miércoles, 6 de junio de 2012

El sueño de Baudelaire

A velocidad de vértigo (para la lentitud habitual con que se suele llenar este blog), voy a publicar el tercero de los cuentos de "Deliciosamente humano". Y como no comenta ni Dios ninguna de mis entradas, no veo necesario realizar ninguna elaborada introducción, con lo que nos metemos en materia de golpe y sin más revueltas y recovecos.


                                                  El sueño de Baudelaire


Imagen del Templo de Seguesta recogida de arquitectura-antigua.es y que ilustra bien el relato.

De todo lo ocurrido sólo tengo conciencia de vagos retazos, como si un pintor se dedicara a componer su cuadro a base de breves y precisas pinceladas separadas unas de otras tanto en el espacio como en el tiempo. Sólo los muy avispados lograrán reconocer la obra antes de que esté terminada; otros muchos no lo conseguirán jamás.
Recuerdo a un grupo numeroso de personas, entre los que yo me encontraba, en el interior de una especie de construcción griega. Más bien habría que resaltar que eran ruinas, puesto que únicamente se distinguía una serie de columnas completas e intactas de estilo dórico a nuestro alrededor, unidas por un friso carente de motivos para conformar un rectángulo perfecto y abierto al cielo.
La atmósfera se presentaba muda y estática, casi irrespirable de lo sofocante del día. Daba la sensación de que la bóveda azul pesara toneladas sobre nuestros hombros. Ni un sonido ni un movimiento, tan sólo el de los inquietos ojos de mis adláteres que buscaban algo con desesperación.
También puedo evocar, si mi memoria no me engaña, que en el grupo había hombres y mujeres. Ellas mostraban serenidad en el rostro y ellos... Angustia; sí, verdadera angustia contagiosa. Evidentemente, yo no podía saber qué se reflejaba en mi cara, pero sí puedo asegurar que el pecho me oprimía los pulmones, con la misma sensación como si esperara a que me fueran a asustar de un momento a otro. Una tensa espera que nunca terminaba de llegar.
Dos de aquellas personas vestían de negro; ambas de diferente sexo. El varón parecía ser un cura católico y la mujer no lo sé muy bien, aunque era maravillosamente bella, con el largo y abundante cabello blanco de nieve, engalanada con una delicada túnica de suave seda y tan leve que dejaba al descubierto unos brazos de piel cremosa y bien contorneados. La dama no hacía otra cosa que mirarme y yo, a pesar de la multitud, me sentía tremendamente solo.
Todos nosotros nos hallábamos sentados en el suelo, cada cual adoptando la postura que consideraba más cómoda. El sacerdote rompió la quietud con el crujido de su severa sotana al levantarse, y entonces pudimos escuchar el gemido del viento revoloteando entre las columnas, alborotándonos el cabello. Todas las miradas se dirigieron hacia el religioso que se alejaba, caminando despacio, en dirección a una gran casa construida en mampostería y recias piedras cuadradas, rematada en un tejado a cuatro aguas.

Fue la Beldad Oscura quien se movió después para realizar el mismo recorrido, y luego todoslosdemáslasiguieron. Al incorporarme me di cuenta de que nos encontrábamos en un isla muy pequeña, rodeada por un mar totalmente cubierto de nubes que levitaban oscilantes y densas a la altura de las olas, prácticamente lamiendo las telarañas blancas que formaba la espuma acre sobre las crestas ondulantes. Pero justo encima del islote el cielo se mostraba despejado y añil.
El sacerdote y la mujer desaparecieron dentro del edificio. No me llegaba el perfume salado del océano; era una escena sin olor. Pero podía captar los colores con toda nitidez: la cúpula celestial se revistió de oro con tonos violáceos y me demoré un instante en la contemplación de tan espléndido espectáculo.
Traspasé por fin el vano de la entrada pensando que ya no vería más el sol y me adentré de lleno en una pesadilla de locura. Todos gritaban, aullaban, persiguiéndose unos a otros, desnudándose con avidez y desgarrando las ropas en su ansiedad animal. La luz, ya de por sí escasa, se debilitó y el ambiente se me antojó demoníaco y repugnante. Entre las risas y los chillidos de histeria mi estómago se revolvió, las piernas me flaquearon y necesité apoyarme en uno de los muros para no caer. Tuve que apartar a empellones a los que me acosaban. Una de las hembras se plantó ante mí con las órbitas en blanco y lamiéndose los labios con la lengua.
En principio había pensado en incluir el típico dibujo,
pero esta bellísima mujer es real, de carne y hueso,
y me gusta mucho más (de Bossa Electrica).
-¡Venga! Diviértete con nosotros -me conminó con una entonación semejante al balido de una oveja.
-Esto se acaba -contesté apartándome de ella-. Es el fin. ¿Y el sacerdote?
Me pareció distinguir su prenda talar doblando una esquina y hacia allí me encaminé. La mujer, cubriéndose la desnudez con los restos de su traje, decidió acompañarme sin que yo se lo pidiera.
-Espérame -dijo-. Voy contigo.
Los demás nos reprocharon nuestra conducta con insultos, abucheos y silbidos. Me volví hacia ellos y, aún sabiendo que era una pérdida de tiempo, repliqué:
-No sé vosotros, pero yo me noto sucio. Tengo que vomitar mi miseria.
Los dejamos atrás riéndose de nuestra presunta necedad, o por lo menos así lo consideraban los otros. La mujer me seguía con una incansable fidelidad a donde yo fuera, sin pedirme explicaciones, mientras recorríamos todas las estancias de la casa, cuyo interior era infinitamente más amplio de lo que parecía ser por fuera. Pero siempre veía delante de mí desaparecer la sotana tras de algún recodo.
Llegamos finalmente hasta una especie de jardín sombreado y de vegetación baja y rala. Allí, en el mismo centro, se reproducía a escala menor y de manera exacta la construcción clásica en la que habíamos estado antes. La mujer entonces fue asaltada por dos de aquellos cretinos, y como vi que respondía despreocupada y alegremente a las obscenidades de las que era objeto, la abandoné con gran pena.
No había ni rastro del cura por ningún sitio. Desesperado, caí de rodillas y derramé lágrimas en silencio. La luz disminuía a medida que la barbarie iba en aumento; incluso el propio edificio tembló en sus cimientos como si fuera un ser vivo herido. El miedo que ya había sentido antes se me antojó entonces insoportable, pero antes de que me pusiera a desvariar como un poseso escuché un canturreo de suave cadencia que parecía surgir desde detrás de una columna. Me relajé un tanto y vi a la Dama de Negro, con un velo cubriéndose la nívea cabellera y una tea encendida en la mano derecha, caminando hacia mi persona.
Extraño ojo recuperado de filealien -46-.

Se agachó dejando el fuego a un lado sobre el suelo para abrazarme con mimo e hizo descansar mi cabeza en su dulcísimo, lleno y cálido seno. Yo no cesaba de llorar balbuceando que aquello era el fin de todo. Ella acariciaba mi frente limpiándola del sudor frío que la inundaba. Cuando sequé mis ojos la miré y observé en sus pupilas el fulgor de una profundidad tenebrosa y espesa que se movía como un torbellino. En esa tiniebla nebulosa las estrellas se esfumaban, como fósforos diminutos que fueran apagados por soplidos inhumanos, fantásticos. Bebí de sus labios la castidad de un beso puro y sencillo. Una fuente inagotable de placer me recorrió todos los huesos y sentí como si volara.
Al separarme de ella descubrí que la mansión entera estaba en llamas y los del grupos ardían al tiempo que emitían horrendos gritos de dolor, aunque no por ello dejaban de fornicar igual que bestias salvajes.
Alrededor nuestro el fuego consumía sus cuerpos, si bien a ninguno de nosotros nos llegó a rozar siquiera. En medio de aquel apocalipsis ella brillaba como un ángel entre diablos, irradiando paz. Y de esa calma brotó el sueño. Poco a poco, los párpados me fueron pesando cada vez más y, con la última visión de esa mujer genial en la mente, me quedé dormido.
Desperté en mi cama, palpándome la cabeza y notando el malsano calor de la fiebre. Me pregunté si todo no había sido más que una alucinación onírica provocada por la enfermedad; claro que no supe responderme, ya que no me acordaba tampoco de haberme acostado. Además, la vivencia había sido tan desesperadamente real que aún hoy tengo dudas al respecto.
A la Dama la he vuelto a ver en más de una ocasión y en ninguna de ellas me dijo una palabra.


Aquí voy a colgar un video de Los No, titulado "La llave". Son de Barcelona, y son geniales, y son de los más whoístico (léase juístico, relativo a The Who) que he escuchado ¿Por qué los pongo? Quizá porque a veces el cuento o la narración o la escritura me sirve como mera y simple excusa para colgar música que me encanta. ¡A bailaaaarrrrrrr!!!!





domingo, 3 de junio de 2012

Gigante sin causa (semifábula)

Segundo de los cuentos de la serie "Deliciosamente humano". Sin más preámbulos, ahí va:


Hombre-árbol, de  Carlos Sánchez Hijarrubia, que me viene de vicio para la historia


En una población costera situada al Sur del país vivía un joven moreno y de pequeña estatura. Durante el invierno ayudaba en las faenas pesqueras yendo cada día en un bote diferente y cobrando en comidas.
En la estación estival se colocaba en algún garito de la playa donde vendía toda clase de bebidas frescas a los viajeros que venían a visitar el pueblo. Por supuesto, atendía a todos por igual, pero prefería servir antes a las turistas que a los turistas.
El joven moreno y bajito –según los extranjeros “típico del lugar”– soñaba con poderle hablar a alguna de aquellas monumentales bellezas que, con voz golosa, le pedían cerveza, sobre todo, o agua, las menos. Aunque sólo iban a eso, a beber.
“¿Será posible que no se fijen en mí?” –Reflexionaba el joven afligido–. Uno no es tan feo, ¡vamos, digo yo!”.
Todas las noches, al regresar a casa, se preguntaba cuál podría ser el motivo de que a él no le hicieran ni caso. ¡Qué va! Las muy… preferían la compañía de esos chicarrones llenos de hinchados músculos y bien bronceados. ¡Oh, sí! Los veía pasar en parejas agarrados del brazo o dándose la mano, charlando de intimidades, y ellas miraban hacia arriba para contemplar embelesadas los ojos de sus experimentados acompañantes. ¡Pues claro, hombre! Ahí estaba la clave. Su tamaño. Era demasiado bajo para atraerlas a su lado.
“La culpa es de la familia materna –pensaba–, he heredado sus genes enanoides; mi padre bien podía haberse esforzado en buscar una mujer más alta”.
La solución se le ocurrió una mañana mientras contemplaba la vitrina de una tienda de plantas. En unas macetas crecían flores variadas, de diferentes colores y formas, y se fijó en que había algunas de la misma especie que tenían una mayor altura que otras. Intrigado, entró dentro del local y preguntó a la tendera.
–Es por la luz –respondió la buena mujer.
Le explicó entonces que las plantas recogían la energía lumínica a través de sus hojas y que aquéllas que estaban más expuestas al sol acababan siendo más grandes que el resto, aunque se hubieran plantado al mismo tiempo. El joven, emocionado, no se lo pensó dos veces.
“La luz hace crecer –discurrió–. Yo también usaré el mismo método”.

Se dirigió a una droguería donde adquirió un bote de pintura verde similar al color de la vegetación. Luego se untó con una brocha el espeso líquido en las palmas de las manos y se encaminó hacia el monte más elevado de los que rodeaban al pueblo. Una vez allí, expuso sus manos mirando directamente al sol por la zona pintada y se quedó quieto con los ojos cerrados, confiando ciegamente en la provechosa utilidad de su idea.
Poco le importó que la piel se le quemara, quedándose del todo insensible y dura, ni que empezara a notar cómo los dedos de los pies adquirieron vida propia para hundirse en el terreno, cada vez más profundamente. Él sólo tenía la noción de crecer y progresar, igual que un árbol.
Al cabo de un mes, más o menos, llegó tan arriba que ocultó el sol al pueblo. Los turistas, por culpa del muchacho, dejaron de acudir.
–Si no hay sol, no hay divisas –gritaron indignados y se marcharon a una localidad vecina que ofrecía las mismas posibilidades, sólo que iluminadas por el astro rey.
El desesperado alcalde, que de cuando en cuando seguía gastando chistera, a pesar de la obsolescencia de la prenda, mandó talar al loco de las manos verdes que no se avenía a escuchar razones de ningún tipo, porque, entre otras cuestiones, carecía ya de orejas para escucharlas, y si las hubiera conservado estarían a tal altura que la voz no les llegaría con nitidez.
Y el leñador lo segó cumpliendo desapasionado la orden.
Los golpes de hacha no dolían, ni siquiera manó sangre; el joven sólo pudo sonreír de contento al ver que caía desde tan alto antes de morir.

Bella imagen extraída de www.arbolemia.es que hubiera podido ser un buen final alternativo, pero no.


Aquí cuelgo un video de los Agentes Secretos titulado "Málaga es mi ciudad", que por ciudad costera que es, conoce bien lo que significa la llegada de turistas y el desastre que supondría su fuga hacia otros lares...

viernes, 25 de mayo de 2012

Deliciosamente humano

   En vista de que jamás voy a publicar nada en papel, pero me apetece tener un público lector, voy a incluir en este blog otra serie de cuentos unificados bajo el epígrafe de "Deliciosamente humano (Guardaros muy mucho de intentar comprender nada de lo que aquí hay escrito)", redactados cuando era un pipiolo mientras me esmeraba en hacer un master de periodismo en Bilbo.
   El primero de estos relatos se titula El Nuevo Quijote y dice tal que así:


Una mandíbula digna de tener en cuenta, ¿eh?

   Alonso Quijano caminaba cabizbajo, observando la acera cubierta de fango por las últimas lluvias. Sobre las baldosas rojas y crema, huellas de cientos de personas diferentes; la mayoría incompletas y todas anónimas, excepto las suyas propias a las que contempló varias veces para poder identificarlas.
   Siempre que pasaba al lado de un charco intentaba captar la imagen de su cara para poder reconocerse en la calle. Alguien le había comentado alguna vez que una persona no era igual en su casa, frente a un espejo, que en plena ciudad caminando mientras se absorben fugazmente los perdidos reflejos que roban los escaparates y lunas. Quería experimentarlo.
   No consiguió mirarse ni una sola vez y procuró olvidar el tema.
Da un poquito en qué pensar, ¿verdad?

   Durante su paseo, por la mente inmadura de este enjuto jubilado fluyeron miles de pensamientos entrecortados, fundidos unos con otros, sin orden de prioridad. Desconcierto absoluto. Sin embargo, volvía una y otra vez sobre el mismo asunto, dándole vueltas hasta marearlo: la locura de la Justicia en el mundo actual; lo absurdo de la modernidad. Actuar de una determinada manera según el momento, dependiendo de cada suceso, de las presiones sociales y de uno mismo. Un billón de visiones diversas y vacías; versiones incompletas sobre el mismo hecho. Pero conclusiones dispares; no todos los caminos conducen a la Ciudad Eterna. Cada río debe de desembocar en un mar que no es el mismo para todos. ¿Qué hacer entonces? ¿Cómo conseguir la unanimidad en la diferencia? Si bien, la auténtica pregunta que se formulaba era ¿por qué iba a ser necesaria esa conformidad?
   Frente al señor Quijano apareció repentinamente una figura. Había una buena dosis de nerviosismo e impaciencia en las palabras de su interlocutor cuando éste le habló. Alonso se detuvo para mirarle. El joven, con el pelo cayéndole grasiento y sucio sobre el casposo hombro, le mostraba sin amenazarle una navaja pequeña y del todo inútil para determinados usos.
   -Fíjate bien, no quiero utilizarla –dijo el joven arrojando el arma a un portal cercano, repitiendo, así, un gesto mecánico y aprendido de memoria-. Necesito dinero, tío. Estoy muy mal.
   Alonso no abrió la boca, disfrutando de la escena sin miedo, con mucha calma. El otro se subió la manga de la raída cazadora de cuero negro mostrando un brazo flaco como un macarrón, pálido, casi amarillo, y con múltiples marcas de pinchazos en la misma vena.
   -Pero tranquilo. No quiero violencia –siguió explicando el muchacho-. Dame lo que puedas, anda.
   El señor Quijano metió las manos en los bolsillos de su gabardina, al tiempo que sus dedos aferraron un objeto. “¡Pobre diablo! –pensó-. Rebajándose a actuar en plena calle, y el caso es que no lo hace mal. A esto se llega. ¿Y quién es el culpable de que surjan este tipo de lacras urbanas? ¿Quién va a resolver estas injusticias? ¿Quién se atreve a afrontar estas terribles secuelas? Yo seré quien las resuelva. Yo me atreveré a hacerlo. Yo, y sólo yo. Por voluntad propia”.
   Alonso se acercó al rostro del yonqui para hablarle en voz baja.
   -Acompáñame, chaval. Puedo resolver tu problema.
   -Pero si ya te he dicho que no tengo un duro –respondió el medio muerto, creyendo entonces estar en presencia de un camello.
   -No te preocupes, chaval. Tú ven conmigo.
   Se adentraron en un callejón aparte. Fuera de la vista de los escasos transeúntes que circulaban bajo el plomo de las nubes. El joven se movía ansioso y el señor Quijano sonreía. De su bolsillo extrajo una reluciente automática que se abrió produciendo un sonido sibiloso. El yonqui se alarmó, pero Alonso le agarró con inusitada fuerza de la solapa.
   -No pasa nada, hombre. Es por tu bien. Es la única solución.
   Dicho lo cual, hundió varias veces hasta la empuñadura la hoja en el estómago del mozo y, por último, le rebanó el cuello. Murió casi en el acto, sin ruidos, y Alonso le miró un instante antes de marcharse.
Realista a la par que desagradable, N'est-ce pas?

   -¿Lo ves, chaval? Se acabó el problema. Te he ahorrado disgustos, a ti y a mucha gente. ¿Verdad que ha sido justo?
   Según se supo más tarde, éste fue el primero de los cuatro asesinatos que cometió contra drogadictos en las inmediaciones del puente de San Antón, cerca del Casco Antiguo bilbaíno, antes de caer abatido una noche por los disparos de varios agentes del orden que le acorralaron en una tasca de la calle Máximo Aguirre.
   La noticia salió publicada tres días después de su muerte, el 28 de febrero de 1990, en un breve de El Correo Español-El Pueblo Vasco.
   En esa escueta nota no se aludía a los insultos proferidos por A.Q.M., de 63 años y natural de Castrillo de la Reina (Burgos), contra los hombres de uniforme que le acribillaron a balazos al verse amenazados por la navaja que el viejo se negaba a soltar, y a los que tachó de “fascistas”, “cobardes”, “rojos de mierda” e “inútiles capados”. Ni tampoco se hacía referencia a un detalle inquietantemente curioso que trajo de cabeza a los encargados de investigar los motivos de sus crímenes: el jubilado llevaba la cara pintada de blanco y el cabello teñido de verde y vestía la capucha con capa de un disfraz de Batman.
   Yo conocí los pormenores de esta historia por ser quien soy y no otro, pero que nadie se atreva a preguntarme cómo ni por qué lo descubrí. Baste con saber que, a pesar de este tipo de ocultos y sórdidos acontecimientos que tienen lugar prácticamente a diario, la vida sigue su ritmo en Bilbao…
Todos tenemos un pequeño Joker en nuestro interior, me temo


Espero que os haya gustado tanto como a mí este pedazo de tema musical que a continuación cuelgo Free yourself, de The Untouchables, un grupo del Revival de Los Angeles:




La letra es la que sigue:

Free yourself (libérate)

I like to feel like I feel (Me gusta sentir como siento)
I like to do what I wanna do (me gusta hacer lo que me gusta hacer)
I like to go where I go (me gusta ir a donde voy)
'cause I feel it in my soul, yeah (porque lo siento en mi alma, ¡sí!)

Now, there's a friend of mine, friend of mine (Ahora hay un amigo mío, amigo mío)
He's doing down all the time, down all the time (que se viene abajo todo el tiempo, se hunde todo el tiempo)
So it makes me mad just to see him, mad to see him (Y me vuelve loco verle, loco verle)
But I wish you would free him like you did me (Pero deseo que puedas liberarlo como hiciste conmigo)

Free yourself, yes you can now (Libérate, sí tú puedes ahora)
Free yourself, like I did (Libérate, como yo hice)
Free yourself, be a man, boy (Libérate, sé un hombre, chaval)
Free yourself (libérate)

Now take a look at me, look at me (Ahora échame un vistazo, mírame)
You see I'm feeling irie, feeling irie (Ya ves que me siento cojonudo, cojonudo)
Let's go to... (Vamos a...)
And pulled it off the shell girl (Y a bombearla dentro de una chica)

And I'm not going back, going back (Y no pienso volver atrás, volver atrás)
And debate, that's a fact, that's a fact (Y discute, eso es un hecho, eso es un hecho)
I'm going straight ahead, straight ahead (Voy en línea recta, en línea recta)
And I'm leaving 'till I'm dead, yeah (Y estoy viviendo hasta que me muera, ¡sí!)

Free yourself, yes you can now (Libérate, sí tú puedes ahora)
Free yourself, like I did  (Libérate, como yo hice)
Free yourself, be a man, boy (Libérate, sé un hombre, chaval)
Free yourself (libérate)

Now get the feeling down, feeling down (Ahora desecha ese sentimiento depresivo, sentimiento depresivo)
Yes, take a look around, look around (Sí, echa una mirada a tu alrededor, mira alrededor)
If you don't like your style, like your style (Si no te gusta tu estilo, tu estilo)
Just change it with a smile, yeah (Sencillamente cámbialo con una sonrisa, ¡sí!)

You see my point of view, point of view (Conoces mi punto de vista, mi punto de vista)
It's such an easy thing to do, easy to do (Hay una sencilla cosa para hacer, fácil de hacer)
Just believe in what you say, what you say (Tan sólo cree en lo que dices, cree en lo que dices)
And take it all away, yeah (Y mándalo todo lejos, ¡sí!)

Free yourself, yes you can now (Libérate, sí tú puedes ahora)
Free yourself, like I did  (Libérate, como yo hice)
Free yourself, be a man, boy (Libérate, sé un hombre, chaval)
Free yourself (libérate)

huh, goodbye, ... (¡Uh! Adiós)

Free yourself, yes you can now (Libérate, sí tú puedes ahora)
Free yourself, like I did (Libérate, como yo hice)
Free yourself, be a man, boy (Libérate, sé un hombre, chaval)
Free yourself (libérate)

viernes, 18 de mayo de 2012

Mod-ernismo a ultranza

Admiro profundamente a los que, con su esfuerzo y obviando las críticas fáciles que su labor suele suscitar, son capaces de generar, año tras año, una actividad cultural. En mi caso, evidentemente, si tiene que ver con el Mod-ernismo, en cualquiera de sus múltiples facetas, mejor que mejor.
Es la situación, por ejemplo, de Juan Pedro González Bonilla, de Cáceres, que se sacó (literalmente) de la manga un par de festivales, el Cáceres Pop-Art y el Europa Sur (con rallie de vespas y Lambrettas, inclusive), al tiempo que dirige el Gran Teatro de mi ciudad natal (chúpate ésa, moreno), o de Elena Iglesias, con el peso del Purple Weekend de León a sus espaldas, y también de Félix Domínguez -AKA Félix A. Limaña y también, por qué no, AKA Mr Felix Trouble & Tea (éste tiene una pinta de ser un cachondo mental de primer orden)- con su Euroyeyé (lo acentúo para que se pronuncie como el Gran Modernista manda), entre otros.
Aquí me gustaría destacar el Sherry Sound Festival, que inicia su andadura este año de la mano de Juan García Yo Yo. El tío tiene su propia página en Facebook y ha sido capaz de montar un anuncio para promocionar el evento. Creo que merece la pena animarlo un poco para que esta Escena tan especial ni decaiga ni se marchite recociéndose en sus propios jugos.
Además, la costa mediterránea siempre se ha prestado un tanto al fomento del Mod-ernismo hispano (por aquello del mar y la música, acompañados con una cervecita y tal) y a los de Cáceres la verdad es que nos marcó muy mucho allá por nuestros años mozos, bien fuera en Torremolinos o en la zona de Jerez (sacrosando hogar del inmenso Perepe).
He aquí un enlace para conocer algo más del nuevo festival y, por supuesto, el video promocional aludido.
Bon chance.

http://www.indielogia.com/sherry-sound-festival-un-nuevo-festival/

viernes, 11 de mayo de 2012

Visiones aromatizadas de rojiblanco



Hacía, quizá, 15 años que no regresaba al Manzanares. A volver a pasar frío de verdad en el glorioso (y remodelado) Vicente Calderón. Fui con mi hermano, Luis, que es quien despertó en mí esa realmente funesta atracción y dependencia por los colores rojiblancos cuando todavía estaban el magnífico, único y malogrado Gárate, los exóticos Luiz Pereira y Leivinha, el irrepetible "Ratón" Ayala (a veces pienso que se creó el maldito fuera de juego para eliminar su capacidad de rapiñear balones perdidos en el área), Luis (del que apenas hay nada más que añadir y al que el sobrenombre de "Sabio de Hortaleza“ le iba como anillo al dedo) el sobrio y sólido Capón o el siempre escayolado Leal. Incluso llegamos a ver cómo le rompían la camiseta al internacional Rubén Cano en el Rico Pérez, cuando el Hércules jugaba entre los elegidos.
La posibilidad surgió de casualidad, que es cuando mejor saben las cosas y quizá acaben resultando más exitosas. Como quien no quiere la cosa, y en mitad de la comunión de mi sobrina María, va y me suelta: "Pues hoy juega el Aleti en casa". Lo dijo arrastrando el sustantivo, tanto como lo hacen quienes le tienen ese especial cariño a un club, a un equipo y a una afición que ya no son lo que eran, pero que en su tiempo hicieron temblar los cimientos del fútbol español. Y se calló, pero a mí me dejó rumiando la idea hasta que alcancé el hueso y lo dejé mondo de impedimentos.
El rival merecía la pena: un Málaga crecido a base de petrodólares que coqueteaba con la Champions. Y la ocasión no era tampoco baladí, puesto que los indios no tenían tan claro eso de estar en las prestigiosas competiciones europeas, que son las que te acaban saneando las arcas en los malos tiempos, y más de uno quería jugarse el todo por el todo a una carta con forma de final contra el Bilbao en la UEFA Europa League. Pero yo no. Pensaba que había que seguir luchando y arañando puntos para estar arriba y alejarse de la perniciosa sombra de los sevillistas, además de que se trataba del último partido de Liga en su feudo, en su hogar, en la casa del Cholo.
Así que le dije que sí, que nos íbamos a comprar unas pipas, una bufanda multicolor (las mías estaban en Córdoba) y tras endosarnos una buena Mahou entre pecho y espalda, adquirimos las localidades (las más baratas que la cosa no está para gastos excesivos).

Yo no le expliqué a mi hermano en ningún momento la emoción que me embargaba. Supongo, al igual que le ocurre a la parroquia habitual, que cuando yo vivía en la capital del reino me resultaba muy habitual ir al estadio los fines de semana que me correspondían a disfrutar de las alocadas carreras de Futre, las dianas de Kiko-Gol, el orgullo de mi paisano Manolo, la presencia de peso de Caminero, la furia de Simeone o la inconmensurable casta de "Superlópez". Fue una época en la que se forjaron leyendas (la más bonita, la del Doblete (*), que se ha quedado perdida en un polvoriento pasado durmiendo el sueño de los justos, aunque recuerdo perfectamente que mi padre, madridista de pro, aunque todo un señor, nos invitó a mi hermano y a mí a cenar para celebrarlo).
Y ahí estaba yo. Subiendo las escaleras del Fondo Sur para llegar hasta la zona alta, desde donde antaño (hace ya muchísimo tiempo) disfruté de un partidazo contra el Barcelona junto a mi amigo Juan Francisco, en una tarde extraña en la que los Boixos Nois aparecieron de repente sin escolta de ningún tipo. Y fue tal el silencio que se hizo en la grada con su repentina y libre presencia mirándoles todos nosotros fijamente que el primero de ellos se quedó cortadísmo y levantando las manos dijo aquello de “Esportivitat, ¿eh? Esportivitat”. Y así ocurrió. Las conversaciones volvieron a su cauce normal y el murmullo fue de nuevo generalizado. Ni siquiera hizo falta presencia policial; y eso que fue uno de esos encuentros de muchos goles (3-1) y los tres puntitos, en casa.
Justo lo que hacía falta ante el Málaga. Eso era lo que pensaba cuando de repente se abrió el vomitorio y contemplé el césped verde a través de una leve cortina de lluvia. Se me hizo difícil respirar. Abajo, varios jugadores rojiblancos hacían el rondo con un balón y me olvidé por completo del mal tiempo, de lo peligroso que era el rival y de que por muchos peldaños que habíamos subido, no nos había correspondido plaza alguna bajo abrigo. De hecho había dos localidades a cubierto junto a un par de seguidores boquerones, pero preferimos esperar a ver si se ocupaban antes de iniciar el asalto, como finalmente así fue. Así que nos tocó empaparnos.

Menos mal que la bufanda recién adquirida (plagadita de escudos y multicolor) nos sirvió para protegernos a ambos las rodillas como si fuéramos viejas, y las capuchas mitigaban al menos un poco la persistente humedad del Manzanares. Del trasero mejor no hablar, porque para eso carecíamos de protección útil alguna.
Poco a poco, se poblaba la grada, pero no se esperaba el lleno, a pesar de ser el último partido de la temporada en el Calderón. Calculo que unas 30.000 almas de todos los colores, incluidos los del Frente Bokerón, que los teníamos a mano derecha, allí perdiditos en un rincón y montando mucho jaleo (aunque sano, que todo hay que decirlo).
La primera parte fue lamentable para los colchoneros y una delicia para los forasteros. Mi equipo estaba perdido por completo, incapacitado para pensar y enmarañado en una red del centro del campo, que únicamente le permitía desplazamientos en horizontal, y mal. Eliseu se sacó de la manga un golazo que recibió el reconocimiento de todos los presentes, sólo que deseando los locales que hubiera sido nuestro. Mucha mano a la cabeza, algún grito de cabreo y, sobre todo, silencio rojiblanco… y, por supuesto, bulla blanquiazul.
Y entonces ocurrió. Hicieron falta únicamente los siete minutos restantes para el final de los primeros 45 minutos y que el equipo se marchara al descanso, pero hicieron el efecto deseado. Miré a mi alrededor y todo eran bocatas recién sacados de bolsillos y pequeños macutos, diálogos animados y, sobre todo, ¡sonrisas!
Es que no parecía que fuéramos perdiendo. A nuestra izquierda había, incluso, una muchacha con su camiseta colchonera bien calzada, que bromeaba a voz en grito sobre todo lo que veían sus ojos. Se estaba cocinando un ambiente que yo ya conocía de antiguo y que en su día hizo famosa a esta afición a nivel nacional y que estalló nada más empezar la segunda parte.

He leído crónicas del partido en periódicos especializados y de ámbito general. La mayoría habla de la bronca que echó el Cholo a sus muchachos en los vestuarios para que terminaran reaccionando al baño que les estaba dando el Málaga, pero ninguno menciona la verdadera causa del cambio que se produjo en el Aleti: y es que el jugador número doce había empezado a funcionar poniendo en marcha ésa su máquina tan perfectamente engrasada que nunca termina de oxidarse. La grada se hizo una. Cánticos viejos y persistentes surgían del Frente Atlético y contagiaban al resto de la afición. Las bufandas, chorreando de agua, comenzaron a agitarse (duchando literalmente a los que tenían a su alrededor, pero nadie, salvo mi pobre hermano, se quejó por ello), y el impulso de aliento desde lo alto se acabó concentrando en energía pura sobre el terreno de juego. Y el Aleti se transformó como un licántropo sorprendido por la luna llena.
Koke, primero, y por último Adrián dieron la vuelta al marcador despertando el paroxismo de la parroquia que me acabó arrastrando y empapando más que la propia lluvia. “¡Cálmate, que te va a dar algo!”, me decía Luis, pero a duras penas él mismo podía disimular su alegría. Y cuando el árbitro pitó el final, la emoción contenida –somos indios, y nunca las podemos tener todas con nosotros hasta que se acaba definitivamente- estalló en gritos de júbilo.
Una vez fuera, comprobé que había perdido la voz de lo que había gritado y cantado en el campo. Y antes de enfilar hacia la estación de Pirámides, ésa que tantas veces me había contemplado en mis viajes de ida y vuelta hasta el Paseo de los Melancólicos, volví un momento la mirada hacia el Vicente Calderón para despedirme, sabe Dios si para siempre. Porque como tarde otra vez tanto en regresar, para entonces ese glorioso estadio habrá desaparecido para convertirse en pisos y toda su Historia y las pequeñas historias de su entorno se habrán evaporado en la nada fundiéndose con las fluidas aguas del vecino río.


(*) Esa final de la Copa del Rey, en la que el capitán rojiblanco, Tomás, alzaba el trofeo bien alto, aparece reflejada en un cortometraje, “Hambre Mortal”, que hicimos en 1996 con muchísimo esfuerzo unos amigos y yo, entre ellos, Antonio Sánchez-Escalonilla, y que tenía como protagonistas a mi querido Paul Naschy, colchonero a ultranza y gran bebedor de cerveza, y a Juan Calot, que ahora se pasea por los principales teatros de España, llenándome de orgullo cada vez que leo su nombre (el pobre tuvo que rodar un día con una fiebre de aúpa y el tío lo bordó).


En este punto, resulta por completo imprescindible poner algún que otro video que venga ni que "p'al pelo". Máxime cuando, además, hemos logrado ser Campeones de la UEFA ante un correoso Bilbao, al que hay que felicitar por su garra y por su estupenda afición. ¡Salve, amigos!







Tengo que decir que el siguiente es el cántico del Frente Atlético que más me ha gustado siempre y que me pone los pelillos tiesos como escarpias (sobre todo cuando se usaba hace una década para animar al equipo de forma incansable cuando se iba perdiendo):




No tiene nombre que no haya colgado antes la letra de Soy un socio del Aleti, de Glutamato Ye-Ye. Aquí está:

Nadie en el campo sabía
quién era aquel rojiblanco
tan audaz y temerario
que en el área se internó.
Nadie sabía su historia
mas la afición suponía
que un gran dolor le mordía
como a un lobo el corazón.
Cuanto más duro era el juego
y la pelea más fiera,
defendiendo su bandera
el rojiblanco avanzó
y sin temer el marcaje
del enemigo desatado
supo saltar como un bravo
y a las mallas remató.
Y al mirar a las gradas llenas de gente,
murmuró el rojiblanco con voz valiente:
-Soy un socio del Atleti.
Tengo un hombre en mi nevera.
Soy un socio del Atleti
que va a unirse en lazo fuerte con la hinchada colchonera.
Cuando al fin lo retiraron
en su cartera encontraron
una carta y un retrato
de Luis Aragonés.
Y aquella carta decía:
“Si Muñoz un día te llama,
para mi un puesto reclama,
que a buscarte pronto iré”.
Y en el último pase que le enviaban
un gol de cabeza le consagraba.
Por ir a tu campo a verte,
mi más leal compañera,
me hice socio del Atleti,
la estreché con lazo fuerte
roja y blanca, la bandera.
Roja y blanca, la bandera.
Roja y blanca, la bandera.