lunes, 15 de julio de 2013

Blanco

No me he olvidado para nada de la serie de cuentos "Mis terrores de la calle Osario". De hecho, ésta sería la tercera entrega de esa colección que durará lo que tenga que durar; nunca más allá de eso, porque sería lo mismo que forzar una marcha que obligaría a descender en calidad de lo narrado. Tampoco hay prisa, ¿verdad? Mientras intentad disfrutar de este pequeño miedo que me asalta de cuando en cuando y hasta de vez en vez.


Portento y terror del mar. Cogido de quieroestarsano.blogspot.com.es


Lloraba al amanecer, cuando el lento alba daba pie a una nueva y nada deseada jornada. Y volvía a derramar abundantes lágrimas silenciosas cuando el cansancio del día le caía a plomo sobre los abatidos hombros, mientras permanecía sentado a solas en un sombreado rincón de su mínima expresión en materia de cocina.
Era un llanto retorcido y amargo, de los que desgarran el corazón y el estómago en un observador casual y anónimo, pero que a él le descomponía por completo el alma; ésa que se escondía bien ceñida en mitad de sus tres amplios dedos de frente, provocándole un intenso y agudo dolor de cabeza, que luego acababa acentuando a partir de la segunda cerveza de abadía agotada por pura desesperación.
Su vida se había convertido en una continua huida hacia adelante, sin una meta concreta más que la de consumir con avidez las veinticuatro horas del día para apurar una semana que le llevaría al final del mes y devorar, así, cuanto antes todo un año totalmente perdido.
La situación empezaba a adquirir un serio cariz de estéril ritualidad involuntaria, apenas quebrada por algunas ocasiones en las que la extenuación del trabajo le sumía en un bendito olvido de la vida y de la lánguida pesadez de la existencia repetida una y otra vez hasta la saciedad. Cuando eso ocurría, ya estaba dormido antes de que la cabeza siquiera rozara la almohada y, entonces, soñaba en un largo fundido en negro, sin música ni letras, pero sí blandamente mecido por el oleaje de un calmado océano oscuro, interior, cálido e infinito.

Me he ido a morir en la orilla, de historiademardelplata.files.wordpress.com
Era cuando mejor descansaba y cuando más cerca estaba de la sensación de haber muerto, porque prácticamente era como dejar de existir por completo. Eso acarreaba una inquietante y absoluta paz en todos los sentidos. Y, al despertar, era verdad que el llanto tardaba más en llegar, aunque irremediablemente aparecía para seguir carcomiendo y minando su ya escasa voluntad de vivir.
De cuando en cuando, se paraba literalmente en mitad de la calle o de las escaleras rumbo a su trabajo sólo para intentar recordar con el ceño fruncido de preocupación desde cuándo se sentía de esa forma: igual que una naranja exprimida, carente de esencia y sólo con la carcasa para manejarse mínimamente en sociedad. Y a veces llegaba a vislumbrar la verdad allá en el fondo de la nada de la memoria que cobraba forma de espiral infinita y en continuo movimiento, y sabía que la soledad en su pequeño apartamento de la Plaza Vaca de Alfaro tenía su origen y su final en su dedicación exclusiva al trabajo, obviando por completo cualquier otro elemento de su faceta privada.
Lo peor de todo es que ni siquiera le gustaba lo que hacía. Durante largas veladas había reflexionado al respecto asomado al balcón del último piso que miraba directamente a la calle Osario, mientras que el televisor del vecino de abajo escupía a todo volumen retazos de películas y series a través de las ventanas abiertas, ya fuera invierno o verano, aunque de forma especial durante los días de más calor.
Resultaba un pensamiento incómodo por incomprensible. Cualquier otro habría dado un giro radical a su vida, pero él prefirió estancarse en su miseria ahogando en ella amor, destino y alma, y culpando de la situación, precisamente, a su absorbente tarea profesional, en la que, a pesar de todo, destacaba por sobre la mediocridad. Él parecía encontrarse por encima de cualquier responsabilidad, o así, al menos, se lo había hecho creer su ego más recóndito hasta que finalmente creyó de forma fehaciente en esa falsa verdad, y siempre podía contar con una justificación ajena a sus propios actos para desvelar su profundo desasosiego social. El mal estaba en él, pero prefería obviar el acuciante síndrome del miembro fantasma tras la voluntaria amputación de su capacidad para sentir remordimientos antes que afrontar el malestar de una embarazosa evidencia clara y contundente que le acabara abriendo los ojos a la realidad de su persona.
Todo eso le obligaba a contemplarse más como un insecto social, a modo de abeja, termita o de hormiga, que como una parte única y personalizada de la raza humana. Trabajar por el bien colectivo se había convertido en su única razón de ser y su individualidad como persona parecía diluirse con el transcurrir monótono de un tiempo, que, en su caso, bien podría estar trazando un círculo perfecto en el que la salida brillaba por su ausencia. Y, quizá por eso mismo, un seco vacío físico se abría paso desde su corazón hacia su mente convirtiendo en polvo y arena cualquier átomo suyo que mostrara el menor atisbo de estar mínimamente vivo.
Pero no todo era tan negro. La ducha le servía para transportarse, casi de forma literal y por unos minutos, a otro mundo por completo carente de sensaciones y sentimientos. Con eso le bastaba. Porque en esos largos minutos, que él procuraba prolongar hasta el máximo que la esclavitud del tiempo le concedía, se permitía el extraño lujo de sonreír mientras el agua limpiaba cuerpo y mente llevándose por el desagüe pestilencias y pensamientos funestos.



Vacío del alma, de blog.libero.it
La nada le embargaba abrazándolo como una amantísima madre, y dejaba de sentir esa angustia atenazante y omnipresente para dar paso en su pecho a una fugaz sensación de paz y sosiego, con la mirada perdida en el níveo plato del suelo y el relajante sonido de las gotas repiqueteando con denso ritmo de selva profunda sobre el plástico canalla de la mampara con síntomas ya de deteriorada opacidad.
Su mayor éxtasis coincidía en el instante en que cerraba los ojos para afrontar esa negritud móvil que se cernía tras sus párpados de plomo. Ahí es donde creía poder controlarlo todo, condensando vanamente vida y existencia dentro de su mano cerrada en un puño a la vez protector y opresor, como ocurría con buena parte de los sistemas políticos existentes a lo largo y ancho de la Historia de la Humanidad.
Pero hasta eso le fallaba últimamente. Un miedo del todo irracional, que duraba menos que un suspiro, le asaltaba de repente y le terminaba arrancando con dureza del placer del momento obligándole a abrir los ojos con terror para fijarse en el plato bajo sus pies como si fuera un colorido salvavidas en pleno mar sin límites. Entonces se dejaba llevar por el pánico y, con el corazón dolorosamente desbocado, salía de la ducha empapando todo el suelo en su huida de esa amenaza invisible y carente de cuerpo y forma.
Ahí comenzó a darse cuenta de que el miedo le servía de freno al llanto, pero no era tampoco una emoción más agradable que la honda tristeza en la que se había acomodado para lo que creía iban a ser el resto de sus días.
Y con esta nueva percepción de las cosas llegó la inquietud y la angustia. Apenas sí dormía ni mucho menos comía, y la higiene diaria se le hizo harto insoportable. Hasta el punto de que más de un día se saltaba la hora de la limpieza corporal, a pesar de que el calor le delataba con crueldad entre sus compañeros de trabajo, que no amigos. Su aspecto se empezaba a asemejar al de un muerto viviente carroñero de cuerpos en vida y su hedor, al de un cadáver pútrido con actividad nocturna ávida de depredación humana. Y así se lo hizo saber su inmediato superior en la oficina, recordándole que el descuido personal bien podía ser motivo de despido procedente, al margen de que la empresa apreciara enormemente su labor profesional.
Se vio obligado, así, a recuperar, contra su voluntad, el hábito del aseo diario. No podía arriesgar el único cabo que le servía de anclaje con el mundo de la cordura. Y el pecho se le encogía mientras alargaba el brazo hacia la puerta de la ducha, antesala a esa solitaria impresión de que su cuerpo se iba a marchitar justo antes de que lo consumiera el pavor desconocido y sin nombre oculto detrás del aire.
Todo el devenir temporal se hizo presente de golpe, densificando todos sus sentidos en el gesto de abrir el agua. Se fijó entonces en los detalles simples de la solería barata de aquel cuarto de baño. Eran baldosas de mediano tamaño tan blancas como el plato liso del suelo y rastros negros de moho en las junturas de cemento. En una de las esquinas, una bandeja de neutro plástico barato se inclinaba peligrosamente cediendo bajo el peso del bote de champú y otro más de gel, ambos de tamaño familiar, aunque él viviera en solitario. La vieja alcachofa, que guardaba cierta semejanza a una tulipa "quizá por eso la denominan flor en la tierra del caballero Borges", llegó a pensar, estaba fija en una zona alta y manufacturada en un material fácilmente corrompible de un indefinido color plateado y los grifos, ornados con un pegote de plástico circular color rojo o azul, ya habían dejado de ser modernos en la década de los sesenta del siglo veinte. Nada más.
La gélida lluvia le abrazó el pelo y con dedos húmedos apelmazó sus densos mechones color de paja. Pero se negó a cerrar los ojos. Poco a poco, el líquido transparente se fue calentando y aplicó el champú sobre la cabeza. La espuma lechosa le resbalaba por sus níveas sienes hasta alojarse lentamente en los bordes de las cuencas oculares. El escozor era insoportable, pero no quería cerrar los párpados. No se atrevía.
Ese "algo" estaba ahí al acecho; lo sentía en el escalofrío de su nuca y sus brazos. Y era peligroso, de lo que causa dolor sin límites e irrefrenable sufrimiento. Un pensamiento horroroso que le obligaba a respirar más rápido marcando de sinuosos y brillantes surcos la descolorida frente hasta transformarla en un poroso laberinto donde las ideas se perdían por sus intrincados rincones, acosadas hasta el agotamiento por una latente amenaza.
Finalmente, sus fuerzas flaquearon y terminó protegiendo los iris contra aquel insoportable suplicio de sequedad ocular bajando los relajantes párpados.
Y entonces ocurrió.
Un gran blanco de 7,14 metros de largo,
cogido prestado de la web criptidos.blogspot.com.es
Por un instante, sus pies dejaron de palpar la porcelana de la ducha sobre la que se sostenían para acabar flotando una milésima de segundo sobre el vacío justo antes de caer a plomo en una inmensa masa de agua fría y salada. Por fortuna para él, la impresión no le impidió tomar aire en el momento anterior a la caída, por lo que contaba con una más que interesante carga de oxígeno antes de frenar su descenso para quedarse atorado entre dos corrientes marinas. Porque eso es lo que era: Un mar sin luces ni relieves que lo envolvía en un fuerte y peligroso abrazo de ceguera sin límites.
Porque no veía absolutamente nada mirara a donde mirara, pero intuía que bajo sus pies se abría un abismo tan profundo como su propio miedo, donde antiguos habitantes del Mundo, cuando éste era todavía nuevo, desplazaban sin prisas sus inmensas masas de múltiples formas lejos siempre de la superficie. Y hacia allí arriba dirigió su vista ansiosa, mientras tragaba saliva con exquisito cuidado de no introducir nada de agua en los pulmones.
La oscuridad era también intensa en lo alto, aunque por fin percibió un leve movimiento oscilante, casi pendular, en el que fijó todas sus esperanzas. Algo rielaba con parpadeos intermitentes, imitando la luminosidad del plenilunio, si bien no mostraba visos de concretarse con unos perfiles definidos, y parecía incluso que se tratara de un espacio fijo bajo un efecto óptico de movimiento por el vaivén de las olas.
El mar se calmó y pudo ver exactamente lo que era: El hueco cuadrangular del plato de ducha, a través del cual se veía la luz blanquecina de su cuarto de baño. Estaba a unos cinco metros de distancia y decidió nadar hacia allí antes de que el oxígeno se viciara en los pulmones.
La primera brazada le costó un dolor intenso en las axilas y su leve queja le costó una pequeña porción de aire que se escapó en forma de burbujas por la nariz. Iba a continuar el camino cuando dejó de ver la luz velada por un cuerpo sinuosamente lento, que desplazaba tras de sí una inmensa cantidad de agua. No vio lo que era, pero se le encendió una alarma eléctrica en el cerebro cuando de nuevo vislumbró la referencia que buscaba danzando como loca por el impulso de una estela que hubiera dejado tras de sí un velero de unos siete metros de eslora.
El instinto le hizo apresurar las brazadas y cuando estaba a punto de alcanzar su meta sintió un roce sesgado en uno de sus costados. Encogió las costillas con temor creciente, soltó todo el aire que le quedaba y se lanzó sin freno a través de la abertura que tenía ya muy próxima sobre su cabeza.
La bocanada de oxígeno le supo realmente a gloria y sus pulmones dejaron de proferir esos silenciosos quejidos que le machacaban la cabeza y le quemaban los oídos, pero todavía tenía medio cuerpo dentro del agua salobre. A su alrededor la cerámica volvía a cobrar consistencia en cada parpadeo que daba y se aferró a ella con urgencia para intentar levantarse por completo. Los nervios y la humedad entorpecieron sus dedos y en más de una ocasión la cabeza volvió a hundirsele en ese mar negro, ominoso, vivo, que le reclamaba como a una presa.
Estaba claro que bajo sus pies le estaba acosando una terrible presencia invisible, y si el plato de ducha se terminaba cerrando de esa forma tan incomprensible antes de que pudiera incorporarse a la realidad moriría de cualquier modo. Bien cazado –tal y como él se temía– o bien asfixiado bajo la superficie.
Sangre por el desagüe, de vacarissesdigital.cat.
Un último esfuerzo le permitió hincar una rodilla salvadora y, por fin, salió con urgencia del agua. En menos de un minuto la cerámica se clausuró bajo sus pies con la última pieza del puzzle que faltaba, y entonces observó un denso hilo de color rojizo que se perdía densa y mansamente por los agujeros del desagüe. Era sangre. Le manaba por la herida del costado en forma de desgarro, como si una lija de acero le hubiera limado la piel, y se mezclaba con el agua de la ducha que había permanecido abierta durante todo ese tiempo. La orina ligeramente dorada y templada se le unió poco después cuando se le relajó la vejiga de forma involuntaria. Se llevó las manos a la cara y volvió a llorar. No sabía si de alegría tras haber sobrevivido a una experiencia de la que desconocía por completo si se trataba de una realidad o una simple fantasía, o por pura desesperación ante el nuevo e impredecible giro que había dado su vida.

¿Y ahora, qué? ¿No volver a ducharse jamás? ¡Menuda opción! ¿Pedirle a alguien que le acompañara todo el tiempo mientras estaba en el cuarto de baño? Absurdo. Sonaba a perversión y encima tener que explicar el motivo, a locura. Además, con total sinceridad, carecía de amigos para ello.
Tampoco le sobraba el tiempo para derrocharlo en psiquiatras ni psicólogos, y, de hecho, sospechaba que lo ocurrido nada tenía que ver con la psique. El desgarro en la zona de las costillas era una prueba o, al menos, algo demasiado real como para tomarlo por una quimera o dejarlo de lado tan alegremente. Había leído en Internet que algunos animales marinos tenían la piel áspera, pese a mostrar un inocente aspecto liso a los ojos. Era el caso de los escualos, y cuando se topó con esa información se le heló literalmente la sangre en las venas.
Recordaba perfectamente que en el momento de producírsele la herida bajo el agua, había notado algo similar a un golpe propinado por un objeto pesado y contundente, pero el aspecto distaba mucho de ser el de una contusión. Aún así, se negó en redondo a acudir a un centro de salud. No sabía qué explicación aportar a aquella lesión, a pesar del riesgo cierto que existía de que el pez le hubiera transmitido un hongo o algo peor que le acabara dañando más la ya mermada salud.
Se detuvo en ese agudo pensamiento. ¿Por qué estaba tan seguro de que fuera un pez? "Doctor, tengo un tiburón en mi ducha y él me ha hecho esto". Sonaba ridículo. Sonaba terrorífico.
Sin amistades a la vista, volvió el pensamiento hacia la escasa familia que le quedaba. Su madre vivía sola en Hornachuelos, cerca de la tienda de venta al público de Moramiel, en la A-3151, y cuando le preguntó por teléfono si alguna vez le había ocurrido "algo extraordinario o inquietante", la mujer, seca de neuronas y parca en palabras, le contestó:
–Tenerte a ti.
Así que se quedó solo ante su problema. Pero no desamparado. La soledad era su estado natural en la vida, por lo que no se sintió extraño en ese sentido. Pero sí asustado.

Decían que el Eurostars Maimonides era uno de los mejores hoteles de Córdoba. Lo desconocía por completo; nunca había tenido necesidad de utilizar ninguno teniendo casa propia en la ciudad. Haber descubierto la única salida económica del Aeropuerto (que, al igual que la estación del AVE, carecía de nombre propio, y eso les confería a ambas instalaciones un insolente aire de indiferencia e inconcreción) le había aportado fama en su empresa y una interesante cantidad de dinero a su cuenta bancaria, porque poco antes de que las autoridades locales decidieran abandonar a su suerte aquella instalación maldita por los dioses de minúsculas aeronaves, él miró hacia el extrañamente llamado Oriente Medio.
Ahogándose, de unrinconparatiyparami.blogspot.com.
¿Por qué no hacer de Córdoba la segunda Meca? ¿Y si se pudiera abrir una vía directa entre una de las mejores muestras mundiales del arte andalusí y los relativamente cercanos países árabes? Un viaje barato que supondría la demostración de que la interculturalidad era efectiva para alimentar la tolerancia entre dos religiones con demasiados radicales peligrosos entre sus respectivas filas.
Económico no implicaba falta de rentabilidad, ya que si finalmente cada año eran miles los que terminaban pasando por la ciudad califal de los Omeyas, los ingresos monetarios cubrirían con creces los gastos de una iniciativa tan absurdamente loca que acabó cuajando de forma increíble. Buscó una compañía aérea de bajo coste y halló la que más se plegaba a sus inquietudes por sus destinos con algunos de los países norteafricanos y, tras convencer a los directivos de Binter Canarias para abrirse al resto del mundo árabe, acabaron creando la mayor vía de peregrinación musulmana hacia Europa de toda la Historia. Una idea que escandalizó en un principio a muchos de los estancados mentales incrustados como cánceres en la impermeable sociedad cordobesa, pero que finalmente acabaron sucumbiendo ante la incesante lluvia de riqueza que acabó descargando sobre la tan necesitada ciudad.
Nada mejor que un sano cambio de mentalidad gracias al influjo del muy vil y tintineante metal dorado.
No podía negar que todo eso a él le había beneficiado con creces en sus finanzas, pero no así en su fuero interno, que seguía siendo negro como la pez, como un falsamente pacífico océano en una noche estival. Así, no le supuso ningún quebranto económico alquilar una de las mejores habitaciones durante un tiempo indefinido en ese hotel.
Una de las características más llamativas de Córdoba es que únicamente se experimentan dos estaciones a lo largo del año –invierno y verano– y ya había llegado al Valle del Guadalquivir ese periodo primaveral de más de 30 grados a la sombra, por lo que necesitaba por encima de todo asearse. Pero en su vivienda no se atrevía. Quizá no le ocurriera lo mismo si modificaba el escenario. A lo mejor el problema no era él...
Nada más dejar la llave sobre la cama, a la que dirigió una escasa mirada de desinterés, se encaminó hacia el baño. Allí se recreó en la bañera de color crema, similar al sepia de las fotografías viejas. En comparación con su hirientemente blanco plato de ducha, aquello era un auténtico lujazo y suspiró ante la idea de un cálido baño sin prisas, con el dulce vapor de agua filtrándose por sus fosas nasales y la mente libre de ideas, palabras o imágenes.
Pero tardó más de una hora en decidirse, sentado sobre el váter de idéntico color, con el ceño fruncido y la boca en un deje de fastidio por su cobardía.
Le costaba reconocer que desde aquel inusual incidente de hacía unos días se sentía más vivo que nunca y que algo más, al margen del insano y omnipresente trabajo, estaba frenando la llegada de un llanto cada vez menos frecuente en su vida. Le estaba gustando catar el sabor a cobre ácido del miedo.
De golpe le sobrevino una mareante paz interior difícil de describir, que le envolvió el alma drogándola con su suave toque de yemas inocentes. Una implosiva microsensación en la base del cerebro, de ésas que proporcionan la ficticia creencia en la invulnerabilidad del que se piensa eternamente joven y por tanto inhabilitado para una muerte que sólo se vislumbra en los finales de los largos caminos ajenos.


"Ophelia", de Marta Blasco, cogido de www.martamoro.com.
Se desnudó muy despacio, mientras se llenaba el fondo de la bañera con agua muy caliente. En ningún momento añadió tibieza a la sauna en la que se estaba transformando la habitación. Había que purificar el cuerpo y la mente todo de golpe, y nada frío podía, ni debía, interponerse en su intento de catarsis completa de su persona.
Primero introdujo el pie y aspiró el aire por la impresión que le produjo en los dedos el tacto del agua hirviendo. El intenso dolor se frenó justo unos centímetros por debajo de la rodilla cuando llegó a palpar con alivio la base de la bañera. Mientras ese miembro se le insensibilizaba por la acción del calor, muy lentamente levantó el otro pie por encima del borde y repitió la operación. Allí se quedó de pie, con una mano asiendo una sólida manilla plateada aferrada a la pared y los ojos entrecerrados, intentando convencerse de que debía de iniciar el descenso del trasero para acabar sentándose. Así lo hizo dejando escapar el aire en un prolongado gemido hasta que el agua le empezó a calentar la barriga a la altura del estómago. Comenzó a sudar copiosamente perlando la frente y los brazos con gruesas gotas de sal y se dejó caer hacia atrás hasta que únicamente permaneció su cabeza por sobre la humeante superficie. Pensó en uno de sus más íntimos deseos de los últimos años: catar un Pernod Fils con agua fría y azúcar, al estilo de lo que hacían los verdaderos bohemios en el París del siglo XIX, y esperar a que la bellísima y sabia Hada Verde le susurrara intimidades confusas al oído.
Y entonces llegó el sopor.

Soñó con un bosque de piedra gris y desnudos árboles descomunales que apuntaban con sus múltiples brazos hacia una meta inalcanzable en el espacio sideral. Una selva sin ruidos ni movimientos, sin vida de ningún tipo, y una densa capa de lenta ceniza flotante cubriendo el suelo de aspecto lunar. Por encima de todo un tenue cielo violeta vigilaba la armonía de la noche y permitía que las estrellas guiñaran su presencia durante un instante para asomarse al escenario antes de volver a retirarse tras de una niebla lechosa que se recreaba densificándose en espirales móviles. Se buscó a sí mismo, pero no se encontró.
Eso le hizo despertar de golpe y extrañamente descansado, aunque todavía traspuesto.


Árbol de piedra. Cogido del Facebook de ErgoGea.

De hecho, tardó unos largos segundos en ser plenamente consciente de que de algún modo había regresado en cuerpo y alma a la ducha de su piso y que esa molesta voz que escuchaba en la lejanía salía del televisor del vecino de abajo, que tenía abierta la puerta del balcón asomado a la calle Osario. Se encontró a sí mismo aferrado al grifo del agua caliente, de pie sobre el plato y con el agua hirviente cayéndole sobre la cabeza. Lo cerró de inmediato y tuvo la impresión de que la realidad bajo sus pies se tambaleaba. La cerámica parecía transparentarse a medida que su seguridad se esfumaba, hasta que pudo ver y oír de nuevo el océano oscuro agitándose por un furioso viento imperceptible e intentando salpicarle desde abajo.
Por alguna rara razón todavía notaba que algo físico le sostenía impidiéndole caer de nuevo al mar. Pero cuando recapacitó sobre la idea de que de aquel foso inmundo podía surgir de repente cualquier cosa para llevárselo al averno más profundo que existiera en este mundo el soporte invisible estalló como una pompa frágil de jabón, y el pequeño cuarto de baño desapareció de su vista de golpe.
Esta vez no se hundió tanto. Lo suficiente como para poder mirar hacia arriba y comprobar que no había luces de ningún tipo bailando sobre la superficie y lo justo para comprobar que no volvía a estar solo. La sombra entre las sombras se agitaba a su alrededor provocando ondas que su piel lograba percibir con claridad –un sentido muy animal del que desconocía su existencia hasta ese momento–. Lo hacía rápido, porque ya le conocía y detectaba su espanto a través de las corrientes marinas, así que se lanzó a por él.
La primera sensación que tuvo fue que lo impulsaban hacia arriba a una velocidad de vértigo, como una muñeca de trapo en manos de una niño, y ambos saltaron varios metros por encima de la superficie. Justo en lo más alto del salto la presa fue liberada y cayó de nuevo con un intenso chapoteo en las aguas oscuras.
"¿Por qué me caza en la noche?", pensó intentando mantenerse sobre las olas. "¿No es un tiburón, entonces?".
Pero de inmediato notó que le faltaba el aire por el tremendo golpe recibido en el abdomen y fue entonces cuando le empezó a doler todo. Los ojos se le cegaron con breves e intermitentes chispazos de luz blanca, pero lo peor fue esa extraña debilidad que le inundó con náusea creciente en la boca del estómago. La cabeza se le fue para atrás y cerró los ojos mareado.
Había perdido parte de su costado, incluido el riñón derecho y toda la arenilla que allí se le formaba y que solía eliminar orinando chorros rojizos entre intensos escozores justo en el orificio del pene.

"¡Dios!, ¡Dios!, ¡Dios!, ¡Dios!, ¡Dios!... ¿Dios?"...

Lo que fuera que le estaba acosando era inmenso, monstruoso, inconmensurable para la razón. Pero es que todo aquello era de un sinsentido absoluto e insano. Y dentro de aquel insensato absurdo le llegó claramente una llamada de tranquilidad en forma de sonido de olas rompiendo contra la costa. A su izquierda, no muy lejos. Aunque, según las circunstancias, bien podría estar a una eternidad de distancia.
Se incorporó como pudo entre nubes cálidas de sangre perdida y se centró en nadar con los párpados bajados siempre en dirección al sonido, evitando pensar en su cazador y dándole vueltas a una pregunta obvia: ¿por qué no me ataca de nuevo?
Ya no había dolor, sólo necesidad de supervivencia; tampoco pánico y sí la acuciante sensación de que se merecía una explicación procediera de donde procediera. Así que siguió nadando ya sin sangrar y con la herida prácticamente cicatrizada por la sal. Recuperando fuerzas con cada brazada encaminada hacia la promesa de una playa por ahora sin formas, pero que sabía estaba ahí esperándole, marcando la nebulosa frontera entre la tierra y el mar.
Nada le molestó y llegó plenamente renovado hasta la arena. Allí se dejó caer boca arriba con las brazos extendidos, pero no se atrevió a palparse la inmensa herida,  sus ojos se acostumbraron a ver y descubrir en la densidad nocturna. Primero, la luna, asomando entre una neblina que jugaba oculta no en el firmamento, sino en su propio iris. Más tarde, algunas estrellas eclipsadas por la cremosa luz de limón del satélite lunar, pero no muchas y por completo diferentes a las que se podían ver desde la ciudad califal.
No reconoció el mapa del cielo, si bien le asombró su pétrea indiferencia ante ese otro hecho inusual. Así que se limitó a palpar la arena, acariciándola sin pasión, con tranquilidad y notando cada grano diferente con sus hipersensibilizadas yemas. Olía a mil fragancias y las reconoció todas, desde las pútridas algas descomponiéndose sobre unas rocas a tres kilómetros de distancia, hasta el guano de las aves depositado sin prisas desde hace décadas sobre las elevadas rocas que se cernían por sobre la playa antes de adentrarse en una tierra casi virgen con perfume a eternidad. Percibió la muy amplia gama de suaves sonidos que lo envolvían sin estridencias, conformando una sinfonía de vida rayando en la perfecta falta de mutación, y allá lejos en el mar lo pudo ver por fin.
Imagen celestial pillada de vejacionesmentales.blogspot.com
Rompía sin salpicar la dulce superficie. Catorce metros de pez y quince toneladas de densa masa muscular controlando solemne su océano. Buscando algo. Quizá a él.
"Algún día, intercambiamos papeles", pensó.
Eso no será necesario, creo.
La voz procedía de alguna parte a su espalda. Se giró sin prisas y alzó las cejas no por la gente que había allí congregada, sino por la cantidad de personas que se le habían acercado o que estaban allí desde siempre sin que él se hubiera apercibido de ello.
A primera vista, parecían conformar un caprichoso ejército de muertos en vida: encorvados, cabizbajos, mutilados, silenciosos, acechantes. Pero su quietud era extrema. Al menos podía contar hasta un centenar de ellos reunidos en la playa. Hombres, mujeres, niños, niñas, jóvenes, adolescentes, ancianos, incluso algún que otro viejo decrépito, le miraban sin ningún sentimiento especial reflejado en las pupilas. Quizá pudo desvelar algún brillo de curiosidad en ciertas miradas, pero la inmensa mayoría no mostraba absolutamente nada en sus inexpresivos rostros.
"¿Con qué pregunta empiezo?", se dijo temiendo que un torpe comienzo pudiera dar al traste con la cascada de interrogantes que necesitaban de una respuesta inmediata.
Con la más lógica, ¿no te parece?
Miró al portavoz con fastidio. Le molestaba que alguien rompiera esa intensa calma que había conseguido nada más alcanzar la orilla. Pero su curiosidad fue mayor.
Si haces preguntas concisas, obtendrás respuestas precisas le señaló el hombre anónimo antes de que él pudiera abrir la boca.
Y lo que oyó le acabó gustando.
¿Sigo vivo?
Nunca lo has estado.
¿He muerto?
Percibes un estado de vida diferente. Has cambiado de dimensión, si lo prefieres.
¿Y el tiburón?
¿Qué tiburón?
¿No lo veis allí en el mar? Los interpelados miraron en la dirección que él indicaba.  
Ésa es tu prueba, no la nuestra.
¿Cómo habéis llegado hasta aquí?
Cada uno tomando un camino diferente.
Pero no es el Cielo.
Ni el Infierno tampoco.
¿El Purgatorio, entonces?
Si lo prefieres así, será tu Purgatorio.
¿Por qué a mí?
¿Por qué a nosotros?
Eso no lo sé.
Nosotros tampoco.
¿Soy como vosotros?
Nadie es igual a nosotros. Nadie es igual a ti.
Pero algo tendremos en común para acabar en el mismo sitio...
Se produjo un denso silencio y por un momento creyó que la conversación había terminado.
A todos nos faltaba el hálito.
Los contempló mejor, y descubrió que, en efecto, las mutilaciones herían sus cuerpos. Todos carecían de una parte de su ser, pero no se mostraban afligidos.
¿Y he de convivir con vosotros?
No.
Cerró los ojos aliviado.
Yo me siento... Bien. Dijo por último.
De repente comprobó que estaba solo en la playa.
Entonces se levantó y con el pecho henchido de esperanza se marchó en busca de Dios tierra adentro.


Cuando su jefe comprobó su ausencia por segundo día consecutivo, le llamó al móvil insistentemente. El siguiente paso lo dio la Policía, que acudió al piso que se asomaba a la calle Osario acompañada de varios bomberos. Pero el apartamento al que accedieron estaba en perfecto silencio. Todas sus pertenencias permanecían en su sitio y los presentes temieron encontrarse ante unos de esos extraños casos de desaparición que tantos quebraderos de cabeza suelen provocar. Al cabo de unos días, la Policía recibió una llamada procedente del Hotel Maimónides. Sabían que había estado allí y su ropa repartida con desorden por la habitación, así como su cartera con todos los papeles que le anclaban a la sociedad y le daban un sentido, así lo confirmaba, pero únicamente aportaban un mayor misterio al caso.
Al cabo de una década la investigación se dio por cerrada y nadie nunca preguntó más por él.


El maestro caballero, al que con toda humildad le dedico este pobre cuento. De actualidadliteratura.com. 



No sé la razón; la desconozco por completo, pero elegí el tema a mitad de la redacción del cuento. Este Señor es Al Wilson y el tema (temazo donde los haya) es The Snake. La descubrí gracias a un DJ de altísimos vuelos a finales de la década de los 80' y principios de los 90' en el siglo pasado, Juanma, que pinchaba en el Anvick madrileño (templo del Mod-ernismo más de calle, pero con una elegancia latente muy por encima de otros antros de la época). Va por vos, Monsieur. (En 2006, el blog Soulcargo publicó algo sobre su desaparición: http://soul-cargo.blogspot.com.es/2006/07/rabia.html).

Para los que no han podido evitar levantarse a bailarlo como posesos, he aquí la inquietante letra y su castellanización:

The Snake (La Serpiente)

On her way to work one morning (Una mañana, de camino al trabajo)
Down the path along side the lake (bajando el sendero que corre al lado del lago)
A tender hearted woman saw a poor half frozen snake (una mujer de corazón tierno vio a una pobre serpiente medio congelada)
His pretty colored skin had been all frosted with the dew (su preciosa piel colorida se había escarchado por completo con el rocío)
"Oh well," she cried, "I'll take you in and I'll take care of you" ("Bueno", sollozó la mujer, "Te llevaré conmigo para cuidarte")
"Take me in oh tender woman ("Llévame contigo, ¡oh, buena mujer!)
Take me in, for heaven's sake (llévame contigo, por el amor de Dios)
Take me in oh tender woman," sighed the snake (llévame contigo, ¡oh, buena mujer!", suspiró la serpiente)
She wrapped him up all cozy in a curvature of silk (Lo* envolvió cómodamente en sus manos de seda)
And then laid him by the fireside with some honey and some milk (y entonces lo acostó junto a la chimenea con un poco de miel y leche)

Now she hurried home from work that night as soon as she arrived (Ahora se da prisa para volver a casa del trabajo esa noche y tan pronto como llegó)
She found that pretty snake she'd taking in had been revived (se encontró a esa preciosa serpiente que se había traído revivida)
"Take me in, oh tender woman ("Llévame contigo, ¡oh, buena mujer!)
Take me in, for heaven's sake (llévame contigo, por el amor de Dios)
Take me in oh tender woman," sighed the snake (llévame contigo, ¡oh, buena mujer!", suspiró la serpiente)
Now she clutched him to her bosom, "You're so beautiful," she cried (Lo atrajo entonces hacia su seno, "Eres tan bello", sollozó) 
"But if I hadn't brought you in by now you might have died" ("Pero si no te hubiera traído conmigo seguramente hubieras muerto")

Now she stroked his pretty skin and then she kissed and held him tight (acarició entonces su hermosa piel y luego lo besó y lo estrechó contra ella)
But instead of saying thanks, that snake gave her a vicious bite (pero mientras le daba las gracias, esa misma serpiente le dio un cruel mordisco)
"Take me in, oh tender woman ("Llévame contigo, ¡oh, buena mujer!)
Take me in, for heaven's sake (llévame contigo, por el amor de Dios)
Take me in oh tender woman," sighed the snake (llévame contigo, ¡oh, buena mujer!", suspiró la serpiente)

"I saved you," cried that woman ("Te salvé", sollozó esa mujer)
"And you've bit me even, why? (y a cambio vas y me muerdes, ¿por qué?")
You know your bite is poisonous and now I'm going to die" ("Sabes bien que tu mordisco es venenoso y ahora voy a morirme")

"Oh shut up, silly woman," said the reptile with a grin ("¡Oh, cállate ya, tonta!", dijo el reptil con una amplia sonrisa)
"You knew damn well I was a snake before you took me in ("Sabías jodidamente bien que era una serpiente antes de que me llevaras contigo")
"Take me in, oh tender woman ("Llévame contigo, ¡oh, buena mujer!)
Take me in, for heaven's sake (llévame contigo, por el amor de Dios)
Take me in oh tender woman," sighed the snake (llévame contigo, ¡oh, buena mujer!", suspiró la serpiente)


*A pesar de aludir a una serpiente, la letra lo califica claramente como del género masculino, por tanto he preferido poner "lo" a "la", ya que la historia va más allá de lo que se narra directamente y tiene segundas y hasta terceras lecturas.


Y como el final no es tan deprimente como en un principio yo pretendía, he aquí algo que rima con isla. The Tokens y su The lion slepps tonight...



Para no quedar mal, la letra y una traducción asequible al 80% de los hispanoahablantes:

The lion sleeps tonight (El león duerme esta noche)

In the jungle (En la jungla)
The mighty jungle (la silenciosa jungla)
The lion sleeps tonight (el león duerme esta noche)
In the jungle (En la jungla)
The quiet jungle (la inmensa jungla)
The lion sleeps tonight (el león duerme esta noche)

Aween away aween away aween away... (*)

In the village (En la ciudad)
The quiet village (la silenciosa ciudad)
The lion sleeps tonight (el león duerme esta noche)
In the village (En la ciudad)
The quiet village (la silenciosa ciudad)
The lion sleeps tonight (el león duerme esta noche)

Aween away aween away aween away...

Hush my darling (calla, cariño mío)
Don't fear my darling (no tengas miedo, cariño mío)
The lion sleeps tonight (el león duerme esta noche)
Hush my darling (calla, cariño mío)
Don't fear my darling (no tengas miedo, cariño mío)
The lion sleeps tonight (el león duerme esta noche)

The Lion Sleeps To Night, The Lion Sleeps To Night (el león duerme en la noche, el león duerme en la noche)


(*) Si hubiera que traducir ese galimatías de algún modo, a mi me suena que podría significar algo similar a "a buscarse la vida a otra parte". casi ná.

sábado, 22 de junio de 2013

El ciclo cerrado

Estoy intentando rematar la tercera entrega de "Mis terrores de la calle Osario". Pero antes, me gustaría que le echárais un vistazo a este escrito sin más pretensiones que la de entretener. ya me dirán.


Marco de corte celtoide que representa el laberinto picto de este escrito.


El ciclo cerrado

El Hombre avanzaba por un laberinto sencillo, compuesto de caminos blancos y negros que se cruzaban entre sí enlazando una obra de arte picto, insertada dentro de la más remota tradición mal llamada céltica. Cada sendero terminaba por conducir a una de las cuatro esquinas que enmarcaban la maraña dedalística y más allá parecía no haber nada. Sobre el Hombre, perdido y sin angustia, se extendía un inmenso plano flotante de estrellas que guiñaban luminosidad en un fondo de azabache brillante y escurridizo. Sus ojos estudiaron el espacio gravitando por encima de él y pensó en la posibilidad de escaparse por una ruta alternativa; tan sólo debía caminar hacia arriba, pero su naturaleza limitada no le permitía más que moverse encerrado en sus propias dimensiones.
     El Hombre continuó adelante hasta que por fin llegó al ángulo superior izquierdo, donde vio una casa levantada en piedra, con la techumbre de paja rojiza, muy similar a una palloza. Adosada a uno de los muros de la vivienda se hallaba una pocilga rebosante de estiércol y otros restos orgánicos. Enormes cerdos de pelo grisáceo hundían sus largos hocicos en el montón de desechos que cubría por completo el suelo en busca de alimento. El Hombre se apoyó en la cerca que rodeaba a los gochos para observarlos con más detalle y descansar también de la interminable caminata.
     En el interior del edificio se iluminó una luz y, de repente, los puercos empezaron a chillar como idos mientras se acercaban a la verja de madera. El Hombre retrocedió con miedo ante el ansioso empuje de las bestias, agolpadas ahora en manada salvaje en el punto más próximo a la cabaña. La puerta de la vivienda se abrió con un dilatado gemido agonizante, y una mujer alta más que el Hombre, incluso salió al exterior con un candil encendido en la mano. A pesar de la claridad escasa, comprobó que la mujer era hermosa y excitantemente sensual. Ella quedó inmóvil bajo la mirada penetrante de él, sabiéndose admirada, creciéndose en sana vanidad. En ese momento, la piara armó tal alboroto que el Hombre se asustó. No así la mujer. Tras de ella apareció un lechoncillo torpe y todavía desnudo de pelaje, pegado a la falda de su protectora.
     El Hombre le miró fijamente y descubrió con repugnancia que las patas delanteras de la cría remataban en manos humanas recordando en cierto modo el caso del caballo de un afamado general romano, con los dedos deformados y las palmas abiertas en llagas sangrantes de caminar arrastrándolas sobre las piedras.
Dibujo muy, pero que muy ilustrativo
para esta historia, pillado de www.rojillo.com .
     La mujer, enfadada, lo apartó de su lado con un fuerte puntapié que lanzó al estridente cochinillo lejos de ella. El Hombre la volvió a mirar a la cara, luego contempló a los cerdos y al lechón; sucesivamente, una y otra vez, los escrutó a todos por separado y en conjunto hasta que, finalmente, comprendió. Entonces huyó despavorido de la escena. Mientras, la mujer cogió una estaca y golpeó a los berracos en la cabeza y en el lomo sin piedad al tiempo que los anegaba en insultos. Cuando los animales volvieron sosegados a remover desperdicios, la mujer recuperó en brazos a su hijo-bestia y lo atrajo con mimo a su seno cubriéndolo de tiernos besos.
 
     El Hombre escogió por entonces una vereda negra para proseguir. Nada más salir de la primera esquina del laberinto, ya se había olvidado de todo lo que allí ocurriera, sin embargo arrastraba consigo cierta desagradable sensación en el pecho, una especie de malestar general, aunque desconocía el motivo.
    Blanco bajo el negro; sobre el negro, blanco; al lado del negro, blanco; y negro al lado del negro. Al margen de eso, la Nada inmaterial.
     En medio del camino sin polvo se encontró una flauta marfileña y completamente nueva. La recogió y le dio vueltas en sus manos enguantadas, alba entre dedos de ébano. Se la llevó a la boca e interpretó una melodía natural que guardaba atesorada en su interior desde siempre. El Hombre se alegró con la música, de tal manera que incluso la desazón que sentía desapareció del todo. Con una amplia sonrisa en sus labios, se guardó el instrumento en el roto bolsillo sin fondo de su gabán y se puso en marcha de nuevo. La flauta cayó sin ruido al suelo justo donde el Hombre la había encontrado, aunque él no se dio ni cuenta y, por eso, la dejó atrás lejos ya de su fugaz memoria.
 
     Anduvo ligero hasta la esquina inferior izquierda. Allí crecía un árbol enorme entre las malezas de un descuidado jardín circular. Era un inveterado roble cubierto por incontables capas de espeso musgo acumulado en su tronco a través de los siglos. De su copa se derramaban millares de gotas cristalinas, como si la colosal planta hubiera estado acumulando el agua de las lluvias caídas en los últimos trescientos años para filtrarse ahora, sin prisas, a través de sus ramas hasta caer al suelo con lentitud, lágrima a lágrima.
     Cada vez que una de ellas se vertía, el ambiente se llenaba de un sonido líquido y suave; un sonido preñado de ecos, similar al que produciría ese mismo estilicio en el interior de una caverna. El Hombre se relajó tumbándose a reposar bajo el roble, la espalda apoyada contra la dura corteza. Alzó luego la cara para refrescarse con aquella ducha natural y se sintió a gusto. Tanto, que llegó a pensar en quedarse para siempre en ese apartado rincón.
Dibujo de un árbol de la vida circular.
     Al otro lado del árbol se escuchó un nuevo ruido que llamó su atención: el llanto de un niño recién salido a la vida. El Hombre se incorporó y bordeó el amplio tronco, guiándose por los sollozos, hasta dar con la criatura. Estaba completamente sola, cubierta de sangre y grumos y con el cordón umbilical todavía palpitante y cortado por un extremo. De entre los herbosos terrones de tierra se abrió paso una raíz pálida que se introdujo dulcemente en la desdentada boca del neonato. El niño dejó de berrear y se dedicó a succionar la cepa con avidez mal disimulada. El Hombre sonrió ante la visión, y continuó haciéndolo cuando al aún inocente apartó la raíz de sus encías y se puso en pie, al tiempo que balbuceaba ya sus primeras palabras. El rapaz se abrazó encantado al roble llamándole "mamá" y en ese gesto siguió desarrollándose a ojos vista, de forma imparable, hasta convertirse en un mozo que algo después paso a ser un hombre en el cénit de su madurez.
     Fue entonces cuando se separó del árbol y miró hacia arriba con ojos ensombrecidos y serios. Se sirvió del agua de la copa para limpiarse la sangre del invisible parto que aún embozaba su desnuda humanidad y luego extendió uno de sus brazos en un ademán imperante de demanda. Desde lo alto se deslizó hasta sus pies un hacha vieja y mohosa. El nuevo hombre la asió con seguridad y observó la hoja: oxidada, pero con buen filo. Cuando miró de nuevo hacia arriba dejó al descubierto su barba cana y las innumerables arrugas que surcaban su rostro.
     Levantó el hacha por encima de su cabeza para talar el árbol en su base, pero el peso de la herramienta era mayor de lo que sus avejentados miembros podían soportar y se le escurrió de los dedos. El anciano se dejó caer al polvo con cierto terror reflejado en sus pupilas. La piel, seca como un pergamino, se le pegó a los huesos y finalmente se rasgó mostrando la sonriente calavera. Su cuerpo se deshizo mezclándose de nuevo con la tierra, valiéndole así de alimento al roble.
     El Hombre, testigo del suceso, se marchó confundido y, antes de retomar otra senda esta vez tapizada por la nieve, volvió a oír en la parte oculta del árbol la llantina dolorosa de un recién nacido.
 
     La luna llena, crema de plata, emergió sin avisar desde el sur. Su ampo destello proyectó sobre el camino la sombra del caminante, quien fue sorprendido por su réplica oscura y sin faz. De nuevo el Hombre sintió miedo. A medida que el satélite se desplazaba, marcando el transcurso de un tiempo inocuo, la sombra fue también creciendo, de tal modo que en seguida envolvió el total del dédalo, pero el Hombre no se apercibió del fenómeno y perdió la perspectiva general en la búsqueda de su propia silueta. Al no encontrarla suspiró con alivio. Tras de sí iba dejando un rastro de huellas desiguales que desaparecían al instante bajo los copos silenciosos de la cellisca azulada.
 
     Sus pasos le llevaron hasta el esquinado inferior derecho. Un gran castillo sin guardias en las puertas dominaba la altura de una imponente colina, a la que se podía acceder a través de un retorcido sendero de adoquines dorados que, por supuesto, tomó. Entonces llegó a la entrada y sobre ella encontró un cartel con la leyenda "Entra para ser juzgado". Nadie le obligó, pero el Hombre se introdujo en la fortaleza.
     Grandes antorchas arrojaban luz sobre un pasillo estrecho, de paredes de piedra cruda, que parecía no tener fin y que se bifurcaba en cada recodo. El Hombre se desanimó y ya se iba a dar la vuelta cuando a su lado apareció un viejo vestido con una túnica talar que le hizo señas para que le siguiera. Así lo hizo, y fue guiado hasta una sala amplísima y de techo elevado atravesada en su centro por una doble hilera de columnas de mármol verde y blanco que partía la estancia en tres secciones: en uno de los lados, una multitud de gente guardaba turno para su juicio; frente a ellos, se veía igual número de guías-ancianos, gemelos en todo al que había llevado al Hombre hasta el salón. El viejo le indicó que se colocara el último en la cola y se retiró después a su sitio.
     La fila avanzaba, aunque el Hombre observó que ninguna de las personas que estaban antes que él volvían por la parte central de la habitación, por la que discurría una alfombra de terciopelo verde, situada allí en honor de los que eran considerados inocentes.
     Al fondo del corredor intermedio se alzaba impresionante la figura de un rey asentado sobre un rico trono de caoba. Una fina corona le ceñía el largo cabello a las sienes y su mirar era tranquilo y amistoso. De espaldas a él, a la altura de la grada donde el monarca reposaba los pies se veía a una mujer ya madura y con aire entristecido; en su mano derecha tenía una diadema de flores moradas y con la siniestra sostenía una copa rebosante de hidromiel que se derramaba sobre el enlosado suelo. Junto a ella, a una distancia de tres metros exactos, un hombre musculoso con el rostro oculto bajo una capucha gris y sin huecos para los ojos, mantenía las palmas de sus manos sobre el pomo de una gran espada ancha y curva.
Verdugo con espada, cogido de es.silenthill.wikia.com.
     El rey era joven aún y, a fin de poder dictar sentencia sin los remordimientos que nacen de los errores, se ayudaba de dos consejeros, impuestos a su persona por necesidad y tradición: una víbora descomunal en el costado real donde se encontraba también el verdugo, y una lechuza en la parte donde estaba la mujer. Ambos estaban capacitados para leer el alma humana y eran los únicos que se hallaban por encima de la cabeza del monarca; la primera, enrollada con seguridad a uno de los pilares que formaban parte del dosel y la segunda, posada pacientemente sobre el pilar contrario.
     Los que acudían para ser juzgados se presentaban ante el rey y, sin decir palabra, esperaban a que se hiciera justicia. El monarca, a su vez, aguardaba a que hablaran sus consejeros, pero la serpiente, a espaldas del soberano, cerraba con su cola el pico del ave, y por eso era ella la que siempre se pronunciaba. El rey, entonces, levantaba su mano derecha y el culpable era conducido por su guía-anciano delante del sayón, quien de un tajo certero, pese a la ceguera, los decapitaba a los dos.
     Con cada ejecución cumplida la mujer de las flores y la copa se iba marchitando un poco más, mientras que el borrero de la pesada cimitarra se cargaba de renovado vigor.
     Por último, le llegó la vez al Hombre. Pero antes incluso de que la víbora pudiera susurrar su venenosa mentira al oído del inexperto rey, el Hombre negó con la cabeza y el coronado muchacho elevó las dos manos. La asombrada sierpe siseó con enojo, la amarillenta curuja ululó asintiendo la firme decisión de su señor, quien adquirió conocimiento propio y dejó de ser un poco menos ignorante, la mujer sonrió con belleza y el ciego boche se estremeció con un escalofrío que le recorrió la espina dorsal en toda su longitud.
     Rápidamente, la dama ofreció las flores y el recipiente al Hombre para que éste escogiera entre uno de los dos premios. Aceptó con gusto la guirnalda que le fue ajustada en la crisma y su guía-anciano le llevó riendo a carcajadas por sobre la alfombra esmeralda hacia la salida. Entretanto, un sinfín de inseguras personas habían ido llegando al castillo en busca de un juicio redentor, y el Hombre escuchó de nuevo el incansable silbido de la espada al segar más cabezas. Una vez a salvo a las puertas de la fortaleza, el viejo se despidió de él fundiéndose con las sombras, más allá del fuego de las teas.
 
     El Hombre optó por un camino enlutado de carbón para dirigirse, sin saberlo, a la última esquina del intrincado conjunto. Mientras andaba, las flores que le dignificaban fueron ajándose y caían mustias encima del carbón, transformándolo bajo su peso formidable en puro cristal de diamante. Pero las flamantes joyas eran devoradas por un dragón enano y sucio que vivía cobijado tras la capa del mugriento mineral. De todo esto el Hombre jamás tuvo conocimiento, y marchaba adelante olvidando siempre y sin recordar nunca nada.
 
     La casilla superior derecha se mostró ante el Hombre como un extenso prado de hierba alta y espesa oscurecida por la noche, ofreciendo matices variados de grises y azules marino, cenizas de violetas esparcidas a lo largo y ancho de la campiña. El viento soplaba del norte y mecía las matas creando la ilusión de arrostrarse a un océano embravecido. En la lejanía divisó una luz minúscula una estrella caída y se aproximó a ella para ver quién la había encendido.
     A medida que se acercaba al lugar distinguió la forma de otro hombre ataviado con una bata blanca. Éste se inclinaba sobre una mesa de disección en la que se tendía un cadáver humano abierto en canal. El científico, armado con un bisturí, rajaba al muerto sin seguir un método concreto; buscaba algo sin éxito aparente y cada vez que realizaba una incisión murmuraba frases que sonaban incoherentes para el Hombre.
     "¡Oh! ¿Dónde estás, maldita?", y abría las venas de las muñecas. "Sólo sangre. Sólo sangre", y separaba los huesos del cráneo para destrozar el cerebro. Así continuó, utilizando el filoso instrumento cada vez con más rabia y saña, hasta que no pudo hacer más uso del maltratado cuerpo, y arrojó sus despojos con desprecio manifiesto al otro lado de la camilla. Los alrededores estaban infestados de muertos totalmente mutilados por el de la bata blanca; todos varones y ninguna hembra.
     El roce de la hierba contra sus pies hizo que el hombre del bisturí se girara en redondo, desplegando a la vez una amplia sonrisa lunática. El Hombre se detuvo a contemplar la ambigua expresión del otro, que ocultaba sus ojos tras de unas gruesas gafas redondas de color azul. Estalló un relámpago y arreció el viento, después vino el trueno y con él un grito aterrador. El investigador se abalanzó contra el Hombre, con el estilete preparado para asestar un golpe mortal y definitivo.
Marioneta, de davidopoulos.blogspot.com.
     El Hombre comenzó a correr escuchando detrás de su nuca la agitada respiración del loco, ganándole terreno, cada vez más cerca; más y más cerca. Derramó lágrimas desesperadas, aulló su miedo a las nubes nocturnas y cuando ya iba a ser alcanzado oyó el chasquido seco de unos hilos tensos al quebrarse. Dio unos pocos pasos y se paró con curiosidad natural. El hombre de blanco yacía inmóvil, como un pelele, en el suelo; sobre él flotaban cinco cables sueltos a merced del viento a los que siguió con la mirada, arriba, muy arriba, para descubrir la figura descomunal de un gigante que manipulaba diestramente con unas varillas de marioneta.
     Su diversión se había roto y ahora el muñeco permanecía inservible tumbado sobre la hierba.
     El monstruoso ilusionista guardaba un increíble parecido con el títere que manejaba, mostrando incluso la misma sonrisa babosa de demente. Una nueva descarga eléctrica de la tormenta desveló que el gigante estaba unido a otras tantas fibras que le salían de las manos, los pies y el cuello y que subían más alto todavía, hasta terminar en unas varillas aún mayores.
     Al poco rato, el Hombre adivinó que una forma negra y alada operaba con el titán del mismo modo que éste lo hacía con el científico. De sus lentas maneras se desprendía una profunda tristeza, pero no se debía a la rotura de la primera marioneta. Era un abatimiento que procedía de muy atrás en el tiempo, más antiguo quizá que la propia historia del laberinto. El Hombre se secó las lágrimas intentando recapacitar sobre lo que había experimentado, sin embargo, los hechos desbordaban con creces su entendimiento y lo dejó estar así. Al menos, seguía vivo y, por ahora, eso era bastante.
 
     Se alejó de la cuarta esquina con la mirada fija en el sendero blanco. Los luceros del cielo llamaron su atención y observó el espacio plagado de parpadeos brillantes. Por un instante pensó en la posibilidad de escaparse, aunque su naturaleza limitada, la normal en alguien sin inquietudes y satisfecho con lo que tiene, aunque no sepa de dónde procede, se lo impedía.
     El Hombre se encaminó, perdido y sin angustia, hacia el ángulo superior izquierdo del laberinto picto.
Y para "escuchar" este cuento, me complace incluir aquí "The end", de los Doors, y por supuesto su enigmática traducción.



The End (El final)


This is the end (Éste es el final)
Beautiful friend (mi hermoso amigo)
This is the end (éste es el final)
My only friend, the end (mi único amigo, el final)
Of our elaborate plans, the end (de nuestros elaborados planes, el final)
Of everything that stands, the end (de todo lo que estaba erguido, el final)
No safety or surprise, the end (no hay seguridad ni sorpresa, el final)
I'll never look into your eyes...again (nunca más te volveré a mirar a los ojos... de nuevo)
Can you picture what will be (¿puedes imaginar lo que será?)
So limitless and free (tan ilimitado y libre)
Desperately in need...of some...stranger's hand (Desesperadamente apurado..de alguna..mano extraña)
In a...desperate land (En una...tierra desesperada)
Lost in a Roman...wilderness of pain (Perdido en una tierra salvaje romana de sufrimiento)
And all the children are insane (Y todos los niños están dementes)
All the children are insane (todos los niños están dementes)
Waiting for the summer rain, yeah su (esperando a que caiga la lluvia veraniega)
There's danger on the edge of town (Se cierne un peligro al final de la ciudad)
Ride the King's highway, baby (conduce por la autopista del Rey, nena)
Weird scenes inside the gold mine (Extrañas escenas en la mina de oro)
Ride the highway west, baby (conduce por la autopista del Oeste, nena)
Ride the snake, ride the snake (cabalga la serpiente, cabalga la serpiente)
To the lake, the ancient lake, baby (hacia el lago, el antiguo lago, nena)
The snake is long, seven miles (La serpiente es larga, siete millas)
Ride the snake...he's old, and his skin is cold (cabalga la serpiente... es muy anciano* y su piel es fría)
The west is the best (El Oeste es lo mejor)
The west is the best (El Oeste es lo mejor)
Get here, and we'll do the rest (encuéntrate conmigo y haremos el resto)
The blue bus is callin' us (El autobús azul nos está llamando)
The blue bus is callin' us (El autobús azul nos está llamando)
Driver, where you taken' us (Conductor, ¿hacia dónde nos llevas?)
The killer awoke before dawn, he put his boots on (El asesino se levantó antes del amanecer, se calzó sus botas)
He took a face from the ancient gallery (recogió una cara de la vieja galería)
And he walked on down the hall (y caminó hasta el salón)
He went into the room where his sister lived, and...then he (fue a la habitación donde residía su hermana, y entonces él...)
Paid a visit to his brother, and then he (se marcó una visita a su hermano, y entonces él...)
He walked on down the hall, and (caminó hasta el salón)
And he came to a door...and he looked inside (y llegó hasta una puerta...y miró dentro)
Father, yes son, I want to kill you (¿Padre?, ¿Sí, hijo? Quiero matarte)
Mother...I want to...WAAAAAA (¿Madre?... Quiero... WAAAAAA**)
C'mon baby,--------- No "take a chance with us" (Vamos, nena, no te arriesgues con nosotros)
C'mon baby, take a chance with us (Vamos, nena, arriésgate con nosotros)
C'mon baby, take a chance with us (Vamos, nena, arriésgate con nosotros)
And meet me at the back of the blue bus (y encuéntrate conmigo en la trasera del autobús azul)
Doin' a blue rock (marcándonos un rock azul)
On a blue bus (en un autobús azul)
Doin' a blue rock (marcándonos un rock azul)
C'mon, yeah (vamos, sí)
Kill, kill, kill, kill, kill, kill (mata, mata, mata, mata, mata, mata)
This is the end (éste es el final)
Beautiful friend (mi hermoso amigo)
This is the end (éste es el final)
My only friend, the end  (mi único amigo, el final)
It hurts to set you free (me duele dejarte libre)
But you'll never follow me (pero es que nunca vas a seguirme)
The end of laughter and soft lies (el fin de las risas y de las leves mentiras)
The end of nights we tried to die (el fin de las noches en las que intentamos morir)
This is the end (éste es el final)


*Al igual que con el caso de The Snake de Al Wilson, en inglés snake (serpiente) es masculino y así lo traduzco.
**Mucha gente entiende que en este grito se intuye que como Edipo Rey, se quiere follar a su madre, como si fuera Electra. Es posible que así sea, pero en ninguna versión lo escuché explícitamente y sólo oí el susodicho grito.