martes, 19 de febrero de 2013

Parásitos humanoides


Es fundamental, antes que nada, comprender que el ser humano es ya de por sí un parásito (en el sentido más noble del término, por supuesto), que saca provecho de su existencia chupando literalmente el flujo vital de las venas que le ofrece con ternura inagotable su bendita y paciente madre la Tierra.
Imagen de musgo, cogida de www.countrysessions.org
Si entendemos esta premisa (discutible, como cualquier otra; como todas, de hecho) como algo real y cierta, nadie podría ofenderse por esta opinión, puesto que afecta a toda una generalidad, a un todo universal, al que no hay que mirar tampoco como si fuera una inconmensurable sanguijuela de dos patas ávida de sangre y dispuesta a lanzarse sobre cualquier cosa que huela a Vida, para succionar voraz con su ventosa hasta dejar vacío y flojo el cuerpo continente del que se ha alimentado. No, así no es. Antes bien creo que se ha de contemplar como un tierno y agradable musgo que se extiende por sobre cualquier superficie que le pueda otorgar su sustento. Lo malo de esa casi infantil imagen es que no se produce la obligada simbiosis de fotosíntesis, y el Hombre permanece como mera figura ornamental al sentirse por completo incapacitado de mantener, proteger y recrear ese mismo entorno que le arropa y le facilita, a la vez, su existencia.
Inquietante sanguijuela, de rainforestradio.com
Pues bien, en el mismísimo seno -muy dentro, y firmemente implantado- de este peculiar y masivo gorroneo humano, también existen -y, por desgracia, destacan con excesiva luz propia- los parásitos de los parásitos (a los que la Ciencia denomina los hiperparásitos).
Son aquéllos que se aprovechan vilmente de una sociedad a la que dicen despreciar sin rendir cuentas a cambio, o bien ésos que, escudándose en una actividad presumiblemente normal, no hacen absolutamente nada de nada, aunque den la sensación de estar realizando una labor frenética.
Están en todas partes; proliferan sin freno en mi país y en el tuyo.
Desconozco su número, pero no son pocos. Son casi Legión (va con segundas, terceras y con la más profunda mala leche que se pueda imaginar), y con cada generación crecen tanto en cantidad como en degeneración humana.
Son la pura castración encarnada de las ideas; la profilaxis de la inutilidad de la existencia. La nada más concentrada y absoluta y un auténtico lastre para el progreso de aquéllos que son capaces de distinguir en la distancia un atisbo de brillante magnificencia; de ésa que siempre se nos antoja demasiado lejana en la línea del inalcanzable horizonte.
A las puertas del Infierno, de actualidad3.blogspot.com.es
Contaminan todo lo que tocan con sus palabras de burla, con esas ideas que no son nunca suyas, con esa precariedad vital que irradian febrilmente, porque no es que vivan al día, sino que malviven por toda la eternidad. Y lo hacen plenamente conscientes de que no es otra su voluntad, a pesar del daño físico y moral que causan en su entorno.
Hacen suyos mensajes siglados que no defienden, porque no los representan ni respetan, y, así, son incapaces de entender que no tienen derecho a portar la “T” de trabajador ni la “O” de obrero cuando nunca en su vida han trabajado, y se han limitado a poner la mano (y la boca) para que ese sistema que odian, rechazan y no acatan al final los acabe manteniendo permitiéndoles mamar de la teta productora de subvenciones para ellos inmerecidas.
Violan y sodomizan de forma irracional el sentido del Progresismo y transforman a la amable izquierda real (ésa que no se basa en simbolitos encarnados ni en motivos musicales trasnochados y que sí roza con sus dedos gozosos el sentido profundo y primitivo del Cristianismo) en un motivo de ofensa para los cinco sentidos. Enfangan la labor del sindicalista y provocan que todo un colectivo –el único que defiende de veras los derechos de los que día a día se parten los cuernos para llevar el sueldo a casa; los tuyos y los míos– esté en el punto de mira del odio y la marginación generalizada.
Y él vendrá para liberar a la sociedad de parásitos y para castigar la desidia de corazón. De ciudadanoanonymo.blogspot.com.es.

Ofenden con su constante cansancio y hastío vital a los que, siendo compañeros suyos, cumplen sin complejos con la importante función de ofrecer un servicio público de excelencia. Vacían de contenido el sentido del honor que arropa al funcionariado y dan pie a los mamelucos de la rancia sabiduría conservadora a pensar en que son un elemento prescindible y virtual dentro de un sistema de tendencia ultraliberal y neoclásico oculto bajo las cegadoras luces del neón de fin de semana y el silencioso zumbido de la inteligencia artificial que trasciende y manipula la Red de Redes.
Existen y son identificables. Están contigo, junto a ti, respirando el mismo aire, engañándote con desdén y robándote lo poco que nos queda mientras cobran un incesante puñado de euros por una baja de enfermedad al tiempo que desempeñan trabajos que sólo les enriquecen a ellos. Son ésos que medran merced a tus más bajos instintos o a tus últimas necesidades creadas surgidas del apremio imperioso de evadirse de un mundo genuinamente amargo y duro. Son los que desprecian el valor de una persona haciéndola desaparecer, arrebatándoles su libertad o su existencia terrenal, y, en algunas ocasiones, hasta su mismísima alma.
Son los que nunca tendrían que haber nacido ni caminado entre nosotros.
Hay que saber quiénes son. Detectarlos, pero no para lincharlos, que es lo que se podrían merecer ante un tribunal de la Justicia Humana, sino para apartarlos y que nos dejen afrontar un futuro que se avecina incierto, pero que puede estar plagado de bendiciones merced a su AUSENCIA.

 ¿Qué os parece unas gotitas de Fine Young Cannibals para restar el sabor acre de esta lectura? Ahí van la eléctrica “Good thing”, la ecléctica “She drives me crazy” o la imprescindible “Suspicious minds”.





Y ahora, las letras y sus traducciones:

Good thing (Cosa buena)

The one good thing in my life (la única cosa buena en mi vida)
Has gone away (se ha ido)
I don't know why (no sé por qué)
She's gone away (ella se fue)
I don't know where (no sé dónde)
Somewhere I can't follow her (a algún sitio donde no la puedo seguir)

The one good thing didn't stay too long (la única cosa buena no se quedó mucho tiempo)
Woo who who who (Wu, quién, quién, quién)
My back was turned and she was gone (me di la vuelta y ya se había ido)
Hey hey hey

Good thing (Cosa buena)
Where have you gone (¿dónde te has ido?)
Doo doo doobie doo
My good thing (mi cosita buena)
You've been gone too long (hace tiempo que te has marchado)
Good thing (Cosa buena)
Doo doo doobie doo

People say I should forget (La gente dice que acabaré olvidando)
New friend tomorrow (mañana, un nuevo amigo)
Don't get upset (que no me enoje)
People say she's doing fine (la gente dice que ella lo está haciendo bien)
Mutual friends I see sometime (la veo a veces con amigos de ambos)

That's not what I want to hear (No es eso lo que quiero oír)
Woo who who who (Wu, quién, quién, quién)
I want to hear she wants me near (Quiero oír que ella me quiere a su lado)

Good thing (Cosa buena)
Where have you gone (¿dónde te has ido?)
Doo doo doobie doo
My good thing (mi cosita buena)
You've been gone too long (hace tiempo que te has marchado)
Good thing (Cosa buena)
Doo doo doobie doo
Good thing (Cosa buena)

Then one day she came back (Y entonces un buen día ella va y vuelve)
I was so happy that I didn't act (me sentí tan feliz que me quedé inmóvil)
Morning came (Llegó la mañana)
Hey hey hey hey
Into my room (en mi habitación)
Woo who who who
Caught me dreaming like a fool (sorprendiéndome en el sueño de un tonto)

Good thing (Cosa buena)
My good thing (mi cosita buena)
Doo doo doobie doo
My my my my my good thing (mi, mi, mi, mi, mi cosita buena)
Where have you gone  (¿dónde te has ido?)
Good thing (Cosa buena)
Doo doo doobie doo
My good thing (mi cosita buena)
Hey hey my good thing (hey, hey mi cosita buena)
Doo doo doobie doo good thing

Girl (Chica)
Where have you gone  (¿dónde te has ido?)
Good thing (Cosa buena)
Doo doo doobie doo good thing
It's been so long (fue hace mucho tiempo)
Good God girl (Buena chica de Dios)
Doo doo doobie doo good thing
Good God girl  (Buena chica de Dios)
Good God girl  (Buena chica de Dios)
Good thing (Cosa buena)
Doo doo doobie doo good thing
Good God (Buen Dios)
Doo doo doobie doo good thing
Good God  (Buen Dios)


She drives me crazy (Ella me vuelve loco)

 I can't stop (No puedo detener)
The way I feel (la forma en que me siento)
Things you do (las cosas que haces)
Don't seem real (no me parecen reales)

Tell you what I got in mind (Te diré lo que tengo en mente)
'Cause we're runnin' out of time (Porque ya estamos corriendo a contrarreloj)
Won't you ever set me free (¿es que nunca me vas a dejar tranquilo?)
This waiting' 'round's Killeen' me (Esta espera me está matando)

She drives me crazy (Ella me vuelve loco)
Like no one else (como nadie más)
She drives me crazy (Ella me vuelve loco)
And I can't help myself (Y no puedo hacer nada para ayudarme)

I can't get any rest (No puedo descansar)
People say I'm obsessed (La gente dice que estoy obsesionado)
Everything you say is lies (todo lo que dices es mentira)
But to me there's no surprise (Pero a mí eso no me sorprende)
What I had for you was true (Lo que tenía para ti era real)
Things go wrong, they always do (Las cosas salen mal, siempre ocurre)

She drives me crazy (Ella me vuelve loco)
Like no one else (como nadie más)
She drives me crazy (Ella me vuelve loco)
And I can't help myself (Y no puedo hacer nada para ayudarme)

I won't make it, (No lo haré)
On my own (por mí mismo)
No one likes, (a nadie le gusta)
To be alone (estar solo)

She drives me crazy (Ella me vuelve loco)
Like no one else (como nadie más)
She drives me crazy (Ella me vuelve loco)
And I can't help myself (Y no puedo hacer nada para ayudarme)

Uh huh huh

She drives me crazy (Ella me vuelve loco)
Like no one else (como nadie más)
She drives me crazy (Ella me vuelve loco)
And I can't help myself (Y no puedo hacer nada para ayudarme)

Uh huh huh

She drives me crazy (Ella me vuelve loco)
Like no one else (como nadie más)
She drives me crazy (Ella me vuelve loco)
And I can't help myself (Y no puedo hacer nada para ayudarme)


Suspicious minds (Mentes sospechosas)

We're caught in a trap (Estamos atrapados en una trampa)
And I can't walk out (y no puedo salir)
Because I love you too much baby (porque te quiero demasiado, nena)

Why can't you see (¿Por qué no puedes ver)
What you're doing to me (lo que has hecho conmigo?)
When you don't believe a word I say? (Cuando no te crees ni una palabra de lo que te digo)

We can't go on together (No podemos permanecer juntos)
With suspicious minds (a base de mentes sospechosas)
And we can't build our dreams (Y no podemos construir nuestros sueños)
On suspicious minds (basándonos en mentes sospechosas)

So, if an old friend I know (Entonces, si una vieja amiga que conozco)
Drops in to say hello (llora al decir hola)
Would I still see suspicion in your eyes? (¿seguiré viendo la sospecha en tus ojos?)

Here we go again (Allá vamos de nuevo)
Asking where I've been (Preguntándome dónde he estado)
You can't see these tears I cry (no puedes ver las lágrimas que lloro)
Tears I cry (las lágrimas que lloro)

We can't go on together (No podemos permanecer juntos)
With suspicious minds (a base de mentes sospechosas)
And be can't build our dreams (Y no podemos construir nuestros sueños)
On suspicious minds (basándonos en mentes sospechosas)

Oh let our love survive (¡Oh! Deja que sobreviva nuestro amor)
Or dry the tears from your eyes (¡Oh! Seca las lágrimas de tus ojos)
Let's don't let a good thing die (no dejemos que algo bueno se muera)
When honey, you know (sobre todo cuando sabes, dulce mía)
I've never lied to you (que nunca te mentiré)
You, you, you (tú, tú, tú)
Mmm yeah, yeah (¡mmmm! sí, sí)

Esto es un añadido posterior, pero creo que un blog ha de ser algo vivo y no inamovible. Se trata de un tema que viene mucho al caso, porque habla de esos seres antes mencionados que no quieren hacer nada, pero que se lo den todo hecho: Los Botines y su fantástico "Eres un vago" (sí, el que canta es Camilo Sexto).



Y aunque sean roquetas viene ni que pintado el "No me gusta trabajar" de Los Rebeldes...


domingo, 10 de febrero de 2013

La superación de Jack Tisdall

Y aquí tenéis, totalmente gratis, un cuento escrito para un concurso y que acabó publicado en un libro junto a otros muchos relatos de la diáspora extremeña. El estilo es muy a lo James Joyce (no en balde, me acababa de tragar el Ulisses, del que me encantó el último capítulo, extremadamente sensual, en el que no hay ni un solo signo de puntuación).

Callejón dublinés similar al del cuento.



El invierno. Frío y humedad. Maquillaje de la ciudad, disimulando sus arrugas sucias de vómitos y orinas, escondiendo verrugas rellenas de basura, obligando a la gente a mantener en sus inexpresivas caras una sonrisa forzada. Una estación amable en la que el día se abriga temprano con un manto oscuro de seda nocturna; la estación del tabaco congelado en estancos mohosos y grises, reino de las telarañas donde reposa el polvo del tiempo pendiente. Del silencio y la magia.
Jack Tisdall salió de la casa con algunas monedas de cobre en el bolsillo. Se detuvo en el vano de la puerta admirando la nube de vaho que emanaba de entre sus labios carnosos, tenazmente cercados por el duro vello sin rasurar. Largo el camino hasta la taberna de Jim Mulligan. Calor, música y excelentes pintas de cerveza ¡gloria a Dios! Largo camino e intrincado -go dtéir slán abhaile!-; pero merece la pena. No hay gloria sin valor, y la recompensa.... ¡Ay, la recompensa!
Notaba el helor del empedrado bajo las suelas de sus botas, opacas a pesar de la luz de los faroles. La turba da dinero, aunque no transforma precisamente en príncipes al que la comercia. Lo justo para ahogar la sed, y otras necesidades básicas, y superar el ansia con unas pipas cargadas de hebras aromáticas, cómodamente aposentado sobre una silla robusta, capaz de soportar todo el peso que concede el agotamiento. Un tiempo de diablos, acentuado por la noche sensible. Invierno en Hibernia, sin nieve, aunque muy típico. Igual para toda la isla, el frío repartido equitativo entre sus habitantes; a unos más que a otros, en realidad, pero eso forma parte del invariable sistema, ¿no?
El bueno de Jack Tisdall se encargaba de repartir para que la diferencia fuera aún mayor. A unos, un saco; a los menos, dos. A otros, la enorme mayoría, nada de nada. ¡Así se queden tiesos en sus casas como yo me estoy quedando ahora!
Repartidor de turba irlandés.
Apresuró el paso. A su izquierda, la calle del túnel, más negra que la mismísima oscuridad, y allá al final, la taberna. Pero maldita la gracia de tener que cruzarla.. ¿Por qué no está iluminada? ¿Por qué no hay alguien nunca? Nadie. Absoluta soledad. Ramalazos de recuerdos en la inquieta mente de Jack; cuentos sobre duendes, historias perversas de hechos monstruosamente desagradables. Truculenta sensación de un niño solitario y marcado por el miedo primitivo.
No soy un héroe, ¡válgame el Cielo que no! Caminar hasta que acabe la manzana, bordearla y regresar en sentido contrario por la paralela, toda una hazaña. Lo mismo daría un paseo hasta el lugar donde Dios habrá de juzgar las acciones de los hombres. Jack miró con ojos acuosos al callejón. ¡Qué demonios! Unos metros y fuera. Respiró hondo y se adentró en la lúgubre callejuela.
El viento levantó jugando una ancha hoja de periódico que crujió con fuerza. Quebrantar de huesos, muertos gritando hambrientos por volver a la vida animada. Jack Tisdall se detuvo. La hoja se movía hacia él, directa, deprisa y con ganas, como una amplia mortaja. Volteó en el aire a la altura de su cabeza, rozando la gorra de tweed, manchada de sudor y de grasa. Un picado de papel hasta su tobillo, golpeando bruscamente. El viento cesó; enredado en su pierna, el periódico ejercía una suave presión informativa. Mover la canilla a ver si se va, convulsivamente, a ciegas, sólo con la dichosa impresión en el tobillo. No quiere soltarse de mí, ¡sucios periodistas! No hay bemoles para agacharse y quitarlo con la mano; quizá con la luz recobre el valor. Salir cuanto antes de allí, ¡qué angustiosa estupidez! ¿Verdad?

Mano espectral como la del cuento.
En pocas zancadas Jack alcanzó la salida. La farola que se encontraba a unos siete metros era suficiente como para echar una mirada. Sus ojos buscaron la mancha blanca sobre la bota. No estaba. ¿Volviste al Averno de nuevo? En el callejón, la respuesta del viento, silenciosa a pesar de todo.
Ahora a celebrar la victoria con unos cuantos tragos espesos. De la taberna de Jim Mulligan brotaban salvajes las notas arrancadas del violín del pequeño Mick Geraghty, dándole la bienvenida. Jack sonrió, el cielo de los héroes por fin. El Valhalla.
En gesto de burla hacia sí mismo alzó la pierna y la vio allí, justamente donde antes estaba el periódico; una mano alba y blanda sujeta como un percebe a su tobillo; una mano de noble inglés, surcada por finas venas azules, cubierta de escarcha, con largos y delicados dedos pálidos de sangre. Jack Tisdall dejó de sonreír. Bajó la pierna y se apoyó contra la pared.
Los cuentos no son cuentos, tienen un reflejo en la realidad, como si ésta fuera un espejo de los poemas y leyendas de la vieja tierra verde. Jadeando, Jack volvió a echar un vistazo. Comprobó que seguía allí y soltó un sollozo. Qué maldita suerte tengo. El oficial de policía Tom Twigg apareció caminando por la acera opuesta. Paso cansino, manos enguantadas a la espalda, rostro aburrido. Jack pensó en llamarle.
"Tom, ven a ver lo que tengo en la pierna. No te lo vas a creer".
"¡Qué! Jack, tus mugrientos pantalones y tus feas botas sin brillo".
"Pero, ¿y la mano? También está la mano".
"¡Maldito seas, Jack! Vete con tus tonterías de borracho al Infierno. No me fastidies más, Jack".
"¿No la ves, Tommy? No te enfades, Tom. Sólo era una broma; bastarda, jodida y sangrienta broma".
Pero el astuto Tom Twigg también podría llegar a verla y se quedaría fijamente mirando a los asustados ojos de Jack. ¿Dónde la has robado, Jack? ¿Quién es el pobre desgraciado que se quedó manco por darte una amistosa caricia en el tobillo? Mejor será que la devuelvas, Jack. No quiero complicaciones contigo, Jack.
Sí, Tom. Como tú digas, Tom.
Sin ni siquiera dirigirle una ojeada a Jack, el oficial de policía Tom Twigg pasó de largo y se alejó envuelto en su propio vapor bucal. Fundiéndose con la noche, como si nunca hubiera pasado por allí. Tom Twigg no existe, ni la ciudad, ni el callejón, sólo la mano y yo pegado a ella.
El violín de Mick Geraghty cesó de tocar. Por una balada, una pinta; por dos pintas, una jiga; y por una pinta y un whiskey, un reel. Jack recapacitó. Falso, no es verdad, si Tom no la ve yo tampoco debería de verla. Alrededor de los ojos se produjo una nube de ceguera que se extendía hacia el centro, formando una implosión concéntrica. La mano brillaba con parpadeos de estrella muerta, hasta que desapareció. ¿Lo ves? Tenía más razón que un santo.
Jack Tisdall caminó aligerado. La luz de la taberna le abrasó la cara, derritiendo la máscara de hielo, fundiendo su preocupación, transformándola en agua salada que le resbalaba por su cuello, dejando en cada pliegue de la piel la mitad de su volumen.
-¡Jimmy! Dame el mejor contraste que dejara hecho Dios en este mundo.

Pinta de cerveza negra; el mejor contraste.
Jim Mulligan, sonriente, satisfecho consigo mismo, asintió jovial. Ni el humo, ni el olor agrio del sudor, destilado pacientemente a presión, ni los gritos y cantos de la mediana edad irlandesa, despistaron la atención de Jack. Espuma de crema, sin una sola burbuja, cuerpo negro y denso, encerrado en su celda de cristal. Cerveza de la casa, cerveza nacional, el mejor contraste. Jack levantó el vaso tarareando una tonadilla entre dientes.
-¡Eh, Jack! ¿Qué es eso que te has traído contigo? -Exclamó Sam O'Reilly, el cartero que a diario realizaba el recorrido de la zona del muelle, siempre montado sobre su destartalada bicicleta.
Ojos oblicuos, ojos directos, pupilas ebrias de alcohol, sonrieron ante la visión.
-Mira el trofeo de guerra, ¡vaya con el pícaro Jack! -Coreó Robert Dillon, sin profesión concreta o simplemente desconocida.
-La mano de un inglés -señaló un viejo tocado con una gruesa gorra de lana.
-El héroe de la revolución; Jack, el gran Manannan Mac Llyr. ¡Caramba, viejo! Esto hay que celebrarlo -Mick Geraghty atacó entonces con su instrumento una conocida marcha de guerra que fue cantada por la audiencia:

"I will stand in the band
Like a true irish man,
And go to fight the forces of the Crown.
I will march with O'Neill
To an irish battle field,
And tonight we'll go and save old Wexford Town"...

No. Lo mejor era no entrar. Necios embriagados que no saben nada de la angustia. Cerebros ahogados en líquido cohobado en la clandestinidad, embotados con el perfume de la pólvora aún reciente. Cuerpos abiertos en canal mostrando orgullosos sus entrañas, con los oídos ensordecidos por los disparos. Recibieron bien y todavía quieren más. Por sobre el horror de la guerra se eleva flotante el horror personal: la garra de un noble británico aferrada como una presa al tobillo de un repartidor irlandés de turba.
Violinista irlandés, más típico que una mujer vestida de gitana en la feria de Sevilla.
Jack Tisdall optó por no traspasar la puerta de la taberna. La máscara se encajó de nuevo, acoplándose al detalle a su rostro, asiéndole con fuerza del pelo y de las orejas. Con dolor mordiente. A su derecha, el callejón; susurros de vergüenza. El gran dios Manannan, hijo de Llyr, manchando impúdico los calzones ante una abierta boca desdentada. El principio puede ser el fin, como los inexistentes extremos de una circunferencia perfecta. evolver al césar lo que es del césar, a Dios lo que es de Dios, y al Diablo exactamente lo mismo. Regresó a la calle del túnel con pasos acelerados.
¿Y el periódico? ¿Por qué no sopla el viento para alejar el temor? Piedra sobre piedra, en penoso equilibrio durante siglos, permitiendo resignadas los dedos que soban el polvo, erosionando el pasado, marcando con precisión matemática las salidas del sol. Los interiores de los panteones deben de ser similares a esta tiniebla; las tumbas de hombres y dioses parecidos, iguales, con idénticos miedos. Algún día no saldrá más el sol, y el cielo se derrumbará sobre todos nosotros. Jack alcanzó el final de la callejuela. El Diablo recibió lo suyo, quizá. Pero no fue así.
Jack se dedicó a morderse los dedos con rabia hasta sangrar. No es justo, no lo es. Lanzó una patada ciega contra el muro chorreante de humedad, la bilis urbana. La mano chasqueó con dentera, como si se hubiera astillado por entero. Pulpa hecha papilla, perros sarnosos lamiendo la humeante comida en platos oxidados. Jack abrió los ojos suspirando. La mano se movía, artrítica, con lentitud, escupiendo chillidos mudos de lamento; aullando sin ruido. Preguntando el porqué de tanta brutalidad incontenida. Ella sólo quería ayudar. La cara entre las manos, sin una posible respuesta convincente. Visión perdida y triste, sin contemplar el camino, hasta casa.
La salvación está en el hogar, pleno de sentido. Betty dormía en el piso de arriba. Estaba acostumbrada a las tardanzas de Jack. Eructos malolientes, besos de sabor amargo, caricias torpes bajo las sábanas. Era preferible esperar durmiendo, o por lo menos simularlo. La bondadosa Betty, caída en el suelo, encharcada en su sangre, suplicando con la mirada. Nunca más se produciría el milagro de la vida en ella...
La mano se desvanecía, se hacía transparente. Agua de la playa remota, mil gotas preñadas de arena, dando a luz a la vez. En el estante guardaba la botella. Jack arrastró los pies hasta la cocina, recogió una jarra del armario y tomó asiento. Brindis por la vida; por Betty, la esterilidad. Por la mano que le daba la oportunidad de cazar recuerdos al asalto. Por la mano, que por fin había desaparecido. Brindis por el adiós.

Preciosa estampa de un pub irlandés.
Náuseas de vacío al comprobar que con la mano también había hecho mutis por el foro su pie y su tobillo embotado sin destellos. Pata de palo, roída por la carcoma, redoblando sobre la madera de la estancia al compás del rápido corazón. Jack se levantó, quietud perfecta, como la de los grandes peñascos antes de caer al abismo. La roca de Jack, de pie, sin rodilla. La mano robaba indolora a Jack su cuerpo, trozo a trozo. Vaciándose como los sacos llenos, hasta que la piel cayera floja a la fosa. Jack sonrió enfermo de fiebre. Extraviándose, condenado antes incluso del Juicio. Culpable de crear sus propios fantasmas. Adiós, querida pierna, queridas piernas mías. Levantemos las copas por la despedida. ¿Qué diría Tom Twigg de todo esto? "Pobre Betty; le han afanado el marido, poco a poco".
Pobre Betty, sí. Pero ¿y Jack? ¿Qué pasa con Jack?
Se esfumaba al mismo tiempo que se iba vaciando la botella. Evaporarse en el aire, como el alcohol. Para el carro, eso es mejor dejárselo a los ateos, ¿verdad, Jack? Si ellos lo quieren que así sea, que se disipen y se transformen en una nada sin consciencia. Pero la consciencia hace daño, ¿eh? Por eso desean desaparecer.
No voy a subir con Betty, le daría un disgusto enorme. Aunque puede que se alegrara de perderme. Pues no, tampoco voy a subir para darle una alegría. Jack se derrumbó en la silla. Sobre la mesa la botella vertía las últimas gotas de licor ardiente. Sin cuerpo, sin nada, sólo la consciencia terrible de continuar vivo. Jack terminó por dormirse.
Betty despertó despacio. Borrar las legañas, anular el pánico a la soledad con un parpadeo. El lado de jack estaba frío, desierto, sin la calidez de su presencia inevitable.
Miradas acuciantes, manos enlazadas nerviosamente, con las palmas sudadas. Y por primera y última vez vio lágrimas en los ojos de Jack. Nunca nás, nunca más. A partir de entonces, todas las malditas noches, mataba su desazón en la taberna de Jim Mulligan. El hombre tiende a abandonar el erial para ir a beber en el oasis de unos labios fértiles, con la esperanza del fruto futuro. Reflejo de uno mismo, promesa de eternidad. Y ella era la incapacidad inútil y estéril de la muerte. Negación de vida. Ésa había sido su gran pesadilla cada vez que anochecía, y finalmente se había cumplido.
Parroquianos de un pub irlandés, pillada de www.independent.ie
Betty intentó detener el llanto conteniendo la respiración La nariz empapada, goteo burbujeante, presión en el pecho, en mitad del alma. Se levantó del lecho apartando las sábanas a un lado y descendió las escaleras en camisa de noche, sin cubrirse de la helada con ninguna otra prenda. La puerta de la cocina estaba abierta, dejando entrar a raudales la luminosidad blanquísima de la mañana. Diminutas hadas rubias de piel azulada, hechas con partículas de luz, bailando ágiles sobre el entarimado; espirales de niebla, sonriendo casi desvanecida ante los ronquidos del temible dragón durmiente. Párpados apretados, ocultando el iris resacoso.
Observó aliviada a su marido que tenía el brazo apoyado sobre la mesa y la cara enterrada entre dobleces de ropa lanuda color de nuez. La mano derecha, descansando en el seno, todavía con el lacre de la segunda virginidad; la izquierda, cubriendo la tímida sonrisa y secándose las lágrimas de eterno agradecimiento. A pesar de la botella y la jarra, secas y abandonadas a su suerte. Betty recuperó a su hombre, aunque nunca lo había perdido. La mujer se desplazó por la estancia sin ruidos, como una brisa carente de peso, con la ligereza de una niña pubescente.
Jack Tisdall rasgó la negrura de su mirada. Betty enjuagando el recipiente de cristal. De espaldas. Pasándose, de cuando en cuando, el dorso de la mano por los ojos. La contempló al detalle. Francamente bella, siempre tan fina, sin perder la línea y sensual, inocentemente sensual en cualquiera de sus ademanes. Jack se levantó y fue hacia Betty. Ella dejó de limpiar y permaneció quieta, tensa, aguardando. Jack, el dragón domado, posó los dedos sobre sus hombros, redondez tibia, y la hizo volverse. Ojos asustados, muy abiertos. Jack los estudió largo tiempo, atravesando barreras, quebrándolas con rabia, hasta llegar a encontrar su figura agazapada en lo más profundo. Ínfima, acurrucada, tremendamente indefensa, injustamente abandonada en su sentimiento de culpabilidad morbosa. Le acarició una mejilla sedosa. Sorpresa. Luego el beso, calmado, muy suave, rozándole apenas la boca. Deliciosa iluminación.
La mano blanca se había ido; labor bien hecha. Libertad para el renovado Jack, el Fénix, el nuevo héroe, juzgado y hallado inocente ante los hombres.
Jack salió de casa para encaminarse hasta el puerto. Le esperaban las sacas de turba, que ahora descansaban en las cubiertas de los barcos, meciéndose con el balanceo despacioso del mar. A su izquierda, el callejón del túnel. Visible, rebosante de día, sin sombras acechantes, mostrando las arrugas sucias de vómitos y orinas, sus verrugas plenas de basura sin disimular, como el resto de la urbe. Jack asintió con la cabeza en señal de desprecio, luego continuó su camino. La taberna de Jim Mulligan tendría que esperar mucho, muchísimo tiempo, hasta que volviera a ver a Jack Tisdall cruzando de nuevo su puerta pintada de verde.


Me apetece que suene aquí el Do the dog, de los Specials.

He aquí la letra y su posible traducción:
All you punks and all you teds (todos vosotros punks y teds)
National Front and Natty dreds (Frente Nacional* y rastas)
Mods, rockers, hippies and skinheads (Mods, rockers, hippies y skinheads)
Keep on fighting 'till you're dead (siguen en la lucha hasta que estés muerto)

Who am I to say? (¿Quién soy yo para decirlo)
Who am I to say?  (¿Quién soy yo para decirlo)
Am I just a hypocrite? (¿Soy tan sólo un hipócrita?)
Another piece of your bullshit (Otra parte más de tus gilipolleces)
Am I the dog the bit, the hand of the man that feeds it? (¿Soy el perro que muerde la mano que le alimenta?)

Do the dog, do the dog (haz el perro, haz el perro)
Do the dog, not the donkey (haz el perro, no el burro)
Do the dog, don't be a jerk (haz el perro, no seas cretino)
Do the dog, watch who you work for (haz el perro, conoce para quién trabajas)
Do the do the do the do the dog (haz, haz, haz, haz el perro)
Everybody's doing the dog (todo el mundo está haciendo el perro)

Take your F.A. aggravation (coge tus problemas de la FA**)
Fight it out on New Street station (Discútelo en la estación de New Street***)
Master racial masturbation (señor de la masturbación racial)
Causes National Front frustration (que causa la frustración del Frente Nacional)

Who am I to say? (¿Quién soy yo para decirlo)
To the IRA (Al IRA****)
To the UDA (al UDA*****)
Soldier boy from the UK (soldadito del Reino Unido)
Am I just a hypocrite? (¿Soy tan sólo un hipócrita?)
Another piece of your bullshit (Otra parte más de tus gilipolleces)
Am I the dog the bit, the hand of the man that feeds it? (¿Soy el perro que muerde la mano que le alimenta?)

Do the dog, do the dog  (haz el perro, haz el perro)
Do the dog, not the donkey (haz el perro, no el burro)
Do the dog, don't be a jerk (haz el perro, no seas cretino)
Do the dog, watch who you work for (haz el perro, conoce para quién trabajas)
Do the do the do the do the dog  (haz, haz, haz, haz el perro)
Do the do the do the do the dog  (haz, haz, haz, haz el perro)
Do the do the do the do the dog  (haz, haz, haz, haz el perro)
Everybody's doing the dog (todo el mundo está haciendo el perro)

* Frente Nacional es un partido racista de ultraderecha británico que tuvo mucho dinamismo en la década de los 70/80 del siglo pasado.
** FA es la Asociación de Fútbol en Inglaterra.
*** New Street es Calle Nueva.
**** El IRA es el Ejército Republicano Irlandés (católicos)
***** El UDA es la Asociación en Defensa del Ulster (protestantes)

jueves, 31 de enero de 2013

La Rosa Negra (capítulo final)

Amigos, hemos llegado al final del camino. Se trata, por fin, del último capítulo de esta novelita corta que espero os haya gustado y, sobre todo, de la que hayáis podido sacar algún provecho (aunque sólo sea anímico). Es, con diferencia, el más largo, pero sus motivos tiene. Aunque os advierto una cosa, estimados lectores: quedaría un epílogo por publicar y dependerá de vosotros que salga o no en este blog. Así que, para obligaros a romper vuestro denso (y doloroso) silencio, o me decís abiertamente a base de comentarios (cuantos más numerosos mejor) que también queréis esa última parte de la Rosa Negra u os quedáis con las ganas, ¡eah, con Dios!

"Rosa Negra", de Adrián García, de su blog  adriangrfo.blogspot.com.es.
Capítulo X. El poder de la Rosa.
Mi destino es ser amante
de una sirenita del mar,
pues amar no podré nunca
mujer alguna mortal.
Jesús Callejo. Hadas (cantinela popular cántabra).


Ascendieron por la empinada cuesta aparentemente sin esfuerzo y al cabo de un rato se encontraron con una agreste plantación de rosas negras que se hallaba justo en la cima del monte. Las flores no brotaban de los arbustos, como hubiera sido lo normal, sino que progresaban de una en una, al igual que los solitarios tulipanes. Entre las sorprendentes flores se desplegaba una vereda forrada de mullido césped por la que llegaron hasta el centro del bancal.
Allí se alzaba, pura entre las puras, la Rosa Negra; la meta de Cunneda, aunque no por ello el final de su viaje. Era hermosa por sí misma, sin necesidad de tener que compararla con ninguna otra cosa, conocida o desconocida, de este mundo o de cualquier otro. Su largo tallo estaba desprovisto de espinas y sus abiertos ocho pétalos, barnizados con el color que compendia a todo el irisado espectro luminoso, despedían una extraña luz negra, visible incluso en plena noche.
"Eso debe de ser la magia que me comentó mi padre", caviló emocionado el muchacho. "Y la tengo aquí mismo, al alcance de la mano".
Precisamente, sus codiciosos dedos estaban ya a punto de rozarla cuando le detuvo un respiro entrecortado a su espalda. Se giró y vio el espanto reflejado en el rostro de su dama.
El ambiente se tornó gélido y una neblina celestial, sinuosa como una sierpe, apagó en su lento avance a los astros nocturnos. Todas las flores se marchitaron y cayeron sin vida al suelo donde se transformaron en fino polvo ceniciento. Todas, excepto Ella, que permaneció tentadoramente desafiante ante la pareja real.
-¿Qué está ocurriendo? ¿A qué viene esto? -Cunneda miró despreciativo a la mujer-. ¿Tienes algo que ver con lo que ha pasado? ¡Responde, bruja! Más vale que te dejes de hechizos y me aclares por qué primero me traes aquí y luego te pones a jugar conmigo.
La dama se quedó quieta, con la cabeza gacha, afanándose por no exteriorizar el tremendo dolor que le habían causado las hirientes palabras del joven. Después, con languidez, alzó la reluciente mirada. Era tal la tristeza reflejada en sus pupilas que hasta el propio Cunneda reconoció que su iracunda reacción había sido injusta. La atrajo hacia sí y la estrechó con fuerza.
-Estoy cansado de pedir continuamente disculpas -dijo con voz contenida-. Estoy más que harto de no entender nada. Parece que perdí el control y ahora sólo puedo esperar que lo comprendas.
La dama asintió con un gesto mientras eludía el abrazo del rey.
-Tenía la esperanza de que lo descubrieras por ti mismo, pero no ha sido así. Ahora tendrás que oír de mis labios una historia a la que ni siquiera querrás creer. Pero yo te aseguro que es tan cierta como tu propia existencia. Si tú me pedías comprensión yo te exijo a cambio confianza y fe en mí. Escúchame atentamente porque después tendrás que actuar siguiendo los dictados de tu alma.
Cunneda tomó asiento en el suelo cruzando las piernas y cuando la mujer comenzó a hablar tuvo la impresión de que le estaban cantando un poema en vez de narrarle un relato de los tiempos remotos:
-Somos lo que somos porque Él así lo quiso. Nos otorgó dones que el hombre no entendió ni entenderá nunca. Al principio convivimos con ellos en una misma tierra; éramos partes complementarias de una misma idea divina y la paz reinó entre los pueblos. Pero no duró mucho. Algo rompió la concordia y los hombres nos odiaron sin que les hubiéramos dado motivos para ello. Nos acosaron, nos persiguieron y nos dieron muerte. Entre los nuestros surgieron entonces dos facciones: los que se negaban a quedarse inactivos ante la matanza, hasta entonces impune, y pedían contraatacar a la violencia, y los que evitaban alzar las armas contra los preferidos del Creador. También nuestra gente acabó así dividida. Una parte prefirió hacer frente a la amenazante locura humana; son los que permanecen aún en el Mundo del Tiempo, compartiéndolo en clandestinidad con el hombre, haciendo que el temor creciera en sus supersticiosos corazones hasta que acabaron por llamarles demonios. Pero su número y su fuerza menguan, porque el paso del tiempo también les termina afectando y, por tanto, no son inmortales como los hombres suponen que son. Además, están desorganizados y eso es lo que ha impedido hasta ahora que sus ataques no acabaran en el exterminio de naciones enteras.
"Pero la mayoría de nosotros contuvo su rabia y escuchó tus sabias palabras de sosiego y apaciguamiento. Prometiste ir a hablar con el Gran Hacedor para pedirle, en nuestro nombre bien una explicación a la anomalía de los Hombres o bien que nos concediera la gracia de sortear esa indecente agresión sin que ello supusiera la desaparición de nuestra raza. Tu promesa incluía la condición de no regresar hasta no haber cumplido con lo dicho y, mientras, los demás debíamos esperar el tiempo que fuera menester. Aceptamos y te llevaste nuestra esperanza contigo. Fue tu primer viaje, que duró lo que tres generaciones tardan en madurar. Te aguardamos siempre, protegidos en moradas bajo tierra o en lo más profundo de los bosques primigenios a los que los humanos no osaban entrar a explorar. Nos tragamos nuestro orgullo original y procuramos paliar en parte el mal que generaban los Renegados con acciones ocultas, y por eso algunos nos llaman la Buena Gente.
"Por fin un buen día regresaste, pero no ya como uno más de nosotros. Llegaste envuelto en un doloroso halo de majestad que agobiaba toda tu esencia interior. Con paso vacilante y esa alta frente perlada en febril sudor nos dijiste que todo estaba hecho. Lo supimos al verte y, maravillados, te reconocimos como Rey.
Paisaje islandés, captado de caladeloshumos.wordpress.com.
-En ese caso, tú eres mi reina -interrumpió el joven, quien no mostraba sorpresa alguna ante lo que estaba oyendo.
-No exactamente -contestó la dama sonriendo-. Nuestro concepto de rey es diferente del que tienen los humanos. Tú eres el único que hemos tenido y sólo porque llevas la marca del Creador grabada en tu ánimo. No puedes obligarnos a ninguno a hacer nada que vaya en contra de nuestra naturaleza. Tu labor no es gobernar ni tampoco ordenar, pero esta tierra a la que nos trajiste depende únicamente de tu persona. Nuestra deuda hacia ti no se basa en una estúpida sumisión a tu voluntad, sino en el intenso amor que te profesamos a raíz de tu sacrificio en nuestro favor. Por eso, nadie más que tú puede ser el Rey, ¿lo entiendes?
-Pero entonces, ¿qué pasa contigo? -El joven vaciló-. Sé que eres algo mío.
La mujer se aproximó acuclillándose y dejando su boca a escasos milímetros de la de Cunneda.
-Soy tu esposa -le susurró.
Aquello sí que sobresaltó al aguerrido muchacho, pero la dama disipó su comprensible turbación con un ardiente beso que se prolongó durante una eternidad. Luego ambos rieron y se contemplaron el uno al otro con sentimientos contrapuestos; el rey, intentando despertar la memoria aletargada; la mujer, con un recóndito temor de volverle a perder de vista en breve.
-De todas maneras, nada de lo que has dicho me explica qué es toda esta aventura que me ha ocurrido ni por qué tampoco puedo recordar siquiera cómo te llamas.
Volvía a asomar un atisbo de dureza en las palabras de Cunneda. La dama suspiró paciente, aunque el joven la retuvo cuando intentó levantarse para continuar con la historia.
-No, por favor. Quédate conmigo.
-Tenemos demasiada prisa, mi vida -suplicó la mujer mirando apremiante a su alrededor-. Y aún me queda tanto que decir...
Descansó la cabeza sobre el pecho del monarca tomándose el tiempo justo para deshacer el nudo que se le había formado en la garganta; rogando ferviente por que su nefasta premonición no se llevara a efecto. Después, de golpe, se puso en pie y se alejó unos pasos.
-Ya te he hablado del tremendo cambio que sufriste después de tu partida -prosiguió-. Nuestro país es realmente espléndido, ningún otro se le puede igualar y en él se colman con creces todos nuestros anhelos. Cualquiera que lo viera afirmaría que aquí es inconcebible la infelicidad. Sin embargo, tú te sentías desdichado. Tenías una idea que se removía en tu interior sin concederte ni un instante de reposo, consumiendo como un parásito toda tu vitalidad. Por entonces, recuerdo que solías apartarte de los que te querían bien sin permitir que nadie se atreviera a interrumpir tus penosos pensamientos. Sólo yo logré una vez quebrantar ese malsano aislamiento y sonsacarte con perseverancia el secreto que te atormentaba. ¡Oh, Sagrada Madre! Cómo maldigo el momento en que decidiste ir a ver al Creador; lo maldigo mil veces porque tu sacrificio fue mucho mayor de lo que nuestro pueblo supone.
"Él no sólo te dio la solución a nuestro grave problema. No. Me dijiste, además, que Su mera visión te desveló repentinamente un ansia irrefrenable por saber acerca de todas las cosas. Pero esa nueva sed de conocimientos se centró más que nada en el Hombre y en su compleja naturaleza. No hubo respuestas a tus obsesivos interrogantes. Ni insistiendo conseguiste que el Gran Hacedor satisficiera tu curiosidad con palabras de sabiduría.
En busca del Gran Hacedor Circular, cogida de livanvivo.blogspot.com.es.
"Lo peor fue que finalmente supiste la horrible verdad: la única manera de ver cumplido tu deseo era haciéndote un igual a ellos; gestarte, formarte y nacer del seno de una hembra humana. Sólo mediante esa atrocidad podrías empezar a llegar a entenderlos.
Cunneda torció el gesto incrédulo. "¡Qué idiotez!", pensó. "Con una mujer como ésta, viviendo en este lugar, con la posibilidad de obtener todo lo que uno quiera... No. Es imposible que me haya podido ir de aquí en busca de no sé qué cosa sin que me obligaran a ello. Desde luego, Yo no lo hubiera hecho. Y ese creador que tanto menciona, ¿es uno de los dioses o qué?"
Inconscientemente, Cunneda delató sus razonamientos con un movimiento negativo de la cabeza y un mohín despectivo en los labios. El gesto no pasó desapercibido para la fascinante mujer que tenía delante temblando de pies a cabeza por el frío creciente. Su persistente silencio devolvió al rey la atención perdida.
-Pues sí. Créeme que te volviste a marchar, pero sin despedidas, sin condiciones previas ni explicaciones de ninguna clase. Y esta vez la gente, tus amigos de verdad, no lo entendieron. No veían motivos de peso para que los abandonaras de nuevo y te negaron su confianza. Hasta nuestra propia hija renegó de ti porque por mí supo también que te hiciste hombre.
-¿Una hija? ¡Válgame el Dagda! ¿Tengo una hija?
-Te-ne-mos una hija, sí -recalcó la dama élfica-. Pero di más bien que tú la perdiste. Ella tampoco comprende a qué venía eso de que te fueras, modificaras del todo tu esencia y te convirtieras en un humano más, uno de nuestros enemigos, uno de los que tanto daño nos causó, con todo lo que ello implica de debilidades y anomalías. Por eso pensó que en realidad les dabas la espalda a nuestro pueblo y a ella misma y, por eso, ahora abomina de ti. La viste a la entrada del jardín, ¿recuerdas? Yo iba detrás y cuando descubrí las cabezas ensartadas en las picas supe que habías regresado. Tu hija también las vio y no dijo nada.
Cunneda se incorporó tragando saliva desquiciado.
-¿Me estás queriendo decir que ella supone que maté a esa gente y la dejé ahí para que se pudrieran? ¿Es que como rey soy capaz de cometer esas atrocidades? ¿Tan cruel soy... O lo era? ¡Pero si yo fui el primero que se asustó al ver aquello!
-Lo que quiero decir es que puede que esos hombres ni siquiera existan; tampoco estoy muy segura.
-¡Venga ya! Tus aclaraciones sólo logran confundirme más -gritó el joven gesticulando como loco alrededor de la dama.
-Tan sólo conozco con seguridad el pasado; lo que ya ha sido. Pero al presente le estamos dando forma en este preciso momento, y el futuro depende enteramente de lo que decidas hacer.
Cunneda rió con amargura.
-Ya estamos con ésas -se limitó a comentar.
-Te estoy hablando muy en serio -fue la réplica a su sarcasmo-. Piensa que, por ejemplo, ésta es la primera vez que yo veía a esas rosas que estaban ahí hace un rato. Antes no existían, ni la que todavía no ha desaparecido ni esta colina ni el valle donde está emplazada. ¿No te das cuenta? Las cosas van sucediendo a medida que tú te las imaginas.
-¡Ah! ¿Sí? ¿Y cómo sabías entonces lo que estaba buscando? -Cuestionó el rey con suspicacia-. Si este sitio no es real ni las flores tampoco, ¿cómo es que me has guiado hasta la Rosa Negra? Es más, ¿qué hacíais todos esperándome en el lugar ése de antes?
La mujer se llevó la mano a la frente y dio un traspié. Preocupado, el muchacho tuvo que sostenerla para evitar que cayera.
-¿Qué te pasa?
-Descuida, no es nada -respondió relajándose entre los brazos de su amado-. Pero siento mucho frío.
Respiraba con dificultad y, al levantar la mirada, el brillo de sus ojos se había apagado.
-Tus dudas son comprensibles -continuó diciendo-, si yo estuviera en tu lugar también las tendría, aunque la única respuesta que te puedo dar es que tu alma es aún demasiado humana y eso está afectando a nuestro mundo. Me temo que, sin quererlo, estás haciendo que se cumplan todas esas ridículas leyendas que los hombres cuentan sobre nosotros. Si te preguntas por qué te recibimos los que estábamos en la Sala del trono seguramente fue porque así lo querías tú. Esto también puede servirte para explicar tu presunta crueldad, y si en el otro mundo te dijeron que aquí había una rosa mágica entonces te has visto obligado a que eso se materializara y adquiriera forma. Y ahí la tienes.
El rey miró el objeto de su aventurado viaje. La oscura luminosidad que emanaba de su corola comenzó a extenderse colina abajo desdibujando tenuemente el perfil de las rocas y de la hierba. En algunas zonas del paisaje ya era imposible diferenciar la línea del horizonte que divide el cielo de la tierra.
"Luz Negra", del pintor José Orús, cogida de www.aacadigital.com
-La verdad es que a estas alturas me resulta difícil distinguir entre lo que es cierto y lo que es producto de mi imaginación -sentenció Cunneda-. Todo acaba por confundirse con demasiada ligereza. Resulta que soy ése al que los hombres llaman el Rey de los Elfos, pero, al mismo tiempo, soy humano hijo de humana. Quizá este país sea perfecto para habitarlo, no seré yo quien lo discuta, sin embargo he tenido que hacer frente al peligroso caos que reina en este lugar. En esa fortaleza de piedra, o lo que sea que fuese, he visto a algunos con los que me había tropezado a lo largo de mi camino, aunque también me he encontrado con seres de los que nunca había oído hablar cuando vivía entre los hombres. Incluso he llegado a dar muerte a una de los que dicen que me aman, pero fue ella la que me obligó a hacerlo, ¡y luego aparece viva como si nada hubiera pasado!
"Según tú, parte de lo que me ha ocurrido es auténtico y otras tantas cosas no lo son. Con sinceridad, tienes que reconocer que tu historia no es muy creíble que digamos. Fíjate que hasta he llegado a pensar en que tú tampoco existes de verdad.
La dama tomó suavemente el rostro de Cunneda entre las palmas de sus manos y le besó en los labios con una lentitud exasperante hasta que el devenir colapsó y volvió a fluir a la misma velocidad que su sangre desbocada.
-¿Lo has notado, mi amor?
-Absolutamente -contestó atontado-. Con toda claridad.
-Y vagando por nuestra tierra, ¿no tuviste miedo? ¿Acaso no sentiste sueño y te echaste a dormir? -El rey lo confirmó a su vez-. Vamos, enséñame el codo; esta herida que tienes ahí, ¿tampoco te parece real?
-En lo sueños también se sangra. ¿A dónde quieres ir a parar?
-¡Un sueño! ¿Todavía crees que estás dormido? Aquí tenemos maestros en la elaboración de sueños y te aseguro que ninguno ha confeccionado uno ni tan continuado ni tan complicado como éste.
-No lo sé -respondió escéptico-. Quizá ahora mismo esté en casa de mi padre, enfermo y delirando en sueños por la fiebre.
-Estás enfermo, sí, pero de humanidad. Lo siento, mi vida; mi intención no es dañarte, sino demostrar que ambos somos reales y que estamos aquí, ahora.
La pareja fue interrumpida por un violento temblor que dio con ellos en el sueño. Cunneda, encomendándose a todos los dioses de su panteón, clavó con fuerza las uñas en tierra.
La sacudida duró unos segundos, tras lo cual volvió la calma. Pero el terremoto dio paso a una escena de tales proporciones oníricas que el joven acabó por convencerse de que se debatía en mitad de una pesadilla: lo único visible era una reducida porción del cerro; el resto buceaba bajo una insondable masa de negritud flotante que retenía los sonidos apagándolos. La dama seguía echada de bruces y sin moverse.
Entretanto, la Rosa permanecía estática mostrando una actitud de satisfacción, por muy disparatado que pudiera parecer en una flor; daba incluso la sensación de sonreír traviesa. Cunneda intentó levantarse para auxiliar a la mujer, pero se detuvo a medio camino al ver que su mano aferraba un huidizo puñado de arena.
Me encantan los relámpagos, y esta imagen de uno múltiple me viene muy bien para la historia. está cogido de www.friki.net.
-La tierra, se está deshaciendo -musitó reparando absorto en aquellas diminutas motas del color de la harina de trigo que se le escurrían de entre los dedos.
-Es el Tiempo que irrumpe en nuestro mundo -refirió la dama tras recobrarse de su desvanecimiento-. Debes decidirte sin tardanza.
-Sigo sin saber qué es lo que tengo que hacer -el joven se sacudió el polvo de su mano y comenzó a retirarse de la cabeza la piel de ciervo que le servía de corona élfica, pero la mujer se lo impidió.
-¡Espera! Primero habrás de elegir entre arrancar la Rosa y marcharte con ella o quedarte junto a tu pueblo como rey, olvidándote para siempre de los hombres.
-Así que todo se limitaba a eso: o vosotros o ellos.
Un grueso relámpago rasgó la noche, pero no se escuchó el estallido posterior del trueno. La Rosa se meció coqueta impulsada por un viento casi imperceptible..
-¿Lo ves? -Dijo Cunneda-. Me llama. Me está pidiendo que me acerque y la coja... ¿Hay algo que me lo impida?
-No has aprendido nada de tus veinte años viviendo como un hombre -le echó en cara la dama con voz ronca-. La elección es sencilla: o la felicidad eterna entre los tuyos, conmigo, o una miserable existencia mortal junto a ellos.
El confín del País de los Elfos volvió a iluminarse con una triple centella muda.
-De fácil, nada. ¿Quiénes son realmente los míos? ¿Cómo quieres que me quede si hasta mi propia hija dices que me odia? Si hasta el que tú afirmas que es mi pueblo me ha negado su confianza. Al menos, en el Otro Lado cuento con mi padre y con algunos buenos amigos. ¿Te atreves a decir que es sencillo? ¡No! Para nada.
-Parece que ya has hecho tu elección -admitió resignada la mujer élfica.
-¡Ayúdame, por favor! ¡Haz lo que sea! ¡Convénceme, incluso! ¡Oblígame a creer! Pero no permitas que escoja lo peor. Por el amor que me tienes, no lo permitas.
La aprensión de Cunneda se concretó en una múltiple descarga eléctrica que tiñó de violeta los cielos y la agobiante Nada que los envolvía.
Quisiera pensar que se trata de Deseo,
cuyo papel es más importante del
que parecía al principio.
-¡Qué más quieres! -Gritó la dama con indefensión-. Durante todo este tiempo has tenido delante la demostración fehaciente de que tu gente te quiere bien. Desde el principio, sin quejas y con infinita paciencia, se prestaron a interpretar el papel que tú les asignaste en este estúpido juego y lo único que les sostenía era la esperanza de que al final pudieras recuperar tu identidad, recordando quién eres. Una de ellas saboreó el amargo y penoso gusto de la muerte por ti; si es no es amor, si no eres capaz de verlo así, es que ya no hay manera de explicártelo.
-Nos lo pudimos haber evitado si tú, en vez de huir, me lo hubieras contado antes de que yo entrara en el jardín.
-Habría sido en vano, y tú lo sabes -contestó ella ahogando un sollozo.
En su fuero interno Cunneda tuvo que dar la razón a la mujer. Pero quedaban demasiados cabos sueltos y sus únicos recuerdos, tras la fantástica experiencia, seguían siendo netamente humanos. Aquella idea acabó por inclinar definitivamente la balanza y el joven se alejó de la dama sin apartar los ojos de ella.
-Lo siento -se disculpó con timidez antes de descuajar la flor.
La tempestad entonces se desató en toda su magnitud. Los ruidos que hasta entonces habían permanecido contenidos por la niebla negra retornaron de golpe ensordeciendo al muchacho con la sinfonía más salvaje jamás compuesta por genio alguno. El mugido del viento se alió a los secos crujidos de los truenos, que esta vez sí escoltaron a los centenares de rayos que parecían surgir simultáneamente de todas partes. Cunneda procuró proteger la Rosa de la densa lluvia escondiéndola bajo los pliegues de la piel de venado, pero resultaba una tarea ardua, ya que, al mismo tiempo, debía intentar guardar el equilibrio ante el inmisericorde azote de los elementos. La tierra también habló con un quejido de agonía mientras bloques enteros de roca viva se desgajaban para asomarse a través de la bruma y salir despedidos hacia lo alto.
-Se ha consumado lo inevitable -las palabras de la mujer se escucharon por encima del aplastante estruendo del cataclismo-. Te estaré esperando, vida mía. Siempre. Hasta que regreses de nuevo a mí.
Cunneda reaccionó buscándola ansioso sin ningún éxito. El pedazo de monte sobre el que él se afanaba por no caer comenzó también a gravitar elevándose con lentitud. Entonces se asomó al borde de la piedra y pudo ver a su dama que le contemplaba desde abajo, disminuyendo gradualmente de tamaño, perdiéndola por tercera vez. En ese instante evocó todo su pasado élfico, tan fresco y contundente que a punto estuvo de saltar al abismo. Pero era demasiado tarde.
-¡Laureleï! ¡Te recuerdo, Laureleï! -Chilló hasta quedar afónico mientras subía cada vez más alto, cada vez más rápido.
La mujer sonrió agradecida por aquel último regalo. Luego se dio la vuelta y se esfumó con el resto del Mundo de la Fantasía.
Tras de ella, una puerta se cerró indefinidamente.
Preciosa imagen que me hace pensar en Laureleï, la dama élfica, tras la marcha de Cunneda. Está sacada de httprudyardbonilla.blogspot.com.es. Una delicia, ¡ya te digo!
Me encanta Beleño, y este tema en especial, La dixebra, me resulta lo suficientemente melancólico como para acompañar a la lectura. No se os ocurra llorar.

martes, 22 de enero de 2013

La Rosa Negra (capítulo IX)

Éste es el penúltimo capítulo de La Rosa Negra, una novelita que, al parecer, es lo que más agrada a los que se adentran en las Visiones aromatizadas de añil (aunque también desconozco por completo la razón por la que el capítulo I apenas sí lo ha leído nadie, y eso que lo tiene todo el mundo a su disposición). A disfrutar de lo que está por venir, mis ansiosos lectores:


Capítulo IX. Cambios inevitables.
-En su laberinto sobran tres líneas -dijo
por fin-. Yo sé de un laberinto griego que
es una línea única, recta. En esa línea se
han perdido tantos filósofos que bien puede
perderse un mero detective.
J.L. Borges. La muerte y la brújula.


El morro de Celebinish golpeó con dulzura el rostro del muchacho, quien por fin acabó despabilándose gracias a la tenaz insistencia del animal. El caballo lanzó un amistoso relincho cuando Cunneda se puso en pie tambaleándose inseguro.
-¿Dónde estamos, amigo?
La noche había caído sobre el Monte Negro, pues ésa era su designación tal y como averiguó el joven posteriormente. Sus acuciantes inspecciones en torno suyo no despejaron la incógnita de su pregunta, aunque el paisaje tenía unos toques familiares que le pusieron aún más nervioso.
-¡Madre mía! ¿Qué te ha ocurrido? -Dijo acercándose cauteloso a Celebinish. Su pelaje, antes del color del carbón, era ahora blanco grisáceo y su mirada revelaba una aflicción versada, propia de los que ya han vivido demasiado o de los que han experimentado el mayor de los sufrimientos. Por un momento Cunneda se preguntó si él también tendría el mismo aspecto, pero el caballo le rehuyó antes de que el muchacho lograra acariciarlo.
-¿Qué pasa? Soy yo. ¿Tanto he cambiado o qué?
No se trataba de eso. De hecho, Cunneda no había experimentado ninguna variación física, salvo por la grieta transversal que ahora le partía la frente de parte a parte y el hecho de haber perdido la facilidad de sonrisa habitual en los niños y adolescentes. Si Celebinish se alteró fue por la sigilosa aparición de tres figuras que irrumpieron desde las sombras cercanas. Eran elfos y el más adelantado de ellos, de majestuosa estatura y espesa cabellera roja, iba fuertemente armado. Al verlo más de cerca creyó estar en presencia de un aparecido, tal era su semejanza con el guerrero al que encontró herido de muerte en el bosque.
Los elfos se detuvieron saludándole con una respetuosa reverencia. Luego el más alto invitó al joven a que le siguiera con un gesto del brazo; los otros dos se situaron a ambos lados del caballo. Como Cunneda se mostraba reticente a ir detrás de su anfitrión Celebinish le propinó un empujón en la espalda y el elfo, siempre sin hablar, se sirvió de la situación para tomarle de la mano.
-Aguarda un momento -pidió Cunneda dirigiéndose al animal-. No hay que ser muy listo para imaginarse que ya no nos veremos más. Y eso me duele; no sabes cuánto. Pero lo que más me preocupa es pensar que yo pueda haber sido el culpable de lo que te ha sucedido. No estoy muy seguro de ello, pero por si acaso es así te pido por lo que más quieras que me perdones.
Los elfos sonrieron con simpatía ante la escena mostrando sus blancas y perfectas dentaduras y, durante un segundo, los ojos de Celebinish lucieron con la energía de antaño. El muchacho se dio por absuelto cuando el noble corcel se dejó pasar la ano por la frente antes de marcharse escoltado por los caballerizos.
"Otra despedida", pensó amargado mientras se dejaba arrastrar pacíficamente por el guerrero pelirrojo.
Decenas de luciérnagas les abrían camino revoloteando incansables a gran velocidad; algunas, en línea recta, las más, formando complejas figuras en el aire. Aunque si uno ponía su atención fija podía llegar a descubrir que aquellas traviesas lucecitas verdiamarillas no eran en realidad insectos, sino diminutas hadas silvestres, de ésas que no hablan, pero cuya pueril malicia había provocado que numerosos viajeros del Mundo de los Humanos extraviaran sus pasos en pos de engañosas maravillas visibles sólo para sus ojos.

Efecto de luciérnagas, cogido de blog.educastur.es.
Enseguida llegaron a una sala sin techo, aunque con paredes naturales, puesto que se trataban de aquellas rocas con forma de fortaleza que Cunneda había divisado a lo lejos. Una doble hilera de menhires desiguales seccionaban el habitáculo en tres partes y justo el pasillo que se formaba en el medio, alfombrado con una oscura capa de tierra perfumada, remataba en una plataforma de granito a la que se habían añadido dos amplias abrazaderas sobre las que se podían descansar cómodamente los brazos, manteniendo, al mismo tiempo, una digna postura sedente. En efecto, aquello era el trono del Rey de los Elfos.
No bien lo vio el joven se sacudió la modorra de encima y se soltó de un tirón de la mano de su guía. Aunque su instinto no percibía ningún peligro inmediato debía de tener cuidado, ya que era perfectamente consciente de que él era un intruso llegado hasta allí para robarles a aquellas gentes su tesoro más preciado y eso, de una manera u otra, tendría que pagarlo.
"Me van a juzgar. En cualquier momento aparecerá el rey y me mandará matar", desconfió poniéndose en guardia.
Muy al contrario, con una refinada delicadeza, el elfo le cogió del brazo y le encaminó hasta el sillar de piedra. Allí el estupefacto muchacho fue obligado a sentarse y entonces la habitación se iluminó con un resplandor azulado que confirió a la sala un aspecto grandioso. El mayordomo se retiró unos pasos sin ofrecerle la espalda y se hizo a un lado.
Ante el joven las sombras danzantes de los hincados menhires comenzaron a materializarse en un número imposible de formas; algunas enormes y ominosas, otras más menudas y que inspiraban simpatía, pero todas increíblemente reales, de carne, sangre y huesos, con vida propia, y ninguna amenazante.
El primero en aparecer fue un hombrecillo de fiera apariencia, pero de ancha y campechana sonrisa. El elfo hizo la presentación:
-Cada uno de los pueblos ha enviado a la corte a un representante para brindarte sus respetos y darte de nuevo la bienvenida, mi señor. Éste es Liam, el Puka.
El citado se inclinó grotescamente haciendo que su cerdosa y desmeñada cabellera de color castaña le cubriera buena parte de su fisonomía y posó ante Cunneda una cesta de mimbre pelado repleta de frutos secos sucios de barro, entre los que asomaban hojas de menta, pequeñas ramas de alcornoque, gusanos, larvas y alguna que otra mosca. El elfo no pudo reprimir una rápida mirada golosa al regalo. Por su parte, el joven no supo cómo reaccionar por el presente.
Una vez cumplido su encargo el Puka cedió su puesto al siguiente invitado. Se trataba de una mujer alta y joven vestida con una capa gris sobre un largo vestido verde. Cunneda crispó las manos sobre los brazos del trono con disgusto manifiesto.
"¿Qué condenada broma es ésta?", pensó contemplando con ira el rostro de la mujer de ojos malva. Era exactamente igual al de su madre muerta.
-Ella es Bás de Rí, la Banshee -anunció el elfo que hacía las funciones de maestro de ceremonias.
-No has de preocuparte -aclaró la Banshee, cuyos pies no llegaban a rozar el suelo-. Hoy no derramaré lágrimas en señal de duelo. Antes bien he venido a entregarte lo que nunca antes había dado a nadie.
Banshee idealizada por Michelle Monique.
Se produjo un instante de expectación y, ante el pasmo de la fantástica muchedumbre que se agolpaba al fondo de la estancia, la mujer únicamente sonrió.
Los histéricos murmullos, y alguna carcajada nerviosa, rompieron el silencio ante aquel rarísimo acontecimiento: por vez primera desde que el mundo era mundo, una Banshee no sólo había hablado, sino que se había aventurado a manifestar una significativa muestra de alegría.
-Puedes considerarlo como el mayor de los honores rendidos jamás a un rey -sentenció alguien a su lado.
Cunneda giró ansioso la cabeza en esa dirección porque había reconocido de quién se trataba. La dama élfica, su dama, aquélla a la que vio antes de entrar en el jardín, estaba junto a él, magnífica en su porte y sobrecogedoramente sencilla al mismo tiempo; mirándole de manera peculiar, cual si estuviera realizando un agotador esfuerzo por no lanzarse a su encuentro y demostrarle lo mucho que le amaba. Pero permaneció íntegra en su sitio, con las manos enlazadas tranquilas en su regazo, de pie, en un gesto de curiosa sumisión hacia él.
"¿Me ha llamado rey? ¿A mí?", reflexionó receloso. Miró entonces a los que debían de ser pues sus súbditos y vio que éstos doblaban cortésmente la cabeza ante la recién llegada. Antes de que pudiera reclamar una explicación a alguien la Banshee volvió a tomar la palabra.
-No puedo permanecer aquí por más tiempo, pero antes quiero que sepas que, sea cual sea tu elección, siempre me tendrás a tu lado para velar por ti hasta que llegue la Noche de los Tiempos.
Dicho lo cual la mujer que encarnaba la tristeza lanzó un estridente chillido y se marchó en dirección a las estrellas.
"Y ahora ésta va y me habla de una elección", masculló el muchacho. "¡Dioses! ¿Es que nadie me va a decir claramente qué es lo que está pasando?"
Efectivamente, nadie le hizo ese favor. "Cada cosa a su tiempo -creyó oír en su interior-; vive el ahora y disfruta dejándolo fluir". Supo que esa franca vocecita era la suya propia y permitió que se sucedieran las presentaciones.
Y así fue que ante él pasaron elementales de todos los rincones del mundo entonces conocido, que era paralelo en extensión y perfil al desconcertante país al que había accedido Cunneda. De la fértil Hispania acudieron Beles, el Basajaún, y Turinnus, el Nuberu, así como pícaros Follets y voluptuosas lamias con fíbulas y broches de un material blanco que no era ni metal ni piedra y que confiaron de todo corazón a su rey. Kornikaneds, Korils y Poulpikans fueron mandados en embajada desde la frondosa Galia para hacer entrega de elaborados cuernos de marfil labrados en las defensas de animales extinguidos hacía ya varias eras. Un grupo de Mineros, encabezados por el gigante Geinon, de las húmedas tierras de Gales obsequiaron al soberano con todo tipo de joyas vírgenes extraídas de remotas vetas profundamente enterradas en el subsuelo de las colinas de Presseleu, y las córnicas Muryans, minúsculas entre la Gente Menuda, dejaron muestra de su presencia con una armadura de piedra, resistente y liviana, que tenía la facultad de adaptarse a cualquier cuerpo que se la calzara.
"¿Y a todos éstos qué les pasa? ¿Por qué no me hablan?", refunfuñó. "¿Quizá porque no les iba a entender?". Echó un vistazo de soslayo a la mujer que estaba levantada a su lado. "¿Y ella? ¿Por qué ni siquiera me mira? ¿Me tendrá miedo o algo así?"
-¡Vaya, vaya, vaya! Mira tú por dónde, éstas que vienen por ahí no necesitan presentación -comentó al volver su atención a la sala.
Tres xanas, Resignación, Deseo y Moderación, avanzaron en toda su espléndida desnudez como emisarias, ironía o burla expresa, del vastísimo Pueblo del Mar. Cunneda clavó los ojos en Deseo, pero ésta no parecía trastornada, o por lo menos lo disimulaba demasiado bien.
-¿Vosotras tampoco tenéis nada que decirme? -Indagó rápidamente el joven.
Las tres se miraron con aire de inocencia y entonces Resignación, adelantándose a las otras, respondió misteriosa:
-¿Quiénes somos nosotras para cuestionar las razones de un rey cuando hace lo que hace cumpliendo con su voluntad?
-¿O discutir sus inquietudes? -Añadió Moderación.
-¿O sus más íntimos deseos? -Puntualizó la que respondía a este mismo nombre.
-¡Oh! ¡Palabras, palabras y nada más que palabras! -Saltó Cunneda visiblemente airado-. ¡No os entiendo nada! ¡Pero, bueno! ¿Nadie sabe decir las cosas con claridad?
El muchacho miró desesperado tanto a su maestro de ceremonias como a su dama. Pero quien habló otra vez fue la más veterana de las xanas.
-Si el rey llora, el Mundo se estremece -dijo.
-Si sueña, el Mundo se transforma -apuntó la segunda.
-Si el rey juega a ser hombre, ¿quién habrá de oponerse a su capricho? -Culminó Deseo entrecerrando ladina los ojos.
Aquello sonaba descaradamente a reproche. Sin embargo, antes de que Cunneda pudiera dar rienda suelta a su enojo la dama élfica rompió su quietud y, con dedos de seda, le tapó la boca. Su otra mano aferraba la del enfadado rey. La mujer hizo un gesto de asentimiento a Resignación, la cual mostró una cajita de coral rojo en cuyo interior reposaba una inmensa perla gris perfectamente esférica.
-Con los saludos de mi pueblo, mi señor.
Ni el tono ni las maneras de la Sirena denotaban malestar o desagrado. El trío comenzó a retirarse con la cabeza gacha y caminando de espaldas. En esto, Deseo volvió a alzar la mirada contemplando directamente al monarca.
Oleaje en el Cantábrico, donde siempre tuve la sensación que el mar estaba plagado de "otros" seres...
-Por los besos de un rey bien merece la pena morir -anunció con afecto.
Sus hermanas la miraron arredradas mientras se ensombrecía el rostro de Cunneda.
En la lejanía se escuchó el furioso bramido de la mar. Una burbujeante lengua de agua salada prosperó desde el fondo del salón y se detuvo bajo las xanas bañándoles los pies.
-Insolente -recriminó Resignación a Deseo.
-Serás nuestra perdición -se quejó temerosa Moderación.
Las tres se fundieron con el agua, que comenzó a replegarse al lugar de donde manó. Y así se esfumaron dejando tras de sí solamente el eco de la risa provocada por la más joven.
Tan abatido quedó Cunneda que ni reaccionó ante la niebla que comenzaba a condensarse en medio de la estancia. La dama ya se había despojado totalmente del manto de impasibilidad con el que se arropó al emerger desde detrás del trono y, en un ademán de infinito cariño, se agachó frotando su sien contra la del joven, mostrándole así que compartía su desasosiego.
-¿Dónde estabas todo este tiempo? -Musitó dejándose mimar porque sentía la necesidad de sustento.
-Esperándote -respondió la dama en el mismo matiz insinuante-. Hace una verdadera eternidad que aguardo tu regreso.
-Eso no puede ser. Estoy seguro de que si te hubiera conocido antes nunca te habría dejado -aseveró mirándola embelesado. Tanto más la contemplaba más se perdía en el embrollado universo de su atemporal belleza-. Dime una cosa, ¿eres una reina?... No, espera; quiero decir si eres mi reina.
La mujer se apartó alagada recorriendo con los dedos el contorno de la cara del rey y, alzando una ceja, señaló con la cabeza hacia el centro de la sala.
-Más tarde, mi vida -advirtió incorporándose-. Aún hay quienes requieren de tu atención.
Impregnado con las brumas vaporosas del imperecedero Norte, de donde procedía, Woepodk, un enorme Troll de Bunnerfjäll, ofreció sin mediar palabra su maza y su escudo hechos de roca viva. El desconcierto de Cunneda fue mayúsculo cuando vio aproximarse a un Trasgo que llevaba en las manos un singular trofeo: el ensangrentado pellejo de un venado de dieciocho puntas.

Imagen de la película The troll hunter, cogida de www.cinemaseries.es.
-¡Tu arma! ¡Maldita sea! -Gritó al edecán botando nervioso del trono-. ¿Es que no ves que el enemigo está aquí?
El maestro de ceremonias, que hasta entonces mantenía los brazos cruzados sobre el pecho, se abrió la capa para mostrar que iba desarmado.
"¿Cómo es esto? Juraría que antes tenía una espada", se dijo Cunneda comprobando, en efecto, que los pertrechos de guerra que antes vestía el elfo habían desaparecido. "Pero si yo la vi, ¡la vi!"
- Aquí no hay enemigos que valgan, mi señor -explicó el otro con calma-. Todos los pueblos son uno, sin distinciones, y como uno solo se somete a tu voluntad por amor a tu persona. Éste es Adonain, el Portador de la Corona.
El Trasgo de anaranjadas pupilas brincó ligero al asiento real y desde su nueva estatura colocó la piel del pardo ciervo sobre la cabeza del muchacho. Éste dio un respingo al notar la pringosa frialdad de la muerte reciente refrescando su cráneo, pero le sorprendió que la espesa cornamenta no le resultara para nada pesada. El resto del pellejo se vertió, a modo de cálida bernia, sobre sus ropas manchándolas de grasientos lamparones y apelmazados grumos de sangre seca.
Ante la feroz facha que mostraba el coronado, Adonain alzó los brazos bramando con estridencia y la masa obediente de Enanos, Duergars, Redcaps, Trolls y Goblins que le acompañaban hincaron a un tiempo la rodilla en tierra.
El monarca recorrió con la mirada a los que se humillaban ante él y evidenció su contento, tal era el poder que empezaba a calibrar que tenía. Entonces, tan repentino como un rayo tarda en aparecer y desvanecerse, se hizo la oscuridad. Las sombras de los megalitos volvieron a tragarse hambrientas a las figuras de sus vasallos y a Cunneda le sobrevino un pesaroso sentimiento de abandono.
-¡No! ¡Aguardad! Todavía faltan más por venir. Decidme, si no, ¿dónde están Lucífero y el Padre de los Gusanos? ¡Tampoco se ha presentado el que gobierna al Pueblo de los Muertos! ¡Contestad a vuestro rey! ¡Os lo ordeno!
Este estupendo dibujo del dios celta Cernunnos me sirve perfectamente
para ilustrar la forma en que el trasgo coronó a Cunneda. Está cogida de dancingmooncoven.blogspot.com.es. 
Pero ya no había nadie; ni siquiera su flemático mayordomo estaba ya allí para atender a sus exigencias. La sala, como si hubiera perdido parte de su magia, pasó a ser una simple agrupación de rocas entre las que correteaba ruidoso el rociado viento de las zonas altas. En el cielo, un trillón de estrellas lanzaban tunantes guiños cómplices al solitario joven, quien salió presuroso del lugar abandonando los bienes que le habían cedido los delegados de las razas.
En su precipitada fuga llegó sin darse cuenta hasta el único árbol que crecía en la colina y bajo su denso ramaje se detuvo sobrecogido por la altura y la supuesta edad que tendría aquel roble. A través de una mínima rendija de su corteza tanto él como Celebinish habían salido del Mundo Subterráneo, pero eso era algo que él ignoraba y que, de haberlo sabido, tampoco le hubiera importando mucho, tan deprimido estaba.
-Queda muy poco tiempo, mi señor, y todavía tienes que cumplir tu destino.
El rey se dio la vuelta con lágrimas en los ojos y la dama se estremeció al ver el inesperado llanto de su amado.
-¿Qué es eso de que no hay tiempo? -Formuló Cunneda nada más controlarse-. ¿Tiempo para qué?
-Ven conmigo -le dijo la mujer asiéndole del brazo-. Te llevaré a donde está lo que tanto ansías.

Para esto, me gustaría que sonara Triskell y su mágico tema Ar voerion.



Y no me resisto a incluir al maestro de las cuerdas, Alan Stivel, con su dulcísima Suite des montagnes (¡Vive la Bretagne! Va por ti, monsieur Jean-Yves Kerzulec).