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domingo, 8 de mayo de 2011

Segundo de los cuentos de los "Terrores de la calle Osario"

Está visto que o me obligo a algo o no avanzó. Lo conseguí con el primero de los cuentos de "Terrores de la calle Osario", que fue confeccionándose poco a poco, en vivo y en directo en este pequeño blog hasta que finalmente vio la luz, y voy a intentar hacer lo mismo con este otro, que todavía no tiene ni título, pero que, como bien decía Amadeus en su película, lo tengo (casi) todo en la cabeza y sólo hace falta garabatear, garabatear, garabatear...
Dice así:



Iglesia de San Miguel que se menciona en el cuento

                                                                REFLEJOS



    Había dejado atrás la hiriente luminosidad en el gran ojo del cíclope de piedra que era el templo de San Miguel, y caminaba ensimismado contemplando bajo mis pies el ajado empedrado de la calle Ramírez Arellano, en cuyas enmarañadas calvas de cemento asomaban con angustia y como necesitadas de luz las rosadas piedras del adoquinado original a modo de voces silenciosas para un pasado remoto. Toda aquella delgada vía rezumaba Historia pura por sus millones de microporos y el olor acre que desprendía provocaba vaporosas visiones antiguas pendientes en hilos de polvo temporal que se desvanecían temblorosas con cada gota de sudor real provocado por el intenso calor.
    La primavera se mostraba bravía ese año y todo hacía presagiar una Feria de la Salud abrasadora en sus mediodías y bien regada de cerveza, fino y otras bebidas refrescantes a partir de la caída del sol.
    Yo venía literalmente aplastado por el colosal peso del sol cordobés, que inflamaba insistente con las primeras horas de la tarde, y, así, llegué casi sin advertirlo a la Plaza de los Carrillos, ya en plena calle Osario, saliendo del estrecho acoso de dos elevadas paredes que pretendían encajonarme para siempre en la memoria de sus ladrillos hacia una libertad moderada por la amplitud del lugar. Y ese cambio espacial fue lo que me arrancó de mis profundamente tontos pensamientos, en los que, por lo general, una repetitiva tonadilla mental de índole céltica me solía transportar lejos de las vanalidades sociales que transcurrían a mi alrededor haciéndome creer que yo era alguien especial y totalmente fuera de lugar.
    La minúscula plazoleta estaba llena de gente a esa hora. Trabajadores que aprovechaban la jornada partida para tomarse un aperitivo antes del almuerzo cómodamente sentados en  la terraza del Mesón El Perol, progenitores con niños recién salidos de clase y escasa prisa por llegar a sus hogares, dueños de tiendas que miraban directamente al coqueto emplazamiento y que entonces bajaban las persianas marcando el final de la mañana, algún que otro turista primaveral que no se sentía desplazado en toda aquella maraña de gente y, por supuesto, yo.
    Reconozco que me gusta mirarme fugazmente en los escaparates. Me devuelven una imagen robada elegantemente oscura y de contornos algo difusos de mí mismo que difumina mis errores físicos, atenúa mis fealdades y me hacen agradable a mi vista. Me obsesiona comprobar cómo me sienta determinada ropa, especialmente los polos Fred Perry, según el movimiento de mi cuerpo o si llevo el pelo despeinado o demasiado largo o si mi perfil me sigue resultando atractivo por una ausencia tenaz y obligada de papada, así como de cualquier sombra de bigote y barba.
Imagen inquietante captada del blog Tejiendo el mundo
     En esas estaba en la enorme luna que cubre el frontal del citado mesón cuando junto a mi reflejo descubrí una imagen que me puso el vello de los brazos de punta. Era una niña vestida con el uniforme del vecino colegio de la Divina Pastora, ubicado en la paralela calle de Conde de Torres Cabrera, y que me llegaba a algo más arriba de la altura de las caderas. Estaba situada algo por detrás de mí y lo que me horrorizó no fue su presencia repentina, sino más bien el hecho de que yo me estuviera moviendo y ella se desplazara conmigo como si fuera un apéndice mío sin necesidad de utilizar los pies. De hecho, permanecía completamente inmóvil, con los hombros ligeramente encorvados hacia adelante, los brazos pegados al cuerpo y su largo cabello cubriéndole por completo la cara.
     Evidentemente, no tardé ni una décima en volverme y, como no podía ser de otro modo, junto a mí no había nadie que calzara con esa descripción.
     En ese momento, la maraña de gente que tenía a mi alrededor y ese murmullo relajante que arrastraba consigo se disiparon sin prisas. Era algo por completo normal, porque cada cuestión tiene su momento y esa plaza, sencillamente, estaba predestinada a vaciarse en ese instante. Lo sabía, y era consciente de que habría sido así, incluso a pesar de no haber tenido junto a mi asustado reflejo a aquel silencioso ser flotante y ajeno a todo lo que supone el mundo natural. Únicamente permanecieron en su sitio un hombre acoplado a una mesa de la minúscula terraza del mesón con un tubo de cerveza delante y sentados a su lado, una pareja de avanzada edad, quizá alemanes por su aspecto, que inspeccionaban un sinfín de folletos turísticos agradecidos y aliviados por que en este país de bárbaros que vive del turismo todo lo relativo al ocio está traducido a varios idiomas (películas de DVD incluidas).
     La verdad es que si me fijé en todos esos detalles fue para intentar obviar lo que, a la postre, me resultó imposible. Ellos, por el contrario, ni se fijaron en mí, aunque me di cuenta de que el hombre solitario evitaba a toda costa cruzar su mirada con la mía, como si supiera de mi súplica silenciosa por aferrarme de alguna manera a la realidad cotidiana y apartara conscientemente el salvavidas de sus ojos más por miedo que por otra cosa.
    ¡Sí! Aquel hombre estaba aterrorizado, y yo quería averiguar la razón, aunque intuía que tenía que ver, y mucho, con mi extraña situación. Necesitaba su ayuda, porque la alarma de mi cerebro comenzaba a zumbar de forma similar al instinto arácnido de Spiderman mostrando su reflejo en un ligero temblor de mis rodillas y manos. No me avergüenza decirlo: estaba a punto de perder el control por pánico a lo que aún estaba por llegar, así que escoré mis pasos hacia su persona para exigirle una palabra tranquilizadora y fue entonces cuando la niña flotante comenzó a mover la cabeza en dirección a mi persona.
    Me detuve en seco y por el rabillo de mi visión ansiosa contemplé sin respirar el acartonado movimiento de su cuello que le desplazaba el cabello de su rostro hasta dejarlo poco a poco a la vista. Escuché, o simplemente me lo imaginé, el crujido de sus secos mechones emulando un cortinaje de plástico de tipo del Río, como las que tenían la mayoría de los bares durante la década de los 60 en el siglo pasado para evitar el paso de las moscas en las horas más calurosas de la siesta, y cuando su faz quedó libre de obstáculos comprobé con un escalofrío que no tenía rasgos de ningún tipo. Mejor dicho, aunque no carecía de ellos, se mostraban latentes y eran distinguibles casi por intuición: unos inmensos y desapasionados ojos sin párpados ni brillo de vida en su interior, una nariz carcomida por algún tipo de virus similar al de la lepra y una boca inexpresiva, aunque impresionantemente grande que casi le partía en dos la parte inferior de la cara.
    Allí clavé mis pupilas para contemplar sin sorpresa que la abría hasta mostrar unos amarillentos y retorcidos dientes puntiagudos detrás de los cuales no asomaba lengua alguna; sólo un tremendo vacío palpitante que prometía dolor y sufrimiento como el que sentí cuando la cerró de golpe sobre mi hombro.
    No la vi saltar ni realizar movimiento de ningún tipo. Tan sólo apareció a la altura de mi cabeza y ya me estaba dando la dentellada de la que comenzó a manar abundante sangre. Lo peor de todo es que carecía de cualquier pasión en su actitud. No parecía buscar alimentarse con ello. Únicamente causar daño y provocar miedo. Y, por Dios mismo, que lo consiguió.
    Con un alarido, que sacó bruscamente de su ensimismamiento a la pareja de alemanes y obligó a mirarme por fin, bajo una sombra de tristeza, al misterioso solitario, salí corriendo hacia las profundidades de la calle Osario dejando atrás la plaza. Y entonces lo noté. La presión del mordisco había desaparecido, aunque la herida permanecía. Fue algo casi instantáneo, pero el horror que me inundaba me obligó a seguir corriendo un trecho más. El polo sobre mi hombro estaba desgarrado y manchado de fluidos varios, algunos míos, otros del espanto que ya no estaba, y me llevé la mano hacia allí para apaciguar con ese infantil gesto el latido de mi infectada herida.
     ¿Por qué se había marchado? ¿Me seguía acechando de alguna forma en la invisibilidad del aire? Me giré con rapidez y los pelos de la nuca erizados esperando ver a la niña flotante sobre el empedrado de la calle, pero únicamente atisbé la cara del solitario asomando desde la sombreada esquina de la plazoleta, y me pregunté si todo aquello que estaba pasando tenía algo que ver con él.
    Por si acaso, opté por una retirada discreta. Además, el hombro estaba cada vez más dolorido y bajo mis dedos noté que se empezaban a formar sacos supurientos bajo la piel que variaban el tamaño a modo de minúsculos corazones. La cabeza se me iba y mis sentidos se aminoraron bajo una sensación generalizada de malestar y náuseas.
    A la altura de una tienda suministradora de colchones, ubicada justo antes de la Plaza Vaca de Alfaro y del colegio Divina Pastora, el ser silencioso volvió a dar signos de vida, por llamarlo de algún modo. El establecimiento tenía tres inmensas vidrieras a modo de escaparates, más una puerta de cristal, y "ella" surgió de repente nada más asomar mi dramática y cenicienta imagen por la primera de las ventanas. Me atacó de nuevo; en esta ocasión, en la mano y el dolor fue todavía más intenso que la vez anterior. No me quedaban fuerzas para gritar, pero las lágrimas brotaron silenciosas haciendo que mi visión se emborronara, aliviando, al menos, el horror de su imagen carente de sentimientos. La "niña" presentaba los ojos de un tiburón antes de que se velaran para cazar a su víctima con las mandíbulas y eso me asustó incluso más.
Del blog Taringa
    Por fin pude usar los pies para correr. La segunda de las vidrieras contaba con unos barrotes de hierro y, ya fuera por el tipo de metal con los que estaban confeccionados -los seres feéricos, por ejemplo, carecen de poder alguno frente al hierro, o eso cuentan las leyendas- o por cualquier otra extraña ley caprichosa del "más allá", el caso es que la niña inexpresiva quedó aprisionada tras aquella celda de cristal intentando abrirse camino con los dientes a través del reflejo de los barrotes. Por pura clarividencia supe que estaba a salvo y la conexión neuronal fue más allá hasta comprender que me hacía daño sólo a través de mi reflejo. Algo que pude comprobar al saltar al siguiente escaparate, también bajo la protección de travesaños metálicos.
    El ser babeaba mientras intentaba arrancar mi defensa mágica y por fin soltó un gemido de impotencia. Pero lanzó sus brazos a través de los travesaños y me aferraron como una fría tenaza una de mis muñecas. Tiró de mí hacia su posición lanzando bocados hacia mi cara frenados por los barrotes. Sus movimientos eran cada vez más ansiosos y venían acompañados de fantasmales gruñidos, hasta que de un potente tirón el reflejo de mis brazos quedó a su alcance. Antes de morderme me miró con unos clarísimos ojos de odio y se recreó en mi miedo con la boca abierta previa a la acometida.
    Me abrió sendas heridas en los antebrazos y en una de ellas vislumbré lúgubres gusanos que se adentraban en la carne macilenta a través de huecos y venas para seguir devorándome desde el interior. Grité bien alto, como nunca antes lo había hecho, pero la calle seguía desierta y sin ruidos de ningún tipo, y por un instante me cuestioné si seguía estando en la realidad o me movía ya dentro de un reflejo.
    Sólo había una manera de averiguarlo. Lancé una patada con todas mis fuerzas, que eran más bien escasas, contra la macabra imagen gris que tenía delante y la enorme luna vibró obligando a la niña a soltarme con la ondulación. Lo siguiente fueron dos puñetazos seguidos y una nueva acometida con el pie y el cristal se vino abajo con estruendo llenando de nuevo de luz mi entorno.
    Ahora era yo el que estaba repleto de ira. Arranqué, no sé cómo (eso quizá explicara por qué perdí tres uñas y tenía el dedo anular de la mano derecha roto por tres puntos), una piedra de la calzada y la arrojé contra la puerta, que saltó en añicos. Hice otro tanto con el último ventanal usando el mismo proyectil y con la última rotura un enorme suspiro se hizo oír por toda la calle arrastrado por un malsano viento ardiente. Por fin caí a tierra y entre las nubes de mi cerebro embotado llegué a pensar que Osario era quizá la vía menos transitada del mundo. Era imposible que nadie estuviera siendo testigo de mi terrorífica experiencia. Me estaba desangrando vivo con más celeridad que un cochino en su matanza y no había ni un alma que viniera a socorrerme. Pero el dolor interno era lo peor. Percibía el vómito a punto de asomarse a la garganta y nunca acababa de llegar, y el malestar por el mareo me inundaba por completo.
     Había que avanzar y salir de aquella asfixiante calle.
     La verdad es que tuve suerte, porque, previo paso sin incidentes por otra tienda de copiado de llaves, en la Plaza Vaca de Alfaro, allí donde se levantó un busto en homenaje a "Lagartijo", me encontré entre unos arbustos que formaban parte de un parterre a modo de jardincito el palo metálico que en su día había formado parte de una escoba. La punta estaba partida y oxidada, pero nada me importó y lo así a modo de garrote con ambas manos.
     Me lancé, entonces, en una carrera loca hacia la desembocadura de la calle en la Plaza de Colón, dejando atrás el borrón amarillo y blanco del colegio de la Divina Pastora y lanzando otro golpe inocuo con el palo de la escoba contra los cristales de una boutique de belleza llamada "Carmelina" algo más adelante. Repetí la operación contra el escaparate del siguiente portal (un negocio al que la crisis había devorado sin piedad) y continué la carrera agachándome lo máximo que podía para evitar las protegidas ventanas del Círculo Taurino, lo que me hizo resoplar y regurgitar algo de amarga bilis.
    La salida estaba relativamente cerca. Más allá se abría un inmenso espacio libre de reflejos con un parque que era la imagen vívida de la cuadratura del círculo en medio, mirando directamente al curioso Palacio de La Merced, donde alguno insinúa que Colón se entrevistó con Isabel y Fernando con el famoso huevo de testigo para reflejar la redondez de éste nuestro mercenario planeta. Pero todavía quedaba un peligroso trecho por recorrer, si bien era cierto que aquella maldad flotante parecía que me hubiera rehuído desde que rompí aquella ventana.
Imagen del blog Crees en fantasmas
    Nada más lejos de la verdad.
    Pasé sin problemas ante una tienda donde se vendían antigüedades, de nombre San Barandán (como el famoso monje viajero de origen gaélico, que ahora es patrón de los marinos), pero al llegar a la altura de la librería Don Bosco, justo enfrente del Hotel la Boutique que ocupaba lo que había sido la antigua sede de la Inspectoría Salesiana, sentí el aplastante peso del terror en mis plúmbeas piernas y trastabillé con lágrimas en los ojos y maldiciendo mi suerte hasta caer de bruces contra la fría piedra del suelo.
    Sobre mí (ya no sé si en la realidad o en la imaginación refractaria) estaba aquella niña horrorosa. Apenas pesaba, pero mantenía sobre mi presa clavados en el cuello ocho uñas largas, punzantes, frías y duras; mientras que con los pulgares marcaba un rítmico suave masaje en la nuca. Tragué saliva de incomprensión, de ésa que sabe a la nada más absoluta con un ligero aroma a cobre añejo, y desde mi baja posición contemplé su cara perfilada en el espejo del cristal. Me devolvió la mirada y en sus enormes ojos de pez descubrí el brillo de la tristeza. Una enorme cicatriz, que parecía haberle provocado un intenso dolor, le cruzaba la cara en oblicuo de derecha a izquierda y desde la sien hasta el centro de la barbilla. Gracias al Cielo, mantenía la boca cerrada, pero su baba goteaba sobre mi polo y reconozco que eso me sentó peor que la mancha frontal que se había formado por haber caído sobre un fangoso charco. Pero eran esos estúpidos detalles los que me permitían fijarme a la escasa cordura que me quedaba.
    ¿A qué venía ese impulso de tristeza en sus pupilas blandas? Me había acosado, maltratado, asustado hasta el límite, y ahora daba la sensación vulgar de ser una amante desdeñada, casi defraudada por algo que yo hice.
    Su boca tembló y el líquido baboso volvió a gotear en abundancia sobre mi Fred Perry café con leche. Los dientes brillaron a la luz del sol, y eso parecía estar por completo descontextualizado por el fulgor diurno, cuando, en teoría, nada puede ocurrir fuera de lo natural.
    "Ya está. Me va a dar el golpe de gracia, sin razón ni motivo aparente. Sin testigos de mi locura...", pensé. Me resultaba extremadamente injusto, no porque fuera yo quien sufriera esta pesadilla, sino porque, sin considerarme precisamente un santo, no recordaba haber cometido alguna acción especialmente punible. Porque si aquello no era un castigo divino o algo por el estilo, carecía por completo de sentido; y el terror sin sentido es directamente uno de los anillos del Averno no mencionados por Dante en su obra magna.
     Pero no acabó el movimiento.
     Por el rabillo del ojo vi los zapatos de un varón adulto que se detenía a mi lado. ¡No me lo podía creer! Alguien vivo que podría contemplar mi sufrimiento y al que podría pedir ayuda, aunque no sabía ni cómo empezar a explicarle cuál era mi problema.
    No hizo falta. Al levantar la mirada, contemplé el pánico en su cara. Al mismo tiempo, la bestia que se asentaba sobre mis espaldas lo contempló a él con interés y asombro, y aflojó su presa sobre mi cuello.
    A decir verdad, me vanaglorio de mi intuición natural. Es un don; un regalo absurdo, sin ninguna aplicación práctica en lo que la sociedad actual considera como útil, ya que no aportaba ganancias ni demostraba mi abrumadora superioridad sobre el resto de la humanidad. Soy, por ejemplo, de ésos a los que posee la magia primordial universal para notar la lluvia, la escarcha en la hierba o el cambio del viento antes que nadie; de fijarme de forma eminente en la primera hoja amarilla de la temporada otoñal o en la llegada y huida de las aves migratorias; de admirar fenómenos atmosféricos de la índole de un cometa o una estrella fugaz dejando una estela azul sobre el negro cielo cordobés. Y en aquel momento supe fehacientemente que me encontraba a salvo.
Plaza de los Carrillos, con el Mesón El Perol al fondo
    Me fijé en el que, sin saberlo, estaba tomando el relevo de mi macabro yugo y tuve la consciencia de que se me parecía mucho. Sobremanera. No tanto en lo físico, que también, sino en las formas, en sus maneras de moverse o estarse quieto, en la mirada... Era como una mala copia de mí mismo viéndome irónicamente reflejado en un espejo. Pero él ni siquiera me dedicó una mirada, porque sus ojos estaban clavados en los de ella a través del escaparate, en ese segundo que se eterniza por la famosa relatividad de cada instante, y, finalmente, salió huyendo calle Osario abajo en dirección a San Miguel.
    La presencia fantasmal dejó de ser un peso y, de repente, me quedé solo, en silencio, con una inmensa necesidad de llorar de alivio.
    El camino a casa fue un martirio apenas recordado, salvo por vagos retazos de detalles futiles. Gracias al Cielo, apenas sí había cristales en los que reflejarme, pero es verdad que, desde entonces, no hay espejos en mi casa, las cortinas siempre están echadas sobre las ventanas y casi ni me atrevo a asomarme a la oscura pantalla del televisor antes de encenderlo.
    Pero he de decir que tuve suerte. Muchísima, la verdad.
    Al día siguiente de mi espantosa experiencia, evitando como la peste la presencia de la calle Osario, recalé, no obstante, en la Plaza de los Carrillos donde todo empezó. Agradecí mudo el murmullo de la gente y los ruidos del tráfico, pero enseguida me puse a buscar mi objetivo, pero tardó en llegar. Se sentó en la misma mesa que el día anterior y me miró con más descaro en esta ocasión, como invitándome a compartir la mesa con él. Así lo hice, con avidez, porque tenía el pecho dolorosamente cargado de preguntas.
    Estúpido de mí. Ni abrí la boca. Él también se arropó con un manto de silencio cómplice y delante de nosotros, sin que nadie se lo pidiera, el camarero plantó delante de cada uno un tubo de cerveza para él y un tercio de Mahou para mí. Justo lo que yo necesitaba. Justo lo que él también requería.
    "¿Tú también ves a la niña?". Era la pregunta que me abrasaba la lengua sin que terminara de cobrar forma de palabras sentidas. ¿Y si él veía otra cosa? ¿Y si su terror era largo y oscuro o mostraba otra horrenda cara?
    Entonces, su mirada se amansó y seguí la línea de sus ojos medio bajos hasta toparme con el hombre que, sin saberlo, me había salvado. Respiraba con ansia contemplando la enorme luna del mesón. Yo sabía, y mi compañero de mesa también, que su prueba todavía estaba siendo y cuando buscó ayuda en el personal sentado en la terraza, ambos apartamos la mirada con vergüenza y cobardía.
    Por nada en el mundo quería repetir esa vivencia, y algo muy dentro me decía que si socorría a ese pobre desgraciado, que también tenía ese toque inútilmente "especial" como nosotros, la niña volvería a acosarme a través de los cristales.
    Me limité a cerrar los ojos cuando el hombre, asustado hasta rozar el colapso, gritó mientras se perdía por las sombras de la escurridiza calle Osario...


martes, 5 de abril de 2011

Primero de los cuentos de los "Terrores de la calle Osario"

Finalmente, tras un proceso que comenzó el pasado 5 de abril y que se ha rematado hoy, día 25 del mismo mes, he terminado de redactar este cuento. Se trataba de algo que llevo dando vueltas desde antes de la moda de los zombies en la literatura y forma parte de una pequeña serie de historias de terror (mis terrores) que se ambientan en una calle concreta de Córdoba; de ahí el título: "Los terrores de la calle Osario". Ahí va:

                                               Una nueva vida en Córdoba

     A las siete de la tarde, puntuales como aseguran los británicos que ellos son, las hordas de muertos vivientes bajaban en masa por la calle Osario en dirección a la Plaza de Colón, en busca de algo vivo con que saciar su acuciante apetito.
     La masa se movía adaptándose como un líquido consciente a cada rincón de la estrecha vía, dejando a algunos pocos de sus miembros deambulando por las confluencias de Domingo Muñoz, Teniente Albornoz, la Plaza de Vaca de Alfaro o en la plazoleta de Puerta de Osario, donde algunos de ellos tendían con terca querencia a la quebrada cristalera de la guardería ya abandonada y ubicada en el fondo de aquel espacio cerrado y sin salida.
     Y se desplazaban en un completo y absoluto caos. Nada que ver con esa especie de civilizado orden con que caminan los zombies en las películas; antes bien, se mordían entre ellos, se hincaban los codos y se zancadilleaban hasta caer al suelo y ser pisoteados brutalmente por los otros. O, incluso, los había que eran arrastrados por las rugosas paredes en los tramos más estrechos de la vía arrancando jirones de piel y parte de la carne de brazos, caras y piernas, pero sin que se produjeran alaridos de dolor, rabia o de rencor. Sólo ese continuo gemir que ponía los vellos de punta a todo aquél que lo escuchara aproximarse antes de que se le abalanzaran encima para devorarlo aún vivo.
     A decir verdad, parecía que las prisas les poseyera, como si el tiempo se fuera a acabar en cualquier momento. Muertos caminantes con suaves toques Beat de Modernistas zarrapastrosos, incapaces de reponer sus destrozos en cuerpos y ropas, pero con la urgencia de ir siempre un paso por delante de ese continuo fluir temporal que les amenazaba... Aunque, en su caso, sin razón aparente ni necesidades vitales que cubrir, salvo el de comer siempre para acabar con la dolorosa sensación de hambre en sus pútridos estómagos.
     Y la visión fue aún peor cuando todavía había nieve sobre el suelo. Las caídas eran continuas antes de que aquel inmaculado y fuera de lugar -por su aire de eternidad y falsa calma- manto frío se acabara derritiendo. Y luego llegó ese repugnante fango mezclado con restos insanos de cadáveres andantes, de olor tan penetrante e intenso que aquella calle quedó marcada para siempre en la memoria de los supervivientes a aquella extraña situación. De los muy pocos que lo lograron...
     Por entonces, apenas sí quedaban en la ciudad reductos de personas vivas, sanas o como se les quiera calificar. Emulando la cada vez más copiosa literatura del género o, sobre todo, ciertas obras de culto en celuloide, pequeños grupos de "vivos" se habían lanzado hacia los centros comerciales, donde la abundancia de comida almacenada en los supermercados y de elementos de ocio con que cubrir el hastío del agobiante no hacer nada les permitiría aguantar el tiempo preciso hasta que no hubiera más necesidad que volver a salir al exterior para continuar con la supervivencia.
     Pero sólo había salido bien en uno de ellos, el de El Arcángel. No por nada en especial, sino porque en el resto de espacios similares a ése no había nadie en los equipos que "supiera" de muertos vivientes, mientras que entre las filas del de la ribera del Guadalquivir se encontraba un auténtico "frikie" de los que se gastaban pequeñas fortunas en adquirir joyas del octavo arte, así como libros sobre esta macabra temática en la tienda de Crash Cómic. Y su mínima "experiencia" al respecto les había salvado momentáneamente la vida a la veintena de personas que empezaban a malvivir en su interior, generando ya las primeras fricciones entre ellos.
     Pero nadie en este mundo -ni en el otro- es un experto en novedades. Los que creían que los muertos no podían correr comprobaron demasiado tarde su error con una horrorosa expresión de pánico marcada en sus rostros, que no se les borró ni cuando ellos mismos se levantaron de nuevo de su última caída en vida para continuar el espantoso y desapasionado ciclo de deglutir carne todavía con capacidad de asustarse. Los que pensaban que esos espantos andantes no eran entes capaces de razonar acabaron desmembrados (y comidos) por grupos de silenciosos cazadores, que aguardaban emboscados, con una capacidad ilimitada para la paciencia, en lugares oscuros y poco frecuentados hasta la llegada de sus víctimas. Mientras que los que temían que iban a caer los primeros por no estar preparados tuvieron largas y asombrosamente extrañas vidas gracias a su ingente capacidad de adaptación al medio, su enorme falta de solidaridad hacia los demás y su hiperdesarrollado instinto de superviviencia, incluso en la soledad más absoluta. Y de éstos últimos, Córdoba poseía especímenes en abundancia.
     Alguno, con extrema ironía y fino humor negro (que, curiosamente, se dispara en el alma del hispano medio cuando las cosas van francamente mal), sacó punta a la situación mientras se escondía por un instante para recuperar el aliento tras un cartel del Paseo de Córdoba. En él rezaba "Ni una agresión más. Ni una muerte mas", en un genial y poco efectivo intento por acabar con la brutalidad del machito ibérico -el tarado, evidentemente- hacia sus parejas y que ellos consideraban como una pertenencia "gollumniana". El hombre frunció el ceño al leerlo y se sonrió contemplando luego a su alrededor, en ese enorme espacio vacío donde reinaban los heladores gemidos de los muertos, y pensó: "¡Mira! Por fin en la ciudad de la igualdad de sexos ya no hay diferencias. ¡Todos igualitos en esta rara no muerte!". Pero luego volvió a mirar a sus lados y vio que no había nadie, y como no quiso desperdiciar lo que consideró como un buen chiste se rió de buena gana. Y eso fue lo último que hizo en vida.
     Hasta se dio el caso de una familia que fue asaltada en su propio hogar por uno de esos monstruos capaz de recordar su antiguo oficio, el de cerrajero, para entrar a hurtadillas en el interior de la casa haciendo uso únicamente de una tarjeta de plástico. En ese momento, un hombre se encontraba de espaldas a la puerta, dándole de comer a un niño sentado sobre una trona, mientras la madre se hallaba en las habitaciones del fondo arreglando las camas.
     El hombre no supo interpretar las miradas de asombro del bebé ni sus balbuceos al contemplar el horror acercándose a su padre, quien, casi sin saberlo, terminó perdiendo la vida -y la traquea- de un poderoso mordisco en el cuello. El estruendo de la caída de la trona al suelo llamó la atención de la mujer, y el espectáculo que contempló al llegar a la sala, con la silueta de un hombre devorando sin pasión alguna el cadáver de su marido, así como la ausencia de su hijo, que en ese momento yacía sin vida con la cabeza abierta detrás de un sofá, la hizo volver al interior de la casa completamente aterrorizada, cerrando tras de sí la puerta.
     Fue un sonido casi imperceptible, pero suficiente como para que el eterno hambriento volviera su interés hacia una nueva víctima. La mujer gritó hasta quedarse afónica con cada golpe que aquel ser daba a la puerta de su cuarto, cerrado ya con pestillo. Enseguida se le unieron nuevos golpes cuando su antiguo marido regresó de entre los muertos con nefastas necesidades que saciar, y la viuda supo que tenía que vender cara su vida.
     Y así lo hizo. Un paraguas que guardaba en el armario de su habitación le bastó para perforar el globo ocular del asaltante cuando éste hizo saltar finalmente en astillas la puerta. El profundo y rápido estoque le llegó hasta el interior de su cabeza y murió por segunda vez. Su caída entorpeció la marcha del otro ser, quien, al tropezar, se encontró de nuevo con la punta metálica del paraguas obteniendo idéntico fin.
     Hoy se sabe que esa mujer fue una de los supervivientes y que, en completa soledad, se hizo experta en la caza y destrucción los caminantes sin alma, pero fue del todo incapaz de adaptarse de nuevo a la situación de normalidad cuando todo acabó y terminó sus días arrojándose desde lo alto de la torre de la Mezquita-Catedral, por entonces el punto más elevado de toda la ciudad, hacia el empedrado de la calle Cardenal Herrero, justo al lado de una abandonada Vespa VB1 de 1957 de color granate, crema y cromado, donde sus destrozados restos permanecieron durante al menos tres días, hasta que los retiraron definitivamente, poco después de que las jaurías de perros asalvajados la atacaran para alimentarse con su carne, pero de una forma por completo diferente a la de los muertos caminantes, sino más bien con la natural pasión por mantenerse vivos un día más. Y es que el virus, o lo que fuera que causó aquel desastre (algo aún sin determinar o, al menos, no hecho público) no afectaba al resto de los animales; únicamente a los considerados humanamente inteligentes.
     De igual modo, había algunas parejas y tríos desperdigados en áreas muy diversas, que tenían más fácil el pasar desapercibidos durante mucho más tiempo encerrados en sus propios hogares o haciéndose fuertes obstruyendo varias calles con murallas, alambres y vallas metálicas y bien armados. Éstos fueron los que pudieron aportar toda la información posterior para hallar una explicación lo más lógica posible, o menos absurda, a lo que había ocurrido. Hay que tener en cuenta que cuando todo pasó para volver a una relativa normalidad, los primeros que pudieron acceder a la ciudad se encontraron con una urbe desierta, plagada de calles sin movimiento (salvo por el de las cucarachas y las ratas) y con la mayoría de sus edificios transformados en meras carcasas vacías, incapaces de contener señal alguna de vida en su interior.
     La verdad es que todos coinciden en señalar que el fenómeno de terror coincidió con un anochecer de diciembre, concretamente un viernes helado, en el que empezaron a caer los primeros copos de una intensa nevada, que acabó tiñendo de blanco las calles de la ciudad califal y sus alrededores y que, al mismo tiempo, suspuso el fin de cualquier tipo de comunicación con el mundo exterior, ya fuera telefónica, por radio, televisión o Internet. Pero nadie supo afinar ni la hora ni la razón de la presencia de esos seres, antiguos moradores de Córdoba y ahora condenados a vagar en un filo fronterizo entre la vida y la muerte y ajenos por completo al bien y el mal, aunque sí podían ser eliminados cuando su cerebro se veía traumáticamente afectado por alguna causa, como es el caso de un balazo, una taladradora, un martillazo o cualquier otra cosa que los acabara pulverizando.
     Tampoco nadie se dio cuenta de que los primeros casos fueron detectados -demasiado tarde, eso sí- en las barriadas de la periferia. Villarrubia cayó por completo esa misma noche, y parte de los caminantes de ojos velados se desplazaron luego atraídos por las luces nocturnas hasta el núcleo urbano matriz, si bien pequeños grupos de varias decenas acabaron desperdigándose por los campos intermedios y allí se quedaron. En Alcolea, la espantosa matanza se prolongó durante algo más de dos días, pero el resultado final fue el mismo, mientras que en Santa María de Trassierra, debido a la gran cantidad de armas de fuego usadas para la práctica de la caza que había almacenadas en las viviendas, la batalla fue bastante más pareja, hasta el punto de que el mal se erradicó del todo, pero quedaron muy pocos supervivientes y su miedo les impidió desplazarse a cualquier otro lugar por temor a lo que pudieran volver a encontrarse.
     Aunque no todos nadaban en la tiniebla del desconocimiento más absoluto. Una muy arcaica sociedad que hundía sus raíces en el remoto pasado de la tradición oral (antes, incluso, de que existiera el concepto de ciudades) dibujó sobre seca piel humana con arcanos de sangre azul la realidad oculta del misterio cordobés, y luego el obsceno papiro se desveló al mundo en un polvoriento rincón del Palacio de Las Veletas, en la ciudad hermana de Cáceres. Allí, uno de ésos que por extrañas circunstancias conocían aquella escritura maldita lo tradujo con esmerado detalle y excelencia, y de ahí pudo leerse lo que sigue:
     "La esfera temporal y compacta (lo suficiente como para cercenar limpiamente un cuerpo humano por la mitad con quirúrgica precisión casi divina) se formó sobre Córdoba, envolviendo con su perfección diamantina a la ciudad imperfecta, encerrando en su seno desde las entrañas más recónditas, viscosas y húmedas hasta su cielo siempre azul, si bien pesadamente gris en esta ocasión maldita por hombres y dioses.
     "Esa distorsión espacio-temporal surgió a raíz de la creciente cerrazón mental de una buena parte de sus habitantes, incapaces de asimilar el avance del fluido temporal y empeñados en retroceder en todos los sentidos, suspirando por que cualquier tiempo pasado era más controlable que un temido presente siempre cambiable y caprichoso ante el que sus mentes cerradas se negaban a adaptarse.
     "Finalmente, por las insoportables tensiones contrapuestas, el tiempo se resquebrajó en silencio dejando a la ciudad pendiente en un presente continuo que para el resto de los mortales ya estaba siendo el pasado. Córdoba flotaba ligera sin anclajes al margen de líneas temporales, y esa inestabilidad de perfección circunferencial permitía a sus habitantes desplazarse a su gusto en la dirección que deseaban, y, así, la mayoría eligió el pasado cercano, horroroso y oscuro, haciendo de éste su futuro más inmediato".
     ¿Por qué nadie se dio cuenta antes de que aquel esmerado lenguaje, con términos en exceso modernos, chirriaba con violencia si se lo casaba con una época de la que ni el polvo del recuerdo quedaba ya? Y eso que, pese a ser el menor de los problemas de los cordobeses vivos, al menos sí era una explicación, que no consuelo, para lo que ocurrió en la ciudad califal. No obstante, esa aclaración apenas sí fue difundida y los escasísimos que la conocieron, entre ellos militares y altos cargos de la clase política nacional, se conjuraron en un silencio que se presuponía protector para un ingenuo pueblo que debía de seguir ajeno a unos horrores nada naturales que no fueran los de llegar como buenamente se podía a final de mes, evitar la presencia de una guerra en territorio propio o la pérdida de un ser querido.
     En cualquier caso, las palabras del papiro no terminaban ahí. Había mucho más y todo su contenido resultó ser en exceso inquietante:
     "Pero la dirección que tomó la ciudad fue siempre en el plano temporal, aunque nunca en el espacial, por lo que en lo que supone que es una realidad continua Córdoba nunca se movió de su sitio, si bien su desplazamiento no se llevó a cabo a saltos, sino, más bien, de forma continua y lineal, y eso le confirió una velocidad cada vez mayor hacia lo que fue el inicio de todos los tiempos. Eso sí, la ciudad flotante se detuvo por unos minutos en tres ocasiones, cada una de las cuales indicaba que el número de los que habían provocado el fenómeno iba en descenso dentro de la esfera, víctimas de sus degradados semejantes.
     “La primera de ellas tuvo lugar en el año 1013. Madinat Al-Zahra fue demolida por los beréberes después de que el populacho enfrentado entre sí destruyera el rico palacio de los amiríes. El brutal saqueo de la ciudad califal sembró las calles de cadáveres en lo que sería el inicio del declinar en la gloria y pujanza de la entonces principal urbe del mundo. Luego Córdoba continuó su viaje.
     “La segunda parada coincidió con las reformas administrativas de Diocleciano, cuando todavía la colonia patricia de Corduba seguía siendo la capital de la Bética y aún no había perdido este privilegio en favor de la vecina Hispalis.
     "En ambas ocasiones, los habitantes de las dos Córdobas y todo lo que les rodeaba se entremezclaron y cohabitaron en perfecta armonía física, ya que para cualquiera de las ciudades su otro yo era visible, aunque intangible, y mientras que algunos cadáveres andantes intentaron sin ningún éxito alimentarse de antiguos romanos cordubeses o de califales venidos a menos, muchos de éstos casi enloquecieron al contemplar de cerca el espanto hecho carne, los edificios del futuro y algunos vehículos que todavía deambulaban por las calles, porque ese mundo tan ruidoso, inhumano y metálico iba mucho más allá de su comprensión, y los seres desalmados de ojos blancos les hicieron creer que habían ido al mismísimo Infierno en vida.
     "Relativamente poco tiempo después de aquellos fenómenos la ciudad experimentó un profundo cambio social, económico y cultural que la rebajó, en cierto modo, de categoría en un mundo de constantes cambios, que no admitía el inmovilismo, los cánones imperturbables o la estabilidad de los sistemas, porque esos conceptos carecen de lógica en un continuo fluir de la vida, de la existencia y del tiempo.
     "La tercera y última parada coincidió con la desaparición del postrero de los retrógrados en las cada vez más solitarias calles, pero el viaje de la argonáutica ciudad había cobrado una intensa velocidad que la hizo navegar en silencio por propia inercia mucho más allá de ese instante. Así pues, 1,5 millones de años antes de la era del Cristo, más o menos, Córdoba cayó a plomo sin emitir ruido alguno sobre un espacio vacío en el que el Guadalquivir no era ni siquiera un proyecto de río, aunque los pliegues de la futura Sierra Morena ya estaban allí para contemplar desde sus alturas con asombro la callada visión de una ciudad perdida en el tiempo.
     "El choque fue de tal envergadura, que la esfera temporal se resquebrajó deshaciéndose en un finísimo polvo de cristal que ardió de inmediato al contacto de un viento tan rico en oxígeno. Aquel aire era de una densidad tan brusca que los cordobeses vivos sintieron como si les abofeteara una mano gigantesca y más de uno lloró por el dolor de lo que evocarían luego como un segundo parto, sólo que éste mucho más consciente que el primero en que vieron la luz. Había en el aire un millón de olores novedosos, pero que, a la vez, recordaban al del agua pura y primigenia y esa extraña contradicción atrajo sobremanera a los muertos que andaban, y la ciudad se vació de ellos.
     "Pero no fueron los únicos que abandonaron Córdoba. Los supervivientes del sur de la ciudad también salieron bajo la joven luz de un sol que ya era viejo entonces y que dibujaba en la límpida atmósfera vanas promesas de superviviencia, porque desconocían qué les iba a deparar el destino si continuaban escondidos en una ciudad casi muerta. Y, así, encaminaron sus pasos meridionales hacia un futuro incierto que hundía sus raíces en un inusual pasado para acabar sus días más felices de lo que se podría imaginar cazando, procreando y honrando a sus muertos en una cueva ubicada a unos 70 kilómetros al suroeste de allí.
     "Ahora bien, aquel tiempo no era el natural de aquella ciudad del futuro. Y, del mismo modo que algo elástico una vez que se estira hasta su límite tiende a su normal estado, Córdoba experimentó una ciclópea fuerza que la arrancó con violencia del pasado y la atrajo de nuevo a una velocidad inusual hacia su presente inicial, que irónicamente ya era el pasado de los cordobeses. De esa manera,  y ya sin pausas, la ciudad retornó a su presente continuo, como si nunca hubiera pasado nada.
     "Y volvió escasamente tres minutos más tarde del instante en que inició el viaje hacia el pasado. Por ello, en el exterior de la ciudad apenas sí habían notado su ausencia, porque en ese momento no había avión ni tren que circulara por las vías o estuviera a punto de aterrizar o despegar del aeródromo califal. No obstante, los vehículos que se desplazaban por carreteras y autovías sí frenaron en seco su marcha al toparse de frente con una muy espesa niebla que les impedía avanzar sin entorpecimiento, por lo que prácticamente todos ellos tuvieron tiempo de detenerse a tiempo antes de que chocaran de frente contra la esfera temporal. Todos salvo un camionero que se dirigía hacia el Centro Logístico de Transporte y que acabó empotrado junto con su enorme trailer contra el impenetrable muro invisible.
     "Así lo hallaron los primeros miembros de las fuerzas del orden -una pareja de la Guardia Civil- que osaron moverse en dirección a Córdoba cuando la niebla bajó de intensidad. El camión apareció aplastado sin razón aparente en mitad de la vía, y cuando uno de los agentes se asomó a la cabina para comprobar el estado del conductor, éste intentó morderle con un gruñido más animal que humano, a pesar de que tenía el pecho por completo aplastado por el volante y se encontraba inmovilizado contra el destrozado asiento. No volvió a saberse nada del conductor ni de los agentes de la Benemérita después de que una minúscula unidad especial, muy probablemente del Ejército, se los llevara silenciosamente y sin dejar rastro hacia un destino desconocido.
     "Justo después, como si lo hubieran estado esperando, la zona quedó por completo tomada por militares que cubrían sus rostros con máscaras más complejas de lo que se supone eran para poder defenderse de un ataque convencional de gas. Y ninguno de aquellos soldados procedía de la cercana base de Cerro Muriano. Nadie del exterior pudo acceder a Córdoba, ni los de dentro tuvieron permiso para salir durante, al menos, 15 días. Un plazo en el que las meticulosas y disciplinadas tropas peinaron por completo la ciudad y sus alrededores hasta el más nimio de los rincones, eliminando con determinación los escasos restos de caminantes que quedaban merodeando por los campos o los que habían contactado con la esfera desde fuera del casco urbano".
     Ahí acababan las palabras del insano papiro.
     Pero la perfección es imposible, y, por mucho cuidado que se le aplique, la labor humana dista mucho de una ausencia total de errores. Y eso fue lo que ocurrió en Córdoba. Concretamente, en una de las carreteras menores que la circundaban, la CP-021, toda una familia que circulaba en un destartalado Jeep todoterreno de los originales acabó con la mente viciada al toparse con la esfera a las afueras de Santa María de Trassierra y comenzó su vagabundeo en grupo en busca de alimento para calmar el hambre. No fueron los únicos. También un pastor de ovejas y un cazador furtivo sufrieron la misma transformación y los soldados no los localizaron por desconocer su existencia.
     Los medios de comunicación fueron por completo engañados o comprados, y se limitaron a aportar lo que suelen hacer en buena parte de los casos de envergadura: una verdad a medias, una medio mentira o una falsedad con trazas de verdad. Pero ninguno mencionó los cadáveres andantes (entre otras cuestiones, porque ni ellos mismos se lo creían) y la desaparición de casi todo el pueblo, incluidas autoridades políticas, eclesiásticas y peñísticas (que en Córdoba tenían mucho peso) se achacó a una virulenta epidemia que "hizo auténticos estragos entre la población".
     Por lo que a ellos se refería, la ciudad era un nuevo filón de oportunidades. Un nuevo Nuevo Mundo que colonizar, y sin el peligro de unos molestos indígenas a los que exterminar bien fuera por las armas, como optó la Inglaterra de los siglos XVI, XVII y XVIII, o bien por las armas y el mestizaje a la fuerza, como prefirió hacer España cuando era la potencia mundial del siglo XVI. Córdoba se mostraba, así, como un magnífico lugar prácticamente virgen, donde ni el paro ni la falta de espacio ni tampoco la delincuencia campaban a sus anchas como en otras capitales de provincia donde el colapso económico había abierto profunda mella en sus frágiles pieles.
     Y en los meses siguientes al oculto desastre, una vez limpiado y desinfectado todo rastro de ADN medio deglutido, enfermo o sano de las calles califales, una avalancha de personas, especialmente sudamericanos, inundaron de nuevo las viviendas (que se consiguieron a un precio irrisorio y con enormes facilidades de pago por parte del Estado), las tiendas y los puestos de trabajo vacantes, consiguiendo que Córdoba, por primera vez en su Historia Moderna, fuera líder en desarrollo económico y se colocara a la cola del desempleo en el país. La ciudad, efectivamente, pasó a ser otra vez un verdadero crisol cultural, en el que lo puramente cordobés, como el senequismo fatalista de muchos, había quedado ya en el olvido, y donde el mestizaje era sinónimo de fresco, limpio y bello...
     ...Pero el mal seguía muy cerca, porque no había desaparecido del todo del presente. Y desde el pasado remoto una nueva línea temporal totalmente infectada crecía con prisas amenazando con devorar un tiempo que estaba a punto de volver a desaparecer.
Imagen de Valerio Merino de la calle Osario de Córdoba por la que circulo a diario (a pie y en bici).




Algo similar a esto se tenía que observar en los límites con la esfera que envolvió a Córdoba.
Varios temitas relacionados con los monsturos: "Monsters Theme", el origina de la serie La Familia Monster, de Jack Marshal, con una versión surfera de los Surfin' Lungs. También se incluye el tema de la película Monsters SA, que compuso  y que tiene un toque de Jazz muy bueno y cool compuesta por Randy Newman.