cambios inevitables.
-En su laberinto sobran tres líneas -dijo
por fin-. Yo sé de un laberinto griego que
es una línea única, recta. En esa línea se
han perdido tantos filósofos que bien puede
perderse un mero detective.
J.L. Borges. La muerte y la brújula.


El morro de Celebinish golpeó con dulzura el rostro del muchacho, quien por fin acabó despabilándose gracias a la tenaz insistencia del animal. El caballo lanzó un amistoso relincho cuando Cunneda se puso en pie tambaleándose inseguro.
-¿Dónde estamos, amigo?
La noche había caído sobre el Monte Negro, pues ésa era su designación tal y como averiguó el joven posteriormente. Sus acuciantes inspecciones en torno suyo no despejaron la incógnita de su pregunta, aunque el paisaje tenía unos toques familiares que le pusieron aún más nervioso.
-¡Madre mía! ¿Qué te ha ocurrido? -Dijo acercándose cauteloso a Celebinish. Su pelaje, antes del color del carbón, era ahora blanco grisáceo y su mirada revelaba una aflicción versada, propia de los que ya han vivido demasiado o de los que han experimentado el mayor de los sufrimientos. Por un momento Cunneda se preguntó si él también tendría el mismo aspecto, pero el caballo le rehuyó antes de que el muchacho lograra acariciarlo.
-¿Qué pasa? Soy yo. ¿Tanto he cambiado o qué?
No se trataba de eso. De hecho, Cunneda no había experimentado ninguna variación física, salvo por la grieta transversal que ahora le partía la frente de parte a parte y el hecho de haber perdido la facilidad de sonrisa habitual en los niños y adolescentes. Si Celebinish se alteró fue por la sigilosa aparición de tres figuras que irrumpieron desde las sombras cercanas. Eran elfos y el más adelantado de ellos, de majestuosa estatura y espesa cabellera roja, iba fuertemente armado. Al verlo más de cerca creyó estar en presencia de un aparecido, tal era su semejanza con el guerrero al que encontró herido de muerte en el bosque.
Los elfos se detuvieron saludándole con una respetuosa reverencia. Luego el más alto invitó al joven a que le siguiera con un gesto del brazo; los otros dos se situaron a ambos lados del caballo. Como Cunneda se mostraba reticente a ir detrás de su anfitrión Celebinish le propinó un empujón en la espalda y el elfo, siempre sin hablar, se sirvió de la situación para tomarle de la mano.
-Aguarda un momento -pidió Cunneda dirigiéndose al animal-. No hay que ser muy listo para imaginarse que ya no nos veremos más. Y eso me duele; no sabes cuánto. Pero lo que más me preocupa es pensar que yo pueda haber sido el culpable de lo que te ha sucedido. No estoy muy seguro de ello, pero por si acaso es así te pido por lo que más quieras que me perdones.
Los elfos sonrieron con simpatía ante la escena mostrando sus blancas y perfectas dentaduras y, durante un segundo, los ojos de Celebinish lucieron con la energía de antaño. El muchacho se dio por absuelto cuando el noble corcel se dejó pasar la ano por la frente antes de marcharse escoltado por los caballerizos.
"Otra despedida", pensó amargado mientras se dejaba arrastrar pacíficamente por el guerrero pelirrojo.
Decenas de luciérnagas les abrían camino revoloteando incansables a gran velocidad; algunas, en línea recta, las más, formando complejas figuras en el aire. Aunque si uno ponía su atención fija podía llegar a descubrir que aquellas traviesas lucecitas verdiamarillas no eran en realidad insectos, sino diminutas hadas silvestres, de ésas que no hablan, pero cuya pueril malicia había provocado que numerosos viajeros del Mundo de los Humanos extraviaran sus pasos en pos de engañosas maravillas visibles sólo para sus ojos.

Efecto de luciérnagas, cogido de blog.educastur.es.
Enseguida llegaron a una sala sin techo, aunque con paredes naturales, puesto que se trataban de aquellas rocas con forma de fortaleza que Cunneda había divisado a lo lejos. Una doble hilera de menhires desiguales seccionaban el habitáculo en tres partes y justo el pasillo que se formaba en el medio, alfombrado con una oscura capa de tierra perfumada, remataba en una plataforma de granito a la que se habían añadido dos amplias abrazaderas sobre las que se podían descansar cómodamente los brazos, manteniendo, al mismo tiempo, una digna postura sedente. En efecto, aquello era el trono del Rey de los Elfos.
No bien lo vio el joven se sacudió la modorra de encima y se soltó de un tirón de la mano de su guía. Aunque su instinto no percibía ningún peligro inmediato debía de tener cuidado, ya que era perfectamente consciente de que él era un intruso llegado hasta allí para robarles a aquellas gentes su tesoro más preciado y eso, de una manera u otra, tendría que pagarlo.
"Me van a juzgar. En cualquier momento aparecerá el rey y me mandará matar", desconfió poniéndose en guardia.
Muy al contrario, con una refinada delicadeza, el elfo le cogió del brazo y le encaminó hasta el sillar de piedra. Allí el estupefacto muchacho fue obligado a sentarse y entonces la habitación se iluminó con un resplandor azulado que confirió a la sala un aspecto grandioso. El mayordomo se retiró unos pasos sin ofrecerle la espalda y se hizo a un lado.
Ante el joven las sombras danzantes de los hincados menhires comenzaron a materializarse en un número imposible de formas; algunas enormes y ominosas, otras más menudas y que inspiraban simpatía, pero todas increíblemente reales, de carne, sangre y huesos, con vida propia, y ninguna amenazante.
El primero en aparecer fue un hombrecillo de fiera apariencia, pero de ancha y campechana sonrisa. El elfo hizo la presentación:
-Cada uno de los pueblos ha enviado a la corte a un representante para brindarte sus respetos y darte de nuevo la bienvenida, mi señor. Éste es Liam, el Puka.
El citado se inclinó grotescamente haciendo que su cerdosa y desmeñada cabellera de color castaña le cubriera buena parte de su fisonomía y posó ante Cunneda una cesta de mimbre pelado repleta de frutos secos sucios de barro, entre los que asomaban hojas de menta, pequeñas ramas de alcornoque, gusanos, larvas y alguna que otra mosca. El elfo no pudo reprimir una rápida mirada golosa al regalo. Por su parte, el joven no supo cómo reaccionar por el presente.
Una vez cumplido su encargo el Puka cedió su puesto al siguiente invitado. Se trataba de una mujer alta y joven vestida con una capa gris sobre un largo vestido verde. Cunneda crispó las manos sobre los brazos del trono con disgusto manifiesto.
"¿Qué condenada broma es ésta?", pensó contemplando con ira el rostro de la mujer de ojos malva. Era exactamente igual al de su madre muerta.
-Ella es Bás de Rí, la Banshee -anunció el elfo que hacía las funciones de maestro de ceremonias.
-No has de preocuparte -aclaró la Banshee, cuyos pies no llegaban a rozar el suelo-. Hoy no derramaré lágrimas en señal de duelo. Antes bien he venido a entregarte lo que nunca antes había dado a nadie.
Banshee idealizada por Michelle Monique.
Se produjo un instante de expectación y, ante el pasmo de la fantástica muchedumbre que se agolpaba al fondo de la estancia, la mujer únicamente sonrió.
Los histéricos murmullos, y alguna carcajada nerviosa, rompieron el silencio ante aquel rarísimo acontecimiento: por vez primera desde que el mundo era mundo, una Banshee no sólo había hablado, sino que se había aventurado a manifestar una significativa muestra de alegría.
-Puedes considerarlo como el mayor de los honores rendidos jamás a un rey -sentenció alguien a su lado.
Cunneda giró ansioso la cabeza en esa dirección porque había reconocido de quién se trataba. La dama élfica, su dama, aquélla a la que vio antes de entrar en el jardín, estaba junto a él, magnífica en su porte y sobrecogedoramente sencilla al mismo tiempo; mirándole de manera peculiar, cual si estuviera realizando un agotador esfuerzo por no lanzarse a su encuentro y demostrarle lo mucho que le amaba. Pero permaneció íntegra en su sitio, con las manos enlazadas tranquilas en su regazo, de pie, en un gesto de curiosa sumisión hacia él.
"¿Me ha llamado rey? ¿A mí?", reflexionó receloso. Miró entonces a los que debían de ser pues sus súbditos y vio que éstos doblaban cortésmente la cabeza ante la recién llegada. Antes de que pudiera reclamar una explicación a alguien la Banshee volvió a tomar la palabra.
-No puedo permanecer aquí por más tiempo, pero antes quiero que sepas que, sea cual sea tu elección, siempre me tendrás a tu lado para velar por ti hasta que llegue la Noche de los Tiempos.
Dicho lo cual la mujer que encarnaba la tristeza lanzó un estridente chillido y se marchó en dirección a las estrellas.
"Y ahora ésta va y me habla de una elección", masculló el muchacho. "¡Dioses! ¿Es que nadie me va a decir claramente qué es lo que está pasando?"
Efectivamente, nadie le hizo ese favor. "Cada cosa a su tiempo -creyó oír en su interior-; vive el ahora y disfruta dejándolo fluir". Supo que esa franca vocecita era la suya propia y permitió que se sucedieran las presentaciones.
Y así fue que ante él pasaron elementales de todos los rincones del mundo entonces conocido, que era paralelo en extensión y perfil al desconcertante país al que había accedido Cunneda. De la fértil Hispania acudieron Beles, el Basajaún, y Turinnus, el Nuberu, así como pícaros Follets y voluptuosas lamias con fíbulas y broches de un material blanco que no era ni metal ni piedra y que confiaron de todo corazón a su rey. Kornikaneds, Korils y Poulpikans fueron mandados en embajada desde la frondosa Galia para hacer entrega de elaborados cuernos de marfil labrados en las defensas de animales extinguidos hacía ya varias eras. Un grupo de Mineros, encabezados por el gigante Geinon, de las húmedas tierras de Gales obsequiaron al soberano con todo tipo de joyas vírgenes extraídas de remotas vetas profundamente enterradas en el subsuelo de las colinas de Presseleu, y las córnicas Muryans, minúsculas entre la Gente Menuda, dejaron muestra de su presencia con una armadura de piedra, resistente y liviana, que tenía la facultad de adaptarse a cualquier cuerpo que se la calzara.
"¿Y a todos éstos qué les pasa? ¿Por qué no me hablan?", refunfuñó. "¿Quizá porque no les iba a entender?". Echó un vistazo de soslayo a la mujer que estaba levantada a su lado. "¿Y ella? ¿Por qué ni siquiera me mira? ¿Me tendrá miedo o algo así?"
-¡Vaya, vaya, vaya! Mira tú por dónde, éstas que vienen por ahí no necesitan presentación -comentó al volver su atención a la sala.
Tres xanas, Resignación, Deseo y Moderación, avanzaron en toda su espléndida desnudez como emisarias, ironía o burla expresa, del vastísimo Pueblo del Mar. Cunneda clavó los ojos en Deseo, pero ésta no parecía trastornada, o por lo menos lo disimulaba demasiado bien.
-¿Vosotras tampoco tenéis nada que decirme? -Indagó rápidamente el joven.
Las tres se miraron con aire de inocencia y entonces Resignación, adelantándose a las otras, respondió misteriosa:
-¿Quiénes somos nosotras para cuestionar las razones de un rey cuando hace lo que hace cumpliendo con su voluntad?
-¿O discutir sus inquietudes? -Añadió Moderación.
-¿O sus más íntimos deseos? -Puntualizó la que respondía a este mismo nombre.
-¡Oh! ¡Palabras, palabras y nada más que palabras! -Saltó Cunneda visiblemente airado-. ¡No os entiendo nada! ¡Pero, bueno! ¿Nadie sabe decir las cosas con claridad?
El muchacho miró desesperado tanto a su maestro de ceremonias como a su dama. Pero quien habló otra vez fue la más veterana de las xanas.
-Si el rey llora, el Mundo se estremece -dijo.
-Si sueña, el Mundo se transforma -apuntó la segunda.
-Si el rey juega a ser hombre, ¿quién habrá de oponerse a su capricho? -Culminó Deseo entrecerrando ladina los ojos.
Aquello sonaba descaradamente a reproche. Sin embargo, antes de que Cunneda pudiera dar rienda suelta a su enojo la dama élfica rompió su quietud y, con dedos de seda, le tapó la boca. Su otra mano aferraba la del enfadado rey. La mujer hizo un gesto de asentimiento a Resignación, la cual mostró una cajita de coral rojo en cuyo interior reposaba una inmensa perla gris perfectamente esférica.
-Con los saludos de mi pueblo, mi señor.
Ni el tono ni las maneras de la Sirena denotaban malestar o desagrado. El trío comenzó a retirarse con la cabeza gacha y caminando de espaldas. En esto, Deseo volvió a alzar la mirada contemplando directamente al monarca.
Oleaje en el Cantábrico, donde siempre tuve la sensación que el mar estaba plagado de "otros" seres...
-Por los besos de un rey bien merece la pena morir -anunció con afecto.
Sus hermanas la miraron arredradas mientras se ensombrecía el rostro de Cunneda.
En la lejanía se escuchó el furioso bramido de la mar. Una burbujeante lengua de agua salada prosperó desde el fondo del salón y se detuvo bajo las xanas bañándoles los pies.
-Insolente -recriminó Resignación a Deseo.
-Serás nuestra perdición -se quejó temerosa Moderación.
Las tres se fundieron con el agua, que comenzó a replegarse al lugar de donde manó. Y así se esfumaron dejando tras de sí solamente el eco de la risa provocada por la más joven.
Tan abatido quedó Cunneda que ni reaccionó ante la niebla que comenzaba a condensarse en medio de la estancia. La dama ya se había despojado totalmente del manto de impasibilidad con el que se arropó al emerger desde detrás del trono y, en un ademán de infinito cariño, se agachó frotando su sien contra la del joven, mostrándole así que compartía su desasosiego.
-¿Dónde estabas todo este tiempo? -Musitó dejándose mimar porque sentía la necesidad de sustento.
-Esperándote -respondió la dama en el mismo matiz insinuante-. Hace una verdadera eternidad que aguardo tu regreso.
-Eso no puede ser. Estoy seguro de que si te hubiera conocido antes nunca te habría dejado -aseveró mirándola embelesado. Tanto más la contemplaba más se perdía en el embrollado universo de su atemporal belleza-. Dime una cosa, ¿eres una reina?... No, espera; quiero decir si eres mi reina.
La mujer se apartó alagada recorriendo con los dedos el contorno de la cara del rey y, alzando una ceja, señaló con la cabeza hacia el centro de la sala.
-Más tarde, mi vida -advirtió incorporándose-. Aún hay quienes requieren de tu atención.
Impregnado con las brumas vaporosas del imperecedero Norte, de donde procedía, Woepodk, un enorme Troll de Bunnerfjäll, ofreció sin mediar palabra su maza y su escudo hechos de roca viva. El desconcierto de Cunneda fue mayúsculo cuando vio aproximarse a un Trasgo que llevaba en las manos un singular trofeo: el ensangrentado pellejo de un venado de dieciocho puntas.

Imagen de la película The troll hunter, cogida de www.cinemaseries.es.
-¡Tu arma! ¡Maldita sea! -Gritó al edecán botando nervioso del trono-. ¿Es que no ves que el enemigo está aquí?
El maestro de ceremonias, que hasta entonces mantenía los brazos cruzados sobre el pecho, se abrió la capa para mostrar que iba desarmado.
"¿Cómo es esto? Juraría que antes tenía una espada", se dijo Cunneda comprobando, en efecto, que los pertrechos de guerra que antes vestía el elfo habían desaparecido. "Pero si yo la vi, ¡la vi!"
- Aquí no hay enemigos que valgan, mi señor -explicó el otro con calma-. Todos los pueblos son uno, sin distinciones, y como uno solo se somete a tu voluntad por amor a tu persona. Éste es Adonain, el Portador de la Corona.
El Trasgo de anaranjadas pupilas brincó ligero al asiento real y desde su nueva estatura colocó la piel del pardo ciervo sobre la cabeza del muchacho. Éste dio un respingo al notar la pringosa frialdad de la muerte reciente refrescando su cráneo, pero le sorprendió que la espesa cornamenta no le resultara para nada pesada. El resto del pellejo se vertió, a modo de cálida bernia, sobre sus ropas manchándolas de grasientos lamparones y apelmazados grumos de sangre seca.
Ante la feroz facha que mostraba el coronado, Adonain alzó los brazos bramando con estridencia y la masa obediente de Enanos, Duergars, Redcaps, Trolls y Goblins que le acompañaban hincaron a un tiempo la rodilla en tierra.
El monarca recorrió con la mirada a los que se humillaban ante él y evidenció su contento, tal era el poder que empezaba a calibrar que tenía. Entonces, tan repentino como un rayo tarda en aparecer y desvanecerse, se hizo la oscuridad. Las sombras de los megalitos volvieron a tragarse hambrientas a las figuras de sus vasallos y a Cunneda le sobrevino un pesaroso sentimiento de abandono.
-¡No! ¡Aguardad! Todavía faltan más por venir. Decidme, si no, ¿dónde están Lucífero y el Padre de los Gusanos? ¡Tampoco se ha presentado el que gobierna al Pueblo de los Muertos! ¡Contestad a vuestro rey! ¡Os lo ordeno!
Este estupendo dibujo del dios celta Cernunnos me sirve perfectamente
para ilustrar la forma en que el trasgo coronó a Cunneda. Está cogida de dancingmooncoven.blogspot.com.es. 
Pero ya no había nadie; ni siquiera su flemático mayordomo estaba ya allí para atender a sus exigencias. La sala, como si hubiera perdido parte de su magia, pasó a ser una simple agrupación de rocas entre las que correteaba ruidoso el rociado viento de las zonas altas. En el cielo, un trillón de estrellas lanzaban tunantes guiños cómplices al solitario joven, quien salió presuroso del lugar abandonando los bienes que le habían cedido los delegados de las razas.
En su precipitada fuga llegó sin darse cuenta hasta el único árbol que crecía en la colina y bajo su denso ramaje se detuvo sobrecogido por la altura y la supuesta edad que tendría aquel roble. A través de una mínima rendija de su corteza tanto él como Celebinish habían salido del Mundo Subterráneo, pero eso era algo que él ignoraba y que, de haberlo sabido, tampoco le hubiera importando mucho, tan deprimido estaba.
-Queda muy poco tiempo, mi señor, y todavía tienes que cumplir tu destino.
El rey se dio la vuelta con lágrimas en los ojos y la dama se estremeció al ver el inesperado llanto de su amado.
-¿Qué es eso de que no hay tiempo? -Formuló Cunneda nada más controlarse-. ¿Tiempo para qué?
-Ven conmigo -le dijo la mujer asiéndole del brazo-. Te llevaré a donde está lo que tanto ansías.

Para esto, me gustaría que sonara Triskell y su mágico tema Ar voerion.



Y no me resisto a incluir al maestro de las cuerdas, Alan Stivel, con su dulcísima Suite des montagnes (¡Vive la Bretagne! Va por ti, monsieur Jean-Yves Kerzulec).



lunes, 21 de enero de 2013

APOLOGÍA INFANTIL

Hola, de nuevo, amigos míos. Voy a plasmar el único poema mío que ha logrado llegar a "alguna parte" de todos los que he escrito. Fue allá por 1996 cuando me presenté al III Certamen de Poesía Extremadura desde la ausencia, un concurso destinado a extremeños que vivían (y algunos seguimos así) fuera de nuestra patria chica, y que se complementó con otro concurso de narraciones del que hablaré en otra entrada. Pues bien, esta pequeña oda a la juventud extrema parece que no disgustó (o bien se presentaron muy pocos), con lo que desde el Consejo de Comunidades Extremeñas, por entonces dependiente de la Consejería de Bienestar Social de la Junta de Extremadura, se consideró que era publicable y así acabó siendo (no, no fue el primer premio, pero entró en la lista de poemas que acabaron plasmados en papel, que no es poco).
En su momento, no hace mucho, pedí permiso a la Administración extremeña para publicar tanto el poema como mi relato (que también salió publicado) en el blog y como ha pasado el tiempo suficiente como para interpretar que el silencio administrativo implica una afirmación, aquí está. Se titula Apología infantil. Que ojalá os guste:

Niños en el interior de un tronco de tejo, de lamalocaazul.wordpress.com.



Ven y compara los ojos de los niños
con el arroyo fresco que nace en la montaña,
porque ninguno tiene sombra de polvo
en ese fulgor recién salido de la semilla sacra.
La sonrisa de los niños es tierna
como la algazara de las ardillas
y, mientras que con su imaginación otea
el horizonte en busca de nuevas perspectivas,
sus manos embarradas ya comienzan a erigir
un templo florido de Rosas
Secretas.
Pero su alma aún no está mancillada
por el sueño febril de la vanidad falsa,
y su inocente libertad inútil todavía es pura,
aunque a veces escupan verdades dolorosas a la cara.
No escuches al cretino en su madurez
con la que se cubre la terrible vergüenza
de no saber más que cuatro ideas
complicadamente vagas.
Fíjate que alrededor del centenario tejo
los niños y los viejos se dan la mano
para jugar al corro circular
todo el rato, mientras dure la noche.
¿No te dice nada esa imagen?
Alguien se atrevió ya a escribirlo:
El principio y el fin es el mismo;
y entre medias se muestra el camino
de oro o heces, depende.
Te lo dejaré bien claro, ¡oh, estúpido!
Nos lo enseñó el Gran Poeta:
"Sed como niños jugando a la Vida",
porque la mente infantil es, quizá, la más sabia.
 
 
Me pega la estupenda canción de Bobby 'Blues' Bland, Cry, cry cry.
 

domingo, 30 de diciembre de 2012

La Rosa Negra (Capítulo VIII)

Capítulo VIII. Viaje bajo tierra.
 
 

Por mí se va a la ciudad doliente,

Por mí al abismo del tormento fiero,

Por mí a vivir con la perdida gente.

Dante Alighieri. La divina comedia.

 
 
Tal y como le había asegurado el Nimbi, Celebinish era sumamente dócil con los que él permitía cargar encima. Tan cómo iba Cunneda que no tuvo necesidad ni de bridas ni de agarrarse a ninguna parte, y eso que el desfile se desarrollaba a todo galope. Por la velocidad, el glorioso efecto de ingravidez y cierto vértigo nacido de la boca del estómago, creía estar volando y así se dejó llevar unos minutos, con la cabeza ladeada, los párpados bajados en arrebato y los brazos ligeramente extendidos permitiendo a las rápidas corrientes de aire que se colaran bajo ellos haciendo ahuecar sus ropajes. Al volver a abrir los ojos vio al unicornio cabalgando gallarda a su lado.

-¡Esto es maravilloso! ¡Maravilloso! -Aclamó alborozado sin darse cuenta de que lo hacía en voz alta.

"Pues mira para atrás", le recomendó el Nimbi.

Así lo hizo, colocando una mano en la cruceta del caballo y la otra en sus cuartos traseros. A lo lejos, en mitad del verde mar de hierba, se encontraba la yeguada. Cada una de las bestias mantenía alzada su larga cabeza, en actitud oferente; un incipiente resplandor que abarcaba toda la gama de colores comenzó a emanar de las potras y poco después un descomunal arcoíris cubrió toda la bóveda celestial por encima de ellos.

El espectáculo sobrepasaba con creces su imaginación, ya de por sí bastante activa, y permaneció mudo olvidándose incluso de respirar. El unicornio, mientras, se limitó a corretear con gozo alrededor de Celebinish dejando escuchar de nuevo su risa infantil. El muchacho adoptó aquello como un buen augurio, lo que incrementó tanto su coraje como su confianza en acabar la aventura con un final felizmente adecuado.

Justo entonces se detuvo el caballo bruscamente, puesto que ya habían llegado a la base del monte. Literalmente la senda terminaba allí, como si penetrara en el seno de la montaña, y no se adivinaba ningún otro sendero por el que se pudiera alcanzar la cima. Para mal de males, la pendiente del cerro caía en picado durante más de diez metros en todo su perímetro abortando cualquier posible intento por escalarlo. Cunneda, desolado, miró inquisitivamente al Nimbi, quien le devolvió la misma mirada.

"¿Y cómo se sube hasta allí arriba?"

"Haces demasiadas preguntas", le reprochó el unicornio.

"Es que yo creí que la cima era a donde tenía que llegar".

"Y lo es", se apresuró a responder el animal. "Y éste de aquí es el punto en el que tú y yo nos separamos definitivamente. A partir de ahora ya no me verás más y tendrás que seguir solo".

A Cunneda se le vino el mundo encima. No había disfrutado de mucho tiempo junto al Nimbi, pero se había acostumbrado a su presencia y hasta le había llegado a tomar auténtico cariño.

"¿Cómo piensas irte? ¿Vas a desaparecer o algo así?"

La inocente ocurrencia del muchacho divirtió al unicornio, aunque su risa no sonó tan alegre como antes.

"Me iré caminando, si ése es tu deseo".

"Lo que de verdad quiero es acabar ya mismo con esta pesadilla".

"Pero no puedes. Quizá te quede todavía lo más duro por recorrer".

"¡Y me lo dices así! ¡Tan tranquila!", saltó el joven. "Me figuré que eras mi amiga, caramba, pero pareces disfrutar intentando meterme miedo".

"¿Hubieras preferido que te mintiera?"

"¡Por lo más sagrado! Claro que no. Lo siento", se disculpó. "Supongo que las cosas no pueden ser de otro modo. Pero antes de que te vayas hazme el favor de decirme por dónde tengo que ir".

"En realidad, Celebinish es el único que conoce el camino. Deja que él escoja libremente la ruta y nunca le fuerces a hacer lo que él no quiera. Bueno, ahora sí que llegó el momento de irme".

Como despedida el unicornio tocó con su asta iluminada la mano que le mostraba el joven y se volvió con rapidez. Al instante se había perdido entre las altas hierbas. Cunneda se contemplaba las yemas de los dedos, notando un nudo en la garganta, cuando maldijo con un juramento su torpeza.

-Me olvidé de preguntarle su nombre -se dijo-. ¡Eh! ¡Vuelve! ¡Has de decirme cómo te llamas!

Nadie contestó. "Me lo imaginaba; ya verás cómo voy a acabar por olvidarla". Entonces una voz muy lejana resonó en su cabeza:

"Lucífero, es mi nombre".
Eclipse, cogido de lamascarayelespejo.blogspot.com.es.
 

Algo más confortado, el muchacho palmeó con conformidad el grueso cuello de Celebinish dándole a entender que estaba preparado para seguir adelante. El caballo se desvió a la izquierda, recorrió una docena de metros y giró repentinamente en dirección a la pared de piedra. Visto y no visto, tan instantáneo que el mozo no tuvo tiempo ni de gritar, se encontraron en las entrañas del monte tras atravesar, emulando a los fantasmas, la falda de la solitaria altura. Habían pasado de la luz clara del día a una húmeda oscuridad que dejó parcialmente ciego a Cunneda, no obstante eso no lo acobardó.

-¡Oye! ¿Acaso eres un druida y has conjurado un rito mágico para traspasar la roca?-Inquirió el joven a su montura, pero Celebinish no se dio por aludido-. Por supuesto. Tú eres lo único normal que hay por estos contornos y seguramente no sabes hablar. Pues eso es algo que se agradece, ¿sabes?

Si bien Cunneda era incapaz de verse las manos colocadas a un palmo de su nariz, Celebinish, al contrario, caminaba con paso elástico y firme, sabiendo en todo momento por dónde pisaba, siguiendo en parte su instinto y guiándose además por la vista, ya que habiendo nacido en Tir Na N'og estaba capacitado para vislumbrar lo que encubrían las tinieblas y sus ojos despedían un intrigante esplendor lechoso.

Al cabo del tiempo el muchacho se dio cuenta de que todavía no habían iniciado el ascenso y, según sus cálculos, ya tendrían que haber empezado a tomar la pendiente que les llevara a la cima. Agarró, por tanto, de las crines al poderoso zaíno y le obligó a pararse.

-Hace rato que tendríamos que estar subiendo. ¿Estás seguro de que vamos bien por aquí?

Celebinish, encabritándose, respondió con un relincho tan potente que el joven sintió que todas sus tripas vibraban.

-Vale, vale. Tú mandas... ¡Espera! ¿Qué es eso?

Cunneda se había fijado en una luz verde que lucía al fondo en la lejanía. Un viento frío impulsó consigo lúgubres gemidos de ultratumba que se multiplicaron en innumerables ecos al rebotar en las paredes de la caverna. Del techo caían, provocando un sonido repetitivo, heladas gotas de lo que parecía ser agua subterránea.

-¡Dagda me asista! ¿Por qué te has puesto tan nervioso?

El caballo intentaba retroceder angustiado y sus ijares temblaban de pavor. En un momento dado cesó el ulular del aire y Cunneda pudo percibir algo parecido al arrastrar de pies sobre la grava y el rumor de roncas respiraciones. Al fondo, el brillo mortecino se iba acercando lentamente.

-¡Mira, mira! -Chilló con todo el vello del cuerpo en erección-. ¡Estamos en el infierno ése del que habla mi padre!

En mitad del resplandor esmeralda centenares de cuerpos intangibles se deslizaban hacia ellos. Eran almas en pena; algunas mostraban la forma de repugnantes cadáveres descompuestos, otros parecían mantenerse jóvenes en la muerte, aunque sus cuerpos tenían señales de violencia y heridas provocadas por instrumentos inhumanos. Todos acusaban algo en común: una mirada ansiosa hacia la persona de Cunneda y su caballo. Los muertos les rodearon y entonces el muchacho escuchó una voz conocida.
Hematófago en el infierno de Dante.
 

-Vuestra sangre, hijo mío. Dadnos vuestra sangre.

-¡Madre! -Llamó al reconocer a la mujer que le había otorgado la vida. A su lado se encontraba también su hermano, fallecido a los trece años de unas fiebres malignas y fatales.

-Tu sangre, hermanito -dijo el pequeño-. La necesitamos para seguir siendo.

Luego un coro de voces les reclamó su fluido vital mientras los espectros extendían los dedos hacia el animal y su jinete. El niño y la mujer abrieron sus bocas con desmesura y de ellas surgieron sendos enjambres de moscas grises que rodearon furiosas a Cunneda y Celebinish picándoles por todas partes. Algunas manos les palparon y su contacto quemaba; finalmente el joven sintió un feroz mordisco en una de sus piernas.

Cunneda profirió un alarido de dolor y pánico y ésa fue la señal para que el caballo, que había aguantado hasta el borde de sus fuerzas, se lanzara desbocado hacia adelante en una frenética carrera por huir de aquella locura.

Los hematófagos no pudieron hacer nada por detenerlos y cuando ya estaban a bastante distancia el muchacho oyó la súplica de su madre, con una voz tan quejumbrosa que se le desgarró el alma.

-¡Hijo! No me dejes aquí. Esto es tan triste y vacío...

Cunneda cerró los ojos para reprimir las lágrimas y se aferró al cuello de su montura, la cual continuaba su lunática cabalgada.

Desde entonces Celebinish no aminoró la velocidad de su fuga y el joven sólo se atrevió a abrir los párpados muy de cuando en cuando. Una de esas veces descubrió que él también podía ver merced a la luz natural que irradiaba del mineral con el que estaba compuesta la interminable cueva. Y así supo que la concavidad principal se subdividía en un sinfín de pasillos, corredores y recovecos secundarios por los que se hubiera obligado a vagar de por vida perdido si no contara con la inestimable compañía de Celebinish.
Esta tarántula tiene cara de no haber roto nunca un plato...
En otra ocasión el caballo torció en un pasadizo a su derecha accediendo a una especie de amplia cámara donde se respiraba un ambiente viciado y podrido. La curiosidad de Cunneda volvió a excitarse cuando una sustancia fina, pegajosa y desagradable quedó adherida a su cuerpo. Entreabrió una rendija a través de sus párpados y su corazón dejó de latir cuando contempló una multitud de gordas tarántulas, algunas de hasta dos metros de envergadura por uno de alto, que permanecían quietas cubriendo todo el piso, encimadas unas sobre otras o descansando sus bulbosos vientres contra los excrementos del suelo en aletargada espera de una presa.

Por lo general, las más grandes acababan por devorar a las de menor tamaño, y el muchacho pudo asistir a una de esas espantosas escenas. Había una araña enganchada boca abajo al elevado techo de cuyas fauces sobresalía una nudosa pata peluda. El monstruoso arácnido inmediatamente dejó de mover las mandíbulas en cuanto posó su racimo de malévolos ojillos en él y su caballo y se descolgó pesadamente, dejándose caer, de la bóveda. Luego mantuvo una breve persecución tras de ellos a la que renunció cuando intuyó que su cacería era del todo inútil.

El frágil equilibrio mental de Cunneda estaba a punto de quebrarse, de transformarse en minúsculas motas de polvo desintegrado, de desparramarse en la vorágine de su alma inmortal que corría libre por la intrincada red de venas y arterías a través de la plenitud de su ser. Tan pronto se veía a sí mismo como un niño campeón que vive una inocente aventura que como un adulto inmaduro vagando errante en busca de un mínimo de sentido a su existencia. Llegó incluso a contemplarse como un gran monarca de expresión indefinida, sentado sobre un alto trono y gobernando una tierra que no necesitaba de administraciones ni de orden.
El Big Bang, cogido de mostintolerantreligion.com.
Fugaces visiones espontáneas le permitieron admirar el doloroso parto del mundo, su ardiente llanto al ver la luz en medio de la vacua nebulosidad cósmica y una multiplicidad de seres vivientes recreándose con gozo en la aparición del Mundo-Madre universal. Las estrellas surgirían mucho después.

Todas esas imágenes mentales no despertaron en él ningún deseo ni pensamiento concreto. Tenía la mente en blanco, concentrando su energía en absorber el inacabable flujo de ideas recreativas que le asaltaban, pese a mantener los ojos herméticamente sellados. De esa manera vio continentes enteros hundirse bajo las bravas aguas de océanos primitivos que luego regurgitaban nuevas tierras sobre las que se agitaron los primeros trazos de vida no acuática.

Imperios milenarios y complicadas culturas nacían y se exterminaban fagocitados por el paso del tiempo. Dioses con formas protoplasmáticas o habitando en cuerpos de descomunales animales verminosos; espíritus naturales de todos los tamaños y caracteres; hombres de razas dispares; bestias creíbles o bien del todo inimaginables; conformaban en conjunto un multimillonario ejército que desfilaba en hileras silenciosas hacia el seno de una hermosa mujer, cuyos brazos abiertos los recibía en un gesto preñado de amor y deseo.

El muchacho improvisaba los apurados momentos de lucidez que, de vez en vez, acudían a él con oraciones dirigidas a las inalcanzables deidades de su panteón racial; oró también al nuevo y único Dios acogido por su padre; aunque presumió que sus rezos quedarían aprisionados para siempre entre los inextricables muros de aquella dimensión blasfema.

Futuro y pasado se confundían de manera disparatada, haciendo que cualquier esfuerzo por comprender nada de nada fuera totalmente ineficaz. Con todo, aprendió que la periódica degradación del ente humano era redimida de continuo por actos de sacrificio individuales, cuyos artífices poseían una valía personal infinitamente superior al conjunto de los que eran salvados. Si bien el valor de los redentores se medía única y exclusivamente por la magnitud de su acción. Y los acontecimientos se repetían una y otra vez, independiente de la época en que discurrían aquellas historias eternamente iguales unas a otras sobre la grandeza y la miseria del Hombre. Le anegó la felicidad, la esperanza, el odio y la tristeza, y cuando todo se volvió negro de nuevo sólo permaneció en él un perturbador sentimiento de piedad.
Imagen infernal, de necromorty.blogspot.com.
 

-Tu compasión es francamente desagradable.

La voz procedía de una sombra informe y profunda que se alzó ante ellos. Celebinish se había detenido de golpe.

-Habéis extraviado el camino -prosiguió la Voz-. En mi casa no hay lugar para los vivos. Así que idos.

Cunneda no osó decir palabra mientras la sombra sin rostro abría una puerta a su espalda. Una ardiente ráfaga encarnada brotó de la oquedad en la roca y la sombra pareció disolverse en medio del resplandor.

Celebinish, al paso, se introdujo en las llamas abrasadoras que barrían la grieta de salida.
 
 
 
Para la ocasión, Llan de Cubel, con su tema La casa gris.
 

Como segundo plato, un delicioso Eileen Óg, por parte de The Dubliners.
 

domingo, 16 de diciembre de 2012

Me gusta, me gusta

El ser pequeño y oscuro de la derecha soy yo con el diploma que acredita el premio. La imagen es de Ángel Roldán Serrano, un gran fotógrafo de Córdoba y coleguita mío.


Estimados amigos, acabo de recibir un premio periodístico y la verdad es que me ha gustado tanto la experiencia que quisiera compartirla con vosotros, estimados lectores. Fue a causa de un reportaje elaborado sobre el Instituto Maimónides de Investigación Biomédica de Córdoba (Imibic) que ellos han considerado meritorio de ser finalmente galardonado. He de reconocer que me presenté porque me avisaron justo el día antes de que se acababa el plazo y que bien merecía la pena proponer el reportaje al premio (algo que he agradecido encarecidamente a esa persona y aún lo sigo haciendo), y cuando me comunicaron semanas más tarde que lo había conseguido, no me di realmente cuenta de la importancia (realtiva, siempre) que tenía hasta que mis compañeros del periódico ABC de Córdoba no me lo hicieron ver. Y es que después de 12 años, era el primer reconocimiento que recibíamos de nuestra labor y entonces se me iluminó la luz de las neuronas.
Cuando me lo dieron físicamente, el pasado día 12 de diciembre, no tuve que hablar, algo que me hubiera horrorizado por mi pánico escénico, pero como creo que es de bien nacidos ser agradecidos, voy a aprovechar mi blog para hacerlo públicamente:
"Me gustaría hacer tres tipos de agradecimientos:
En primer lugar, a los propios investigadores del Instituto, un colectivo de personas que se queman las pestañas a diario en pro de la humanidad y que, en este caso, tuvieron las santas narices de quedarse a ejercer su profesión en este triste y gris país, muy a pesar de todo y de todos. Eso sí que es de agradecer, porque sin su presencia no hubiera podido haber escrito sobre ellos ni haber sido premiado en la vida.
En segundo lugar, a mis propios compañeros del periódico. Un reducidísimo grupo de personas que han situado el listón de la calidad periodística tan alto que nos obliga a todos a esforzarnos a diario para no tener que trabajar nunca por debajo de esa "delgada línea roja". A ellos les quiero hacer extensivo este premio, pero sólo a nivel anímico, porque en el económico no va a poder ser, ya que me han dicho que lo tengo que compartir gustosamente con Hacienda (que, al fin y al cabo, somos todos) y seríamos demasiados comensales para tan escasa porción a repartir.
En este caso, se lo voy a dedicar muy especialmente a un compañero que se nos murió en los brazos, plantado en su puesto de trabajo, no hace mucho tiempo de esto (al menos ésa es mi percepción) y del que dijeron que iban a instaurar algún tipo de premio con su nombre (ya fuera sobre información agraria o económica, que en ambos ámbitos se desenvolvía como pez en el agua), pero que, a la postre, se ha quedado en mera agüita de borrajas. Estés donde estés, ya sea en las Calderas de Pedro Botero (como llegó a insinuar tu cuñado en la despedida) o en una especie de Paraíso particular, va por ti, Antonio.
En tercer lugar, pero no por ser menos importantes, a mi familia, mi mujer Yolanda, y mis dos hijas, Paula y Sofía, y a mis amigos (a ésos de verdad), sin cuyo apoyo y cariño me resultaría casi imposible ejercer esta durísima y a menudo difícil profesión, que, en ocasiones, me pesa como una auténtica losa.
A todos ellos, gracias".
P.D. Como no me lo creía, pregunté si había sido el único en presentarme y, gracias al Gran Modernista, me dijeron que no. Fue todo un alivio. ¡Je, je, je!

Para la ocasión, me gustaría que escuchárais esta maravilla de la Naturaleza. Se llama Big Maybelle y su tema One Monkey don't stop no show tiene una cadencia que me entusiasma.


Pero también, por el trabajo que ejercemos, bien merece la pena añadir el siguiente tema (y no es broma). Y es que trabajamos como enanos (como los de Blancanieves de Disney...:

sábado, 24 de noviembre de 2012

Octava entrega de Deliciosamente Humano

Siento ser tan rápido a la hora de volcar últimamente contenidos en el blog, pero me siento acosado por el tiempo que se me va de las manos. Me da la sensación de que se agota con rapidez y tengo demasiadas cosas que mostrar. Como el silencio de los lectores es abismal, continúo por la saga de Deliciosamente Humano, a pesar de que La Rosa Negra es, con diferencia, lo que más se lee. Quien quiera peces, que se moje la rabadilla, que dice el refrán; o lo que es lo mismo, quien quiera algo que lo pida claramente, ¿ok?.
Dicho esto, aquí os regalo otro cuentecillo más:


                                                   Amago de superhombre
En la estancia no entraba casi luz. Las persianas estaban bajadas y sólo por alguna rendija un débil rayo de sol se esforzaba por iluminar un rincón, confiriéndole a la habitación un cierto aire de celda. En el centro había una cama con ruedecillas en las patas y sobre el lecho descansaba una anciana que acababa de ser operada. La mujer se hallaba en periodo de recuperación, de ahí que el flujo de enfermeras fuera cada vez menor.
El flotante olor de las flores era demasiado intenso y dulzón y empezaba a fastidiar al joven sentado en uno de los sillones situados a ambos lados de la camilla.
Sustituía momentáneamente a su hermana, quien había bajado al bar del hospital para comer algo. La enferma era la abuela de ambos. Si ésta daba visos de encontrarse mal su nieto debía de notificarlo a las enfermeras; por lo demás, atendía también las llamadas telefónicas, en exceso numerosas para su gusto.
El cuarto estaba muy caldeado y la temperatura parecía aumentar por momentos. Para combatir el calor el joven se despojó del jersey soltando el aire con un sonoro bufido. La mujer no se despertó.
Me gusta la luz filtrada a través de barras
y barrotes. Imagen cogida de
jansenson.blogspot.com.es.
Golpearon a la puerta suavemente y acto seguido Begoña entró sonriendo. Aquella estudiante en prácticas resultaba fantásticamente atractiva para el joven, pero éste no sabía cómo decírselo; de hecho, creía que ni siquiera tenía derecho a hacerlo. Una de esas tontas situaciones tan comunes a las personas de talante tímido, como era el caso. Begoña saludó en voz baja y se dirigió hasta una mesita rodante donde reposaban los restos de la comida ingerida por la anciana.
-¿Qué tal se encuentra? -Susurró la chica señalando a la camilla.
-Mejor, gracias -respondió el joven sonrojándose levemente sin poder evitarlo en la penumbra del sillón.
-Si necesitáis algo, no tenéis más que avisar, ¿vale? -Begoña retiró la bandeja y se despidió educada con su gracioso acento navarro. El joven se levantó rápidamente para abrirle la puerta haciendo que la muchacha bajara los ojos murmurando unas palabras de agradecimiento. Durante un momento vio cómo la enfermera se alejaba por el pasillo, fijándose en la suave cadencia de sus firmes caderas, luego se metió en la habitación y cerró la puerta. La abuela continuaba durmiendo.
El teléfono quebró la quietud y la anciana, abriendo los ojos alarmada, se quedó mirando a su nieto en silencio.
-¿Digo que estás durmiendo? -Inquirió éste antes de descolgar.
-Si es de la familia, me lo pasas.
El joven mantuvo al aparato una conversación breve, tajante, aburrida y monótona, en contestación a las típicas preguntas que se suelen hacer al llamar a un enfermo. Después colgó.
-¿Quién era?
-Una amiga tuya; bastante plasta, por cierto.
-¡Oh! No lo sabes tú bien -apuntó la abuela-. Les agradezco muchísimo que se preocupen por mí, pero si me pongo siempre es que acabo agotada.
-¡Bah! No te preocupes. Anda, duérmete.
-¿Y tu hermana?
-Bajó a comer. Vuelve ahora.
El joven se acomodó de nuevo en el sillón y su abuela cayó en un sueño profundo nada más cerrar los párpados. Los sedantes que tomaba para calmar el dolor eran realmente fuertes y la mantenían atontada la mayor parte del día.
Para matar el tiempo se dedicó a estudiar la camilla. Era de ésas móviles que se podían subir o bajar tanto en la cabecera como en los pies; bastaba con darle vueltas a un gato grisáceo que ponía en marcha un sistema simple de ruedas y tuercas. El joven se movió hacia adelante y retiró el gato de la palanca a la que estaba acoplado. Luego se recostó en su asiento entreteniéndose en hacer rotar el retorcido instrumento sobre su eje alrededor de la mano.
Acto seguido dejó volar la imaginación cuando sus ojos se posaron sobre la enferma.
Visión enfermiza titulada "La Peste", tomada de www.elhorizontal.com
La vio tan frágil, tan segura, tan sumamente arropada por sus nietos...
"Sería irónico -se dijo mentalmente- que la persona que la vigilaba fuera también la que la acabara matando". Bastaría con un simple golpe certero en la cabeza y ni tan siquiera sufriría. Pasaría a dormir para siempre en una muerte indolora y dulce.
Después se vio a sí mismo dejando con calma el arma homicida sobre la cama para a la enfermera que estuviera de turno. "Ojalá que fuera Begoña". Ella vendría quedándose horrorizada ante la escena. "No, mejor que no sea Begoña; esa clase de chicas tan finas no se suelen enamorar de los asesinos. Pero sí la que trabaja por las tardes, la que tiene cara de vinagre. Démosle una pequeña sorpresa".
-Debería usted de dar aviso sobre lo que ha pasado, ¿no le parece? -Le diría.
Luego permanecería en la habitación aguardando a las fuerzas del orden; incluso abriría la persiana a fin de que la estancia se llenara de luz y poder contemplar así, a sus anchas, su repugnante obra. Primero el histérico sonido de las sirenas llenando el lugar, unos pasos rápidos en el exterior y la irrupción de varios agentes de marrón con caras de pocos amigos.
Entonces encendería un relajante cigarrillo preparándose para el inevitable interrogatorio.
-¿Por qué lo hizo? ¿No era usted familiar suyo? ¿No se encontraba la víctima a su cargo?
¿Cómo les iba a explicar a esos cabezas de chorlito que si había actuado así fue porque se sentía capaz de ello, porque le apetecía matar, porque su valor era mayor que el de cualquiera, que asesinó porque sí? Veía como algo imposible que los policías llegaran a entenderlo, y por eso se limitaría a responder:
-La maté porque roncaba...
Dejó tan malsana fantasía a un lado y de nuevo se encontró en la habitación de un hospital, con las ventanas cerradas, ya en las tinieblas del norteño invierno.
Alegoría sobre la afinidad entre mujeres, de Jodorovski (creo),
cogida de planocreativo.wordpress.com
Su hermana entró en ese momento encendiendo las luces y la anciana despertó finalmente. Tenía más afinidad con ella, por mera cuestión de carácter, y le gustaba departir con la joven sobre cualquier cosa, porque tenía una capacidad de detalle que la entretenía. Su nieto, por contra, era demasiado parco en palabras y no sabía llenar su prolongado tedio tras tantos días hospitalizada.
-¿Comiste bien? -Quiso saber la abuela.
-De maravilla. Hola, tú -saludó al hermano, quien se puso en pie tras colocar el gato en su sitio. Luego se vistió el jersey y se apresuró a despedirse.
-Bueno, yo me tengo que marchar -dijo dando un beso a cada una de ellas. En la puerta sacó un pitillo del abrigo.
-Estaré aquí para la cena. Hasta luego.
En el pasillo aspiró ansioso el humo del tabaco, porque en el interior del cuarto, durante las visitas, no estaba permitido fumar y se alejó en dirección a los ascensores. Pasó ante el control de las enfermeras y vio a Begoña atendiendo una llamada telefónica. Cuando la chica levantó la mirada al paso del joven éste le sonrió y le lanzó un furtivo guiño. Incomprensiblemente, esta vez fue ella la que se sonrojó.
Para amenizar la lectura, he preferido volver la mirada al Revival Mod-ernista. El grupo elegido, Secret Affair (me encantaban) y su tema, ¡cómo no!, el Time for action. Equilicuá:


Letra y traducción, evidentemente:
Standing in the shadows, (Permaneciendo en las sombras)
Where the in-crowd meet (donde se cita la multitud*)
We're all dressed up for the evening (estamos todos vestidos para pasar la noche)
We hate the punk elite (who are the punk elite) (odiamos a la élite punk-¿quién es la élite punk?)
So take me to your leader (así que llévame ante tu líder)
Because its time you realised... (porque es el momento de que te liberes...)
CHORUS (ESTRIBILLO)
That this is the time (Que éste es el momento)
This is the time for action (time for action) (Éste es el momento para la acción)
This is the time to be seen (time to be seen) (Éste es el momento para exhibirse)
This is the time for action (Éste es el momento para la acción)
Time to be seen (El momento para exhibirse)
They can laugh in our face (Podrán reírse en nuestras cara)
Cos we know we're right (porque sabemos que estamos bien)
Looking good's the answer (la respuesta es la buena apariencia)
And living by night (y vivir para la noche)
So take me to your leader (así que llévame ante tu líder)
Because its time you realised... (porque es el momento de que te liberes...)

REPEAT CHORUS (REPETIR ESTRIBILLO)
Look at Sweet Julia (Echa un vistazo a la dulce Julia)
Speeding on the late night train (A toda leche en el último tren de la noche)
They're laughing at the way she dresses (Se ríen de su forma de vestir)
Too smart and clean (Demasiado elegante y limpia)
But she don't care (Pero a ella le da igual)
because she know's she's right (porque sabe que está bien)
And you know we're only two steps away (Y sabes que estamos sólo a dos pasos de distancia)
REPEAT CHORUS (REPETIR EL ESTRIBILLO)
* The in-crowd en este caso no alude únicamente a una masa de gente, sino a un tipo muy determinado de personas con mucha clase para vestir y, especialmente, para escuchar determinado tipo de música, por lo que acudían a determinados clubes musicales no aptos para los no sibaritas.